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La historia del gran Komitas
La tía de no se quién dijo alguna vez que viajar exacerba los sentidos. No lo sé, pero por lo pronto hay veces que recuerdo algunos lugares por sus paisajes, otras veces por su olor (sea agradable o no), muchas veces por su comida y cada tanto por la música. Respecto a la música pasa algo curioso y aquel que viaja a dedo lo sabe, somos “rehenes” musicales del conductor. Suenan canciones en otros idiomas y cuando quieren agasajarnos con algo en español ponen Enrique Iglesias. Por eso aprendimos algo de ruso, para pedir que no ponga Enrique Iglesias. “Niet, niet, Enrique Iglesias niet. Feo, caca”, y así logramos que nuestro conductor y DJ pase a la siguiente canción.

Armenia no fue la excepción. Era un día nublado y frío, todo nos parecía frío porque veníamos de Irán donde lo más fresco que logramos estar era cuando viajamos en la caja de una camioneta. La lluvia amagaba con caer en cualquier momento y cuando se detuvo el primer auto subimos.

Luego de las preguntas de rigor, sobre nuestra locura de viajar así, nuestro país de origen y la cantidad de lugares que recorrimos, la música tomó el papel protagónico en el auto. Si me preguntaban en ese momento hubiera dicho que parecían cantos gregorianos. El conductor y DJ nos preguntó: “¿Les gusta Komitas?” y ahí me acordé de haber leído algo sobre él en algún un capítulo de algún libro.

Komitas no era su nombre verdadero, sino el que adoptó cuando se convirtió en monje. Nació en 1869 en lo que hoy es Turquía, en aquel entonces vivían entre dos y tres millones de armenios en Turquía. Estudió música en Berlín y dedicó toda su vida a recopilar canciones armenias. Viajaba de pueblo en pueblo anotando y aprendiendo canciones populares que logró inmortalizar. Fue un viajero errante que se hacía pasar por juglar en los pueblos narrando grandes historias armenias a través de sus canciones. Incluso compuso misas que hasta el día de hoy se escuchan en las iglesias armenias.

Pero hubo un gran quiebre en su vida, como en la vida de millones de armenios. El gran genocidio llevado a cabo por los turcos. Hasta el genocidio de los Nazis con lo judíos, el genocidio armenio había sido el más grande de la historia. Murieron casi dos millones de armenios. A Komitas lo capturaron el 24 de abril de 1915, fecha considerada como el comienzo del genocidio. Lo llevaron al borde de un precipicio. Lo tuvieron ahí mirando el abismo. La hija del sultán turco, que era alumna suya, intervino por su liberación. Pero fue tarde. A Komitas no lo arrojaron al vacío pero la cercanía con la muerte lo dejó sin palabras, literalmente.

Lo trasladaron a París, a un hospital psiquiátrico. Komitas no volvió a hablar, ni a componer, ni a hacer música. Intentaron de mil maneras distintas para sacarle un palabra, una sonrisa o un gesto, pero no hubo caso. Murió en aquel hospital psiquiátrico en 1935, pero pareciera que su vida se la habían arrancado 20 años antes.

Entonces cuando el conductor me preguntó si me gustaba Komitas no pude más que asentir y pedirle que ponga el volumen un poco más fuerte.

Les compartimos 45 minutos de Komitas, para que piensen que sentíamos nosotros cuando recorríamos aquel dolido país, en ese auto, escuchando a Komitas y mirando el paisaje por la ventana.


Genocidio Armenio, una cuestión inconclusa

“Propongo al Congreso el exterminio total de los armenios del Imperio otomano; es necesario aniquilarlos. Para llevar a cabo este propósito hay que actuar, frente a todas las dificultades, absueltos de conciencia, de sentimientos de humanidad, pues la cuestión no es de conciencia ni de sentimientos humanitarios: es sólo de índole política, íntimamente vinculado con el beneficio y futuro de Turquía.
Así terminará inmediatamente la Cuestión Armenia.
El gobierno turco se liberará de la intromisión extranjera en sus asuntos internos.
El país se desembarazará de la raza armenia y así brindará un amplio campo a los turcos.
Las riquezas de los armenios pasarán a ser propiedad del gobierno turco.
Anatolia será territorio habitado exclusivamente por turcos.
Se aplastará el obstáculo más importante para el logro del ideal panturánico.”

