Category: China
¡Viajá con nosotros en el Tren Transiberiano!

VIAJEMOS JUNTOS EN EL TREN TRANSIBERIANO

¿Quién no soñó alguna vez con viajar por las legendarias vías del tren transiberiano? Si sos uno de ellos, este puede ser tu gran momento. Mezclando los años de trabajo de la agencia Trans-Siberiano y nuestros tres meses de viaje por Rusia, uno por Mongolia, más dos meses por China te proponemos un viaje diferente. Un viaje épico, inolvidable y ajustado a tu medida.

Comenzando el 28 de agosto en San Petersburgo y terminando tres semanas después en Beijing. 

RUTA TRANSIBERIANA EN TREN DESDE SAN PETERSBURGO A BEIJING, ATRAVESANDO MONGOLIA.
El viaje de 21 días nos llevará desde San Petersburgo hasta Beijing. Cruzando 6 husos horarios, 3 países increibles y 2 continentes. Serán más de 8.000 kilómetros a bordo del tren más largo y mítico del mundo.

Te proponemos recorrer una porción enorme del mapa, marcada por la historia, la cultura y la diversidad de paisajes. Te invitamos a conocer con nosotros una región remota, épica y poco conocida pero de una manera confortable, segura y divertida. Te proponemos un viaje interesantísimo que comienza en la Rusia zarista y europea, para luego atravesar la inclemente soledad de Siberia, el salvajismo de Mongolia, la cultura milenaria china para terminar el viaje contemplando el mundo desde lo alto de la Gran Muralla.

Nuestro viaje épico y cultural comienza el 28 de agosto en San Petersburgo. Serán 21 días en donde  viajaremos en tren, surcaremos Rusia, su historia y sus iglesias ortodoxas.  Aquí, en Rusia, nos meteremos de lleno en la historia de los zares y de los soviéticos. Cruzando los Montes Urales y pondremos los pies en el continente asiático. Nos adentraremos en Siberia y en el  Lago Baikal, el lago con mayor cantidad de agua dulce.

Luego, cruzaremos a Mongolia. Visitaremos grandes desiertos y paisajes desoladores. Viviremos con familias nómadas y evocaremos las hazañas epicas de Marcos Polo con Gengis Kan. Luego, Beijing. Recorreremos la gran China de Mao y nos adentraremos en una de las culturas más milenarias e interesantes del mundo. Conoceremos la Ciudad Prohibida comeremos con palitos y terminaremos el viaje visitando la Gran Muralla China.

El viaje tiene un enfoque cultural. Tratando siempre de adentrarnos un poco más en la historia e idiosincrasia de tres países que de una forma u otra marcaron el destino del resto del mundo.

Tres países completamente distintos, con sus propios idiomas, costumbres y leyes. Tres paises que por tres semanas serán nuestros.


¿POR QUÉ VIAJAR CON NOSOTROS?

La sola posibilidad de hacer miles de kilómetros arriba de un tren, cambiando de paisaje, de país y de continente a más de uno le atrae. A nosotros simplemente nos fascina. Este viaje en tren en sí es una de las pocas experiencias épicas que aún se pueden vivenciar arriba de un medio de transporte público. Tal es así que famosos viajeros hicieron varias veces esta ruta transiberiana. Nuestros favoritos: Theroux, Neruda, Kapuscinski o Terzani.

Nosotros pasamos varias horas arriba de ese tren hace ya casi dos años (cómo pasa el tiempo che!) y ahora es tiempo de volver pero con una nueva propuesta.

Dejaremos de viajar solos para comenzar a hacerlo con ustedes. Para volver a maravillarnos y descubrir juntos esta antológica región del mapa.

Serán tres semanas de viaje. Pero un viaje relajado, ajustado a nuestros gustos, presupuestos y expectativas. Donde la agencia de viajes Trans-Siberiano se encargará de los detalles y nosotros (junto a ustedes) simplemente nos dispondremos a descubrir un mundo completamente nuevo desde la ventanilla de nuestro camarote.

Será un viaje con mucha independencia donde si bien es cierto que hay un itinerario definido por ciudades, cada viajero puede elegir qué ver y cómo recorrer cada ciudad. Tenemos en mente un estilo de viaje sencillo, sin grandes lujos. Donde nuestro mayor objetivo será aprender y adentrarnos en la cultura de cada país que visitemos. Donde priorizamos las experiencias y el intercambio cultural. Un viaje muy acorde a nuestra forma de viajar y conocer el mundo.


¿QUÉ INCLUYE?

BILLETES DE TREN

Desde San Petersburgo hasta Beijing viajaremos en tren. Alternando entre segunda y tercera clase, que es donde se descubre la verdadera logica de cada país.

