Category: Argentina
Extrañando Argentina

“Primero hay que saber sufrir 
después amar, después partir 
y al fin andar sin pensamiento.” 
Homero Expósito

Estamos lejos. Tartu, ciudad de Estonia, está a poco más de 12.000 kilómetros de Buenos Aires, y nuestra cabeza y nuestro cuerpo se encuentran yendo y viniendo entre tantos países y océanos. Extrañar, esa es la cuestión. Volar a Argentina, una ilusión que nos mantiene en vilo.

Alguna foto en Facebook de un evento familiar, ver a los sobrinos crecer, amigos que se casan y quedan embarazos, ganas de tomarse un mate calentito e incluso escuchar “Libertango” de Piazzolla en alguna calle de Praga son hechos que estremecen el corazón. Por el tango acá pega fuerte. Sea una milonga en alguna plaza de Zagreb en Croacia o algún tema de Gardel interpretado por músicos callejeros, Argentina nos llama a cada rato.

Milonga de domingo a la noche

Milonga de domingo a la noche

¡Qué complejo el ser humano! Rara vez nos coincide el cuerpo y al mente en un mismo lugar. No es que no queremos estar viajando, pero simplemente estos últimos días nos sentimos más lejos de Buenos Aires que otras veces.

Nos pasa al subirnos a cada auto que nos levanta mientras esperamos en la ruta, basta decir que somos de Argentina para que la magia empiece a fluir. Primero nos miran con extrañamiento y después se vienen todas las asociaciones: qué el asado, que los paisajes, que la gente. Algunos lo asociación con la versión Madonna de Evita, otros con algún programa de Guido Kaczka que vieron en la televisión un domingo a la mañana y la mayoría con la música. Parecería que todos saben que Argentina es grandiosa y que nosotros estamos lejos. Es que sí, Argentina es grandiosa y todos lo saben. La fama ya está hecha.

¿Qué extrañamos? Curiosamente, todo y nada. Nos comeríamos unas buenas empanadas en Tucumán, caminaríamos por los senderos de la patagonía y comeríamos churros en la costa atlántica. Cenaríamos con amigos, e incluso disfrutaríamos de la bocinas cerca del Obelisco. Pero estamos en los Bálticos, encarando para Rusia.

Patagonia -38

Todos nos preguntan por nuestro país. Todos parecen tener ganas de ir en algún momento. Qué decirles… Y ahí nos emocionamos hablando (y más con algunas cervezas encima). Nos pasó con unos amigos de Turquía caminando por Riga, Letonia. Cruzamos la calle, adelante una explanada y dos chicas tocando el violín. Sonaba “Por una cabeza”. La sangre bulle, estando tan lejos escuchar algo tan cercano es casi mágico. Y la emoción surge a flor de piel. Por que los argentinos somos eso, manojos de emociones condensadas. ¡Pobres turcos! Una hora los tuvimos hablando de Argentina, de lo que se puede hacer, de las callecitas, de que comer, de que tomar, de los argentinos, de alguna milonga, de una peña, de asado del domingo, del vino.

Música callejera

Música callejera

Alguien nos preguntó luego de contarle que conocíamos más de 30 países cuál era nuestro favorito. Imagínense ustedes mismo la respuesta…

Cuando uno está de viaje, un encuentro con otro argentino es una alegría enorme. Es hablar rápido, abrazarse, sentir que nos conocemos de toda la vida sólo por extrañar juntos uno buena pizza de Güerrín.

Pero a pesar de extrañar, elegimos seguir viajando. La vuelta a casa está lejos todavía. Mientras, nos refugiamos en nuestro mate, en los tangos que suenan en las calles de Europa y en los encuentros entre argentinos. A fin de cuenta, son puentes invisibles que nos llevan y nos traen de casa una y otra vez. Estar en casa, hemos descubierto, es un estado interior.

lavandas

Patagonia atlántica: safari marino

Si bien nuestro encuentro con las ballenas en Puerto Madryn nos pareció onírico y mitológico, solo fue una parte de nuestro viaje por la costa atlántica patagónica.

Las Grutas

Llueve y hace frio. Tenemos puesto todo el abrigo que trajimos y las esperanzas de pasar un día de sol en la playa se desvanecen con cada soplido del viento. El cielo gris se camufla con la línea del horizonte sobre el mar, que también parece gris.

