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Consejos para cuidar tu salud en India

Seguimos brindando información útil para todos aquellos viajeros y aventurados que quieren conocer India. La última vez les compartimos algunos de los consejos que nos hubiese gustado oír antes de visitar India por primera vez (allá en el año 2013). Días atrás, también, publicamos una serie de consejos y recomendaciones especificas para mujeres que están por viajar a India. Somos conscientes de que no todo se puede prever y que la suerte y el destino tienen su porcentaje de actuación, pero creemos que a la suerte hay que ayudarla. De ahí, estos consejos.

Pero muchas preguntas que nos llegan son sobre la salud, el cuidado y la higiene en India. No hay dudas sobre la variada geografía del país, tampoco sobre la superpoblación (de personas, de insectos y de roedores), el hacinamiento constante y la polución de las grandes ciudad. Las condiciones no son para nada las mejores. En el norte uno puede sufrir mal de altura y en el sur dengue o diarrea. No queremos ser alarmistas pero en India uno tiene que tener cuidado y estar con las defensas altas. Cómo dicen, mejor prevenir que curar. Dudamos que alguien quiera tener una mala experiencia en sus viajes por eso somos conscientes de que siempre hay que tener ciertos cuidados.

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Antes de viajar

Antes de salir de viaje, en general, solemos visitar el departamento de Medicina del viajero. Sea en un hospital público o en una clínica privada, la mayoría de las ciudades cuentan con asesoramiento para viajes.

Son consultas cortas. En base al itinerario del viaje, la época del año y a la historia clínica de cada uno se recomiendan ciertas vacunas, cuidados, y medicamentos complementarios. No es una visita obligatoria pero si sirve para aclarar dudas y tomas las precauciones necesarias según la zona que visitemos.

Vacunas

Cualquier sudamericano que quiera visitar India debe presentar un comprobante de vacunación de la fiebre amarilla (ya que tenemos el riesgo de ser portadores). En general, lo suelen pedir a la hora de tramitar la visa pero a nosotros nos lo han pedido, también, en el aeropuerto antes de ingresar al país.

Luego, podemos darnos más vacunas pero ya es a modo de prevención y queda en cada quien aplicárselas. En nuestro caso, las vacunas que nos recomendaron fueron:

  1. Polio (refuerzo)
  2. Hepatitis A y B (refuerzo)
  3. Antitetánica (refuerzo)
  4. Rubeóla
  5. Rabia
  6. Difteria
  7. Encefalitis japonesa (no se consigue en Argentina)

También se recomienda vacunarse contra la varicela, meningitis y tuberculosis.

Botiquín

Además de las vacunas necesarias en Medicina del viajero nos indicaron cómo preparar un buen botiquín. En términos generales es importante llevar analgésicos, antibióticos de amplio espectro, antiespasmódicos, antihistamínicos, antidiarreicos, descongestivos y elementos de primeros auxilios (Pervinox, apósitos, vendas, etc.).

En nuestra experiencia, llevamos un botiquín muy grande y fue inútil. La mayoría de los remedios se nos vencieron y no nos enfermamos ni para usar una tableta completa de ibuprofeno. Además, las pocas veces que no nos sentimos bien asistimos al médico ya que no nos gusta automedicarnos. En el hospital nos dieron todos los medicamentos que nos recetaron por lo cual tampoco tuvimos posibilidad de usar los que ya teníamos.

Una sola vez tuvimos que comprar unas gotas humectantes para los ojos y fuimos directamente a la farmacia. Con un mínimo de inglés pudimos hacernos entender. Nadie nos pidió receta ni prescripción medica.

En caso de que necesiten medicación crónica quizá si es importante que viajen con la receta y con el nombre de la medicación en inglés.

Seguro médico

Es el dilema de muchos viajeros. Nosotros somos de los que prefieren prevenir que curar. Quizá por ser clásicos, por ya estar un poco viejos o por lo que fuere pero siempre que visitamos India lo hicimos con un seguro médico ya contratado.

Por suerte, pocas veces lo utilizamos pero siempre fue muy cumplidor. Brindándonos la atención médica y las medicinas recetas sin la necesidad de tener que pagar (o devolviéndonos la plata contra reembolso).

En nuestros últimos viajes al país contamos con la cobertura de ASEGURA TU VIAJE. Les recomendamos que coticen con ellos que tipo de cobertura les conviene más en base a su tiempo de viaje e itinerario.

Enfermedades y problemas comunes

Una persona pesimista podría decir que todas las enfermedades y problemas son comunes en India. Es cierto, no es un país desarrollado y muchas personas aún viven en condiciones indignas. Pero si tenemos que decir rápido cuales son los principales riesgos a los que se exponen los viajeros, podríamos decir:

I. Diarrea del viajero

El 90% de los viajeros que visitan India son presos de la diarrea. Sea más leve, más larga, con más o menos dolor de panza, más de una vez sentimos que nuestro cuerpo no nos pertenecía y tuvimos que correr al baño (aunque sea al feo y maloliente baño del tren).

Por más que uno tome precauciones, la comida de por si es tan distinta que el cuerpo tiene que reaccionar de algún modo. Además a eso se suma las pocas condiciones de higiene de los restaurantes y puestos de comida.

El mayor riesgo de la diarrea es la posible deshidratación que puede venir después. Es importante tomar mucho agua y consultar al médico si la diarrea es frecuente. Quizá puede tratarse de parásitos, bacterias o como nos pasó a nosotros, y devenir en una fuerte infección urinaria.

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II. Malaria y dengue

Si bien en muchas regiones de India ya no hay riesgo de malaria, hay zonas dónde aún se registran casos. Con el dengue pasa lo mismo.

Para la malaria se puede tomar medicación pero en nuestro que queríamos viajar más de seis meses continuos por el país, era demasiada medicación con demasiados riesgos secundarios.

Decidimos matas dos pájaros mosquitos de un tiro y confiar en el repelente de mosquitos. Si los mosquitos no pican, no hay riesgos de malaria ni de dengue.

Lo ideal es ponerse repelente al menos dos veces por día (sobre todo en el amanecer y atardecer). Por las dudas, nosotros también le echamos a la ropa. Siempre utilizamos repelente con DEET de al menos 15% y procuramos dormir con mosquitero y/o ventilador.

El mosquitero y el repelente también sirve para espantar otros insectos como las famosas chinches que viven en el colchones y en los asientos de los autobuses.

III. Problemas respiratorios

En las grandes ciudades, la polución no es un problema menor. Además del smog se junta el polvo y la tierra acumulados más las montañas de basura que están ahí desde hace años.

India huele mal y no es recomendable tragarse todo el polvo y mierda que flota en el aire. Personas con problemas respiratorios y/o alérgicos tienen que tener cuidado en las grandes ciudades.

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IV. Infecciones

Las hay de todo tipo y están a la orden del día. Nada mejor que generar los propios anticuerpos.

Ante el primer sintoma de fiebre, les recomendamos que estén alerta y no se dejen estar.

V. Rabia

No sólo los perros tienen rabia, India está llena de monos. Los hay más salvajes o más agresivos. En general suelen tener muy poco miedo de los humanos y están dispuestos a robar tus galletitas, botellas de agua o anteojos de sol. El mayor problema de los monos en India son las mordeduras. Muchos tienen rabia y no dudan mucho a la hora de pegar un mordiscón. ¡Tengan cuidado!

Consejos

I. Comer en lugares concurridos

El primer y gran consejo es comer donde haya gente. Muchos restaurantes turísticos suelen estar vacíos. Lo mejor es ir donde la comida circule, de esa forma nos aseguramos de que es fresca.

II. Siempre agua embotellada

Lo mejor es tratar de evitar el agua de la canilla. Sobre todo en las grandes ciudades. Siempre es recomendable comprar agua embotellada. Algunas ciudades tienen agua potable y muchas casas tienen filtros, lo que es una buena opción. El método de hervir o utiizar pastillas potabilizadoras siempre funciona.

Muchos optan incluso por lavarse los dientes con agua embotellada, nosotros no lo creemos tan necesario.

III. Verduras frescas y cocidas

Las ensaladas son complicadas en India. Nosotros solemos evitarlas a menos que sea un lugar de confianza, o hayamos lavado nosotros mismos las verduras.

Incluso con la fruta solemos tenes cuidado. En general, si compramos frutas, tratamos de que sea lo más fresca posible y la pelamos nosotros. Previo lavado con agua.

IV. Sentido común

Podríamos extendernos demasiado dando consejos. Cuidado con los fritos, con el picante, cuidado al cruzar la calle, cuidado con el agua del Rio Ganges, etc. No queremos ser pesados ni alarmista. Creemos que el mejor consejos que podemos darles es pedirles que sean sensatos y que tengan sentido común.

Si un restaurant/hospital/alojamiento/persona no les genera confianza, retírense. En India lo más importante es ser intuitivo. Para cuidar la salud, también hay que serlo. Saber escuchar. Si sienten que algo no va bien, no esperen a ver que pasa. Consulten.

***

Esperamos no haberlos asustado y que tengan una buena experiencia en India. Quizá los primeros días sean más difíciles pero con tiempo y paciencia, uno termina adaptándose al caos, al picante y al misticismo. ¡Buen viaje!

Perdidos en Dhaka

Quilombo:
1. Expresión rioplatense. Situación en la que predomina el desorden y el ruido.
2. Situación o asunto confuso, problemático o difícil de resolver.

Siendo el país más densamente poblado Bangladesh es, también, uno de los menos visitados. Nadie viene, ni por curiosidad ni por algún interés en particular.

El primero en sorprenderse fue quien nos recibió los papeles para tramitar la visa. Si bien en el consultado de Bangladesh de Calcuta había una ventanilla para extranjeros el nuevo uso que le habían dado daba a entender que hacía muchos meses que ningún turistas se asomaba por ahí.

Luego, cada uno de los pasajeros que nos veían embarcar en el famoso Matress express que une Dhaka – Kolkata en unas largas e incómodas doce horas nos miraban sorprendidos y nos preguntaban si realmente estábamos yendo a Bangladesh o nos habíamos confundido de andén. Generando sorpresa en los desconocidos llegamos a Bangladesh.

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***

Esa mañana, como todas las mañanas, nos levantamos sin despertador. Esa mañana, como todas las mañanas del viaje, nos (me) tomó diez segundo darnos cuenta en dónde estábamos. A veces cuesta más, a veces menos, pero todas las mañanas tenemos que reconocer en que país, en que ciudad, en que casa o habitación de hotel pasamos la noche. Esa mañana fue fácil, quizá por el olor a café que llegaba de la cocina.

Estábamos en la casa de M. Un danés que vive temporalmente acá y que trabaja en la Embajada de Dinamarca en Dhaka. Llegamos a su casa gracias a Couchsurfing.

Esa mañana tuve la extraña sensación de que alguien me había dejado una tarjeta con una consigna en el sillón que use como mesa de luz. La tarjeta invisible decía algo así como “ver todo como si fuese la primera vez”. Me levanté pensado en esa frase y fue el tema de conversación del desayuno. ¿Podría Bangladesh sorprendernos? ¿O sería solo una extensión más de India con un estilo más musulmán?

Ansiosos por conocer una de las capitales más caóticas del mundo salimos del barrio residencial de los diplomáticos. La noche anterior habíamos llegado muy tarde y no habíamos visto más que una pizzería 24 horas que ofició de cena y de punto de encuentro con M.

Bastó caminar doscientos metros para que el paisaje cambie por completo. No teníamos muy claro a dónde ir ni cómo. M. tampoco nos pudo ayudar mucho ya que tenía restringidas sus salidas por la ciudad salvo que vaya acompañado por personal de seguridad por lo cual nunca fue más lejos de la embajada y del supermercado. Tampoco contábamos con consejos o información para conocer Dhaka. Ningún viajero viene y la última guía de viaje se publicó en el año 2012.

Sabíamos que queríamos ir a la parte vieja de la ciudad. Dónde están los mercados, bazares y el río Buriganga. Referirse a esa zona como “Old Dhaka” fue nuestro primer error. Tan absurdo como que un turista nos pregunte en Buenos Aires cuál es el mejor camino para llegar a Flowers o a Eleven. Nadie tenia idea de a dónde queríamos ir. Unos decían que tal autobús iba, otros opinaban que mejor era tomarse un CNG (moto taxi de color verde y que funciona con GNC), los ricksha (bicicletas con carros coloridos que funcionan a energía humana) también nos querían llevar. Todos intentaban ayudarnos pero nadie sabia a dónde queríamos ir. Finalmente, un joven musulmán pareció comprendernos y nos dijo que nos tomemos el autobús número seis. Lo que no nos dijo fue que los autobuses tienen los números anotados en bengalí. La gente comenzaba a rodearnos y a inspeccionarnos cuan ratas de laboratorio. ¿Seríamos los primeros occidentales que veían? Con respeto preguntaban nuestro país y con un abrazo celebraban “Messi, Maradona, Argentina”. No lo podían creer. Nosotros tampoco.

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El semáforo, que no es un semáforo sino un policía con un bastón verde, liberó el trafico y los autobuses volvieron a pasar. Sin frenar del todo, hacían señas de que subamos. ¡Pero si no sabían a dónde queríamos ir! Uno de los que estaban en la parada esperando hizo señas de que ese sí iba. Quizá era el autobús número seis. Subimos y una vez más, las miradas se centraron en nosotros. Las miradas humanas y de todos los insectos que habitaban los asientos. Los autobuses son latas de metal, chocadas, podridas y con vidrios rotos. Normas ISO, seguridad e higiene, VTV, esas son cosas del siglo XXI. En esta parte del mundo se habita otro tiempo, pero así y todo las cosas funcionan.

Teníamos que hacer unos diez kilómetros, media hora más o menos, o eso figuraba en Google Maps. Tardamos dos horas. Quienes relevaron el mapa de Dhaka no vinieron a la ciudad. El transito era imposible. Ni siquiera es que había mucho trafico o un embotellamiento. Nada de eso. Era estar completamente detenidos, a unos escasos centímetros del siguiente vehículo y chocando constantemente. Cuatro veces chocamos al de adelante, tres nos chocaron de costado y perdimos el paragolpes al quinto choque de atrás. Pensamos que hasta que no tuviéramos hijos no íbamos a volver a jugar a los autitos chocadores, pero no. En Bangladesh volvimos a hacerlo.

“Messi, Maradona, Argentina” y la voz se iba corriendo de asiento a asiento. También lo comentaba el chofer del autobús de al lado y el pibe que vendía pochoclos y agua fría.

Un joven, un poco más chico que nosotros y que no sabemos de dónde salió o en que momento se sentó al lado nuestro, nos preguntó a dónde íbamos. Dijo que debíamos bajar e hizo señas de que lo sigamos. Su inglés era mínimo pero mucho mejor que nuestro Bengalí (o Bangla, como llaman ellos a su idioma). Seguirlo, parecía ser la única oportunidad de alcanzar la parte vieja de la ciudad y ver el río, un brazo del Ganges.

Empezamos a caminar. Cruzar las calles cada vez era más arriesgado. Acá ya no estaba el policía con el palo verde que regulaba un poco el caos, acá era un pacto de vida suicida. Cerrando los ojos, cruzamos casi corriendo y esquivando todo tipo de transporte a energía humana. Carretas para los sacos de arroz, carretillas para la ropa y jaulas de metal enganchadas a una bicicleta para los niños que van al colegio. No nos daban los ojos, las neuronas, la click de la cámara ni el tiempo para ver todo lo que alrededor nuestro pasaba. Mientras tanto nuestro guía de turno nos seguía conduciendo por más y más callejones y callejuelas. No nos decía mucho, salvo preguntarnos si queríamos comer. Cruzamos un puente bajo el cual buscaban un poco de sombra caballos, cabras y trabajadores. Cruzamos mezquitas y muchas muchas muchas personas. El calor también era agobiante.

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Pasaron veinte minutos y seguíamos cruzando la ciudad a pie, metiéndonos cada vez en calles más angostas. ¿Teníamos miedo? Increíblemente no. Un extraño nos estaba conduciendo por lugares impensables en una ciudad musulmana y caótica pero no teníamos miedo. Y si lo teníamos tampoco podíamos hacer mucho. ¿Correr? No sabíamos ni para dónde. ¿Gritar? Nadie nos iba a escuchar ni a entender.

Paramos a almorzar. Paramos a comprar agua y seguimos. El chico cada vez estaba más apurado y caminaba más rápido. Finalmente el olor anunció que estábamos cerca.

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Hay instantes de sorpresa que cuesta describir. Uno fue llegar trepando a la Muralla China y alcanzar toda su extensión en una primer mirada, otro fue este: llegar al río Buriganga. Corazón de Dhaka. El río era negro, de aguas espesas y malolientes y sobre él y sobre sus orillas todo un mundo tenia lugar. Barcos oxidados, pequeños botes de madera que transportaban más de cincuenta pasajeros de pie, cabras, personas transportando frutas en su cabeza, vendiendo arroz con pollo, pescando, mendigos pidiendo, musulmanes asistiendo a la llamada de la mezquita, mujeres con velo, y todos mirándonos. Una verdadera vorágine. La gente quería pasar y tuvimos que movernos. A una esquina, a otra, cruzar la calle, volver. Cada metro cuadrado libre pronto se ocupaba. No había lugar para estar ni de pie mirando todo lo que pasaba.

El muchacho se despidió y nos pidió nuestra dirección postal. Le dijimos que más fácil era mantener contacto por Facebook o por mail pero nos miró extrañado. No sabía de que estábamos hablando.

Nuestro improvisado guía

Nuestro improvisado guía

Empezamos a caminar sin rumbo. No teníamos ni la menor idea de cómo volver. Agarramos un callejón, luego otro. A cada persona que le preguntábamos nos mandaba en una dirección distinta. Cruzamos un mercado de sandías y uno de velos negros para mujeres musulmanas. “–Which Country? –Selfie? –Messi, Maradona, Argentina!”. Luego entendimos que Selfie significaba que nosotros le saquemos una foto a ellos y que el 80% de la población hincha por Argentina en el mundial. La nacionalidad fue nuestra mejor herramienta para conocer Bangladesh.

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Caminábamos sin sentidos. Aceptábamos invitaciones a sentarnos en los negocios y seguíamos invocando a Messi y Maradona y seguíamos sacando selfies. Ya no podíamos más.

Finalmente, cuando parecíamos haber encontrado el camino que nos acercaba al punto en el cual nos habíamos bajado del colectivo empezamos a escuchar varios silbatos atrás nuestro. Era la policía y nos hizo señales de que entremos a la garita. ¿Qué más podía pasar? Ya habíamos pisado mierda, ya nos habíamos resbalado más de dos veces caminando por las rotas e inexistentes veredas, ya no teníamos batería en la cámara ni más ganás de “Messi, Maradona, Argentina”.

Pensamos que habíamos cruzado mal la caótica calle, que andábamos muy ligeros de ropa o que los policías querían revisar nuestro pasaporte y nuestra visa. Pero no, ellos también querían su selfie, invitarnos un té y rememorar juntos el gol de Maradona a los inglés. Nosotros sólo queríamos una cosa: volver, bañarnos y sacarnos toda la transpiración. La propia y la ajena.

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¿Quién nos mandó venir a Bangladesh? ¿Por qué no hicimos como el 99,9% de los viajeros que recorren Asia sin adentrarse en este país? ¿No bastaba con un documental del Discovery Channel? Con todo ese barullo de pensamientos seguíamos buscando la parada de colectivos.

Un hombre de barba naranja y no menos de setenta años nos agarra del hombro y nos pregunta el nombre de nuestro país. Sonríe dejando al descubierto el espacio vacío entre sus rojos y podridos dientes. Con expresión de jubilo nos dice “Gracias por visitar mi país, Bangladesh”, llevándose una mano al corazón. Y ahí nos dimos cuenta de que sí, de que vale la pena ser ese 0,01% que visita el país más allá de las para nada cómodas condiciones.

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Guía de las Islas Andamán

Última actualización 27/03/2016

Introducción

Las Islas Andamán y Nicobar son un archipiélago ubicado en el Golfo de Bengala, en el corazón del Mar de Andamán. Están compuestas más por de 200 islas e islotes y son parte del cordón montañoso que recorre desde Indonesia hasta Birmania pero políticamente son parte de India.

Que sean territorio indio es sólo una cuestión circunstancial. Si bien las islas estuvieron desde siempre poblabas por grupos tribales fueron los ingleses quienes las re-descubrieron en la época de la East Indian Company (Compañía Británica de las Indias Orientales). Fueron utilizadas como centro de prisión y detención, siendo la Siberia de la colonia inglesa.

Hoy la población autóctona de las islas está aislada del contacto con los turistas y con un fuerte peligro de extinción. El resto de las islas fue poblado con refugiados de la guerra civil que aconteció a la par de la Independencia de India. Por lo cual, la mayoría de los habitantes son bengalíes, tamiles y bangladesíes.

