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Guía de viaje a Bangladesh: datos y consejos

Aclaraciones

  • La información recogida aquí se corresponde con nuestra visita a Bangladesh en el mes de abril del 2016. En total estuvimos 3 semanas en Bangladesh.
  • Todos los datos están basados en nuestra propia experiencia. De este modo, los precios son los que nosotros pagamos, y los trámites, los que nosotros mismos realizamos.

Esperamos que cumpla su objetivo: serle útil a futuros viajeros.

Cualquier duda, pregunta o comentario, no duden en hacerlo llegar.

¡Buen viaje y disfruten de Bangladesh!

Animarse

Un viaje comienza cuándo a uno se le cruza por la mente la simple idea de realizarlo. Y quizá ese es el momento más difícil del viaje: Animarse. Cruzar la barrera de los prejuicios y los miedos para tomar coraje y salir a conocer el mundo. El comienzo y fin de un viaje no se corresponde con la temporalidad de subir y bajar de un medio de transporte; el viaje nos va a acompañar. Pasará a formar parte de nosotros, y nosotros ya no seremos los mismos.

No miremos la realidad desde la comodidad de nuestro sillón, salgamos a conocerla y transformarla. El mundo no es un lugar tan peligroso como mucha gente nos quiere hacer creer. Más bien todo lo contrario; es hospitalario y amigable.

Sobre Bangladesh

Si uno mira el mapa rápidamente, Bangladesh no se ve. Es un país chiquito. Se ubica en el Golfo de Bengala y prácticamente India lo rodea por completo (casi ahorcándolo), salvo en el sureste. Ahí está Myanmar, país con el cual también tienen problemas.

De Bangladesh no sabemos mucho. Los medios de comunicación no levantan noticias del país y en la escuela no nos cuentan nada que ocurra más allá de Europa. No sabemos que el país se está hundiendo ni que la mayoría de las empresas textiles internacionales tienen allá sus talleres clandestinos.

Los turistas tampoco van. No hay guías de viaje del país ni grandes atractivos turísticos. Quizá fue todo ese desconocimiento lo que nos empujó a cruzar la frontera.

Bangladesh no es un país fácil para viajar. Las rutas están en mal estado, los alojamientos no son accesibles y los autobuses rara vez cuentan con rueda de auxilio. Pero más allá de cuestiones de comodidades y detalles perdidos en el tiempo, el mayor atractivo del país es su gente.

El orgullo bangladesí y el fervor que sienten cuando ven a un occidental caminando por sus ciudades ya son razones suficientes para conocer esta parte del mundo.

Un poco de historia

Bangladesh es un país relativamente nuevo que alcanzó su independencia de Pakistán tras una sangrienta lucha y un éxodo de más de diez millones de personas a India. Éxodo catalogado como el más numeroso de la historia.

En 1947 cuando los ingleses se fueron de las Indias Británicas, Bangladesh pasó a formar parte del estado de Pakistán, sobre todo por tener la religión en común. Pero los miles de kilómetros de distancia que los separaban hicieron que la gente de Bangladesh se sienta perjudicada y sin ayuda del gobierno por lo que empezó a fomentar la idea de la independencia. Pakistán endureció su trato, pero Bangladesh con la ayuda de India logró su independencia.

Desde entonces vivió un periodo de golpes de estado e inestabilidad política. Recién en 1991 se efectuaron elecciones. Hoy es una república parlamentaria.

Algo que nos llamó la atención del país fue la cantidad de protestas y cortes de calles que vimos. Especialmente en Dakha.

Visa

La mayoría de los países requieren visa para ingresar a Bangladesh.

Si uno ingresa al país por avión puede aplicar a una visa on-arrival que se tramita directamente en el aeropuerto.

Pero si uno ingresa por tierra, deberá tramitar la visa previamente en cualquier Embajada o High Comission de Bangladesh. La mayoría de los pocos turistas que visitan el país lo hacen desde India, tramitando, de este modo, el visado en Nueva Delhi o en Kolkata.

Requisitos:

  • Pasaporte con seis meses de validez
  • Dos fotos carnet
  • Formulario de aplicación completo (se descarga por la pagina web) fotocopias del pasaporte y de la visa de India, en este caso.

Es importante aclarar en el formulario el medio de transporte por el que vamos a ingresar al país (tren, autobús, avión) ya que esa información figura en la visa.

  • Suma correspondiente de dinero. Varia según la nacionalidad y la extensión de la visa. A nosotros, siendo argentinos, la visa de 30 días nos costo 30 USD que abonamos en rupias indias.

Nuestra experiencia

Tramitamos la visa en la High Comissión de Kolkata (ver web: http://bdhc-kolkata.org). Por internet buscamos los requerimientos (dos fotos carnet, formulario completado previamente y fotocopia del pasaporte y de la visa de India) y fuimos temprano a iniciar el tramite.

La oficina se trata de una ventanilla a la calle. Si bien hay una ventanilla especial para turistas extranjeros también la utilizan personas con discapacidades físicas y de tercera edad. La fila y la cantidad de personas no hubiese sido un problema si la ventanilla hubiese atendido a horario.

Cuando fue nuestro turno presentamos todos los papeles. El empleado ni los miró, sólo contó la plata y nos dio un recibo. Al día siguiente podíamos retirar los pasaportes con la visa ya colocada. Si queríamos los pasaportes antes, teníamos que pagar más.

Cuando fuimos a retirar los pasaportes ocurrió lo mismo que el primer día. Abrieron la ventanilla dos horas más tarde y no nos miraron a la cara. En fin, teníamos el pasaporte con la visa lista.

Llegar desde Kolkata

El modo más fácil de ingresas a Bangladesh es en tren. Tres veces por semana funciona el Maitres – Express. Es un servicio internacional que une Kolkata con Dhaka en menos de 12 horas.

El tren tiene distintas clases. Nosotros viajamos en tercera sin aire acondicionado. El valor del pasaje es de 500 rupias.

El pasaje se compra en la oficina de ventas de pasajes para extranjeros al lado de Eastern Railway’s Foreign Tourist Bureau. Para poder comprar el pasaje hay que presentar el pasaporte con la visa ya aprobada. Sin visa, no venden pasajes.

Como siempre en India, hay que ir con paciencia. Las filas no existen y uno tiene que defender a rajatabla su ubicación en la ventanilla.

Impuesto de viajes (Travel Taxs)

Todo aquel viajero que abandone Bangladesh por tierra debe abonar un impuesto especial. El mismo se abona en cualquier sucursal del Banco Sonali. El valor es de 500 TK y en la frontera terrestre exigen el comprobante de pago.

Según nuestra experiencia fue mejor pagarlo con anticipación porque no todas las ciudades tienen sucursal del banco.

Vacunas y otros medicamentos

No hay vacunas ni recomendaciones necesarias para visitar Bangladesh. A los sudamericanos nos pueden llegar a exigir la Vacuna de la Fiebre Amarilla por ser portadores pero no es algo generalizado. Y solo lo pueden exigir si uno vuela directamente desde algún país africano o sudamericano.

Nosotros, igualmente, nos acercamos al servicio de medicina al viajero. Allí contamos nuestro itinerario, tiempo de viaje y completamos una pequeña historia clínica, en base a eso nos recomendaron que vacunas y medicación era necesaria. En nuestro caso:

  • Polio (refuerzo)
  • Hepatitis A y B (refuerzo)
  • Antitetánica (refuerzo)
  • Rubeola
  • Rabia

También nos dieron consejos en relación a la alimentación y elementos necesarios para llevar el botiquín.

Moneda

La moneda es el Taka. El valor de los billetes es de 10, 20, 50, 100, 500, 1.000. También hay monedas de 1, 2 o 5 Taka pero no se ven prácticamente. Los centavos no existen.

Aquí van algunas conversiones para tener una idea (al 06/12/2015):

La relación taka-dólar es de 1 USD → 78,40 TK.

La relación taka-euro es de 1 EUR  → 86,87 TK.

Para ver la cotización actual xe.com

Es importante pensar como manejar las finanzas. Hay varias opciones:

  • Viajar con cheques viajeros. En todas las ciudades importantes hay casa de cambio que los aceptan. El tipo de cambio es apenas un poco más bajo.
  • Viajar con efectivo. Lo más fácil de cambiar son dólares o euros.
  • Sacar dinero vía cajeros automáticos o manejarse con tarjetas de crédito. Cajeros hay por todos lados.

Para nosotros lo más cómodo y simple fue ir sacando plata de cajeros automáticos a medida que el viaje va avanzando. En la mayoría de las ciudades y pueblos encontrarás uno y podes obtener takas con tu tarjeta de crédito o débito. Esta opción fue la más segura y barata para nosotros. El inconveniente es que necesitas una cuenta bancaria o al menos una tarjeta a tu nombre.

Si optan por la tarjeta de crédito o débito, recuerden tener siempre una reserva de dinero en efectivo. Nos pasó de estar en pueblos sin cajeros o sin luz.

Idioma

El idioma oficial es el bengalí.

Pensamos que el idioma iba a ser una gran barrera pero la mayoría de los jóvenes, sobretodo en las grandes ciudades y zonas turística, hablan inglés.

Igualmente, más allá de la utilidad del idioma siempre nos parece un lindo gesto aprender algunas palabras del país que visitamos.

Clima

Lo primero que nos llamó la atención fueron las condiciones geográficas del país. Basta ver el mapa para observar que Bangladesh está atravesado por cientos de ríos y riachos. El territorio alberga en su interior el delta más grande del mundo. Allí desemboca el río Ganges y el río Brahmaputra.

Bangladesh es el país más densamente poblado, por lo cual el calor humano es una constante del día a día. Si a eso le sumamos la condiciones tropicales tenemos calor todo el año. Intensificado en la época de verano (Mayo a Septiembre).

Hay sólo dos estaciones: época seca y época de monzones. ¡Y cuando llueve, llueve! Los ríos se desbordan, los barcos dejan de circular y periódicamente muchos habitantes pierden su casas. La época de lluvias es de Junio a Agosto.

Nosotros visitamos el país en abril del 2016. De las tres semanas que estuvimos, durante dos llovió torrencialmente. Algunos afirmaban que el monzón se adelantó y otros sostenían que era una de las consecuencias del cambio climático. Bangladesh es el país más afectado climáticamente y uno de los primeros amenazados en desaparecer por los desastres naturales que estamos generando.

Lo ideal entonces, seria evitar la época de lluvias y los meses posteriores al monzón. Pero… hay que tener cuidado, también, con la época seca ya que los ríos bajan demasiado y hay trayectos en barco que no se pueden realizar.

Presupuesto

Un viaje puede ser tan caro y tan barato como uno de desee y planee. En nuestro caso viajamos de un modo económico, al mejor estilo mochilero y tuvimos al suerte de descubrir que Bangladesh es uno de los países más baratos para viajar.

Acorde con nuestro estilo de viaje, no realizamos excursiones pagas (nos las ingeniamos para realizarlas nosotros mismos) y optamos por transporte público antes que tomar un taxi o jeep privado.  Viajamos lento y de manera pausada. Solemos informarnos bastante sobre precios, distancias, medios de transporte o cualquier otra variable que intervenga.

Cuando más rápido uno quiere viajar y más destinos en menos tiempo quiere ver, se encarece mucho más el presupuesto.

Un presupuesto muchilero promedio en Bangladesh puede un de 1.600 TK diarios. Incluye alojamiento (baño privado), comida y transportes. Lo que da unos 20 dólares por día. O al menos eso gastamos nosotros, siendo dos personas.

Este presupuesto se descompone en 3 cosas básicas. Comer, dormir y viajar:

  • La comida en Bangladesh es barata. Hay que comer dónde come la gente local. Por cada almuerzo o cena gastamos entre uno y tres dólares cada uno dependiendo de que pedíamos. Es más barato comer comida bengalí que internacional.
  • El alojamiento depende mucho de qué tipo de viaje se quiera hacer. En Bangladesh son muy comunes los guest-house. Son habitaciones con baño privado pero con menos categoría que un hotel. Los estándares son muy parecidos a los de India. En promedio pagamos entre 400-800 TK por habitaciones dobles. Lo más caro que pagamos fue en Dacca, 800 TK por una habitación que no aprobaba las condiciones mínimas de higiene. No nos fue fácil conseguir alojamiento, sobre todo en las grandes ciudades. Muchos hoteles no están habilitados para recibir extranjeros y otros, simplemente, no aceptan mujeres. También realizamos couchsurfing y fueron dos experiencias muy enriquecedoras.
  • En cuanto al transporte, la mejor manera de moverse dada la geografía del país es en barco. Pero para eso es necesario que los ríos no estén mi muy altos ni muy bajos. En Dhaka, sobre el rio Buriganga hay varios puertos. De cada uno salen barcos en distintas direcciones. Para trayectos nocturnos es importante comprar el ticket por adelantado. Cada barco tiene distintas clases: Primera clase (camarotes privados), Segunda clase (también camarotes privados pero menos lujosos/equipados) y tercera clase. Tercera clase es, básicamente, ubicarse dónde haya un lugar. Según el barco algunos tienen asientos o bancos de madera en la cubierta. Las familias locales suelen viajar con telas, alfombras o hamacas que colocaban en cubierta para pasar el rato más cómodos. Para tener un precio de referencia: De Dhaka a Chandpur fuimos en barco. Fueron cuatro horas y el pasaje en cubierta nos salió 100 TK. A diferencia de India, acá el tren no es una buena opción. No hay muchos y los pocos trayectos que hay son lentos. Por lo cual, es el autobús la opción más fiable. Aunque tampoco es rápida, ni fresca, ni segura, ni cómoda. Los tipos manejan como quieren y los asientos es algo que rara vez está entero. Para los trayectos nocturnos lo ideal es comprar el boleto por adelantado para asegurarse el pasaje. La mayoría de las ciudades suele tener una estación de colectivos dónde venden boletos y dónde se puede consultar los horarios. Para trayectos de larga distancia/nocturnos hay dos opciones: Autobuses con aire o sin aire acondicionado. La diferencia de precios es interesante. Para trayectos cortos y de día, lo ideal es buscar la parada de autobuses y subirse al primer que venga. En general, los autobuses no salen hasta no estar llenos. Más de una vez nos pasó de tener que esperar casi una hora para que se llenase. Además, otro detalle a tener en cuenta es el pésimo estado de las rutas. Un trayecto de 100 kilómetros se puede hacer en cuatro horas, con viento a favor y un poco de suerte.

Comidas

La comida bengalí no es nada del otro mundo. Es una versión más simple y menos sabrosa de la comida India.

En general cualquier plato de comida consiste en arroz blanco o naan (tortillas de harina blanca) acompañadas de algún curry de vegetales (papa sobre todo), pescado o pollo. También hay kebab’s o samosas fritas.

A veces más picante, a veces más rico, la comida no sale de esas opciones y combinaciones.

Lo más nos sorprendió de la gastronomía bengalí fue el Chá. Una infusión de té negro mezclado con leche condensada. Muy dulce y espero, pero muy rico. El valor del Chá cuesta entre los 5-10 TK.

Hay algunos locales de comida rápidas y algunas pizzerías estilo occidental. Son una buena alternativa cuando uno se cansa de comer arroz o naan.

Conexión a internet

¿Y eso qué es? Bangladesh no es un país muy amigo de la internet y la tecnología. Cuando la luz eléctrica aún no es un servicio estable y accesible, internet parece algo muy lejano. En algunos sitios se consigue, pero… a paso de tortuga.

Itinerario

Recorrimos Bangladesh durante tres semanas. Desde Kolkata fuimos en tren express a Dhaka.

Visitamos Dhaka – Bisirili y el CHINA CLAY HILLS (un lago de agua turquesa que en ese momento no tenia agua) – Dhaka – Chadpur – Chittagong – Shitakundo – Srimangal – Shylet – Meghalaya (India).

Dhaka, es la principal puerta de entrada al país y es una de las capitales más enquilombadas que visitamos. Gente a montones, trafico sin sentido, mezquitas por doquier y poderosos río que parece darle vida y alma a la ciudad. Dhaka es una ciudad para perderse.

Birisiri se encuentra en la frontera con India. Es un pueblito tradicional con calles de arena y niños remontando barriletes. Muy cerca se encuentra el China Clay Hills, un lago de aguas turquesas rodeado de montañas verdes y plantaciones de arroz. El paisaje es fascinante, lastima que el lago no tiene agua en la época de nuestra visita.

Chittagong es la segunda ciudad más importante del país. Si bien es más tranquila y prolija que Dhaka no deja de ser apabullante. La gracia de Chitttagong son los trekkings y caminos de montañas que salen desde ahí. Para poder visitar los alrededores se necesita un permiso y sólo se obtiene en Dhaka.

Sitakundo es un enclave hinduista. Si bien en Bangladesh la mayoría de la población es musulmana varias ciudad conservan templos e imágenes de Shiva. Shitakundo es famosa por el Templo de Chandranath. Se ubica en lo alto de una montaña. Las vistas son lo más lindo, incluso se llega a ver el mar.

Srimangal es un pueblito de tres calles y seis esquinas. El mayor encanto son las plantaciones de té que lo rodean. No hay mucho para hacer salvo caminar sin rumbo, charlar con los locales y tomarse uno o dos chá.

Shylet es la capital de la región del noreste de Bangladesh y fue nuestra última parada en India. Al igual que Srimangal, las plantaciones de té son la razón por la cual los escasos turistas visitan la región. Para nosotros fue la parada perfecta para cruzar al estado de Meghalaya, en India.

Recomendaciones y consejos

Informales:

  • Interiorizate: Bangladesh es, por lejos, un país desconocido y con una historia muy complicada e interesante. Trata de llegar conociendo algo. A los bangladesíes les interesa conocer como el mundo los ve sobre todo por la nula prensa que occidente les hace a diario. La situación política es una pregunta obligada.
  • Planifica: Un viaje sale mejor cuando uno lo planifica. No somos partidarios de un viaje plenamente organizado, con reservas y un itinerario definido. Somos partidarios de que el viaje se vaya armando a sí mismo, pero eso no quita que uno planifique alguito. Mira un mapa, que lugares te gustaría conocer, porque, que te quedan de paso, arma un posible recorrido. Tener en cuenta tu presupuesto, tus gustos y tus ganas.
  • Dejá los prejuicios en casa, en serio. Les compartimos algunos de los mitos y curiosas que fuimos encontrando y derribando conforme avanzamos con el viaje. Se van a sorprender de las cualidad únicas de Bangladesh: Curiosidades de Bangladesh.

Formales:

  • ¿Conviene viajar con seguro médico? No lo sabemos, pero nosotros igual nos sacamos uno. Seguramente no lo uses pero por las dudas… Mejor tenerlo y no usarlo, a necesitarlo y no tenerlo. Hay muchas ofertas y promociones, 2×1, descuentos. Les recomendamos que chequeen posibles cotizaciones y tipos de coberturas en Asegura tu viaje.Además, si necesitan tramitar la visa de Rusia, el seguro médico es obligatorio.
  • Informate: sobre el clima, la situación política y social de los destinos que quieras visitar. Bangladesh está atravesada por distintos conflictos territoriales, políticos y sociales. Lee el diario, busca en internet, preguntale a la gente local. Sabiendo quizá evitaras pasar por algún mal momento.
  • Bangladesh es un país seguro, a nosotros nunca nos pasó nada, y la verdad que en todo momento nos sentimos seguros. Pero, como en cualquier lugar, hay que tener los recaudos mínimos para no tentar a la suerte.

