Fue en la ciudad rusa de Irkutsk dónde comenzó está historia. Era un día soleado, de esos que parecen ser excepción en Siberia. Compraron unos galletitas y se fueron a leer el río. No hay placer más grande que leer al sol un día de frío. Ludmila estaba con los últimos capítulos de Bulgákov, Lucas con una colección de cuentos rusos.

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Un tipo se sienta con ellos en el banco. Hablaba un inglés perfecto, pero con un acento raro. No era francés ni alemán, pero sonaba europeo aunque por momentos le salía algo bien sudaca. Tenía los ojos achinados, pero no era coreano ni japonés. Quizá filipino. Lo extraño eran que sus ojos eran azules y sus manos, oscuras. Parecían de otro cuerpo, tal vez era descendiente de africanos.

Los miró un rato y sin mucho preámbulo fue directo al grano. “¿Quiénes son y que hacen?”, dijo. En tiempo de la KGB podrían haber sospechado de un espía encubierto pero eso ya había pasado hace rato. Si bien era una pregunta profunda y difícil de responder la que les hizo, ellos fueron a la respuesta fácil.

– “Somos dos argentinos que decidimos dejar todo en Buenos Aires para irse a viajar por el mundo. Las ansias por saber que había más allá de las fronteras fue más fuerte que todo lo que dejábamos en Buenos Aires. Vendimos lo poco que teníamos y con eso nos fuimos, sin saber cómo ni por qué. De eso pasaron dos años y medio.

Sólo sabíamos que nos esperaban grandes historias y esas historias no se iban a escribir si se quedaban acumulando cosas en Buenos Aires.

– “¿Y ahora?”

En ese momento Ludmila comenzó a sospechar. Quizá por qué en su cabeza se repetía la misma pregunta día a día. “¿Y ahora? ¿Cómo sigue esto?” se repetía a la mañana y en cada regreso al hostel. Ya se le habían acabado las respuestas y ya no se le ocurrían muchas más soluciones.

Quizá la solución tenia que ver con esa casa...

Quizá la solución tenia que ver con esa casa…

Queridos lectores, quizás ustedes tampoco sepan de que se trata. Déjennos introducir la cuestión:

Al comienzo del viaje ellos dos eran niños. Todo era nuevo, asombroso y mágico. Todos los días conocían un color distinto y se iban a dormir pensando en todo lo nuevo que habían conocido y aprendido: personas, palabras, comidas, etc.

Los colores de India, las playas de Tailandia, la selva amazónica. Habían caminado las montañas más altas del mundo, estuvieron en las ciudades más pobres y en las más caras. Tomaron cerveza en Praga y caminaron junto al atardecer en la costa croata. Vivieron la guerra en Polonia y se besaron en Moscú.

El problema de viajar es que abre infinitos mundos. Y al final todo termina siendo conocido. Esa sensación de haber visto todo ya les había pasado en Rusia cuándo decidieron recorrer el país de oeste a este. En algunos de esos 10.000 kilómetros habían encontrado el modo de combatir el asombro: dejar de buscar en los lugares y comenzar a pensar en las personas y sus historias.

Pero con los lugares seguían teniendo problemas. Las ciudades seguían siendo las mismas. Todos los mares les parecían iguales, todos los ríos también. Todos pinos en otoño se teñían del mismo amarillo y todas las montañas les recordaban a otras que ya habían visto. Su mundo de viajes y colores se volvía gris por momentos. Ese era su máximo problema ¿Cómo vivir con asombro los días de viaje y no caer en el acostumbramiento de lo que viven? ¿Su problema tendría solución? ¿Habían visto ya todo? Es curioso ( y afortunado para ellos) que ese sea su único y máximo problema.

– “¿Y por eso vinieron a Siberia?”

– “Claro, compramos gorros, guantes, nos pusimos todo el abrigo que tenemos en las mochilas y acá estamos.”

En aquel entonces ya ninguno de los tres hablaba. La conversación se iba desarrollando en solitario. Cada uno hacia una pregunta, imaginaba la respuesta del otro y volvía a repreguntar. Era una gran monologo colectivo y en silencio.

– “Decir Siberia es nombrar las tierras más desérticas, despobladas y extensas del mundo. Necesitan ser más precisos.” – Y de su bolsillo sacó una tarjeta. Ambos leyeron Lago Baikal aunque no reconocieron en que idioma estaba escrito. El extraño se paró y se fue, rápidamente lo perdieron de vista.

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Se quedaron pensando. ¿Valía la pena? ¿Haría mucho frío? Dudaban. Habían oído hablado de este lugar, todos coincidían con que era imponente. Pero ellos ya habían visto todo. Seguramente no sería la gran cosa. Estaban cansados de la decepción. Pecaban de arrogantes. Buscaron fotos en internet y dijeron que se parecía a la isla del sol en el Lago Titicaca en Bolivia o a los lagos del sur en la Patagonia. Leyeron, también, que el Lago Baikal es uno de los más grandes y profundos del mundo. Decidieron darle una chance, además el extraño les había caído bien. Buscaron la Isla Olkhon en el mapa.

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Al poco tiempo estaban en camino. Se subieron a un micro pequeño que surcaba caminos de arena húmeda. Hacía frío, la primavera porteña estaba muy lejos. La mayoría de los pasajeros eran turistas y eso los desanimó. Luego de seis horas, un ferry y unos cuantos saltos dentro del micro, llegaron a la isla. Esperaban ver más de lo mismo. ¿Por qué estaban ahí? ¿Por qué le creyeron a este tipo? ¿Fueron sólo por la foto y por la crónica, por qué todos dicen que vale la pena? Necesitaban juntar más piezas del rompecabezas que supone conocer el mundo entero.

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Pero basta de hablar en tercera persona y hagámonos cargo de lo nuestro. Nos equivocamos. Fuimos dos tontos ¿Qué ya sabíamos lo que íbamos a ver? ¿Qué ya habíamos vistos suficientes lagos? Nadie puede imaginarse lo que es ese lugar. Ni los mejores fotógrafos del mundo logran captar su belleza.

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La inmensidad se hizo presente en nuestros ojos. Y no sólo por el tamaño o la antigüedad del lago, sino por la energía que ahí circula.

El hombre es vanidoso y engreído. Piensa que el mundo es propiedad de uno cuándo, en realidad, es al revés. Piensa que es uno el que encuentra y descubre al mundo cuándo ignora que nosotros somos los sorprendidos y encontrados. A nosotros nada nos pertenece, nosotros somos los que pertenecemos.

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La sorpresa volvió al cuerpo. El asombro volvió, finalmente. Pasamos horas sentados contemplando el agua azul y el cielo celeste. Volvimos a sumergirse en el silencio de la devoción. El agua es tan transparente que parece que el fondo te absorbe. ¡Qué fácil que es quedarse quieto, en silencio, contemplándolo! Era la primera vez que veiamos algo así y quizá la última. No importa ni el frío ni el viento, el lago atrapa.

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El lago Baikal es sagrado, tal vez porque sea el lago más antiguo del mundo y con una profundidad máxima de 1.700 metros. Nosotros lo vimos en los rituales chamánicos que se siguen practicando o en las banderas de plegaría que flamean por toda la isla. Es cierto, no hay nada parecido. Por más que los días en la isla fueron grises volvieron los colores del asombro en la vida viajera.

El lago fue un chispazo de energía. Un recordatorio de que aún nos falta mucho por ver. El último día salió el sol. El lago tomó un color distinto. El lago nos recordó los ojos de aquel tipo que vimos en Irkutsk, aún nos queda la duda sobre quién era.

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