Un viaje comienza mucho antes de llegar al destino. La cabeza de uno  ya empieza a viajar con todos los preparativos y suelta la imaginación pensando cómo será. Pero nuestro primer contacto con la cultura India fue sin dudas en el aeropuerto de Frankfurt (Escala entre Buenos Aires y Delhi). Compartíamos la puerta de embarque con mujeres con Sari, Sikhs (son fáciles de reconocer porque usan turbante), hindúes, musulmanes y budistas.

Aterrizamos a la medianoche en Nueva Delhi, después de 24 horas de viaje y cruzando 8 husos horarios y medio. Las personas con las que compartimos el vuelo desaparecieron entre la multitud. Nosotros permanecimos de pie durante un rato, en aquel lugar raro y diferente. Como sin entender dónde estábamos y hacia donde teníamos que ir. No caíamos que estábamos en India, solos, en medio de la noche e ignorando lo que se escondía en aquella profunda oscuridad, fuera del aeropuerto.

Recién al amanecer salimos. Entrando al subte nos paró un hombre vestido de civil explicándonos que el subte estaba cerrado y que debíamos tomarnos un taxi hasta la ciudad. Lo raro, y bizarro de la situación, era que la gente entraba y salía. Sin dudarlo mucho obviamos la explicación del hombre, pasamos y viajamos normalmente. Ese fue el primer intento de engaño, de los muchos que sufrimos.

Mercado

Mercado

Salimos del subte y una sensación de humedad pegajosa impregnó nuestros cuerpos. El calor se hacía sentir. Eran las 6 de la mañana y parecía las 3 de la tarde en Buenos Aires en pleno enero. Esto, sumado al cansancio por el viaje largo y agotador hizo que nuestra tarea de conseguir lugar para dormir no fuera tan fácil.

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El verdadero choque de culturas se dio al salir del subte. En la calle la gente nos rodeaba y acosaba, invitándonos a comprar algo, a quedarnos en un hotel “very cheap and very clean” o a tomar un rickshaw, bicicletas preparadas para llevar pasajeros conducidos por hombres extremadamente flacos y con las piernas grandes y musculosas. A nosotros estos tipos de transporte nos presentan una sensación de explotación y sometimiento por el cual decidimos no tomarlos, pero entendemos que también es su trabajo y que se esa forma se ganan la vida.

Rickshaws

Rickshaws

Hicimos varias cuadras escuchando a vendedores que nos perseguían. Recorriendo distintos hoteles, notamos que no se caracterizan por ser muy limpios. Más allá del precio que pagues todos tienen algún bichito dando vuelta, sabanas sucias o manchas de humedad en la pared. Finalmente, ya agotados y sin terminar de asimilar todos lo que nos rodeaba nos alojamos en un hotel bastante céntrico, a muy buen precio y  con no tantos bichos.

Tumulto de gente en una de las estaciones de tren

Tumulto de gente en una de las estaciones de tren

Lo siguiente fue dormir 12 horas para recuperar el sueño. Nos dimos cuenta que el Jet Lag se siente mucho más de lo que nos imaginábamos. Nos costó adaptarnos al cambio de horario. Salimos a caminar cerca del hotel. Las calles de Delhi son caos. Es difícil cruzar la calle y no morir en el intento. Pero sobre todo, lo que llama la atención es la frecuencia con la que resuenan bocinazos. Lo usan de una forma totalmente distinta a nosotros, porque lo usan para todo. Cada 100 metros tocan 4 o 5 la bocina. Pero el contraste grande está en los templos. El caos queda en la calle y adentro se respira paz y tranquilidad. Como si existieran 2 Indias, una buscando la modernización y el comercio, y la otra, la India mística y religiosa.

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¿Nos sentimos seguros? Si, ¿Nos sentimos observados?  También, ¿Nos sentimos extraños? No, porque somos nosotros mismos los que estamos inmersos en un mundo totalmente diferente. Donde cambian las costumbres, la comida, la forma de pensar y la manera en cómo se vive la religión. Pero todo esto, formará parte de futuros relatos.

Las calles de Delhi tiene miles de año de historia por contar

Las calles de Delhi tiene miles de año de historia por contar