La razón por la cual no publicamos nada en 12 días es porque estuvimos caminando alrededor del Annapurna. ¿Qué es el Annapurna? Es una de las famosas montañas de más de 8.000 metros que se encuentra dentro del cordón del Himalaya. El Annapurna no es uno, sino varios. Picos altos y nevados, de esos que parecen estar bien cerca del cielo. Por algo Nepal es el techo del mundo ¿no?

12 días caminando, transpirando, calor, frio, ampollas, dolor de pies y espalda. 12 días rodeados de naturaleza: montañas, ríos, lagunas, vacas, gallinas, yaks y mariposas de todos los colores y tamaños. 12 días, 150 km y un paso de 5.416 msnm. Él (o mejor dicho los) Annapurnas no solo fue una experiencia atlética ni aventurera ni de contacto con la naturaleza, sino que fue también un encuentro. Encuentro con otros distintos, con nepalíes de montaña, esos que las guías turísticas denominan “local people”. Nombre genérico, como si todos fueran lo mismo.

Yak posando para nosotros

Yak posando para nosotros

El camino transcurrió entre aldeas que cada vez estaban altas. No queremos aburrirlos con nombres, pero nuestro recorrido empezó a unos 800 msnm. Las primeras aldeas no tardaron en aparecer. Ya el primer día, luego de haber caminado solo 3 horas habíamos cruzado varias. Y esto es algo que se repitió a lo largo del viaje, durante un día de caminata cruzábamos 4 o 5 pueblitos distintos. En todos nos encontramos con la gente levantándose al alba para trabajar en el campo. La vida la dicta el sol. Y cuando te cruzabas con alguien, sin importar lo que estaban haciendo, te saludaban con un “namasté” y una sonrisa. Lo suficiente para transmitir la sensación de que uno es bienvenido.

Esperando el colectivo

Esperando el colectivo

La vida transcurre afuera, en la calle. La familia se agranda, y cada integrante de la aldea oficia de padre y madre de los más pequeños. La vida es comunitaria. Todo se comparte. La propiedad privada es un invento de occidente. La tierra con los cultivos, la leña para hacer fuego, los animales para transportar las cargas. Y lo de la leña no es menor, los inviernos deben ser muy fríos (nosotros fuimos en verano). Con nieve que no te deja abrir la puerta de la casa, tener un poco de madera para calentar el hogar se vuelve fundamental.

Picos nevados

Picos nevados

Pero a su vez cada pueblo era distinto. Las costumbres y los alimentos cambian según la altura a la que nos encontrásemos. En las alturas más bajas veíamos plantaciones de arroz y bananas. A medida que subíamos empezamos a ver manzanas y papas. Las ropas cambian, el clima cambia, y el entorno cambia. Cuanto más alto más, era más seco y frío.

Cada pueblo que cruzamos era singular. Podemos agruparlos como “todos los pueblos que vimos en el Annapurna”, pero le quitaríamos mucho sentido. Cada pueblo era único, comportaba en si un mundo. En ese mundo regían ciertas reglas y normas de convivencia que solo tenían validez dentro del perímetro de ese pueblo. El siguiente pueblo era otro, otro mundo, otra lógica. La otredad se vive en los detalles más mínimos. Y pensar es estos pueblos, iguales pero distintos nos hace pensar en la concepción que tenemos de mundo. ¿Cuál es nuestro mundo? Cómo si nuestro mundo comenzara en nuestro perímetro, en lo que es conocido, y el otro mundo (o el otro pueblo) es lo no-conocido. Y así, un pueblo en medio del Himalaya cree que eso es todo el mundo. Luego conoce otro mundo (o pueblo), el territorio se agranda, aparece el otro, el vecino. Y este vecino tiene a su vez otro vecino, y otro, y otro. Y así se configura este mundo. Cómo dijo el Subcomandante Marcos, vivimos en un mundo donde existen muchos mundos.

