Lo que sigue a continuación debería ser la crónica de nuestra visita a la ciudad de Almaty, antigua capital soviética de Kazajistán. Deberíamos detenernos en lo que hay para ver en la ciudad, en su historia, deberíamos poner fotos lindas y dar consejos de dónde dormir y comer o, al menos, eso es lo que se espera de un blog de viajes. Podriamos hablar de los parques soviéticos, de las calles limpias y de los cañoncitos con dulce de leche… Pero el nuestro no siempre es un blog de información útil.

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Lección #1: (no) Hables con extraños

La primera vez que me tomé un colectivo sola tendría 12 años mas o menos. Si bien conocía el trayecto casi de memoria no era lo mismo hacerlo sola que con mi papá. Además de estar atenta a subir al colectivo correspondiente, también tenía que estar atenta al lugar donde bajar. Y no quedarme dormida, ni perderme, ni perder nada. Tenía miedo, era el simbólico pasaje a ser adulta y comenzar a tomarme transportes públicos sola. Aún me acuerdo las indicaciones de mi papá: “… si es el cartel verde no te subas, por las dudas preguntale al chofer si va a la estación de Haedo por Rosales. Tocá el timbre cuando pases el puente, bajate en la estación de servicio y no hables con extraños”. No hables con extraños, eso era la importante y esa era, también, la máxima precaución. Los extraños… un gran colectivo que reúne a gente mala, timadores, violadores seriales, asesinos y viejas pinchadoras de pelotas de futbol. Gente mala que sale en las noticias y en los diarios, de las cuales sabemos todo y a la vez nada.

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Con el viaje, la prohibición a hablar con extraños se fue aflojando. Si no hablara con extraños nunca hubiese sabido de donde salía el barco de Chennai ni dónde estaba el mercado de Beijing. Viajando, estamos obligados a hablar con extraños. Y no sólo a hablar, sino también a dormir en sus casas, subirnos a sus autos, jugar con sus hijos, probar sus mermeladas caseras y comer en sus mesas.

Las tres señoras:

Fue un mediodía de calor agobiante, de esos en que los quince kilos de las mochilas parecen cincuenta. Decidimos hacer una parada. Buscamos un poco de sombra y un almacén para comprar cualquier tipo de bebida, mientras reúna la única condición de estar bien fría.

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Lucas entró y yo me quedé con las mochilas en la calle. Una señora con un carrito de bebé me miró y me dijo algo. Lo único que entendí fue “pazhalusta”, que es como se dice por favor en ruso. La miré con cara de no entiendo.

Pasó otra señora caminando, le dijo algo de lo cual sólo capté el “pazhalusta”. La nueva señora asintió, y saludó al bebé del carrito. La primer señora entró al almacén. Intuí que me estaba pidiendo que mirase al bebé mientras ella entraba a comprar algo.

En eso, pasó una tercera señora que simplemente se detuvo a hablar. Lo curioso es que todas me hablaron como si yo hablase ruso. La tercera señora se percató de que no estaba siguiendo la conversación y comenzó a hablarme en inglés. De dónde somos, cómo es que llegamos tan lejos, que cómo tanto tiempo de viaje, que qué hacemos en Almaty. En eso, Lucas salió con una soda helada.

La señora número 1 también salió pero con un paquete de fideos y una leche larga vida. Le agradeció a la segunda señora, que también se fue. Por lo cual quedamos solos con la tercera señora.

Ella se mostró cada vez más interesada por nuestro viaje. Nos dijo que se tiene que ir pero que quiere cenar con nosotros y quiere que conozcamos a su familia. Nos dijo de encontrarnos a las 19 en la esquina de Furmanov y Kabanbai. Dijimos que sí, y seguimos caminando bajo el sol.

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La invitación fallida:

A las 18:30 nos entraron las dudas ¿Vamos o no vamos? Lo cierto es que a la señora no la conocíamos, no sabíamos ni el nombre. ¿Y si no ella no va? ¿Y si no la reconocemos? ¿Y si es una trampa? Y el fantasma de “no hables con extraños” volvió a la carga.

Dudamos, se largó a llover, paró, se largó de nuevo. Eran las 19 y seguíamos dudando. Decidimos “hacernos los boludos” y salir a buscar algo para comer. Y ahí fuimos de nuevo ¿Y si nos está esperando? ¿Y si fue con la familia? ¿Y si es un aburrimiento el encuentro?