Nos recomiendan visitar San Antonio Oeste y también el Este. Por allá también llueve. Los mates se lavan, los libros se leen y el cielo sigue gris, como el mar.

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Las playas de San Antonio

Puerto Madryn

Como si fuese sincronizado, una vez que salimos a la ruta 3 salió el sol. La ciudad nos parece pintoresca. La playa, la costanera y muchísimas personas haciendo deporte. La ciudad se recorre caminando, siempre con un mate bajo el brazo. Entre partidos de cartas y lecturas pérdidas fuimos sintiéndonos cada vez más cómodos. Pocas son las ciudades que nos inspiran pensamientos como “debe estar bueno vivir acá” y Puerto Madryn fue una de ellas.

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El muelle de Madryn

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Atardecer en Playa Cantera

Nuestro enamoramiento alcanzó su esplendor cuándo nos recomendaron visitar Playa Cantera, a unos cinco kilómetros de El Doradillo. Allí tuvimos un mágico encuentro con ballenas y sus crías.

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Península Valdés

La península, como a cualquier otro, nos llamaba muchísimo la atención. Quizá por su accidentada geografía, por su flora o por su fauna. Con bufanda y anteojos de sol salimos a recorrerla.

Más de trescientos kilómetros de ripio con paisajes lindísimos a ambos lado de la ruta. Ovejas, guanacos y alguna que otra liebre patagónica se cruzaban delante nuestro marcando el paso.

Paisajes de la Peninsula

Paisajes de la Peninsula

Ovejas y corderos

Ovejas y corderos

Liebre

Liebre

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Guanacos

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Y una limitada señal de celular

Fue en Punta Delgada dónde hicimos la primera parada. Un pintoresco faro y una bajada hasta la playa. Para nuestra sorpresa nos encontramos con varios harenes de elefantes marinos que se acercaban a la costa por estar en temporada de apareamiento.

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Elefante marino en Punta Delgada

Los elefantes marinos de sur se caracterizan por su trompa colgante y por el gran tamaño de sus machos. Son estos quienes llegan primero a la costa para ir marcando territorio mientras esperan a las hembras. Quién conquiste la porción de tierra más grande será quien más hembras tenga en su harén. Las hembras van llegando de a poco a la costa. Tuvimos la suerte de poder ver muchas crías de pocos días de vida en compañía de sus madres.

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Mamá y cría

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Macho dominante

Rawson

Rawson no es una ciudad atractiva, es discreta, no le gusta llamar la atención. Tiene el perfil bajo y la mirada puesta en el mar. El puerto nos recuerda nuestras tempranas vacaciones en Mar del Plata. Quizá por las embarcaciones amarillas y con nombres tan curiosos, o por las gaviotas que sobrevuelan el muelle o quizá por la infinidad de lobos marinos que encontramos.

Patagonia

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Cualquier semejanza con la rambla de Mar del Plata es pura coincidencia

Fuimos para allá con un solo objetivo, ver las toninas overas. Una especie única de la zona que pertenece a la familia de los delfines y que luce los colores blanquinegros de las orcas. Con chalecos salvavidas puestos decidimos embargamos. El viento combinado con el oleaje habilitaba que el azul del cielo se entremezcle con el azul del mar en cada giro que daba el gomón.

A las toninas las vimos pasar, saltar al lado de la embarcación y perderse con cada ola; siempre en grupitos de 2 o 3. Entre nuestra sorpresa y el movimiento del barco no logramos sacarles ninguna foto. La decisión era fácil, o las veíamos en vivo y en directo o nos escondíamos debajo del visor de la cámara. Optamos por la primera

Punta Tombo

Fue una parada extra que no coincidía con nuestro planes pero si con nuestras ganas de ver a los Pingüinos de Magallanes. La ruta 3 nos sigue maravillando. Zonas de elevaciones y pendientes y a lo lejos ese mismo mar azul que nos indica el camino a tomar. Se acaba el asfalto y volvemos al ripio.

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El rojo de las rocas de Tombo contrasta con el mar y la tupida vegetación. A lo lejos vemos miles, si miles, de puntitos que caminan con las patas abiertas y con aletas de costados.

