Uno de los planes de este viaje es dar rienda suelta a que la vida (destino o como guste llamarlo) nos sorprenda. Qué difícil es lanzarse a lo desconocido. Este viaje todo el tiempo nos confronta con eso. Todo el tiempo nos invita a redescubrirnos en nuevos escenarios y situaciones.

Llegamos a Leh finalmente. El éxodo ocurrió. Y será que tanto ansiamos llegar a Leh, que ahora no podemos salir. Las rutas están cerrada por nieve. No desesperamos, sino que esperamos. Y en nuestra espera se nos ocurrió ir a conocer pueblitos cercanos. Así empieza la historia:

Leh está situado en algún lado del Himalaya. Es una ciudad grande. Cerca hay muchos pueblitos pequeños. Nos recomendaron que visitemos Alchi (a unos 50 km). Cómo no teníamos mucho más para hacer armamos nuestras mochilas de mano con una muda de ropa. Partiríamos a Alchi por la mañana, y luego iríamos a Likir (otro pueblito cercano). Estaríamos unos dos días.

Nos despertamos temprano y salimos rumbo a la estación de micros. No es la primera vez que nos pasa que nadie sabe explicarnos que micro es el que nos lleva a destino, y cuando decimos nadie incluimos a los choferes mismos. Nuevos ejercicios de paciencia. Tras subirnos y bajarnos de varios micros damos con el que va, pero no nos deja en Alchi sino en la ruta a unos 4 km. Lo tomamos igual. Nos sentamos a lado de una señora de unos 70 años aproximadamente, nos sonríe y nos dice algo en Ladakhi (lengua local). Le respondemos como una sonrisa. Al instante saca una mandarina y la separa en partes, nos convida. Insiste en que aceptemos, finalmente compartimos la fruta. Luego saca su mala (una suerte de rosario budista) y se pone a recitar mantras. Pasaron dos horas, la señora seguía cantando. Sensaciones encontradas: el paisaje increíble, la señora que nos sonríe mientras recita y pasa cuencas en su mala. Son esos escenarios que nos invitan a pensar y reflexionar.

Hacemos una parada de mitad de camino, la señora compra más fruta. Nos convida insistentemente nuevamente. Finalmente llegamos al puente en el cual tenemos que bajar y comenzar a caminar. No sabemos cómo el chofer saludo a un conocido con auto y le pide que nos acerque a Alchi. Parecía sincronizado, no había nada ni nadie más en este punto de la ruta.

Aquí nos dejó el micro.

Aquí nos dejó el micro.

Llegamos y fuimos a conocer el monasterio budista “Alchi Gompa” que data  del S. X. El lugar consiste en una serie de templos, todos con las puertas muy chiquitas (había que agacharse un poco para entrar) y las paredes pintadas a mano. El trabajo era increíble, miles de pequeñas imágenes, una al lado de la otra cubría la totalidad de cada sala a la que entrabamos. En las paredes se mezclaba el budismo con el hinduismo. Pudimos ver dibujado al lado de un buda, una imagen de Ganesha.

Monasterio de Alchi

Monasterio de Alchi

Emprendimos nuestra ida a Likir con un poco de lluvia. En Alchi no había mucho más para hacer, ni ningún lugar para dormir. Lo primero que preguntamos es por un micro que nos acerque, pero como era domingo no había. Caminamos los 4 kilómetros que nos había traído el auto, pero era esta vez era más fácil porque era cuesta abajo. Una vez que llegamos a la ruta, nos pusimos a hacer dedo. Tras 2 autos que nos levantaron llegamos a una bifurcación donde empieza el camino a Likir. Serían unos 5 kilómetros que nos separaban de nuestro destino. Empezamos a caminar. Al principio no había mucha huella de auto, pero nos las ingeniamos para terminar saliendo a una calle de asfalto.  El camino siguió. Esta vez sí nos tocaba en subida, era bastante agotador. Habiendo caminado poco más de la mitad, nos detuvimos en una estupa (estructura budista, que representa los 5 elementos y adentro contiene un mantra)  a descansar. Hasta ese momento no había pasado nadie por la ruta. Pero a lo lejos vemos venir un colectivo. Lo paramos. Al subir nos llamó la atención que todos y cada uno de los pasajeros eran monjes budistas. Obviamente el colectivo nos llevó hasta un monasterio.

Buda dorado, se veía desde lo lejos.

Buda dorado, se veía desde lo lejos.

El pueblito era muy chiquito. Bajamos medios desorientados y sin saber para donde caminar. Empezamos a buscar un lugar para dormir. Encontramos dos guest-house pero estaban cerrados (la temporada alta es en julio y agosto). ¿Qué hacíamos? Frente al monasterio donde nos dejó el micro había una escuela budista con un letrero donde se anuncia que había té libre para aquellos visitantes que quieran conocer el lugar. Nos acercamos a fin de preguntar por un lugar para dormir. Nos dicen que allí podemos quedarnos. Nuestro desconcierto iba en aumento. Nos convidan té, aceptamos y comenzamos a charlar con, quien después nos enteramos, era uno de los directores de la escuela. Mientras compartíamos un té al sol de la tarde rodeados de montañas vemos un ir y venir de niños corriendo y jugando. Efectivamente era una escuela monasterio para niños; Pequeñitos de 5 años hasta jóvenes formándose allí para ser monjes. Nuestro viaje no dejaba de sorprendernos. Y allí nos quedamos.

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Iba a ser un día, terminaron siendo dos. Nos sentíamos muy cómodos, y además sabíamos que era algo que no se nos da muy a menudo. Todos eran muy amables, siempre procurando que no nos falte nada. Es más hasta se disculparon de no contar con comida especial para nosotros. Solo un maestro nos pidió algo: si le podíamos enseñar algo de español a cambio de unas clases de Ladakhi.

Que espectáculo ver a esos niñitos rezar y cantar mantras mientras que en sus ratos libres jugaban criquet.

Sólo nos quedó un sabor amargo. Al tercer día partíamos nuevamente a Leh. Ese día si había colectivos, lo que no sabíamos muy bien era el horario. Luego de desayunar fuimos a buscar nuestras cosas y al salir de la habitación vemos el colectivo, empezamos a correr. No pudimos despedirnos ni agradecer no sólo la comida y el alojamiento sino la experiencia de compartir unos días en una escuela monasterio perdida en algún rincón del Himalaya.

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