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Ser fugaz en Azerbaiyán

“La escritura como método de captura. El impulso de atrapar pequeñas realidades al paso e interpretarlas en tiempo real. Como la red que quiere pescar su propia agua”
Andrés Neuman

Fue en la embajada de Azerbaiyán en Kazajistán. Teníamos dos opciones: aplicar a una visa convencional de 30 días y de no sé cuantos dólares o, aplicar a una visa de tránsito. Nos inclinamos por esta última opción. Cinco días para conocer Azerbaiyán.

En un momento dudamos ¿No sería muy poco? ¿No es que nos gusta viajar lento y profundo? Pero por otro lado ¿Por qué no? ¿Por qué no experimentar un poco de turismo exprés y contemporáneo?

Nuestro viaje por Azerbaiyán fue un viaje a vuelo de pájaro. Dónde sólo tomamos notas mentales de lo que veíamos, no teníamos tiempo para sacar ni siquiera un cuaderno y una birome. Cinco días para conocer uno de los países que más a crecido en los últimos años.

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La República de Azerbaiyán es una de las quince ex – repúblicas socialistas soviéticas (ex – URSS) y está ubicado en la región del Cáucaso (esa zona montañosa que se extiende entre el Mar Negro y el Mar Caspio). Es uno de los países más desarrollados de la región y eso se debe a su gran reserva de gas y petróleo.

Es un país musulmán, pero ahí el islam se vive muy relajado. La cultura azerí es descendiente de Turquía y su idioma es una lengua túrquica. Ambos países son una suerte de aliados en la región, sobre todo contra Armenia.

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Las fronteras de Azerbaiyán son un tanto confusas. Si bien es el país con mayor territorio en el Caucaso, muchos de estos territorios están en conflicto. Un ejemplo: la región de Nagorno Karabaj antes era parte de Armenia.

La geografía es aburrida. Desierto, montañas peladas y muchas torres de petróleo. Si bien el país esta bañado por el Mar Caspio, el color verde no abunda. La gente, es extraña. Ensimismada y asustada. Para ellos, los armenios son terroristas y en cualquier momento los atacan.

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Nosotros, llegamos a Azerbaiyán en barco. El puerto de barcos cargueros está a ochenta kilómetros de la ciudad de Bakú. La única pregunta que nos hicieron mientras hacíamos migraciones fue si habíamos ido o pensábamos ir a Armenia. Por las dudas, dijimos que no. Nos devolvieron los pasaportes y ahí se leía bien clarito: “Visa de tránsito – máxima estadía: 5 días” . A continuación, el baúl de un auto ofició de casa de cambio y así nos hicimos de nuestros primeros manat.

Nuestra primer (y casi única) parada fue la pomposa capital: Bakú. Un oasis artificial en medio del desierto y a orillas del Mar Caspio. Llegamos a la ciudad en un camión que transportaba sandías. Nos dejó en el centro. Costó reconocer donde estábamos. ¿Era una ciudad de Europa? ¿Aún seguíamos en Asia?

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Los bazares habían desaparecido y en su lugar las tiendas más ostentosas tenían lugar: Gucchi, Prada y Luis Vitton. Semáforos, parkings y plazas bien prolijas y nuevas. Todo era ordenado y parecía funcionar correctamente. El único problema fue cruzar la calle. La ciudad no está pensada para peatones. En Bakú todos se mueven en auto, parecería que caminar es de pobre. Y ellos, son ricos. Muy ricos y se mueren de ganas de demostrar(te)lo.

La arquitectura nos desencajó. Contamos más de veinte rascacielos que trepaban entre las viejas construcciones europeas. Intentamos preguntarnos por la arquitectura, pero no pudimos. No teníamos tiempo, las preguntas no estaban contempladas.

Vimos un señor sentado en un banco. Vestía chaqueta militar y algún que otro prendedor comunista. La tentación fue fuerte. Queríamos sentarnos al lado, obtener información, crear un vinculo. Pero este es un viaje de pedacitos superpuestos. Nos quedamos sólo con la imagen, el viejo comunista esperando a su amigo, también viejo y también soviético, para jugar al backgammon y tomar un té con limón. De fondo, el edificio emblemático de Bakú: las tres llamas. Ojalá nunca dejen de flamear, si eso pasa significa que Azerbaiyán se quedo sin gas y sin petróleo. ¡Todo se vendría abajo!