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Pasto, mar, pinguinos y guanacos…

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… entre otros

Ilusos nosotros que creíamos que íbamos a encontrar 10 pingüinos como mucho.

Los pingüinos llegan a finales de Septiembre para aparearse y encubar sus únicos dos huevos que ponen por temporada. Durante los 40 días de apareamientos se turnan entre la pareja para alimentarse y cuidar el nido de los depredadores naturales.

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Pinguineras

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Arrumacos

Mientras recorríamos la reserva la prioridad de paso la tenían ellos: los pingüinos que se cruzaban delante nuestro sin apenas percibir nuestra presencia.

Bastaba alzar la mirada para observar la playa cubierta de nidos y de puntos negros, un campo minado que se rompía con la presencia de algún que otro guanaco y con grito de un pingüinos que aún no había encontrado pareja. Rituales de cortejo y la sensación de estar en un escenario de ensueño.

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Hasta en las casas!

Gaiman

Cíclicamente el viaje ya llegando a su fin. Gaiman es nuestra última parada. A unos pocos kilómetros de la capitalina ciudad de Trelew, Gaiman aún se adjudica haber recibido a Lady Di hace más de 20 años.

Ciudad galesa solo desde mediados del 1800 cuando numerosas familias llegaron a poblar la Patagonia desde el lejano Gales en el Velero Mimosa.

Un 28 de Julio

Un 28 de Julio

Casas de té gales con banderas de dragones que se mezclan con plazas y calles de polvo y pueblo. Hace más de 200 años nuestros Tehuelches fueron cediendo lugar ante las colonias de inmigrantes que fueron llegando. Hoy, la cultura de estos inmigrantes, es el atractivo turístico de la zona.

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Esquina de barrio

A lo largo de la ruta 3

Argentina y su inmensidad no deja de sorprendernos. Todo el contorno marítimo propone una visión distinta de la inmensidad y la naturaleza. Cómo si todo se hiciese más grande, y nosotros más chicos. Cada kilómetro más al sur nos hacía más chicos, y en vez de asustarnos y retroceder, el camino nos invitaba a seguir. Pero, esta vez, decidimos volver y hacer otro uso de nuestro tiempo. A fin de cuentas, uno debe hacerse cargo de las decisiones que toma.

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Onírica y mitológica ballena

“El contenido del viaje ya no importa, ahora solo son vínculos tramados con el mundo que nos rodea. Las cosas no se muestran ya tal cual son, sino tal cual quieren ser.”

Los 1.400 kilómetros hicieron de preámbulo de la película que pronto se iba a proyectar. Cada curva de la ruta nos permitía contemplar un paisaje distinto, casi tendenciosamente. Una garza que nos mira desde un badén con agua, música y los kilómetros de la ruta 3 en aumento.

El GPS anuncia que estamos en Puerto Madryn. Los paisajes de la ruta se condensan en el espejo retrovisor y con una sonrisa cómplice ponemos la luz de giro. Vemos el mar azul, una vez más.

Así fue que entramos en un mundo paralelo, casi onírico. El fondo escénico se transforma y devenimos en otro viaje perceptivo. Un viaje visual que nada respeta de temporalidades y capacidades conscientes. La atención está puesta a nuestro alrededor y nosotros sólo somos artilugios de otra lógica dónde todo ocurre en simultáneo y a la vez. El contenido del viaje ya no importa, ahora solo son vínculos tramados con el mundo que nos rodea. Las cosas no se muestran ya tal cual son, sino tal cual quieren ser.

Ante semejante guiño del destino no pudimos hacer otra cosa más que asentir. Puerto Madryn se convirtió en un universo simbólico que sólo pudimos comprender regresivamente, cuándo ya había quedado atrás en la línea del tiempo y del destino.

Lo primero que vimos fue el mar. Un mar que se nos presentó como si fuera la primera vez que lo veíamos. Sabíamos que hace mucho que no sentíamos su ritmo ni su oleaje ni su marea, pero también es cierto que buena parte del año pasado lo pasamos cómo sus rehenes. Y ahora lo volvíamos a tener ante nosotros. Infinito. Azul. Inmenso y profundo ¿Sería el mismo mar que tantas veces habíamos visto? ¿Seríamos nosotros los distintos? Y ahí estaba, esperando. Invitándonos a perdernos en su infinita melodía, en su compás de idas y vueltas, en su cíclico movimiento. Podríamos pasar horas sentamos frente al mar, simplemente mirándolo. Cerrando y abriendo los ojos una y otra vez solo para comprobar que él estaba ahí. Mientras, las piedras de arena se desarmaban entre nuestras manos que no dejan de transpirar.