ALOJAMIENTO

Nos alojaremos en hostels, guest-house y gers, los auténticos campamentos nómadas. Donde podremos descansar y procesar todo lo vivido.

EXCURSIONES

Incluye excursiones como la Gran Muralla China, el Parque Nacional Terelj (dormir en un Ger) y también visitar el gigantesco Lago Baikal.

IMPORTANTE

Fiel a nuestro estilo de viaje (y de vida), el viaje es sencillo. No incluye grandes lujos ni grandes gastos. El objetivo es mezclarnos lo más posible con la cultura local, disfrutando y viviendo cada uno de los tres países visitados de una manera original y con una perspectiva cultural e histórica.

Durante los 21 de viaje todos los gastos de alojamiento, transporte, traslados y excursiones estarán cubiertos. La tarifa del viaje no incluye áreos hasta San Petersburgo y desde Beijing. Tampoco gastos de comida, seguro médico y/o visados.

VISADOS

Tanto China como Mongolia requieren la tramitación de un visado previo. Rusia también pero solo para viajeros con pasaporte europeo. Pasajeros con pasaporte latinoamericano no necesitan visa para Rusia.

Todas las cartas de invitación y procedimientos para aplicar a los respectivos visados serán facilitados por la agencia de viajes Trans-Siberiano.

ITINERARIO


Día 1: San petersburgo (28/08/17)

¡Bienvenidos a Rusia!

Llegada a San Petersburgo y encuentro del grupo en el hostel. Charla de bienvenida a las 18 hs más noche libre en la ciudad.

Alojamiento en hostel, habitación compartida

día 2: san petersburgo

En la mañana visita guiada al Museo Hermitage (opcional). El Hermitage está en la antigua residencia de los Emperadores Rusos (llamado también Palacio de Invierno). Miles de piezas de arte y cientos de habitaciones hacen de la antigua residencia de los zares una parada obligada. Durante la visita pueden ver obras maestras increíbles: Leonardo Da Vinci, Tiziano, Rembrandt, Rafael y muchos más sin mencionar las salas mismas del Palacio adoradas de mosaica, piedras semi-preciosas y con vistas al Rio Neva.

Tarde libre para recorrer la ciudad a su gusto. San Petersburgo es una de las ciudades más preciosas de Europa con sus catedrales, avenidas, museos, galerías, palacios, puentes – cada uno encontrará algo especial.

Alojamiento en hostel, habitación compartida.

día 3: San petersburgo + tren nocturno a moscú

Día libre. Si tiempo permite, se puede visitar el Palacio de Verano (Peterhoff) de los emperadores rusos con sus maravillosos parques, fuentes y arquitectura zarista para sentirse como un rey por un día.

Luego, traslado a estación de trenes.

Tren nocturno a Moscú.

dia 4: moscú

Traslado al hostal desde estación de trenes.

Día libre. Se pueden recorrer los lugares famosos de Moscú: Plaza Roja, Museo de la Historia, Bunker de la Guerra Fría, Catedral de Cristo Salvador, Museo de Bellas Artes entre otros.

Alojamiento en hostel, habitación compartida

dia 5: moscú

Día libre para conocer la capital Rusa. Comenzamos el día en la Plaza Roja, la cual está rodeada de bellos edificios y los muros del Kremlin, sus adoquines hacen recordar los pesados pasos de Iván el Terrible.

Por cierto, se llama Plaza Roja porque significa hermosa en la antigua lengua rusa. Curiosamente, el nombre no tiene relación alguna con el comunismo que gobernó al país desde 1917 hasta 1991.

En la tarde se podrá asistir a conciertos de música o al famoso Circo de Moscú. El programa cultural de esta ciudad es abundante!

Alojamiento en hostel, habitación compartida.

dia 6: moscú + Tren Transiberiano a Ekaterimburgo

Día libre hasta el horario del tren.

Traslado a estación de trenes.

Tren nocturno a Ekaterimburgo.

dia 7: Ekaterimburgo

Desde el tren cruzaremos los míticos Montes Urales, la histórica frontera era Europa y Asia. Tenemos un nuevo huso horario, el primero de los muchos que atravesaremos.

Ya con un pie en el continente asiático tendremos el día libre para recorrer la ciudad.

Alojamiento en hostel, habitación compartida.

dia 8: Ekaterimburgo

Día libre en la capital de Urales. La ciudad de Ekaterimburgo fue fundada en la época de Pedro el Grande y lleva el nombre de su segunda esposa, Catalina. Esta ciudad entró tristemente en la historia como el lugar donde fueron asesinados el último zar ruso Nicolás y su familia.

Ekaterimburgo está ubicado justo en la frontera entre dos plataformas continentales – de Europa y Asia. A pocos kilómetros de la ciudad, se puede visitar un monumento dedicado a esta frontera continental.