Más allá de estas cuestiones políticas e introductorias, las Islas Andamán son un verdadero paraíso aún por descubrir.

¿Cómo llegar?

Dado que se trata de unas islas separadas por más de 1.000 kilómetros del continente indio sólo hay dos modos de llegar: avión o barco.

Avión

Sólo llegan vuelos domésticos por lo cual sólo se puede volar desde India. La mayoría de las grandes ciudad tienen vuelos directos a Port Blair. Lo más barato y accesible es volar desde Calcuta o Chennai desde sólo se demora dos horas en llegar.

Con cuanta más anticipación se saquen los vuelos, más baratos son. También el precio varia según la época del año. Alguna de las compañías que operan son IndiGo, Spice Jet y Air India.

Barco

No es un trayecto corto, no es fácil conseguir boletos, y no es lo más limpio y prolijo del mundo pero llegar en barco a las Islas Andamán es una experiencia única e inolvidable (o, al menos, lo fue para nosotros).

Porto Blair, la ciudad capital de las islas está conectada marítimamente con tres ciudades: Chennai (Tamil Nadu), Vizag (Andhra Pradesh) y Calcuta (West Bengal). Por mes suele haber un trayecto de ida y de vuelta a cada una de ciudades, en temporada alta suele haber dos o tres trayectos al mes.

Al no haber trayectos fijos, las fechas de los barcos se publican mensualmente siendo posible sufrir cancelaciones y reprogramaciones por cuestión climáticas o técnicas. Nosotros nos guiamos por la página oficial.

Para reservar los boletos es necesario ir personalmente a cualquier oficina de Shipping corporation of India.

Para comprar el boleto es necesario llevar fotocopias del pasaporte. Les recomendamos que compren con anticipación los boletos ya que se suelen agotar muy rápido (sobre todo Bunk Class)

Los precios en Febrero del 2016 eran: Deluxe 9280 INR, First Class 6110 INR y Bunk Class 2380 INR.

Deluxe Class se trata de un camarote doble con baño privado. Sábanas, ducha con agua caliente, armarios y sillones. First Class es similar a Deluxe pero los camarotes son para cuatro personas. Por lo cual, posiblemente uno comparta la habitación con más pasajeros. Bunk Class, en cambio, se ubica en la bodega del barco y se trata de un gran compartimiento con entre quinientas a novecientas literas según cual sea el barco. En Bunk Class los baños están separados en hombres y mujeres y son tierra de nadie. La higiene no abunda, el aire no circula e ir al baño puede ser una experiencia terrorífica pero al hospitalidad de la gente y la diferencias de precio con las clases superiores hace que todo esto pase a un segundo plano.

Cada barco cuenta a su vez con un salón comedor, una área común de descanso y con largas cubiertas para respirar el aire fresco y marino. Tanto el comer como el área común están dividas entre pasajeros de clase Bunk y de las clases superiores.

Nosotros viajamos en Bunk Class junto a otros quinientos indios. Pero hicimos uso de nuestra condición de extranjeros para inmiscuirnos en el salón comedor y en los baños de las áreas comunes de primera clase. Nadie nos pidió nuestro boleto ni el número de nuestro camarote.

El trayecto en barco suele durar entre tres a cinco días según la ciudad de la que se zarpe y las paradas intermedias que realice el barco. Nuestro viaje fue de cinco días ya que realizamos dos paradas en las Islas Nicobar (tuvimos al suerte de ver las islas desde la cubierta).

A bordo del barco se vende agua, chai, galletitas y snacks. También se sirve desayuno, almuerzo y cena. En general suele tratarse de un thali que se repite de comida a comida. Nosotros pagamos 800 INR por un pase que incluida todas las comidas a bordo (12) más un chai a media tarde en el salón de Primera Clase (en Bunk Class el mismo pase costaba 750 INR). Si bien la comida es la misma, las condiciones no eran tan parecidas.

Pueden conocer nuestra experiencia y sensaciones a bordo del MV Campbell Bay en: Travesía en barco rumbo a las Islas Andamán

Permisos

Para ingresas a las Islas Andamán es necesario un permiso conocido como RAP (Restrited Area Permit). El mismo se obtiene al llegar (sean en el puerto o en el aeropuerto de Port Blair) y permite moverse por las zonas más turísticas de la isla. Es gratuito y su extensión es de treinta días. El permiso especifica a que zonas de las islas podemos ir y a cuales no.

Es recomendable sacar fotocopias del permiso ya que para registrarnos en los alojamientos y comprar boletos de ferrys se nos va a pedir dejar una copia.

El permiso se puede extender gratuitamente por quince días más. Para eso es necesario llevar un boleto de avión o barco que especifique la fecha de salida de las islas dentro de los quince de extensión. El tramite se realiza en cualquier comisaria sea de Port Blair o de algunas de las islas.

Generalidades

Hora desfasada

Si bien las islas son parte del territorio indio geográficamente se encuentran muy cerca de Tailandia y Myanmar. Tal es así, que su huso horario debería ser el mismo que Bangkok pero con el afán de India de tener en todo su territorio una misma hora las islas se encuentran a destiempo. De esto modo, cuenta con una hora y media de desfasaje. Por lo cual, el mediodía es a las 10:30 am y el atardecer puede ser a las 16 en invierno.

Movimiento slow

Quieras o no, las Islas Andamán te obligan a practicar un estilo de vida más calmo y relajado. Acá todo se hace despacio, y a su tiempo. Nadie corre y el tiempo es un valor del cual se puede prescindir.

Ordenar algo para comer puede demorar dos horas, el autobús público suele pasar cada 45 minutos y el cajero puede dejar de funcionar y nadie se hace problema. El desafío es contagiarse de su calma y lograr bajar uno, dos o tres cambios.

No hay internet

Inter… qué? Internet no es algo que abunde. En Port Blair y en la Isla de Havelock hay algunos cyber cafes pero son lentos (si es que andan, por que cada dos por tres no hay luz, no hay señal o el dueño no tiene ganas de abrir el negocio). Tampoco suele haber mucha señal de celular.

Las Islas de Andamán son un buen ejercicio de purga de internet y del mundo virtual. Nosotros aprendimos a disfrutar del silencio de estar sin notificaciones.

Como referencia, la hora de internet en Port Blair cuesta 50 INR y en Havelock 140 INR si uno conecta el celular y 280 INR si uno quiere conectar la computadora. Las pocas veces que nos conectamos lo hicimos muy temprano en la mañana que es cuando menos personas hay conectadas y cuando mejor anda. En Havelock algunos bares tiene wifi pero si anda es muy lenta y sólo permite responder algunos mensajes de WhatsApp y nada más.

Comida

La comida en Andamán es muy parecida a la comida del sur de India pero con un poco más de pescados. Dosas, parothas y thali se consigue muy fácilmente. Sacando los lugares turísticos y de comida occidental, los precios son muy parecidos al continente. Nosotros teníamos miedo de que por estar en el medio de la nada todo sea muchos más caro, pero no. En los lugares de comida local uno paga mas o menos lo mismo.

Las frutas más sabrosas

En Andamán comimos los mangos y cocos más ricos. Sin conservantes, sin cadenas de frío, ni nada parecido. Es altamente recomendable hacerse una panzada de frutas.

Mosquitos y moscas

Si bien todos insisten con que hay que tener cuidado con los cocodrilos (desde hace más de cinco años que no se ven cocodrilos en las zonas turísticas) el mayor enemigo son los mosquitos y las moscas en la playa. Con nosotros se hicieron un festín. Las moscas de la playa (Sandfliess) ya que además de picar nos dejaron muchas ronchas que pican desesperadamente, lo cual llevo a rascarnos y a lastimarnos bastante la piel.

Lo ideal es además de repelente comprar espirales para los mosquitos y algo del estilo del Caladryl para evitar la picazón.

Cuando baja la marea, baja en serio

No sabemos si fue algo circunstancial de los días que nosotros estuvimos o si siempre es así, pero el movimiento de las mareas es muy intenso y abrupto. Cuando la marea baja, el mar se retira un kilómetros y cuando sube en unos pocos minutos la lonita con los libros y el bronceador quedaron debajo de una ola. Para no llevarse decepciones, puede ser oportuno conocer el horario de las mareas.

Transporte entre las islas

Al tratarse de un archipiélago a muchas islas solo se accede en ferry. Según las distancia pueden ser trayectos de una a doce horas. También hay carreteras pero sólo a la parte media y norte de Andamán.

Para desplazarse en ferry es necesario comprar los boletos con anticipación (sobre todo el temporada alta). Al igual que los trenes, acá también se debe completar el mismo formulario en papel antes de llegar a la ventanilla. Los precios de los trayectos es algo totalmente aleatorio y condicionado por el turismo.

La compra de boletos tiene sus vueltas y depende sobre todo del humor del empleado de turno. Algunos dicen que solo se pueden comprar boletos de ida si se compra el regreso, otros dicen que solo se puede comprar con cuatro días de anticipación (por lo cual si estás obligado a comprar la vuelta y querés estar más días, el boleto de regreso lo vas a tener que cancelar o resignarte a perder el dinero) y están los que dicen que no podés comprar boletos para otras islas salvo en Port Blair. A fuerza de insistencia y sonrisas siempre conseguimos los boletos que quisimos pero si uno no insiste, los vendedores dicen que no a todo.

Precios de los ferrys

Es ridículo pero a Havelock (la isla más visitada) el boleto cuesta 397 INR y se demora sólo dos horas desde Port Blair. A Neil Island el boleto cuesta 320 rupias y a Little Andaman sólo 71. Little Andaman está a ocho horas de Port Blair y se puede hacer el trayecto en un barco nocturno.

¿Por qué la diferencia de precios? Por el turismo, pura y exclusivamente.

Es importante tener en cuenta que los sábados por la tarde y los domingos durante todo el día no están abiertas las oficinas de venta de boletos. En días normales funcionan de 9 a 16 horas, cerrando de 13 a 14 por horario de almuerzo. La mayoría de las oficinas cuentan con una ventanilla especial para mujeres que suelen estar más vacías y ser menos enquilombadas.

Nuestro recorrido

Port Blair

Port Blair es el punto de entrada y salida. Es la ciudad más importante dónde hay internet, negocios, hospitales y demás. Pero por ser la capital parece más un pueblo grande que otra cosa. Llegar a Port Blair fue encontrarnos con la calma. No tiene nada que ver con las ciudades indias, no hay polución ni tantas bocinas. Incluso tiene cierto aire centroamericano.

Port Blair tiene algunos excursiones y atractivos turísticos pero para nosotros no fue más que una ciudad de paso a la cual tuvimos que volver en varias oportunidades para ir de una islas a otras.

¿Dónde dormir?

Nosotros nos quedamos Hotel Raja Monsoon Villa. Pagamos 600 INR la habitación doble con baño privado. La dueña es muy amable y tiene una azotea y una terraza enorme desde la cual se puede ver el mar y el atardecer.

Está cerca del Lalaji Guest House (enclave israelita, mucho más caro y feo). La única contra es que a cien metros hay una mezquita y por la madruga se escucha el primer rezo, pero no es nada grave. Al menos nosotros, nos dimos vuelta y seguimos durmiendo.

¿Dónde comer?

La mayoría de los turistas suelen frecuenta el restaurant que está en la terraza de Lalaji Guest House. Nosotros por comodidad y presupuesto frecuentábamos un localcito a la calle que se encuentra enfrente. No hay menú ni opciones occidentales pero si arroz Biryani (70 INR), omelettes (20 INR) y parathas con chutney de coco (10 INR).

Little Andaman

Fue la sorpresa del viaje y un lugar del cual nos enamoramos. A Little Andaman no llegan muchos turistas. Está lejos (ocho horas sólo desde y hacia Port Blair) y no es muy cool. No hay bares, ni restaurants con onda. No hay internet ni electricidad las 24 horas. Sólo hay largas playas de arena blanca y un mar muy divertido y con muchas olas. Hay varios pueblitos y mercados dónde comprar fruta y pescado fresco y hay un solo autobús (o jeeps compartidos) que recorren la única calle asfaltada de la isla (el boleto cuesta 10 INR). Es el sitio ideal para relajarse y dejarse seducir por la idea de vivir una vida tranquila, alimentándose de lo que la tierra y el mar.

La isla se puede recorrer, también, en motos alquiladas. Hay varias playas y cascadas para visitar. A nosotros, particularmente, nos encantó Kalapathar lagoon, la laguna de rocas que se encuentra en el kilómetro 14.

¿Dónde dormir?
La mayoría de los “resort” se encuentran en el kilómetro 10. Los hay más limpios, más viejos, más nuevos. Resort es sólo un nombre genérico para nombrar una casa de familia con algunas cabañas de chapa y bambú alrededor.Nosotros nos quedamos en Rainbow Resort. Lo administra una familia de Bangladesh muy simpática, honesta y agradable. La habitación/cabaña doble con baño privado costaba 300 INR, sino 200 INR con baño compartido.
¿Dónde comer?
Rainbow Resort tiene un pequeño restaurant. La comida es fresca, rica y con precios accesibles pero demora mucho. Nosotros solíamos ordenar la cena a las 16 horas para comer a las 20. No quedaban dudas de que la comida estaba recién hecha. Para dar una referencia, un plato de Fried Noodles con huevo costaba 100 INR.En el kilometró 12 está Mona’s Place. Es un localcito que venden dosas, parathas y puris a precio normal. Ideal para desayunar.Sino, en el centro (400 metros de locales y mercados) hay muchos puestos de comida rápida, snacks y Biryani. En Little Andaman nos hicimos adictos al Egg Roll, panqueques salados con huevo y verduras.

Neil Island

Neil es el paraíso de las lunas de miel de los indios, también de familias europeas y de parejas que buscan tranquilidad. Está a mitad de camino entre Port Blair y Havelock teniendo ferrys directos a cada uno de los puertos por lo cual es de muy fácil acceso. La isla es chica y se recorre caminando. También en bici, moto o ricksha.

Las playas de la isla están numeradas. Playa 1, playa 2, 3, 4 y 5. Cada playa tiene su encantos. En unas se puede hacer snorkeling, en otras hay piedras, en otras bancos de arenas o manglares. Nosotros estuvimos tres días y caminamos de una playa a otra, inventándonos caminos entre los árboles.

En lo personal no fue lo que más nos encantó de Andamán pero que es lindo, es lindo.

¿Dónde dormir?
Cada playa tiene un pequeño grupo de Guest house/Resort. Nosotros nos quedamos en AND en la playa cuatro. Lo bueno es que está muy cerca del puerto, del mercado y a una distancia caminable de todas las demás playas. La habitación doble con baño privado cuesta 350 INR pero conseguimos un precio de 200 INR a fuerza de Messi y de ser temporada baja. La habitaciones no están buenas ni en muy buen estado, pero creo que la ubicación es la mayor virtud.
¿Dónde comer?
AND tiene un restaurant pero un poco caro para nuestro gusto y bolsillo. Un simple thali vegetariano está 150 INR sin posibilidad de repetir ni el arroz blanco.En cambio, en el mercado está lleno de puestos de comida baratos y ricos. Camino a la playa 1 y pasando el Hotel/Bar Kingfisher hay un local de comida muy rustico pero el dueño es muy amable. El Massala Dossa cuesta 30 INR y los chutney son una delicia.

Havelock

Es la frutilla del postre. Si bien es la isla con más turistas, más explotada y más cara el precio por ser un verdadero paraíso sigue siendo barato.

La isla de Havelock es grande pero se puede recorrer en moto, bicicleta y en autobús público (pasa cada una hora, pero pasa y cuesta 10 INR). El mayor problema de Havelock son las distancia. Entra la zona de alojamiento y la playa principal hay diez kilómetros por lo cual el “vuelvo al dormitorio para ir al baño” no aplica. Cada excursión es el plan de un día entero.

Hay dos playas principales. La playa número 7 también conocida como Radha Nagar es el paraíso que todos nos imaginamos. Arena blanca y finita, agua turquesa, palmeras verdes y … cien indios sacándose fotos. Es la playa más concurrida pero basta caminar unos metros en cualquier dirección para encontrarse solo y sin vecinos fotogénicos. Nosotros solíamos caminar hasta un poco antes de la Laguna Azul y ahí prácticamente estábamos solos.

En la Laguna Azul no es recomendado bañarse por el riesgo de los cocodrilos, cuando nosotros estuvimos había un policía que cuidaba que nadie se meta al mar en esa zona.

La otra playa importante es la Playa de los Elefantes. Está a mitad de camino entre el puerto y la Playa número 7. Para acceder a la playa hay que caminar unos cuarenta minutos por la selva. La caminata es amena. Una vez frente al mar, hay que seguir caminando para esquivar a los indios y a sus excursiones en motos de agua. Nosotros solíamos caminar poco más de un kilómetro con dirección a la izquierda para llegar a la zona de corales. Estábamos prácticamente solos y con un coral fascinante delante nuestro. Ideal para hacer snorkeling.

¿Dónde dormir?
La gran mayoría de los alojamiento están en la playa número 5. Los hay de todos los precios, gustos y comodidades. Nosotros nos quedamos en Crystal Sand. Es casi el último resort por lo cual hay que caminar bastante y pasar toda la zona céntrica. Lo bueno, es muy tranquilo, lo malo, está un poco más lejos de todo. La habitación doble con baño privado cuesta 200 INR. El resort cuenta con una bajada al mar muy linda con mesas y bancos de madera. En la playa 5 uno puede bañarse siempre y cuando la marea este alta. La playa 5 es muy parecida a las playas de Neil.
¿Dónde comer?
Entre la carretera de la playa cinco y el mercado están todos los puestos de comida, bares y restaurantes. Los hay más caros, más baros y más occidentales.Para desayunar una excelente opción es Anju Coco Resto, por 90 INR el desayuno incluye tostadas, huevos, ensalada de frutas o papas fritas y un café. Nosotros solíamos desayunar chai (10 INR) con parathas (10 INR) y omelette (20 INR) cerca del mercado y nos comprábamos frutas para llevarnos a la playa y almorzar ahí.Para cenar rápido o tomar un snack Dalila es una buena opción. Está en frente del mercado y el plato de Fried Noodles cuesta 50.
También barato es el Powerfull Restaurant a mitad de camino entre la playa 3 y la playa 5. Ronny’s en la playa 5 también está bueno pero cuesta conseguir mesa a veces. Es un lugar lleno de jóvenes israelitas. Tal es así que el humus es más barato que un Dal Fry.
Consejos para tu primer viaje a India

“Humildad ante el destino es condición de supervivencia”
Ryzsard Kapuscinki

Las sensaciones sobre la primera vez en India depende mucho de la experiencia del viajero y, sobre todo, de la puerta de entrada al país. No es lo mismo ingresar por las grandes y populosas ciudades como Calcuta o Delhi que llegar a la tranquila y colonial ciudad de Kochi. Como siempre decimos, hablar de India como si se tratará de un solo país con una sola cultura heterogénea es una falacia.

Nuestros primeros días fueron en Delhi, y en lo personal no fueron tan sencillos. Todos nos querían estafar, la comida era muy picante, las calles nos parecían sucias y ruidosas y el jetlag nos había dejado totalmente cansados. El olor y la humedad parecían ser más fuerte que nosotros y más de una vez se nos cruzó por la mente la idea de que todo ese viaje había sido un error.

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Si bien es cierto que llegar a India shockea todos los sentidos y que, por más que se lea y prepare el viaje, no se puede reducir ese impacto inicial. Igualmente decidimos intentar ayudarlos. Estos consejos son los que nos hubiese gustado oír a nosotros antes de viajar:

I. No crean en todo lo que te dicen:

Desde el momento en que aterrizamos en el aeropuerto Indira Gandhi, en Nueva Delhi, la gente nos querían engañar. Con el tipo de cambio, con el metro que conecta el aeropuerto con la ciudad (decían que no andaba y nos incitaban a tomarnos un taxi), incluso nos llegaron a decir que la calle Paharj Ganj estaba cerrada por un festival y que no podíamos llegar hasta ahí. Otra mentira famosa son las oficinas de turismo oficiales que terminan siendo agencias privadas que venden todo tipo de paquetes y boletos con altísimas comisiones. Los conductor de ricksha también tiene su responsabilidad, ofrecen un city tour a muy bajo costo pero terminan siendo paseos por las tiendas y negocios de sus primos.

En la estación de trenes se nos acercó un hombre y nos dijo que la oficina de venta de pasajes estaba cerrada durante toda una semana. Ante la duda, le preguntamos a un policía y nos dijo que era cierto. Nos recomendó ir a una agencia de turismo y comprar pasajes de autobús. Gentilmente se ofreció a llamar a su amigo para que nos lleve en su ricksha de manera gratuita.

