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Curiosidades de Bangladesh

De Bangladesh, poco se sabe. Eso no es novedad. En internet no hay información y la última guía de viajes que se escribió es del año 2012. Los medios no hablan ni lo mencionan, y los turistas trotamundos se olvidaron de su existencia. Posiblemente porque no hay mucho para ver. No hay grandes montañas ni paisajes paradisiacos. Nosotros decidimos aventurarnos. Ver que había del otro lado de la frontera ¿Puede ser verdad qué en un país no haya absolutamente nada para ver?

Si bien es cierto que Bangladesh no es un país fácil para viajar, no nos dejó de sorprender ni un solo día. Seguramente ustedes tampoco tienen mucha idea del país. Decidimos compartirles algunos detalles y curiosidades para acercarles la cultura y la forma de vida bengalí:

1. Pasión argentina

Por alguna extraña razón, no van turistas a Bangladesh. Cada vez que hay un occidental en la calle, todos se asombran y salen a ver de que se trata. Lo curioso es que cuando ese turista es de Argentina, todo se transforma.

No encontramos una explicación certera pero los bangladesíes aman Argentina y a su futbol. Maradona y Messi son los ídolos nacionales. Bueno, Ronaldinho también pero sólo después de Agüero.

Cada vez que conocían nuestra nacionalidad, las calles eran una fiesta. Pero las pasiones y los extremos no siempre son positivos. En medio del fervor blanquiceleste en época del mundial varios grupos de vecinos se enfrentaron (ya que algunos hinchaban por Brasil) y seis personas se suicidaron cuando Argentina perdió la final.

Curiosidades - Bangladesh -62. Restaurantes separados para hombres y mujeres

El 90% de la población bangladesí son musulmanes. Algunos más ortodoxos que otros. Debido a la ley islámica la mayoría de las mujeres usan velo o burka. Razón por la cual algunos de los restaurantes y cafeterías ofrecen un salón separado que es sólo para ellas. Allí las mujeres pueden quitarse el velo y comer tranquilas, sabiendo que ningún hombre las va a mirar. Por otro lado, no todos los hombres se sienten cómodos teniendo mujeres cerca por lo cual, esta parece ser la mejor manera de resolver las cuestiones de genero.

En nuestro caso, también tuvimos que adecuarnos a la costumbre local. Si bien no nos hicieron sentar separados siempre nos envían a una mesa apartada, dentro de una especie de habitación y corrían unas cortinas para que nadie nos vea comiendo.

3. Superpoblación

Hace un par de años, Bangladesh se ganó el titulo de ser el país más densamente poblado del mundo (si se cuentan países con una extensión considerable) con un promedio de 1.140 habitantes por km².

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Y la superpoblación se ve y se siente en todo momento: en las calles, en los transportes públicos, en las boleterías de las estaciones de trenes, en los restaurantes y en los alojamientos (siempre están llenos).

Por su puesto, las condiciones no están dadas para albergan a tantos habitantes. Como suele pasar en esta parte del mundo, la superpoblación condiciona la forma de vida. Es así que las nociones de espacio y respeto se van perdiendo. Un asiento con capacidad para tres personas, alberga a diez y la una fila puede convertirse en una batalla campal si uno de defiende a rajatabla su lugar cerca de la ventanilla.

Tal es así, que nos toco viajar compartiendo el asiento con familias enteras o cargando bebes ajenos en los trayectos de tren.

Nosotros teníamos el asiento + ellos tenían el pibe = Bebé a upa durante todo el viaje.

¡Cosas que pasan!

4. Medio de transporte: humano

Bangladesh es un país al que el progreso no ha llegado. Muchos rutas nacionales aún son caminos de tierra y muchas acciones cotidianas se siguen haciendo a la vieja usanza. No nos referimos sólo al trabajo de la tierra y de los campos, sino también al transporte de mercaderías.

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En Dhaka era constante ver pasar carretas cargadas de animales, cables, verduras o telas de algodón impulsadas simplemente por un tipo flaco y transpirado. También son curiosos los ricksha. Son triciclos impulsados por un hombre y sirven para transportar mercaderías o personas.