Nazim Fehti, secretario general del CUP. 14 de septiembre de 1910

***

Pasaron más de cuatro meses desde que visitamos Armenia y en el medio pasaron muchas cosas. Siento que escribir sobre esto no tiene mucho sentido. Pero creo firmemente que escribir, en este caso, es una forma de reclamar justicia y denunciar una situación que millones parecen negar.

Si bien es cierto que Armenia es tierra de vinos, cultura, paisajes montañosos, monasterios y tradición cristiana, para nosotros su mayor atractivo radica en su gente. El pueblo armenio siempre nos llamó la atención. Quizá por tener amigos descendientes de armenios, quizá por la injusta historia y por el poco reconocimiento mundial de su genocidio. Quizá por eso, en nuestro viaje por el país decidimos prestar atención a un sólo detalle en nuestro viaje por el país: sus habitantes.

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Tras una vuelta por las lindísimas montañas, los increíbles monasterios y el no-reconocido Estado de Nagorno Karabaj, nos propusimos alcanzar Ereván, la capital de Armenia.

La ciudad es pequeña, tal es así que se puede recorrer caminando. Priman los parques, las plazas, iglesias y las construcciones europeas. La ciudad está sobre una colina, por lo cual basta con sólo subir un poco para obtener vistas increíbles.

Desde cualquier esquina se puede ver el Monte Ararat, uno de los picos más altos de la región. El Monte Ararat supo ser el orgullo armenio, pero eso también se lo robaron. Ahora es parte de Turquía.

El Monte Ararat de fondo

El Monte Ararat de fondo

Pero el encanto de Ereván no sólo se ve en sus calles ni en sus habitantes sino, también, en sus alrededores. A pocos kilómetros de acá, está Novavank un monasterio del siglo IX ubicado en el centro de una garganta montañosa. También visitamos Khor Virap, otro monasterio casi al pie del monte Ararat donde se dice que Noé ancló su arca.

Pero en realidad, no quiero enumerar las puntos agradables de la ciudad ni todo lo que el país tiene. En realidad, quiero decir todo lo contrario. Quiero decir lo que falta: justicia.

El Genocidio Armenio, como tantas otras cosas, tampoco lo estudié en la escuela. Menos en la universidad. En realidad, me enteré por una amiga de apellido largo, difícil y que termina en –ian. Y sólo, porque estábamos en el 2015 y se cumplían 100 años del genocidio y ella me dijo que iba a ir a la marcha que se realizaba en Buenos Aires.

Tampoco sabía del genocidio de Camboya en manos de los jemeres rojos, tampoco de los desaparecidos de Stalin en los gulags de Siberia. Supongo que son pocos, también, los extranjeros que saben de los más de 30.000 desaparecidos argentinos. El genocidio perpetuado por Hitler es el más conocido, pero no por ello el único ni el más voraz.

SOBRE EL GENOCIDIO ARMENIO:

El Genocidio Armenio no tuvo otro fin más que borrar de lleno la existencia de la etnia armenia y consistió en la deportación forzosa de entre un millón y medio a dos millones de armenios. Fue llevado a cabo por el Gobierno Otomano de los Jóvenes Turcos entre 1915 y 1923.

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Hasta 1914 el pueblo armenio era considerado dhimmi, concepto con el que la ley islámica denomina a judíos y cristianos que habitan en estados islámicos y cuya presencia es tolerada sólo a cambio de un pago de ciertos impuestos y de la aceptación de una posición social inferior. Cabe mencionar que los territorios armenios estaban ocupados por el Imperio Otomano y que el gobierno zarista con sede en Moscú ya comenzaba a tener intereses en esa región.