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Basta tener pinta de occidental para ser el centro de las miradas y de los timos. Algunos indios son oportunistas «cazaturistas», son capaces de inventar cualquier historia para vendernos algo y los recién llegados a India son carne fresca. Son vivos y se dan cuenta de quien anda perdido. Varias veces van a escuchar la pregunta de rigor: ¿Primera vez en India? Y siempre, por las dudas, hay que decir que no.

II. Se intuitivo:

Se desprende de lo anterior. Sólo tu intuición es lo que te va a permitir discernir en que momento y de que modo actuar. En quien confiar y con quien seguir de largo.

Es difícil de explicar pero en India hay que ser muy intuitivo. Siempre. Se trata de escucharnos y de sentir que nos genera una determina situación o persona. Si algo no nos gusta, no nos detentemos. Las consecuencias pueden ser peores.

No queremos asustarlo pero escuchamos algunas feas historias de turistas que fueron engañados y sufrieron robos. Nosotros somos afortunados y estamos convencidos de que la intuición es el setenta porciento de nuestra suerte.

III. Informate e interiorizate con el país:

Ciertas personas sostienen que es mejor llegar a los destinos sin saber nada para dejarse sorprender. No compartimos la idea. Para nosotros lo mejor es llegar lo más informado posible y así tener más recursos a nuestro favor. No se trata de conocer sólo la moneda, las condiciones climáticas o los detalles de las zonas mochileras. Se trata de ir un poco más allá y conocer la cultura, la historia, la idiosincrasia del país.

Erróneamente se cree que los habitantes de India son hindúes. Hindúes son sólo aquellos que creen en la fe hinduista. En India también hay musulmanes, jainistas, budistas y sijs. Hay conflictos políticos y el idioma oficial lo habla menos del 40% de la población. Cada estado podría ser un país independiente con una lengua propia, con una cultura propia que tiene sus propias variantes gastronómicas y religiosas. Creer que India es sólo una es una ficción y desconocer estas diferencias va a favorecer que nos perdamos muchos detalles.

Claro que cada quien viaja de la forma que a uno más le gusta pero no supongan que por estudiar un poco sobre el país ya van a conocer todo. Por más libros que leamos y documentales que veamos, siempre India va a sorprender.

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IV. Regatear:

En India muy pocas cosas tienen precio fijo y cuando lo tienen está marcado en el envoltorio: galletitas, cremas, botellas de agua, shampoo.

Todo lo demás (todo aquello que no tiene un precio fijo) se negocia. Y todo es todo: Hoteles, taxis, suvenires, ropa, pasajes en autobús, etc. Bienvenidos al regateo.

No hay reglas sobre el regateo. Siempre depende de cada uno cuanto quiere regatear y cuanto le parece justo pagar. Nosotros somos de los que nos divertimos regateando en los mercados. En general solemos ofrecer un precio por debajo del cuarenta por cierto de lo que nos dicen y terminamos pagando un cincuenta porciento menos del valor inicial. Pero lo tomamos con un juego. Los indios también lo piensan así, invitan chai y galletitas para iniciar la negociación.

Las habitaciones de los guest house se regatean en función de la cantidad de noches que uno va a estar: a más noches más descuento. Los menús de restaurantes también suelen ser fijos, aunque a veces se pueden negociar un descuento.

V. La higiene y la limpieza son muy distintos:

Los parámetros de higiene y limpieza que tienen muchos indios son totalmente distintos a los nuestros. Prepárense para llegar a hoteles con sabanas manchadas y el piso del baño mojado. Para comer en la calle entre basuras y restos de comidas. Para ver de vez en cuando alguna que otra rata caminando por la pared y para esquivar la mierda de las vacas. Prepárense para las moscas y los mosquitos, para los malos olores y las montañas de basura.

Las calles son tierra de nadie y prácticamente no existe un sistema de recolección de basura o de barrido público. Los indios tampoco tienen esa cultura incorporada. Terminan de comer algo y automáticamente tiran el envoltorio al piso, sea en el tren, en un restaurant o en la parada de colectivos. Las calles suelen ser un mar de escupidas (muchas veces de color rojo por el tabaco que mastican) y un baño público a cielo abierto. Nunca sentimos tanto olor a pis como en las calles de Calcuta.

Los laberintos de Varanasi llenos de basura y vacas.

Los laberintos de Varanasi llenos de basura y vacas.

Desgraciadamente, a la basura (como a tantas otras cosas en India) uno se acostumbra. A lo que no podemos acostumbrarnos es a las sábanas sucias. La solución que encontramos fue comprarnos una sábana (tela estampada que venden en cualquier mercado) y colocarla sobre las camas no tan limpias. De ese modo nos ahorramos varias picaduras de pulgas. Las bolsas de dormir (sacos de dormir) también pueden ser una buena opción.

vi. “Agua que no has de beber”:

Si la limpieza no aplica en los hoteles tampoco lo hace en los restaurantes. No es extraño padecer algún tipo de descompostura en India. Si no es algún ingrediente en mal estado, puede ser alguna bacteria en los vegetales crudos o en el agua que utilizaron para cocinar. Hay que tener cuidado con los lugares que uno elige para comer. Nosotros solemos optar por comer en los lugares más concurridos que no siempre se condicen con los lugares más caros ni para turistas. Si hay gente supone que hay movimiento en la cocina y que los ingredientes son frescos. Lavarse las manos y evitar comer frutas o vegetales crudos si no estamos seguros de la limpieza no parecen ser criterios suficientes. La suerte juega su factor.

Hay una frase muy extendida que dice: “Cuando comés en un lugar, y la comida te cayó bien. Seguí comiendo en ese lugar”. La adoptamos. En India no se trata de innovar ni de probar. Mejor comer en el mismo lugar que tener una incómoda diarrea.

Con el agua, por lo general, es recomendable tomar sólo agua embotellada. Sobre todo en las grandes ciudades. Algunas ciudades tienen agua potable y muchas casas tienen filtros, lo que es una buena opción. Pero como siempre lo mejor es evitar aventurarse.

Muchos se lavan, incluso, los dientes con agua embotellada. Nosotros no lo creemos tan necesario pero si somos muy atentos a la comida y agua que bebemos. Ya sufrimos varias infecciones por bacterias y no queremos seguir arriesgándonos. Aunque sospechamos que a medida que pasan los días los anticuerpos se van generando.

Dada la cantidad de bacterias y las escasas condiciones de higiene siempre es recomendable viajar a India con un buen botiquín y con seguro médico. Nosotros sufrimos varias infecciones y tuvieron que ser tratadas con antibióticos. La deshidratación también es frecuente. Les recomendamos que coticen distintas coberturas  y asistencia medica mediante Asegura tu viaje.

VII. “Not spicy, please”:

Depende de donde vengas, la comida en India puede parecer picante. Lo cierto es que uno se acostumbra, y comparado con otros países (Tailandia, por ejemplo) el picante no es tanto. Pero al comienzo no es fácil. Nosotros no estábamos acostumbrados a comer picante y los primeros días lo pasamos mal. “Not spicy, please” (no picante, por favor) se transformo en nuestra frase de cabecera. A veces funcionaba y a veces no. En el norte de India pedimos una sopa de tomate. Le pedimos al mozo que no fuera picante ya que no veníamos bien de la panza. La sopa llego con tres chilis flotando. El mozo se excusó diciendo que la sopa habitualmente traía seis chilis.

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Más allá de tu tolerancia personal al picante, lo que sí vas a encontrar son nuevos sabores y comidas muy condimentadas y especiadas. Cardamomo, jengibre, clavo de olor y anís son indispensables en cualquier curry o masala chai.

Además de especias la comida India suele llevar mucho frito. Lo bueno es que el frito mata a las bacterias, lo malo… comer frito nunca está bueno.

La mejor comida India la probamos en los puestos callejeros. Esos que parecen sucios, feos y baratos. Les recomendamos que se animen y se dejen conquistar por la comida y los sabores. Tomar clases de cocina tampoco es una mala idea.

VIII. Moverse en tren:

Es la mejor forma de desplazamiento por el país. Son cómodos y baratos. Nosotros pasamos varias noches en el tren en categoría sleeper (literas sin aire acondicionado). Siempre dormimos bien y sin problemas.

El tren también es el lugar ideal para conocer gente. La mayoría de los indios lo usan y la curiosidad por los extranjeros está a la orden del día.

Muchos dudan si viajar en tren o con conductor privado. La diferencia de precios es abismal y el conductor es un gasto extra ya que su comida no suele estar incluida en el presupuesto. Pero más allá de las cuestiones presupuestarias la mayor contra que le encontramos es la poca optimación del tiempo. Los trayectos sólo suelen hacerse de día y dadas las malas condiciones de las rutas suele demorarse bastante. La ventaja del tren es que uno puede optar por trayectos nocturnos y de este modo ahorrarse la noche de hotel y el día perdido con traslados.

Para más información sobre los trenes, los distintos tipos de clases, quotas y tipos de boletos les recomendamos leer nuestra Guía de Trenes en India.

IX. Viajar despacio:

Muchas veces, moverse en India es agotador. Llegar a un nuevo lugar, regatear el ricksha desde la estación de tren, buscar el autobús públicos, regatear el precio del guest house, buscar un lugar decente dónde comer.

Si al desplazamiento habitual entre ciudades, uno le agrega un desplazamiento a otro estado significa nueva comida, nuevos idiomas y quizá, nuevas religiones. Además, en India las distancias son largas. Lo mejor, para nosotros, es seleccionar unos pocos puntos en el mapa para visitarlos y explorar al máximo. Cada ciudad, región o estado tiene infinitas cosas para hacer.

Somos de viajar lento, en general, y en India más todavía. Un itinerario de quince ciudades en un mes a nosotros nos parece agotador. Quizá porque disponemos de más tiempo que de plata, priorizamos recorrer menos para comprender más.

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Muchas personas nos escribiendo pidiendo ayuda para armar sus itinerarios en India. Solemos preguntarles qué de todo lo que ofrece el país les interesa conocer: ciudades sagradas, templos, fuertes, palacios, naturaleza, sitios tranquilos, sitios mochileros, etc. Dependiendo del estilo de cada uno será cada recorrido. Ningún itinerario incluye los traslados ni el agotamiento propio de moverse en el país. Nuestro consejo es que armen un viaje más real y posible y abandonen, aunque sea un poco, la idea de conocer TODO aunque sea para la foto. Disfruten de los pequeños momentos y dense la libertad de elegir quedarse un día más o menos en algún destino. El encanto de India está en las personas que habitan el país y no tanto en los “highlights” de las guías de viaje.

Xi. Salir un poco, al menos, de los circuitos turísticos:

La India es enorme y es verdad que muchas veces los lugares más famosos concentran los puntos más atractivos del país, pero si uno se aleja un poco de eso encuentra varias facetas del país que son totalmente distintas.

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Un viaje por los itinerarios más turísticos puede tornarse aburrido. Siempre las mismas personas, los mismos estilos de restaurantes, los mismos locales de suvenires, los mismos timos. Además de ser más costoso, puede tornarse un poco aburrido o poco original. Traten, al menos, de hacer una parada en el medio de lo-que-hay-que-ver. India es auténtica y vale mucho la pena pasar una noche en un pueblito tranquilo al que nunca llegan los turistas. Después de cuatro visitas al país, podemos afirmar que lo que más disfrutamos son esas paradas inesperadas a mitad de camino.

Xii. Cuidado con los monos:

En las ciudades indias los monos están por todas partes: postes de luz, techos de las casas y en los árboles. Lo cierto es que los monos de ciudad no son los simpáticos animales que nos imaginamos. Son capaces de entrar a los cuartos, robar las pertenencias, tomar la comida, incluso morder.

Además de frutas y botellas de agua, a nosotros nos robaron los lentes de sol. No por nada en especial, sólo para romperlos y jugar con ellos.

Les recomendamos que tengan cuidado y mantengan cierta distancia. Muchas veces suelen ser agresivos y no es divertido ganarse una mordedura de mono en una pierna. Si tienen dudas, pregúntenle a la gente local. Sabrán decirles si tienen que tener cuidado o no.

Xiii. Preparate para ser una celebridad de Hollywood:

Los indios son cholulos. Tienen mucha fascinación con los occidentales. Acostumbrate a que te paren en la calle, te pregunten tu país, te den la mano, te pidan una foto con vos, un autógrafo o tu teléfono. Sean jóvenes o ancianos, los indios tienen mucha curiosidad por nosotros. Quizá la misma que nosotros podemos tener por una persona de bigotes largos y turbantes de colores.

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Queda en cada uno que tan simpático ser. Hay viajeros que les divierte sacarse fotos y hay otros que con aire de superioridad ignoran a los indios.

Es cierto que puede llegar a cansar y tornarse agotador esto de estar sacándose fotos cada cinco minutos pero queda en cada quién como responder.

XiV. Trata de hacer coincidir tu viaje con alguna celebración:

La sociedad india es una de las más devotas y creyentes. Como el hinduismo tiene millones de dioses, también tienen millones de celebraciones.

Es muy interesante ser parte de sus festividades. Sea desde un casamiento hasta el colorido Holi, todos los meses hay algo que celebrar.

Holi en India

Son experiencias interesantísimas conocer la idiosincrasia social y aprender al menos, un poco, de su cultura.

XV. NO TE OLVIDES QUE ALLÁ EL VISITANTE SOS VOS:

Sea en una mezquita, una estupa, o un templo sij debemos ser respetuosos. Si pide que nos cubramos los hombros o el cabello, no discutamos que en nuestro país las mujeres hacemos toples. Mismo si es necesario descalzarse. Por más que nos de asco, para ellos es una ofensa entrar con zapatos a ciertos lugares.

No olvidemos que allá somos visitantes. Y que las reglas de juego son otras. Si besarse en público es considerado una ofensa respetémoslo. Por más que sea obvio lo que decimos, nos dio mucha vergüenza ver a muchísimos turistas creyendo estar en su ciudad y comportándose de manera pusilánime ante los lugareños. También nos incomoda mucho ver a los occidentales pagándole a los indios por fotos. Son personas, no estatuas.

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Sea karma o no, en general, el respeto que uno da es proporcional al que recibe. El sentido común es el compañero infalible del viaje.

Con todos estos consejos y recomendaciones no buscamos asustarlos ni mucho menos. Sólo les compartimos algunas ideas y pensamientos que nos hubiese gustado conocer de antemano. India es un gran destino y hay que ir dispuesto a disfrutarlo. Buen viaje!

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Si estás por viajar a India te recomendamos nuestra Guía de viaje a India. Si, además, sos mujer  te recomendamos leer nuestros consejos para mujeres que viajan a India.
El recuerdo de las Islas de Andamán

El entorno nos condiciona. La ciudad nos obliga a caminar rápido, a entumecer el cuerpo y a comprimir los hombros sobre el pecho. Las ciudades indias nos obligan a mirar el suelo. No sea cosa de pisar un puesto de fruta, un mendicante, una vaca descansando o la mierda de la vaca que está descansando. Las ciudad chinas, en cambio, nos obligan a caminar mirando para arriba. Tratando de encontrar el punto exacto en que un edificio termina y toca el cielo con su terraza. Por otro lado, las Islas Andamán nos obligaron a caminar despacio. Total no había a donde ir, tampoco había prisa, tampoco había nerviosismo. Un poco a la fuerza y un poco por voluntad, las islas, como dicen los porteños, te hacen bajar un cambio.

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No había internet, los periódicos llegaban con una semana de tardanza y sólo había electricidad por las noches y algunas horas de la mañana. Los negocios cerraban al mediodía y la siesta se dormía a rajatabla. Todo cerraba los domingos y los sábados a la tarde. Lo único que no se detenía en ningún momento es el mar. A veces furioso, a veces calmo, a veces aburrido, a veces demasiado caliente. Es cierto que el mar no se detenía, pero a veces se iba. Después del mediodía la marea comenzaba a bajar y se retiraba un kilómetro mar adentro. Pero a la noche, volvía. Recargado, contento, frío. Como los habitantes de las islas, el mar tampoco puede irse. Siempre está condenado a volver. Otro elemento constante y encadenado a las islas son los mangos. Todos los días los árboles nos regalaban más y más mangos. Maduros, anaranjados, fibrosos, dulces. Por día comíamos un kilo, más una papaya, una ananá y una sandía. A veces bananas rojas más algún que otro coco.

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En las islas de Andamán el tiempo no cuenta. Y esto es literal. Uno puede guiarse por el reloj pero la información que obtenga será errónea. Por la posición geográfica de las islas deberían tener el mismo uso horario que Tailandia. Pero el afán de India de tener su territorio bajo la misma hora hizo que las islas tengan una hora que nada tiene que ver con lo que realmente corresponde. De este modo, amanecía a las cuatro y el sol se ponía a las cinco de la tarde. Sin reloj al cual mirar, el sol es quien indicaba los diferentes momentos del día. Hora de despertarse, aunque quizá sean las tres y media de la mañana. Hora de desayunar, hora de almorzar, hora de ponerse a la sombra porque el sol está muy fuerte aunque sean las diez de la mañana. Hora de disfrutar del atardecer, hora de sentarse a mirar las estrellas y disfrutar del fresco aunque no sean ni las ocho de la noche.

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El movimiento de la marea, también, nos ayudaba a darnos una idea de la hora y el mar nos ayudaba a comprender a las personas. En las islas sólo hay dos clases de personas que se meten al mar: los pescadores y los turistas. Dentro de los turistas hay dos grupos. Los que se bañan con jean, remera y zapatos, o sea los indios, y los que se bañan en paños menores, los extranjeros. Pero salvo los pescadores, ningún lugareño se mete. La mayoría de los isleños le escapa a la idea del agua salada y no se acerca a las playas salvo para trasladar algunas vacas. No sabemos si rechazan el mar por respeto o por temor (las islas fueron completamente arrasadas con el Tsunami del 2004). En cambio, los pescadores hacen del mar su oficina de trabajo. Su jornada empieza bien temprano, ante de que amanezca. Cuando el mar comienza a bajar, empiezan a volver con la ganancia del día. Ganancia aún viva, los peces permanecen en el agua hasta ser vendidos en el mercado o en los restaurantes para turistas. La mercancía siempre está fresca y la vida es simple. Los tipos pescan, las mujeres venden frutas en el mercado y los niños asisten al colegio. Van caminando, en bicicleta o en el único autobús que recorre la única calle de la isla. Acá basta tomar cualquier camino para salir al mar y cualquiera de las calles asfaltadas para salir al centro. No hay más opciones.

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Marea baja

La vida avanza en una única dirección y no se oyen más ruidos salvo algún coco cayendo en picada contra un techo de chapa. Tampoco hay nubes, ni viento, ni demasiadas olas salvo las que dejan atrás los pocos ferrys que cruzan de una isla a otra. Nuestra rutina también era simple. Levantarnos sin despertador, desayunar fruta, bañarnos en el mar, leer bajo una palmera, escribir, bañarnos y leer de nuevo, almorzar un massala dosa y seguir leyendo. Cuando el sol comienza a bajar, íbamos al mercado. Comprar un pescado para dos, para cuatro o para seis según cuantos éramos para la cena, cocinarlo y volver a la playa a ver las estrellas. Hacer un intento desesperado por encontrar la cruz del sur y volver a dormir recordando que este es otro cielo y que acá las constelaciones son otras. Armar el mosquitero y quedarnos dormidos pensando que al día sólo le faltó una cosa: una ronda de mates.

A diferencia del resto del mundo acá no hay ambición de poder ni la necesidad imperiosa de acumular y progresar económicamente. No hay avaricia ni estado de bienestar. Acá el pescador pesca un pez grande y se da por hecho. Ese día vuelve temprano y duerme la siesta. No existe esa tendencia materialista de pensar que si se queda un rato más puede pescar más peces y ser más rico. No, no hace falta. Con un pez es suficiente, el resto lo da la tierra. Viven con poco y el único patrimonio que tienen se trasmite de generación a generación. La sensación es que el mundo fue creado de una vez y para siempre y que nada se puede cambiar, ni exigir, ni perder. Eso es lo más admirable y tentador. Más de una vez nos invadió la idea de proyectar una vida basada en la autosuficiente económica, vivir de lo que la naturaleza nos da. Pero desistimos, a nosotros nos gusta escribir.

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No todos los habitantes de las islas son originarios de Andamán. Muchas familias refugiadas fueron traídas desde Bangladesh, Bengala y Tamil Nadú para poblar las islas luego de la colonia inglesa. A la par, la población autóctona fue desapareciendo. El intercambio con nuevos habitantes llenó la isla de enfermedades, se los utilizó como mano de obra barata y se los exportó al continente en un intento de integración. Todo fue fallido y ahora la población autóctona está en peligro de extinción como así también sus lenguas y dialectos. Actualmente, la población local se encuentra en áreas restringidas a las cuales los turistas (sean extranjeros o indios) tenemos prohibido el acceso. No es una idea desacertada, los turistas solemos arruinar todo lo que encontramos a nuestro paso. Ensuciamos, nos creemos superiores, alteramos aunque no sea nuestra intención el entorno que nos recibe. Pero por suerte, no muchos turistas llegamos a las Islas Andamán y todavía quedan algunos años de tranquilidad y simpleza. Aún me pregunto ¿En que momento la sociedad occidental se olvidó de que podía vivir con poco a acumular tantos bártulos?

