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Último día en Camboya

Suena el despertador y tanteo el velador. Descubrimos que se cortó la luz. No sabemos desde cuando. Con la luz del celular intentamos desayunar un café instantáneo. Ponemos el polvo en las tasas y nos damos cuenta que sin luz no podemos calentar el agua.

Huir de Phnom Penh

Bajamos por la escalera y una horda de taxistas espera en la puerta del hotel. Estos tipos desarrollaron un superpoder para percibir turistas a una legua de distancia. No entienden que no queremos ir a ningún otro lugar más que a la parada del colectivo que sólo está a un kilómetro. Tampoco entienden que queremos ir caminando, o al menos, no pagando cinco dólares. Para ellos es tan extraño encontrarse con un turista que no hace las típicas cosas de turista, como para nosotros que en toda Camboya no exista el transporte público. Sólo hay tres líneas de colectivo y estás cruzan Phnom Penh, la capital. El colectivo número 3 nos sacaba de la ciudad o eso parecía figurar en el mapa.

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Nuestro viaje por Camboya había llegado a su fin. Queríamos volver a Tailandia. Con lo maravilloso de Angkor Wat y con lo terrorífico de Phnom Penh ya habíamos tenido suficiente. Lo nuestro fue un basta-para-mi-basta-para-todos pero sin tuti-fruti de por medio.

Pasaron 40 minutos y seguíamos viendo la ciudad desde la ventanilla del bondi. Ciudad bastante deplorable por cierto. Calles de asfalto gastado, polvo y basura apilada al lado de mercados improvisados. Las ciudades camboyanas son feas y huelen peor. No hay veredas, no hay parques, no hay nada que sea lindo, aunque sea para la foto. Incluso el río, que podría ser bastante encantador, es sólo un basurero municipal más. Como cada esquina, cada puesto de comida, cada entrada a un hospital o escuela. Todo es basura y mugre. Los templos tampoco dicen mucho y cada vez quedan más atrapados entre edificios de cemento. Por supuesto que se trata de una capital tercermundista en uno de los países más pobres del mundo, pero no por ello vamos a inventarle atributos que no tiene.

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En Camboya las ciudades crecen sólo en el plano horizontal y cuesta mucho, muchísimo, salir. El chofer nos mira por el espejo retrovisor. Final de recorrido. La sensación es que seguimos en el medio de la ciudad. Menos mal que salimos temprano y decidimos darle un poco de changui. Nuestro objetivo es llegar al puerto de la ciudad de Trat, ya en Tailandia, para tomar el último barco rumbo a la isla Koh Chang. El último barco sale a las 19.

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Viajamos a dedo para conocer un poco más los países que visitamos: su gente, sus calles, su vida. Al menos nos permite eludir por algunos kilómetros los set de filmación que arman para todos los turistas y que sólo muestra lo que es mejor mostrar.

Cuándo uno empieza a moverse a dedo empieza a prestar atención a detalles que antes pasaban desapercibidos, como las banquinas, los semáforos, los peajes. Uno empieza a buscar, también, los mejores lugares para pararse a hacer dedo. Acá no había nada de nada, ni siguiera un árbol que nos de sombra. Sólo una ruta doble mano poblada por motos que no respetaban los sentidos de circulación y un gran mercado de carne a cielo abierto y sin cadena de frío. Si había vacas, podríamos haber dicho que estábamos en India. Ponernos ahí no tenía sentido. No quedaba otra que seguir caminando. ¿Cuánto fueron? ¿Tres kilómetros? ¿Cuatro? Con el calor y las mochilas todo cuesta más. Las narices tampoco podían más. Todo olía como la mismísima mierda y con el calor, los olores se potencian. Decidimos parar cuándo dejamos de sentir el olor. Aunque en realidad dudo si dejó de sentirse o ya nos habíamos acostumbrado. Cuándo vimos un poco de tierra, que podía servir de banquina para que los autos paren, levantamos los pulgares. Sonrisa de por medio, por supuesto.