Pero el 24 de abril de 1915, el gobierno turco consideró que el clima en Armenia ya estaba demasiado caldeado y que era hora de hacer algo. Ese día se ordenó el arresto de 250 armenios intelectuales. Con el correr de los días, la orden de arresto se hizo extensiva a millones de personas. Todos los armenios detenidos fueron confinados a campos de concentración, la mayoría situados cerca de Siria e Irak. Muchos de los armenios nunca llegaron a los campos; murieron por el camino víctimas de las duras condiciones de la marcha, la inanición o los abusos indiscriminados del propio ejército que les “escoltaba”. Los que lograron sobrevivir asumieron la condiciones de refugiados y se exiliaron a otros países.

Es curioso que en 1939 cuando Hitler comienza a dejar traslucir la idea de campos de concentración para judíos menciona en su defensa que “Después de todo, ¿quién habla hoy en día de la aniquilación de los armenios?

En el año 2017, solamente 29 países reconocen el Genocidio Armenio como tal. La Republica de Turquía sigue negando el atropello cometido. No reconocen ni el número de muertos ni las razones de muerte. Argumentan que murieron en combates e incidentes internos. Las relaciones entre ambos países son pésimas y las fronteras terrestres están cerradas. Incluso muchos territorios siguen en conflicto, el bíblico Monte Ararat es un ejemplo de ello.

EL MUSEO DEL GENOCIDIO ARMENIO:

El museo del Genocidio Armenio en Ereván me llamaba mucho la atención. Decidimos ir caminando, sin saber que eso implicaba salirnos de la ciudad y trepar una colina. Y también, por no saberlo, entramos por la parte de atrás; Cruzando el bosque de pinos que celebridades y lideres políticos y culturales plantaron en señal de reconocimiento del holocausto.

Lo primero que vimos fue una gran estructura metálica. En su interior una llama que nunca dejaba de flamear. Alrededor, 12 altísimas paredes de hormigón que lo hacían sentir a uno muy pequeño (cada pared representa una de las 12 provincias perdidas del territorio armenio). A nuestro lado, decenas de armenios llorando. Mujeres, hombres, jóvenes, ancianos, parejas. Llorando a moco tendido, dejando velas y ramos de rosas, cintas con nombres, estampitas y objetos personales. Llorando a sus muertos. ¿Sería la primera vez que pisaban su tierra? ¿Qué sentirían? ¿Cómo es cargar con el sufrimiento de ser expulsado de tu tierra?

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Finalmente ingresamos al museo. Frío, oscuro, silencioso. Repleto de imágenes congeladas y leyendas que dan cuenta del horror: mutilaciones, violaciones, fusilamientos y torturas. Nos recordó mucho nuestra visita a los campos de Auschwitz en Polonia.

Son muchas las comparaciones con el holocausto judío. Cada día son más los historiadores e informes que dejan entrever que Hitler se inspiró en las ideas del Genocidio Armenio.

Lo cierto es que hoy Armenia es un país vacío, sin justicia ni reconocimiento internacional. Lo que no cargaron los turcos, los soviéticos se ocuparon de hacerlo suyo. Armenia hoy solo tiene 3.000.000 de habitantes. Son más los armenios que viven en el exterior que dentro de las fronteras de su país.

Tener memoria y dar voz a las injusticias que encontramos durante el viaje es, una vez más, la única respuesta que podemos encontrar para intentar, al menos desde nuestro lugar, dejar el mundo un poco mejor de lo que lo encontramos. Quizá sólo por eso tenía ganas de escribir y volver a recordar todo lo que sentimos en Armenia.

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Nagorno Karabaj, el país que pocos reconocen

Recuerdo que llegué a la región de Nagorno Karabaj con la cabeza mareada de tantos pensamientos. Hoy, si reviso mis notas encuentro solamente garabatos que se plantean sobre el sentido del viaje y la vida. Preguntas que se extienden entre las hojas de mi cuaderno, pero que se cortan abruptamente al llegar a Shushi.

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El pueblo de Shushi sacude hasta a los más duros. Nada más al entrar uno ya tiene la sensación de estar en un lugar medio vivo y medio muerto. Edificios destruidos pero con ropa colgada en los balcones. Paredes llenas de agujeros de balas pero con grafitis coloridos. Un leve sol que se anima a salir pero una niebla espesa que cubre todo. Triste pero real. Así es el primer pueblo que visitamos en el no recocido país de Nagorno Karabaj.