Curiosidades - Bangladesh -15. Hacete la tintura, con henna

Los hombres son coquetos y son pocos los que lucen sus canas sin pudor. La mayoría de los bangladesíes se hace la tintura. Pero no utilizan los métodos que habituamos en occidentes. Como tinte utilizan henna. Al principio queda de un tono castaño oscuro pero con los lavados comienza a aclararse y queda naranja.

La mayoría andan con el pelo y la barba color zanahorias. No importa lo ridículo, mejor naranja que canoso.

Curiosidades - Bangladesh -26. Hospitalidad por doquier

Podrán decir que no hay nada interesante para ver en Bangladesh, puede ser verdad. No hay grandes edificios ni preciosos atardeceres, pero lo que si hay son miles de millones de habitantes. Ese es el encanto del país.

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Curiosidades - Bangladesh -5En pueblo bengalí es uno de los más hospitalarios que conocimos. Respetuosos, sinceros y dispuestos a ayudarnos desinteresadamente. Más de un señor se emociono de vernos, y más de una mujer sonrió tímidamente bajo su burka.

Fueron muchos los que nos invitaron un té y quienes nos anotaron su número de teléfono “por las dudas, si necesitábamos algo”.

La mayoría de los medios se esfuerzan en humillar y denigrar al pueblo musulmán. Los bangladesíes, demostraron todo lo contrario. Curiosamente, uno de los pueblos más hospitalarios.

7. Dos Chá por favor

El Chá es la bebida nacional. Compite cabeza a cabeza con el chai indio. A diferencia del brebaje de India, el Chá no tiene massala ni semillas de cardamomo. Se trata de un poquito de té negro mezclado con mucha leche condesada y azúcar. Se sirve, solamente, media tacita. Más sería imposible, es demasiado dulce. Se toma a toda hora y en todo lugar. Como siempre, los más sabrosos son los que se consiguen en los puestitos callejeros.

Curiosidades - Bangladesh -98. ¿Dónde hay una farmacia?

No entendimos bien por qué y nadie supo explicarnos, pero en Bangladesh hay más farmacias que cualquier otro negocio.

Suelen estar una al lado de la hora, y en cien metros cuadrados llegamos a contar 12 farmacias distintas. Todas vendiendo los mismos medicamentos y abiertas al publico general. No sabemos si se trata de un pueblo hipocondriaco o de un rubro que realmente deja ganancias, pero si vienen a Bangladesh no se preocupen por los medicamentos. Seguro van a conseguir.

9. ¿Escupen sangre?

Al igual que a los indios, a los bangladesís les encanta mascar paan. Se trata de una nuez mezclada con tabaco y cal, y envueltas en hojas de Betel. Lo mascan a toda hora y en todo lugar. El problema es que luego de mascar durante un rato, el paan comienza a generar más saliva de la habitual. Esta se torna de un color rojizo y deben escupirla.

Las calles e inexistentes veredas se llenan de escupitajos. Ese no es el problema, sino que uno no sabe si trata de sangre, saliva o algún otro elemento asqueroso.

Además de los escupitajos, el consumo de paan deteriora los dientes y labios de quienes lo consumen. Cuan Dráculas asiáticos todos andan con los dientes rojos y carcomidos.

10. Orgullo nacional

En Bangladesh el mayor orgullo es Bangladesh. Su lengua, el bengalí, fue el motor de su independencia de Pakistán. El país no tiene más de cuarenta años pero el nacionalismo caló hondo.

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No conocimos una sola persona que no sienta orgullosa y enamorada de su tierra. Y eso, es un valor muy lindo y poco habitual. Defienden sus fronteras, su cultura y sus derechos. Lo único que no entienden es por qué no van los turistas.