Por la noche, Traslado a estación de trenes con dirección Irkutsk.

dia 9-10: Tren Transiberiano

Comenzamos a adentrarnos en dirección a Siberia.

Será desde el tren desde donde podrás experimentar la belleza del paisaje, conocer nuevas personas y visitar el vagón comedor, que es el centro de la vida social en el tren Transiberiano.

Serán unos 3.500 kilómetros hasta nuestra siguiente parada: Irkutsk.
Sí, estos días cruzamos gran parte de Rusia (y de Siberia).

dia 11: Irkutsk

Llegada a Irkutsk y traslado al hostal.

Día libre en la ciudad llamada “París de Siberia” por su bella arquitectura del siglo XIX. También famosas casas siberianas, conocidas por la arquitectura de madera.

Una ciudad para perderse caminando.

Alojamiento en hostal, habitación compartida

dia 12: Lago Baikal

Traslado a Listvyanka, pueblo ubicado en la orilla del Lago Baikal

Día libre en Listvyanka donde se puede visitar al museo del Lago Baikal, Mirador e Iglesia de San Nicolás entre otros atractivos.

Alojamiento en challet de madera, habitación con desayuno.

Día 13: Regreso a Irkutsk y tren a Mongolia

Luego del desayuno, nos despedimos del mayor lago de agua dulce para volver a la ciudad de Irkutsk.

Día libre hasta el horario de tren. Próximo destino: Mongolia

Día 14: Tren Transmongoliano

Primer cruce fronterizo del viaje: Bienvenidos a Mongolia, tierra de nómadas y caballos salvajes.

Luego de cumplir con todos los requerimientos fronterizos seguiremos viaje rumbo a Ulan Bator, capital de Mongolia.

Día 15: Ulan Bator

Día libre en esta agitada ciudad que aún es fiel al espíritu nómada de sus habitantes. Se puede visitar a la Plaza Sukhbaatar, Museo de Historia Natural, Memorial Zaisan y al Monasterio Gandaan-Hiid.

Alojamiento en hostal, habitación compartida

Día 16: Parque Nacional Terelj

Luego del desayuno tenemos traslado al Parque Nacional con guía y chofer.

Visitaremos uno de los lugares más bellos de Mongolia: el Parque Nacional de Terelj y las hermosas formaciones rocosas.

Almuerzo y cena incluidos. Alojamiento en  una autentica Yurta (ger-tienda nómada con baños compartidos)

Día 17: Ulan Bator

Traslado de regreso a Ulan Bator más día libre para seguir conociendo la ciudad.

Alojamiento en hostel, habitación compartida.

Día 18: Tren Transmongoliano - Dirección Beijing

Traslado a estación de trenes. Nos subiremos al ferrocarril Trans-Mongoliano, la rama que cruza el desierto de Gobi.

Gobi es un desierto diferente, está cubierto de corta hierba, la que ha permitido a los nómadas mongoles vivir aquí durante siglos junto a sus animales. En la noche alcanzaremos la frontera con China. Aquí esperaremos unas horas a que las ruedas del tren sean cambiadas, ya que el ancho de los rieles es distinto. Toda una experiencia, pues es algo que no se ve todos los días.

Bienvenidos a China!

Día 19: Llegada a Beijing

Traslado al hostal más resto del día libre para conocer la ciudad.

Alojamiento en hostal, habitación compartida

Día 20: Beijing

Por la mañana visita en coche a la Gran Muralla China, sección Mutyanyu con guía y transporte.

Tarde libre. Aprovecharemos el día para visitar algunos de los lugares famosos de Beijing: Palacio de Verano, Ciudad Prohibida, Templo de Lama.

Alojamiento en hostal, habitación compartida

Día 21: Beijing (18/09)- fin del viaje

Es el último día del viaje. Cada pasajero dispondrá del día según sus vuelos, horarios o planes personales.

Si el pasajero lo requiere, puede optar por el servicio de traslado al aeropuerto.

Cada pasajero es libre de extender su días en Beijing o de continuar viaje por otras ciudades chinas.

Si llegaste a esta parte del texto es porque seguramente te interesa. Contactate con nosotros para obtener más información, costos, itinerario detallado y poder preguntar cualquier duda que surja.

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Curiosidades de China

China es un mundo aparte y todo gracias a sus habitantes. Los chinos, seres únicos en su especie. Chinos capaces de tomar agua hirviendo haciendo más ruido que un camión al arrancar y capaces de comer tortugas con palitos chinos. Curiosidades de China. Los chinos, los que no pueden decir la R y dicen “Algentina, Mechi, Mechi, Maladona” mientras cierran bien los ojos y abren bien la boca. Esos seres que se hacen querer tanto pero a que a la vez cuesta tanto comprender.