De una manera infantil decidimos resolver la situación. “Vayamos por la vereda de enfrente, analicemos el lugar y vemos si saludamos o si seguimos de largo”. Además, no sabíamos si la íbamos a reconocer o lo más probable, quizá ella no había ido o fue, pero se cansó de esperarnos.

En el camino al punto de encuentro, nos perdimos y se largó a llover de nuevo. Terminamos llegando al lugar a las 21. Dos horas más tarde. Se trató de un restaurant muy paquete y ahí adentro estaba ella con su familia, esperándonos.

Nos sentimos dos idiotas. A esa altura era mejor seguir de largo que entrar que pedir perdón por el retraso (y por las vacilaciones). Pero no, entramos a saludar. Ellos estaban pidiendo la cuenta. Con toda la vergüenza pedimos perdón, dijeron que no hay problema y ordenaron comida de nuevo. Dijimos que no, pero el mozo ya estaba trayendo ensaladas, pastas, pinches de carne, sopas, jugo, pan y samsas (empanadas de carne). Nos presentamos, aún no habíamos dicho nuestros nombres. Luego de la cena, nos invitaron a tomar algo.

Nos sentíamos mal por el retraso, nos sentíamos mal por no pagar nada (no nos dejaron pagar nada) y nos sentíamos mal por programar una excursión con ellos para el día siguiente.

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La vecina:

A las diez de la mañana ya estábamos en la puerta de la casa de Laziza. Esta vez no llegamos tarde y además llevamos frutillas, cerezas y bebidas para compartir con ellos. Mientras esperábamos a un amigo de ella, que también venía con nosotros, Laziza nos presentó a la vecina. La vecina hablaba algo de español ya que su marido se dedica a la importación de vinos, por lo cual los viajes a Chile y Argentina son algo común para ellos. La vecina nos pidió nuestro teléfono y nos invitó a cenar con ella y su familia.

La excursión con Laziza fue (casi) un éxito. Fuimos a Gran Almaty Lake, un lago de agua turquesas en las afueras de la ciudad. El “casi” fue por que el lago estaba sin agua, algo extraño para esta época del año.

Ya de regreso en la ciudad y luego de una parada obligada en un puesto de Kumús (leche de yegua fermentada) que no pudimos evitar, nos llegó el mensaje de la vecina. A las 19 nos esperaba en su casa para cenar juntos. Eso sí, nos pidió que lleguemos temprano.

18:55 estábamos en la entrada del edificio. La cena consistió en un pedazo de carne de vaca hervida, con papas, cebollas y carne de caballo. Según ella, estábamos flacos y la carne de caballo nos iba a venir bien para recuperar energías. ¿Cómo explicar que no comemos carne de caballo? ¿Cómo no poner cara de impresión? Además, nos dio un kilo de frutos secos para que comamos cuando nos sintamos débiles. Luego de la cena, nos invitaron a pasear por la ciudad. Salimos a tomar un café con una porción de torta. De nuevo lo mismo, no nos dejaron pagar ni las propinas.

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Los nómades:

Sin vueltas preguntamos porque tanto. ¿Por qué tanta hospitalidad? ¿Por qué tanta generosidad con nosotros? Dos argentinos que además de llegar tarde el primer día, no teníamos nada de especiales.

La respuesta fue simple. Los kazajos fueron un pueblo nómade, que recién se asentaron con los soviéticos. Para ellos, el viajero sigue siendo un enviado de Alá y nosotros éramos los verdaderos nómades del siglo XXI.

Almaty fue nuestra segunda visita en Kazajistán. La primera vez sólo vistamos Astaná, la capital, y el norte del país. Ahora, desde China, Almaty era la puerta de entrada a Asia Central y todos esos países de nombre raro pero que terminan en “-stan”.

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Sí, podríamos haber rellenado estás líneas hablando de los parques con estatuas soviéticas, de las catedrales ortodoxas, de los mercados, las montañas y los miradores. Pero no seria justo. No sería justo con nosotros, con Laziza, con las dos señoras, con su vecina. No sería justo, tampoco, con nuestros miedos.

Sí, hablar con extraños puede ser peligroso pero a veces, la mayoría de las veces, no lo es. El problema es que las buenas personas no tienen prensa, no hay ni medios ni periodistas que lo cubran.

Quizá nosotros viajamos y escribimos para eso. Como dijimos una vez, para volver a creer en la condición humana. Almaty fue ese abrazo y ese mimo que tantas veces necesitamos.