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Los chinos son muchos

A los diez minutos ya había puesto balizas el primer auto. Era un chino, no me acuerdo el nombre. No es el único. Camboya está lleno de chinos que vienen a hacer sus negocios acá. Por momentos da la sensación de que esté es su patio casero. Le preguntamos porque hay tantos chinos en Camboya. Su respuesta fue concreta: “somos muchos, siempre va a haber muchos chinos en cualquier parte del mundo”. También le preguntamos si hablaba en jemer. Dijo que ni valía la pena intentarlo. Se desvió diez kilómetros para dejarnos en el pueblo siguiente. Nos dice que desde ahí salen colectivos a las playas del sur, que ahí van todos los turistas, que es muy lindo. No entendió nada de todo lo que le dijimos. Antes de irse nos regala dos almanaques 2016, dos aguas minerales, nos da su tarjeta y nos agrega a Wechat (el Facebook chino).

Es cierto, de ese pueblo salían autobuses. En realidad eran minivans con capacidad para diez personas pero iban a mas no poder. Cerca de dieciséis pasajeros y de la puerta trasera iban colgando bolsos, canastos de plásticos, banquetas apiladas, arroceras y, lo más increíble, una moto.
Caminamos hasta el final del pueblo. Habrán sido unos 500 metros pero pasaron demasiado lento. Todas las miradas se centraban en nosotros: dos turistas transpirados se bajaron del auto de un chino y empezaron a caminar.

El camino dispone

Pasó el tiempo y ningún auto asomó en la ruta. Empezamos a mirar el mapa con desconfianza. Quizá no estamos dónde creemos estar. Vemos que viene un camión azul a veinte kilómetros por hora. Dudo si hacerme la boluda o no. Hacemos señas y para mis adentro pienso que es mejor que siga de largo. A esa velocidad no vamos a llegar jamás a la frontera. Pone balizas y frena.

El tipo no supera el metro setenta, esta vestido con un overol de militar, aparenta tener 60 años pero luego nos enteramos que no llega a los cincuenta. Tiene un ojo perdido por culpa del glaucoma. Su nombre suena algo como “pen” pero con acento camboyano. No habla nada de inglés y nosotros no cazamos un fulbo de jemer.
Con lo único que nos entendemos es con el nombre de las ciudades y en afirmar todo con un “OK” mientras levantamos un pulgar como gesto de afirmación. Así entendimos que iba hasta la frontera con Tailandia, nos dejaba a diez kilómetros del borde. Más no podíamos pedir. El único problema era la velocidad. Íbamos demasiado lento y ya eran las once de la mañana. Podríamos haber inventado un excusa, bajarnos antes, pero decidimos seguir con el buen señor. A las dos horas paramos a almorzar en un puestito sobre la ruta. Esos lugares siempre sirven la mejor comida, no hay lugar a dudas. Comemos los tres más otros tres camioneros. La altura de Lucas fue el tema de la conversación. Seguimos avanzando. Despacio, con las ventanillas bajas y golpeándonos la cabeza con el techo cada que vez que agarrábamos un pozo. Algo que en las rutas de Camboya pasa cada cinco minutos. Lo buena de la velocidad en modo-slow es que no nos perdíamos ningún detalles de los pueblos que íbamos cruzando. Incluso la humedad de la selva entraba por las ventanillas. De pronto vemos una ambulancia pasar: era un moto con la calcomanía de una cruz verde pegada. Iban tres personas sentadas. El primero manejaba, la del medio tenia barbijo y un camisón de hospital. La tercera podría ser la enfermera y era la que sujetaba el suero que iba a conectado a la paciente del medio. Increíble.

Empezamos a parar cada veinte minutos. Con el calor y las bajadas de la ruta los frenos se recalentaban. Había que tirarles agua fresca y esperar que se enfríe. Poco a poco nuestras esperanzas de llegar a agarrar el último barco comenzaron a desvanecerse.

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Paramos en una gomería. Ahí descubrimos que los otros tres camioneros venían atrás nuestro. Eran de la misma empresa y nuestro conductor parecía ser jefe. No sé si al chico de la gomería le llamó más la atención el mal estado de la rueda, o que no había rueda de auxilio o que viajaban dos turistas. Todo se hacia lento. Todo se charlaba y comentaba entre todos. Todos opinaban y metían mano en la rueda. Todos salvo el jefe, él se puso a dormir en una hamaca. Lo único que entendíamos de toda la conversación era cuándo decían Koh-Kong –ciudad de la frontera- y nos señalaban. Al menos, lo dijeron ocho veces. Nosotros, con cara de feliz cumpleaños, veíamos la hora pasar.