Made in Bangladesh

Llueve en Bangladesh. Llueve como nunca. Rayos, viento, truenos, chapas y toldos vuelan por el aire. Hace exactamente siete días que empezó a llover y no volvió a parar. Al principio fue divertido. Hacía semanas (incluso meses) que no veíamos llover. La tierra ya estaba seca y agrietada, las plantaciones de arroz estaban vacías y el polvo de la calle esperaba una buena lluvia para aplacarse. El olor de tierra mojada fue un alivio al calor agobiante. Ese día se abrieron todas las ventanas y el fresco entró a todas las casas.

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Todos suponíamos que era una lluvia temporal, a destiempo. Un paréntesis antes de que comience el verano. Faltan dos meses para que empiece el monzón, la época de lluvias. Pero no, hace siete días que no para de llover. Las expresiones de alegría comenzaron a transformarse en desesperación. Parece que este año va a llover mucho.

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Nosotros no deberíamos estar acá. A está altura deberíamos estar en India, en los Estados del Noreste pero seguimos esperando que la lluvia pare. Cada día es peor. Llueve más, el agua comienza a acumularse y los caminos de tierras se hacen más intransitables que lo habitual. Cada noche nos vamos a dormir con la esperanza de que a la mañana siguiente ya no habrá lluvia, pero amanecemos con un cielo gris y húmedo.

Quizá para de llover durante media hora, ahí las calles vuelven a superpoblarse pero de a poco el cielo comienza a ponerse negro y las miradas de tristeza vuelven a reflotar en los rostros de los bangladesíes.

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“¡El país se está hundiendo!” dijo Farhad, el dueño del puesto de té que está en la esquina de nuestro hotel, en la ciudad de Sylhet. La ciudad en la nos quedamos varados. Solemos ir a su local todas las tarde. Ya sabe que queremos: un chá (té con leche condensada y azúcar) y dos torta fritas para cada uno.

Según él, él es un businessman, un hombre de negocios. Para nosotros es el tipo que atiende el puestito de la esquina desde hace más de cuarenta años, cuando esto era Pakistán del Este. Quizá esa es la razón por la que habla tan bien inglés: fue un hijo de la colonia. Cada vez que se acuerda que somos de Argentina se pone contento y nos da un torta frita de regalo. Supongo que él también saboreó con un gustito extra el gol de Maradona a los ingleses. Pero esta tarde Farhad no está contento. Se agarra la cabeza y recita párrafos del Corán mirando el cielo. ¡El país se está hundiendo! Y son sus ojos los que se hunden en lagrimas.

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Bangledesh se ubica en la desembocadura del río Ganges y del río Brahmapruta, conformando el delta más extenso del mundo. En total hay más de sesenta ríos y riachos. Condición por la cual el país más densamente poblado (1140 habitantes por km²) convive en una superficie con demasiada actividad hidráulica y constante riesgo de inundación. El terreno es pantanoso y fértil pero desgraciadamente se encuentra a más de diez metros por debajo del nivel del mar. Razón por la cual si el mar sube, al menos un metro, más de la mitad del territorio quedaría abajo del agua. Pero el mar no es el único enemigo. Con el recalentamiento global y los cambios climáticos cada año los ríos que bajan del Himalaya llegan más caudalosos. El suelo tampoco absorbe lo suficiente: los bosques y selvas están siendo deforestados. Pero la naturaleza no tiene la culpa de esto, el hombre da lugar a que todos estos desastres ocurran.

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Cuando estuvimos en Chittagong, días atrás, el tema sobre las inundaciones y el cambio climático salió a la luz. Ese día había llovido bastante fuerte. Allí nos encontramos con Niaj, el joven musulmán que nos estaba alojando en su casa. Le comentamos nuestra extrañeza con respecto a las lluvias y el nos retrucó con su preocupación al respecto. “Y esto no es nada”- dijo mirando por la ventana- “… del Himalaya cada vez está viniendo más agua e India, India…” cerrando el puño y apretando bien la mandíbula. Suponemos que dejó de hablar porque se dio cuenta que nosotros en cierto modo éramos dos extraños y que aún no sabía de que lado de la vereda estábamos parados.