Y en ese mar de sinsentido se construye nuestro viaje.

Tan absurdo como suena, fue en esa espesura azul donde vimos elevarse un ser gigantesco. Su callosidad se entremezcla con miles de gaviotas que ofician de mensajeras entre nuestro mundo y su universo acuático. Su resoplido en forma de V y un aletazo sonoro que nos desconcierta. Un ser mitológico se posa ante nosotros. Y no es uno, sino varios. Madres y crías bailan en ese mar azul y nosotros no damos crédito a lo que vemos. Ballenas monumentales a escasos metros de la costa. Y una sensación de estar atravesados por una realidad que excede al mundo fáctico.

Ballena - Puerto Madryn

Ballena - Puerto Madryn

Ballena - Puerto Madryn

Ballena - Puerto Madryn

Soplido

La naturaleza en estado libre es una invitación constante. Los elementos se desplazan y el tiempo pierde valor. El mundo material pierde valor. Todo se desmorona salvo la ballena. Su giros en el agua, sus 16 metros de largo más sus 40 toneladas nos hacen perder el criterio de realidad. Lloramos y reímos. Nunca vimos nada igual y solo estamos a 1.400 kilómetros de casa. Solo falta que suene Piazzola de fondo para que la imagen termine de constituirse como perfecta.

Ballena - Puerto Madryn

Las ballenas parecen desfilar para nosotros. La marea crece y cada vez están más cerca. Sentimos el impulso de su llamado, las ganas de caminar en dirección al mar, de tocarlas, de sentirlas pero ellas se escapan. El sol se pone, el cielo se tiñe de celeste rosado y las algas verdes de la costa recuperan su florescencia. La ballena franca austral sigue ahí, a 5 metros. Parece encallada. Viene su cría, las dos resoplan y asoman su callosa cabeza. Una cola, dos aletas y a lo lejos vemos otro grupo. Son muchas, muchísimas y están ahí, tan cerca. Las palabras no alcanzan para describir lo vivido. Las palabras nunca alcanzan, sólo quedan imágenes que se superponen unas a otras.

El contenido perceptivo deviene recuerdo. Efímero. Del viaje onírico, a la distancia, sólo queda una sensación de ensueño. La posesión duradera de ese ser mitológico que desvela la pequeñez humana. El fracaso del hombre ante el logro de la naturaleza.

Ballena - Puerto Madryn

La ciudad de fondo

De vuelta en Buenos Aires el viaje se construye bajo una temporalidad que poco sabe de kilómetros y de horas. La imagen de la ballena saltando es tan real como el agua que salpica y como el viento frío que despeina. La mitológica ballena pasó a ser un caracter más del mundo de nuestra memoria. Encubriendo un viaje que aún esta por contarse, cómo una huella que debe elaborarse.

Ballena - Puerto Madryn

Volver a viajar

Volver a viajar. Por más corto que sea el viaje, por más cerca que esté el destino es volver a ponernos en movimiento. Meter dos remeras en un bolso, cargar el termo con agua caliente, ponernos las zapatillas de montaña y nada más.

Esa ansiedad, producto de la incertidumbre de no saber con que nos vamos a encontrar, nos hace resurgir muchísimos sentimientos que se fueron acomodando en el fondo de nuestros seres. Cómo si la quietud y la cotidianeidad de Buenos Aires nos hayan hecho olvidar de las sensaciones que nos invadían al estar de viaje. Prácticamente ya ni nos acordábamos que se sentía cuando uno viajaba. Teníamos que hacer memoria. Pero no hizo falta más que un par de kilómetros en la ruta para que todo vuelva a fluir.

Mítica ruta 3

Mítica ruta 3

Ruta 3 Argentina Viajar-3

Esta vez viajamos al sur, a la costa atlántica patagónica. Un destino que siempre nos llamó la atención, quizá por su inmensidad o por ser la zona más desértica de nuestro país. El saber que nos íbamos a encontrar con los gigantes del mar también sumaba puntos. Además era un viaje en familia que teníamos proyectado desde hace mucho tiempo.