El partido de truco no faltó

El partido de truco no faltó

Los turistas también venimos con nuestra idea de mundo. Algunos más engreídos que otros. Algunos con actitudes humildes, otros más conquistadores. Sentimos la diferencia con los del “primer mundo”. Teníamos distintas aspiraciones, metas y objetivos. Algunos buscaban el triunfo atlético, otros tildar un objetivo en la lista de costas para hacer, otros buscaban conocer, y así cada uno con su idea de mundo. Los turistas nos reconocíamos a simple vistas. Todos con ropa deportiva, calzado adecuado y bastones de montaña, y los locales, en sandalias. Nos dimos cuenta que la montaña nos es ajena en cierto punto. Nosotros no nacimos allí, lo vivimos de otra manera. En cambio, ellos sí. Las montañas más altas del mundo son el patio de su casa.

Annapurna - 5

Siempre había algo para hacer

Siempre había algo para hacer

El caminar estimula el pensamiento. Tenemos tiempo para observar, estar en los detalles. En los árboles, en los ríos, en las montañas, y sobre todo la gente. Podríamos haber hecho gran parte del trayecto en jeep, pero nos hubiésemos perdido miles de ideas y conversaciones. Nos hubiésemos perdido de conocer a mucha gente en el camino, tanto turistas como gente que vive ahí. Por ejemplo hubo un día (el tercero o cuarto, no importa) que salimos temprano a caminar. Nosotros estábamos parados en una bifurcación, tratarnos de orientarnos, y se nos acercaron dos señoras nepalíes. Iban para el mismo lado que nosotros. Y nos llevaron por un camino no convencional, donde cruzamos la montaña entre medio de escaleras y árboles. Tardamos mucho menos de lo que las guías dicen, pero no porque caminásemos rápido, sino porque el contacto con la gente local nos hizo tomar un camino más corto. Podríamos habernos tomado un jeep, pero cuantas cosas nos hubiésemos perdido ¿no?

Paisajes increíbles donde mires

Paisajes increíbles donde mires

Familia trabajando en las terrazas de arroz

Familia trabajando en las terrazas de arroz

Pero debemos reconocer que tuvimos alguna dificultad, que en realidad fueron varias. Primero las físicas, caminar 15 km todos día, sin ningún día de descanso hizo que cada vez estemos más cansados. También la altura pesa. No es lo mismo caminar a 800 msnm que a 5000. A esa altura ya no podés respirar, y cada paso cuesta el triple. La noche anterior a cruzar el paso dormimos a 4500 msnm, y esa subida de casi 1000 metros nos costó 3 horas y mucho esfuerzo. Por más que no quisiéramos estábamos obligados a detenernos a cada paso a tomar aire. Pero la alegría de lograr el objetivo propuesto (estar a 5416 msnm) hizo que todo el esfuerzo físico valga la pena.

El esfuerzo valió la pena

El esfuerzo valió la pena

Pero la cabeza va por otro lado. Mientras caminábamos, nos pasó muchas veces que nuestros pensamientos y conversaciones no se situaban en el acá y ahora, si no en el pasado y mayormente sobre nuestro futuro. ¿Acaso nos cuesta tanto vivir el presente? Es todo un desafío lograr ser contemporáneo de uno mismo. Poder disfrutar de lo que hoy nos toca (o elegimos) sin estar en lo que voy a hacer mañana o en lo que pasó ayer. Y volviendo al tema anterior, si no hubiésemos caminado tanto, ¿Hubiésemos pensado en todo esto?

Caminar nos hizo encontrarnos con nosotros mismos y con la gente que nos cruzábamos. El esfuerzo físico valió la pena. Pero sobre todo, lo que más ejercitamos fue la cabeza. En síntesis, caminar alrededor del Annapurna, es una actividad completa para el cuerpo, la mente y el alma. Y sin importar lo que sea lo que uno vaya a buscar, en el Annapurna siempre algo vas a encontrar.

A veces el camino a seguir se ve con claridad...

A veces el camino a seguir se ve con claridad…

... y otras no tanto.

… y otras no tanto.