“Si, las políticas indias son muy malas y las relaciones con los países limítrofes están cada vez peor” dijimos dándole el pie para que nos cuente más. Se tomó unos segundos en hablar, miró alrededor para asegurarse de que no haya nadie más y con una mirada cómplice nos preguntó “¿Saben lo de Farakka, no?”

Son instantes pero parecen eternos. La memoria empieza a resolver cajones, a recordar datos de los periódicos, carteles de propaganda política, especies de animales en extinción, incluso buscá en los libros sobre la independencia del país. Farakka, Farakka. Nada. No había nada con que asociarlo.

– No, la verdad no. ¿Quién es?

– ¿Quién es? ¿Quién es? ¿Cómo? – decía Niaj cada vez enojado-. Qué es sería es en todo caso la pregunta. ¿Cómo no se sabe de esto? ¿Es qué los medios internaciones no dicen nada del conflicto?

Con un poco de culpa y de vergüenza tuvimos que decirle que no. Que, al menos nosotros, no teníamos ni idea de quién o qué es Farakka. Los medios de comunicación tampoco levantan notas sobre Bangladesh y somos muchos los que aún dudamos si Bangladesh se trata de un país, de una provincia lejana o de una isla del Caribe.

Mientras conocemos los pormenores de la familia real española o los detalles amorosos de la vida de Donald Trump, desconocemos por completo la realidad de países como Bangladesh. La última y una de las pocas noticias que se publicaron se refiere al derrumbamiento de una fabrica textil. Centenas de trabajadores quedaron atrapados bajo los escombros. Algunos sobrevivientes denunciaron que se quejaron con sus superiores ya que las paredes se estaban agrietando. Estos, en vez de abrir las puertas, cerraron con candado. En unas pocas horas, el edificio se derrumbo por completo. La mayoría de las victimas fueron mujeres y sus hijos. La noticia fue famosa ya que todas las fabricas del país son talleres de empresas internacionales: H&M, Zara, Declathon, Old Navy, Adidas, Nike, entre otras.

La mano de obra barata y los pocos impuestos son algunos de los beneficios que gozan las empresas internacionales que acá se instalan. Luego del derrumbamiento del edificio, algunas ONG’s e incluso la ONU comenzaron a poner el foco en las condiciones de esclavitud en las que millones de bangladesíes trabajan. Al día de hoy, no hubo grandes cambios ni mejoras. Si queda alguna duda, basta revisar la etiqueta de alguna remera y ahí se lee “Made In Bangladesh”. Lo poco que conocemos del país.

Con más intriga que otra cosa le preguntamos a Niaj sobre el conflicto de/con Farakka. Nuevamente se tomó su tiempo, supongo que para organizar la información en su cabeza. Comenzó hablando del orgullo que para él supone ser de Bangladesh, de la poca fama de su país y de la hospitalidad de sus habitantes. Nos contó también que a él le encanta viajar, que tuvo la suerte de conocer algunos países de Asia y Europa pero que nunca visitó India. Nunca le otorgaron la visa, ni a él ni a otros tantos bangladesíes que quieren cruzan para, al menos, visitar a su familia. Él responsabiliza de esto a la historia de ambos países y la inestable situación política de los últimos años. Ahí fue cuando Farakka volvió al ruedo de la conversación.

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En términos porteños, Farakka es una guachada[1]. Se trata de una gran represa que construyó India a menos de cincuenta kilómetros de la frontera con Bangladesh. La represa controla buena parte del agua de río que entra al país. Los indios, ni lentos ni perezosos, tomaron la costumbre de cerrar el paso de agua en la época seca, dejando así buena parte de Bangladesh sin agua. Los ríos se secan, los arrozales se vacían y las vacas se ponen flacas. Pero cuando comienza la época de lluvias y deshielos, el agua comienza a acumularse en la represa y empieza a ser un problema. Es recién ahí cuando la abren y el agua entra como torbellino en el país vecino. Causando nuevas y graves inundaciones.

