Estuvimos viviendo cuatro noches en Astaná, en un hostel. Desde ahí hasta la ciudad el camino atravesaba un descampado, desde el cual se veía a lo lejos las grandes edificaciones de una ciudad que creció al ritmo del precio de barril de petróleo. Mezquitas que parecen futuristas, shoppings con formas estrafalarias, edificios que se mezclan con las nubes, autos de alta gama y sobre todo luces, muchas luces, de día y de noche. Pero en el descampado no había luces, sino a lo lejos, en la ciudad.

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Cerca nuestro hay grúas por todos lados, polvo y materiales de construcción desperdigados (tal es así que rompí una zapatilla por culpa de un fierro camuflado en el pasto). La ciudad sigue creciendo. En 10 años será totalmente distinta. Dependerá del petróleo.

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Esto representa un poco el espíritu del norte de Kazajistán (el noveno país más grande del mundo, apenas más chico que Argentina). Una capital moderna que anhela ser la próxima Dubái y los kilómetros que la separan con la frontera rusa son un desierto enorme, con poblados de no más de 15 casas. Astaná poco tiene que ver con el resto del estado. Por momentos dudamos si estamos en el mismo país pero los carteles luminosos nos confirmaban que sí, que estábamos  ahí.

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Pero el contraste no era sólo entre el descampado y la ciudad, sino entre la ciudad y las afuera. A medida que uno se aleja el lujo deja lugar a casas humildes de chapa. Astaná es una promesa de trabajo para varios.

El pueblo kazajo empezó siendo un pueblo nómade y hoy se debate si seguir con sus costumbres o radicarse en la capital en busca de mejores oportunidades.

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El hostel dónde estábamos no era muy grande. Habría lugar para unas 14 personas, pero nunca estuvo lleno. Para nuestra sorpresa, todos nuestros compañeros eran kazajos, que llegaron desde distintos puntos del país para trabajar en Astaná. Y mientras buscan un lugar para alquilar se quedan ahí. Es un hostel con horario de oficina, durante el día, los únicos habitantes éramos nosotros y la recepcionista, una chica joven con cara de rusa que no hablaba inglés, pero a todo respondía con una sonrisa.

Los kazajos no tienen cara de rusos, sino más bien los ojos achinados, pero tampoco tanto. Más parecido a un mongol. Pelo oscuro y cara redonda, pero se también hay algunos descendientes de rusos de ojos claros, nariz alargada y pelo rubio.

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Históricamente Asia Central era un territorio considerado como lejano, exótico e inhóspito. Simplemente un lugar de paso para llegar de Europa a China por la famosa ruta de la seda. Kazajistán no existió como tal, hasta que los soviéticos le dieron forma en 1920. Crearon una nación dónde antes sólo había nómades, con el objetivo de que se asienten y trabajen en granjas.

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El país recién logró su independencia en 1991 con la disolución de la Unión Soviética. Curiosamente, el presidente en aquel entonces se oponía a la ruptura de la URSS, fue la última república soviética en independizarse. Más curioso, es que el presidente de aquella época comunista sigue siendo el mismo hoy. Nursultán Nazarbáyev es el único presidente que tuvo el país en sus jóvenes 24 años de nación.

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No todo Kazajistán se puede visitar. En épocas de la URSS, las pruebas nucleares las realizaban en Semipalátinsk. Hoy el lugar está aislado y con peligro de radiación. Para tomar conciencia y si no son impresionables, acá pueden ver fotos de la herencia del desastre nuclear que provocaron

Kazajistán tiene su propio idioma, el kazajo, que tiene raíces otomanas pero sin embargo, gracias a los soviéticos, cambió su alfabeto al cirílico. A pesar del idioma propio la mayoría habla ruso. La televisión, la radio, los carteles están en ruso. Su religión, también es herencia turca, son musulmanes, aunque se ve alguna que otra iglesia ortodoxa.

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Nos cuesta definir al pueblo kazajo, quizá esa tampoco sea nuestra función. Cuesta definir un pueblo nómade que aún se rige por las leyes de la hospitalidad pero que gracias al petróleo ahora mide los metros cuadrados de los departamentos en dólares. Nos cuesta sobre todo por el respeto que nos brindaron. Para ellos, nuestros compañeros de hostel, nosotros éramos los verdaderos nómades. Nos comparaban con sus antepasados por eso debíamos recibir sus cuidados.

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No quedan dudas, Astaná fue una ciudad de contraste pero en la cual nos sentimos en casa una vez más. Kazajistán es un país al cual vamos a volver en algunos meses. Aún nos queda mucho por ver.

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