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Caminamos por la costanera y por la ciudad vieja (ahora devenida en tiendas de imagen y souvenirs). El contraste es rotundo. Lo antiguo y lo moderno conviven. Sin dudas, la ciudad sufre cierta esquizofrenia cultural. Me llamó la atención no ver gente pobre, nadie pide plata.

Esa noche conocimos a A. Un ucraniano que vino acá a juntar plata, básicamente. Según él, este es un gran lugar para vivir. A él le gustan los edificios modernos, las luces, la tecnología, la plata, el desarrollo, el buen vivir etc. Para mi, la ciudad es infinitamente aburrida. Le preguntamos por sus años soviéticos, para nosotros es sorprendente que en algún momento Ucrania y Azerbaiyán fueron el mismo país y compartieron bandera. Él me esquiva la pregunta. “Ahora todo es mejor”, y su Iphone comienza a sonar. La conversación se interrumpe, quizá para siempre.

Vagabundeamos de una punta a la otra. Lo mejor es el mediodía: nos compramos fiambre y nos vamos a comer unos sanguchitos al rio. Los azeríes nos miran incrédulos. ¡Somos un espectáculo! Pero nosotros no los miramos a ellos. Nuestro viaje no da lugar al ver ni al observar.

Los cinco días corren rápido. Tenemos que dejar el país. Decimos ir a frontera con Irán. En realidad, queremos ir a Armenia pero la frontera está cerrada. Irán es el desvió y la excusa. Salimos de la ciudad a dedo. El paisaje urbano se va perdiendo y volvemos al mismo punto del comienzo: el gran desierto con reservas de gas y petróleo.

El conductor del primer auto es un idiota. Nos trata de pobres, de ridículos, de sucios. Somos todo lo que él quiere evitar: ser tercermundista. Igualmente, nos llevó casi cien kilómetros, nos regaló bebidas y nos dio su tarjeta. Creo que en cierto punto le recordamos su pasado, pasado que el prefiere evitar. Ahora estamos mucho mejor, ¿no?

Al segundo auto no lo paramos. El nos paró a nosotros. Se trata de un viejo camión Kamaz modelo ’70. Va a 30 kilómetros por hora y transporta ladrillos. El tipo habla ruso y con eso nos comunicamos. Es un ex soldado rojo. Estudió en Rusia y estuvo en el frente en los años de la guerra con Armenia. Guerra que aún persiste. Nos advierte de no ir a Armenia, esos tipos son terroristas.

Tenemos que hacer solo ciento cincuenta kilómetros con él pero tardamos más de diez horas. Paramos a tomar un té y paramos a almorzar. Además, cada cincuenta kilómetros tenemos que frenar para que el motor se enfrié un poco. Pero no es problema, disfrutamos su compañía. Lo mejor fue el almuerzo. Un viejo puesto al lado de la ruta. Comemos sandía, tomates, quesos, aceitunas, carne de cabra y yogurth. Es el Cáucaso que nos imaginábamos, pero sin vino. Eso lo hacen los terroristas armenios.

Ya de noche llegamos a la frontera con Irán. Estaba cerrada. Teníamos que esperar a las 9 de la mañana del día siguiente. En la plaza de Astara hay una casa de té. Preguntamos si podemos poner la carpa ahí. El dueño nos dijo que sí y nos convidó un vaso de vodka. Con ayuda de Google Translator nos dice que mejor no, que en vez de la carpa vayamos a dormir a su casa. Decimos que sí.

Y nos vamos a la casa de un completo extraño que ni siquiera habla ruso (como si el idioma ruso nos diese cierta familiaridad). Allá nos espera su mujer, sus hijos y sus hermanos. Somos los primeros turistas que ven y las preguntas no se hacen esperar.

Comemos helado, té, frutas y más helados. Nos sacamos fotos y nos dan su cuarto para dormir. Insistimos en dormir en el living pero no hay modo. Al día siguiente nos dejaron en la frontera. Del otro lado espera la República islámica de Irán.

Pero aún estamos en Azerbaiyán aunque no entendamos nada, absolutamente nada. La ligereza de un viaje por un país tan pesado fue una ventaja. No nos enteramos de nada pero, a la vez, todo fue nuevo y asombroso.