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Pero toda la armonía y calma acumulada en la islas tuvo un punto cúlmine. Fue una tarde caminando por alguna de aquellas largas playas de arena finita y blanca minada de cangrejos, ermitaños y caracoles de todos los colores y tamaños. Esa tarde me invadió una sensación atroz. Hoy, quizá, suene tonto pero me dió mucho miedo el poder llegar a olvidarme todo lo vivido y viajado. Miedo de olvidarme de las islas, de su paz, de su calma, de su gente honesta, del verdadero sabor del mango sin conservantes ni cadenas de frío. Me dió miedo enloquecer en la ciudad. Me hubiese gustado grabar el oleaje y el verde de las palmeras, hacerlo mío y no perdelo. Creo que ese es mi mayor desconfianza, que mi memoria me traicione y se quede con todos mis recuerdos. A fin de cuentas, mis experiencias son la única propiedad que tengo a mi nombre. Quizá por eso escribo esto y saqué tantas fotos, para ganar la batalla del olvido.

Travesía en barco rumbo a las Islas Andamán

Imagínese que por los siguientes cinco días usted va a convivir en un barco bastante desvencijado junto a otros seiscientos indios. El barco parte del puerto de Chennai, una de las ciudades más caóticas y feas de India con destino a las fabulosas Islas de Andamán. La hora de partida aún no está confirmada y la fecha aún puede estar sujeta a cualquier tipo de desperfecto técnico o climático. Pero no sea una persona negativa, recuerde cuánto le costó conseguir el dichoso boleto para subir a este barco.

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Su destino final va a ser Port Blair, la ciudad capital de las Islas de Andamán. Pero el trayecto no es directo, debe realizar dos paradas intermedias en las Islas Nicobar. Recuerde que ahí no puede bajar, en esas islas no pueden descender ni los indios. Sólo son habitadas por nativos y el único contacto que tienen con el mundo es a través del cuerpo militar.

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¿Nunca había oído hablar de las Islas de Andamán y Nicobar? No se preocupe, nosotros tampoco. Las islas son parte de India aunque geográficamente están más cerca de Tailandia y Myanmar. Incluso son parte del mismo cordón montañoso que conforman el archipiélago de Indonesia.

Qué sean parte del territorio indio solo fue cuestión del destino y de los ingleses. Fueron ellos quienes las conquistaron y comenzaron a usarlas como zona de destierro y prisión. Las islas fueron la Siberia de la colonia británica. Pero la colonia cayó y pasaron a ser parte de la India independiente. No muchos viajeros la visitan y muchos menos llegan en barco. Nuevamente: siéntase un afortunado y preste atención a la siguientes instrucciones.

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Tras varios controles de seguridad finalmente va a llegar al puerto de Chennai. Allí lo esperara amarrado el MV Campbell Bay. Es un barco grande y moderno aunque el blanco de la pintura compite con bastantes manchas de óxido. También va a notar que de la chimenea sale demasiado humo y que este es demasiado negro, pero no se alarme es uno de los barcos más nuevos de los que realizan este recorrido. Sólo data de la década del ’70. Ya sabe como es India, aunque las cosas sean viejas y estén en un aparente mal estado, funcionan. A diferencia de los grandes cruceros que recorren la costa de mar Mediterráneo o de Brasil este no posee grandes lujos. No hay piscina, ni gimnasio, ni casino a bordo. Tampoco posibilidades de hacer shopping. Sólo hay un salón comedor, una sala de estar y una larga cubierta. Agradezca que hay más de un baño y agua fresca con la cual lavarse la cara todas las mañanas.

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En concordancia con la sociedad india el barco no se desentiende de las cuestiones clasistas y de castas. El barco, respetando la lógica de los trenes indios, está dividido en tres clases. La mayoría de los pasajeros viaja en Bunk Class. Es la clase más barata y la más populosa. Imagínese un gran salón con casi 400 camas y unas pocas paredes de madera que hacen de medianeras y líneas divisorias entre las literas. Bunk Class se ubica en las bodegas del barco y la circulación de aire sólo está dada por un viejo y desvencijado sistema de ventilación. La situación no es mala salvo por los baños. Si bien hay más de uno y están separados entre hombres y mujeres, estos son tierra de nadie. Ya sabe como son los indios, no comparten su mismo parámetro de limpieza. Cualquier agujero es una letrina o escupidera en potencia y de eso no se salvan ni los tachos de basura ni las piletas para lavarse las manos. No voy a entrar en detalles con el olor ni con las imágenes que aún me acompañan en mi memoria, usted solo podrá imaginarlo.

Dos pisos más arriba se encuentra Primera Clase. Camarotes de cuatro camas con un baño propio. Sábanas, cortinas, sillas, escritorios e incluso un armario. Comodidades que no existen en Bunk Class. Luego, Deluxe Class es muy parecida a Primera pero con la única diferencia de que aquí los camarotes son sólo para dos personas.

Y aquí tengo que decirle algo importante. Su boleto es el número 381 en Bunk Class. Los próximos cinco días dormirá en un gran salón junto a otros cuatrocientos indios. Pero eso no es lo peor, su litera está a sólo dos metros de la puerta de baños de hombres. Sí mi querido amigo, lo espera un gran ejercicio de paciencia y autocontrol. Le recomiendo llevarse algún perfume o desodorante e impregnar un pañuelo y tenerlo siempre a mano. Pero no todo es tan grave, usted cuenta con un pequeña armar a su favor a bordo del MV Campbell Bay ¿Aún no lo descubrió?

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Además de la zona de camarotes, el barco tiene otras áreas compartidas: un salón comedor y un área común. A decir verdad no son sólo dos. Hay dos salones comedor, uno para los pasajeros de Bunk Class y otro para los de Primera Clase y Deluxe. También hay dos áreas comunes o de descanso. La de primera clase además de incluir cómodos sillones también cuenta con un televisor en el cual se proyectan a diario dos éxitos de Bollywood (el Hollywood indio). No se sorprenda por el mobiliario, ya sabe la antigüedad del barco y de su inexistente decoración y terminaciones.

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Recuerde que tanto para el salón comedor de Bunk Class o de Primera Clase debe respetar ciertas reglas de etiqueta. Las mismas estarán indicadas en la puerta del salón. Tampoco está permitido escupir dentro del salón, si lo descubren deberá pagar una multa.

Y aquí está un arma a su favor, su mera condición de extranjero le va a permitir asistir al salón comedor de primera clase y a los baños limpios y prolijos del área común. Siéntase dichoso, su presencia le sirve como tarjeta de entrada a todas aquellas zonas circunscriptas a los indios adinerados.

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Hay, además, un tercer espacio y este si es compartido entre todas las clases y es dónde usted más tiempo va a pasar. Se trata de la cubierta. Allá suben quienes quieren fumarse un cigarrillo, tomar aire fresco o hacer un poco de sociales. En cubierta, los indios caminan a diario durante media hora para mantener su estado físico. Desde allá arriba podrá contemplar el azul y tranquilo Océano Índico y con un poco de suerte, encontrarse con algún grupo de delfines o de peces voladores nadando a la par del pesado barco. Desde ahí, también, podrá contemplar increíbles amaneceres y puestas de sol.

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Junto a usted en el barco sólo van a viajar ocho extranjeros más, en su mayoría europeos. El MV Campbell Bay no cuenta con entretenimientos a bordo ni tampoco con internet, como le decía anteriormente. Si está aburrido de mirar el mar, de leer o de escribir puede dedicarse a hacer sociales y a jugar a las cartas. Lamentará que en todo el barco nadie tenga un mazo de barajas españolas para poder jugar al truco. Si no quiere hablar con sus coetáneos extranjeros o con sus vecinos de primera clase que desconocen su condición de infiltrado basta con subir a cubierta y una decena de familias indias harán fila para sacarse una foto con usted. Las preguntas se van a repetir. Le van a preguntar por su país, si le agrada la India y por la clase en la que viaja. Muchos pondrán cara de decepción y desentendimiento cuándo les diga que viaja en Bunk Class. Algunos incluso le pedirán explicaciones por su alocada idea.

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Le recomiendo no encerrarse sólo a hablar con los demás extranjeros y dejarse contagiar por la curiosidad india. Aproveche los encuentros. Conocer más de adentro la cultura fue la razón por la que compró el pasaje en Class Bunk. Eso y los cincuentas dólares de diferencia entre una clase y otra. Si continua con nuestros consejos es probable que se encuentre en la cubierta del barco con militares de alto rango que van a la isla en una misión secreta y que son aficionados al patriotismo hinduista, con biólogos marinos que van a medir la presión del agua en la zona de corales y con familias que se van de vacaciones por primera vez. También hay grupos de jubilados y agentes de turismo que organizan los viajes de los grupos de jubilados.

El grupo de militares liderados por la versión india de Berugo Carámbula

El grupo de militares liderados por la versión india de Berugo Carámbula

Si llega a tener muchísima suerte es probable que a bordo del MC Campbell Bay esté la pequeña Laxjmi junto a sus padres, su tía y sus dos primas. Si por casualidad ella se acerca temerosa a pedirle una foto, no pierda la oportunidad y tómese también una con ella y sus primas. Si ella da por hecho que usted viaja en primera y le pide el favor de llevarla a conocer su camarote no la decepcione. Usted conoce el baño de Bunk Class y la pobre chica sólo quiere una foto del salón de primera clase. Mantenga la confusión (no es una mentira ya que ella nunca le preguntó nada, sólo supuso que viajaba en primera por el hecho de ser de piel blanca). Invítela a ella y a sus primas a ver la película del día, no sabe que contentas se van a poner. Se van a vestir para la ocasión, le van a invitar con galletitas y lo más interesante es que le va a contar parte de su vida. Déjese abrazar en las fotos y deje, si es mujer, que las niñas les pinte las manos con henna y le prueben un sari. Las va a poner muy contentas y van a agradecérselo por el resto del viaje en barco. Según ellas, usted va a ser su primer amiga extranjera. Lo que ellas no entienden es que usted quien más agradecido está.

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Imagine también que el barco representa una pequeña muestra de todos los aspectos de la sociedad india. En altamar la espiritualidad también va a tener su lugar. Por la mañana el barco se va a impregnar de aroma a sándalo, son los hinduistas que realizan sus bendiciones matutinas. A lo largo del día, también, va a ver a los musulmanes desplazándose para realizar sus rezos. Según la orientación del barco La Meca estará en una u otra dirección.

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Si no quiere perder cinco días de su precioso tiempo, si no quiere dejarse adoptar por algunas horas por alguna familia india, sino no quiere comer arroz todos los días infiltrado en el salón comer de primera clase, si no quiere comprobar cuanto tiempo es capaz dejar de respirar por la madrugada para al ir al baño que solo tiene a dos metros de distancia, le recomiendo que se tome el avión. Si quiere tener otra anécdota increíble para contarle a sus hijos o a sus nietos, suba a bordo del MV Campbell Bay. No muchas personas visitan las Islas de Andamán, y mucho menos lo hacen el barco. El trayecto puede llegar a ser tedioso pero le aseguro, y creame, que allá le espera el paraíso.

Un día cualquiera en India

India a veces es incómoda para el viajero. Y lo que supone ser un simple desplazamiento de 120 kilómetros puede convertirse en una odisea.

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Bien temprano dejamos atrás Pondicherry con la esperanza de conseguir algún lugar lindo y barato en Auroville Beach. Un pueblito costero que está sólo a diez kilómetros y recibe ese nombre por Auroville, aquella famosa comunidad formada por europeos en el sur de India con la idea de vivir en paz y armonía, sin plata y así lograr salirse del sistema de consumo masivo.

A las nueve de la mañana, luego de haber conseguido un alojamiento barato (pero no lindo) y de haber desayunado un masala dosa, me despedí de L. y subí al colectivo público rumbo a Chennai. En la misma parada subió una pareja (un nepalí con una francesa) con sus dos hijas. Daba la impresión de que venían de Auroville. No se a que iban a Chennai, pero yo iba a comprar pasajes de barco para ir a las Islas Andamán.

Las tres horas del viaje fueron tranquilas, salvo porque la hija más pequeña de esta pareja lloró casi todo el trayecto. Con el ruido habitual que puede haber en un micro indio, no me había dado cuenta hasta que la madre empezó como si estuviese poseída por un demonia a zamarrearla y gritarle “¿QUÉ TE PASA? ¿QUÉ CARAJO TE PASA?”

Estaba fuera de sí. Como si toda la paz y armonía que pudo haber cultivado en Auroville se le esfumó al subirse al primer colectivo. Hasta los indios se sorprendieron y decidieron parar el colectivo. Así la nena, pero un poco más la madre, pudieron calmarse.

Aproveché para preguntarle al vendedor de boletos (porque en toda India hay al menos dos personas que trabajan en un colectivo: el chofer y el vendedor de boletos) por la estación Broadway (léase brodwei). Se lo habré dicho cinco veces, no me entendió hasta que se lo mostré escrito. “Ahhh, bradwei, yo te aviso”, me respondió.

A la hora, me indicó donde bajarme. Parecía estar en Pampa y la vía. Me crucé con un indio joven caminando que tenía apariencia de saber inglés, y esta vez le pregunté con mi mejor acento indio por bradwei. Me miró extrañado. Le mostré el papel escrito. “Ahh brodwei”.

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Para esa altura era un misterio para mi como se pronunciaba aquel nombre, pero tenía que tomar otro colectivo que paraba a doscientos metros. El desafío de hacerme entender se repitió. Me habían dicho tomate el 6D, el 1A o el 1C. Cuando viene el 24F me hacen señas de que me suba. Parecía que ese también iba. Me senté en el fondo. Al lado de una señora con una bolsa. El colectivo estaba bastante vacío. En la primer parada, la parte trasera se llenó de mujeres que a los empujones me echaron para adelante. Tácitamente el micro tiene una línea imaginaria que divide los asientos de mujeres y los de hombres. En Kerala me acostumbré a subirme al fondo, que era el lugar de los hombres, lo había aprendido. En Tamil Nadu el fondo es de las mujeres.

La ciudad se me presentó enorme, con edificaciones por todo lados, mucho tráfico y un desorden generalizado propio de cualquier ciudad india. El sol del mediodía hacía que cualquier atascamiento convierta al colectivo en un horno. Sólo el movimiento y el aire de las inexistentes ventanillas proporcionaba una oportunidad para refrescarse.

Cuando me bajé, empecé a preguntar a los transeúntes por el lugar que buscaba. Tras recibir tres indicaciones distintas de tres personas distintas y caminar siguiendo un poco mi instinto encontré el lugar. Una oficina que se caía a pedazos donde me hicieron subir dos pisos por un ascensor que te hacía pensar en todas las ventajas físicas la escalera.

A las 13 cerraba la ventanilla. Llegué 13:05. El vendedor todavía estaba ahí, me acerqué rápidamente y le pedí dos boletos. “Tenés que volver a las 14:00”. Miré el reloj, lo volví a mirar a él y me fui.

Al salir habré agarrado el peor callejón de Chennai donde unos mendigos que eran puro hueso me miraron con sus ojos que me parecieron extremadamente grandes. Un grupo de leprosos me pidió unas rupias y me costó definir si un cuerpo tirado al costado y lleno de moscas respiraba aún o no. Unos nenes jugaban descalzos con los pies llenos de barro mientras la madre comía un puñado de arroz con la mano.

La sensación que uno tiene es que la pobreza en India se vive en otra forma. Cortázar alguna vez dijo…entendí que esa gente estaba realizada. No en el sentido vedántico, no en las alturas místicas; los pobres no saben nada de eso, son de una superstición y una ignorancia abominables. Pero están realizados en la medida justa de su ser, y eso es lo que nos falta a nosotros, para nuestra desgracia y nuestra grandeza a la vez. Quiero decir que esa gente está perfectamente calzada en su piel, abarcando el máximo de sus posibilidades de vida, y que eso lo ha alcanzado renunciando a toda ambición barata, a toda pérdida de tiempo.

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Me senté a comer en una cantina de mala muerte dónde tenían una foto de Ganesha, otra de Jesús y la tercera de una mezquita con la medialuna musulmana. Pedí 3 parathas y un omelette, todo por poco más de cincuenta centavos de dólar. Me tomé un chai y volví a la oficina por los boletos.

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Llegué 13:50. El tipo seguía en el mismo lugar. Yo era el único interesado en aquél gran y mal cuidado salón. Me senté adelante, justo en frente y me empecé a leer. Cuando las agujas ya marcaban las dos me llamó y me dio un formulario para completar. Aparecieron cuatro empleados más.

Le entregué el formulario a uno, este se lo dio a un segundo para que lo revise, un tercero abrochó unas fotocopias. Al cuarto le di la plata y el quinto controló el vuelto.

Así son las oficinas de atención pública en India, sea el correo, comprar boletos o en el hospital. Una maquinaria de funcionarios donde el trabajo que pude hacer uno se lo dividen entre cinco y pobre del osado que haga más de lo que le corresponde.

Contento, con mi pasaje en mano y con un licuado de melón en mi panza me tomé el autobús hacía la estación de colectivos. Fue el viaje más placentero del día, iba casi sólo y hasta me dormí en una parte del trayecto. Llegué a la terminal con muchas ganas de ir al baño, me puse en un mingitorio apartado del resto de los indios y me dispongo a hacer lo propio, pero un indio, de alrededor de cuarenta años se puso al lado. No paraba de mirarme la entrepierna. Me inhibió totalmente y mis ganas de orinar se cortaron de inmediato. Y así quedé yo, como un tonto, haciendo fuerzas para terminar el asunto de una vez.

Ya en el colectivo de vuelta le dijo al vendedor:

– Hasta Auroville Beach.
– Este colectivo no va para ahí.
– ¿Y para dónde va?
– Pondicherry

Significa que al llegar tenía que tomarme otro colectivo por diez kilómetros. Y yo ya quería volver. El viaje, más el calor del mediodía, más el caos de la gran ciudad me había dejado aturdido. Saqué mi libro electrónico y me puse a leer. Llama la atención ser una persona más blanquita en un colectivo público, pero llama mucho más la atención si esa persona tiene en la mano un aparato electrónico. Todas las miradas se posaron sobre mi. No pasé ni una página cuando ya me estaban preguntando que era. Siempre trato de explicarles:

– Esto sirve para poder leer libros.
– ¿Es un Iphone?
– No no, sólo para leer. No se puede hacer nada más.
– ¿Y cuál es la diferencia con el iphone?
– Lo otro es un teléfono. Se pueden hacer muchas cosas, llamar, mandar mensajes, internet, sacar fotos, etc. Este aparto sólo sirve para una cosa: leer.

Mis explicaciones no suelen ser muy buenas porque se quedan hablando entre ellos y luego me vuelven a preguntar si es un iphone. La penetración del capitalismo y su necesidad de hacer de cualquier persona un potencial consumidor llegaron a todos lados.

Un chico que está en el asiento adelante mío, vestido de oficinista, pero con sandalias, sacó su Iphone y se lo mostró al público. Se quedaron más tranquilos. Intenté retomar la lectura. Por momentos lo lograba, el tráfico que salía de la ciudad era tal que avanzábamos muy lento. El inconveniente era mi compañero de asiento. Cada tanto cruzaba su brazo y se agarraba de un caño de la no-ventana (donde estaba yo apoyado) interponiéndose, así, entre mis ojos y el libro.

Decidí dejar la lectura para otro momento y contemplar el sol rojo que se iba escondiendo en el horizonte, mientras mi compañero, el que cruzaba la mano me hacía las preguntas de rigor: ¿De dónde sos? ¿A dónde vas? ¿A qué te dedicás?

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Tras un largo traqueteo y con el cansancio acumulado llegamos a un peaje donde mi compañero insiste con que me tenía que bajar ahí. Es el camino más corto para ir a Auroville Beach. No se por qué, no suelo hacerlo, pero le hice caso. Y tenía razón. Era el camino más corto, pero no pasaban colectivos en esa dirección.

Estaba sólo, de noche, con sueño y ganas de una ducha, en una nueva ruta esperando un nuevo colectivo que me lleve a Pondicherry. Lo que pensé que iba a ser una tranquila vuelta no resultó serlo.

En el nuevo colectivo conocí a un hombre que muy pintoresco se peinaba en cada curva. Parecía apurado por llegar. Cuando le comenté mi destino me recomendó bajarme con él, porque el colectivo que iba para donde yo quería pasaba por ahí.