Niaj está indignado y tiene razones. Farhad está preocupado y tiene motivos. Bangladesh, el país más densamente poblado está en peligro de extinción. Si el cambio climático sigue avanzando, Bangladesh podría convertirse en el primer país en la historia que desaparece por cuestiones ambientales. Si este año, la lluvia no pará buena parte de la población podría perder lo poco que tiene.

India, por las dudas, se está preparando. Toda la zona fronteriza está siendo cercada. Si sigue lloviendo, los bangladesíes deberán abandonar su tierra. ¿Seremos testigos de uno de los mayores éxodos en cuanto al número de personas?

Bangladesh-3No merece la pena ser fatalista ni adelantarse en el tiempo, pero saber que Bangladesh está en peligro de extensión no es una sensación amena. Por suerte, siempre nos van a quedar de recuerdo las etiquetas de nuestras remeras de H&M. Ahí si se va a seguir leyendo fuerte y claro “MADE IN BANGLADESH” aunque el país se esté hundiendo.

[1] Acción mala y desleal.

Perdidos en Dhaka

Quilombo:
1. Expresión rioplatense. Situación en la que predomina el desorden y el ruido.
2. Situación o asunto confuso, problemático o difícil de resolver.

Siendo el país más densamente poblado Bangladesh es, también, uno de los menos visitados. Nadie viene, ni por curiosidad ni por algún interés en particular.

El primero en sorprenderse fue quien nos recibió los papeles para tramitar la visa. Si bien en el consultado de Bangladesh de Calcuta había una ventanilla para extranjeros el nuevo uso que le habían dado daba a entender que hacía muchos meses que ningún turistas se asomaba por ahí.

Luego, cada uno de los pasajeros que nos veían embarcar en el famoso Matress express que une Dhaka – Kolkata en unas largas e incómodas doce horas nos miraban sorprendidos y nos preguntaban si realmente estábamos yendo a Bangladesh o nos habíamos confundido de andén. Generando sorpresa en los desconocidos llegamos a Bangladesh.

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Esa mañana, como todas las mañanas, nos levantamos sin despertador. Esa mañana, como todas las mañanas del viaje, nos (me) tomó diez segundo darnos cuenta en dónde estábamos. A veces cuesta más, a veces menos, pero todas las mañanas tenemos que reconocer en que país, en que ciudad, en que casa o habitación de hotel pasamos la noche. Esa mañana fue fácil, quizá por el olor a café que llegaba de la cocina.

Estábamos en la casa de M. Un danés que vive temporalmente acá y que trabaja en la Embajada de Dinamarca en Dhaka. Llegamos a su casa gracias a Couchsurfing.

Esa mañana tuve la extraña sensación de que alguien me había dejado una tarjeta con una consigna en el sillón que use como mesa de luz. La tarjeta invisible decía algo así como “ver todo como si fuese la primera vez”. Me levanté pensado en esa frase y fue el tema de conversación del desayuno. ¿Podría Bangladesh sorprendernos? ¿O sería solo una extensión más de India con un estilo más musulmán?

Ansiosos por conocer una de las capitales más caóticas del mundo salimos del barrio residencial de los diplomáticos. La noche anterior habíamos llegado muy tarde y no habíamos visto más que una pizzería 24 horas que ofició de cena y de punto de encuentro con M.

Bastó caminar doscientos metros para que el paisaje cambie por completo. No teníamos muy claro a dónde ir ni cómo. M. tampoco nos pudo ayudar mucho ya que tenía restringidas sus salidas por la ciudad salvo que vaya acompañado por personal de seguridad por lo cual nunca fue más lejos de la embajada y del supermercado. Tampoco contábamos con consejos o información para conocer Dhaka. Ningún viajero viene y la última guía de viaje se publicó en el año 2012.