Nuestras crónicas

Kirguistán: Anotaciones al margen

No me consideraba un “as” de la geografía pero solía tener bastante idea de los países y sus capitales. Si bien un mapa de África me puede dejar en off-side, Asia no. Asia era mi fuerte. El continente en el que viaje por casi dos años. Pero no, todo cambio cuando llegamos a Kirguistán.

***

Pero no, cuando L. me propuso viajar por Asia Central y recorrer todas las ex – naciones soviéticas yo asentí sin dudarlo. Después, con el tiempo, cuando empecé a hacer zoom en Google Maps descubrí (y la palabra adecuada es descubrir) un conjunto de países de los que no tenía ni la remota idea. Kirguistán era uno de ellos.

Incluso, Bishkek, su capital, no me sonaba para nada. Incluso su geografía, trazada a mano alzada y de una manera caprichosa y soviética no me sonaba a nada. A Kirguistán llegue así: sin tener idea. De nada.

***

A la frontera de Kirguistán llegamos a dedo (autostop). Tardamos siete horas en camión para hacer los doscientos kilómetros que separan Bishkek de Almaty, al sur de Kazajistán. Viajamos en un camión de esos grandes, con más de veinte ruedas y diez metros de largo. Un camión de esos a los que cuesta subir, sobre todo con las mochilas y con el tiempo y espacio justo que se puede encontrar en una banquina de Asia Central. Un camión que avanzaba lento, con un conductor tímido que no hablaba nada de inglés. Se ve que nos vio cara de hambre porque nos regaló medio salamín, un pan y dos aguas cuando nos despedimos.

Nos dejó a diez kilómetros de la frontera. El cruce para camiones es uno y el de particulares, otro. Diez kilómetros, mucho para caminar y una distancia incomoda para hacer dedo. Lo intentamos y a los veinte minutos le estábamos explicando al oficial fronterizo nuestra extraña situación. Tenemos doble nacionalidad, tenemos pasaporte argentino y pasaporte español. A Kazajistán entramos como argentinos, pero a Kirguistán queríamos hacerlo como españoles así evitábamos la engorrosa visa. No entendía, nos pidió la visa en el pasaporte argentino, nos trató de falsificadores de pasaportes, hizo una llamada a alguien y finalmente nos selló. Estábamos en Kirguistán y yo, al menos, no tenía idea de nada.

Cansados, transpirados y con el todo el polvo que acumulamos en la cabina del camión nos subimos a una marshrutka para hacer los últimos kilómetros. Las marshrutka son traffics privadas que hacen de transporte público, con un recorrido oficial, claro está. Por treinta soms cada uno hicimos los últimos veinte kilómetros hasta el centro de Bishkek.

En el asiento de adelante se sentó un muchacho, Ruslan. Apenas veinte años, cabello corto y muy prolijo. Rasgos confusos: mitad ruso, mitad kirguiso. Es de Bishkek, es (y con mucho orgullo) kirguiso pero descendiente de rusos. “Nací en el 1992, soy cien por ciento kirguiso, aclara, pero mis abuelos son rusos”. Nos preguntó nuestra edad, nosotros nacimos antes de 1991, antes de que Kirguistán sea independiente. Nosotros dos nacimos cuando la Unión Soviética aún estaba en pie. Ruslan fue de la primer generación de “cien por ciento kirguís«. Así y todo, es el resultado de la mezcla, de las invasiones y de la ocupación soviética en la tierra de los nómadas del centro de Asia. Nos preguntó con curiosidad por Mongolia. Él, al igual que otros tantos kirguisos, preguntan con asombro por Mongolia. Ellos son hijos de aquellas estepas lejanas que alguna vez unió Gengis Khan. Pero Mongolia sólo queda en las palabras, después nos preguntan por Rusia. Su segundo gran referente, tanto política como económicamente. Ruslan, casualmente, se estaba yendo a Rusia a terminar sus estudios. Dijo que le encanta Kirguistán pero que es peligroso y que Rusia le da más garantías. Después descubrimos que no es el único, la mayoría de los jóvenes del norte de Kirguistán sueñan en ruso. Al igual que en Kazajistán, muchos, incluso, no hablan su idioma nacional. Solo ruso e inglés.

Kirguistán -5

Ruslan nos preguntó a dónde vamos y se ofreció guiarnos hasta nuestro hostel. No sin antes hacer un pequeño city-tour por la ciudad. Nos mostró los mismos elementos que se repiten en cada una de estas ex – capitales soviéticas: monumento a los caídos en la segunda guerra, estatua del soldado desconocido, imagen que representa la libertad, la infaltable estatua de Lenin con la mano derecha levantada, la casa de gobierno, un parque soviético, un bazar y alguna gran avenida llamada Soviet’s, Lenin, Octubre, Marx o Engels. El orden de los factores puede alterarse, pero los elementos son los mismo. A fin de cuentas, estas ciudades fueron hechas por los soviéticos y a ellos se debe la planificación, los parques, escuelas y hospitales que hoy siguen funcionando.

Mientras cruzábamos el centro de la ciudad, Ruslan nos señaló la casa de gobierno y un monumento. El monumento está en el sitio exacto dónde los francotiradores dispararon en revolución del 2010. Intentamos buscar las balas con la mirada pero no vimos ni una, el insistía que aún se veían. Seguimos caminando, no hacía falta evidencias para conocer los no-límites del poder.

Kirguistán -6

En un momento del paseo le pedimos de parar a descansar. Cargando las mochilas, no nos era fácil seguir su ritmo. Se ofreció a ir a comprarnos algo fresco para tomar. Erróneamente aceptamos y nos trajo dos vasos de Kumus: leche de yegua fermentada.

Nos despedimos de Ruslan sin saber si volveríamos a vernos. Nuestra idea era dejar Bishkek lo antes posible. En un país que tiene un ochenta por ciento de superficie montañosa, el encanto está en la naturaleza y no en las ciudades. Pero no pudimos. Las visas, las embajadas, su burocracia y la comodidad de la ciudad hicieron que pasáramos más de una semana en la capital de Kirguistán.

Finalmente, nos fuimos de Bishkek casi obligándonos. La comodidad nunca es buena amiga del viajero. Invita a estar quietos, a armar una rutina, a quedarse adentro. Y en Bishkek, nosotros, estábamos demasiados cómodos. Ya sabíamos donde comprar fruta barata y dónde vendían los mejores kebabs. Teníamos que arrancar. Volver a la banquina de la ruta, a nuestro mejor estilo Kerouac.

***

Mirando el mapa, al este de Kirguistán se ve un gran lago. Issyk-kul es el segundo lago de montaña de mayor superficie. Bastó con alejarse unos kilómetros de la ciudad para que el paisaje comience a cambiar. Los bloques grises de departamento dieron lugar a enormes descampados coronados de fondo por unas altísimas y nevadas montañas. El horizonte sólo se quebraba cada unos cuantos kilómetros. Los puntos negros eran puestos improvisados de miel, pescado ahumado y los melones y sandias más sabrosos que alguna vez probamos.

Se supone que Issyk-Kul, el lago que jamás se congela, fue un punto clave en la antigua Ruta de la Seda, pero de aquellos tiempos no queda nada. La ruta norte del lago es terreno de resorts y hoteles de varias estrellas. También de familias que alquilan los cuartos libres de sus casas para que los turistas se alojen. Cholpon Ata es tierra de turistas en su mayoría kirguisos, rusos y kazajos. Turistas que vienen con plata y dispuestos a dar lo mejor de sí en sus dos semanas de vacaciones. Lo mejor de sí: emborracharse, comer hasta reventar, comprar remeras mal impresas y alquilar botecitos para recorrer el lago. Lo más destacable: no tienen frío. Con quince grados y lluvia torrencial nadan sin problemas, nosotros abrigados y con campera los mirábamos desde la orilla.

Kirguistán -1

***

Decidimos rodear el lago, y volver por la ruta sur. No sin antes parar el Karakol, la ciudad más importante de la zona. Para ellos Karakol es a Issyk Kul, lo que París es a Francia. Ni íbamos a contradecirlos, pero sólo mencionamos al pasar que la ciudad de Karakol ni siquiera está sobre el lago, sino unos cuantos kilómetros más adentro.

Karakol me recordó a la lejana Siberia. Casas de madera, calles de tierra y pibes jugando a tirarse piedras o a correr a las gallinas. La idea era recorrer los alrededores de la ciudad, meternos en las montañas, acampar bajos las estrellas y pasar mi cumpleaños en algún lugar rodeados de naturaleza. Pero no, llovió todos los días.

Kirguistán -3

Sólo una mañana amaneció apenas nublado y decidimos salir a caminar. Al menos, hasta las montañas que se veían al fondo del pueblo. En el camino, además de saludar a todos los vecinos nos pararon dos tipos. Cada uno con su hoz y su mameluco de trabajo. Nos dijeron que no sigamos subiendo, que había mucho barro. Nos ofrecieron su caballo, iba a ser el mejor modo de subir. Intentamos seguir por nuestra cuenta, pero volvimos. Cuando pasamos de regreso nos pidieron cigarrillos, en su defecto una foto. Al grito de “Messi, Maradona” nos despedimos.

Kirguistán -2

El día de mi cumpleaños decidimos ir a Yeti Ozgul. Unas curiosas formaciones rocosas a sólo quince kilómetros de Karakol. El chico que trabaja en el hostel insistía en que vayamos en taxi, le dijimos que preferimos ir en transporte público. Dijo que es imposible, que no vamos a poder llegar, que necesitamos un taxi. Le dijimos que vamos a probar de ir en transporte público y volver a dedo. Que no. Le dije que es mi cumpleaños, que llueve, que no quiero un taxi. Con un suspiro largo nos despedimos.

Tenía razón. En la parada de marshrutka nadie nos supo decir cual es la que va. Una señora se prestó a ayudarnos. Ella no hablaba inglés, nosotros chapuceamos ruso. Nos preguntó si hablamos alemán. Es curioso, no es la primera persona adulta que habla alemán. Retoños de la educación de la época soviética. Haciendo un mix entre ruso, inglés y alemán nos entendimos. Nos hizo subir con ella a una marshrutka y luego de bajarse con nosotros a unas cuadras, nos indicó cual es la que va.

Kirguistán -4

Con lluvia caminamos por Yeti Ozgul. Lo único bueno es que el cielo gris realza aún más el color rojizo de las montañas. Decidimos volver a dedo. No llegamos a levantar el pulgar que ya una camioneta estaba poniendo balizas. Se trataba de una familia. Eran cuatro y viven en Cholpon Ata, están de vacaciones por lo cual no tienen problema en llevarnos y practicar inglés. Cuando se enteraron que es mi cumpleaños, pusieron balizas de nuevo. Paramos en un café ¡Había que festejar!

El padre ordenó por los seis. Pinchos de carne, samsas, mantis, ensalada de pepino, té y pan. La mamá no comió. Era Ramadán y ella parece ser la única que respeta las costumbres. De postre, el hijo mayor va a comprar una Coca-Cola. Nos despedimos, una vez más. A quien dijo que los viajes están llenos de encuentros, le canto retruco y le recuerdo que los viajes sólo se componen de despedidas.

***

Nos quedan pocos días en Kirguistán y tenemos que avanzar. Decidimos ponernos rumbos al sur. A la ciudad de Osh, la segunda ciudad más importante del país: la capital del sur, y la capital de Ferganá, de este lado. Esa región que los soviéticos dividieron a ojo formando una extraña espiral entre las recientes naciones de Uzbekistán, Tayikistán y Kirguistán.

Hasta Osh son poco más de seiscientos kilómetros con varios pasos de montaña de más de 3.000 msnm. Decidimos hacerlo en dos tramos, sin saber muy bien donde para a dormir. La consigna es, siempre, avanzar lo más que podamos. Y ahora me acomodo en la silla, por lo que viene a continuación fue lo que más disfruté de estas tres semanas de viaje por Kirguistán.

***

De acuerdo a nuestra forma de viajar estamos condenados a que nuestro viaje dependa enteramente de otros. Depende del auto que pone balizas y nos levanta en la ruta, depende de los camioneros, dependemos de la buena predisposición de la gente que nos ayuda cuando estamos perdidos y sin mapas, depende del idioma, dependemos de quienes nos abren las puertas de sus casas y de los hoteles que, a veces, nos reciben. Por supuesto que nosotros somos artífices de nuestro destino, pero déjenme asegurarles que la mayoría de las cosas no dependen de nosotros.

El viaje a Osh no iba a ser la excepción. El primer auto fue un joven que trabaja en la importación de vodka rusos. Nos llevó hasta una rotonda. Desde ahí, un taxista nos llevó “gratis” hasta un peaje. En el camino lo paró una mujer borracha. Con nuestro poco ruso entendimos que le dijo que no tenía plata. También la levantó. La mujer le dijo algo más y el tipo nos hizo bajar. El auto doblo en U y retomó el camino andado. Nos quedaron serias dudas sobre el “cómo” iba a pagar ella el viaje. Almorzamos debajo de un árbol un poco de fruta, pan y queso. Esperamos que pase el calor del mediodía y volvimos a la banquina. Frenó una camioneta. Ellos van hasta Talas, la ciudad de la que es oriundo Manas, el prócer nacional que liberó Kirguistán. Nosotros nos bajamos antes.

Kirguistán -7

Decidimos pasar la noche en Suusamyr. Un pueblito que está metido a unos trece kilómetros de la ruta principal. No aparece en las guías de viaje y los viajeros no paran ahí. Eso es todo lo queremos escuchar.

Esperamos por el último auto. Una señora, también, esperaba con nosotros pero son pocos los autos que toman el desvió a Suusamyr. Dobló uno pero sólo tenía lugar para una persona. Nos despedimos de la señora y ella se subió. Al rato, paró un camión. Frenó sin que le hagamos señas y a paso lento, nos dejó en el centro de Suusamyr. El centro. La intersección de dos calles de tierra, dónde hay una mezquita diminuta, un almacén y un restaurant que sólo ofrece un único plato: Lagman, fideos con verduras y pedacitos de carne. Desde el restaurant el único movimienro que vimos fue el de los pastores que llevaban y traían a las vacas de las montañas y las señoras que charlaban en la calle. A veces la vida parece muy simple. Sospechosamente, simple.

Kirguistán -10

El muchacho del almacén que vende desde ropa hasta tornillos nos dijo que preguntemos en la casa de huéspedes. La reconocimos muy fácilmente, tiene el único cartel en inglés de todo un pueblo de veinte casas y dos calles.

Una señora sin mucha simpatía nos hizo pasar. Sin siquiera decir hola nos dijo un número en inglés. No sabíamos de que se trata, era el precio en dólares por dormir ahí. Su casa cotiza en dólares. Ni “qué tal, ni de dónde son”, nada. Plata. Por eso no me gustan los lugares turísticos. La gente se obnubila y el dinero carcome hasta lo indicios más humanos. Le dijimos que es mucha plata. Nos dijo “chau”. Bueno, en realidad su cuerpo dijo “chau”. Se dio media vuelta y nos dejó solos. A todo esto, su hijita de dos años dice en inglés “photo, photo, hello” y empieza a posar.

Con la noche ya casi encima entramos al segundo almacén del pueblo y preguntamos por un lugar en el cual poner la carpa. Si bien tenemos cientos de kilómetros de tierra vacía, siempre creemos que es mejor preguntar. La chica del almacén nos dijo que esperemos. Llamó a su hija, cerró el local con llave y nos hizo señas de que la sigamos.

Cruzamos la calle, le dijo algo a un nene, el nene pegó un grito y salió una señora a recibirnos. Pañuelo en la cabeza, dientes recubiertos en oro, vestido gastado y botas de lluvia. Nos hizo el gesto universal de dormir uniendo las dos manos bajo una oreja y poniendo la cabeza de costado y nos dijo que la sigamos. La siguiente escena pudo haber sido protagonista de una película de Hitchcock. La seguimos por un pasillo totalmente a oscuras, abrió una reja y entramos a una habitación vacía y sucia. Otro pasillo, una puerta con llave, una cocina vacía, otra reja con llave, una habitación con muchísimas fotos, otra puerta con llave y un nuevo pasillo. Abre una cortina y con algo de luz nos señala un cuarto. La habitación era amplia, piso de alfombra y seis camas de no más de 1,50 metros de largo. Las sabanas son de Mickey, las paredes tienen posters de Winnie Pooh y en un baúl un montón de bloques que esperaban ser apilados. La señora nos dijo que pongamos varios colchones en el piso y que durmamos ahí. Nunca supimos si se trató de un jardín de infantes, de un orfanato, si era la municipalidad del pueblo o qué. Pero pasamos la noche ahí.

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A la mañana siguiente no vimos a la señora, el almacén estaba cerrado y no había ningún nene jugando en la calle. Lo único que vimos fue un grupo de señores kirguisos (es fácil reconocerlos por su sombreros blancos de fieltro) borrachos charlando en una esquina.

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Caminamos los trece kilómetros hasta la ruta principal y comenzamos de nuevo, a hacer dedo.

No pasaron ni cinco kilómetros y ya estábamos estrechando una mano al son de “Salam Alekium”. El tipo, un petizo barrigón de cuarenta años iba hasta Jalal-Abad a unos 100 kilómetros de Osh. No tenía problemas en llevarnos.

Hicimos juntos casi quinientos kilómetros parando a almorzar, a sacarnos fotos, a buscar un baño de urgencia y a tomar la bendita leche de caballo fermentada. Cuando estábamos llegando a Jalal-Abad el buen hombre se ofreció a hacer cincuenta kilómetros más para dejarnos en Uzgun. Una ciudad con un inmenso minarete que según él no podíamos no ver. Y luego de sacarnos fotos y despedirnos, volvimos a preguntar por un lugar donde poner la carpa.

Una chica preguntó en el parque y le dijeron que no, nos dice que mejor caminemos hasta las montañas al final del pueblo. Decidimos preguntar en otra almacén y esta vez, la dueña nos invitó a dormir en un cuarto vacío que tiene detrás del local. Nos pidió disculpas por no tener demasiado mobiliario y nos convidó un té. Nos contó que en esa ciudad el setenta por ciento de la población es uzbeca. No nos quedaron dudas, estábamos en el corazón del Valle de Ferganá.

Salimos a caminar por la ciudad y el bazar nos hizo sentir que habíamos cruzado una frontera casi invisible. Nada tenia que ver esta parte del mapa con el resto de país. Volvimos al almacén, la señora nos compartió unos helados y nos quedamos un buen rato charlando en la vereda con ella y con todos los vecinos que se habían enterado que en el pueblo había dos turistas de Argentina y que iban a pasar la noche en el almacén.

Ya cerca de las nueves la señora empezó a cerrar. Contó la recaudación de la caja delante nuestro y nos preguntó a que hora queríamos que venga a abrir el local a la mañana siguiente. Nos despedimos y nos dejó solos, con toda la mercadería. Todo un acto de confianza.