Otra vez, sin haber aprendido la lección anterior, le hice caso. Cuando empezó a preguntar yo empecé a dudar de sus certezas. Me dijo que el colectivo no pasaba por ahí, pero que vayamos juntos en autoriksha a la parada. El lo pagaba, que no me haga problema. Así hicimos. En el trayecto le pregunté dos o tres veces “a la parada de colectivo ¿no?” “sí, sí, sí” me respondía. El se bajó antes, pagó, se despidió y el conductor siguió su marcha. Me extrañó cuando empezó a meterse en el barrio que funciona como gueto para los turistas. Pero cuando estacionó en la puerta de un hotel enloquecí. “¿Y la parada de colectivos?”. No hablaba inglés. Maldiciendo al conductor, al hombre del colectivo, al que me cruzaba el brazo, a Shiva y Ganesha caminé diez cuadras hasta la parada. Esperé con mucha paciencia el último colectivo del día y tras pasarme una parada volví caminando al lugar que hace rato quería llegar.

Este es sólo un ejemplo de todo lo que a uno le puede pasar viajando por estos pagos. Lo bueno es que tenemos pasajes a las Islas Andamán.

Hoy los estímulos abundan, los celulares no paran de sonar y la propagandas no paran de decirnos que comprar. Entonces la mente no tiene paz y el silencio es una quimera. Los pensamientos son cortos, ya no se permiten ideas de más de ciento cuarenta caracteres. Nos vamos a las Islas Andaman a cortar con eso, a desconectarnos. Dicen que el silencio lo vuelve a uno loco. Lo que vuelve a uno loco es el ruido. Y en India, ruido es lo que sobra.

Mientras escribimos el libro (II) – Kodaikanal

-Yo lo que extraño es la comida. Una buena pizza de la calle Corrientes, aceitosa y con mucho queso acompañada de una cerveza bien fría. ¿Qué? ¿No probaron las pizzas en Buenos Aires? Tienen que volver. Por eso sólo tienen que volver.

– Sí, la comida y un buen vino. Pero yo lo que más extraño es esto. Hablar en español, entendernos, el calor latino. Afuera encontrás gente simpática pero son fríos. Siempre marcan una distancia.

-¡Lili, bajá la música que no se escucha nada! Yo aún no sé que extraño de Bogotá, acá estoy tranquilo pero sí, estoy de acuerdo, no es lo mismo.

-Yo, yo lo que más extraño de mis años en Chile es a la Negra Sosa.

Se hizo un silencio y todos nos quedamos mirando a James. Es indio, petiso y con bigotes, es de Chennai y habla un español perfecto. Era sacerdote, vivió casi quince años en Chile en la década de los ochenta. En los años del horror, en la época de los curas tercermundistas y de la opción por los pobres. Dejó los hábitos y hoy es profesor de filosofía en Kodaikanal.

Éramos pocos alrededor de la mesa, seis completos desconocidos pero con algo en común. Todos estábamos lejos de lo que llamamos casa u hogar. Extrañábamos y hablamos español.

Se abrió una nueva botella de cerveza y Lili trajo más papas fritas a la mesa. Me levanté para ayudarla a preparar lo que faltaba. Servimos los pochoclos, el maní y las aceitunas. Con complicidad en la cocina me dijo que no saben cuánto tiempo más van a estar en India. Yo por mi parte le pregunté por las servilletas y por los vasos que faltaban. Hace mucho que no estaba de invitada en una casa ajena ayudando a poner la mesa.

-Uy!, sí. Ídola Mercedes. Yo también la admiro mucho -Dijo el colombiano.

-La canción que me gusta es esa que dice… – James Intenta recordar mientras mueve los dedos buscando la letra en algún lugar de su memoria.

La letra no aparece y empezamos a arriesgar ¿Gracias a la vida? ¿Alfonsina y el mar? ¿Zamba para olvidar? Esa es mi favorita.

Hallazgo.

-Cambia todo cambia – Dijo el indio chileno.

Daniel se pone de pie y busca la computadora. Además el cargador y los parlantes. Youtube. Tipea: Mercedes Sosa Todo Cambia.

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

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Los seis extraños estábamos serios. Mirando la pantalla, y no por la pantalla en sí que sólo mostraba una imagen estática de La Negra sentada con un poncho y un micrófono sino por todo lo que esa computadora evocaba. Daniel abrió otra pestaña y buscó, también en Youtube, paisajes de Argentina. “Para ver algo mientras suena la canción”, aclaró.

Daniel es español y nos conocimos gracias a la magia del Couchsurfing. Le preguntamos si nos podía alojar durante un par de días en Kodaikanal, un pueblo de montaña en el sur de India. Dijo que sí y nos ayudó en la búsqueda de una casa para alquilar. Queríamos buscar algo para estar un mes quietos y escribiendo. La casa no apareció pero si una invitación a un encuentro de latinos en la casa de unos colombianos. Habíamos comprado cervezas y chocolates para llevar.

Cambia el más fino brillante
De mano en mano su brillo
Cambia el nido el pajarillo
Cambia el sentir un amante

Cambia el rumbo el caminante
Aunque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

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-Ese lugar es hermoso. Si vuelven a Argentina tiene que ir a esa parte. San Juan, La Rioja, Catamarca. – Dijo Lucas mientras la pantalla mostraba unas imágenes del Valle de la luna. Tiene que buscarse una peña, escuchar música en vivo, tomarse un buen vino.

Cambia todo cambia
Cambia todo cambia.

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La canción se acabó.

-Che, ponete otro tema.

-¿Cuál?

-Cualquiera de Mercedes Sosa está bien – dije.

-¿Y cómo conoceis esa música? Vosotros sois muy jóvenes. – Dijo el español.

-Por mis viejos – Lucas retoma la palabra- Viajamos mucho por Argentina. El mate y la música nunca faltaron.

Me tocaba responder a mi. Y los sentimientos me jugaron una mala pasada.

-Por mi papá. Tocá la guitarra muy bien. Más de una noche de verano, en el patio de mi abuela, se ponía a tocar y nos acostábamos tarde por escucharlo. Y con un nudo en la garganta me fui a buscar una cerveza a la heladera.

-Poné esta: “Zamba de mi esperanza”. – dijo Gustavo.

-Buscá la versión de Cafrune – agregó Lucas.

El clima había cambiado por completo. ¿De qué parte son? ¿A qué te dedicabas en Colombia? ¿Cuánto tiempo llevan viajando? ¿Te gusta India? Las preguntas de rutina iban quedando atrás. Ahora se tejía otro tramado. Mucho más fino y que tocaba hilos muchos más delicados: el estar lejos.

Las cervezas corrían, la música también. Cada canción habría un cajón más del armario de los recuerdos. Hablábamos de nuestras ciudades, nuestras familias, de todo lo que estaba a más de 15.000 kilómetros y del otro lado del océano. Hablamos del clima, de la diferencia horaria, de las costumbres. De Cristina y de Santos, de Rajoy y de Macri. De la iglesia y del Papá, al cuál Jaime llamaba “Jorge” cariñosamente. Estábamos en India pero ninguno de los seis estaba en el país de los hombres que usan turbante, se dejan crecer el bigote y las vacas caminan por las calles.

Gustavo se levanta y vuelve con una botella. “Me lo regalaron y aún no lo abrí”. La etiqueta amarilla era pintoresca. Se trataba de un whisky de Bután.

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En los mismos vasos de la cerveza que se había acabado sirvieron el whisky. Era muy fuerte. Según el indio chileno se parecía al Jack Daniels. Lucas dijo que tenia razón.

Música, recuerdos perdidos de nuestros días en Buenos Aires y un estar lejos que se hace cada vez más fuerte.

-¿Sabés que tema argentino me gusta a mi? Buscá “Duerme negrito” con la introducción de Atahualpa Yupanqui – Dijo el colombiano, amante de la música argentina.

Y ese fue el golpe bajo para los seis extraños que ya no éramos tan desconocimos. Teníamos bastantes cosas en común, quizá el sueño de una Patria Grande, un legado común, una historia parecida, una sangre sudaca que corré con orgullo. Una familia lejos, un estilo de vida parecido. Un dilema compartido.

Ya era tarde, en breve iba a amanecer. El whisky también se había acabado. Emprendimos el regreso. Nos despedimos con un abrazo. “Mi casa es su casa” nos dijo Gustavo.

Nos fuimos a acostar angustiados. El whiskey nos había dejado un mal sabor en la boca y en el corazón. La música y sus letras seguían dándome vueltas en la cabeza. La duda existencial por saber si irnos de viaje fue una buena idea me acorralaba. No podía parar de pensar en el egoísmo del estar lejos, en el malestar de los que nos extrañan, en el nuestro que extrañamos el doble, en el deseo de conocer el mundo.

-¿Por qué hicimos todo esto? Le pregunte a Lucas que ya se había quedado dormido.

-“Para salvarnos”. Me respondió con entresueños.

Ahora que lo pienso, creo que faltó un tema más: Nostalgias, el tango de Cadícamo. – Le dije.

Porque cada vez estoy más convencida de que viajamos generando nostalgias a nuestros pasos. Y ese, es un sentimiento mucho más común de lo que se cree. Esa noche sin lugar a dudas nos juntamos con un solo motivo: dejar atrás nuestras nostalgias.

Repitiendo el mal sabor del whiskey nos fuimos quedando dormidos. Supongo que los seis, esa noche, soñamos con nuestras mamás cantándonos “Duerme duerme negrito, que tu mama está en el campo, negrito”.

***

Madurai: Acostumbrarse a India

Sobre nuestros días en Madurai y la compleja pregunta sobre el momento exacto en que India, como una palabra que engloba todo un mundo, se volvió parte de nuestra cotidianidad.

Meenakshi Amman

– «¿En qué momentos nos acostumbramos a esto?» Dije mientras caminábamos por Madurai. No se si lo pensé o si lo dije en voz alta. La falta de respuesta me despertó la duda.

Llevábamos unos cuantos metros caminando hasta que reparé en mis pies y ahí fue cuando surgió la pregunta. Estaba descalza caminando por las calles de una de las ciudades más caóticas de India. Habíamos pasado casi toda la mañana dentro del templo.

Salimos aturdidos. La gente, el olor de las velas ardiendo, el aroma de las sahumerios y los inciensos, el calor, el apretuje humano. Estábamos agotados y ahora teníamos que seguir caminando descalzos.

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Las calles estaban sucias y el pavimento comenzaba a calentarse con la proximidad del mediodía. Faltarían doscientos metros más y si no fue porque algo me pinchó en la planta del pie, no me hubiese dado cuenta que iba descalza. Los pies estaban sucios, hinchados por el calor y con ampollas que le dejaron el lugar a pequeños callos y durezas. Pero eso ya no es novedad, en India aprendimos a andar descalzos. Así y todo, queríamos recuperar nuestros zapatos.

El Meenakshi Amman Temple es el corazón de Madurai. El corazón sagrado y, también, pagano y comercial. El templo se ganó la fama de ser uno de los más impresionantes en el sur de India y muchos lo comparan con el Taj Mahal. Supongo que todos los piropos serán a la arquitectura. Un templo de seis hectáreas, más de 30.000 estatuas y figuras talladas, y doce gopuram, pilares altísimos con todas las deidades hinduistas cinceladas de una antigüedad de casi 2.500 años. Está construido en honor a Meenakshi, diosa con ojos de pez y tres pechos. Ella es un avatar de la diosa Parvati, consorte de Shiva.

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El templo tiene cuatro puertas, una en cada punto cardinal y adentro es un laberinto de salas, salones y puestos de souvenirs. Nos perdimos. Entramos por una entrada y salimos por otra. Teníamos que caminar todo de nuevo en busca de nuestros zapatos.

Gandhi

El sábado a la mañana decidimos ir al museo de Gandhi. Su imagen ya nos es familiar, también su historia, sus mitos y sus detalles. Llegamos temprano. Faltaba media hora para que abra. El calor agobiante hizo que, también, cambie nuestro horario. Amanecemos temprano para tratar de aprovechar el fresco del alba. Para hacer tiempo nos sentamos bajo un árbol a esperar que dieran las diez.

Una familia india esperaba a la par nuestra. Eran tamiles. Su piel es mucho más oscura, sus rasgos mucho más marcados y tenían cierta dureza en sus movimientos. Me llamó la atención el color de nuestra piel. Tan clara y delicada. Casi inexistente. Miraba con detalle y podía observar algunas venas correr por mi antebrazo. Hacía tiempo que no me detenía a observar los diferentes colores. Como si a eso también me hubiera (nos hubiéramos) acostumbrado. Al menos visualmente, ya no me llama la atención saberme blanco entre tanta gente de color.

El museo abre sus puertas. Es chiquito. Las vitrinas están escritas a mano y muestran fotos y momentos de la vida de Gandhi. Las fotos ya las habíamos visto y su historia ya la conocíamos. Sorprendía ver algunos de sus objetos personales: anteojos, sandalias, ropa.

Salimos con gusto a poco. La calle estaba abarrotada de personas, vacas, rickshaws, mendigos y trabajadores callejeros. Caminábamos esquivando paños donde arreglan zapatos, banana aún verdes y perros famélicos. Las bocinas molestaban menos y ya no nos damos vuelta cada dos minutos para ver si corremos riesgo de que nos atropellen.

Volví a preguntar. Esta vez más fuerte y asegurándome de que la pregunta saliera, efectivamente, de mi boca. “¿En qué momentos nos acostumbramos a esto?” Tampoco obtuve respuesta.

El mercado

Gallinas aún vivas, vegetales de los conocidos y de los no conocidos, panes de jabón para lavar la ropa y puestitos de chai y comida callejera. La comida es casi siempre frita y prefiero cuidar un poco la salud. Sólo un chai para mi. En el puesto de al lado vendían flores. Muchos compran como ofrenda para llevar al templo y muchas mujeres compran para ponérselas atadas en el pelo.

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Pasó una familia caminando. Venían del templo. Todos los miembros de la familia tenían la frente marcada. Un punto rojo, una línea blanca y otra línea roja por debajo. La mayoría de la población anda con la frente marcada. Señal de protección y bendición de los dioses. La familia nos miró y movió la cabeza en con ese rápido infinito apaisado que uno no sabe si es un sí, un no, hola o un quizá. Repetimos el movimiento y sonríen. Señal de que dentro de todo nos salió bien.

Iba a volver a preguntarlo pero a lo lejos vi venir una procesión. Todos vestidos de verde, con platos con frutas para ofrendar. Caminan en dirección el templo y los seguí con la mirada.

El barrio

Nos alojábamos en las afueras de la ciudad. Es un barrio sencillo, de casas bajas y gente trabajadora. Ya teníamos nuestra rutina. El señor al que le comprábamos el agua, la señora que vendía bananas coloradas, el boliche que vendía masala dossa por la mañana y porottas por la noches. La nena que estaba siempre en la vereda y cada vez que pasábamos nos gritaba “heeelooooo” y se metía corriendo en la casa.

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Decidimos salir a sacar fotos un rato antes de que el sol se ponga. Ya todos nos conocían y nos saludaban. Aunque para mi sea normal el color de nuestra (su) piel y nuestra (su) ropa a ellos les debe seguir llamando la atención. La nena repitió el largo saludo pero esa vez no pudo echarse a correr. Tenía un carnerito de tres días en el regazo. Le daba leche con una madera. Nos paramos a saludar y le preguntamos su nombre. Su tía, su mamá, su hermano, su abuelo, su otro tío, todos salieron a saludarnos. Nos ofrecieron sillas y una irresistible proposición de tomar un chai. Ahí, con ellos, en la vereda entre la cabra recién nacida y todas las demás. Aceptamos el chai y rechazamos la sillas. Podemos sentarnos en el suelo como ellos.

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Seguimos caminando, una banda de cinco nenes caminaban con nosotros. Un viejo nos hizo señas y nos pidió que le saquemos fotos a su jardín. Eran puras malezas pero el estaba orgullo de sus metros de tierra propia. Antes de posar se acomoda bien su longhi (pollera blanca y atada que usan los hombres).

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Cenamos en el restaurant de un musulmán que vivió un tiempo en Malasia. Le llevamos un ringgit de regalo y comimos el arroz con las manos.

La pregunta volvió a mi cabeza, en realidad no es que volvió, siempre estuvo ahí, desde el día en que llegamos a Madurai. Elegí no pronunciarla ¿Para qué? Nunca obtuve respuesta. Seguí comiendo.

No sé. No sé en que momentos nos acostumbramos a todo esto pero me parece que es de los más normal” me dijo L.

Rameswaram y sus leyendas

Podría decirse que uno se obsesiona con los extremos y con los accidentes geográficos. Suelen ser lugares que prometen escenarios únicos y atardeceres alucinantes. La vez anterior fue Kanyakumari, el extremo sur de India. Luego, Rameswaram un istmo ubicado en el sureste del país. A sólo unos treinta kilómetros de Sri Lanka, también conocida como la lagrima de la India.

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La leyenda:

En la época en que el mundo comenzaba a ser mundo, en la época en que dioses y demonios peleaban sobre la faz de la tierra, en la época en que los cielos eran muy azules y las estrellas muy brillantes, en esa época que nadie sabe muy bien cuándo fue, ocurrió esta extraordinaria historia contada en el Ramanayana.

Rama, el rey y el Dios, fue un avatar (reencarnación) de Vishnu, el Dios de la conservación. Su bella y joven consorte era Sita. Ambos se amaban y podían hacer el amor durante eternos días y noches. Pero, como siempre ocurre, no todos estaban felices con su amor, con su poder y con la herencia.

Es así que Rávana, un malvado demonio de diez cabezas secuestra a Sita y se la lleva consigo a la isla de Lanka, al sur de India. Rama desesperado manda cientos de ejércitos a buscarla pero ninguno puede dar con su bella amada.

Hanuman, el Dios mono y siervo de Rama, se compromete a ayudarlo. Como recompensa a su heroica y leal ayuda lo promovió de sirviente a Dios. Hanuman, que puede volar, descubre que Sita esta en la isla de Lanka. Para llegar a ella necesitan construir un puente que conecte ambas costas. Entonces comienza a recolectar piedras de todo India y las va llevando a Rameswaram, el punto más cerca a la isla. Las piedras son muchas y pesadas. Dicen que algunas se cayeron en el camino y conformaron montañas y paisajes fotogénicos como los de Hampi.

A medida que las piedras se van apilando en Rameswaran el puente comienza a construirse y Sita comienza a estar cada vez más cerca de su amado Rama. Un detalle: gracias a una bendición de Rama las piedras pueden flotar sobre el mar construyendo un puente de piedras flotantes.

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Una vez alcanzada la costa de la isla de Lanka los ejércitos de Rama logran cruzan y el malvado Rávana es asesinado. Rama y Sita se reencuentran y vuelven a hacer el amor durante eternos días y noches.

Dicen que con los años el puente se fue hundiendo pero que se puede ver desde arriba. Durante muchos años el puente fue conocido como Puente de Rama pero luego comenzó a llamarse Puente de Adán. Quizá el cambio de nombre tuvo que ver con los intentos de los católicos de colonizar la zona. Algo parecido pasó con el Pico de Adán en Sri Lanka.

La ciudad:

Llegamos a Rameswaran por la madruga. Aun era de noche y no nos dimos cuenta del largo puente que tuvimos que cruzar para llegar. La isla no es muy grande y la ciudad tampoco. Pero no por eso merece el atributo de tranquila.

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Rameswaran es uno de los Char Dham, moradas de los dioses. Los Char Dhram son los cuatros puntos de peregrinación que todo hinduista debe conocer en su vida. Cada uno se correspondo con un punto cardinal. Rameswaran es el punto sur.

La ciudad vive de y por el turismo espiritual. Los hoteles y restaurantes compiten con la cantidad de templos, ashrams y supuestos gurús. Las calles están repletas de vacas y de personas que venden pasto para que los feligreses alimenten a las vacas y reciban un guiño a Dios. Sí, India también es el país de las profesiones y ocupaciones inventadas.

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La ciudad se organiza en forma circular alrededor del Ramanathaswamy, el templo principal. Lo bueno es que en las calles adyacentes al templo los vehículos están prohibidos y la contaminación sonora disminuye. En las cercanías del templo, la mayoría de los peregrinos andan descalzos y mojados.

El templo es enorme y no se puede entrar ni con celulares ni con cámaras. Adentro es muy fácil perderse. Es un laberinto de largos pasillos y columnas con dioses tallados. Dentro de cada salón hay filas para recibir la bendición de un brahmán y un caramelo que simboliza un modo de incorporar a dios.

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El suelo acá también esta mojado. Se debe a la cantidad de pelegrinos que vienen para tomar baños sagrados. Muchos comparan a esta ciudad con Varanasi y dicen que quién se baña acá purifica su alma y se acerca cada vez al más moshka, la liberación del alma y del ciclo de las reencarnaciones.