El fantasma de los jemeres rojos

Seguimos avanzando y parando a refrescar los frenos. Cerca de las cinco volvimos a detenernos. Estábamos a 40 kilómetros de la última ciudad fronteriza. Paramos a comprar una coca, literalmente. Evidentemente ese boliche sobre la ruta, una sombrilla con una mesa, sillas y una heladera llena de hielo y latas, es parte del ritual de estos cuatro camioneros. Conocían al dueño o eso supusimos. No entendíamos nada de la charla. Y cuándo un sentido esta bloqueado, los otros restantes comienzan a ser más leales. No entendíamos nada pero empezamos a mirar todo con más atención. El dueño del parador era de lo más desagradable. Estaba en cuero y una cicatriz que le cruzaba el hinchado abdomen. Fumaba, escupía y hablaba a los gritos. Sus gestos eran muy violentos, y sus ojos, estaban muy colorados. Recién ahí tuve miedo. No me preocupaba el cruce de la frontera, no me preocupaba estar en medio de la selva camboyana con desconocidos, no me asustaba estar en un camión que tenía los frenos sacando humo. Lo único que me aterraba era pensar que ese tipo tan brusco pudo ser un jemer rojo en sus años de juventud. Me puse incomoda, quería irme, subir al camión, avisarle a mi familia dónde estaba, parar otro auto. Pero nada de eso era posible. El último auto lo habíamos visto cien kilómetros atrás.

En esos casos lo mejor en sonreír. Cada vez que el tipo nos clavaba los ojos le sonreía y le daba un sorbo a la coca-cola. Con la excusa de buscar un baño entre los yuyos me fui arrimando al camión. Arrancamos a los veinte minutos.

Con el viento en la cara

El sol se estaba poniendo y el camionero nos avisa que en dos kilómetros dobla y que nos tenemos que bajar ahí. Nos despedimos afectuosamente. Estábamos a diez kilómetros de Tailandia. No pasaban autos. Empezamos a caminar, si venía algún vehículo lo íbamos a escuchar. Dos pibes pasan con sus motos y se nos quedan mirando. Frenan de golpe y preguntan a dónde vamos. Ellos van hasta la ciudad (cinco kilómetros antes de la frontera). Se ofrecen a llevarnos. En la ciudad le habremos dado lástima porque nos dicen que nos llevan a la frontera. Iba cada uno en una moto con las mochilas puestas. Los pibes manejaban muy rápido y frenaban de golpe para cancherear con sus amigos que llevaban a dos gringos con mochilas (en viaje). Segundo momento dónde tuve miedo. No me gustan las motos, para nada. Mucho menos cuándo no se dónde agarrarme, cuándo voy con un completo extraño y cuando tengo 12 kilos en la espalda que me tiran para atrás. Trate de no pensar y contar cuántos segundos faltaban para llegar al borde. Tuvimos que cruzar un puente sobre el rio. Vimos un atardecer perfecto y me di cuenta que en nuestros veinte días en el país ese día fue el que más había disfrutado y cuándo más había aprendido de su gente.

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Cruzar la frontera

Con el ultimo instante de luz, llegamos al borde. Estaba lleno de gente. La mayoría ponía un billete de un dólar en la primera página del pasaporte. Todos pasaban. A nosotros nadie nos reclamo ninguna coima.

Ya habíamos perdido el barco, pero no nos preocupaba. Al contrario, nos daba culpa dejar Camboya. La gente buena está en todos lados, solo se trata de salir a su encuentro y de alejarse de los circuitos estereotipados para el turismo. Pero estábamos en Tailandia, una vez más. Debíamos recorrer cien kilómetros hasta el llegar a Trat y de ahí, veinte más al puerto.