Hay cosas que me cuestan explicar o entender. Y está es una de esas. Para mi es inexplicable que alguien nos levante en la ruta, nos invite a su casa, nos comparta su té. No entiendo la hospitalidad y tampoco entiendo por qué me cuesta entenderlo. Cuando debería ser algo obvio y natural. ¡Vos necesitas ir y yo estoy yendo en la misma dirección con lugar en el auto! ¡Vos necesitas un lugar dónde pasar una noche y el living de mi casa está vació! Pero no, nosotros tenemos miedo. Miedo de que nos roben, de que nos maten, de que nos hagan algo malo o de que nos hagan quedar como unos boludos por ser tan desconfiados. Pero acá no. Acá esto es normal, y la vida vuelve a parecer simple.

Y aunque parezca ilógico a nosotros nos gusta viajar así. Dependiendo, confiando, preguntando en las almacenes de los pueblos. No nos gustan las cosas de turistas ni nos gusta las rutas ya trazados dónde todo es fácil y dónde todos hablan inglés y todo se puede pagar en dólares. A nosotros nos gusta el caldo, meternos de lleno, conocer la vida real y nos las aristas ya preparadas para el turismo occidental.

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Kirguistán fue una gran ensalada (¿Ensalada rusa quizá?). Kirguizos, uzbecos y rusos. Nómadas, comunistas, revolucionarios, rojos y pro-yanquis. El valle de Ferganá dividido con un crayón y grupos étnicos que aún no saben de que lado de la frontera quedaron. Llegamos sin tener mucha idea y nos fuimos con la misma sensación. Las barreras idiomáticas no ayudaron, viajar por los márgenes, por las rutas secundarias tampoco, quizá por eso las cosas no siempre salen como uno las planea. Es el riesgo de viajar saliéndose de los mapas ya establecidos. Pero lo bueno es que los lugares esperan.

Siempre los lugares esperan.

Almaty: (no) hables con extraños

Lo que sigue a continuación debería ser la crónica de nuestra visita a la ciudad de Almaty, antigua capital soviética de Kazajistán. Deberíamos detenernos en lo que hay para ver en la ciudad, en su historia, deberíamos poner fotos lindas y dar consejos de dónde dormir y comer o, al menos, eso es lo que se espera de un blog de viajes. Podriamos hablar de los parques soviéticos, de las calles limpias y de los cañoncitos con dulce de leche… Pero el nuestro no siempre es un blog de información útil.

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Lección #1: (no) Hables con extraños

La primera vez que me tomé un colectivo sola tendría 12 años mas o menos. Si bien conocía el trayecto casi de memoria no era lo mismo hacerlo sola que con mi papá. Además de estar atenta a subir al colectivo correspondiente, también tenía que estar atenta al lugar donde bajar. Y no quedarme dormida, ni perderme, ni perder nada. Tenía miedo, era el simbólico pasaje a ser adulta y comenzar a tomarme transportes públicos sola. Aún me acuerdo las indicaciones de mi papá: “… si es el cartel verde no te subas, por las dudas preguntale al chofer si va a la estación de Haedo por Rosales. Tocá el timbre cuando pases el puente, bajate en la estación de servicio y no hables con extraños”. No hables con extraños, eso era la importante y esa era, también, la máxima precaución. Los extraños… un gran colectivo que reúne a gente mala, timadores, violadores seriales, asesinos y viejas pinchadoras de pelotas de futbol. Gente mala que sale en las noticias y en los diarios, de las cuales sabemos todo y a la vez nada.

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Con el viaje, la prohibición a hablar con extraños se fue aflojando. Si no hablara con extraños nunca hubiese sabido de donde salía el barco de Chennai ni dónde estaba el mercado de Beijing. Viajando, estamos obligados a hablar con extraños. Y no sólo a hablar, sino también a dormir en sus casas, subirnos a sus autos, jugar con sus hijos, probar sus mermeladas caseras y comer en sus mesas.

Las tres señoras:

Fue un mediodía de calor agobiante, de esos en que los quince kilos de las mochilas parecen cincuenta. Decidimos hacer una parada. Buscamos un poco de sombra y un almacén para comprar cualquier tipo de bebida, mientras reúna la única condición de estar bien fría.

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Lucas entró y yo me quedé con las mochilas en la calle. Una señora con un carrito de bebé me miró y me dijo algo. Lo único que entendí fue “pazhalusta”, que es como se dice por favor en ruso. La miré con cara de no entiendo.

Pasó otra señora caminando, le dijo algo de lo cual sólo capté el “pazhalusta”. La nueva señora asintió, y saludó al bebé del carrito. La primer señora entró al almacén. Intuí que me estaba pidiendo que mirase al bebé mientras ella entraba a comprar algo.

En eso, pasó una tercera señora que simplemente se detuvo a hablar. Lo curioso es que todas me hablaron como si yo hablase ruso. La tercera señora se percató de que no estaba siguiendo la conversación y comenzó a hablarme en inglés. De dónde somos, cómo es que llegamos tan lejos, que cómo tanto tiempo de viaje, que qué hacemos en Almaty. En eso, Lucas salió con una soda helada.

La señora número 1 también salió pero con un paquete de fideos y una leche larga vida. Le agradeció a la segunda señora, que también se fue. Por lo cual quedamos solos con la tercera señora.

Ella se mostró cada vez más interesada por nuestro viaje. Nos dijo que se tiene que ir pero que quiere cenar con nosotros y quiere que conozcamos a su familia. Nos dijo de encontrarnos a las 19 en la esquina de Furmanov y Kabanbai. Dijimos que sí, y seguimos caminando bajo el sol.

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La invitación fallida:

A las 18:30 nos entraron las dudas ¿Vamos o no vamos? Lo cierto es que a la señora no la conocíamos, no sabíamos ni el nombre. ¿Y si no ella no va? ¿Y si no la reconocemos? ¿Y si es una trampa? Y el fantasma de “no hables con extraños” volvió a la carga.

Dudamos, se largó a llover, paró, se largó de nuevo. Eran las 19 y seguíamos dudando. Decidimos “hacernos los boludos” y salir a buscar algo para comer. Y ahí fuimos de nuevo ¿Y si nos está esperando? ¿Y si fue con la familia? ¿Y si es un aburrimiento el encuentro?

De una manera infantil decidimos resolver la situación. “Vayamos por la vereda de enfrente, analicemos el lugar y vemos si saludamos o si seguimos de largo”. Además, no sabíamos si la íbamos a reconocer o lo más probable, quizá ella no había ido o fue, pero se cansó de esperarnos.

En el camino al punto de encuentro, nos perdimos y se largó a llover de nuevo. Terminamos llegando al lugar a las 21. Dos horas más tarde. Se trató de un restaurant muy paquete y ahí adentro estaba ella con su familia, esperándonos.

Nos sentimos dos idiotas. A esa altura era mejor seguir de largo que entrar que pedir perdón por el retraso (y por las vacilaciones). Pero no, entramos a saludar. Ellos estaban pidiendo la cuenta. Con toda la vergüenza pedimos perdón, dijeron que no hay problema y ordenaron comida de nuevo. Dijimos que no, pero el mozo ya estaba trayendo ensaladas, pastas, pinches de carne, sopas, jugo, pan y samsas (empanadas de carne). Nos presentamos, aún no habíamos dicho nuestros nombres. Luego de la cena, nos invitaron a tomar algo.

Nos sentíamos mal por el retraso, nos sentíamos mal por no pagar nada (no nos dejaron pagar nada) y nos sentíamos mal por programar una excursión con ellos para el día siguiente.

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La vecina:

A las diez de la mañana ya estábamos en la puerta de la casa de Laziza. Esta vez no llegamos tarde y además llevamos frutillas, cerezas y bebidas para compartir con ellos. Mientras esperábamos a un amigo de ella, que también venía con nosotros, Laziza nos presentó a la vecina. La vecina hablaba algo de español ya que su marido se dedica a la importación de vinos, por lo cual los viajes a Chile y Argentina son algo común para ellos. La vecina nos pidió nuestro teléfono y nos invitó a cenar con ella y su familia.

La excursión con Laziza fue (casi) un éxito. Fuimos a Gran Almaty Lake, un lago de agua turquesas en las afueras de la ciudad. El “casi” fue por que el lago estaba sin agua, algo extraño para esta época del año.

Ya de regreso en la ciudad y luego de una parada obligada en un puesto de Kumús (leche de yegua fermentada) que no pudimos evitar, nos llegó el mensaje de la vecina. A las 19 nos esperaba en su casa para cenar juntos. Eso sí, nos pidió que lleguemos temprano.

18:55 estábamos en la entrada del edificio. La cena consistió en un pedazo de carne de vaca hervida, con papas, cebollas y carne de caballo. Según ella, estábamos flacos y la carne de caballo nos iba a venir bien para recuperar energías. ¿Cómo explicar que no comemos carne de caballo? ¿Cómo no poner cara de impresión? Además, nos dio un kilo de frutos secos para que comamos cuando nos sintamos débiles. Luego de la cena, nos invitaron a pasear por la ciudad. Salimos a tomar un café con una porción de torta. De nuevo lo mismo, no nos dejaron pagar ni las propinas.

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Los nómades:

Sin vueltas preguntamos porque tanto. ¿Por qué tanta hospitalidad? ¿Por qué tanta generosidad con nosotros? Dos argentinos que además de llegar tarde el primer día, no teníamos nada de especiales.

La respuesta fue simple. Los kazajos fueron un pueblo nómade, que recién se asentaron con los soviéticos. Para ellos, el viajero sigue siendo un enviado de Alá y nosotros éramos los verdaderos nómades del siglo XXI.

Almaty fue nuestra segunda visita en Kazajistán. La primera vez sólo vistamos Astaná, la capital, y el norte del país. Ahora, desde China, Almaty era la puerta de entrada a Asia Central y todos esos países de nombre raro pero que terminan en “-stan”.

***

Sí, podríamos haber rellenado estás líneas hablando de los parques con estatuas soviéticas, de las catedrales ortodoxas, de los mercados, las montañas y los miradores. Pero no seria justo. No sería justo con nosotros, con Laziza, con las dos señoras, con su vecina. No sería justo, tampoco, con nuestros miedos.

Sí, hablar con extraños puede ser peligroso pero a veces, la mayoría de las veces, no lo es. El problema es que las buenas personas no tienen prensa, no hay ni medios ni periodistas que lo cubran.

Quizá nosotros viajamos y escribimos para eso. Como dijimos una vez, para volver a creer en la condición humana. Almaty fue ese abrazo y ese mimo que tantas veces necesitamos.

Salir de China

«El viaje normalmente está considerado un desplazamiento espacial. Es una idea inadecuada. Una travesía ocurre al mismo tiempo en el plano espacial, en el temporal y en el de la jerarquía social.»
Claude Lévi-Strauss

Que las personas a las que le preguntás te adviertan y sugestionen acerca del cruce de una frontera tiene un aspecto positivo: uno espera que pase lo peor. Por ejemplo, caminar entre rifles de militares apuntándote y ovejeros alemanes que te ladran. Una inspectora que se acerque a tu mochila con guantes de latex y el olvido de un paquete sospechoso por parte de alguno que haga entrar en pánico a todo el personal fronterizo. Lo que viene a continuación, comparado con eso, es una historia de niños:

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Estábamos en China, en la provincia de Xinjiang, a escasos kilómetros de Kazajistán. Habíamos pasado la noche en un hotel donde el personal no hacía ningún esfuerzo por entendernos pero no se cansaba de ofrecernos servicios privados de señoritas chinas. Bueno, lo de “señoritas” fue lo que entendimos o quisimos creer.

Llegamos a la frontera a las diez de la mañana. A las diez de la mañana de China (hora Beijing), que en realidad eran los ocho de la mañana de Kazajistán. Nos dirigimos hacía la puerta y un policía nos pidió nuestros tickets del micro, que nos llevaría los cinco kilómetros que separan los controles fronterizos. El valor era de cien yuanes cada uno (quince dólares). Le decimos que no tenemos tickets y que no nos queda nada de plata, los poco yuanes que nos quedaban se los dimos a alguien que estaba pidiendo. Nos miró con cara de “no hablo inglés y me importa un carajo, ¿Dónde están sus tickets?”. Le hacemos el gesto de caminar, el dice “ticket”, caminar, “ticket”, caminar, con su peor cara de patovica de boliche bailable chino nos hace señas de que vayamos para atrás y esperemos.

Un kazajo que parecía ser el organizador de un tour de jubilados se nos acercó hablando en ruso, no es que seamos unos grandes parlanchines pero a diferencia del chino, nos pudimos comunicar. Mitad con señas y mitad con palabras sueltas le contamos nuestra situación. Sin saber si nos había entendido se fue a hablar con el chino mala onda que con su cara de enojo nos dice “ok, walk”, y nos dejó pasar.

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Pasamos diez minutos pegados a una reja, esperando que terminen de abrir el puesto fronterizo. Lo de pegados era literal, cada vez había más gente y empujaban más y más suponiendo que así iban a entrar primero. Un policía abrió la reja y los chinos se abalanzaban perdiendo todo tipo de cuidado por las demás personas que aún no sabían ni para donde tenían que caminar. Últimos, entregamos nuestros pasaportes. Lo sellaron rápido, pero por medios de señas nos pidieron permiso para sacarle una foto (¿?) a dos sellos: Bangladesh y las Islas Andamán. Cuando se llevaron nuestro pasaportes ya sellados y nos dejaron solos esperando empezamos a preocuparnos. ¿Para qué quieren los chinos nuestros pasaportes? Los veinte minutos de espera fueron eternos y cada oficial que pasaba no sabía respondernos. Empezamos a perder la calma, a imaginar un pasaporte mutilado, pero finalmente los pasaportes volvieron a nuestras manos sanos y salvos.

Ahora sólo faltaba entrar a Kazajistán. Pero el control fronterizo estaba a cinco kilómetros de distancia. Emprendimos la marcha despacio. Sabíamos que era mucho para caminar pero también confiábamos que un alma caritativa nos iba a liberar del intenso sol que se iba posando sobre nuestras cabezas. Ni cincuenta metros caminamos cuando nos pararon los militares chinos. Por medio de señas y silbatos entendimos que estaba prohibido caminar y ellos mismo se encargaron de hablar con el conductor de una camioneta. El chófer nos dice en ruso:

– ¿Americanos?
– No, de Argentina. (En realidad sí somos americanos pero no como lo entienden ellos).
– Argentina!!! Ahh, fútbol, Maradona, Messi ¿Autostop? Vamos, yo los llevo.

Ese fue el comienzo de un viaje acompañados de un contrabando de víveres chinos que no sólo nos llevó los cinco kilómetros hasta el control fronterizo, sino que otros cuarenta más hasta el primer pueblo kazajo.

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El paisaje cada vez nos alegraba más. De las megas ciudades chinas pasamos a calles en mal estado, a casas de madera y techo de chapa. A carteles en ruso (¡que podíamos leer!) y a miradas más cálidas y amables. Es curioso como cada vez más la simpleza y la humildad de los lugares nos hace sentir más cómodos. Pero estábamos felices de ver pibes jugando en la vereda, señoras haciendo mandados y viejos charlando en las esquinas.

Cuando bajamos de la camioneta, saludamos al buen chofer recordando a Messi y Maradona y nos pusimos rumbo hacia un cajero. Necesitábamos sacar algunos tengues, moneda local. Al preguntar en un almacén chiquito nos dimos cuenta la enorme diferencia con China, una señora nos agarró del brazo y nos dejó en la puerta del banco. Los kazajos tienen mucha más predisposición para ayudarte a pesar de la barrera idiomática. En China, la mayoría de la veces, a cada intento de pregunta, los chinos huían despavoridos ocultando sus rostros tras la pantalla del celular.

Caminamos hasta las afueras del pueblo. Ni llegamos a apoyar las mochilas en el suelo que un señor bastante mayor paró su Moskvich 412 y se ofreció a llevarnos hasta la siguiente bifurcación. Ahí rápidamente nos levantaron dos muchachos que no salían de su asombro y a cada paso que dábamos querían comprarnos bebidas y chocolates. Entre idas y vueltas, nos comentaron su “envidia” por ser de un país tan famoso. “Ustedes dicen Argentina y todos saben algo. Aunque sea, Messi pero algo saben. Nosotros decimos Kazajistán y la gente no tiene ni idea.” Y tiene razón, nadie tiene ni idea del noveno país más grande del mundo.

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Volver a hablar en ruso (si bien existe la lengua kazaja, un 97% de la población habla ruso, y varios aseguran que el kazajo casi no lo hablan) también fue un alivio para nosotros (aunque suene una locura). Y no es que nosotros sepamos ruso, pero el chino nos es casi imposible y rara vez encontrábamos a alguien con la voluntad de entendernos. En cambio en Kazajistán, todo era mucho más simple.

El último auto, el que nos llevó hasta Almaty fue un personaje no menos singular. Un señor de unos 50 años muy cuidado por la estética y con un pañuelo en la cabeza con rodajas de papa. Yo pensaba que era para la migraña, el decía que era para que le vuelva a crecer el pelo. Le preguntamos si conocía a Fabio Zerpa, pero dijo que no. Estamos seguros que ambos tienen muchas cosas en común.

Lo que vamos a decir es totalmente subjetivo y hasta incluso caiga mal, pero estamos más que contentos de dejar China atrás, pero sobretodo por volver a Kazajistán, un país que siempre nos recibió de la mejor manera y del que teníamos los mejores recuerdos.

Llegar a Kazajistán fue un alivio, sobre todo por lo difícil que es viajar por China. Y si a eso le sumamos, que antes de China estuvimos en India… Necesitábamos llegar (volver) a Kazajistán.

Guía para visitar Tíbet con y sin permiso

Introducción

Conocer el Tíbet es un viaje prometido para la mayoría de los viajeros, pero es cierto que cada vez es más difícil y más caro adentrarse en las tierras de budismo, del Himalaya y de los cielos celestes.

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Por Tíbet, nosotros entendemos la cultura tibetana. Cultura budista, milenaria, filosófica y hoy en día, exiliada. Cultura con su propio idioma y religión. Por lo cual, si nos restringimos al termino general, el Tíbet se extiende desde el norte de India, cruzando Nepal y Bután hasta el centro de China, en las provincias de Sichuan y Gansu.

Pero en términos concretos y políticos, el Tíbet es una provincia “autónoma” de la República Popular de China. Es decir, una provincia ocupada y añadida al mapa de China por la fuerza desde hace más de setenta años. En China, la cultura tibetana es oprimida y mal vista, y los chinos hacen lo imposible para seguir perpetuando esta situación.

Cuando en la década del ’50 el gobierno chino ocupó Lhasa, capital del Tíbet, muchos tibetanos debieron exiliarse en los países vecinos.

La figura más representativa del Tíbet, es el Dalai Lama, líder espiritual y político del budismo tibetano. Cómo representante del gobierno tibetano en el exilio, su residencia oficial está en Dharamsala, India.

“En 1950 el Ejercito Popular de Liberación de China entró y tomó posesión de la ciudad-capital de Lhasa. Obedeciendo a la Revolución Roja todo tipo de manifestación religiosa fue considerada enemiga del pueblo. El budismo tibetano quedó proscripto. Desde aquel momento hasta hoy en día, el Tíbet es un limbo. Los tibetanos exiliados apelan a la autonomía política de la región. China, por su parte, cada vez se mete más: llenando las calles de militares, imponiendo el mandarín, poblando la región de chinos, mandando turistas en masas, negando documentos y pasaportes.