Para nosotros viajar es sinónimo de adaptación. Viajar supone asombrarnos y adaptarnos al entorno que excepcionalmente nos rodea. Hay tantos modos de viajar como viajeros posibles y cada forma es única y correcta.

Esta vez (y con un poco de ayuda) viajamos en auto. Un hábito que teníamos, también, un poco olvidado. Desplazarnos por tierra siempre nos gustó más que viajar en avión. Será más lento e incluso tedioso pero nos permite ir observando y percibiendo las variaciones de la paisaje, de la gente, de las costumbres e incluso del tiempo y del espacio. Salir de la convulsionada General Paz e ingresar en la infinita ruta 3 fue un transformación que no nos paso desapercibida. Las rutas yendo al sur de Buenos Aires empiezan a mostrar una Patagonia despoblada y vacía. Nada a los costados y miles de kilómetros para adelante. Es una ruta que fácilmente invita a reflexionar. Como si el constante movimientos de líneas blancas en el asfalto determinara un patrón de pensamiento. O quizá fue la falta de estímulos que tanto nos agobian en Buenos Aires

Y viajar, a nosotros, nos permite ponernos en perspectiva. Nos invita a pensar. Cebamos un mate, paramos a sacar una foto y la rutina de Buenos Aires de a poco va quedando atrás. Uno se va conectando con los tiempos del viaje. Tiempos que nos exceden y que nos invitan a dejar llevar por los guiños del destino, por los encuentros espontáneos, por los personajes de la ruta y las apasionantes puestas de sol. Estar en “modo viaje” hace que se active en nosotros un estado de disposición para con el entorno que en Buenos Aires queda relegado.

El viaje nos regalo atardeceres como esté...

El viaje nos regalo atardeceres como esté…

... y almuerzos de todo tipo

… y almuerzos de todo tipo

Volver a la ruta nos recuerda que nuestra estadía en Buenos Aires tiene fecha de vencimiento, que queremos seguir viajando y que Argentina es nuestro próximo país en el mapa.

Llueve en Buenos Aires

Hoy Buenos Aires amaneció mojado. Llueve, hace horas que llueve. Y el cielo gris no parece haber sido de otro color.

La lluvia me traslada. Miro por la ventana y me acuerdo de Vietnam. Nuestros días vietnamitas estuvieron marcados por la lluvia. La lluvia era parte del escenario, y esta vez, con un papel de protagonista. La lluvia nos obligaba a correr hasta el siguiente toldo y tomarnos un té mientras esperamos que pare. En todas las esquinas venden paraguas y también, protectores plásticos para los sombreros cónicos. Pilotos de colores y motos, muchas motos. Los mercados estaban preparados para eso, solo bastaba para que caigan una gota a continuación de otra para que los mercados al  aire libre. se hagan techados

Viajar desde la quietud es uno de los viajes más intensos. Son viajes mentales, dónde la fantasía y la realidad se mezclan como en los sueños. Viajes en imágenes y sensaciones. Como si los músculos se activasen en movimientos imperceptibles para los ojos humanos. Y allí estamos nosotros; Volvemos a caminar por esas calles repletas de carteles en letras inentendibles, el paladar y las manos se adaptan a comer con palitos y cruzar la calle se vuelve una acción de riesgo. La historia y coyuntura social que nos atraviesa es otra, y uno se adapta a esa lógica. Buenos Aires queda atrás. Ahora solo vemos banderas rojas e imágenes de Ho Chi Minh. Me acuerdo de Saigón, de Marguerite Duras y de la guerra. Plantaciones de arroz y resto de una monarquía china. “Indochina”, su nombre me resuena tan lejano como pensar en la estación Catedral del subte D mientras caminamos por la agitada capital, Hanoi.

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Llueve, o al menos eso anuncia un señor por la radio “Son las 14:45 hs en Buenos Aires, llueve en Capital Federal y alrededores, la humedad es del 90%.”

Me asomo por la ventana, y corroboro lo oído. Llueve. Abro la ventana y dejo entrar ese olor a tierra mojada mezclada con una humedad pegadiza. Respiro, como intentando que cada partícula de aire penetre lo más posible dentro mío. Sacó mi mano del bolsillo e intento que pase a través de la reja de la ventana. Estiro el brazo lo más posible, mi hombro queda en paralelo a la reja. Aún falta un tramo.