Era de noche, y casi no se veían autos. Pasamos el último control policial y nos ponemos a hacer dedo. Un tipo que estaba por ahí se acerca a la policía, nos señala y atrás de él viene el policía tailandés. Con una sonrisa –el único recurso aplicable a esos casos- le explicamos que queremos ir a Trat. Preocupados nos dice que ya no hay colectivos, que nos sentemos y que el le pregunta a los autos si alguno va para allá. Le hacemos caso. No íbamos a llevarle la contra al policía. Pero veníamos que no les preguntaba a todos los autos. Se va en moto, queda el otro policía a cargo. No le pregunta nada a nadie. Dudamos si ponernos a hacer dedo de vuelta. Vuelve el primer oficial y nos dice que a las 22 viene un autobús desde Camboya y va a Trat. Momento incómodo. No queremos el bus, queremos hacer dedo. Le preguntamos por algún hotel para pasar la noche. Nos dice que no hay ninguno. Le explicamos que cambiamos de planes y que no vamos a ir a Trat sino al siguiente pueblo a pasar la noche. Le pedimos que por favor le pregunte a los autos. No entendemos la lógica, sólo le pregunta a algunos. No se si es por la patente, por la cara o por qué. Detiene a un camión. Nos hace señas de que subamos. Pero eso ya forma parte de la historia de otro país.

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Sobre el genocidio camboyano

“El que protesta es un enemigo; el que se opone, un cadáver”.
“Perderte no es una pérdida. Conservarte no es de ninguna utilidad”

Pol Pot

Veo que ella se aleja, se sienta en un banco, se saca lo auriculares que le habían dado como guía y se lleva las manos a la cara queriendo tapar ese llanto que sale desde el fondo de su ser. Empatía le dicen. Lo cierto es que la historia a veces pega una cachetada. En Camboya, una visita a Choeung Ek, más conocido como Killing fields, es como la patada de un caballo. En la boca.

Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé” escribió Enrique Santos Discépolo en 1934. Sólo unos pocos pueden crear un estado de terror y someter a su voluntad, a humillaciones y sufrimientos a todo un pueblo. Y ella sigue ahí, sollozando por los dos millones de camboyanos que perecieron en lo que fue un verdadero genocidio.

En 1970 Lon Nol, apoyado por Estados Unidos, derroca tras un golpe de estado al entonces príncipe, acusado de ayudar a tropas de Vietnam. Camboya se convirtió rápidamente en un aliado yanqui. Su primer medida fue hacer una persecución, hostigamiento y asesinato de miles de vietnamitas que vivían en Camboya.

La pobreza extrema en la que estaba sumida el pueblo camboyano, más los constaste bombardeos estadounidenses lograron incrementar la popularidad de los jemeres rojos, liderados por Pol Pot. Ellos eran un grupo de revolucionaron comunistas de ideas maoístas que querían liberar a su Camboya del yugo imperial. No es de extrañar que el 17 de abril de 1975, cuando finalmente toman el control de Phnom Penh, derrocando a Lon Nol, una multitud salió a festejar. Finalmente el cambio.

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Llegada de los rebeldes Jemeres Rojos a Phnom Penh el 17 de abril de 1975

Ella llora y no sabe todo esto. No sabe como un grupo de revolucionarios logró llegar al poder. No sabe que el pueblo camboyano festejó su llegada.

Ella sabe el proceso y el final de la historia. La población fue obligada a dejar las ciudades. Durante más de cuatro años vivieron un verdadero infierno. En el campo, trabajando de sol a sol. Con poco y nada de comida y un trato hostil, mientras el arroz que producían lo comerciaban con China por armas.

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Camboyanos abandonando Phnom Penh a la fuerza para ir a trabajar a los campos

Camboyanos abandonando Phnom Penh a la fuerza para ir a trabajar a los campos

En el árbol chankiri no se aguantó más, y el llanto y los mocos fueron evidentes. Ahí, en ese mismo tronco, golpeaban la cabeza de los bebes y niños hasta matarlos. Las balas eran caras.

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A los que no asesinaron cobardemente los mataron lentamente. Por inanición o permitiendo que avancen las enfermedades propias de las condiciones en las que vivían. ¿Ver un hijo morir de hambre y no poder hacer nada? ¿Ver cómo se llevan a tus familiares y no poder evitarlo? La tortura no sólo era física, primero los mataron moralmente.

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Eliminaron todo vestigio del pasado capitalista. Quemaron bibliotecas, fábricas, medicamentos. Prohibieron los anteojos y perseguían a aquel que consideraban corrompido. Los torturaban hasta hacerlos declarar mentiras arrancándoles las uñas una por una.