Lo cierto es que no podemos recorrer todo el templo. Hay un gran salón dónde el ingreso esta limitado sólo a hinduistas. Ahí adentro se encuentra una de las yiotir linga más veneradas en el país. Se trata de estructuras de piedra con forma fálica que sirven para rendir homenaje a Shiva, Dios de la destrucción.

La ciudad no ofrece mucho, o al menos, mucho que podamos entender. Luego, al final de la calle esta el mar. Un mar azul sin playa dónde decenas de indios se bañan y decenas de brahmanes venden sus servicios para purificar a los creyentes. La playa está sucia, flores, velas, ropa. Restos de ofrendas. Figurita repetida en las playas indias.

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Nuestra leyenda:

La última tarde decidimos ir en busca del famoso puente de piedras flotantes. Dejamos la ciudad en un colectivo publico abarrotado de indios. Si uno mira el mapa puede notar como el istmo se mete en el mar. La extensión total es de unos dieciocho kilómetros y sólo diez están asfaltados. Nos bajamos cuándo el camino se acabó y comenzamos a caminar. La mayoría de los indios se subieron a otro colectivo que oficiaba de todo terreno e iba avanzando por la arena y por el agua.

Éramos los únicos que caminábamos. Mejor. En India el silencio vale y se aprecia mucho más. No teníamos muy en claro que buscar ni que íbamos ver. Queríamos caminar hasta dónde el istmo se acabe. Queríamos ver a Sri Lanka en la otra orilla, a sólo treinta kilómetros.

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En el camino cruzamos pueblos fantasmas que fueron abandonados con los últimos ciclones, vías de trenes que ya no pasan, y chabolas sostenidas con hojas de palmeras secas que hacen de hogar para los pescadores y para su familias.

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Caminamos y caminamos. Una hora, dos horas, tres. El mar acompaña a ambos lados. De un lado se oye el oleaje fuerte del mar abierto, del otro las pequeñas olas de la bahía. Intentábamos respirar al ritmo de cada uno de los dos oleajes y ver con cual nos sentíamos más cómodos.

Finalmente el agua deja de estar de costado y comienza a estar, también, en el frente. Corrimos. Habíamos llegado. Ya no estaba Sita esperando del otro lado, tampoco había rastros de reyes ni dioses. Sólo nosotros dos y un mar azul que se extendía a nuestro alrededor. Los extremos y los accidentes geográficos nos gustan. Nos ponen en perspectiva, y nos hacen sentir tan chiquitos y tan grandes como podemos ser. Habíamos conquistado otro fin de India. Y esta vez lo teníamos para nosotros solos.

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Kanyakumari y el fin de India

Estoy escribiendo esto en el Cabo, frente al mar, donde se reúnen tres aguas y proporcionan una vista sin igual en el mundo. Por esto no es un puerto para los buques. Al igual que la diosa, las aguas que rodean son puras.

Gandhi

Cada uno es responsable de lo que le sucede y tiene el poder de decidir lo que quiere ser. Lo que eres hoy es el resultado de tus decisiones y elecciones en el pasado. Lo que seas mañana será consecuencia de tus actos de hoy.

Vivekananda

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Llegamos al fin de India. El punto más austral. Si India tiene forma de triángulo escaleno, nosotros estamos en el vértice sur. Ese lugar donde se juntan tres mares: el Arábigo, el de Bengala y el Índico. Estamos de pie en los acantilados, mirando al sur, el horizonte y sabiendo que no hay nada más. Algún aficionado de los documentales de History Channel dirá que ahí, debajo del mar, está Lemuria. Lo cierto es que no se ve nada más allá, sólo algún barco pesquero y algún otro con pasajeros que los llevan a las pequeñas islas que están en frente. Una es una estatua de Thiruvalluvar, un poeta de Tamil Nadu (el estado dónde nos encontramos ahora) y la otra es un memorial a Vivekananda, aquél famoso gurú que fue discipulo de Ramakrishna y que llevó la filosofía vedanta a occidente por primera vez. Él meditó tres días en aquella roca y la leyenda cuenta que cruzó nadando, luchando contra tiburones hambrientos. El mismo Gandhi también vino acá a meditar y admirarse de la belleza del cabo.

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Un lugar romántico, ideal para escuchar romper las olas, para ver la salida y la puesta del sol desde el mismo punto. Sólo hay que rotar el propio cuerpo en dirección este u oeste, según corresponda. Nuestra estadía coincidía con la luna llena. Estaba todo orquestado para que salga perfecto. Pero (siempre hay un pero) hubo un pequeño gran detalle que nos hizo cambiar completamente la percepción del lugar.

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Si todo lo anteriormente descripto es arrojado en una ciudad india que recibe mucho turismo local, el resultado es una playa llena de mugre, mierda y meo (el orden de los factores no altera el producto), donde el mar juega con las bolsas de plástico y con retazos de ropa o de ofrendas. Las calles son callejones pequeños donde el ruido de los bocinazos de cualquier vehículo aturde exigiendo prioridad. Los empujones son moneda corriente a la hora de hacer cualquier fila, sea para comprar pasajes de tren o para subirse al barco. No se de donde salió el nombre de fila india, seguro que de acá no. Y los vendedores están todo el tiempo persiguiéndote para ofrecerte todo aquello que no necesitás.

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Seguramente cuando Vivekananda y Gandhi vinieron para acá buscando meditar en uno de los lugares que podría ser de los más pintorescos del mundo, no tenían un vendedor de alfombras que les gritaba desde la otra punta.

India es un país totalmente distinto respecto a lo que estamos acostumbrado, y dentro de esas grandes diferencias está también la forma en la que hacen turismo local.

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Esta ciudad, recibe miles de turistas a diario, pero que vienen sólo con un fin religioso. Acá se encuentra un templo dedicado a la diosa Kumari. Tours organizados trasladan a señoras con saris y tipos con bigotes. Los pasean de acá para allá, y a la hora de dormir, esto es lo más curioso, los amontonan en distintos cuartos. Pero cuando decimos los amontonan, es que en una habitación para dos duermen cinco ¿Cómo? Es difícil de explicar, pero hay una habilidad que es propia del habitar un país superpoblado: encontrar lugar dónde no lo hay. Se aprietan, se acuestan en el piso o uno al lado de otro en los colchones. Al día siguiente se suben al micro, también amontonados, y van en búsqueda de otra ciudad sagrada. Para rezar, bañarse y dejar sus ofrendas mugre en el mar.

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Y mientras los indios viene y se van, algunos en el mismo día y otros a la mañana siguiente, nosotros seguimos ahí. Mirando el sur, el horizonte después del cual ya no hay nada. Buscando la ola perfecta en la que coinciden los tres mares. Pensando en las historia que vienen de Bengala, en los amores pendientes que llegan desde Arabia, intentando pescar algo entre el murmullo del oleaje. Y cuándo creíamos que una ola nos traía un cuento de Madagascar, alguien nos toca el brazo:

Cheaper sunglasses, Sir. Original Ray-ban Madam. Good Price, Good quality” Y lo miramos al indio, miramos el mar, se perdió el barullo que escuchábamos. Pegamos la vuelta. Suficiente India por hoy.

Kanyakumari tiene todo el potencial para ser uno de los lugares más increíbles de India (y del mundo), pero está desaprovechado. O al menos, no aprovechado como nosotros lo imaginamos. Kanyakumari es el fin de India en términos geográficos, pero para nosotros, lejos de eso, fue una simple parada en el camino.

Varkala y su mundo

Pusimos el despertador a las 6 am. Un horario muy poco frecuente en nosotros pero queríamos levantarnos temprano. Nos correspondían las dos horas de playa que perdimos ayer. Cargamos el termo con agua caliente, compramos dos panes, uno con canela y el otro con chocolate, y buscamos en el fondo de la mochila la bolsita que tenia lo último que nos quedaba de yerba.

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Llegamos a Varkala ayer, cuándo ya había caído la tarde. Nuestros planes de ir a la playa ni bien llegáramos se fueron desarmando uno a uno cuándo en la estación de Ernakulam avisaron que nuestro tren tenía demoras. Al principio dijeron treinta minutos, luego una hora, luego dos. El tren terminó llegando cinco horas más tarde. Pero en India eso no es problema. La mayoría de los viajes se componen de tiempos muertos y perdidos. India no es la excepción. El tiempo transcurre a otro ritmo. No importa que el tren se demore cinco horas, que el tráfico se atasque porque una vaca no cruza la calle o que un autobús no salga porque al chofer le dieron ganas de tomarse otro chai. Acá el tiempo es un bien material del cual, también, hay que aprender a renunciar.

El tiempo no nos poseé ni nosotros a él, pero que lindo hubiese sido si podíamos meter los pies en el mar ayer a la tarde como habíamos planeado. Mirando el agua desde el vagón y con los últimos rayos del sol llegamos a la ciudad. Ningún autorickshaw (moto-taxi) quería poner el taxímetro para llevarnos y nos pedían un precio desorbitante para hacer cinco kilómetros. Eso podía significar una sola cosa: habíamos llegados a un lugar híper-turístico.

Efectivamente Varkala es uno de los guetos mochileros más populares en India. La ciudad no es muy grande y toda la costa está ocupada por hoteles, guest-house, restaurantes, locales de ropa, de masajes y de alfombras. Acá es mucho más fácil conseguir una pizza que un chai.

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En Varkala hay muchos turistas new age: grupos de occidentales que vienen a la India en busca de una iluminación espiritual. Los hay de todo tipo. El que paga el curso de yoga pero no va porque se queda dormido como el fanático que cada vez que puede va con su colchoneta a realizar sus asanas. Están los que se pasan varías horas hablando de sus éxitos espirituales y están los que se pasan varias horas practicando. Pero hay algo que me resulta raro. Se creó una especie de carrera por alcanzar la espiritualidad, como si fuese un bien más de mercado. Cómo algunos corren detrás del celular y del auto, algunos otros corren detrás de los cursos de yoga y meditación. El que se ilumina primero, gana. Se olvidan del mundo circundante y se meten en ellos mismos, y así van por la vida. Quizá esa es mi mayor crítica. Andan por India sin ver a su alrededor, andan por el mundo sin saber que se está cayendo a bajo. No importa, ellos respiran, exhalan y buscan su nirvana. Yo en cambio soy más visceral. No puedo sentarme a meditar cuándo tengo tres nenes mirándome y pidiéndome plata para comer. Tampoco puedo encerrarme en un ashram cuando el mundo transcurre afuera y necesita de mi cambio y compromiso. El aquí y ahora no debe desconocer el contexto que habitamos. Pienso el proceso al revés, mi interior es un punto de llegada y para llegar tengo que conectarme antes con el suelo que habito. Sino, voy a ir por la vida buscando quien sabe qué.

Lo peor es que intento encontrar el error en mi modo de pensarme y buscó acercarme a ellos. Les sonrío y les pregunto donde toman clases de yoga, (quizá puedo animarme a probar algunas clases) ¿Y qué me dicen? Que no me entienden, con toda su parsimonia y su tono de voz new age. Repito más lento: Where you take yoga classes?. Y-O-G-A. Su respuesta: “Ah, i-oga? La i griega rioplatense es algo que tengo que practicar.

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Nos pasamos toda la mañana viendo como la playa se llena poco a poco y mirándolos a ellos hacer sus rutinas de saludo al sol. Luego, van todos a desayunar al restaurant que la guía Lonely Planet recomendó el año pasado. Los miro y suspiro. Están buscando algo y, al menos, no les hacen mal a nadie. Y ya no nos queda más yerba. Pensamos en ponerla a secar al sol pero creo que con el chai vamos a estar bien, lastima acá que no se consigue.

Así es la rutina de Varkala. Los yoguis caminan con sus colchonetas, los rusos se ponen rojos de tanto sol y los empleados de los locales comienzan a baldear el piso a las 7 am. La mayoría son nepalíes que vienen a hacer temporadas de trabajo. Los sueldos son bajísimos y la ganancia está en las propinas. Pero los viajeros new age no dejan propinas, el dinero siembra la impureza del alma. Bueno, nosotros tampoco dejamos muchas propinas. Me preguntó que sentirá un nepalí al ver el mar todos los días, supongo que debe ser lo mismo que sentirá un boliviano. Con la única diferencia que estos últimos alguna vez lo tuvieron y luego se los arrebataron.

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El mar. Eso fue único que nos trajo hasta acá y lo que nos hizo madrugar. Cuándo uno comienza a viajar y tiene que cambiar de cama cada dos o tres días empieza a buscar objetos que le den a uno cierta idea de cotidianeidad. A mi me pasa con el mar. Cada vez que lo veo siento que de algún modo estoy dónde quiero estar, aunque sea un hogar interno. Cada mar me hace pensar en todos los mares que vi antes. El mar de Tailandia, el de China, el mar Báltico, el mar Adriático, el mar Argentino. Algunos más verdes, otros más fríos, con más o menos olas y otros más sucios. El mar siempre es el mar, más allá de la simpleza de la afirmación. El ruido de las olas cuando rompen, el viento cuándo pega en la cara, los pies que se hunden en la arena. Son pequeños hábitos que se repiten de playa a playa y que me permiten, por momentos, sentirme un poco más en casa. Sentir que algo de mi entorno es mío, es conocido, me pertenece aunque sólo sea por unos días.

Queda agua para un mate más. Lucas quiere meterse al agua y tomárselo cuándo sale. Son los pequeños placeres que nos damos. Luego, empezamos a caminar. A dos kilómetros de la playa new age empieza la playa india. La basura es lo primero que nos llama la atención. Ropa mojada, envoltorios de helado, botellas de plásticos, portarretratos de amores muertos y muchas flores. Los indios vienen a Varkala sólo para visitar un templo y hacer las respectivas ofrendas en el mar. Se meten al agua con sari, jean y camisa, andan por la arena con zapatos de cueros y los guardavidas no dejan que se metan muy hondo. Los indios en el agua son unos aparatos, inocentes y divertidos.

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Seguimos caminando y cada vez hay menos gente. Los indios, los hippies, los oportunistas, los que alquilan las sombrillas, los místicos, todos quedaron allá atrás. Desde acá los acantilados se ven más rojos y la arena parece más dorada. Desde acá los locales de comida parecen puntos de colores y el parapente que sobrevuela la playa parece un gran pájaro. Nos sentamos a descansar. Viajar por India agota los sentidos, la paciencia y la mente.

Con una mirada cómplice elegimos que este va a ser el lugar. Y lo hacemos cuándo el sol comienza a caer sobre el mar. Lucas empieza a preparar el último mate con lo último que nos queda de yerba.

Mientras escribimos el libro (I) – Mulanthuruthy

Cuando vino Gokul estaba concentrado escribiendo sobre el conflicto de Cachemira, su geografía y su gente. Recopilando nuestros viejos escritos, recordando nuestra experiencia, revisando nuestras fotos y leyendo a otros autores. Cómo dice el gran Kapuscinski “Viajar descubriendo, la lectura y la reflexión conforman, todo unido, mis textos. Estas tres profundas raíces de mi escritura son las que persigo simultáneamente. Aparte de eso, me ayudan dos elementos: la poesía y la fotografía.”

Gokul es un chico de unos veinte años, de risa fácil, que trabaja en el lugar dónde nos alojábamos. Siempre viene con una sonrisa y con una oferta irresistible de chai. Aunque esta vez, la oferta del té fue distinta. Al ser nuestro último día en Mulanthuruthy quería que lo vayamos a tomar a su casa. Así nos podía mostrar su cuarto, sus objetos más preciados y sus mascotas. Descubrimos que en India tienen un particular interés y orgullo en mostrarte el lugar donde viven. Este deseo de exhibir su mundo es mucho más fuerte en zonas dónde no suelen frecuentar personas de otras nacionalidades.

Mulanthuruthy es un pequeño pueblo no muy lejos de Ernakulam, en el estado de Kerala. Nosotros, a su vez, estamos en Karicode, a cuatro kilómetros de Mulanthuruthy, rodeados de cocoteros, vacas y plantaciones de arroz. Es un oasis en medio del vértigo de las ciudades indias. Llegamos acá buscando un lugar tranquilo para escribir. Lo encontramos.

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Con tanta suerte que además participamos de un festival llamado Makar Sankranti: tres días de encuentros y festejos en el templo. La gente nos dio distintas versiones sobre el motivo, por lo que logramos entender es que el sol llegó a su punto más austral, al trópico de capricornio y empieza a moverse hacia el norte, hacía el trópico de cáncer. Dicen que marca el comienzo de la época de cosecha.

En los días de festejo nos transformamos en el centro de atención. Todas las miradas puestas sobre nosotros. Nos pedían fotos y las preguntas de rigor se repetían: “Wich country?”, “Your Name?”, “Profession?”.

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La miradas y las risas cómplices aumentaron cuando tuve que entrar al templo con el torso desnudo, o cuando nos veían comer con la mano, algo en lo que nos falta práctica. Más allá de la curiosidad de algunos, que por momentos se tornaba intensa, disfrutamos de la música, la comida y de ver el esfuerzo de la comunidad por sacar el festival adelante. Lo armaron entre todos. Cada uno poniendo lo que podía. Algunos rupias, otros ofrecían el chai, otros cocinaban.

Una de las mascotas del barrio

Una de las mascotas del barrio

Volviendo a la invitación de Gokul, entrar a una casa ajena nos produce una doble sensación: por un lado teniamos la oportunidad de conocer como realmente viven. Por otro lado, es una situación incómoda. Siempre tenemos la sensación de que vamos con las manos casi vacías y que son ellos los que nos ofrecen toda su hospitalidad. Es una relación despareja. Esta vez no fue la excepción. Lo primero que hizo Gokul fue lamentarse de no poder ofrecernos nada más que un té con galletas. Como si fuese su obligación.

Vive con sus padres. Shiva, el padre, es sordomudo y de corta estatura. Al igual que su hijo, siempre tiene un sonrisa grande que muestra toda la dentadura. La madre fue la que nos sirvió el té y para no desentonar, sonreía también.

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La casa tiene dos cuartos y la cocina a leña, afuera. El primero de los cuartos, el de los padres, es tan grande como la cama. El colchón es casi tan grueso como las sábanas. Las paredes están llenas de dioses y actores de Bollywood. El cuarto de Gokul es el cuarto de un adolescente. Con la ropa desparramada, la guitarra en el ropero y botellas de licores vacías. El no toma, sino que se guarda las botellas que dejan los huéspedes.

Creo que nosotros en nuestras roñosas y destartaladas mochilas cargamos más cosas. En situaciones como estas nos damos cuenta que la simpleza y el minimalismo que intentamos aplicar se quedan cortos.

Antes de irnos nos pidieron que toquemos a la vaca. Para traerle suerte y que este año de un poco más de leche.

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Estamos escribiendo sobre India y es una tarea titánica. Porque India es la sencillez y la hospitalidad. Es los dioses y los festivales. Es las guerras y las zonas ocupadas. Es los timos y regateos. Es la mugre y la mierda. Es veintiún idiomas y cientos de dialectos. Es distintas religiones. Es infinitos sabores y olores. Estoy empezando a pensar que India no existe. Que es todo un invento nuestro.

Consejos para mujeres que viajan a India

India es, sin dudas, uno de los países más atractivos a la hora de pensar un viaje a tierras exóticas. Todo llama la atención, todo es inmenso e inabarcable. Las diferencias culturales saltan a la vista desde el momento que uno llega.

Viajar por India supone dejarse llevar por el misticismo y por la espiritualidad y a la vez estar dispuestos a las nuevas experiencias: nuevos sabores, nuevos aromas, nuevas creencias.

India no es un país peligroso, hay cientos de adjetivos que la califican mejor, pero se ha ganó la fama de serlo. Cómo siempre, depende con que se lo compare. “Todo es relativo, nada es absoluto” decía Einstein. Por ejemplo, las calles de Mumbai no nos parecieron tan enquilombadas, porque lo comparábamos con Buenos Aires un viernes a las 19 horas. En cambio, una pareja de suizos se nos pusieron a charlar en una esquina y no caían en su asombro al ver que no había semáforo y un policía dirigía el transito con ayuda de sus brazos. No se como habrán tomado la noticia de que en ninguna ciudad de India abundan los semáforos.

Los indios son curiosos, nos miran raro por ser extranjeros. Se acercan, preguntan tu nombre, de donde sos, pero nunca sentimos que fueran más allá de ello.

A diario recibimos varios correos de personas (de mujeres en su mayoría) que quieren viajar a India y no se animan por el miedo de lo que les puede pasar. No se si nosotros gozamos de demasiada suerte, pero esta es nuestra cuarta visita al país y nunca tuvimos ningún inconveniente. Decidimos armar una lista para ayudar a futuras viajeras. Si no quieren detenerse a leer se las podemos resumir en cuatro máximas: respeto, sentido común, intuición y una sonrisa. A continuación los detalles:

El respeto

Lo principal, creemos nosotros, a la hora de viajar por lugares tan distintos es ser respetuoso. Creemos que este es el punto central del que se desprende todo lo demás.