Los refugiados tibetanos en el exterior también se organizan. Marchas, apelación, recursos de amparo, incluso, inmolación a lo bonzo. Nada es suficiente ni nadie sabe bien que pasa.” Extracto de El Tíbet de China

Nosotros repudiamos el atropello del gobierno chino y levantamos la bandera del Free Tibet. Por lo cual, cuando decimos Tíbet nombramos la Región Autónoma Tibetana ubicada dentro de China pero también el Tíbet histórico y cultural que se extiende en las provincias chinas de Yunnan, Sichuan, Qinghai y Gansu y por ciertas zonas de Nepal, India y Bután.

En esta guía además de contarles nuestra experiencia, les compartimos dos modos distintos de visitar Tíbet. Uno es con permiso y adentrándose en la Provincia autónoma de Tíbet y el otro modo es sin permiso, conociendo los pueblos tibetanos de las provincias de Yunnan, Sichuan y Gansú.

Visitar Tíbet con permiso

Desde hace varios años para entrar a la Provincia Autónoma Tíbet en China es necesario un permiso. Debido a la conflictiva social, a los intentos fallidos de independencia y la cantidad de revueltas del pueblo tibetano, el gobierno chino decidió ejercer un control estricto en la región. A nosotros, viajeros, ese control nos afecta.

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Actualmente no es posible ingresar a Tíbet por cuenta propia. Para visitar tanto Lhasa como los alrededores es necesario contar con un guía. El permiso se tramita solamente mediante una agencia de viajes autorizada que suele vender un paquete que incluye alojamientos, comidas, excursiones más el servicio de guía y chofer. No incluye el traslado aéreo a Tíbet.

El valor del paquete turístico depende de la cantidad de días, de la calidad del alojamiento y si se trata de un tour privado o un tour grupal, siendo está última opción la más baratas.

Nosotros cotizamos y el valor del permiso + todo lo de más por diez días sumaba 1.000 USD por persona. Un presupuesto que escapa de nuestras posibilidades.

Otra opción, apenás más económica, es ir solamente por tres días a Lhasa, capital de Tíbet y obviar todos los demás atractivos que hay en la región.

Aclaración: Cómo Tíbet es parte de China, además del permiso especial es necesario tramitar el visado de China en la embajada correspondiente. Una vez obtenido el visado, recién ahí se puede tramitar el permiso de Tíbet. Este se debe tramitar con un mes de antelación.

¿Cómo llegar a Tíbet?

Desde China:

Para llegar a Tíbet hay que atravesar el cordón montañoso del Himalaya. Lo más fácil es por avión. La mayoría de las grandes ciudades chinas tiene vuelos directos a Lhasa y cuestan cerca de 100 USD.

Otra opción es en tren, una opción relativamente nueva. El tren a Tíbet se puede abordar en Lhasa, Xi’an o Chengdu y tiene la fama de ser uno de los trayectos ferroviarios a más altura con un tiempo promedio de 30 horas de viaje.

Desde Nepal:

Muchas agencias de turismo en Katmandú ofrecen paquetes a Lhasa. En general, son paquetes de una a tres semanas donde se cruza por tierra atravesando el campamento base del Everest. Los precios no son mucho más baratos, el permiso sigue siendo obligatorio pero la única ventaja es que las agencias nepalíes se encargan de tramitar el visado de China.

Visitar Tíbet sin permiso

Lo bueno, es que hay otra manera de conocer Tíbet y no hace falta permiso. Si económicamente el permiso representa mucho dinero para vos o no te entusiasma la idea de andar con un guía chino todo el día, esta opción puede ser la más acertada.

Como dijimos, Tíbet es un nombre que nuclea un etnia, una cultura y una forma de vivir/pensar. Si bien Lhasa es el ícono más representativo en el imaginario tibetano, hay muchos pueblos auténticos que se pueden visitar sin permiso.

El permiso no es necesario ya que estos pueblos se encuentran fuera de la Región Autónoma de Tíbet. La frontera política no coincide con la frontera cultura entre China y los pueblos tibetanos.

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Nosotros pasamos poco más de una semana semanas recorriendo pueblos tibetanos escondidos en los recovecos del Himalaya. Cruzamos pasos de montaña y dormimos a más de 4.000 msnm. A continuación les compartimos nuestra experiencia, nuestro itinerario y un presupuesto más real y posible.

Itinerario

Nuestro recorrido por los pueblos tibetanos de las provincias de Sichuan y Gansu fue el siguiente: Shangri-La, Daocheng, Litang, Tagong, Danba y Langmusi.

Shangri-La – Provincia de Yunnan

Conocida como la “Puerta de entrada” del Tíbet, es por lejos la ciudad más turística de la región. La fama se debe en gran parte a la novela “The Last Horizont” de James Hilton.

Si bien es una ciudad grande y con mucha impronta china, la parte antigua es la más interesante. Hoy es un laberinto reconstruido con monasterios, museos, estupas, monjes deambulando y un inmenso Himalaya que recién está comenzando. Pero, lamentablemente, toda la impronta tibetana queda teñida por tiendas de souvenirs, restaurantes caros y promociones de pashminas. Igualmente, la arquitectura tibetana se puede ver en las casas de madera que sobrevivieron al incendio del 2014.

Además de la ciudad antigua, hay varios trekings y sitios cercanos para visitar sea en transporte público o con taxi privado.

Nosotros estuvimos tres noches y nos alojamos en Timeless Inn, una guest-house muy hogareño atendida por una china casada con un tibetano.

Daocheng – Provincia de Sichuan

A Daocheng llegamos de casualidad. La idea era unir Shangri-La con Litang a dedo (autostop) haciendo una parada en Xiangcheng, pero el camino (o mejor dicho, la conductora que nos levantó) nos llevó a pasar la noche en Daocheng.

Sea en Xiangcheng o en Daocheng es necesario hacer una parada antes de llegar a Litang o a Shangri La. Y no sólo por las malas condiciones del camino, ni la cantidad de kilómetros, la parada es necesaria para comenzar a aclimatarse. Daocheng está a 3.750 msnm y es dónde la cultura tibetana comienza a verse en un estado más puro y autentico. Lo más lindo de Daocheng, dicen, son los alrededores.

Nosotros sólo estuvimos una noche y nos alojamos en la casa de la señora que nos levantó en la ruta.

Litang – Provincia de Sichuan

No queremos tener favoritismo, pero Litang fue nuestro “Shangri-La”. En un pueblito a más de 4.100 msnm encontramos todo lo que esperábamos encontrar en nuestro viaje por los pueblitos tibetanos. Si bien, la parte moderna de la ciudad está creciendo a pasos agigantados el pueblo aún conserva todo lo que uno espera ver en Tíbet.

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Litang está rodeado por inmensos picos nevados, por lo cual basta con caminar un poco en cualquier dirección para tener fantásticas panorámicas del Himalaya. Subiendo la parte antigua del pueblo se llega al monasterio y al cementerio a cielo abierto. Todo esto, cruzando casas de familias, gallinas tomando sol y saludando con una sonrisa a todas las personas que se ponen en el camino.

Estuvimos dos noches en Litang y nos alojamos en un extraño hotel chino que por las noches funcionaba como casino. Pagamos 80 yuanes la habitación doble con baño privado.

Tagong – Provincia de Sichuan

Según las guías de viajes y según los comentarios de muchos viajero, Tagong era EL lugar. Según ellos, era la perlita, el gran imperdible entre todos los pueblitos tibetanos. Tenemos dos hipótesis: O estas personas no fueron a Litang o, claramente, manejamos distintos parámetros de “imperdibilidad”.

Tampoco vamos a ser injusto, Tagong es un lindo pueblo y los alrededores son aún más lindos. Sobre todo las caminatas por la montaña hasta los monasterios cercanos.

Nosotros estuvimos dos noches y nos alojamos en un guesthouse, justo antes de cruzar el río de mano derecha. Lo atiende una señora tibetana muy atenta. La habitación doble con baño privado esta 80 yuanes y parece más un hotel coqueto que una guesthouse de paso.

Danba – Provincia de Sichuan

Lo más interesante de Danba es el camino para llegar y su estratégica ubicación: en lo alto de una desfiladero de montaña.

La ciudad en si no tiene nada de especial, vistas lindas, caminatas al rio, a pueblos cercanos (con opciones de homestay) y una excursión por el día a unas antiguas torres de vigilancia entre las montañas.

Estuvimos sólo una noche y nos quedamos en Dengba Hostel. Pagamos 80 yuanes la habitación doble con baño privado.

Langmusi – Provincia de Gansú

Fue el último de los pueblitos tibetanos que visitamos. La rutina monasterio + pueblo + lindos alrededores volvió a repetirse pero está vez con una marcada influencia musulmana.

Hay dos templos que se pueden visitar, pero al igual que en Tagong hay que pagar entrada. A nosotros, nos gustó mucho más la mezquita. Quizá porque ya nos estábamos preparando para visitar la parte musulmana de China.

Nos alojamos por una noche en una guesthouse sin nombre. El precio y las comodidades eran mucho mejores que en los hostel recomendados por las guias de viaje. Pagamos 80 yuanes la habitación doble con baño privado.

Presupuesto:

Si uno compará con las grandes ciudades y con los precios promedios de China, andar por los pueblitos tibetanos es una alternativa mucho más económica.

Como siempre, el presupuesto se compone de tres grandes gastos: comer, dormir y trasladarse. Además, de gastos extras también, a veces, es necesario sumar el valor de las entradas y ciertos atractivos turísticos.

Alojamiento:

La mayoría de los pueblitos tienen opciones de hotel, hostels y guest-house.

El valor de una habitación doble en un hotel comienza en los 100 yuanes. De ahí, todos los valores posibles para arriba. Lo bueno es que muchas veces ofrecen desayuno. Una habitación compartida en un hostel puede estar entre los 40 a 60 yuanes. Si uno lo compara, con un hostel en Bejing es baratísimo pero nosotros conseguimos habitaciones dobles con baño privado en casas de familias a 80 yuanes los dos.

Y si uno compara con India o Nepal, los estándares chinos con otra cosa. Las habitaciones suelen ser nuevas y limpias y servicios como wifi, agua caliente y pava eléctrica se dan por sentados incluso en las habitaciones más económicas.

Transporte:

Viajando por China, es el gasto más grande. Los transportes en China son carísimos.

En la región de tibetana, al ser caminos de montaña, no hay trenes. La única opción son autobuses, jeeps compartidos o taxis.

Nosotros recorrimos todos los pueblitos a dedo (autostop) por lo cual el transporte no fue un gasto para nosotros. La experiencia a dedo fue muy grata y súper recomendable. Nunca esperamos más de diez minutos y contadas veces tuvimos que aclarar que no estábamos parando un taxi y que, por lo tanto, no íbamos a pagar el viaje.

Comida:

La comida tibetana es algo que aún no terminamos de definir. Es decir, no sabemos decir si está buena o si es un fiasco. Supongo que será un poco de ambas. Son platos pesados, con mucha carga energética. Se adapta a las necesidades de los habitantes y a las condiciones climáticas y geográficas de la región.

La bebida típica es vino de arroz o té de manteca. Para nosotros, el té es demasiado pesado e imposible de digerir. Luego, momos, thukpas (sopas) y cualquier combinación de ambos. Todo acompañado de un buen y grasoso pedazo de carne (en general, carne de Yak).

Pero, como dijimos anteriormente, la cultura china está ganando terreno. Siempre vas a encontrar algún puesto de comida china: arroz con verduritas, sopas, dumplings, más arroz y más verduras.

Nosotros solíamos comer arroz con verduras por 10 yuanes. Entre 10 y 20 yuanes oscilan la mayoría de los platos chinos básicos. Otra opción, que nos salvo muchas noches de frio y lluvia, fueron las sopas instantáneas de 3 yuanes.

Consejos y recomendaciones:

Mejor época para ir

Salvo que quieras quedarte varado en algún pueblo, ver los caminos cerrados por nieve o experimentar un frío extremo, lo ideal es visitar Tibet en los meses de Verano. Desde fines de Abril hasta fines de Noviembre se supone que no hace tanto frío. El valle comienza a ponerse verde y los ríos bajan bien cargados desde la montaña.

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Nosotros estuvimos en el mes de mayo, y a más de 4.000 msnm tuvimos frío. Sobre todo por la lluvia constante y el viento que no dejó de soplar nunca. Lo ideal es chequear bien el pronostico y la altura de los lugares a visitar. Pero como siempre, la suerte hace lo suyo. Nosotros tuvimos muchísima lluvia e incluso los locales se sorprendían de una primavera tan poco soleada.

Mal de altura

También conocido como “Apunamiento” o “Mal de montaña”, el Mal de Altura es la falta de adaptación del organismo a la falta de oxígeno propia de la altura. Lamentablemente no hay muchos recaudos que tomar. Depende mucho del organismo y de la adaptación a la altura. Eso si, el 80% de la población lo padece. Los síntomas son fáciles de reconocer: dolor de cabeza, fatiga, dificultad para respirar y mucho sueño, entre otros.

Lo ideal es, si no estamos acostumbrados a tanta altura, subir despacio y darle tiempo al cuerpo de aclimatarse. Si con el paso de los días, los síntomas persisten lo ideal es descender y/o consultar a un médico o especialista.

Mala infraestructura

Viajando por China uno se acostumbra a las súper autopistas, los modernosos puentes y a los trenes rápidos que cruzan el país a 300 kilómetros por hora, pero nada de eso pasa en las regiones autónomas de Tíbet. Los caminos de montaña están en mal estado. Muchas son rutas sin asfaltar, llenas de barro y de baches. Son caminos de montañas en forma de caracol, curvas y subidas y bajadas. Un trayecto de 100 kilómetros puede demorar un par de horas horas. No hay mucho para hacer. Paciencia y disfrutar del paisaje por la ventana.

Mejor no hablar en chino

Es cierto que casi todos hablan en chino, se lo enseñan en los colegios pero no es su idioma. Los tibetanos no se sienten chinos, de ahí su larga y dolorosa lucha por su independencia. Decir unas pocas palabras en tibetano va a generar increíbles sonrisas.

Nuestra experiencia:

Pasamos más de diez días uniendo pueblos tibetanos. Hicimos dedo, viajamos en autos último modelo y en camionetas que llevaban caballos y ovejas en la caja trasera. Comimos comida tibetana, hicimos trekkings y contemplamos el Himalaya desde lo alto de las montaña. Visitamos decenas de monasterios y charlamos con muchos monjes sobre la situación actual de Tibet. Pero, siendo sinceros fue en Leh (en el estado de Ladakh, norte de India) dónde nos sentimos más cerca de Tíbet.

¿Por qué? Por que es ahí dónde está la mayoría de los tibetanos se debieron exiliar y es ahí donde su cultura crece sin tapujos ni restricciones políticas. Es ahí donde las consignas de “Free Tibet” se cantan en libertad y dónde nadie tiene miedo de decir lo que opina del gobierno chino.

Xinjiang, el oeste de China

El viaje en tren fue tedioso. Aunque como adjetivo “tedio” no es suficiente. Se trató de un trayecto de 16 horas, en segunda clase. Asientos rígidos a 90 grados y muchos, muchos, chinos. Más chinos que asientos.

El problema estaba agravado por lo que hacían estos chinos sin asientos: fumar, eructar, tirarse pedos, comer carne de caballo seca, tirar los papeles al piso, volver a eructar, tomar sopa haciendo ruido, fumar y empujar. Todo el tiempo empujándonos. Por suerte la noche llegó temprano y todo el vagón se fue quedando dormido. Como pudimos, intentamos hacer lo mismo pero no hubo forma. La luces del pasillo, los chinos que roncaban, un bebe que lloraba a lo lejos. Pasamos la noche despiertos, mirando por la ventana e intentando ver más allá de la oscuridad.

Estábamos cruzando una de las regiones más interesantes de China. Nos dirigíamos al oeste. Para llegar ahí, además de dos mil kilómetros teníamos que cruzar una de las zonas más desérticas del país.

A lo lejos y con la claridad del amanecer, se veían montañas de tierra colorada, algún que otro árbol solitario sacudido por el viento y alguna que otra piedra. Nada más, era extraño no ver a nadie. A fin de cuentas, son las multitudes de personas el único elemento que acá se repite de provincia a provincia.

El tren avanzaba a unos 150 kilómetros por hora y atrás quedaba la China de Beijing y Shanghái. Las etnias Han, los celulares enormes y brillosos, los caracteres en mandarín, los palitos y el arroz. Delante nuestro, la china del oeste: la provincia de Xinjiang y la minoría étnica de los Uigur, musulmanes descendientes del Turkestán Oriental.

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Muchas veces la naturaleza con su geografía traza la fronteras que la fuerza política se esfuerza por negar. Y este abismo de tierras desérticas que estábamos cruzando era correlativo a la distancia entre la nueva China y su constante dominación para con las etnias que aún intenta subsistir, mantener su cultura y luchar por su independencia en el lejano oeste.

Al igual que en el Tíbet, que visitamos semanas atrás, acá China (el gobierno popular de China) responde de la misma manera: estigmatizando la religión, colonizando la región (enviando más y más chinos Han), reforzando su paternalismo económico y reprimiendo todo acto de “rebeldía”. En el 2009, por ejemplo, el gobierno reprimió y asesinó a 184 personas. Creando un estado de sitio y bloqueando internet.

El paisaje dentro del vagón también comenzó a cambiar. Los chinos comenzaron a bajarse y empezaron a subir otros personajes. Más morochos, con los ojos más redondos y de una contextura corporal más maciza. Muchos lucían chaquetas de pana, fez (gorro islámico) y barba. Las mujeres, ya no eran las flacuchas chinas sino que ahora era señoras corpulentas, con cejas tupidas y muy tetonas. Todas iban con un pañuelo atado en la cabeza. Curiosamente, entre tanto ojo rasgado nos llamó la atención encontrar gente rubia y de ojos redondos, con mucha impronta rusa. Pensamos que se trata de turistas como nosotros, pero no. Ellos eran también de la etnia Uigur. Intuimos que mezclados con soviéticos en los años comunistas. Las estaciones en las que se detenía el tren también cambiaron. Los nombres dejaron de estar en mandarín para comenzar a aparecer en uigur, una lengua persa escrita con caracteres árabes.

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“Estación de Turfán”, decidimos bajarnos ahí. Y lo de bajarnos, esta vez fue literal. Turfán se encuentra en una depresión de 154 metros bajo el nivel del mar. Razón por la cual es un oasis natural en medio del desierto y es una de las zonas más calurosas de China y del planeta.

Para llegar a la ciudad cruzamos una infinidad de viñedos, campos de sandias y de melones. El clima es propicio para todos esas frutas. Caminos de tierra nos llevaron a un barrio de casas de adobe y puestos de pan casero en la vereda.