Nagorno Karabaj es, en realidad, un enclave armenio en territorio de Azerbaiyán. Un país no reconocido por ningún miembro de la ONU. Un hueco en los mapas. Una frontera invisible pero tangible en sus controles y en la vasta presencia militar. Un pueblo que sufrió (y sufre) la guerra y luchó (y todavía lucha) por ser reconocido.

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Llegamos a Sushi a dedo (autostop) desde Armenia. En realidad, desde el único sitio que se puede llegar, ya que las fronteras de Nagorno Karabaj solo están abierta con Armenia. Las fronteras con Azerbaiyán están cerradas. Incluso, la República de Azerbaiyán no permite el ingreso de ningún viajero que haya estado en Nagorno.

El viaje hasta Sushi fue ameno, pero el mayor problema fue comunicarnos con el dueño del auto que nos levantó. El insistía que ir a Artsaj era una gran idea, que ahí estaban las montañas más lindas del mundo y que la culpa de todo esta guerra eran los políticos. Luego, entendimos que Artsaj era el antiguo nombre armenio de la región. Pero, por las dudas y mientras fuimos en el auto, nosotros le dijimos que sólo íbamos a ir a Nagorno Karabaj, no a Artsaj. Nagorno Karabaj es el nombre ruso de la región y significa altas montañas. Pero el hombre no se preocupó por nuestro desconocimiento, al contrario siempre alabó que las comunidades armenias de Argentina y Uruguay hayan colaborado mucho con el levantamiento del no-país después de la guerra. Nosotros queríamos saber más, pero el idioma era una barrera. Por suerte, en Sushi nos espera S., él sí hablaba inglés.

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El auto nos dejó a unos 5 kilómetros de la ciudad de Sushi. Decimos caminarlo, además el hombre tenía razón, las vistas eran increíbles. Caminamos por el borde de la montaña mirando hacia abajo la ciudad de Stepanaket, la capital de este no-país.

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Pero el paisaje idílico se interrumpió al poner un pie en la ciudad. Buscando la casa de nuestro anfitrión cruzamos callejones desérticos, que para mi no eran más que venas de asfalto y para ellos un campo de batalla. Casas destruidas y hoy ocupadas por la naturaleza.

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Nuestro anfitrión es un ex – soldado de la guerra que se nota que se entretiene contándole a los extranjeros sus experiencias. Cuando llegamos estaba sentado hablando con otro hombre, un tanto más joven. Los dos sentados bajo la sombra de un gran roble fumando cigarros y tomando café. Interrumpimos una discusión animada.

Nagorno Karabaj siempre fue parte de Armenia, hace diecisiete siglos” nos dijo S. antes de que nos sentemos. “El problema comenzó con el genocidio armenio y cuando los turcos llegaron acá. La gente se escondió en las montañas para que no los encuentres y ellos poblaron la zona con azeríes. Pero los azeríes invadieron la zona, su reclamo por estas tierras no tiene sentido. Ellos quisieron destruir algunos monasterios del siglo tres DC. Si realmente fuese su tierra, ¿Por qué quieren destruirla?” Casi que así nos presentamos. Cualquier otra forma no hubiese tenido sentido. Nosotros vinimos para poder ver esta historia a los ojos.

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Luego la situación continúo empeorándose, Stalin…” haciendo una larga pausa y tomando aire agregó, “…Stalin nació en Georgia, conocía bien el Cáucaso. Sabía de los problemas de esta tierra encerrada por dos mares y repleta de montañas. Sabía del problema entre los armenios y los azeríes y no hizo más que empeorarlo. Decidió dejar Nagorno Karabaj bajo el control de Bakú (capital de Azerbaiyán) porque de esta manera se aseguraba que Armenia dependa de la ayuda rusa.” El cuello se lo iba poniendo rojo y las venas hinchando. Pero no se detuvo ahí. “Porque en la época soviética estábamos bajo la influencia rusa, pero todos sabíamos que cuando Rusia se vaya la guerra iba a estallar. En 1988 Nagorno Karabaj votó para separarse de Azerbaiyán y unirse a Armenia. Tal es así que tenemos su misma moneda y su mismo idioma. Hasta nuestra bandera es parecida. Pero no, nadie dijo nada. Ahí mismo empezó la guerra. Rusia nunca nos reconoció, siempre se puso del lado del más fuerte. Pero el pueblo armenio se levantó en armas, porque la defensa de Nagorno Karabaj era también la defensa de toda Armenia y la última frontera de Europa y del cristianismo.”

