Nuestras maltratadas maletas se amontonaban sobre la acera de nuevo; nos quedaban largos caminos por recorrer. Pero no importa, el camino es vida
Jack Kerouac

El 31 de diciembre, en realidad ya primero de enero, nos fuimos a dormir tarde. No somos de trasnochar pero el destino quiso ponernos a varios argentinos en el camino para tener con quién festejar el cierre de un gran año. Mejor. El único inconveniente era que en dos horas iba a sonar el despertador. El primer día del año a las seis de la mañana íbamos a empezar el 2016, viajando. Una vez más.

1.500 kilómetros separan Bangkok (capital de Tailandia) de Kuala Lumpur (capital de Malasia). El objetivo eran tan simple como complejo: unir ambas ciudades en dos días, siempre a dedo, sin usar ningún tipo de transporte público.
Una suerte de apuesta personal.

Bangkok - Kuala Lumpur mapa

Mapa Bangkok – Kuala Lumpur

Dormidos y con dolor de cabeza salimos a la ruta. No fuimos los únicos. Cientos de autos se apilaban en los semáforos rumbo al sur. Todos iban a la playa. Entre baldecitos, reposeras y heladeras no había lugar para dos argentinos.
Pero el pulgar siguió en el aire y el viaje, comenzó a fluir.
 Mientras caminábamos con las mochilas a cuestas para un auto. Eran dos tailandeses que no hablaban nada de inglés. Nos subimos y vamos a buscar a la hermana de uno de ellos que sí hablaba. Cuándo le contamos lo que queremos hacer, nos llevaron hasta la ruta principal. Lo más difícil era llegar hasta ahí. Así comienza la sucesión de autos: parejas que iban a la playa, familias que iban a pasar el día, dos amigas que habían ido a comprar una bicicleta fija, un tailandés homosexual y multimillonario que tenia una playa privada y una chica que nos quería llevar a toda costa a la estación de colectivos, entre otros.

Haciendo dedo

Los chicos que no hablaban inglés y su hermana

En total fueron siete autos y llegamos a un hotel sobre la ruta. Quizá era un motel, nunca sabemos cual es la diferencia. No avanzamos mucho, sólo 350 kilómetros. El objetivo era hacer 500 como mínimo el primer día.

El segundo día volvimos a madrugar. Teníamos que cruzar la frontera. Nos lo habíamos propuesto. Para eso teníamos que hacer solamente 700 kilómetros. Esta vez fueron cinco autos y dos camiones. Siete en total, de nuevo.

Viajamos con víboras en un balde, con cañas de pescar, con un camionero que se había cansado de ser taxista y comía café instantáneo para no dormirse. Decimos, “comía” porque literalmente se ponía el polvo del sobrecito en la boca, lo masticaba y lo bajaba con un trago de Pepsi-cola. Otro camionero, otra pareja, y varias familias. Viajábamos con un borracho y lo convencimos para que le diga al que manejaba que se desvíe diez kilómetros para dejarnos en la frontera.

Bangkok - Kuala Lumpur-1

Como nos suele pasar las diferencias idiomáticas son una barrera que a esfuerzo de ingenio y señas logramos saltear.

Cerca de las 19 llegamos al borde. Cruzar una frontera nos llena de ansiedad, pero hacerlo de noche es horrible. Las fronteras son líneas imaginarias cargadas de emociones. Esos pocos metros que son tierra de nadie son una suerte de limbo para prepararnos para lo que viene: otro idioma, otra cultura, otro Dios, otra forma de vida.

Del lado malayo no había ni un pueblo y además era otra franja horaria, ya eran las nueve de la noche. El primer hotel estaba a ocho kilómetros. Sólo nos quedaba levantar el pulgar, una vez más.
 Se detiene un auto. Dos pibes, son primos y son musulmanes. Vuelven de cenar y se enganchan con nuestra historia. Nos ofrecen llevarnos hasta su pueblo. Esta a 40 kilómetros y también hay hoteles. Nos sirve, estamos más cerca de Kuala Lumpur. Nos hacen de guías, nos muestran las mezquitas, nos vuelven a sumergir en el mundo islámico. Cenamos los cuatro. Tenemos más en común que diferencias.

Cena con los primos malayos

Cena con los primos malayos

Cerca de las doce, vamos a buscar un hotel. Todos están llenos, son caros, son feos y vienen con roedores incluidos en el precio. Lo pensamos y les pedimos si nos pueden llevar a la estación de buses. O pasamos la noche ahí, o nos tomamos un colectivo nocturno a la capital. Ni lo uno, ni lo otro. Nos invitan a pasar la noche a su casa con la promesa de dejarnos al otro día en la ruta bien temprano. Aceptamos, nos lavamos como dice la costumbre islámica y dormimos en el living. 
Al tercer día también nos levantamos a las seis de la mañana, pero esta vez porque la familia entera se levantó a rezar.
 Los padres del chico no entendían como había dos extranjeros durmiendo en el living. Lejos de enojarse nos dijeron que la próxima vez nos quedemos más tiempo.

La familia que nos alojó

La familia que nos alojó

A la hora, ya estábamos en la autopista. Paró un auto que iba a Kuala Lumpur directo. Hicimos los últimos 450 kilómetros con otros dos malayos. Volvimos a la ciudad de las Torres Petronas. Volvimos, una vez más a comprobar lo peligroso que es el mundo. Los medios tienen razón. El afuera es tan peligroso porque te dan ganas de quedarte, de seguir viajando, de seguir creyendo en la condición humana.

Vista desde el hotel donde estábamos alojados

Vista desde el hotel donde estábamos alojados