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El clima tórrido y húmedo se nos hizo imposible. El calor nos obligó a reclutarnos durante el mediodía y sólo pudimos “volver a salir” por la tarde, cuando los niños jugando en la calle y los viejos de barba blanca charlaban en las esquinas. Cerca de las siete decidimos salir a buscar algo para cenar. La costumbre china es comer temprano y a las nueve ya no queda nada abierto. Pero acá eran las ocho y no había rastros de comida por ningún lado. Lo curioso, es que tampoco había señales de atardecer y mucho menos de la noche.

Toda China se rige por la hora de Beijing, a más de 3.000 kilómetros al este. El uso horario acá no tiene ni la más mínima relación con el horario real. A las ocho el sol estaba recién comenzando a marcharse. Se hizo de noche a las diez y a esa hora, se cenó. A las once todavía había algo de claridad a lo lejos.

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Con un amanecer tardío, al día siguiente, decidimos ir a Urumchi. Capital de la región y una de las últimas grandes ciudades de China. Los 200 kilómetros que nos separaban decidimos hacerlo a dedo (autostop). Nos levantó un matrimonio chino. Eran del este, pero vinieron acá en búsqueda de un mejor trabajo. Los sueldos acá son más altos, otra de las sutiles estrategias para seguir metiendo chinos en esta región. Ellos no tenían idea de los Uigur, ni de su cultura ni tradiciones. Sólo dijeron que sus mujeres eran hermosas. Como siempre en China, nos despedimos rápidamente. Nada de abrazos ni palabras dulces.

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La ciudad de Urumchi nos sorprendió y en el mal sentido. Esperábamos encontrar el mismo estilo pueblerino de Turfán. La vida uigur en la calle, las casillas de adobe y con grandes patios internos y las cabras caminando por ahí. Pero no, lo único parecido era el Gran Bazar.

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Pasamos horas ahí. Y no sólo conociendo y descubriendo nuevos sabores sino intentando encontrar que era original (es decir, que sobrevivió a la Revolución Cultural) y que era una copia china barata. Encontramos bastantes diferencias y mucho de lo último. Si hay algo en lo que son buenos los chinos es en arrasar todo lo lindo y auténtico que haya en su territorio. Construir autopistas, edificios, rascacielos, parques y volver a arrasar y construir. Es un país que se sostiene por la construcción, y ni Urumchi ni el bazar fueron la excepción. Los minaretes de las mezquitas compiten con un Carrefour y los puestos de pan intentan abrirse paso entre andamios y chapas mal puestas.

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Llegar a Xinjiang fue entrar a otro mundo. Es curioso como esta región, en antaño, punto neurálgico en la Ruta de la Seda fue asediada hace cientos de años por las hordas mongolas de Gengis Khan, para luego convertirse al islamismo que llegaba desde el oeste, para hoy ser una provincia más de China. Pero no es China, no. Allá la cultura está regida por Alá aunque las mezquitas sean silenciosas y austeras. Los mercados sirven naan cocinado al tandori y todos los menús incluyen cordero. Los supermercados intentan ganarle terreno a los bazares pero no pueden, porque los bazares son parte de la cotidianidad de Asia Central.

Señores y señores, nuestro viaje por Asia Central recién acaba de empezar.

Comida instantánea, viajes instantáneos

“Cuando las cosas suceden con tal rapidez, nadie puede estar seguro de nada, de nada en absoluto, ni siquiera de sí mismo.”

La lentitud – Milan Kundera

Ella vuelve a su casa y saca del freezer una bandeja de comida congelada que compró en el supermercado. La pone en el microondas tres minutos y ya tiene la cena lista. Se siente con el plato de comida frente a la computadora y busca “Imperdibles para ver en dos días en Praga”. Decide anotar el nombre de la plaza del reloj astrológico y decide anotar, también, el nombre del Puente Carlos. No sea cosa que se olvide y se pierda de verlo y sacarse su selfie ahí mismo. Esos dos son los “must to see” de la ciudad. Su instinto, aún humano, la lleva a buscar una lapicera y una hoja de papel. Pero se arrepiente. Abre una aplicación de su celular y ahí lo anota. Por las dudas, abre Facebook y pregunta en uno de los tantísimos grupos de viaje, que  es lo que hay para «ver y hacer» en dos días en Praga. Yo le respondería que sentarse a tomar una cerveza en alguno de esos bares viejos perdidos en alguna callejuela lejos del centro, pero se que no me va a escuchar. Ella no quiere perderse absolutamente de nada. Volver del viaje sin su foto, sería bochornoso.

Estos dos momentos, la comida instantánea y las “indispensables” guías de viaje, no parecen hechos relacionados pero lo están. En un mundo donde no hay tiempo de cocinar, seleccionar los ingredientes, saborear la comida, compartir la mesa, charlar, tampoco hay tiempo para preparar un viaje. Quedan pocos valientes que leen un libro o crónica de viaje (ni hablar de un libro de historia) o abren un mapa; la mayoría buscan imprescindibles en internet o miran un video resumido en Youtube. Hoy todo es instantáneo y la preparación de un viaje se condensa en siete consejos y 650 palabras. Los partidarios de la comida rápida son, también, partidarios de las lecturas rápidas. Su estilo “fast food” no incluye lecturas literarias. En todo caso información y sólo con un fin práctico.

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Cuando vivía el Buenos Aires todo me llevaba a correr. Amanecía con la prisa de no llegar tarde a la carrera del frenesí. El viaje, en ese sentido, fue un punto de inflexión.

Fue en una tarde de primavera soleada y fría en el Himalaya, en India. Estábamos varados entre los pueblos de Sonmarg y Kargil. La ruta estaba cortada. Un derrumbe de nieve había caído sobre el camino, hace horas que estábamos ahí esperando a las maquinas para que despejen la ruta.

Bajé del Jeep y empecé a caminar en largas zancadas entre los autos detenidos que esperaban. Cuando llegué el punto exacto del bloqueo, maldiciendo las condiciones de la ruta y de todo el tiempo desperdiciado, vi a familias de indios (nenes, padres y abuelos), jugando con la nieve que obstruía la ruta. Parecía ser el único impaciente. Volví al Jeep y vi a mis compañeros, sentados en el piso con sus ropas abrigadas y gorros de lana tomando té y señalando los picos nevados que nos rodeaban. Ahora, además del único impaciente, parecía ser el único que no se permitía disfrutar de uno de los paisajes más descomunales que tuve en frente. La paciencia y la contemplación no suelen ser práctica habituales.

Vivimos en un mundo instantáneo donde todo tiene un carácter de urgencia. Son muy pocos los que se toman el tiempo para leerle un cuento a sus hijos a la noche, incluso para leer una novela o ver una película de más de noventa minutos. Y esta vida rápida invade todos los aspectos de nuestra existencia y hasta hace que nuestros viajes, también, sean rápidos. Y por rápidos no me refiero necesariamente a la cantidad de días. Da lo mismo que tengas un fin de semana, quince días o un mes. Siempre se corre igual.

Las guías de viaje y los blogs tenemos gran parte de la culpa de eso. “10 cosas imperdibles para hacer un París”, “Lo que no podés dejar de ver en Tokio”, “9 + 2 consejos para ahorrar en tu viajes”. El viajero ya ni siquiera tiene tiempo de pensar o experimentar su viaje. Ni siquiera de darle un significado. Ya no hay lugar para la sorpresa ni para la instantaneidad. Las casillas de correos explotan de mensajes que preguntan sobre cómo recorrer tal ciudad, como volar más barato hasta allá, o donde comer mejor. Y lo peor, lo más terrible, es que todas esas respuestas ya están. Google lo tiene. Lamentablemente, parecería que hoy en día sólo se viaja para decir “yo también estuve ahí” y por supuesto, subir la correspondiente foto a las redes sociales.

En aquella ruta del Himalaya hice algo anacrónico, algo en vías de extinción. Realicé un viaje que no era una carrera con una lista de pendiente por cumplir lo antes posible y volver agotados a nuestras casas alborotándonos de recuerdos completamente olvidables. Un viaje, en realidad, se trata de guardar unos pocos recuerdos inolvidables, esos que todavía hoy podemos oler, escuchar o palpar.

Para eso nada mejor que “viajar lento”, porque es la mejor forma de tener experiencias que son únicas, auténticas, ricas en significado y en detalles. Poder conectar con esas experiencias nos llevará al centro de nosotros mismos en ese lugar. Son experiencias que nunca vamos a poder encontrar en Google.

No es que las guías de viaje sean malas de por sí (nosotros escribimos algunas e incluso son las entradas más vistas), pero reconozcámoslo: no tienen alma, ni poesía, ni sentimientos. Generan viajes repetidos y listas de lugares para ver. En cambio, en el pasado hubo grandísimos viajeros y no hay nada mejor que viajar acompañado de uno de sus libros. Tiziano Terzani decía: “Los libros eran mis mejores compañeros de viaje. Estaban callados cuando quería que estuvieran callados, me hablaban cuando necesitaba que me hablasen. Un compañero de viaje, en cambio, es difícil, porque impone su presencia, sus exigencias. Un libro no, un libro calla, pero está lleno de cosas hermosísimas.”

Por lo tanto, contra la locura universal de la vida rápida, dónde la comida instantánea para microondas va ganando terreno, levanto la bandera en contra. En contra de los “Cinco lugares que sí o sí tenés que ver”, los “Diez consejos necesarios para tu existencia” y “las guías indispensables”. Google está lleno de información desde como preparar una valija, tutoriales de como despacharla en el aeropuerto, hasta videos explicando como subirse a un subte en una ciudad asiática.

Los blogs de viaje estamos creando una generación de lectores vagos y holgazanes que no se detienen a pensar por ellos mismos. Esto hace que los viajes modernos condensen “todo lo que hay para ver” logrando así llenarse de recuerdos olvidables con el tiempo. En vez de buscar aquellos inolvidables, que nunca pero nunca van a aparecer en una guía.

El Tíbet de China

«Aunque haya religiones diferentes, debido a distintas culturas, lo importante es que todas coincidan en su objetivo principal: ser buena persona y ayudar a los demás.»

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Este es el lugar – dijo Tathagata.

Delante nuestro se extendía un gran predio. Varias pequeñas colinas de un color verde amarillento cortaban con ondulaciones el azul intenso del cielo. A los lejos, y sobre las colinas, un puñado de yaks pastaban. Negros y blancos, parecían puntos lejanos; pero de cerca estos bichos eran enormes. Sus largos cuernos y su tupido pelaje intimidaban. Más cerca, un grupo de caballos peleando por lo poco que quedaba de pasto tierno.

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Un buitre pequeño pasó volando y automáticamente los tres recordamos el lugar en el que estábamos.

Entonces, ¿este es el lugar? – Preguntamos.

Tathagata respiró profundo y asintió.

Ven allá. Los cuerpos los depositan desnudos en aquella estructura gris de piedra. Los buitres comienzan a venir, ellos siempre están cerca. Las familias, los amigos y nosotros observamos desde acá. Un lama recita un mantra y todos nosotros repetimos. Nadie llora. ¿Por qué llorar? Ahí ya no hay nada. Es solo un envase vacío. Las almas, con suerte, se fueron mucho antes. Mientras tanto, los buitres comen, pican, chillan y vuelan. Tienen hambre. El proceso es rápido. Los cuerpos ya están desmembrados. Los buitres sólo pican pedacitos de carne y se los llevan. Si se lo comen todo es algo bueno. Si queda carne, en cambio, significa que esa persona fue pecadora. En ese caso, no hay liberación y el ciclo de las reencarnaciones vuelve a comenzar.

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Pero cuidado. Nosotros no tenemos cielo ni infierno como ustedes. Para nosotros, el cielo es esto – Siguió diciendo Tathagata y señaló los picos nevados del Himalaya. – Nuestro cielo es la libertad. El infierno es seguir acá, en la tierra – Y sus dedos, tímidamente, señalaron en dirección a Beijing, a unos 2.500 kilómetros de distancia.

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Tathagata es tibetano. No chino, ti-be-ta-no (lo aclaró tantas veces y tan clarito, que debemos replicarlo). Tathagata, mejor dicho, es un monje tibetano. Tiene 21 años pero parece mucho más grande. Lo conocimos unos días antes mientras caminábamos por el monasterio de Litang. Sin preámbulos, Tathagata nos propuso hacer un trato. El quería practicar su inglés con nosotros y, a cambio, iba a ser nuestro guía. El acuerdo sonaba justo y aceptamos. El cementerio dónde se realizan los funerales a cielo abierto fue la primer parada del recorrido.

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A Litang, un pueblo de montaña construido a más de 4.100 metros de altura, llegamos haciendo dedo (autostop). Aunque la altura parezca un impedimento, Litang nos quedaba de paso. Nuestro objetivo fue recorrer los pueblos tibetanos que comienza en Shangri-La y se extienden por la provincia de Sichuan, en la cadena montañosa del Himalaya. En total, 1.300 kilómetros de camino de montaña. Litang, fue la tercer parada de nuestro viaje por el Tíbet. En realidad, por el Tíbet fuera de Tíbet.

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A lo largo de estos 1.300 kilómetros el paisaje se repitió constantemente. Caminos en pésimo estado, picos nevados a lo lejos, pasos de montañas de más de 4.500 msnm, complicidad de camioneros y una hospitalidad de sonrisas grandes y cachetes colorados y curtidos por el sol. Viajamos en autos de lujo, en tractores que llevaban caballos y en camiones. Paramos a comer en carpas improvisadas al costado de la ruta y dormimos en casas de familias.

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Muchos se sorprendieron de ver a dos occidentales por ahí. Los niños nos tenían miedo y los viejos nos miraban con recelo. Pero, como casi siempre, una sonrisa ayuda a diseminar las desconfianzas.

Las palabras no alcanzaban. Ni siquiera aparecieron. Nosotros no hablamos tibetanos y apenas chapuceamos unas pocas palabras en chino. Les mostrábamos una carta dónde en mandarín explica de nosotros y de nuestro viaje, pero ellos se reían. No saben leer chino. Y está perfecto, es su acto revolucionario. Lo poco que pueden hacer.

Pero algunas palabras se dicen igual en todos los idiomas.

¿Lhasa?

Nos preguntan por Lhasa, la capital de Tíbet. Del otro lado de la frontera improvisaba entre Tíbet y el no-Tíbet, está Lhasa. Sus familias quedaron allá, quizá sus casas. Su religión también quedó del otro lado.

Ellos, también tibetanos, no pueden ir. Tampoco pueden salir de China. No tienen documentos, ni pasaportes, ni acceso a determinados derechos. No son de acá, ni son de allá.

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Nosotros tampoco podemos ir a Tíbet. Pero no por una cuestión política sino económica. Para ir a Tíbet se necesitan permisos especiales, guías, reservas de hoteles y agencias de viaje. Una semana en el Tíbet cuesta  alrededor de 1.000 USD.

Pero ellos, los tibetanos, igual preguntan. Las preguntas eran dos: ¿Lhasa? ¿Dalai Lama?

Las imágenes del Dalai Lama, líder espiritual y político del Tíbet, están mal vistas. No se consiguen, y muchas veces, somos los extranjeros los que las traemos a escondidas. Por eso las sonrisas, además de dejar atrás la desconfianza también eran cómplices. Pero nosotros no estuvimos en Lhasa ni teníamos estampitas del Dalai Lama.

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Poco se sabe del Tíbet, salvo su lejanía y su remota ubicación en el mapa. Nosotros tampoco es que sabíamos mucho más. La primera vez que vimos de cerca su cultura e historia fue en Dharamsala (India). Es allí dónde el gobierno tibetano se asentó luego del éxodo al que se vieron obligados luego de la ocupación china del Tíbet. En Dharamsala, el Tíbet se organiza política y espiritualmente. Las consignas apelan a su libertad, los niños escriben “Free Tibet” es su cuadernos de clases y los viejos añoran con volver a pisar tu tierra natal. Pero no pueden, ya no pueden volver.

En 1950 el Ejercito Popular de Liberación de China entró y tomó posesión de la ciudad-capital de Lhasa. Obedeciendo a la Revolución Roja todo tipo de manifestación religiosa fue considerada enemiga del pueblo. El budismo tibetano quedó proscripto. Desde aquel momento hasta hoy en día, el Tíbet es un limbo. Los tibetanos exiliados apelan a la autonomía política de la región. China, por su parte, cada vez se mete más: llenando las calles de militares, imponiendo el mandarín, poblando la región de chinos, mandando turistas en masas, negando documentos y pasaportes.

Los refugiados tibetanos en el exterior también se organizan. Marchas, apelación, recursos de amparo, incluso, inmolación a lo bonzo. Nada es suficiente ni nadie sabe bien que pasa.

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Los tibetanos que quedaron en China son exiliados en su propio territorio.

Hoy en día para ir a Tíbet, mejor dicho a la provincia china de Tíbet, se necesita permiso, guía, chofer, una agencia de viajes y dinero.

Pero la verdad, poco tiene que ver Tíbet con las barricadas policiales en la que se convirtió la ciudad de Lhasa. La cultura tibetana, evidentemente, no se rige por los límites políticos sociales.

Nosotros no visitamos el Tíbet “verdadero”, pero podemos decir que ahí estuvimos. Al menos en Litang, al menos esa tarde con Tathagata y con los buitres volando sobre nuestras cabezas.

Volver a China

El sol empezaba a bajar y la puerta de embarque en Colombo, Sri Lanka, estaba llena de chinos. Nosotros éramos los únicos pasajeros no chinos. El atardecer era naranja y las palmeras en el horizonte aumentaban la sensación de trópico. Ningún chino se dignó a contemplarlo, los celulares le absorbían toda su atención. Tampoco, ningún chino se molestó en respetar la fila.

Cuando estaba en medio de la fila de chinos transpirados, que me empujaban, que trataban de ocupar nuestros lugares, que me pegaban codazos y que me eructaban en el oído me pregunté: ¿por qué estamos volviendo a China? Si había atravesado el país viendo una sociedad de hijos únicos malcriados adictos al consumo desenfrenado y preocupados solamente por sus necesidades materiales. Si la China tradicional la destruyeron y no les interesa analizar la historia. Entonces me volvía a preguntar: ¿por qué estamos volviendo a China?

Pero sin embargo había algo del gigante amarillo asiático que nos atraía, desde luego que no eran sus buenos modales, sino que encierra un mundo que no deja de llenarnos de interrogantes, al menos para nosotros. Tal vez por su idioma incomprensible, sus numerosos grupos étnicos o su geografía inmensa.

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China no tiene el misticismo de India ni las playas paradisíacas de Tailandia. Los chinos son sucios, manejan otros parámetros de respeto al prójimo, son torpes y la comunicación cuesta muchísimo. Cada ciudad es enorme y uno se pasa gran parte del tiempo en transportes públicos, incluso en el mes que habíamos estado no vimos el sol, el cielo siempre estaba tapado por una nube de smog.

Mientras viajaba apretujado y sin querer respirar todo el olor a transpiración de los chinos en el bus que nos llevaba hasta el avión noté a alguien que era distinto al resto. Era un monje budista rapado, con su túnica roja y un japa mala en su mano. Movía ligeramente los labios recitando un mantra y su único equipaje de mano era un morral. Él también era chino, o eso decía su pasaporte, pero su comportamiento no lo denotaba.