Es que sí, al oeste los límites de Europa están muy claros. Con todos los mares delimitando el principio del continente. ¿Pero hacia el este? ¿Dónde termina Europa?

Los límites tienen que ser culturales. Armenia es el extremo sureste del cristianismo. Nosotros somos el último eslabón de Europa, somos la frontera con Asia. Y los musulmanes vienen por todo. Pasa en el oeste de Europa, como en Francia hace poco, y pasa también acá.” Agrega S. cada vez más enojado.

El último conflicto armado entre azeríes y armenios fue en abril del 2016, unos meses antes de nuestra visita. S. ya no era más parte del ejercito, pero su hijo sí y combatió en aquel enfrentamiento.

El atardecer encontró hablando y en el cielo se tiño de rosa. Nagorno Karabaj es una de esas tierras con paisajes encantadores, de los más lindos del mundo, como puede ser la Patagonia o los Alpes Suizos. Con monasterios milenarios, montañas, verdes valles y ríos de agua transparente.

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Pero, lamentablemente, está atravesada por una guerra que no los deja pensar ni reflexionar. Ellos tiene que actuar. O mejor dicho no pierden el tiempo pensando, como yo, en lo frágil de la condición humana. Su mundo se reduce a algo mucho más concreto, en un nosotros somos los buenos y ellos son los malos. Entonces ya no queda lugar para cualquier otra discusión.

En Nagorno Karabaj yo tampoco puede pensar en otra cosa más que en la cercanía e inmediatez de la guerra. Quizá por eso mi cuaderno también quedó en blanco.

Armenia y sus habitantes

El sentimiento fue proporcionalmente inverso que a la entrada. Ahora no me preguntaba en que momento debía cubrirme, sino por el contrario contaba los pasos que faltaban hasta cruzar la línea imaginaria que separa a Irán de Armenia. Sólo en ese punto iba a poder sacarme mi improvisado hiyab. También iba a sacarme la camisa de manga larga y con suerte, las calzas que tenia debajo de la pollera. Es que con 39 grados, me costaba mucho andar tan cubierta.

Se ve que no era la única. Delante nuestro, un grupo de cinco mujeres iraníes esperaban que les devuelvan sus pasaportes ya sellados. No les daban las piernas para correr. Buscaron refugio en el primer árbol que se ve del otro lado del puente que separa ambos países, justo debajo de la bandera roja, azul y naranja. Ahí, se sacaron toda la ropa que pueden. Quedaron en short y musculosa. Comenzó una sesión de fotos, maquillaje, y risas. Ellas festejan haber alcanzado cierto estado de libertad, yo, en cambio, trato de pensar cuál de las dos posturas es más opresiva. Pero también aprovecho, y me saco todo la ropa que llevo de más. Las vuelvo a mirar; siguen sacándose fotos. Las leyes, muchas veces, suelen producir el efecto contrario de lo que intentan regular. Las leyes religiosas de la República Islámica de Irán son un claro ejemplo.

Del otro lado, seguían las mismas “libertades”. Todos los locales eran clubs nocturnos y anunciaban cerveza fría. Así fue que nos enteramos que Armenia era el terreno de libertinaje para muchísimos iraníes. Casi, para todos los iraníes que podían salir del país sin problema. Pero nosotros no buscábamos eso. Armenia representaba mucho más que cervezas y poder vestir musculosas.

