“Cuando la felicidad nos sale al paso nunca lleva el hábito con que nosotros pensábamos encontrarla.”

Macedonio Fernández

Somos clásicos, no podemos negarlo. Y este justamente es nuestro post numero 100. Claro ¿Qué es un post? Bueno, esto que están leyendo. Cada entrada, cada escrito, cada articulo, cada nota que escribimos. Ya escribimos 100 veces acá. Algunas palabras fueron consejos, otras reflexiones, la mayoría impresiones de los lugares/personas que conocemos. En su mayoría historias. Hoy escribimos la historia numero 100 y se nos ocurro hacer un pequeño racconto de lo que nos tiene aquí.

Buda dorado, se veía desde lo lejos.

Esperemos Buda pueda ayudarnos

No sabemos que nos tiene de este lado, escribiendo. Tampoco tenemos tan claro en porqué ni el para qué escribimos. Si, para contar algo, pero que más…

Tampoco tenemos tan en claro el cómo escribir. Ni mucho menos como escribir de a dos.

Intentaremos desmenuzarlo, haciendo un pequeño análisis de cómo llegamos hasta acá. El blog surgió hace poco más de un año cuándo aún no terminábamos de asumir la idea de viajar a India. Comenzó como un modo de ahorrarnos el mail a la familia y amigos y esquivar la infinita pregunta del “¿dónde están?” o “¿qué visitaron?”. Nos leían conocidos nomás. De pronto, comenzó a entrar más gente, a escribirnos, a preguntarnos y lo más increíble, que no sólo nuestras madres comenzaron a decirnos que les gustaba lo que escribíamos. Nunca aspiramos a eso.

Descubrimos que escribir no es fácil y mucho menos si somos dos. Escribir demanda tiempo. Correcciones, editar, buscar imágenes, publicar, compartir. No tenemos técnica ni formas. Uno empieza, el otro sigue, uno borra, el otro agrega. Las letras son compartidas pero a la vez individuales. Para nosotros resulta muy fácil diferenciar de los estilos de escritura que tiene cada uno.

Pero, en realidad y siendo sinceros, somos 3 los que escribimos. Ya no hay Lucas ni Ludmila, existe un él o ella, que se apropia de las palabras y las muestra como propias. Casi como si ese tercero es él que nos dicta que escribir. Él que aparece entre papeles e imágenes, entre las ramas de los árboles, entre rostros desconocidos. Algunos le dicen musa, otros inspiración, nosotros aún no le pusimos nombre. Simplemente lo escuchamos, lo llevamos a caminar y lo “tipeamos”.

Una vez lo vimos en Colonia, Uruguay.

Una vez lo vimos en Colonia, Uruguay.

Escribíamos, no sabíamos para quien, ni cómo, ni cuándo. Un trayecto de tren en India, una playa paradisiaca en Tailandia, un café en Vietnam, la espesura de la selva amazónica en Perú, la casa de nuestros viejos. Escribir y dejarse llevar. Un ejercicio que practicábamos en la intimidad de nuestros diarios, en una nota en un apunte de la facultad, algo que era nuestro y nada más que nuestro. Algo que compartíamos como pareja. El blog, este blog, fue un punto de inflexión. Un encuentro con nosotros mismos y con la escritura. Eso que pertenecía a la privacidad de nuestra mesita de luz pasó a ser objeto de miradas. Desconocidos comenzaron a leernos, a comentarnos.

La escritura fue nuestro seva, esa tarea desinteresada que no hacía más que enlazarnos con nosotros. Fue nuestra terapia, nuestro vínculo con el viaje. El modo de tolerar ese mundo tan distinto que nos rodeaba y nos rodea. Escribir fue lo más egoísta que hicimos. Fue y es para nosotros exclusivamente. Y ustedes, que nos leen desde siempre o de casualidad, son cómplices de nuestro egoísmo. Escribir es un modo de luchar contra la inmortalidad, de permanecer. De perpetuar el viaje y la existencia.