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Bajamos del colectivo y la horda de chinos se lanzó en carrera contra la escala. Las caras de espanto de las azafatas describían la imagen a la perfección. A pesar de hablar mandarín los chinos no le hacían caso y se empujaban y gritaban. Llegar a nuestros asientos no fue sencillo y acomodar las mochilas tampoco. Atrás nuestro venía el monje y se sentó con nosotros. Seguía con su japa mala y un mantra que salía de sus labios. Todo con una sonrisa.

De alguna manera supimos que eso era lo que íbamos a buscar. No a los chinos hipnotizados por sus enormes pantallas de celulares sin hacer caso de la gente que tienen alrededor, sino a las minoras que todavía conservan una identidad más humana: con sus dioses y la muerte, con sus sonrisas y el anhelo eterno de independencia.

Supusimos que este viaje por China iba a ser distinto. Evitando grandes ciudades y enfocándonos en pequeños pueblos. Muchos caminos de montañas y paisajes rurales. Pero en realidad, también nos dimos cuenta de que no íbamos a China, sino al Tíbet y Turquestán oriental (región que busca independizarse y que se ubica al oeste de China, limítrofe con Kazajistán, Kirguistán, Afganistán y Pakistán). Tal vez por eso el viaje se presentaba como una nueva aventura pero sin nuevos sellos en el pasaporte.

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Varanasi: Guía completa

Varanasi es un mundo aparte, ubicado a orillas del río Ganges. Es un desafío para la razón, para los sentidos y para el morbo. Es el caos, la espiritualidad y el karma. Es una ciudad única, desenfrenada y pintoresca. Quizás por eso se ganó la fama de ser la ciudad que Shiva creó para él mismo.

Para el hinduismo, es la ciudad más antigua del universo. Para las guías de viaje, una parada infaltable en cualquier itinerario por India. Para nosotros, un reto y una provocación constante.

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Varanasi es una de las siete ciudades sagradas para el hinduismo y desde hace siglos, recibe miles de almas al día. Desde todas partes de India (y del mundo), son muchas las personas que llegan con el fin de tomar un baño sagrado a en el Ganges y así, limpiar su karma. Otros llegan moribundos y, a su vez, muchísimos cuerpos son traídos para ser cremados. Se supone que ser cremado y arrojado al río permite que el alma se libere del ciclo de las reencarnaciones. Es un lugar auspicioso. Donde la muerte y la vida conviven a orillas de uno de los ríos más sagrados y contaminados del mundo.

Varanasi es una ciudad única. En sus estrechos callejones conviven puestos de suvenires, de ofrendas de flores, de ropa. Vacas, puestos de chai y restaurantes occidentales. Mendigos, peregrinos y motos. Bicicletas, turistas perdidos y timadores oportunistas. No te sorprenda que te quieran vender huevos o cerveza a escondidas (al ser una ciudad sagrada, son varios los alimentos que están prohibidos). Tampoco te va a sorprender perderte una y otra vez entre las laberínticas calles de la ciudad antigua. Así es Varanasi y no hay nada que se pueda hacer. Dejate contagiar por el misticismo. No juzgues, no busques entender lo inentendible del ciclo de la vida. Respirá hondo y Namasté.

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Varanasi es una ciudad o que te fascina o que te supera, pero jamás va a ser una ciudad indiferentes o una simple parada más.

¿CUÁNDO IR A VARANASI?

Como sucede en toda India, la época de calor y de lluvias son algo a evitar. En Varanasi, cuando llueve, llueve. El río Ganges se desborda y buena parte de la ciudad queda bajo el agua. Lo ideal es evitar la época de monzones (de junio a agosto). También es recomendable evitar la época de calor. Nosotros estuvimos en el mes de mayo con más de cincuenta grados de sensación térmica a la ocho de la noche. Realmente fue un acto suicida. Si podés elegir, la mejor época para visitar Varanasi es de septiembre a marzo. Cuando no llueve ni hace tanto calor.

¿QUÉ VER Y QUÉ HACER EN VARANASI?

Uno puede dedicarle un día a la ciudad, como también una semana. No es fácil aburrirse. Les compartimos algunos ideas de cosas para hacer:

  • Caminar por los ghats. Vivirlos:

Para nosotros, Varansi vive y es en los ghats. En las escalinatas de piedra que conducen al sagrado río Ganges. Desde el amanecer hasta la noche cerrada, constantemente hay vida (y muerte) en los ghats. En total son más de 80 y se pueden recorrer caminando. En la mayoría vas a encontrar personas tomando baños sagrados, lavando ropa y vacas refrescándose. Niños aprendiendo a nadar, señores lavándose los dientes, mujeres lavando los platos y cacerolas y muchachos jugando al cricket. Pero hay otros ghats, y esos son los complicados, dónde a diario se creman miles de cuerpo. Así, sin más. Bajo la luz del día. Las cenizas son arrojadas al río, dónde las vacas toman agua y los niños juegan.

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El mejor horario para visitar los ghats es el amanecer y el atardecer. No sólo para evitar el sol y el calor abrasador, sino porque esos son los momentos mágicos dónde los ghats se llenan de sadhus, peregrinos y curiosos.

  • Paseo en barco

Un buen modo de tener una visión general de Varanasi y de observar los ghats, los templos y el misticismo reunidos en una única imagen de postal, es desde el río.

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La orilla del Ganges está repleta de barcos y barquitos dispuestos a llevarte a dar un paseo. Para nosotros el mejor momento es al amanecer. Dónde uno ve como la luz del sol va tiñendo poco a poco cada de unos de las escalinatas. Los barcos también son un buen modo de acercarse a Manikarnika, el ghats de las cremaciones (pero de eso, hablaremos más abajo).

El paseo estándar no dura más de una hora, ni sale más de 100 rupias por persona. Precio que se alcanza regateando con amor y paciencia. No te preocupes por cómo conseguir un barco, ellos te van a encontrar a vos muy rápidamente. Muchos hoteles y guest-house también ofrecen este servicio, pero en el precio que pagás está incluida su comisión y ganancia.

  • Puja al atardecer

Todos los días a las 19 horas se realiza una puja sobre el río conocida como “ganga aarti”. La misma dura una hora y consiste en una ceremonia de fuego, incienso y cantos devocionales a la Madre Ganga. Se celebra en Dasaswamedh Ghat y no se paga entrada pero hacia el final de la ceremonia varios hombres pasan pidiendo donaciones.

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No es nada del otro mundo, pero vale la pena sentarse un rato y observar en detalle toda la ceremonia.

  • Ghats de cremaciones

El morbo puede más y son muchos los turistas que se dejan tentar por la idea de ver de cerca un cuerpo ardiendo. Manikarnika es el ghat de cremaciones más grande y más conocido. Es el lugar más propicio “del universo” para que un cuerpo arda y alcance así, el moskha: la liberación.

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El ghats es fácil de encontrar. Desde el río se observa las piras de madera ardiendo, de cerca se huele el humo y se ven los distintos tipos de maderas. Por los callejones de la ciudad se ven los cuerpos en camillas marchando hacia el ghat. Es imposible evitar ver la muerte de cerca, aunque uno puede elegir que tan de cerca o lejos verla.

Manikarna tiene un acceso libre y gratuito pero está prohibido sacar fotos y filmar las cremaciones por una cuestión de respeto. Pero hay que tener cuidado ya que está lleno de oportunistas que cobran entradas ficticias, multas inventadas o que te invitan con simpatía a la terraza de un vecino desde dónde se puede sacar fotos. Invitación que seguramente te va a salir muy cara.

Nuestro consejos es que evites Manikarka. Harishchandra es otro ghat de cremación mucho más tranquilo. Sin oportunistas ni timadores, sin tanta gente ni tanta mugre. Está cerca de Assi Ghat y los vas a reconocer por el gran crematorio eléctrico que ahí está dispuesto.

Si querés saber más sobre los rituales de cremación, les recomendamos esta crónica en primera persona que Ludmila escribió para Otro Mapa: Morir en el río Ganges.

  • Meditación, yoga, clases de cocina.

No es fácil aburrirse en Varanasi, ya lo dijimos. Más allá de la vida a orillas del río, la ciudad ofrece toda clase de cursos. Meditación, Yoga, clases de cocina, de danza, sesiones de astrología. Lo que quieras y al precio que quieras pagar.

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Les recomendamos averiguar bien antes de contratar cualquiera de estos servicios ya que hay muchísimos chantas y sitios de mala calidad.

  • Sarnath

A diez kilómetros de Varanasi, se encuentra Sarnath. La fama se debe a que aquí Buda dio su primer discurso luego de haber alcanzado la iluminación en Bodhgaya. Sarnatah es un sitio de peregrinaje, una de las cuatro ciudades sagradas para los budistas.

Desde Varanasi se puede ir en el día en autoricksaw o en transporte público.

  • Universidad de Varanasi

Llegamos por accidente y nos encantó. En si, no hay mucho que ver más que un gran predio de arboles, pasto, flores, arbustos y asientos para sentarse a descansar, leer o dormirse una siesta.

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Encontrar aire puro y espacios verdes en India, no es algo que ocurra a menudo. Por lo cual, si se sienten agobiados en Varanasi visitar el campus es una buena opción.

Se puede ir en transporte público y está muy cerca del hospital general, así fue como llegamos nosotros.

  • Vishwanath Temple: Templo de Shiva o templo de oro.

Muchos lo llaman el “Golden Temple” por sus cúpulas de oro macizo, otros lo llaman el templo del Señor Shiva y para otros es uno de los templos más antiguos de India. Sea como fuere, lo vas a reconocer fácilmente.

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Si bien está escondido entre los callejones de la ciudad vieja, siempre hay largas filas en sus puertas. Los indios esperan por horas su momento para ingresar.

Para los occidentales, las filas son un poco más cortas. Eso si, no se puede ingresar con cámaras de fotos, ni celulares, ni nada más que el pasaporte (requisito necesario para ingresar). Dado que se cometieron distintos atentados contra el templo, la seguridad es excesiva. No te sorprenda estar caminando entre gendarmes, ametralladoras y vacas por Varanasi!

Además del templo de Vishwanath, Varanasi está lleno de templos, templitos, ermitas e, incluso, mezquitas.

  • Shopingeo

Cuando camines por Varanasi, la cantidad de locales, mercados y negocios te va a encandilar. Varanasi tiene fama de tener una de las mejores sedas, por lo cual salir de Shopping también puede ser una buena actividad.

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Eso sí, tomalo con paciencia. Todos los precios se regatean y no siempre ofrecen artículos auténticos ni originales. Hay que ir con ojo crítico y dispuestos a pasar horas sentados en un local mirando saris, pashminas y elefantes de mármol.

Con empuje se obtienen muy buenos precios, por lo cual puede ser un buen lugar para resolver los souvenirs de tu viaje.

  • Disfrutar de una terraza y las vistas

Más allá de la oferta de cosas para hacer, las compras y fotografias de Varanasi, nosotros lo que más disfrutamos fue del atardecer. Caminar por Ghats, subir hasta alguna terraza, pedir algo fresco para tomar y respirar mirando el imponente río Ganges y todo lo que ahí ocurre.

Varanasi está lleno de barcitos, restaurantes y terrazas simpáticas dónde, simplemente, mirar la vida pasar.

TIMOS Y CUIDADOS NECESARIOS

Pero no todo es tan color de rosa en Varanasi. No sólo es una de las ciudades más mágica de India, sino que también es una de las más terribles.

Al igual que Agra, Delhi y que toda ciudad corrompida por el turismo, Varanasi no es la excepción. Simplemente, hay que andar con un ojo abierto todo el tiempo.

Timos, estafas, robos. Todo puede pasar, en cualquier momento y en cualquier lugar. Los ricksaws te van a perseguir por cuadras, los remeros también. Basta que el tren este llegando a la estación de Varanasi para que un arsenal de oportunistas se suba a tu vagón para ofrecerte acomodación, servicios de guía o coches de alquiler, cambio de plata o lo que fuera. Es terrible y muy insoportable. Lo mejor que podes hacer, es tomarlo con calma y buen humor. Aunque, reconocemos, a nosotros nos sacó de quicio más de una vez.

Timos frecuentes:
  • Arreglar un precio y no aclarar en que la moneda. Por ejemplo, “100 hasta la estación de trenes”. No te sorprenda que al llegar, te exigan 100 doláres o 100 euros.
  • “Desde acá podés sacar fotos”. Seguramente lo vas a oir en los ghats de cremación. Luego, te invitan a una terraza o una ventana con vista al ghats y esperan una buena propina. Pobre de vos, si no lo pagás. Los tipos pueden ponerse muy pesados y en el mal sentido.
  • Desconfía de los ricksaws baratos. Si te quieren cobrar poco es porque esperan sacarte lo que falta del dinero por otro lado. Salvo que quieras pasearte por negocios con altas comisiones, negate rotundamente a visitar las tiendas que te recomienden.
  • Mismo nombre, tres sucursales. Los indios son terribles. No te sorprenda ver tres locales con el mismo nombre. Esto pasa, sobre todo, con los locales u hoteles que la guía Lonely Planet recomienda. ¡Trata de buscar el original!
  • También es importante tener cuidados con tus objetos de valor en los hoteles, trenes y mismo en los ghats.

Es una verdadera lástima, pero no siempre el turismo le hace bien a los lugares.

¿DONDE DORMIR?

La ciudad se divide en dos. La parte vieja (o antigua) es la que está sobre el río. Es la zona más interesante ya que ahí vive Varanasi. Las callejuelas están llenas de hoteles, guest house y habitaciones en alquiler.

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Cuándo más cerca del río y de los ghats principales más caro es. Pero como siempre, los precios son relativos. Todo se regatea y en temporada baja se pueden obtener descuentos de hasta el 50%. También hay mucha diferencia entre habitación con aire acondicionado y sin AC.

Alejándose del río, comienza la parte nueva y moderna de la ciudad. Nosotros elegimos la parte vieja y originaria de Varanasi. Es donde hay más encanto y donde ocurre la magia.

Les compartimos tres opciones distintas, para distintos presupuesto. Nosotros estuvimos en las tres.

  • Presupuesto alto:

Si andas sin cuidado del presupuesto, tanto Alka Hotel como Ganpati Guest House pueden ser dos buenas opciones. Las habitaciones están muy bien, con buen wifi y un restaurant indio y occidental. Pero lo mejor es que ambos sitios están ubicados sobre el río. Ambos tienen dos terrazas desde dónde se obtienen una muy buenas vistas de la ciudad.

Ambos sitios tienen restaurant, por lo cual podés ir a disfrutar de las terrazas sólo ordenando un chaí o una Coca-Cola bien fría.

  • Presupuesto medio:

Hace unos años, nos quedamos en Teerth Guesthouse (Los dueños son los mismo que Alka Hotel). Las habitaciones del primer piso están muy bien; Son amplias, frescas y bien ventiladas. Hace dos años y tenia una excelente relación precio-calidad. Ahora los precios están un poco más caros.

Es un sitio difícil de encontrar ya que está en uno de los tantos pasadizos y patios internos de Varanasi. Lo cual hace que sea un lugar muy relajado pero bien ubicado.

Lo vas a encontrar siguiendo los carteles o estando atento a doblar en la esquina del Ganga Fuji Restaurant.

  • Presupuesto bajo:

Caminando unos diez metros más allá del Teerth Guesthouse, está Monu Family Paying House. Lo administra una familia “relativamente” simpática pero las habitaciones están muy bien. Los baños, sobre todo, fueron de los mejorcitos que vimos en India.

La mayor contra es que las habitaciones sin aire acondicionado pueden ser muy calurosas durante el día y con eso, no hay nada que hacer. Pero salvo eso, las habitaciones son enormes y las camas para dobles son como para cuatro personas.

¿DÓNDE COMER?

Nuestro favorito de la ciudad, y quizá por cierta carga emotiva y personal, es Shree Café. Sirven comida vegetariana a un precio “turista” pero accesible. Si bien tiene opciones occidentales como pastas, panqueques y hummus, lo mejor son los currys que ahí sirven. Nuestro favorito: El malai Kofta. No tiene desperdicios!

Otra buena opción orientadas a occidentales es el Mona Lisa Café. Lo mejor es que tienen muy buena panadería y café de maquina a precios normales. Las medialunas (croissant) recién sacadas del horno son un viaje de ida y vuelta a Buenos Aires.

Otra buena opción y está si respeta precios locales es el local de massalas dossas (35 rupias) que está sobre la calle. Es difícil de definir su ubicación ya que la parte de viaje de Varanasi no hay calles ni numeración, pero está a la vuelta del Shree Café. Basta preguntar por el “massala dossa” para que alguien los guíe hasta ahí.

Más allá de estas sugerencias la ciudad vieja está llena de locales de comida (Thalis por 70 rupias), de chaí y de pizzas. Sacando las prohibiciones de huevo y cerveza cerca del río, en Varanasi se puede conseguir (casi) de todo para comer!

Recomendación especial:

Una eminencia en Varanasi es el “Blue Lassi”. Se trata de uno de los locales con más fama de la ciudad y dónde se dice, sirven los mejores lassis de India. El lassi es una bebida típica en India hecha a base de yogurt. Los hay de fruta, con chocolate e, incluso, con especias.

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Si alguno está interesado, ahí también ofrecen un “Lassi especial” que viene con marihuana. Por razones obvias no está en el menú, pero el dueño sabe a que te vas a referís. Viene versión suave, mediana y fuerte.

¿CÓMO MOVERSE?

Dentro de la ciudad vieja, lo mejor es caminar. De un lugar a otro, por los ghats, por las callejuelas o por dónde las vacas lo permitan.

Si bien Varanasi tiene transporte público, para nosotros lo mejor para moverse es subirse a los ricksaws compartidos. Un rickshaw hasta la estación de trenes cuesta cerca de 100 rupias (a fuerza de regateo ya que no existe el taxímetro), pero el rickshaw compartido está 20 rupias. Quizá no sea fácil subirse con mochilas o con equipaje, pero es muy buena alternativa para moverse por la ciudad.

¿CÓMO LLEGAR? ¿CÓMO IRSE?

Como siempre en India, lo mejor es moverse en tren. Varanasi Juction es la estación principal de trenes de la ciudad. Lo bueno es que ahí hay una oficina de atención a turistas exclusivamente. Con aire acondicionado y empleados que hablan un muy buen inglés, es una buena oportunidad para aprovechar y comprar varios trayectos y conseguir información oficial.

Si quieren saber más sobre los trenes, los tipos de boletos, quotas y clases les recomendamos está Guía sobre Trenes en India.

BORDE NEPAL:

Varanasi es una buen lugar desde el cual cruzar a Nepal por la frontera Gorakhpur-Sunauli. Desde Varanasi se puede tomar un tren nocturno hasta el borde y desde ahí, seguir viaje por Nepal en autobús.

Si van a visitar Nepal, les recomendamos nuestra Guía de viaje con datos y consejos para visitar Nepal.

