“No acepten lo habitual como cosa natural pues en tiempos de desorden sangriento, de confusion organizada, de arbitrariedad conciente, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer imposible de cambiar” 
Bertolt Brecht

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Dicen que uno siempre vuelve al primer amor. A decir verdad Bangkok nunca fue nuestro primer amor. Ni siquiera fue un amor, es una ciudad cómoda por la que uno siempre pasa siempre cuando viaja por el sudeste asiático. Por una u otra cosa, se vuelve. Los vuelos baratos, las embajadas, la necesidad de tramitar alguna visa o las ganas de comerse un buen curry tailandés, hacen que uno vaya y venga. O quizá es todo culpa de la memoria, que se ocupa de evocar su calles y canales. Sea físicamente o no, entre una visita y otra pueden pasar semanas o años.

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También es la ciudad de rey, que ya está viejo y cada calle tiene una foto suya que nos lo recuerda. La ciudad de los templos, del China Town y del Little India que siempre nos cuesta tanto encontrar. Es la ciudad de calor vaporoso y de los mini mercados con el aire acondicionado a más no poder. La ciudad de Khao San Road y del Pad Thai callejero por un dólar. Nos es una ciudad cómoda y conocida. Quién iba a decir que íbamos a encontrar esa familiaridad a diez husos horarios de distancia con Buenos Aires.

Khao San Road

Khao San Road

Canales

Canales

Volvemos dos años después y aún conservamos cierto mapa de la ciudad. Quizá no recordamos el nombre de las calles pero si la esquina dónde comprábamos el jugo de ananá o el templo al cual subimos un día para ver el atardecer y se largó una lluvia torrencial. Nos acordábamos del río y de las lanchas que funcionan como transporte publico en los canales y entre los edificios. Teníamos un mapa subjetivo de la ciudad y con eso nos ubicamos. Salvo por el metro, no sabíamos que Bangkok tenia una línea subterránea hasta esta última visita.

Templos

Templos

Pero ¿Era la misma ciudad? ¿Podemos afirmar que la Bangkok de hace dos años y la de ahora son correlativas? ¿Y qué de nosotros? “En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos” dijo Heráclito. El río no es el mismo, tampoco nosotrosY no es la primera vez que nos pasa o mejor dicho, que nos damos cuenta de eso. Tampoco es la primera vez que Bangkok funciona como un espejo mágico pero esa es otra historia.

Dos años puede ser un buen momento para hacer un balance, porque las cosas, las personas y las ciudades cambian aunque nos cuesta reconocerlo. Pero es difícil precisar en que cambiamos. Podemos, con suerte, precisar todas las cosas que nos gustarían cambiar pero no podemos afirmar en que punto estamos. ¿Y Bangkok en que cambió?

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Quizá fue nuestra mirada. Ahora mucho más detallista. Llegamos en tren y observados muchas nuevas construcciones, muchas casas de chapa también. Vimos muchos trabajadores de otros países vecinos de menos fortuna, vimos muchos menos niños. Mucha más gente pidiendo y muchos más autos caros. Los vendedores de Khao San (el gueto mochilero de la ciudad) antes nos parecían oportunistas insufribles, hoy nos parecían unos pobres tipos ¿Realmente quieren andar disfrazados vendiéndoles pulseritas a turistas australianos? Estos hijos de su madre que antes nos enojaban ahora nos hacían pensar. No es justo el mundo, para nada justo. Y estos tipos venden pulseras (o trajes, o te leen la suerte en tu mano) para mandar algunos dólares a Nepal o Filipinas.

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¿El cambio pasá por despertar una mirada más humana? Por empezar a mirar al otro con otros ojos. Menos arrogante. Empezar a reconocer al otro como un igual, más allá de los colores de las manos y de los modos (a veces poco honestos) con que intentar ganarse la vida.

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Esa es la revolución que tienen pendiente nuestra generación: volver a mirar a los otros, a los que no tuvieron nuestra suerte.

Dos años después volvimos a Bangkok y nos dimos cuenta de que tenemos mucha muchísima suerte. Estamos viviendo la vida que queremos vivir, y eso es sólo gracias a todos los cómplices silenciosos que nos ayudan en el camino.

Bangkok fue nuestro balance de fin de año, o quizá del comienzo de un nuevo viaje (siempre nos cuesta precisas cuándo comienzan o cuándo terminan). Bangkok para nosotros es un espejo, y la verdad, está bueno poder parar cinco minutos a mirarnos.

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