Parece absurdo tener que decirlo pero vimos muchísimos (demasiados) turistas que entraban con zapatos a los templos y a las casas de familias (para la sociedad india es una muestra de desprecio), los vimos sacarse selfies con las estatuas de los dioses o sacándole fotos a las personas que piden plata en la calle sin pedir su consentimiento previamente. Los vimos quejarse porque en las ciudades sagradas la cerveza está prohibida. Si uno viaja a otro país, tiene que saber que juega de visitante y que las reglas no las ponemos nosotros. Tenemos que ser respetuosos, siempre. Preguntar, consultar, averiguar pero no dar por entendido que las cosas son como habituamos en nuestra cultura.

Por ejemplo, cuando visitamos la región de Cachemira en el noroeste de India, decidí cubrirme mi cabeza cada vez que salía a la calle. Cachemira es un estado con mayoría musulmana, y si bien nadie nunca me dijo nada, me cubrí igualmente. Muchas mujeres se quejan de la mirada de los musulmanes, a mi lo cierto es que nadie me miró ni reparó en mí. Porque simplemente llamaba mucho menos la atención que si iba con el pelo suelto y al viento.

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En la Jama Masjid de Delhi vimos como echaban a dos turistas ¿Por qué? En la puerta de la mezquita hay un cartel que explica que la entrada es libre y gratuita pero que si uno quiero tomar fotos o filmar adentro debe pagar un extra de 300 rupias. Una pareja de argentinos, casualmente, entró gratuitamente a la mezquita y en el interior sacaron la cámara de fotos. No sólo eso, la chica se saco el velo que se había llevado para cubrirse los hombros y la cabeza y estaba posando para la foto sin ningún reparo de que ese era un lugar sagrado para muchísimas personas. Claro, los echaron y les exigieron el pago del uso de la camara. Ellos se quejaron del maltrato indio.

Creemos que si uno es respetuoso con la cultura que visita, esta también es respetuosa con uno. Por supuesto que puede haber excepciones a la regla, pero les aseguramos que el respeto reduce muchísimo las chances de pasar un mal momento.

Código de vestimenta

En India la moda es muy distinta a lo que habituamos en occidente. Los hombres suelen ir de pantalón largo y camisa de manga cortas y las mujeres de sari o con un Salwar Kameez o Churidar (una camisola larga que combinan con unas calzas y con un pañuelo).

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No les vamos a decir que se vistan como las indias pero si que traten de adaptar su ropa a la cultura local.

Las mujeres nunca muestran los hombros ni las piernas. Tampoco hay que estar con pantalón largo y tolera en pleno verano, pero si una pollera o pantalón por debajo de las rodillas y los hombros cubiertos por una remera holgada de manga corta o un pañuelo. Yo siempre me incliné por el pañuelo ya que además me cubre el pecho y en caso de entrar a algún templo tengo con que taparme la cabeza.

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Los indios son mirones por naturaleza, no les demos excusas para que miren de más. Vestir adecuadamente además de respetar la cultura local es un modo de cuidarnos.

En una de las playas de Goa vimos dos chicas australianas tomando sol boca abajo. La parte de atrás de la bikini era diminuta y la parte de arriba la tenían desabrochada. ¿Qué había atrás? Tres indios con cara de pervertidos y con el bulto un tanto hinchado. El resto de las mujeres de la playa se bañaban con un pareo o con una camisola sobre el traje de baño.

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Otra situación incómoda la vivimos en la celebración de Holi en Jaisalmer. Holi es una suerte de carnaval dónde se tiran agua y polvos de colores. Optamos por ponernos la ropa que en peor estado teníamos ya que sabíamos que se iba a arruinar. Pero un grupo de turistas no tuvo mejor idea que vestirse todos de blanco. Las chicas estaban de pantalón cortito y musculosa. Ambas prendas al mojarse dejaron ver lo que había abajo. Se les traslució la ropa interior. Tuvieron que volver corriendo al hotel a refugiarse ya que tenían una horda de indios corriéndolas atrás.

Quizá suene chocante saber que en India no podemos vestir igual a como acostumbramos en nuestros países, pero vale la pena el esfuerzo para ahorrarse un mal momento. ¿Sabían que la mayoría de la pornografía que entra en India es de occidente y muchos indios se van a dormir pensando que todas las occidentales podemos ser pornostars?

No andar solas (de noche)

A la suerte no hay que forzarla. Andar solas de noche, lamentablemente, no parece ser un buen plan. Muchas ciudades y pueblos cambian completamente cuándo el sol se pone, sobre todo en las zonas no tan turísticas. India es un país que se levanta antes del alba y se acuesta temprano.

Lo ideal es no andar de noche y si no hay otra opción, tratar de buscar un autoriksha o taxi de confianza o buscar algún grupo al cual unirse.

India recibe a muchos turistas al año y no es difícil encontrar un grupo de viajeros/as con los cuales compartir.

Si querés buscar compañeros de viaje para India te recomendamos este grupo en Facebook: Foro de viaje: India, Nepal e Sri Lanka

Trenes

Los trenes en India son una experiencia única. Recorren todo el país y están divididos en distintas clases de vagones.

Todos los vagones son compartidos. Lo que varía es entre cuantas personas se comparte. Los hay de dos personas, de cuatro, de seis, de ocho. Y siempre es una lotería saber con quién se comparte el camarote.

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Nosotros viajamos siempre en Slepper Class y procuramos tomar trenes nocturnos para optimizar el tiempo. Más de una vez me pasó de despertarme en la noche y encontrarme con un par de indios mirándome dormir.

Lo ideal es llevar siempre un pañuelo o tela con la cual taparse y buscar alguna familia de la cual hacerse amiga en el tren.

Nos pasó en Calcuta que un chico que pedía plata en la estación nos empezó a seguir. Se notaba que tenia algún problema psiquiátrico. Al comienzo nos seguía de lejos y luego cada vez más de cerca. A tal punto que subimos al tren y se pega a la ventana del lado de afuera mirándome. La situación era muy incomoda por lo cual decidí cambiarme de lugar. Él también se cambia de lugar para seguir mirándome. Finalmente, el tren arranca y el desaparece de la ventana. Pero no por mucho, aparece arriba del tren. Se acerca y se queda de pie mirándome. Luego, se sienta enfrente mío.

Me empecé a sentir muy incómoda y uno de los hombres que estaba sentado cerca lo notó. Comenzó a pedirle que le muestre su boleto. El chico desaparece. Le agradezco con un gesto y me acuesto a dormir.

A la hora me levanto y veo que el chico estaba merodeando por el vagón. Da la casualidad que el hombre que ya me había ayudado también se levanta y lo ve. Llamá a otro y entre varios comienzan a echarlo a los gritos y empujones. No volvió a aparecer.

Fue una situación incomoda y lo que menos quería era que una persona reciba codazos por mi culpa, pero si no era por esos hombres no se como hubiese terminado todo.

Por lo cual, siempre es una buena idea hacernos amigos de nuestros compañeros de compartimiento y si por alguna razón hay algo que no nos gusta o incómoda, podemos pedirle al revisor de boletos que nos haga un cambio de asiento.

Por último, muchos deben creer que cuanto más cara es la clase en la que viajamos más seguro es. En nuestra opinión, nos sentimos más seguros viajando con más personas que con menos. Es decir, que viajen seis personas más al lado nuestro nos ofrece ciertas garantías que si sólo estamos con un extraño en un compartimiento de dos personas.

Si les interese leer esta Guía para recorrer India en tren.

Decir que estás casada

Siempre, sin excepción. Cómo nunca hay que decir que es nuestra primera vez en India tampoco hay que decir que estamos solas o solteras. Al menos, en una primera instancia.

En general decir que estamos casadas ya funciona como un freno con los indios que tienen más de una intención con nosotras. Es más, muchas veces les dije que mi marido estaba viniendo o que estaba en la esquina comprando algo y se alejaron sin chistar. Digamos que son mentiras piadosas.

Otra cosa que nunca hago en India es sacarme fotos con indios solamente. Si es una familia o si esta Lucas en el medio acepto sin problemas, pero con hombres solos no me siento tan cómoda para hacerlo. Además no quiero que después anden mostrando la foto y diciendo que soy su “novia argentina”.

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La limpieza no abunda

Si sos de esas personas que se obsesionan con la limpieza, India puede llegar a ser una prueba a superar. Los parámetros que ellos manejan son muy distintos. Más de una vez nos tocaron sabanas manchadas, rejillas del baño llenas de pelos y pulgas en las almohadas. Un buen modo de evitar esto es viajar con tu propia bolsa de dormir o, en nuestro caso, con una tela grande que usábamos de sábana y colocábamos sobre las sábanas que ya estaban.

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Bloquear las puertas

Siempre a la hora de registrarnos en un hotel tenemos que prestar atención a la condiciones de seguridad de la habitación. Si las ventanas se cierran de adentro, si la puerta tiene pasador, si la llave funciona. No sólo por las cuestiones de valor sino para evitar inconvenientes. Más vale prevenir que curar.

Conocimos una inglesa que se levanto a las dos de mañana con el recepcionista del hotel metiéndose en su cama. Ella comenzó a los gritos, y logro pegarle al tipo en la cabeza con un velador. De ese modo pudo salir al pasillo y comenzar a gritar hasta algunos huéspedes salieron en su auxilio.

Fue la única vez que escuchamos una historia así en primera persona. No hay que confiarse ni bajar la guardia, nunca.

En cuanto al alojamiento, cada vez están más de moda los hostels en India que ofrecen habitaciones compartidas sólo entre mujeres.

Ser intuitiva y con sentido común

Podríamos extendernos dándole consejos y detalles a los cuales prestar atención pero lo cierto es que lo más importante es tener sentido común, siempre.

Si en nuestro país no dejamos la cartera sobre la mesa de un bar, en India tampoco. Si en nuestro país no nos paseamos en ropa ajustada, en India menos. Lamentablemente, mientras sigamos viviendo en un mundo patriarcal somos las mujeres quieres tenemos que procurar que no nos pase nada, aunque eso suponga vestirnos como no queremos o volver a horarios que no nos divierten.

Creemos que lo principal para no tener una mala experiencia en India es aplicar en sentido común, de ser centradas y sobre todo, y lo más importante, de ser intuitivas.

Si un lugar, una persona, un hotel, o lo que fuere no te trasmite seguridad ni te hace sentir cómoda, no lo dudes y andate. No se trata de quedarse a probar cuanta suerte tenemos, sino de ayudar la poca suerte que tenemos.

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India es un país fascinante y que no suele decepcionar a quién se toma el tiempo y el trabajo de conocerlo, sea cual sea las intenciones que te llevaron hasta ahí.

Que todos estos consejos que suenan a burocracia viajera no te asusten. Son pequeñas precauciones para viajar más tranquilo. Lo cierto es que nunca sentimos que India sea un lugar peligroso, a nosotros nunca nos pasó nada. Pero a la suerte, a veces, hay que ayudarla un poquito.

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Por último, les compartimos esta completa guía para viajar por India con información sobre el país, presupuesto, itinerarios, etc: Guía de viaje, datos y consejos para recorrer India.
¿Por qué India?

* Aclaración: Si bien este post intenta reflejar nuestras sensaciones y experiencias personales en India. Los motivos acerca de por qué uno decide conocer este destino se pueden hacer extensivo a todos los viajeros que han visitado, o tienen intenciones de visitar, el país. Aclarada la doble lectura del texto, seguimos adelante:

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Desde que decidimos viajar a India sin fecha de regreso esta pregunta dio vueltas en nuestra cabeza. No teníamos en claro porque queríamos ir a ese país, no sabíamos mucho, ni teníamos contacto alguno con su cultura. Tampoco sabemos por qué nos gustó ni por qué terminamos pasando más tiempo de lo que teníamos previsto.

Cuando dejamos India, allá en marzo del 2014, lo hicimos con la promesa de volver. Incluso, desembarcamos en Buenos Aires sabiendo que efectivamente íbamos a volver.

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Dos años después, nuestra promesa se cumplió. Volvimos a India por cuarta vez. En total, contando salidas y entradas, visas que se vencían y pasajes que no podíamos cambiar, pasamos ocho meses en este país. Y ahora venimos por otro tanto.

Y por más que lo intentemos tampoco logramos darle una respuesta a la pregunta de por qué volvimos ¿Por qué India?

¿Qué nos atrae de ese modo de vivir y de pensar? ¿Qué es lo que nos llama la atención de esa cultura? ¿Qué buscamos cuándo decidimos conocer realidades tan distintas?

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India genera misterio. Su mismo nombre abre un sin fin de interrogantes y suena muy prometedor. Un nombre tan ajeno como conocido. Porque lo cierto es que todos tenemos cierta idea y preconceptos sobre el profundo y complejo país. Las vacas en la calle, la basura, el namasté, la pobreza, el esplendor de los palacios, los camellos, las castas, la sociedad patriarcal, la cultura milenaria, los sadhus, la trascendencia. Esto es lo más sorprendente de India: lo absoluto.

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Por supuesto que entre quienes deciden visitar India no se presentan los mismos motivos. Algunos viajan sólo por la foto en el Taj Mahal (en incluso se llevan vestimenta especial para la ocasión). Otros viajan para tomar cursos de medicina ayurvedica o instructorados de yoga. Otros por la curiosidades y por lo exótico. Otros por negocios, a mayor o menos escala la ropa india se vende en cualquier parte del mundo. Otros sueñan con los mercados y los bazares de especias. Otros por la comida. Otros por los económicos y efectivos tratamientos dentales. Otros en búsqueda de la iluminación. Nos sorprendió muchísimo la cantidad de occidentales que renuncian a su vida capitalista para iniciarse en los caminos espirituales. En ese aspecto, India está idealizada. Si bien la espiritualidad se vive en la calle, lo cierto es que la sociedad está creciendo para el otro lado. Los occidentales renuncian al Iphone para acercarse a Dios, los indios renuncian a Dios para acercarse al Iphone. Otros aún nos seguimos preguntando el por qué. Y así vamos y volvemos.

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Los motivos de un viaje a India son múltiples e India parece satisfacerlos todos. Lo único común es el resultado: no deja a nadie indiferente. Podríamos detenernos un buen rato hablando de las expectativas, y la autenticidad que supone viajar a India, pero eso ya lo hicimos en otro lado.

Si tuviésemos que esbozar una respuesta de por qué India podría basarte en nuestros temores. No hay nada más peligroso que la comodidad y, últimamente, estamos muy cómodos viajando.

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Más aún, volvemos a India para seguir adentranos en su mundo y comprender, en la medida que nuestras mentes racionales lo permitan, un poco más su entramado social. Pero también volvemos porque extrañamos. No tanto a India sino a quienes somos nosotros cuando estamos en India

Extrañamos la vida simple del chai (bebida típica a base de té con leche que se sirve en la calle) a media tarde con un paquete de galletitas Parle. Extrañamos el Thali, las calles sin veredas y con cabras, sacarnos las sandalias antes de entrar a cada templo, hogar o negocio, el comer huevos a escondidas en algunos lugares porque está prohibido, lavarnos los pies todas las noches por la cantidad de tierra que juntaron a lo largo del día, buscar lugares que sirvan un desayuno no tan picante, los timos, el regateo, la sonrisas de los niños y la mirada penetrante de los viejos. Extrañamos la escalinatas del río Ganges y la gente que ahí espera la muerte, porque India debe ser el único lugar del mundo dónde la muerte se espera pacíficamente. Extrañamos no entender absolutamente nada de lo que pasa a nuestro alrededor. Extrañamos la humildad, la pasión y la fe.

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El karma. La paradoja constante. El sin sentido, lo absurdo, lo inadmisible. Extrañamos los dualismos: la pobreza extrema y el desarrollo capitalista, la renuncia de los sabios y el aferramiento de los aprendices. India nos hace ir a dormir llorando y levantarnos amando estar vivos. Esas cosas ocurren, por más que suenen imposibles. Extrañábamos la humanidad, por eso volvimos.

Extrañábamos ser y no ser nosotros mismos, porque en India la identidad desaparece. Acá no existen Lucas y Ludmila, no existe la psicología ni SAP, ni nada que conozcamos. Volvemos porque queremos escribir un libro, y esta vez parece que va en serio.

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Kuala Lumpur, segunda vuelta

Dicen que la vida se basa en los complementos, que las segundas partes son mejores, que es en la re-experiencia donde las cosas alcanzan su sentido. A fin de cuentas todo se reduce a un método binario, de a dos. El universo, también, se estructura en diadas dicotómicas: día-noche, invierno-verano, sol-luna.

La memoria e incluso la temporalidad parecen funcionar con la lógica de las “segundas vueltas”. Hace rato que dejamos de pensar la temporalidad como algo lineal. Ya no somos hechos que se suceden en el tiempo y se alínean en algo que podemos llamar historia y que sólo crece hacia delante. Somos las ideas y vueltas, muchas veces somos más las “vueltas” que las idas. Somos seres cronológicos, desde ya. Pero lo nuestro es una temporalidad retrospectiva. La memoria hace rato que dejo de ser un archivo comparable a la memoria RAM de un ordenador. Los viajes son la prueba de eso. De lo subjetivo y humanos que somos, en el tiempo y en la memoria.

Pero necesitamos pruebas fácticas para demostrarlo. Las palabras bonitas no alcanzan. Kuala Lumpur fue, para nosotros, la prueba necesaria para afirmar esto. Galeano tenia razón: no estamos hechos de átomos sino de historias.

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En Malasia ya habíamos estado, justamente hace dos años. Estuvimos en enero del 2014 y nunca habíamos escrito nada sobre el país. Un poco por falta de tiempo, otro por falta de motivación. Malasia quedó encuadrada por haber sido el país que viajamos con la familia, que tomamos mate y que jugábamos a las cartas en la playa mientras comíamos alfajores de Havanna. Quizá por eso no nos dejamos llevar por nuestros papeles de viajeros que escriben lo que viven. Malasia sólo había sido la excusa para el encuentro.

***

Nos fuimos con gusto a poco. Ni la cultura, la comida ni la historia nos había “volado la cabeza”. Era sólo un país más con mucha capacidad económica en el sureste de Asia. Eso y la convivencia de chinos, indios y musulmanes. Kuala Lumpur no estaba en la lista de capitales favoritas ni mucho menos. Pero el destino (y las compañías aéreas low cost) quiso que volvamos.

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Llegamos a Malasia a dedo desde Bangkok (Tailandia) y nuestra primer noche la pasamos en el living de una familia malaya que nos levantó en la ruta. Rápidamente nos dimos cuenta que había una dimensión del país que no conocíamos, que no habíamos visto en nuestra anterior visita: la hospitalidad.

A Kuala Lumpur también llegamos a dedo. Nos levantaron dos amigos que volvían de pescar y nos dejaron en una estación de tren en las afueras de la ciudad. Lo primero que hicimos fue buscar en el mapa en que estación nos convenía bajar. Dos años que no veíamos un mapa de Kuala Lumpur y fácilmente nos ubicamos. El dedo índice marcó KL Sentral (la terminal dónde coinciden todos los trenes y autobuses urbanos) y en una línea recta hacia el noroeste señaló KLCC, el parque dónde las Torres Petronas vigilan lo que pasa en la ciudad. Los nombres de las estaciones no nos eran conocidos ni los recordabamos, pero sacamos dos tickets a “Pudu”. Era la que nos dejaba más cerca.

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¿A dónde llegamos? A una esquina que cruzamos una y mil veces. La esquina de dónde salió el micro a Cameroon Highlands, la esquina que teníamos que cruzar para ir a cenar al Central Market, la esquina del semáforo que no funcionaba (y que ahora seguía sin hacerlo) ¿Qué la memoria no es subjetiva?

Conservábamos un mapa de la ciudad que ya no se correspondía con los nombres de las calles ni con los sitios de interés al turistas. Sólo recordábamos (y reconocíamos) la esquina dónde servían comida pakistaní, el lugar donde compramos tres pares de medias por dos ringgit. Increíblemente caminamos con demasiada soltura por la ciudad. Increíble, porque habían pasado dos años y nunca más habíamos vuelto a pensar en ella. Ni siquiera volvimos a ver las fotos.