Por último, les compartimos nuestra crónica sobre LAS PARADOJAS DE VARANASI.
Opio para los cortadores de cabeza

¿Es justo que los cazadores de cabezas renuncien a sus macabros ritos para dedicarse al más inocuo, pero igualmente inhumano pasatiempo, de pasar horas y horas ante esa caja de ilusiones llamada televisión? ¿Es justo que la luz íntima y cálida de las lámparas de aceite sea sustituida por la llana y azulada de los tubos de neón? ¿Que el vibrante tintineo de las campanillas movidas por la brisa del atardecer en lo alto de una pagoda sea sofocado por el griterío de una discoteca recién inaugurada a la orilla de un lago, en el que las bolsas de plástico y las latas vacías de cerveza importada flotan desvergonzadamente sobre un espléndido manto de flores de loto?

Un adivino me dijo… – Tiziano Terzani

* * *

El agua en la cuchara empezó a hervir. El pedazo de tela que contenía el opio impregnado comenzó a marchitarse y el agua se volvió más oscura. Ese es el momento más importante. El contenido de la cuchara no tiene que quedar ni muy líquido ni muy seco. Nadie hablaba, todos se dedicaban a observar. Cuando alcanzó el punto justo, lo sacó del fuego y el resultado fue una sustancia pegajosa que mezcló con algo que a primera vista me pareció tabaco, pero mirándolo de cerca parecía viruta. Eso lo puso en la pipa y prendiéndolo con una rama empezó a fumar. Primero inhalaba, tragaba el humo y conteniéndolo en sus cansados pulmones agarraba un poco de té, que lo calentaban en una caña de bambú ahuecada, y lo tomaba. Luego largaba el humo. Mientras él repetía el proceso, otro sacaba su cuchara y se preparaba para hacer lo mismo.

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Estábamos en Longwa, una pequeña aldea remota en el remoto estado de Nagaland. Llegar hasta acá no fue sencillo. El viaje consistió de varios días de incomodidad en distintos micros y jeeps que saltaban a la par de los pozos y patinaban con el barro y la lluvia. La mejor forma de moverse en India es en tren, pero a esta parte de Nagaland no llega. Es que en realidad esto no es India; este es un lugar de cristianos de ojos achinados que hablan una lengua parecida al tibetano. Pero también es una aldea que pertenece a dos países, de un lado de la calle es India, del otro Myanmar. Algún fanático enumerador de países seguramente tomará este lugar por partida doble.

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La aldea parece clavada en la montaña y se pierde con las ondulaciones del horizonte. La lluvia y el frío nos obligan a estar al lado del fuego, la única fuente de luz y calor en las largas casas. Cuando la lluvia paró un poco salimos a caminar. Los pocos chicos que nos cruzamos nos gritaban dejando los pulmones en el aliento que salía de sus bocas. Ya de un poco más lejos, nos empezaron a tirar piedras. Tal vez los visitantes occidentales se ganaron esa estigmatización.

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Longwa es hogar de la tribu Konyak. Habitantes que llamaron la atención de los europeos por su práctica de cortar las cabezas. Encontraban la gloria cuando después de la batalla volvían a sus casas con varias cabezas de sus enemigos. Y cuando un hombre le llevaba una cabeza al rey, este lo autorizaba a tatuarse el rostro. El que no lograba llevarle una cabeza al rey, no era considerado un hombre. Todavía hoy se pueden ver a algunos ancianos con el rostro tatuado y con cuernos de animales utilizados como aros.

Pero no fue hasta que llegaron los ingleses que el opio caló hondo en el espíritu de los Konyak. Lo traían desde Myanmar, el segundo productor de opio a nivel mundial y se lo daban a los cortadores de cabezas para hacerlos adictos, dependientes y un poco más pacíficos. Antes que el opio vino el cristianismo que le prohibió sus ropas tradicionales y sus prácticas de cortar cabezas.

Él seguía fumando, tenía los ojos apenas entreabiertos, más achinado que de costumbre. Me contaba que el opio lo traen de Myanmar, y una tela impregnada que la utilizan para 3 o 4 pipas les sale cincuenta rupias (menos de un dólar).

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Antes de que la modernidad terminase de arraigarse en sus vidas, eran un pueblo autosuficiente. Todo lo que consumían lo producían ahí. Hoy el arroz que producen, que es de una calidad mayor lo venden en mercados. Con eso compran arroz más barato y otros vegetales. Pero eso es sólo para los que trabajan el campo.

Los adictos al opio encontraron su veta cuando llegaron los fotógrafos de National Geographic. Ahora muchos se dedican a posar para la foto a cambio de plata. Vestidos con sus ropas típicas, sus aros de cuernos de animales y su cara tatuada. Con sus armas y alguna cabeza de algún animal. Tal es así que la primer pregunta que nos hicieron fue si éramos fotógrafos. Sacarle una foto a alguien tiene un precio.

La otra fuente de ingreso son las artesanías. Desde collares hasta maderas talladas con forma de muñecos. Y todo eso que se vende va a parar a Myanmar a cambio de opio.

Es sorprendente pensar en todo lo que se perdió con la “modernización”. De ser autosuficientes a ser dependientes del opio. De cultivar y criar todos sus alimentos a ser modelos de revistas de viaje que los venden en sus tapas como parte de sus safaris por zoológicos humanos.

Nos dijeron que un tercio de los hombres son adictos al opio y mientras, me invitaban a fumar. Porque saben que si les daba al menos cincuenta rupias podían cruzar la calle, es decir la frontera, y traer la cantidad que necesitan para el día siguiente.

Consejos para comprar una mochila de viaje

Cada vez que alguien quiere emprender un nuevo viaje, una de las primeras cosas que se le viene a la cabeza es qué mochila llevar. Porque elegir la mochila correcta es elegir, en definitiva, al compañero de viaje más importante.

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Majuli, la isla de los niños monjes

*Aclaración: El siguiente relato podría ser algo serio (quizá, hasta fastidioso). Podría ser puramente histórico y anacrónico. Podríamos hablar de fechas y de datos. Para no aburrir(nos) decimos escribir pensando en otros lectores. Este relato es para nuestros sobrinos. Posiblemente algunos de las historias que contaremos en la próxima pijamada.

Había una vez una isla mágica que se llama Majuli. Era un lugar muy muy lejos de Argentina. La isla estaba en India, ese país que a los tíos les gusta tanto. Majuli estaba, precisamente, en el estado de Assam. Estado famoso por ser productor de té. Assam es una región bastante remota de India, y está mucho más cerca de Myanmar que de Nueva Delhi.

La isla supo ser una de las más grandes del mundo pero con las inundaciones, y el cambio climático cada vez se va haciendo más chica. Dicen que unas décadas podría desaparecer ¿Será verdad? Ojalá que no.

Para llegar a la isla tuvimos que tomarnos un barco. No saben el miedo que nos dio. El barco era muy viejo y parecía que en cualquier momento se hundía pero por suerte llegamos bien. Eso si, un poco mojados. Entraba agua del piso, de los costados y del techo (¡justo se largo a llover!).

Después de casi dos horas, por suerte, llegamos a la isla. El paisaje era muy sencillo. Calles de tierra, plantaciones de arroz y casas hechas con bambú y hojas del palmeras. Para cocinar prendían fuego con leñas que los nenes juntaban mientras jugaban a correr por ahí. En la Isla Majuli la luz eléctrica es algo nuevo y sólo funciona por algunas horas. No hay televisiones, ni frezzers ni tablets para jugar juegos. ¿Saben qué hace la gente? Charla, se junta a tomar té, juegan a las cartas, caminan, rezan y siguen charlando un poco más. La vida en Majuli es muy distinta a como vivimos nosotros en Buenos Aires.

Pero la isla también tiene algo mágico, y esa es la historia que le queremos contar hoy (o, mejor dicho, la próxima vez que nos veamos). Hace muchos muchos años había un señor llamado Sankardev. Él era poeta, escritor de obras de teatro y músico. Era un artista y estaba muy en contra de las desigualdades sociales. No le parecía bien eso de que unos pocos unos tengan muchos y otros muchos tengan poco. Para él todos tenían que tener los mismos derechos y obligaciones. Para él, que las cosas funcionen por merito solo era correcto cuando todos tenían las mismas condiciones sociales. Sankardev era también muy religioso. En India la mayoría de la población es hinduista y él era, particularmente, muy seguidor del Dios VIshnu. Entonces, un día Sankardev decidió unir sus dos pasiones (las artes y la religión) en un mismo lugar. Fue así que creo la corriente Ekasarana Dharma, una escuela que permite acercarse a Dios a través de la danzas y la música.

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Sankardev empezó a fundar, en la isla de Majuli, satras. Monasterios abiertos para todos los niños y hombres de la isla que querían acercarse a su nueva doctrina religiosa. Los niños comenzaban a vivir en los satras cuando cumplían los seis años. Allí además de tener un lugar dónde dormir y comer, aprendían a leer y escribir, aprendían a hacer música, a bailar e incluso a representar los textos sagrados a partir de danzas contorsionistas. Entonces, ¡la isla se empezó a llenarse de monjes danzarines!

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En la isla llegaron a haber más de sesenta satras. Y en cada uno de ellos, vivían cientos de monjes. Algunos incluso podían casarse y podían elegir cuando y cómo estar en el monasterio. Otros, en cambio, decidían renunciar al mundo exterior y pasar allí toda su vida: rezando, bailando, meditando.

Pero esto fue hace mucho tiempo. Cuando nosotros fuimos sólo quedaban veintidós satras aún en pie y sólo unos pocos abiertos a la comunidad. Así y todo, decidimos quedarnos a dormir en uno de ellos y pasar unos cuantos días con los monjes y los niños que allí estudian. Los vimos bailar, rezar e incluso jugar a la mancha. Los niños eran muy educados y tienen un montón de reglas que cumplir. Por ejemplo, nunca pueden dar la mano a nadie salvo que se hayan lavado las manos en ese mismo momento.

Además de la curiosidad de los satras y de los monjes danzarines, lo más lindo de la isla Majuli fueron los atardeceres y los miles de pájaros que vimos volar por ahí. A un pajarito le dijimos un secreto para que le cuente a ustedes cuando llegue volando a Buenos Aires ¿Lo vieron? Era un pajarito grande como una mano, con un pico rojo y plumas amarillas. ¡Parecía la bandera de España!

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Mientras escribimos esto, los extrañamos mucho más de lo común pero por otro lado nos pone muy contentos seguir recorriendo el mundo. Cada día aprendemos algo nuevo y descubrimos nuevos lugares, dónde la gente vive de un modo muy distinto al que nosotros estamos acostumbrados. Por ejemplo, quien iba a saber que en algún lugar entre India y Myanmar hay una isla mágica habitada por niños monjes danzarines.

Les mandamos un beso y muchos abrazos,

Los tíos viajeros

Recordando Dubrovnik

Explicarle a alguien que uno lleva más de tres años viajando alrededor del mundo, que ya visitamos más de cuarenta países y que planeamos viajar un año más no es algo fácil. Pero si ese alguien, por casualidad, es chino la tarea es tan imposible como limpiar las espinas de un pescado con palitos chinos.

Pero con Drinta fue más fácil. A él también le gusta viajar y al igual que nosotros, sus ambiciones no pasan por el matrimonio y una camioneta 4×4. La conversación venía bien, él preguntaba y nosotros respondíamos. Cada tanto nos quedábamos en silencio contemplando el paisaje. El gran lago Erhai, en la provincia de Yunan al sur de China armonizaba el improvisado encuentro.

¿Y a cuál ciudad volverían? Dijo Drinta.

La pregunta nos desconcertó. En general nos preguntan cómo sostenemos el viaje o cuál es nuestro país favorito. Pero Drinta preguntaba otra cosa ¿A qué ciudad volveríamos?

La mente fue rápida. Empezó a revolver posts, crónicas, encuentros, paisajes, atardeceres.

¡Dubrovnik! ¡Yo volvería a Dubrovnik, en el sur de Croacia!

No sé como Dubrivnik salió tan rápido de mi boca. Habíamos visitado Croacia hace exactamente un año y no había vuelto a pensar en aquel curioso país. Pero el inconsciente me traicionaba y todo indicaba que ahí quería volver.

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Drinta que parecía no saber a que ciudad hacía referencia se quedo mirándome. Esperaba la ampliación o por lo menos los detalles.

“Croacia. Europa. En el mar Adriático.” Nada. No tenia ni idea de que estaba diciendo. Seguí intentando. “Cerca de Italia, se puede ir en barco desde Italia o en cualquier crucero que recorra el Mar Mediterráneo.” “¿Mar Mediterráneo?”. Cuanto ya todo parecía perdido y Drinta parecía no tener ni idea de aquella parte del mapa, se me ocurrió una idea casi milagrosa. “¡Juego de Tronos! Ahí se filmó Juego de Tronos. Drinta, Dubrovnik es Desembarco del Rey”. Y con una leve sonrisa en los labios y con los ojos más achinados que lo común, me dijo que sí. Desembarco del Rey. Sabía de que estábamos hablando.

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Y como quien no quiere la cosa, la charla comenzó a girar en torno a Dubrovik. Le contamos que quedaba al sur de Croacia y que para llegar por tierra, hay que cruzar Bosnia y Herzegovina. Le describimos la ciudad amurallada y las estrechas y laberínticas callejuelas. Los techos de cúpulas y tejas rojas, y los pisos blancos que reflejan el cielo. Las iglesias, las arcadas y los artistas callejeros. Imaginamos juntos el mar azul turquesa contrarrestando con los colores de la ciudad y en el extremo opuesto, la colina de San Sergio. Le contamos de los puestos de suvenires, de la extensa calle Stradun y de los miles de turistas que visitan la ciudad por día. Le contamos de los atardeceres y de los barcitos con vista al mar. La cerveza china tiene mucho que aprender de las cervezas europeas. En el recuerdo caminamos juntos por las murallas y bajamos hasta el puerto, sólo para mojar los pies en el agua. Vimos la ciudad de día y la vimos encenderse a medida que el sol se iba poniendo.

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Le hablamos de la “Bella Ragusa” que tanto enamoraba a Sigmund Freud. Del mestizaje que dejaron los turcos, los eslavos y los italianos en la región. Le presentamos la ex – Yugoslavia y lo desilusionamos al contarle que la ciudad había sido bombardeada por los Serbios.

“Pero tranquilo, Drinta, ahora la ciudad esta como nueva y es una de las más lindas del mundo. Si vas a Dubrivnik no sólo te va a enamorar la ciudad, sino que, además, vas a poder viajar en el tiempo. Y a nosotros, a los que nos gusta viajar alrededor del mundo, viajar en el tiempo es lo que nos apasiona”.

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Info útil

* ¿Qué ver? Si están con ganas de visitar Dubrovnik (o volver, como nosotros) les recomendamos revisar los consejos de los chicos de Imánes de viaje para disfrutar al máximo de la ciudad

* ¿Dónde dormir? Una buena opción es alquilar un departamento cerca de la ciudad amurallada. Les recomendamos revisar las opciones de Wuking. 

Silencio en Nongriat

En Bangladesh, además del conductor en cada colectivo trabajan dos personas más. Uno que cobra boletos y otro que va colgado de la puerta gritando el destino final del colectivo. En un país dónde más del 45% de la población es analfabeta, poner un cartel que indique hacia donde se dirige el colectivo no tendría sentido.

De los tres, ninguno se acordó de avisarnos que nos teníamos que bajar. Sólo un hombre que iba sentado atrás nuestro nos preguntó tímidamente «¿India?» Nos hizo seña de que bajemos y de que volvamos para atrás.

El panorama no era alentador. La calle era puro barro y alrededor nuestro había camiones, grúas y palas mecánicas. Estábamos en medio de una gran cantera a cielo abierto. Emprendimos la marcha preguntando a los obreros «¿India? ¿India?»

Fueron casi tres kilómetros. Llegamos a un kiosco. Era la última oportunidad de cambiar las takas que nos quedaban. Sin pena ni culpa seguimos preguntando «¿India?» Finalmente, adelante nuestro estaba el puesto fronterizo.

Nunca creímos que íbamos a decir algo así, pero dejando atrás Bangladesh, India parecía limpia y ordenada. Incluso más verde, con montañas y cascadas. En el reparto de tierras, Bangladesh salió perdiendo. Pero el idilio duró poco. A nuestro alrededor ya había una cumbre de taxistas ofreciéndonos llevar a algún lado. Apelamos a nuestro mejor recurso, una sonrisa y seguir caminando.

***

Un jeep compartido con capacidad para cinco personas, terminó llevando a once mortales hasta Shillong. La capital de estado de Meghalaya. Los paisajes nos tenían prendidos a la ventanilla. Verde, viento fresco, y extrañamente, poca basura acumulada en las esquinas. Fueron instantes, pero la sensación de que querer estar dónde se está fue inmensa.

El noreste tribal de India es una región remota y que poco tiene que ver con las metrópolis de Delhi o Mumbai. Al noreste de India se lo conoce también como “las siete hermanas”. Son, justamente, siete los estados que componen esta región pero el intento de homogeneizar y unificar es totalmente fallido. Son más de cien los grupos étnicos y tribales que componen la región, sumando más de 40 millones de habitantes en total.

Específicamente en Meghalaya, el grupo dominante son los khasis (emparentados con los khmer) y la religión mayoritaria es el cristianismo. No, no tiene ningún sentido.

***

Cuando nos dijo su nombre, nuestro rostro se iluminó. “Aires, my name is Aires”. La conocimos en otro de esos jeeps con capacidad para pocos pero con lugar para muchos. A diferencia del anterior, ahora se había habilitado, también, el techo.

Aires

Aires

Nos preguntó a dónde íbamos y se puso colorada cuando le dijimos que íbamos a Nongriat. Viajaba con su mamá y con su sobrino. Ellos también iban para ahí.

El jeep comenzó a dejar la ciudad y empezó a adentrarse en las montañas. Caminos cada vez más estrechos y verdes cada vez más intensos. Aires sonreía, conocía este camino de memoria.

En un pueblo de una sola calle asfaltada, el jeep se detiene y nos bajamos las quince personas que viajamos ahí. La mamá de Aires propone almorzar antes de seguir. Porque sabe que ahora viene la peor parte. Para llegar a Nongriat hay que caminar dos horas. Hay que bajar hasta el final del valle y luego subir, el camino son puramente escalones y puentes que cuelgan entre ríos. Quizá no suene tan grave pero con diecisiete kilos en la espalda, cada escalón cuesta el doble. A diferencia de los locales, nosotros aplicamos la técnica occidental: apurarnos, ir rápido. Ellos, en cambio, iban despacio. Escalón por escalón.

A la media hora nosotros ya estábamos todos transpirados. Las rodillas ardían y las piernas temblaban. Aires se reía de nuestro estado y volvió a ofrecer su ayuda para llevarnos la mochilas. Cada escalón que descendíamos no pesaba tanto como la idea de saber que todo esto luego había que volver a subirlo. Pensamos en abandonar. Volvemos al pueblo de una sola calle y quedarnos con la intriga de que era lo que había en Nongriat. Fue ahí cuando la mamá de Aires, decididamente, nos agarró la mano y nos empujó a seguir bajando.

Una hora. Dos horas. Un puente colgante de metal y bambú que temblaba bastante con nuestro peso. Aires levantó el dedo y señaló la montaña. Allá arriba estaba Nongriat. ¿Por qué bajar tanto si después hay que volver a subir?