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Armenia, siendo sinceros, era un país que siempre nos llamó la atención y al que le tenemos un cariño especial. Posiblemente por su cercanía con Argentina y por la cantidad de amigos armenios, quizá por su historia. Armenia nos generaba simpatía, pero también pena, tristeza y desconsuelo. Además, viajar por Armenia nos devolvía un poco a nuestro mundo conocido. Después de tantos meses viajando por países musulmanes, hinduistas o budistas, encontrarnos con el cristianismo cara a cara era todo un adelanto. Armenia es un país por el cual sentíamos empatía, un país en el cual no nos llamaba tanto la atención los paisajes ni los sitios turísticos, sino su gente. Sus habitantes. En Armenia sólo queríamos hacer una cosa: hablar con su gente.

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Para eso, no hay mejor manera que hacer dedo. Viajar haciendo autostop nos obliga a subirnos al auto de un desconocido por cierta cantidad de kilómetros y compartir nuestras historias. Así comenzamos a esperar el primer auto. Pasó uno, pasó otro. Todos querían plata. Decidimos seguir esperando. Teníamos que hacer solamente cien kilómetros hasta la ciudad de Goris. Nos frenó una pareja que escuchaba reggaeton a todo volumen y nos llevó diez kilómetros más adelante. Decidimos parar a almorzar al lado de la ruta. Pedimos un khachapuri, un pan relleno de queso, huevo frito y manteca. Volvimos a la banquina a seguir esperando. Finalmente pasó (y frenó) un auto. Nos lleva hasta mitad de camino. Se trata de L., una armenia-rusa que vive en Ereván y viaja alrededor del país por trabajo. Habla inglés y es la mejor introducción que podemos tener al país.

Con L. charlamos bastante. Le preguntamos por la situación actual del país, por su trabajo y por sus aspiraciones. Reconocé que ni ella ni su mamá hablan armenio. Su idioma es el ruso. La URSS cayó, pero sigue presente.

Avanzamos rápido y eso que es todo camino de montañas, con curvas y contracurvas. En Armenia, las distancias son cortas. Es un país chico y con pocos habitantes. Pero no siempre fue así. Armenia perdió territorio y población con el avance atropellador de la historia. Decidí preguntarle a L. por sus sitios favoritos en el país. Nosotros no teníamos ningún itinerario armado, por lo cual, sus sugerencias podrían ayudarnos.

Ella comenzó a divagar. Que es un país chico, que está en los conflicto, que las montañas quedaron del otro lado, que el bíblico Monte Ararat quedó en Turquía, que la mayoría de los armenios están fuera del país. Trató de ser concisa y le pido que sólo me diga el nombre de un lugar. De su lugar favorito en Armenia. Piensa. “El monasterio de Dilijian, ese es mi lugar preferido pero hace muchos años que no voy” nos dijo L. A los pocos kilómetros nos despedimos.

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De noche y con mucho frío llegamos a Goris. Nuestra primer para en el país. Teníamos la dirección de nuestro alojamiento anotada en un papel. La sorpresa fue descubrir que los nombres de las calles no estaban en letras latinas, ni en letras cirílicas. Todo estaba en armenio, un idioma tan complejo como antiguo.

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El traducir los caracteres uno por uno parecía una tarea bastante imposible. Decidimos preguntarle a un tipo que estaba estacionando el auto. No reconoce ni el nombre del hotel ni la dirección, pero nos invita a la casa. Ahí podemos usar internet y buscar la dirección correcta. La casa era de piedra, con balcones, ventanales y muchas flores. Combinada perfectamente con el cariz medieval que tiene la ciudad de Goris.

Para entrar a la casa, debemos sacarnos los zapatos. Adentro estaba su mujer y sus dos hijos, también sus padres, su cuñada y tres sobrinos. Todos se ponen de pie para saludarnos. Nadie pregunta nada ni interroga al hombre. Entrar con dos desconocidos era lo más natural del mundo. Nos ofrecen café, vodka, vino y galletitas. En ese orden. También bombones y una computadora para poder buscar la dirección del hotel.