Sabíamos que queríamos ir a la parte vieja de la ciudad. Dónde están los mercados, bazares y el río Buriganga. Referirse a esa zona como “Old Dhaka” fue nuestro primer error. Tan absurdo como que un turista nos pregunte en Buenos Aires cuál es el mejor camino para llegar a Flowers o a Eleven. Nadie tenia idea de a dónde queríamos ir. Unos decían que tal autobús iba, otros opinaban que mejor era tomarse un CNG (moto taxi de color verde y que funciona con GNC), los ricksha (bicicletas con carros coloridos que funcionan a energía humana) también nos querían llevar. Todos intentaban ayudarnos pero nadie sabia a dónde queríamos ir. Finalmente, un joven musulmán pareció comprendernos y nos dijo que nos tomemos el autobús número seis. Lo que no nos dijo fue que los autobuses tienen los números anotados en bengalí. La gente comenzaba a rodearnos y a inspeccionarnos cuan ratas de laboratorio. ¿Seríamos los primeros occidentales que veían? Con respeto preguntaban nuestro país y con un abrazo celebraban “Messi, Maradona, Argentina”. No lo podían creer. Nosotros tampoco.

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El semáforo, que no es un semáforo sino un policía con un bastón verde, liberó el trafico y los autobuses volvieron a pasar. Sin frenar del todo, hacían señas de que subamos. ¡Pero si no sabían a dónde queríamos ir! Uno de los que estaban en la parada esperando hizo señas de que ese sí iba. Quizá era el autobús número seis. Subimos y una vez más, las miradas se centraron en nosotros. Las miradas humanas y de todos los insectos que habitaban los asientos. Los autobuses son latas de metal, chocadas, podridas y con vidrios rotos. Normas ISO, seguridad e higiene, VTV, esas son cosas del siglo XXI. En esta parte del mundo se habita otro tiempo, pero así y todo las cosas funcionan.

Teníamos que hacer unos diez kilómetros, media hora más o menos, o eso figuraba en Google Maps. Tardamos dos horas. Quienes relevaron el mapa de Dhaka no vinieron a la ciudad. El transito era imposible. Ni siquiera es que había mucho trafico o un embotellamiento. Nada de eso. Era estar completamente detenidos, a unos escasos centímetros del siguiente vehículo y chocando constantemente. Cuatro veces chocamos al de adelante, tres nos chocaron de costado y perdimos el paragolpes al quinto choque de atrás. Pensamos que hasta que no tuviéramos hijos no íbamos a volver a jugar a los autitos chocadores, pero no. En Bangladesh volvimos a hacerlo.

“Messi, Maradona, Argentina” y la voz se iba corriendo de asiento a asiento. También lo comentaba el chofer del autobús de al lado y el pibe que vendía pochoclos y agua fría.

Un joven, un poco más chico que nosotros y que no sabemos de dónde salió o en que momento se sentó al lado nuestro, nos preguntó a dónde íbamos. Dijo que debíamos bajar e hizo señas de que lo sigamos. Su inglés era mínimo pero mucho mejor que nuestro Bengalí (o Bangla, como llaman ellos a su idioma). Seguirlo, parecía ser la única oportunidad de alcanzar la parte vieja de la ciudad y ver el río, un brazo del Ganges.

Empezamos a caminar. Cruzar las calles cada vez era más arriesgado. Acá ya no estaba el policía con el palo verde que regulaba un poco el caos, acá era un pacto de vida suicida. Cerrando los ojos, cruzamos casi corriendo y esquivando todo tipo de transporte a energía humana. Carretas para los sacos de arroz, carretillas para la ropa y jaulas de metal enganchadas a una bicicleta para los niños que van al colegio. No nos daban los ojos, las neuronas, la click de la cámara ni el tiempo para ver todo lo que alrededor nuestro pasaba. Mientras tanto nuestro guía de turno nos seguía conduciendo por más y más callejones y callejuelas. No nos decía mucho, salvo preguntarnos si queríamos comer. Cruzamos un puente bajo el cual buscaban un poco de sombra caballos, cabras y trabajadores. Cruzamos mezquitas y muchas muchas muchas personas. El calor también era agobiante.