Ahora, estiro y proyecto mis dedos, hago fuerza, y finalmente, llegó. La punta de mis dedos logró superar el largo del alero, y tocar la lluvia.

Dejo que la lluvia me mojé, aunque solo sean en mis manos. El señor de la radio tiene razón. Es Buenos Aires, son las 14:45 hs, llueve y la humedad es del 90 %.  Bajo a prepararme un mate, Vietnam quedo atrás.

Hue - Vietnam

 

¿Querés leer más de Vietnam? Acá podés encontrar todas nuestras historias.

 

Encuentro en Buenos Aires

“En más de alguna ocasión,
quisiera hacerme perdiz,
para ver de ser feliz,
en algún pago lejano.
Pero a la verdad, paisano,
¡me gusta el aire de aquí!”
A. Yupanqui

Buenos Aires - 1

Se baja del subte y lo llama. Hace mucho que no se “encuentran”, que no se buscan, ni se llaman, ni se nombran. Él le indica el camino que debe tomar. Con Plaza de Mayo a su espalda y el Cabildo en frente, camina a la izquierda (¿o era a la derecha? Ante la duda pregunta donde está la Av. Corrientes). Cruza casi corriendo, semáforos, muchas personas, todos apurados. Luego, dobla en la peatonal Florida. Los mismos oportunistas de siempre, los “arbolitos”, turistas. Camina despacio buscándolo. Ni las vidrieras, ni los artistas callejeros, ni nada le sorprende. Una manifestación, música, pizza, cualquier detalle que a un viajero le llamaria la atención, hoy pasa desapercibido.

Segundo llamado, Florida los debía interceptar. Ambos estaban en la misma esquina, sin verse. Quizá la diferencia de altura, buscan en distintos planos. Quizá no se reconocieron, quizá la ropa, quizá el pelo.

Se abrazaron, hace mucho que no pasaba; y eso que duermen juntos todas las noches. Él la invita a comer. Le muestra los lugares que frecuenta, una librería, un almacén, una cantina. Se dicen “Nos vemos a la noche”, mirando el reloj, contando las horas que faltan…

Llevamos días, semanas, por no decir meses en Buenos Aires. Nuestros cuerpos están acá. Madrugan, desayunan, van a trabajar, a la facultad, algún que otro curso, aprender, cenar, amigos, mates. La rutina nos encontró antes que nosotros a ella. No avisó, no preguntó, simplemente se impuso. Le abrimos la puerta, y la dejamos pasar. ¿Acaso queríamos quietud?

Todo eso que extrañábamos de Buenos Aires ahora es nuestra cotidianeidad. Y extrañamos eso que antes nos era común. Levantarse, agarrar la cámara, desayunar por ahí, caminar por allá y dormir donde la suerte decida. Hace exactamente 72 días que volvimos, y la cámara de fotos sigue estando en el mismo estante, juntando polvo, guardando historias.

Es difícil tener el cuerpo y la mente en sintonia, eso no es novedad. Es difícil “estar” donde estamos, encontrarnos en esa realidad que antes nos era tan nuestra y ahora es tan de otros. Conversaciónes, preocupaciones, intereses, puntos de desencuentro con casi-todo. Buenos Aires es inmensamente cómoda, pero no termina de acomodarnos (o nosotros a ella).

Términos como “depresión post-viaje”, esa etiqueta que se ponen quienes están en la búsqueda del que hacer tras un largo viaje, nos parece ridículo y obsoleto, tanto como generalizar algo que es tan propio y subjetivo. Cómo rotular psicopatológicamente un momento de transición, de cambio, de adaptación. Pero … ¿Y si lo estamos sufriendo? ¿Será por eso que nunca terminamos de llegar?

Casi como reza Spinetta (“Aunque me fuercen yo nunca voy a decir, que todo tiempo por pasado fue mejor, mañana es mejor”), intentamos convencernos de que estamos donde queremos estar. Ingenuamente, nos recordamos que elegimos volver. ¿Tan difícil es ser contemporáneo a uno mismo? ¿Tan difícil es habitar el presente sin perderse en una infinidad de tiempos verbales?