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Cada vez que decíamos Argentina, ellos se ponían contentos. “Argentina-Armenia, amigos” decían y unían ambas manos como Alfonsín, en señal radical de la victoria. Y así, el dueño de casa comenzó a enumerar todos los argentinos-armenios que conocía. La cuenta era fácil, sólo había que decir apellidos que terminaban en –ian. Cuando ya estábamos dispuestos a salir de nuevo en busca del hotel, el hombre se ofrece a llevarnos en su auto.

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El Monasterio de Tatev es el sitio de orgullo de los armenios. El orgullo es doble. Por un lado, se trata de una construcción impresionante hecha en roca en el filo de una montaña y por otro, para llegar hasta allá arriba uno puede tomar en cable-carril más largo del mundo, según los records Guinness.

Nosotros no optamos por el cablecarril sino que hicimos dedo en la ruta de tierra que conduce al Monasterio. A medida que el camino se iba metiendo más y más en el valle, nosotros no dejábamos de sorprendernos de tanto verde. Es que sí, veníamos del desierto donde ver un árbol era todo un espectáculo. Acá, por el contrario, no nos daban los dedos para contar todos los tonos de verdes y marrones.

El monasterio nos dejó boquiabiertos. Fue retroceder miles de años en la Historia de la humanidad. Curiosamente, Armenia fue la primer nación en adoptar el catolicismo como religión y la misma, aún hoy, sigue intacta.

El Monasterio de Tatev, al igual que otros tantos monasterios del país, está hecho en piedra maciza. La arquitectura es medieval, las paredes son anchas, las ventanas pequeñas y las vistas siempre son majestuosas. Al ser representaciones de la Iglesia Ortodoxa Armenia, no hay estatuas ni figuras de los santos. Sólo imágenes e íconos, coronados en marcos dorados. Los popes, a su vez, caminan todos vestidos de negros, con sus barbas largas y sus crucifijos brillantes. Las mujeres, debemos cubrirnos la cabeza para poder entrar a las iglesias. También, debemos salir caminando para atrás. No sea cosa que nos demos vuelta y le demos la espalda al Señor.

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Nuestra ruta por Armenia continuó. Seguimos viajando a dedo, visitando monasterio y observando el monte Ararat a lo lejos. Se ve desde números sitios aunque ya no sea más parte de Armenia.

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Visitamos Ereván, la capital. Allí, nuestros rasgos occidentales se camuflaban entre la población y todos nos hablaban en ruso. Retoños soviéticos que siguen están a la orden del día. También visitamos los monasterios de Noravank y de Khor Virap. Ambos son construcciones antiquísimas, cargadas de historias e interés.

Nos quedaban pocos días en Armenia y decidimos hacerle caso a L. Dejamos Ereván para ir al norte, al Lago Sevan. Desde ahí, alcanzaríamos Dilijian. Según muchos, Dilijian son los Alpes suizos del país. Posiblemente por ser una zona muy frondosa, con parques nacionales y monasterios perdidos entre las montañas. Sí, en Armenia hay muchos árboles, monasterios y montañas. Aunque muchas hoy sean parte de Turquía o Azerbaiyán.

El famoso monasterio que nos había recomendado L. Estaba a unos diez kilómetros de Dilijian. Decidimos ir a dedo pero a mitad de camino nos arrepentimos. Había sol y el camino iba por medio de un bosque. Decidimos caminar. En eso, un auto pone balizas y frena a unos metros más adelante. Dudamos si paró por nosotros o no.

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La puerta se abre y salta L. con una sonrisa de oreja a oreja. “Sabía que eran ustedes. Los reconocí por las alturas. ¿Van al monasterio? Suban”. L. nos presentó a su mamá. Nos dijo que nuestra pregunta por su sitio favorito la dejó pensando y le dieron muchas ganas de volver a Dilijian, su sitio favorito.

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Sí, Armenia es el país dónde la misma persona pueden levantarte dos veces en la ruta. Porque, a pesar de que las montañas hayan quedado del otro, el encanto del país sigue siendo su gente.

Aclaración:

En realidad, Armenia es el país donde la misma persona puede levantarte tres veces en la ruta. Porque el día siguiente, L. nos volvió a levantar. Aunque esta vez fue en un punto de encuentro y a un horario acordado.