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***

“Pol Pot y Ieng Sary, genocidas de Kampuchea, ¿no son hoy los más fieles aliados del imperialismo yanki en el sudeste de Asia?”
Fidel Castro. Noviembre de 1983

¿Por qué Fidel dice esto? ¿Acaso Pol Pot no era un gobierno comunista que derrocó a Lon Nol, aliado estadounidense?

Resulta que 1979 el ejercito vietnamita hace retroceder a Pol Pot y a su séquito hasta Tailandia, dónde se esconderían en la selva. Vietnam se ocupó de la reconstrucción de Camboya, mientras el mundo le dio la espalda. Nadie pensaba reconocer y ayudar a un gobierno comunista como Vietnam. Las ayudas internacionales nunca llegaron. Por el contrario, Estados Unidos mandó armamento y dinero a Pol Pot para que retome la guerra, financiando a los asesinos de más dos millones de camboyanos. Recién en 1991 (12 años después de que Vietnam libere Camboya), los países occidentales reconocen el nuevo gobierno. Una vez más queda en evidencia como las relaciones políticas pesan más que las vidas de las propias personas.

Lo más injusto para ella es el final amargo de la historia. En 1998 Pol Pot murió casi sin sentirlo mientras dormía en su casa tras gozar de una prisión domiciliarla. Recién en 2007 otros genocidas fueron condenados a cadena perpetua.

Ya no queda más para ver. La visita se terminó, afuera espera el tuk-tuk que la lleva de vuelta a la ciudad de Phnom Phenm. Devuelve los auriculares. Quiero ir a hablarle, preguntarle por su llanto ¿Qué va a hacer ahora con todo esto que vio? ¿Se subirá al tuk-tuk y se olvidará? ¿Qué ocurre luego de visitar lugares cómo este? ¿Qué se hace con la razón desalmada?

Quizá se olvide, quizá esta visita pase a la categoría de recuerdos pocos felices y la memoria se ocupe de dejarla de lado. O quizá nada de eso. No me animo a acercarme. Veo que se va. Al menos, se va pensando.

La veo cavilar desde el asiento del tuk-tuk. Pero ella, la humanidad, por mas que cavile, llore y patalee con la historia, persiste. Persiste en seguir cometiendo los mismos errores, por los siglos de los siglos.

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Angkor Wat, donde habita el olvido

“Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.
Una vez me contó, un amigo común que la vio, donde habita el olvido.”

Joaquín Sabina

Si este es el esfuerzo, el resultado debe valer la pena” me dijo L todo transpirado. Las cejas habían dejado de cumplir su función y la transpiración se le metía en los ojos. Ya teníamos pedaleados unos cinco kilómetros, aún nos faltaban otros tres para llegar. Todavía no eran ni las nueve de la mañana.

Angkor-Wat-6En el medio de la selva de Camboya, uno de los países mas pobres del mundo y dónde la historia golpeó duro en los últimos años con invasiones, guerras y exterminios, existe un conjunto de templos que no se entiende como no es una de las siete maravillas modernas: Angkor Wat. Un sitio que llegó a albergar alrededor de mil templos. Hoy, conserva más de cien y están invadidos por raíces de árboles enormes, flores y miles de turistas.

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La mayoría de los templos están rodeados por canales que amortiguan el agua y la lluvia en la época de monzones. Un puente de piedra porosa nos permite cruzar el canal y adentrarnos en el primer recinto. Erróneamente se conoce todo el complejo como Angkor Wat cuando ese es sólo el nombre del uno de los templos (y no necesariamente el más espectacular). Dicen que es el principal y que se erigió en honor a Shiva, pero sin desconocer la trilogía divina, de ahí las tres torres talladas. Estas no eran lo único notable, también los pasillos, las escaleras, los gravados y las paredes de casi un metro de espesor. O quizá lo maravilloso es que todo esto tiene casi mil años. No sabíamos por dónde empezar a mirar, esa fue la verdad.

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Templos imponentes de dioses brahmánicos evocan un pasado glorioso: el del Imperio jemer, que aunque no se estudie en los manuales de historia, por varios siglos ocupó Camboya, Laos, Vietnam, Tailandia, parte Malasia y Myanmar. Angkor Wat es el testimonio de sus años dorados. Todos los pueblos tuvieron su momento de apogeo y el jemer no fue la excepción.