El pueblo de Nongriat

El pueblo de Nongriat

Los sadhus dicen que si no llegás a pie a donde querés ir, no vas a ver lo que querés encontrar. Y ahí nos alegramos de no haber abandonado el camino. Debajo de último puente colgante, había una catarata de agua turquesa. El agua cristalina dejaba ver todas las piedras de colores que había abajo. Más allá, palmeras, cuevas y piletones formados naturalmente entre las rocas. Alrededor nuestro volaban mariposas de todos los colores y tamaños.

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Sí, Bangladesh salió perdiendo. Estábamos a cuarenta kilómetros de la frontera y los paisajes no tenían nada que ver.

Al final del puente colgante, un cartel nos da la bienvenida al pueblo de Nongriat. Pueblo de veinte familias y dos puestos de comida. Para un lado, las casas y para el otro, los puentes. Esta parte del mapa se hizo famosa solamente por los puentes vivientes formados por raíces. Es algo difícil de explicar y ni los locales saben desde que momento existen. Es la armonía perfecta entre la naturaleza y el hombre. Un acuerdo implícito dónde cada uno da lo que el otro necesita sin perder ese respeto tácito. La naturaleza es poderosa y los puentes vivientes lo demuestran. Acá los puentes no se hacen, se plantan. Al igual que en Angkor Wat el hombre sólo observa el avance de las raíces, pero ahora utilizándolas a su favor.

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Los puentes colgantes de Nongriat

Aires nos ofreció un cuarto en la casa de su hermana. Nos presentó a sus sobrinos y nos llevó a pasear por el pueblo. Nosotros sólo queríamos zambullirnos en la cascada. Darnos una ducha con el agua fría de deshielo y volver a recuperar la temperatura normal de nuestras piernas.

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El sol se fue poniendo y cuando ya no hubo luz, nos enteramos de que en Nongriat había luz eléctrica, pero es una ilusión eterna que nunca funciona. Iluminados por las estrellas y unos relámpagos lejanos subimos a nuestra habitación. Cuando el sol se pone, los niños dejan de jugar y de andar descalzos cazando bichitos. Las mujeres dejan de lavar ropa y los hombres de cortar leña.

Cuando el sol se ponía, comenzaba en silencio la noche. Nongriat estaba en calma. Los músculos agotados por las escalinatas dormían y la ambición descansaba. Y a lo lejos se escuchaba venir una tormenta. Nuestra habitación nos daba la sensación de que no lo iba a resistir. El techo era de bambú y la ventana no cerraba.

Por la ventana veíamos el reflejo de los relámpagos. Eran constantes y explosivos. Quizá por estar en el valle, todo se magnificaba pero nunca vimos tanta luz en el cielo como hasta ahora. Con esos destellos nos fuimos quedando dormidos hasta que el sol volvió a entrar por la ventanas. Todos nuestros días fueron así, entre tormentas eléctricas por la noche y cascadas durante el día. Y así fue que perdimos la cuenta de cuanto días pasamos en Nongriat.

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Curiosidades de Bangladesh

De Bangladesh, poco se sabe. Eso no es novedad. En internet no hay información y la última guía de viajes que se escribió es del año 2012. Los medios no hablan ni lo mencionan, y los turistas trotamundos se olvidaron de su existencia. Posiblemente porque no hay mucho para ver. No hay grandes montañas ni paisajes paradisiacos. Nosotros decidimos aventurarnos. Ver que había del otro lado de la frontera ¿Puede ser verdad qué en un país no haya absolutamente nada para ver?

Si bien es cierto que Bangladesh no es un país fácil para viajar, no nos dejó de sorprender ni un solo día. Seguramente ustedes tampoco tienen mucha idea del país. Decidimos compartirles algunos detalles y curiosidades para acercarles la cultura y la forma de vida bengalí:

1. Pasión argentina

Por alguna extraña razón, no van turistas a Bangladesh. Cada vez que hay un occidental en la calle, todos se asombran y salen a ver de que se trata. Lo curioso es que cuando ese turista es de Argentina, todo se transforma.

No encontramos una explicación certera pero los bangladesíes aman Argentina y a su futbol. Maradona y Messi son los ídolos nacionales. Bueno, Ronaldinho también pero sólo después de Agüero.

Cada vez que conocían nuestra nacionalidad, las calles eran una fiesta. Pero las pasiones y los extremos no siempre son positivos. En medio del fervor blanquiceleste en época del mundial varios grupos de vecinos se enfrentaron (ya que algunos hinchaban por Brasil) y seis personas se suicidaron cuando Argentina perdió la final.

Curiosidades - Bangladesh -62. Restaurantes separados para hombres y mujeres

El 90% de la población bangladesí son musulmanes. Algunos más ortodoxos que otros. Debido a la ley islámica la mayoría de las mujeres usan velo o burka. Razón por la cual algunos de los restaurantes y cafeterías ofrecen un salón separado que es sólo para ellas. Allí las mujeres pueden quitarse el velo y comer tranquilas, sabiendo que ningún hombre las va a mirar. Por otro lado, no todos los hombres se sienten cómodos teniendo mujeres cerca por lo cual, esta parece ser la mejor manera de resolver las cuestiones de genero.

En nuestro caso, también tuvimos que adecuarnos a la costumbre local. Si bien no nos hicieron sentar separados siempre nos envían a una mesa apartada, dentro de una especie de habitación y corrían unas cortinas para que nadie nos vea comiendo.

3. Superpoblación

Hace un par de años, Bangladesh se ganó el titulo de ser el país más densamente poblado del mundo (si se cuentan países con una extensión considerable) con un promedio de 1.140 habitantes por km².

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Y la superpoblación se ve y se siente en todo momento: en las calles, en los transportes públicos, en las boleterías de las estaciones de trenes, en los restaurantes y en los alojamientos (siempre están llenos).

Por su puesto, las condiciones no están dadas para albergan a tantos habitantes. Como suele pasar en esta parte del mundo, la superpoblación condiciona la forma de vida. Es así que las nociones de espacio y respeto se van perdiendo. Un asiento con capacidad para tres personas, alberga a diez y la una fila puede convertirse en una batalla campal si uno de defiende a rajatabla su lugar cerca de la ventanilla.

Tal es así, que nos toco viajar compartiendo el asiento con familias enteras o cargando bebes ajenos en los trayectos de tren.

Nosotros teníamos el asiento + ellos tenían el pibe = Bebé a upa durante todo el viaje.

¡Cosas que pasan!

4. Medio de transporte: humano

Bangladesh es un país al que el progreso no ha llegado. Muchos rutas nacionales aún son caminos de tierra y muchas acciones cotidianas se siguen haciendo a la vieja usanza. No nos referimos sólo al trabajo de la tierra y de los campos, sino también al transporte de mercaderías.

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En Dhaka era constante ver pasar carretas cargadas de animales, cables, verduras o telas de algodón impulsadas simplemente por un tipo flaco y transpirado. También son curiosos los ricksha. Son triciclos impulsados por un hombre y sirven para transportar mercaderías o personas.

Curiosidades - Bangladesh -15. Hacete la tintura, con henna

Los hombres son coquetos y son pocos los que lucen sus canas sin pudor. La mayoría de los bangladesíes se hace la tintura. Pero no utilizan los métodos que habituamos en occidentes. Como tinte utilizan henna. Al principio queda de un tono castaño oscuro pero con los lavados comienza a aclararse y queda naranja.

La mayoría andan con el pelo y la barba color zanahorias. No importa lo ridículo, mejor naranja que canoso.

Curiosidades - Bangladesh -26. Hospitalidad por doquier

Podrán decir que no hay nada interesante para ver en Bangladesh, puede ser verdad. No hay grandes edificios ni preciosos atardeceres, pero lo que si hay son miles de millones de habitantes. Ese es el encanto del país.

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Curiosidades - Bangladesh -5En pueblo bengalí es uno de los más hospitalarios que conocimos. Respetuosos, sinceros y dispuestos a ayudarnos desinteresadamente. Más de un señor se emociono de vernos, y más de una mujer sonrió tímidamente bajo su burka.

Fueron muchos los que nos invitaron un té y quienes nos anotaron su número de teléfono “por las dudas, si necesitábamos algo”.

La mayoría de los medios se esfuerzan en humillar y denigrar al pueblo musulmán. Los bangladesíes, demostraron todo lo contrario. Curiosamente, uno de los pueblos más hospitalarios.

7. Dos Chá por favor

El Chá es la bebida nacional. Compite cabeza a cabeza con el chai indio. A diferencia del brebaje de India, el Chá no tiene massala ni semillas de cardamomo. Se trata de un poquito de té negro mezclado con mucha leche condesada y azúcar. Se sirve, solamente, media tacita. Más sería imposible, es demasiado dulce. Se toma a toda hora y en todo lugar. Como siempre, los más sabrosos son los que se consiguen en los puestitos callejeros.

Curiosidades - Bangladesh -98. ¿Dónde hay una farmacia?

No entendimos bien por qué y nadie supo explicarnos, pero en Bangladesh hay más farmacias que cualquier otro negocio.

Suelen estar una al lado de la hora, y en cien metros cuadrados llegamos a contar 12 farmacias distintas. Todas vendiendo los mismos medicamentos y abiertas al publico general. No sabemos si se trata de un pueblo hipocondriaco o de un rubro que realmente deja ganancias, pero si vienen a Bangladesh no se preocupen por los medicamentos. Seguro van a conseguir.

9. ¿Escupen sangre?

Al igual que a los indios, a los bangladesís les encanta mascar paan. Se trata de una nuez mezclada con tabaco y cal, y envueltas en hojas de Betel. Lo mascan a toda hora y en todo lugar. El problema es que luego de mascar durante un rato, el paan comienza a generar más saliva de la habitual. Esta se torna de un color rojizo y deben escupirla.

Las calles e inexistentes veredas se llenan de escupitajos. Ese no es el problema, sino que uno no sabe si trata de sangre, saliva o algún otro elemento asqueroso.

Además de los escupitajos, el consumo de paan deteriora los dientes y labios de quienes lo consumen. Cuan Dráculas asiáticos todos andan con los dientes rojos y carcomidos.

10. Orgullo nacional

En Bangladesh el mayor orgullo es Bangladesh. Su lengua, el bengalí, fue el motor de su independencia de Pakistán. El país no tiene más de cuarenta años pero el nacionalismo caló hondo.

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No conocimos una sola persona que no sienta orgullosa y enamorada de su tierra. Y eso, es un valor muy lindo y poco habitual. Defienden sus fronteras, su cultura y sus derechos. Lo único que no entienden es por qué no van los turistas.

Made in Bangladesh

Llueve en Bangladesh. Llueve como nunca. Rayos, viento, truenos, chapas y toldos vuelan por el aire. Hace exactamente siete días que empezó a llover y no volvió a parar. Al principio fue divertido. Hacía semanas (incluso meses) que no veíamos llover. La tierra ya estaba seca y agrietada, las plantaciones de arroz estaban vacías y el polvo de la calle esperaba una buena lluvia para aplacarse. El olor de tierra mojada fue un alivio al calor agobiante. Ese día se abrieron todas las ventanas y el fresco entró a todas las casas.

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Todos suponíamos que era una lluvia temporal, a destiempo. Un paréntesis antes de que comience el verano. Faltan dos meses para que empiece el monzón, la época de lluvias. Pero no, hace siete días que no para de llover. Las expresiones de alegría comenzaron a transformarse en desesperación. Parece que este año va a llover mucho.

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Nosotros no deberíamos estar acá. A está altura deberíamos estar en India, en los Estados del Noreste pero seguimos esperando que la lluvia pare. Cada día es peor. Llueve más, el agua comienza a acumularse y los caminos de tierras se hacen más intransitables que lo habitual. Cada noche nos vamos a dormir con la esperanza de que a la mañana siguiente ya no habrá lluvia, pero amanecemos con un cielo gris y húmedo.

Quizá para de llover durante media hora, ahí las calles vuelven a superpoblarse pero de a poco el cielo comienza a ponerse negro y las miradas de tristeza vuelven a reflotar en los rostros de los bangladesíes.

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“¡El país se está hundiendo!” dijo Farhad, el dueño del puesto de té que está en la esquina de nuestro hotel, en la ciudad de Sylhet. La ciudad en la nos quedamos varados. Solemos ir a su local todas las tarde. Ya sabe que queremos: un chá (té con leche condensada y azúcar) y dos torta fritas para cada uno.

Según él, él es un businessman, un hombre de negocios. Para nosotros es el tipo que atiende el puestito de la esquina desde hace más de cuarenta años, cuando esto era Pakistán del Este. Quizá esa es la razón por la que habla tan bien inglés: fue un hijo de la colonia. Cada vez que se acuerda que somos de Argentina se pone contento y nos da un torta frita de regalo. Supongo que él también saboreó con un gustito extra el gol de Maradona a los ingleses. Pero esta tarde Farhad no está contento. Se agarra la cabeza y recita párrafos del Corán mirando el cielo. ¡El país se está hundiendo! Y son sus ojos los que se hunden en lagrimas.

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Bangledesh se ubica en la desembocadura del río Ganges y del río Brahmapruta, conformando el delta más extenso del mundo. En total hay más de sesenta ríos y riachos. Condición por la cual el país más densamente poblado (1140 habitantes por km²) convive en una superficie con demasiada actividad hidráulica y constante riesgo de inundación. El terreno es pantanoso y fértil pero desgraciadamente se encuentra a más de diez metros por debajo del nivel del mar. Razón por la cual si el mar sube, al menos un metro, más de la mitad del territorio quedaría abajo del agua. Pero el mar no es el único enemigo. Con el recalentamiento global y los cambios climáticos cada año los ríos que bajan del Himalaya llegan más caudalosos. El suelo tampoco absorbe lo suficiente: los bosques y selvas están siendo deforestados. Pero la naturaleza no tiene la culpa de esto, el hombre da lugar a que todos estos desastres ocurran.

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Cuando estuvimos en Chittagong, días atrás, el tema sobre las inundaciones y el cambio climático salió a la luz. Ese día había llovido bastante fuerte. Allí nos encontramos con Niaj, el joven musulmán que nos estaba alojando en su casa. Le comentamos nuestra extrañeza con respecto a las lluvias y el nos retrucó con su preocupación al respecto. “Y esto no es nada”- dijo mirando por la ventana- “… del Himalaya cada vez está viniendo más agua e India, India…” cerrando el puño y apretando bien la mandíbula. Suponemos que dejó de hablar porque se dio cuenta que nosotros en cierto modo éramos dos extraños y que aún no sabía de que lado de la vereda estábamos parados.

“Si, las políticas indias son muy malas y las relaciones con los países limítrofes están cada vez peor” dijimos dándole el pie para que nos cuente más. Se tomó unos segundos en hablar, miró alrededor para asegurarse de que no haya nadie más y con una mirada cómplice nos preguntó “¿Saben lo de Farakka, no?”

Son instantes pero parecen eternos. La memoria empieza a resolver cajones, a recordar datos de los periódicos, carteles de propaganda política, especies de animales en extinción, incluso buscá en los libros sobre la independencia del país. Farakka, Farakka. Nada. No había nada con que asociarlo.

– No, la verdad no. ¿Quién es?

– ¿Quién es? ¿Quién es? ¿Cómo? – decía Niaj cada vez enojado-. Qué es sería es en todo caso la pregunta. ¿Cómo no se sabe de esto? ¿Es qué los medios internaciones no dicen nada del conflicto?

Con un poco de culpa y de vergüenza tuvimos que decirle que no. Que, al menos nosotros, no teníamos ni idea de quién o qué es Farakka. Los medios de comunicación tampoco levantan notas sobre Bangladesh y somos muchos los que aún dudamos si Bangladesh se trata de un país, de una provincia lejana o de una isla del Caribe.

Mientras conocemos los pormenores de la familia real española o los detalles amorosos de la vida de Donald Trump, desconocemos por completo la realidad de países como Bangladesh. La última y una de las pocas noticias que se publicaron se refiere al derrumbamiento de una fabrica textil. Centenas de trabajadores quedaron atrapados bajo los escombros. Algunos sobrevivientes denunciaron que se quejaron con sus superiores ya que las paredes se estaban agrietando. Estos, en vez de abrir las puertas, cerraron con candado. En unas pocas horas, el edificio se derrumbo por completo. La mayoría de las victimas fueron mujeres y sus hijos. La noticia fue famosa ya que todas las fabricas del país son talleres de empresas internacionales: H&M, Zara, Declathon, Old Navy, Adidas, Nike, entre otras.

La mano de obra barata y los pocos impuestos son algunos de los beneficios que gozan las empresas internacionales que acá se instalan. Luego del derrumbamiento del edificio, algunas ONG’s e incluso la ONU comenzaron a poner el foco en las condiciones de esclavitud en las que millones de bangladesíes trabajan. Al día de hoy, no hubo grandes cambios ni mejoras. Si queda alguna duda, basta revisar la etiqueta de alguna remera y ahí se lee “Made In Bangladesh”. Lo poco que conocemos del país.

Con más intriga que otra cosa le preguntamos a Niaj sobre el conflicto de/con Farakka. Nuevamente se tomó su tiempo, supongo que para organizar la información en su cabeza. Comenzó hablando del orgullo que para él supone ser de Bangladesh, de la poca fama de su país y de la hospitalidad de sus habitantes. Nos contó también que a él le encanta viajar, que tuvo la suerte de conocer algunos países de Asia y Europa pero que nunca visitó India. Nunca le otorgaron la visa, ni a él ni a otros tantos bangladesíes que quieren cruzan para, al menos, visitar a su familia. Él responsabiliza de esto a la historia de ambos países y la inestable situación política de los últimos años. Ahí fue cuando Farakka volvió al ruedo de la conversación.

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En términos porteños, Farakka es una guachada[1]. Se trata de una gran represa que construyó India a menos de cincuenta kilómetros de la frontera con Bangladesh. La represa controla buena parte del agua de río que entra al país. Los indios, ni lentos ni perezosos, tomaron la costumbre de cerrar el paso de agua en la época seca, dejando así buena parte de Bangladesh sin agua. Los ríos se secan, los arrozales se vacían y las vacas se ponen flacas. Pero cuando comienza la época de lluvias y deshielos, el agua comienza a acumularse en la represa y empieza a ser un problema. Es recién ahí cuando la abren y el agua entra como torbellino en el país vecino. Causando nuevas y graves inundaciones.

Niaj está indignado y tiene razones. Farhad está preocupado y tiene motivos. Bangladesh, el país más densamente poblado está en peligro de extinción. Si el cambio climático sigue avanzando, Bangladesh podría convertirse en el primer país en la historia que desaparece por cuestiones ambientales. Si este año, la lluvia no pará buena parte de la población podría perder lo poco que tiene.

India, por las dudas, se está preparando. Toda la zona fronteriza está siendo cercada. Si sigue lloviendo, los bangladesíes deberán abandonar su tierra. ¿Seremos testigos de uno de los mayores éxodos en cuanto al número de personas?

Bangladesh-3No merece la pena ser fatalista ni adelantarse en el tiempo, pero saber que Bangladesh está en peligro de extensión no es una sensación amena. Por suerte, siempre nos van a quedar de recuerdo las etiquetas de nuestras remeras de H&M. Ahí si se va a seguir leyendo fuerte y claro “MADE IN BANGLADESH” aunque el país se esté hundiendo.

[1] Acción mala y desleal.