El avión aterriza. No nos damos cuenta hasta que sentimos la fricción de las ruedas contra el pavimento. Se sienten los frenos y finalmente, nos detenemos.

Una voz anuncia que estamos en Colombo, que hace 33 grados y que son las 16:15. Fue salir del avión y volver a sentir esa humedad pegajosa. Cómo manadas, todos los que viajábamos en ese vuelo recorrimos el mismo camino: migraciones, pasada por el baño y agarrar el equipaje. Recién ahora nuestros caminos se separaban. A algunos los esperaban sus familias, a otros una agencia de turismo o un hotel. Otros tomaron un taxi. Nosotros seguíamos ahí. Mirando a nuestro alrededor. Reencontrándonos.

El calor se hacia sentir. No habían pasado 10 minutos y nuestras remeras ya estaban empapadas. En las afueras del aeropuerto la gente caminaba descalza, los niños en cuero, las mujeres con polleras y blusas blancas y los hombres con un pañuelo atado como pollera. Comenzamos a caminar en busca de una parada de colectivos. Las personas nos miran, y nosotros a ellos. Cruzamos sonrisas. Sus sonrisas nos atraen, será el contraste entre esos dientes blancos y separados, y esa piel morena lo que le da un toque especial.

Los tuk-tuks nos frenan y preguntan a donde vamos. Finalmente llegamos a la parada de colectivos. El que nosotros buscábamos estaba por salir. Nos subimos y todas las miradas se clavan en nosotros. Somos los únicos blancos. El chofer dice que dejemos las mochilas adelante y una señora le dice a Ludmila que se siente al lado de ella. Todo en cingalés, el idioma oficial. Eso sí, hasta que no se llena, el bondi (colectivo) no arranca.

Sri Lanka

El moderno colectivo

Una suerte de emoción recorría nuestro cuerpo. El colectivo viejo y descuidado, los gritos del conductor, una señora vendiendo fruta por la ventana, otra chica que nos miraba y sonreía. Los caminos son de tierra. El polvo rojizo contrasta con la frondosidad verde de la vegetación. Las calles, los caminos, y la gente incluso denotan humildad (que no es lo mismo que pobreza, ni descuido). Acá todo tiene un desorden, pero ese desorden te permite salir del camino. No existen los tours armados, ni hordas de turistas haciendo lo mismo. De alguna extraña manera nos sentíamos en casa.

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Tuk tuk de perfil

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Legado de la colonia: dioses cristianos, hinduistas y budistas

El Sudeste asiático es agradable, playas paradisiacas, comida sabrosa y gente amable. Pero algo le falta. O mejor dicho, le sobra. Le sobra occidentalismo. El turismo penetró y ya quedan pocos lugares auténticos. Y quienes nos leen hace rato, sabrán que eso no es lo que nos interesa.

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Una de las ananaes más ricas que comimos

Acá en cambio parecía distinto. Allá un templo hindú, acá un monje budista, un señor en bicicleta y música sonando. Parecíamos nenes mirando por la ventana del colectivo. Señalando y sacando fotos. Necesitábamos esto: simpleza.

Conseguimos habitación en Negombo, en la casa de una señora. Adelante tiene un restaurant. La habitación son solo dos camas, una mesa, dos sillas y un baño. No tiene agua caliente, total hace calor todo el día. En frente esta el mar azul.

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No son playas paradisiacas, pero tampoco esta tan mal

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Barco pesquero

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Pero Sri Lanka no es India y nos cuesta no comparar. Tiene sus propias costumbres, su propio idioma y su propio turismo. Para nuestra sorpresa nos encontramos con muchas parejas mayores que vienen a esta isla a hacer vida de playa. Nosotros, antes de empezara a planear este viaje, no habíamos escuchado mucho de las playas de Sri Lanka. Pero parece que fue elegido como el destino turístico 2013 según la famosa guía Lonely Planet. Ya esa simple mención le da un toque extra. Resort en construcción y micros con aire acondicionado. Pero, al menos, por ahora son los menos.

Pero, más allá de todo esto, el ambiente es otro, tal vez será porque recién está explotando, pero existe esa desprolijidad, que nos gusta y nos permite por un rato percibir la forma de vida esrilanqués (así se escribe el gentilicio, mire usted).

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Seguimos coleccionando atardeceres