A medida que pasaban las horas, subía el sol y el calor se intensificaba. Ya éramos dos gotas de sudor pedaleando en unas bicicletas que no paraban de hacer ruido. Esa mañana habíamos decidido alquilarlas, buscamos las más baratas de la ciudad: un dólar cada una. No frenaban muy bien, no tenían luces ni aceite en la cadena, pero se movían. Mientras pedaleábamos no dejábamos de sorprendernos de lo que veíamos. Eso era lo mejor de las bicis, no nos perdíamos ningún detalles del paisaje.

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¿Y cómo es que todo esto paso a ser un par de ruinas?” Le pregunte a L. Siempre sospecho que él tiene las respuestas a casi todas mis preguntas. No entendía como un imperio que logró construir semejantes maravillas concluyó de un momento para otro. Él tampoco. Poco se conoce del ocaso de los jemeres. Llama la atención como desaparecieron, sin dejar rastros, sólo un gran legado llamado Angkor Wat. Los historiadores hablan de una gran sequía, o de pestes, o de invasiones extranjeras. Todas teorías, nada concreto.

Angkor Wat estuvo largo tiempo descansando de los ojos del mundo, salvo por algún que otro monje budista. La naturaleza avanzó, los ocultó y se mimetizó con los templos. El mundo occidental los descubre recién en 1860. A principio del siglo pasado sólo se podía llegar navegando lagos y ríos. Nosotros fuimos en bici, los chinos en autobuses con aire acondicionado y algunos gringos en tuk tuk.

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Poco antes del atardecer llegamos a unos de esos templos que aparecen como un pequeño punto en el mapa. Ningún turista se detiene ahí, pero a nosotros el calor nos obligó a hacerlo. Era tan impresionante como todos los anteriores. Cualquiera de los templos de Angkor Wat, en cualquier otra parte del mundo, es una atracción por sí misma. Lo bueno era que en este templo éramos los únicos. Subimos por una empinada escalera hasta la cúspide y nos sentamos a descansar. Aunque no podíamos descansar la vista, seguíamos mirando maravillados a nuestro alrededor.

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Si esto tiene casi mil años ¿Cómo se construyó? ¿Se ayudaron de elefantes para mover tantas piedras? ¿Cómo las subieron y las tallaron? ¿Cuántas almas humanas se perdieron en la construcción? Porque siempre, estas construcciones monumentales se levantan con la vida y sufrimiento de otros. Lo vimos en el Taj Mahal y con la Gran Muralla China.

¿Y cuántos se habrán escondido entre estas piedras en los años locos de los jemeres rojos? Porque Pol Pot volvió a creer en la grandeza del Imperio jemer, e intentó retomar su antiguo esplendor, pero de un modo por demás sanguinario. Su dictadura, en la década del 70, mató a más de dos millones de camboyanos. Ellos también desaparecieron sin dejar rastros.

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La historia de Camboya intentaba acomodarse en nuestras cabezas mientras observábamos todo desde allá arriba. Los pensamientos iban y venían, como el viento que soplaba. Y siempre los pensamientos vuelven a uno. O quizá volvían a nosotros porque éramos los únicos que estábamos en ese templo.

Angor Wat, de alguna manera, encierra el ciclo de la vida. Ese primer momento de gestación, de crecimiento, de plenitud, y luego: la caída. Todo cae, como la piedrita que sin querer pateé cuesta abajo. Nos creemos poderosos, los dueños del mundo y luego ¡zas! nos desplomamos. A veces más rápido, a veces más lento, a veces sin intervalos. A veces sin saber las razones, Después, el olvido. Es inevitable.

Aún en Angkor Wat, el gran complejo arqueológico con fama mundial, hay más de un templo dónde lo único que habita es el olvido.

Angkor-Wat-1-3Dibujo de Henry Mouhot sobre Angkor Wat en 1860

Info útil

* En la ciudad de Siem Reap, que está a 6 kilómetros de Angkor Wat, se pueden alojar en la tranquila Residence Blanc D’Angkor y disfrutar de su reconfortante pileta.