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Pasaron veinte minutos y seguíamos cruzando la ciudad a pie, metiéndonos cada vez en calles más angostas. ¿Teníamos miedo? Increíblemente no. Un extraño nos estaba conduciendo por lugares impensables en una ciudad musulmana y caótica pero no teníamos miedo. Y si lo teníamos tampoco podíamos hacer mucho. ¿Correr? No sabíamos ni para dónde. ¿Gritar? Nadie nos iba a escuchar ni a entender.

Paramos a almorzar. Paramos a comprar agua y seguimos. El chico cada vez estaba más apurado y caminaba más rápido. Finalmente el olor anunció que estábamos cerca.

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Hay instantes de sorpresa que cuesta describir. Uno fue llegar trepando a la Muralla China y alcanzar toda su extensión en una primer mirada, otro fue este: llegar al río Buriganga. Corazón de Dhaka. El río era negro, de aguas espesas y malolientes y sobre él y sobre sus orillas todo un mundo tenia lugar. Barcos oxidados, pequeños botes de madera que transportaban más de cincuenta pasajeros de pie, cabras, personas transportando frutas en su cabeza, vendiendo arroz con pollo, pescando, mendigos pidiendo, musulmanes asistiendo a la llamada de la mezquita, mujeres con velo, y todos mirándonos. Una verdadera vorágine. La gente quería pasar y tuvimos que movernos. A una esquina, a otra, cruzar la calle, volver. Cada metro cuadrado libre pronto se ocupaba. No había lugar para estar ni de pie mirando todo lo que pasaba.

El muchacho se despidió y nos pidió nuestra dirección postal. Le dijimos que más fácil era mantener contacto por Facebook o por mail pero nos miró extrañado. No sabía de que estábamos hablando.

Nuestro improvisado guía

Nuestro improvisado guía

Empezamos a caminar sin rumbo. No teníamos ni la menor idea de cómo volver. Agarramos un callejón, luego otro. A cada persona que le preguntábamos nos mandaba en una dirección distinta. Cruzamos un mercado de sandías y uno de velos negros para mujeres musulmanas. “–Which Country? –Selfie? –Messi, Maradona, Argentina!”. Luego entendimos que Selfie significaba que nosotros le saquemos una foto a ellos y que el 80% de la población hincha por Argentina en el mundial. La nacionalidad fue nuestra mejor herramienta para conocer Bangladesh.

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Caminábamos sin sentidos. Aceptábamos invitaciones a sentarnos en los negocios y seguíamos invocando a Messi y Maradona y seguíamos sacando selfies. Ya no podíamos más.

Finalmente, cuando parecíamos haber encontrado el camino que nos acercaba al punto en el cual nos habíamos bajado del colectivo empezamos a escuchar varios silbatos atrás nuestro. Era la policía y nos hizo señales de que entremos a la garita. ¿Qué más podía pasar? Ya habíamos pisado mierda, ya nos habíamos resbalado más de dos veces caminando por las rotas e inexistentes veredas, ya no teníamos batería en la cámara ni más ganás de “Messi, Maradona, Argentina”.

Pensamos que habíamos cruzado mal la caótica calle, que andábamos muy ligeros de ropa o que los policías querían revisar nuestro pasaporte y nuestra visa. Pero no, ellos también querían su selfie, invitarnos un té y rememorar juntos el gol de Maradona a los inglés. Nosotros sólo queríamos una cosa: volver, bañarnos y sacarnos toda la transpiración. La propia y la ajena.

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¿Quién nos mandó venir a Bangladesh? ¿Por qué no hicimos como el 99,9% de los viajeros que recorren Asia sin adentrarse en este país? ¿No bastaba con un documental del Discovery Channel? Con todo ese barullo de pensamientos seguíamos buscando la parada de colectivos.

Un hombre de barba naranja y no menos de setenta años nos agarra del hombro y nos pregunta el nombre de nuestro país. Sonríe dejando al descubierto el espacio vacío entre sus rojos y podridos dientes. Con expresión de jubilo nos dice “Gracias por visitar mi país, Bangladesh”, llevándose una mano al corazón. Y ahí nos dimos cuenta de que sí, de que vale la pena ser ese 0,01% que visita el país más allá de las para nada cómodas condiciones.

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