Son las 2 am y suena el despertador. La noche anterior habíamos dejado todo listo. En menos de 15 minutos ya habíamos arrancado a caminar.

El plan: subir hasta “Adam’sPeak”. Un pico famoso en Sri Lanka por ser donde se encuentra una gran huella de Buda, o de Shiva, o del mismísimo Adam, según la religión desde donde se lo mire. Curioso que haya sido Adam el nombre que predominó a lo largo del tiempo, siendo que los cristianos son minoría en Asia.

Son 2:30 am y ya empezamos a entrar en calor. Estamos solos y no hay muchas luces prendidas. El frío que se siente desciende con cada paso que damos. Tenemos más de 5.200 escalones por delante. En kilómetros serían unos 5,5. Queremos ver el amanecer desde ahí arriba, dicen que se llega a ver el mar.

En dos horas ya habíamos subido. Aún faltaba una hora hasta el que salga el sol. Hacia mucho más frio que antes. Ya no estábamos en movimiento y el viento sopla fuerte a esa altura. Una vez escuchamos que la hora anterior al amanecer es el momento más frío del día, ya que es el momento de máxima ausencia del sol.

Adam's peak

Así se veían los primeros rayos

Estábamos todos acurrucados: feligreses, turistas y curiosos. Todos por igual; con frío y descalzos (es un sitio sagrado, por lo cual hay que descalzarse). Los esrilanqueses consideran que al menos una vez en su vida deben subir a “Adam’sPeak”. Había muchos niños, muchos en brazos de sus padres y muchas personas mayores. Los escalones parecen no ser un limitante.
De pronto, los primeros destellos comenzaron a brillar en el horizonte. El cielo, que hasta ese momento era un telón negro con puntos brillantes, comenzó a teñirse de naranja y celeste. Todos mirábamos el horizonte. Todos esperábamos lo mismo: el amanecer.

Adam's peak

El sol quería empezar a salir…

Adam's peak

… y salió

El cielo iba cambiando de color, y luego de media hora, el celeste pasó a ser rojo. Un rojo intenso como el fuego. Los primeros rayos iluminaron nuestros rostros. Una caricia cálida ante el frio que sentíamos.

Por un instante, no importó ser budista, hinduista o curioso, el único amo y señor era el sol. Ya no importaba el cansancio ni los dedos congelados de los pies. El sol ya había salido y debíamos agradecerlo. A fin de cuentas, es lo más leal que tenemos. Día tras día y año tras año nos sigue sorprendiendo. Sale todos los días por el mismo sitio y se va por el otro. No hubo un solo día en que el sol no salió.

Adam's peak

Una celebración se realiza todos los amaneceres

La luz, el teléfono, el agua caliente, los amigos, los trabajos y el dinero a veces están y otras, no. Pero el sol es distinto, siempre está.
Si un día decidiera no salir, ese día no habría vida. No habría nada. Ni siquiera los árboles nos darían sombra, porque hasta la sombra que nos protege del furioso sol en un mediodía de calor es obra de él mismo.

Adam's peak

La sombra de la montaña

El sol se elevaba cada vez más. Esa sensación de frío había dejado de existir. El calor ya era intenso. Hace una hora era de noche, y estábamos tiritando, y ahora guardamos todo el abrigo en la mochila. Como el sol trae vida, también puede convertirse en el peor enemigo. No tardamos en emprender el regreso, sabíamos que cuanto más lo pospusiéramos, más intenso sería el calor.
Comenzamos a bajar. Descubrimos las vistas que teníamos desde esas escalinatas y todas las plantaciones de té que rodean el pico. De noche, en la oscuridad, no habíamos percibido nada de todo esto.

Adam's peak

Llegamos al pueblo y todavía no eran las 8, pero esos solitarios negocios cerrados a la noche, habían cobrado vida y estaban en su máximo esplendor. Pero eso si, debajo de una sombra, porque al fin y al cabo es el sol el que nos regula.

Adam's peak

Hasta ahí arriba subimos