No se reconocieron fácilmente. Es más, se miraron pero no se vieron. ¿A quién esperaba encontrar? A quién se fue o a quién volvió. Quizá la vio como la primera vez que la invito a cenar, quizá lo vio como cuando la esperaba a la salida del colegio. Quizá pensó que estaba en Bolivia, o en Perú, quizá se confundió con los días de frio en Nueva York. Quizá la busco debajo de una mochila o detrás de una cámara de fotos. O en el desierto, o en la nieve, o en la playa. Quizá lo busco en esa conversación, en esa palabra que dijo la otra vez. Se olvido que, como dice Galeano, somos acumulo de historias. Historias que nos forman y nos destrozan. Que nos mezclan y nos cambia. “Impermanencia” les dijo un lama en Nepal.

Y en una esquina de microcentro, en un mediodía de sol de invierno de Junio, se abrazarón. Se conocieron. Se encontraron. Se dieron cuenta que hace 72 días que estaban buscando a alguien imposible, a alguien inventado, a alguien muerto, a alguien vivo y olvidado. Ilusos ellos que suponían que todo iba a ser igual.
Un mediodía de invierno, llegarón a Buenos Aires contentos de estar acá.

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Crónica de un regreso anunciado

No es fácil dejar la rutina, todo lo conocido y salir sólo con una mochila y muchas ganas a un destino poco conocido. Pero tampoco es fácil, después de un año en ese destino, volver con la misma mochila y ver tu entorno y el paso del tiempo. Después de adoptar el movimiento como una forma de vida sentimos que la quietud (nos) es desesperante. Falta la incertidumbre de saber en que habitación nos vamos a levantar mañana o que lugares o compañeros nuevos propondrá la ruta.

Viajar es como una droga adictiva. El parar de viajar nos está produciendo abstinencia. Nuestros cuerpos y nuestras mentes están idos. No nos encontramos.

Volvimos a la Argentina contentos de llegar, ver a los amigos y la familia. Asado, fútbol, mate y la vida de barrio nos vuelven a acompañar. Pero los ojos cambiaron. Los que antes parecía un problema, hoy no lo es tanto, y cosas de nuestra cotidianeidad que antes no le prestábamos atención, ahora nos parecen maravillosas.

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Cómo es mucho más difícil sacar una foto del entorno que nos resulta familiar y conocido y mostrar lo interesante que hay en él, también es mucho más difícil expresarlo en palabras. Estamos viviendo la argentinidad en su máxima expresión. Disfrutando de sus particularidades y e intentando entendernos como sociedad.

Caminamos por la calle leyendo todo lo que podemos. De pronto los carteles nos hablan, o por los menos los entendemos. Nos encontramos como “chusmas” (mirones, fisgones) de conversaciones en el tren. No es que nos interese tanto, pero nos asombra escuchar el español por todos lados. Tenemos una sobredosis de información como nunca en este último tiempo.

Y las calles que nos parecen vacías. Pasa gente caminando, pero nadie se detiene. Entendemos la calle como un lugar de tránsito, como un medio para llegar a tal o cual lugar. En Asia es totalmente al revés, todo se desarrolla puertas afueras, la cocina, la charla, la cena, el ajedrez, el mercado y el comercio. Hasta un médico nos atendió en un banquito en la calle. Otra gran diferencia es la velocidad. Acá la gente corre, como si su vida dependiera de eso, todos van ensimismados. Nadie mira a nadie. Es distinto el lugar que ocupa “el otro”, y peor si es un “otro” desconocido.

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Miramos para atrás y el viaje parece que fue una fantasía. Un gran sueño que nada tiene que ver con el presente que vivimos. Creemos que con el paso del tiempo los recuerdos van a pasar a ser imágenes que no sabremos si a ciencia cierta fue un sueño o una realidad ya desaparecida.

¿Qué se siente cuándo uno se aleja de aquel gran viaje que vivimos, el cuál nos transformó la forma en que miramos? Sentimos que el mundo que habitamos es enorme, que nos invita a recorrerlo. Y simplemente es el “hasta pronto” y el punto de comienzo para lanzarse hacia delante en busca de la próxima aventura disparatada bajo los cielos.

Ciertas cosas de Asia nos siguen acompañando.

Ciertas cosas de Asia nos siguen acompañando.