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Este viaje fue una manera distinta de viajar y de pensar los tiempos del viaje. Es un viaje instantáneo, sin tiempo de procesar nada. Uno traduce lo que ve, lo captura con el ojo de la cámara y hace una interpretación libre sobre eso. Además, Azerbaiyán está atravesado por la modernidad, tiene un dilema de cultural y muchísimas contradicciones.

Nuestro viaje por Azerbaiyán no fue excepción, sino que fue correlativo a como se viaja hoy en día: rápida y torpemente. Sin ningún tipo de literatura.

Fue un viaje fragmentario. Pero la vida es fragmentaria, por lo tanto que importa.

Cruzar el mar Caspio en un barco carguero

Eran las cuatro de la mañana, no había señales del amanecer ni tampoco del barco carguero que cruzaría el mar Caspio para llevarnos de Kazajistán a Azerbaiyán. Estábamos sentados en el puerto de Aktaú, en la intemperie y en unas sillas improvisadas tomando un té con un joven bielorruso y un viejo turco, conductor de un camión que también estaba esperando para cruzar. Nos perdimos la mitad de la conversación, un poco porque era en ruso, otro poco por el sueño.

Sabíamos que los barcos que cruzan el mar Caspio eran impuntuales, pero imaginamos que podíamos esperar ya a bordo, durmiendo, o en algún cómodo sillón. Pero no, todo está pensado para camioneros. No es un barco de pasajeros. Los camioneros duermen en sus camiones, que son como sus casas donde llevan desde cocina hasta un DVD portátil. Nosotros quedamos a merced de la noche, como el bielorruso. Él tenía la ventaja de poder hablar ruso con los kazajos, pero nosotros, también, teníamos nuestra ventaja. Él no tenía ticket, nosotros sí.

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Recién a las cinco de la mañana llegó el barco. Hicimos migraciones, nos despedimos del bielorruso con la esperanza de verlo arriba del barco y nos metimos en un camarote caluroso para tratar de dormir un poco. Dormimos hasta que casi nos tiraron la puerta abajo para avisarnos que estaba el desayuno. En el medio, había pasado sólo dos horas.

Era un barco que incluía todas las comidas pero lejos estaba de ser un crucero de lujo. Si bien teníamos un camarote para nosotros solos, era precario. El óxido era el principal protagonista de todo. En total éramos alrededor de veinte pasajeros. Dieciséis camioneros turcos, una pareja de franceses y nosotros (el bielorruso finalmente no subió). Lo curioso es que con los únicos que compartíamos un idioma común era con los franceses, pero fue con quienes menos nos comunicamos.

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Las comidas eran sosas, pero las señoras que la servían eran amables. El mayor pasatiempo de los pasajeros era tomar té, jugar a las cartas y fumar. El nuestro pasear por la cubierta, mirar el horizonte y leer.

Para ser sinceros, el camino más fácil para llegar a Azerbaiyán hubiese sido haberse tomado el avión, pero nos inclinamos por otra opción un poco más lenta: cruzar desde Kazajistán a Azerbaiyán en barco. A fin de cuentas, se trata de un medio de transporte que está en peligro de extinción. Los barcos se van dejando de usar. Todo por la necesidad de ser modernos.

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El último barco que nos habíamos tomado fue rumbo las Islas Andamán. En total, cinco días en el Océano Índico marcados por la rutina. Horario de lectura, de comida, de escritura, de más comida, de charlas, de cartas. Mientras eso transcurría sentía estar viviendo la muerte de un medio de transporte. Los barcos para pasajeros van a desaparecer a excepción de los lujosos cruceros.

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Por eso, cuando surgió la posibilidad de ir en barco hasta a Azerbaiyán no lo dudé, le insistí a Ludmila y me dispuse a disfrutar de uno de los placeres que se nos priva bastante. 
Uno de los mayores lujos del barco es disponer de tiempo para dejar que la mente fantaseé y nos lleve por viejos recuerdos y nuevas ideas. Una especie de meditación en altamar para curar los dolores del alma. Una cura simple pero que nadie tiene tiempo de practicarla.

Fue un viaje corto, de 30 horas, pero sirvió para sentir el viento en la cara, ver las gaviotas volar y pensar en lo que todavía queda del viaje.

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