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¿Qué los mapas son estáticos? ¿Qué las ciudades nos son indiferentes? En nuestra primera visita habíamos pasado menos de una semana en Kuala Lumpur pero el mapa de la ciudad seguía vigente en nuestra memoria. Mapa subjetivo, por supuesto. Pero a la vez, la ciudad nos era extraña en cierto modo. Quizá porque no estaban Mariana y Carlos para comentar lo que veíamos, o quizá porque ahora reparábamos en detalles que en nuestra primera visita pasaron desapercibos. El China Town no nos parecía tan chino, sólo una versión local de Khao San Road de Bangkok. A su vez nos parecía una gran metrópolis multicultural pero con aires de pueblo. Pasábamos de caminar por una avenida repleta de rascacielos y tiendas Gucci a caminar por callejones dónde los indios jugaban a las cartas mientras mastican betel y escupían saliva roja.

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Todos hablan de la convivencia étnica en Malasia y en Kuala Lumpur en particular. Es lo que más llama la atención de la ciudad: Indios malayos, chinos malayos y musulmanes malayos conviven e, incluso, trabajan juntos. Cada grupo tiene sus propios templos, su propio barrio y sus propios lugares de comida típica. Comida halal para algunos, currys vegetarianos para otros y cualquier ser vivo que se pueda comer para los chinos. Unos comen con las manos, otros con palitos y otros deben lavarse con agua fresca varias veces al día. Creen en dioses distintos pero conviven. Aunque no tengan nada en común. Conviven pero no comparten. No hay disturbios pero no hay intercambio.

La mezquita nacional

La mezquita nacional

En nuestra segunda oportunidad para descubrir Kuala Lumpur decidimos comenzar a dudar de las afirmaciones axiomáticas que leemos por ahí y nos tomamos el trabajo de comenzar a preguntarle a cada persona sobre la convivencia étnica. Todos coinciden en que está todo bien pero ningún chino cena en el lugar de comida musulmana, ni ningún indio se atreve a los palitos.

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Dioses hindúes

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Las segundan vueltas permiten ordenar ideas y avanzar un poco más. En cierto modo somos espirales que nos vamos moviendo en sentido ascendente. Más de una vez vamos a pasar por el mismo lugar, la forma así lo obliga pero en cada vuelta conquistamos un nuevo punto de vista. Enriquecedor, por cierto.

Complemento, dualidad, plenitud. Llamémoslo como queramos. Pero nunca demos nada por hecho. Las segundas vueltas pueden cambiar todo.

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De Bangkok a Kuala Lumpur a dedo

«Nuestras maltratadas maletas se amontonaban sobre la acera de nuevo; nos quedaban largos caminos por recorrer. Pero no importa, el camino es vida«
Jack Kerouac

El 31 de diciembre, en realidad ya primero de enero, nos fuimos a dormir tarde. No somos de trasnochar pero el destino quiso ponernos a varios argentinos en el camino para tener con quién festejar el cierre de un gran año. Mejor. El único inconveniente era que en dos horas iba a sonar el despertador. El primer día del año a las seis de la mañana íbamos a empezar el 2016, viajando. Una vez más.

1.500 kilómetros separan Bangkok (capital de Tailandia) de Kuala Lumpur (capital de Malasia). El objetivo eran tan simple como complejo: unir ambas ciudades en dos días, siempre a dedo, sin usar ningún tipo de transporte público.
Una suerte de apuesta personal.

Bangkok - Kuala Lumpur mapa

Mapa Bangkok – Kuala Lumpur

Dormidos y con dolor de cabeza salimos a la ruta. No fuimos los únicos. Cientos de autos se apilaban en los semáforos rumbo al sur. Todos iban a la playa. Entre baldecitos, reposeras y heladeras no había lugar para dos argentinos.
Pero el pulgar siguió en el aire y el viaje, comenzó a fluir.
 Mientras caminábamos con las mochilas a cuestas para un auto. Eran dos tailandeses que no hablaban nada de inglés. Nos subimos y vamos a buscar a la hermana de uno de ellos que sí hablaba. Cuándo le contamos lo que queremos hacer, nos llevaron hasta la ruta principal. Lo más difícil era llegar hasta ahí. Así comienza la sucesión de autos: parejas que iban a la playa, familias que iban a pasar el día, dos amigas que habían ido a comprar una bicicleta fija, un tailandés homosexual y multimillonario que tenia una playa privada y una chica que nos quería llevar a toda costa a la estación de colectivos, entre otros.

Haciendo dedo

Los chicos que no hablaban inglés y su hermana

En total fueron siete autos y llegamos a un hotel sobre la ruta. Quizá era un motel, nunca sabemos cual es la diferencia. No avanzamos mucho, sólo 350 kilómetros. El objetivo era hacer 500 como mínimo el primer día.

El segundo día volvimos a madrugar. Teníamos que cruzar la frontera. Nos lo habíamos propuesto. Para eso teníamos que hacer solamente 700 kilómetros. Esta vez fueron cinco autos y dos camiones. Siete en total, de nuevo.

Viajamos con víboras en un balde, con cañas de pescar, con un camionero que se había cansado de ser taxista y comía café instantáneo para no dormirse. Decimos, “comía” porque literalmente se ponía el polvo del sobrecito en la boca, lo masticaba y lo bajaba con un trago de Pepsi-cola. Otro camionero, otra pareja, y varias familias. Viajábamos con un borracho y lo convencimos para que le diga al que manejaba que se desvíe diez kilómetros para dejarnos en la frontera.

Bangkok - Kuala Lumpur-1

Como nos suele pasar las diferencias idiomáticas son una barrera que a esfuerzo de ingenio y señas logramos saltear.

Cerca de las 19 llegamos al borde. Cruzar una frontera nos llena de ansiedad, pero hacerlo de noche es horrible. Las fronteras son líneas imaginarias cargadas de emociones. Esos pocos metros que son tierra de nadie son una suerte de limbo para prepararnos para lo que viene: otro idioma, otra cultura, otro Dios, otra forma de vida.

Del lado malayo no había ni un pueblo y además era otra franja horaria, ya eran las nueve de la noche. El primer hotel estaba a ocho kilómetros. Sólo nos quedaba levantar el pulgar, una vez más.
 Se detiene un auto. Dos pibes, son primos y son musulmanes. Vuelven de cenar y se enganchan con nuestra historia. Nos ofrecen llevarnos hasta su pueblo. Esta a 40 kilómetros y también hay hoteles. Nos sirve, estamos más cerca de Kuala Lumpur. Nos hacen de guías, nos muestran las mezquitas, nos vuelven a sumergir en el mundo islámico. Cenamos los cuatro. Tenemos más en común que diferencias.

Cena con los primos malayos

Cena con los primos malayos

Cerca de las doce, vamos a buscar un hotel. Todos están llenos, son caros, son feos y vienen con roedores incluidos en el precio. Lo pensamos y les pedimos si nos pueden llevar a la estación de buses. O pasamos la noche ahí, o nos tomamos un colectivo nocturno a la capital. Ni lo uno, ni lo otro. Nos invitan a pasar la noche a su casa con la promesa de dejarnos al otro día en la ruta bien temprano. Aceptamos, nos lavamos como dice la costumbre islámica y dormimos en el living. 
Al tercer día también nos levantamos a las seis de la mañana, pero esta vez porque la familia entera se levantó a rezar.
 Los padres del chico no entendían como había dos extranjeros durmiendo en el living. Lejos de enojarse nos dijeron que la próxima vez nos quedemos más tiempo.

La familia que nos alojó

La familia que nos alojó

A la hora, ya estábamos en la autopista. Paró un auto que iba a Kuala Lumpur directo. Hicimos los últimos 450 kilómetros con otros dos malayos. Volvimos a la ciudad de las Torres Petronas. Volvimos, una vez más a comprobar lo peligroso que es el mundo. Los medios tienen razón. El afuera es tan peligroso porque te dan ganas de quedarte, de seguir viajando, de seguir creyendo en la condición humana.

Vista desde el hotel donde estábamos alojados

Vista desde el hotel donde estábamos alojados

Último día en Camboya

Suena el despertador y tanteo el velador. Descubrimos que se cortó la luz. No sabemos desde cuando. Con la luz del celular intentamos desayunar un café instantáneo. Ponemos el polvo en las tasas y nos damos cuenta que sin luz no podemos calentar el agua.

Huir de Phnom Penh

Bajamos por la escalera y una horda de taxistas espera en la puerta del hotel. Estos tipos desarrollaron un superpoder para percibir turistas a una legua de distancia. No entienden que no queremos ir a ningún otro lugar más que a la parada del colectivo que sólo está a un kilómetro. Tampoco entienden que queremos ir caminando, o al menos, no pagando cinco dólares. Para ellos es tan extraño encontrarse con un turista que no hace las típicas cosas de turista, como para nosotros que en toda Camboya no exista el transporte público. Sólo hay tres líneas de colectivo y estás cruzan Phnom Penh, la capital. El colectivo número 3 nos sacaba de la ciudad o eso parecía figurar en el mapa.

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Nuestro viaje por Camboya había llegado a su fin. Queríamos volver a Tailandia. Con lo maravilloso de Angkor Wat y con lo terrorífico de Phnom Penh ya habíamos tenido suficiente. Lo nuestro fue un basta-para-mi-basta-para-todos pero sin tuti-fruti de por medio.

Pasaron 40 minutos y seguíamos viendo la ciudad desde la ventanilla del bondi. Ciudad bastante deplorable por cierto. Calles de asfalto gastado, polvo y basura apilada al lado de mercados improvisados. Las ciudades camboyanas son feas y huelen peor. No hay veredas, no hay parques, no hay nada que sea lindo, aunque sea para la foto. Incluso el río, que podría ser bastante encantador, es sólo un basurero municipal más. Como cada esquina, cada puesto de comida, cada entrada a un hospital o escuela. Todo es basura y mugre. Los templos tampoco dicen mucho y cada vez quedan más atrapados entre edificios de cemento. Por supuesto que se trata de una capital tercermundista en uno de los países más pobres del mundo, pero no por ello vamos a inventarle atributos que no tiene.

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En Camboya las ciudades crecen sólo en el plano horizontal y cuesta mucho, muchísimo, salir. El chofer nos mira por el espejo retrovisor. Final de recorrido. La sensación es que seguimos en el medio de la ciudad. Menos mal que salimos temprano y decidimos darle un poco de changui. Nuestro objetivo es llegar al puerto de la ciudad de Trat, ya en Tailandia, para tomar el último barco rumbo a la isla Koh Chang. El último barco sale a las 19.

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Viajamos a dedo para conocer un poco más los países que visitamos: su gente, sus calles, su vida. Al menos nos permite eludir por algunos kilómetros los set de filmación que arman para todos los turistas y que sólo muestra lo que es mejor mostrar.

Cuándo uno empieza a moverse a dedo empieza a prestar atención a detalles que antes pasaban desapercibidos, como las banquinas, los semáforos, los peajes. Uno empieza a buscar, también, los mejores lugares para pararse a hacer dedo. Acá no había nada de nada, ni siguiera un árbol que nos de sombra. Sólo una ruta doble mano poblada por motos que no respetaban los sentidos de circulación y un gran mercado de carne a cielo abierto y sin cadena de frío. Si había vacas, podríamos haber dicho que estábamos en India. Ponernos ahí no tenía sentido. No quedaba otra que seguir caminando. ¿Cuánto fueron? ¿Tres kilómetros? ¿Cuatro? Con el calor y las mochilas todo cuesta más. Las narices tampoco podían más. Todo olía como la mismísima mierda y con el calor, los olores se potencian. Decidimos parar cuándo dejamos de sentir el olor. Aunque en realidad dudo si dejó de sentirse o ya nos habíamos acostumbrado. Cuándo vimos un poco de tierra, que podía servir de banquina para que los autos paren, levantamos los pulgares. Sonrisa de por medio, por supuesto.

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Los chinos son muchos

A los diez minutos ya había puesto balizas el primer auto. Era un chino, no me acuerdo el nombre. No es el único. Camboya está lleno de chinos que vienen a hacer sus negocios acá. Por momentos da la sensación de que esté es su patio casero. Le preguntamos porque hay tantos chinos en Camboya. Su respuesta fue concreta: “somos muchos, siempre va a haber muchos chinos en cualquier parte del mundo”. También le preguntamos si hablaba en jemer. Dijo que ni valía la pena intentarlo. Se desvió diez kilómetros para dejarnos en el pueblo siguiente. Nos dice que desde ahí salen colectivos a las playas del sur, que ahí van todos los turistas, que es muy lindo. No entendió nada de todo lo que le dijimos. Antes de irse nos regala dos almanaques 2016, dos aguas minerales, nos da su tarjeta y nos agrega a Wechat (el Facebook chino).

Es cierto, de ese pueblo salían autobuses. En realidad eran minivans con capacidad para diez personas pero iban a mas no poder. Cerca de dieciséis pasajeros y de la puerta trasera iban colgando bolsos, canastos de plásticos, banquetas apiladas, arroceras y, lo más increíble, una moto.
Caminamos hasta el final del pueblo. Habrán sido unos 500 metros pero pasaron demasiado lento. Todas las miradas se centraban en nosotros: dos turistas transpirados se bajaron del auto de un chino y empezaron a caminar.

El camino dispone

Pasó el tiempo y ningún auto asomó en la ruta. Empezamos a mirar el mapa con desconfianza. Quizá no estamos dónde creemos estar. Vemos que viene un camión azul a veinte kilómetros por hora. Dudo si hacerme la boluda o no. Hacemos señas y para mis adentro pienso que es mejor que siga de largo. A esa velocidad no vamos a llegar jamás a la frontera. Pone balizas y frena.

El tipo no supera el metro setenta, esta vestido con un overol de militar, aparenta tener 60 años pero luego nos enteramos que no llega a los cincuenta. Tiene un ojo perdido por culpa del glaucoma. Su nombre suena algo como “pen” pero con acento camboyano. No habla nada de inglés y nosotros no cazamos un fulbo de jemer.
Con lo único que nos entendemos es con el nombre de las ciudades y en afirmar todo con un “OK” mientras levantamos un pulgar como gesto de afirmación. Así entendimos que iba hasta la frontera con Tailandia, nos dejaba a diez kilómetros del borde. Más no podíamos pedir. El único problema era la velocidad. Íbamos demasiado lento y ya eran las once de la mañana. Podríamos haber inventado un excusa, bajarnos antes, pero decidimos seguir con el buen señor. A las dos horas paramos a almorzar en un puestito sobre la ruta. Esos lugares siempre sirven la mejor comida, no hay lugar a dudas. Comemos los tres más otros tres camioneros. La altura de Lucas fue el tema de la conversación. Seguimos avanzando. Despacio, con las ventanillas bajas y golpeándonos la cabeza con el techo cada que vez que agarrábamos un pozo. Algo que en las rutas de Camboya pasa cada cinco minutos. Lo buena de la velocidad en modo-slow es que no nos perdíamos ningún detalles de los pueblos que íbamos cruzando. Incluso la humedad de la selva entraba por las ventanillas. De pronto vemos una ambulancia pasar: era un moto con la calcomanía de una cruz verde pegada. Iban tres personas sentadas. El primero manejaba, la del medio tenia barbijo y un camisón de hospital. La tercera podría ser la enfermera y era la que sujetaba el suero que iba a conectado a la paciente del medio. Increíble.

Empezamos a parar cada veinte minutos. Con el calor y las bajadas de la ruta los frenos se recalentaban. Había que tirarles agua fresca y esperar que se enfríe. Poco a poco nuestras esperanzas de llegar a agarrar el último barco comenzaron a desvanecerse.

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Paramos en una gomería. Ahí descubrimos que los otros tres camioneros venían atrás nuestro. Eran de la misma empresa y nuestro conductor parecía ser jefe. No sé si al chico de la gomería le llamó más la atención el mal estado de la rueda, o que no había rueda de auxilio o que viajaban dos turistas. Todo se hacia lento. Todo se charlaba y comentaba entre todos. Todos opinaban y metían mano en la rueda. Todos salvo el jefe, él se puso a dormir en una hamaca. Lo único que entendíamos de toda la conversación era cuándo decían Koh-Kong –ciudad de la frontera- y nos señalaban. Al menos, lo dijeron ocho veces. Nosotros, con cara de feliz cumpleaños, veíamos la hora pasar.

El fantasma de los jemeres rojos

Seguimos avanzando y parando a refrescar los frenos. Cerca de las cinco volvimos a detenernos. Estábamos a 40 kilómetros de la última ciudad fronteriza. Paramos a comprar una coca, literalmente. Evidentemente ese boliche sobre la ruta, una sombrilla con una mesa, sillas y una heladera llena de hielo y latas, es parte del ritual de estos cuatro camioneros. Conocían al dueño o eso supusimos. No entendíamos nada de la charla. Y cuándo un sentido esta bloqueado, los otros restantes comienzan a ser más leales. No entendíamos nada pero empezamos a mirar todo con más atención. El dueño del parador era de lo más desagradable. Estaba en cuero y una cicatriz que le cruzaba el hinchado abdomen. Fumaba, escupía y hablaba a los gritos. Sus gestos eran muy violentos, y sus ojos, estaban muy colorados. Recién ahí tuve miedo. No me preocupaba el cruce de la frontera, no me preocupaba estar en medio de la selva camboyana con desconocidos, no me asustaba estar en un camión que tenía los frenos sacando humo. Lo único que me aterraba era pensar que ese tipo tan brusco pudo ser un jemer rojo en sus años de juventud. Me puse incomoda, quería irme, subir al camión, avisarle a mi familia dónde estaba, parar otro auto. Pero nada de eso era posible. El último auto lo habíamos visto cien kilómetros atrás.

En esos casos lo mejor en sonreír. Cada vez que el tipo nos clavaba los ojos le sonreía y le daba un sorbo a la coca-cola. Con la excusa de buscar un baño entre los yuyos me fui arrimando al camión. Arrancamos a los veinte minutos.

Con el viento en la cara

El sol se estaba poniendo y el camionero nos avisa que en dos kilómetros dobla y que nos tenemos que bajar ahí. Nos despedimos afectuosamente. Estábamos a diez kilómetros de Tailandia. No pasaban autos. Empezamos a caminar, si venía algún vehículo lo íbamos a escuchar. Dos pibes pasan con sus motos y se nos quedan mirando. Frenan de golpe y preguntan a dónde vamos. Ellos van hasta la ciudad (cinco kilómetros antes de la frontera). Se ofrecen a llevarnos. En la ciudad le habremos dado lástima porque nos dicen que nos llevan a la frontera. Iba cada uno en una moto con las mochilas puestas. Los pibes manejaban muy rápido y frenaban de golpe para cancherear con sus amigos que llevaban a dos gringos con mochilas (en viaje). Segundo momento dónde tuve miedo. No me gustan las motos, para nada. Mucho menos cuándo no se dónde agarrarme, cuándo voy con un completo extraño y cuando tengo 12 kilos en la espalda que me tiran para atrás. Trate de no pensar y contar cuántos segundos faltaban para llegar al borde. Tuvimos que cruzar un puente sobre el rio. Vimos un atardecer perfecto y me di cuenta que en nuestros veinte días en el país ese día fue el que más había disfrutado y cuándo más había aprendido de su gente.

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Cruzar la frontera

Con el ultimo instante de luz, llegamos al borde. Estaba lleno de gente. La mayoría ponía un billete de un dólar en la primera página del pasaporte. Todos pasaban. A nosotros nadie nos reclamo ninguna coima.

Ya habíamos perdido el barco, pero no nos preocupaba. Al contrario, nos daba culpa dejar Camboya. La gente buena está en todos lados, solo se trata de salir a su encuentro y de alejarse de los circuitos estereotipados para el turismo. Pero estábamos en Tailandia, una vez más. Debíamos recorrer cien kilómetros hasta el llegar a Trat y de ahí, veinte más al puerto.

Era de noche, y casi no se veían autos. Pasamos el último control policial y nos ponemos a hacer dedo. Un tipo que estaba por ahí se acerca a la policía, nos señala y atrás de él viene el policía tailandés. Con una sonrisa –el único recurso aplicable a esos casos- le explicamos que queremos ir a Trat. Preocupados nos dice que ya no hay colectivos, que nos sentemos y que el le pregunta a los autos si alguno va para allá. Le hacemos caso. No íbamos a llevarle la contra al policía. Pero veníamos que no les preguntaba a todos los autos. Se va en moto, queda el otro policía a cargo. No le pregunta nada a nadie. Dudamos si ponernos a hacer dedo de vuelta. Vuelve el primer oficial y nos dice que a las 22 viene un autobús desde Camboya y va a Trat. Momento incómodo. No queremos el bus, queremos hacer dedo. Le preguntamos por algún hotel para pasar la noche. Nos dice que no hay ninguno. Le explicamos que cambiamos de planes y que no vamos a ir a Trat sino al siguiente pueblo a pasar la noche. Le pedimos que por favor le pregunte a los autos. No entendemos la lógica, sólo le pregunta a algunos. No se si es por la patente, por la cara o por qué. Detiene a un camión. Nos hace señas de que subamos. Pero eso ya forma parte de la historia de otro país.

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