“Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.
Una vez me contó, un amigo común que la vio, donde habita el olvido.”

Joaquín Sabina

Si este es el esfuerzo, el resultado debe valer la pena” me dijo L todo transpirado. Las cejas habían dejado de cumplir su función y la transpiración se le metía en los ojos. Ya teníamos pedaleados unos cinco kilómetros, aún nos faltaban otros tres para llegar. Todavía no eran ni las nueve de la mañana.

Angkor-Wat-6En el medio de la selva de Camboya, uno de los países mas pobres del mundo y dónde la historia golpeó duro en los últimos años con invasiones, guerras y exterminios, existe un conjunto de templos que no se entiende como no es una de las siete maravillas modernas: Angkor Wat. Un sitio que llegó a albergar alrededor de mil templos. Hoy, conserva más de cien y están invadidos por raíces de árboles enormes, flores y miles de turistas.

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La mayoría de los templos están rodeados por canales que amortiguan el agua y la lluvia en la época de monzones. Un puente de piedra porosa nos permite cruzar el canal y adentrarnos en el primer recinto. Erróneamente se conoce todo el complejo como Angkor Wat cuando ese es sólo el nombre del uno de los templos (y no necesariamente el más espectacular). Dicen que es el principal y que se erigió en honor a Shiva, pero sin desconocer la trilogía divina, de ahí las tres torres talladas. Estas no eran lo único notable, también los pasillos, las escaleras, los gravados y las paredes de casi un metro de espesor. O quizá lo maravilloso es que todo esto tiene casi mil años. No sabíamos por dónde empezar a mirar, esa fue la verdad.

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Templos imponentes de dioses brahmánicos evocan un pasado glorioso: el del Imperio jemer, que aunque no se estudie en los manuales de historia, por varios siglos ocupó Camboya, Laos, Vietnam, Tailandia, parte Malasia y Myanmar. Angkor Wat es el testimonio de sus años dorados. Todos los pueblos tuvieron su momento de apogeo y el jemer no fue la excepción.

A medida que pasaban las horas, subía el sol y el calor se intensificaba. Ya éramos dos gotas de sudor pedaleando en unas bicicletas que no paraban de hacer ruido. Esa mañana habíamos decidido alquilarlas, buscamos las más baratas de la ciudad: un dólar cada una. No frenaban muy bien, no tenían luces ni aceite en la cadena, pero se movían. Mientras pedaleábamos no dejábamos de sorprendernos de lo que veíamos. Eso era lo mejor de las bicis, no nos perdíamos ningún detalles del paisaje.

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¿Y cómo es que todo esto paso a ser un par de ruinas?” Le pregunte a L. Siempre sospecho que él tiene las respuestas a casi todas mis preguntas. No entendía como un imperio que logró construir semejantes maravillas concluyó de un momento para otro. Él tampoco. Poco se conoce del ocaso de los jemeres. Llama la atención como desaparecieron, sin dejar rastros, sólo un gran legado llamado Angkor Wat. Los historiadores hablan de una gran sequía, o de pestes, o de invasiones extranjeras. Todas teorías, nada concreto.

Angkor Wat estuvo largo tiempo descansando de los ojos del mundo, salvo por algún que otro monje budista. La naturaleza avanzó, los ocultó y se mimetizó con los templos. El mundo occidental los descubre recién en 1860. A principio del siglo pasado sólo se podía llegar navegando lagos y ríos. Nosotros fuimos en bici, los chinos en autobuses con aire acondicionado y algunos gringos en tuk tuk.

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Poco antes del atardecer llegamos a unos de esos templos que aparecen como un pequeño punto en el mapa. Ningún turista se detiene ahí, pero a nosotros el calor nos obligó a hacerlo. Era tan impresionante como todos los anteriores. Cualquiera de los templos de Angkor Wat, en cualquier otra parte del mundo, es una atracción por sí misma. Lo bueno era que en este templo éramos los únicos. Subimos por una empinada escalera hasta la cúspide y nos sentamos a descansar. Aunque no podíamos descansar la vista, seguíamos mirando maravillados a nuestro alrededor.

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Si esto tiene casi mil años ¿Cómo se construyó? ¿Se ayudaron de elefantes para mover tantas piedras? ¿Cómo las subieron y las tallaron? ¿Cuántas almas humanas se perdieron en la construcción? Porque siempre, estas construcciones monumentales se levantan con la vida y sufrimiento de otros. Lo vimos en el Taj Mahal y con la Gran Muralla China.

¿Y cuántos se habrán escondido entre estas piedras en los años locos de los jemeres rojos? Porque Pol Pot volvió a creer en la grandeza del Imperio jemer, e intentó retomar su antiguo esplendor, pero de un modo por demás sanguinario. Su dictadura, en la década del 70, mató a más de dos millones de camboyanos. Ellos también desaparecieron sin dejar rastros.

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La historia de Camboya intentaba acomodarse en nuestras cabezas mientras observábamos todo desde allá arriba. Los pensamientos iban y venían, como el viento que soplaba. Y siempre los pensamientos vuelven a uno. O quizá volvían a nosotros porque éramos los únicos que estábamos en ese templo.

Angor Wat, de alguna manera, encierra el ciclo de la vida. Ese primer momento de gestación, de crecimiento, de plenitud, y luego: la caída. Todo cae, como la piedrita que sin querer pateé cuesta abajo. Nos creemos poderosos, los dueños del mundo y luego ¡zas! nos desplomamos. A veces más rápido, a veces más lento, a veces sin intervalos. A veces sin saber las razones, Después, el olvido. Es inevitable.

Aún en Angkor Wat, el gran complejo arqueológico con fama mundial, hay más de un templo dónde lo único que habita es el olvido.

Angkor-Wat-1-3Dibujo de Henry Mouhot sobre Angkor Wat en 1860

Info útil

* En la ciudad de Siem Reap, que está a 6 kilómetros de Angkor Wat, se pueden alojar en la tranquila Residence Blanc D’Angkor y disfrutar de su reconfortante pileta.