Miro el reloj, recién pasaron dos horas. Ya leí, ya tomé un té, ya comí un sándwich. Hice todo eso y recién van dos horas y aún tenemos 38 más por delante.

La cuestión horaria no es un detalle menor en el Tren Transiberiano. Todos los trenes en Rusia están en hora Moscú por lo cual esa es la hora que indican las estaciones y el reloj del vagón, pero nosotros estamos a 4.000 km de la capital rusa. Mi reloj está adelantado tres horas. La ciudad a la que vamos mantiene cinco horas de diferencia con Moscú, por lo cual el reloj de L. está adelantado dos horas más. Cinco husos horarios conviven en un mismo vagón. Este tren salió de Moscú y termina en Chitá, en el oriente ruso. En el medio, la desértica e inhóspita Siberia.

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Ya llevamos 8 horas, la noche está cayendo. Habremos recorrido cerca de 400 km y cruzamos poquísimos poblados. No me quedan dudas, Siberia es de las zonas más enormes y deshabitadas del mundo. Me cuesta creer dónde estoy.

Tren Transiberiano Rusia-8

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Miro por la ventanilla. Nada. Los arboles están amarillos y al pasto poco le queda de verde. Intento imaginar esto con nieve, el paisaje es hermoso y aterrador a la vez. Intento pensar en la historia de este tren, en ese sueño zarista de tener un imperio que se extendiera de oeste a este. Con el afán de conquistar el Mar de Japón comenzó a construirse este tren.

Pienso en el sueño comunista, un imperio soviético que domine al mundo entero. En plena época del Telón de Acero, Siberia no era un lugar más. Acá venían los rebeldes, los sospechosos, los que no se adecuaban al régimen. Siberia era el nombre del infierno para muchos, pero es también el territorio dónde se encuentran los paisajes más bellos del mundo.

La URSS no alcanzó al mundo entero pero si a un 25% del planeta, en aquel entonces era un verdadero monstruo al cual temerle. Los imperios cayeron y el pueblo ruso sigue resistiendo.

Los rusos resistieron la tiranía de sus zares, la ambición de sus dirigentes políticos, la guerra, el hambre, los campos de trabajos, el miedo, los espías, la KGB, el frío. Los rusos resisten Siberia y resisten 40 horas de tren.

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El tren avanza lento. Los pasajeros suben y bajan, todo el tiempo cambian nuestro compañeros de compartimiento. Cuándo comenzamos a entrar en confianza con uno, se tiene que bajar. En el vagón seremos 60 personas, algunos hacen el trayecto completo (cerca de una semana) y otros estamos por algunas horas o días. En las paradas todos salimos a estirar las piernas y los que fuman, aprovechan el momento. De los pasajeros del resto de los vagones no sabemos nada, mucho menos de los que viajan en segunda o en primera clase.

El pueblo ruso se mueve en tren. El viaje es largo, pesado, falta el aire. Por momentos la ventana muestra paisajes de ensueño y por otros, pueblos humildes de 5 casas y 4 cabras. Alguna vez leí que la vida puede resumirse en un viaje en tren. Cada vagón esconde historias, cada asiento un momento distinto de la vida. Si de eso se trata, el Transiberiano y su extensión tanto territorial como temporal lo resume de un modo mucho mejor. Ahí estamos todos, moviéndonos esperando que el final llegue.

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Cada tanto pasa una señora con su hija vendiendo comida casera, cada tanto algún oportunista se sube para vender voldka a escondidas mientras otro vende cadenas de oro. Algunos duermen, leen o ven películas por el celular. Hay olor a comida y a pata. Se oyen ronquidos de las literas cercanas y conversaciones del otro compartimiento.

¿Cómo hubiese sido este mismo viaje unos años atrás? Ya no queda nada del fantasma de los espías encubiertos ni de los borrachos empedernidos con la hoz tatuada en los brazos.

Llegamos a las 12 horas. No puedo ni estirar las piernas. La litera que oficia de cama durante la noche (de día se convierte en dos sillas y una mesa) no debe tener más de un metro sesenta de largo. Peor aún, está al lado del pasillo, en cada estación me despierto con los pasajeros que se suben y bajan en cada estación.

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Todo empezó en Omsk cuando el couchsurfer se ofreció a acompañarme a comprar el boleto de tren. Pensé que podía ser una buena idea ir con alguien que hable ruso. Fuimos. Fue un desastre. Él sabía menos de trenes que yo. Me instaba a tomarme otro tren, porque en este iba a necesitar visa para Kazajistán. Lo convencí de que no era necesario. Se reía. Compró dos boletos, yo los pagué. Me condenó a 40 horas en el lugar más incómodo del tren. Lo peor vino durante la cena, cuando dijo “no se por qué elegiste esos asientos”. ¡Sí yo no los elegí!

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36 horas, sólo quedan cuatro. El tren avanza pero el paisaje sigue inmóvil. ¿Realmente nos estamos moviendo? Por momentos creo que es más el movimiento interno en mi cabeza que los kilómetros que pasan por la ventanilla. La madre rusa, cómo llaman los rusos a su país, es enorme e infinita. Un viaje en tren no es suficiente para conocerla. Por suerte no necesitábamos visa para Kazajistán. El viaje en tren, sus infinitas 40 horas, su mezcla de olor a alcohol con grasa frita, el olor a pata, aquel nene que venía y contaba hasta cinco en inglés y se iba corriendo a su asiento, el provodnitsa (encargado del vagón) que nos quería vender las pantuflas que dan gratis en primera clase como souvenir, el ruso que venia de recorrer Europa del mochilero, el tipo que sacó un pedazo de carne del bolsillo de su campera y un cuchillo del otro e improviso su cena, la pareja de ancianos que prepararon sopa de pescado, la nena que jugaba con sus barbies… Todo, todo a la distancia parece absurdo. ¿Habrá sido un sueño?

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Si estás planeando un viaje en el Tren Transiberiano o simplemente te da curiosidad conocer un poco más acerca de la linea ferroviaria más larga del mundo quizá te interese leer nuestra Guía del Tran Transiberiano: datos y consejos.