Nos encontrábamos en Pai. Ya sentiamos que nuestra estadía se acababa. Hay lugares con los que uno es más compatible. Pai no es uno de ellos. No significa que sea feo, pero entre él y nosotros no hay sintonía. Entre Tailandia y nosotros no hay una sintonía. Seamos realista, el ser objetivo es una ideal imposible para nosotros. No entendemos Tailandia, no entendemos que venimos a buscar ni que buscan los cientos de turistas con los que compartimos la estadía. Sumado a una serie de hechos desafortunados, nos encontramos gastando más del doble de nuestro presupuesto ajustado y aun nos quedan unos cuantos meses más de viaje. Llego el momento de reinventarnos. Somos partidarios de la idea de que el viajar le ofrece a uno muchas más herramientas que la cotidianidad sedentaria del día a día. ¡Aprovechémoslo! Tailandia se convirtió en una invitación a repensar como serán estos meses por el sudeste asiático.

Estábamos en Pai. Veníamos de Chiang Mai (un poco mas al sur) y nuestro siguiente destino era Chiang Rai (un poco más al norte). Averiguamos pasajes y nos dicen que vale 550 baths (18 dólares) y son 5 horas. Nos pareció un disparate. Un pasaje a Bangkok, que está mucho más lejos valía lo mismo.

Empezamos a barajar la posibilidad de ir haciendo dedo. Eran 300 km. Habíamos hecho antes, pero no en distancias tan largas. Nunca más de 100 km. Dudamos. A la tarde siguiente nos juntamos con Jota y Dani, de Marcando el Polo, a tomar unos mates. Ambos, viajeros experimentados, nos terminaron de dar el empujón que necesitábamos. Íbamos a probar suerte. Lo que no sabíamos era que ese día se iba a inaugurar una nueva etapa del viaje.

Con Jota y Dani tomando unos mates

Con Jota y Dani tomando unos mates

A la mañana siguiente, con un pequeño desayuno encima, nos alejamos un poco de Pai y sobre la ruta nos ponemos a hacer dedo. Se notaba nuestra falta de práctica. No sabíamos donde ponernos ni que gesto hacer. El pulgar hacia arriba solo no alcanzaba, también debíamos hacer señas de que bajen la velocidad.  Tampoco sabíamos si debíamos alejarnos más de la ciudad. Pero no fue muy difícil conseguir que un primer auto parara. Baja el vidrio y nos mira, le decimos que vamos para el lado de Chiang Mai. Balbucea algo en Thai y se va. Primer intento fallido. Pero no nos desanimamos. Seguimos intentando un rato más (unos 15 minutos) y para una camioneta. Era una pareja de Tailandeses que viven en Chiang Mai. Nos llevan.

Nos subimos en la caja de atrás y la camioneta arranca. Lo que siguió de ahí fue un camino de curvas que nos revoleaba por todos lados. Ya no sabíamos como acomodarnos. Todo se movía, las mochilas iban de un lado hacía el otro, y nosotros con ellas. El sol del mediodía ardía sobre nuestras cabezas.

Parada al baño

Parada al baño

La ruta que nos llevaba a Chiang Mai no era la misma que la que nos llevaría a Chiang Rai. La pareja iba para el centro, pero nos dejaron casi donde empieza la ruta 118 (la que debíamos tomar). Bajamos y medio mareados fuimos a comer algo. Un Khao Soi (sopa típica del norte de Tailandia) y un poco de arroz sirvió para volver a acomodarnos. Miramos los mapas. Para salir de la ciudad teníamos que caminar como 20 cuadras más. El sol era insoportable. Nos planteamos tomarnos un colectivo, pero desistimos a la idea. Nuestro espíritu aventurero nos guío a seguir haciendo dedo.

Khao Soi, un adelanto del post de experiencias gastronómicas en Tailandia

Khao Soi, un adelanto del post de experiencias gastronómicas en Tailandia

Tomamos las mochilas y empezamos a caminar. Cruzábamos avenidas. No parecía terminarse nunca la ciudad. Llegamos hasta el segundo anillo periférico. Ahí paramos. Estábamos en un semáforo, lo cual obligaba a los autos a parar. Primer semáforo en rojo: Preguntamos a los autos si alguno iba para el lado de Chiang Rai (o en su defecto a Dai Saket) Todos nos dicen que nos tomemos un micro. Como si nadie nos pudiera interpretar. Volvemos a la vereda. Esperando otro semáforo.

Antes de que se vuelva a poner en rojo se acerca un hombre caminando. Nos pregunta  a donde vamos. Le decimos Dai Saket (ya nos tirábamos a menos). El dice que nos lleva. Había dejado su camioneta en la banquina con las balizas puestas. Llegamos y para nuestra sorpresa estaba llena de cajas y muebles. Todo estaba rebosante de cosas. Sin dudarlo se pone a acomodar el espacio de la cabina para que entremos los 3. Lo ayudamos. Le preguntamos a donde va. Nos dice Chiang Rai. Se nos dibujó una sonrisa en la cara.

Asi de llena estaba la camioneta

Asi de llena estaba la camioneta

Así fue como compartimos 3 horas de viaje con Oho. Se estaba mudando de Chiang Mai a Chiang Rai, por eso todas las cajas. No solo nos llevo y nos oficio de guía de turismo sino que nos compro papas fritas y bebidas para merendar. También se desvió para dejarnos en el centro de la ciudad. Pero no todo fue color de rosas: durante las 3 horas de viaje solo escuchamos a Britney Spears.

En un día habíamos recorrido más de 300 km a dedo y no solo habíamos llegado a destino, sino que también (por primera vez) habíamos podido alcanzar otro tipo de relación con los tailandeses. Estábamos felices.

¿Pensamos seguir nuestro viaje por el sudeste asiático a dedo? Quizá, es probable. Probamos y tuvimos suerte. Sabemos que es seguro y que es posible. Sabemos, también, que necesitamos ingeniárnoslas. Sabemos que nos divierte más ir en la caja de una camioneta que en un micro lleno de gringos con el aire acondicionado al máximo y donde en todas las paradas un grupo de señoras espera para vendernos recuerdos de los más inútiles.

A no desesperarse, también vamos a ser precavidos. El sentido común y la intuición están a la orden del día. Si un auto no nos inspira confianza no subimos, si es de noche no hacemos dedo, entre otra serie de precauciones. Además somos dos, eso lo hace un poco más fácil.

Una vez más, las condiciones prueban la capacidad adaptativa del ser humano. Esta vez decidimos salir a dar batalla con nuestros pulgares en alza.

En Wat Rong Khun, o templo blanco

En Wat Rong Khun, o templo blanco. Parada sugerida por Oho.