Costumbres Argentinas I: La costa atlántica.

Este año no pensábamos tomarnos vacaciones, o si, unas muuuy largas en realidad. Pero entre el oalor y la humedad nos llegó una invitación que nos vino muy bien. Nos invitaron a pasar el fin de semana de carnaval a San Clemente (Partido de la costa). La invitación era tentadora, 4 días, playa, mar, sol, crucigramas y pesca. Y casi sin dudarlo arrancamos viaje.

Todos queríamos estar ahí.

Todos queríamos estar ahí.

Los feriados de carnaval son una adquisición reciente. Siempre se festejaron, y por cuestiones políticas que no permitían la alegría, el festejo y el acumulo de gente, se quitaron esos días del calendario. Y hace no mucho, volvieron.
Vuelvo a nuestro fin de semana XL, armamos rápidamente unas mochilas y salimos. Lo bueno de la Costa Atlántica es que comienza a 300 km de Buenos Aires capital, y claro hasta la ruta para llegar tiene sus clásicos. Desde el arrancar con las sillitas en el techo del auto y un termo para el viaje hasta las famosas medialunas de la ruta. Para no perdernos en el mapa, la Costa Atlántica queda sobre el Océano Atlántico, en la prov. De Buenos Aires.
Durante el viaje, éramos unos más entre las filas interminables de autos y micros llenos de gente con ganas de meter los pies en el mar. Y así llegamos a la playa…

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Avistaje de veleros desde la orilla.

Avistaje de veleros desde la orilla.

Espumar de mar.

Espumar de mar.

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Es muy curioso, incluso divertido, los rituales casi místicos que vemos en las playas argentinas. Somos clásicos. El desfile de familias, parejas, amigos que llegaban a la playa con las manos repletas de cosas, desde la sombrilla, la heladeríta, los juguetes del nene, la lonita hasta (los más equipados) la mesa con sillas plegables. Y empiezan los despliegues, clavar la sombrilla, abrir las sillitas, estirar la lonita, embadurnarnos con protector solar, meternos en mar, salir, secarnos, preparar el mate, volver a meternos al agua.

Menesteres playeros.

Menesteres playeros.

Hace más de veinte años que recorremos la costa y hace más de veinte años que se repite el mismo escenario, incluso los mismos personajes. Este año no fue excepción, estaban todos. Desde el guardavidas hasta el vendedor de pirulines pasando por los churros, helados y los choclos, todos bañados en arena. Más de veinte años que miramos la misma película. Claro hace 15 años nuestra diversión era construir el pozo más hondo de la playa, hoy será leer un libro o terminar un crucigrama. Pero más allá de eso, estamos todos ahí compartiendo la playa, compartiendo el mar, algunas veces más apretados, otras más separados, pero sabiendo que estamos viviendo un clásico argentino.

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Un clásico que se extiende desde San Clemente (una de las primeras playas) hasta allá abajo, más al sur, Mar de Plata con más viento y agua un poco más fría. Claro, en un medio muchas más localidades del Partido de la Costa.

Dijimos que estuvimos en San Clemente del Tuyu, muy cerca de la Bahía Samborombón. Playas grande, mucha distancia entre el mar y los médanos, mucho espacio para correr, caminar, leer, tomar sol. Y también, para pescar. Pescar, quien dice pescar, dice intentar!

Y algo pescamos...

Y algo pescamos…

Colorida caja de pesca.

Colorida caja de pesca.

El trabajo artesanal

El trabajo artesanal

Objetos de pesca I

Objetos de pesca I

Objeto de pesca II

Objeto de pesca II

Es Punta Raza uno de los puntos de la costa donde la pesca deportiva está permitida. Ese sitio se caracteriza también por resguardar la estación de descanso y alimentación de ciertas aves migratorias. Y ahí, como dijimos, intentamos pescar.

Gaviotas

Gaviotas

Más gaviotas

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Y una vez más, nosotros pisando la playa pero sabiendo que probablemente por mucho tiempo no la pisemos (por lo menos estas playas). Y la nostalgia se entremezcla con la emoción de viajar, de conocer nuevas costumbres, nuevos modos de habitar la playa. Pero sabiendo que nosotros, los argentinos, tenemos larga data en habitar la playa. Y eso vamos a extrañar, nuestras costumbres argentinas.

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