Estuvimos dos meses en China y no hubo un solo día en que los chinos no nos sorprendan. Por eso estas palabras. Les compartimos algunas curiosidades, detalles y mitos que fuimos encontrando y derrumbando durante nuestro viaje por China. Todos son “Made In China”:

  1. ¡Hagamos pis todos juntos!

Y no es broma. En China los baños son literalmente “públicos”. La mayoría se tratan de un único gran agujero sin puertas ni divisiones dónde todos hacemos pis o caca en cuclillas, adelante de todos y dónde a nadie le importa ver o ser visto por otras personas. No es apto para pudorosos y es ideal para grupos de amigos que no quieren dejar de charlar ni por dos segundos.

  1. Chinos cabuleros y supersticiosos

Los chinos son una de las sociedad más supersticiosas. Para ellos, por ejemplo, el número cuatro representa la muerte (porque en chino mandarín ambas palabras suenan muy parecido) por lo cual la mayoría de los ascensores no tienen el número 4, 14, 24… y tampoco tienen, por las dudas, el número 13.

En cambio, el número 8 es el número de la suerte ya que representa la prosperidad económica. Por lo cual, las compañías de celulares venden los número de teléfonos que contienen muchos 8 mucho más caros que el valor normal de la línea. A los chinos, también, les encantan los números capicúas. En los mercados, por ejemplo, se venden billetes capicúas (y sin tiene 8… el precio es desorbitante)

Pero las creencias no vienen sólo con los números. También confían en la saliva de tigre como estimulante sexual, en las uñas de tortuga como antioxidante y en la grasa de oso panda como digestivo.

  1. Los mapas mienten en China

Nunca fuimos de desconfiar de un mapa hasta llegar a China. Si los chinos son oportunistas, los mapas son caraduras mentirosos. Las distancias siempre son más grandes que lo que dice el mapa. Si algo parece caminable, seguramente no lo sea. En China, a los mapas hay que ponerlos varias veces en duda.

  1. Los números con las manos

Ante la dificultad del idioma, en China no queda otra que comunicarse por señas. Pero con los números, esa regla internacional no aplica. En China los número del 1 al 10 se representan todos utilizando una única manos. Por lo cual, del 6 al 10 son representaciones totalmente nuevas para nosotros.

  1. Chinos con el culo al aire

Así como suena. La mayoría de los bebés y niños pequeños andan con el culo al aire. Y no por no tener pantalones, sino que justamente es el pantalón el que tiene un agujero en la cola. Muchos, tampoco llevan pañal por lo cual la tarea de limpieza e higiene se resuelve bastante rápida.

  1. ¡Que elegancia la de China!

Si bien Shanghaí es la capital de la moda y allí hasta el más humilde de los mortales viste una camisa Gucci, al resto del país les importa poco y nada la moda. No te sorprenda ver a los chinos en pijama caminando por la calle o ver vistiendo a toda la familia con el mismo modelo haciendo juego.

  1. La comida china que comemos afuera de China no es la que comen ellos

Nosotros fuimos buscando arrolladitos primavera o el arroz tres delicias que comíamos en el Barrio Chino de Belgrano y no encontramos nada parecido. Igualmente, sigue siendo de nuestras cocinas favoritas. Nunca comimos tan ricos vegetales como en China. Con la carne, tuvimos nuestras reservas. ¡No sea cosa que ladre!

  1. Comida excéntrica

Los chinos son de comer cosas raras. Según su dicho, cualquier cosa que se mueva es comestible. Así fue que nos ofrecieron sus deliciosos huevos podridos, sopa de orejas de gato y tortuga al horno sin caparazón. Cuestiones como animales en extinción, conciencia alimentaria o vegetarianismo aún no llegaron a China.

  1. Todos bailando en la plaza

Fue lo más amamos de China. Si bien la mayoría de las ciudades son reconstrucciones nuevas, todas repiten el mismo escenario: Avenidas amplias, edificios altos y un gran parque con un pequeño lago artificial y una pagoda. Lo mejor es que en esos parques se repite siempre la misma escena: partidos de ping-pong, niños aprendiendo a andar en bici y señoras y señores bailando. Todos juntos, en coreografía, al ritmo de algún hitazo clásico chino. Algunos siguen el ritmo, otros hacen versiones libres, pero todos se mantienen en movimiento.

  1. Caminar para atrás y golpearse las piernas

Si bien a los chinos les gusta bailar, no lo hacen sólo por lo artístico sino por hacer algún tipo de actividad física. Además de seguir las coreografías, los chinos van por las plazas caminando para atrás, dándose golpecitos con las manos para activar la circulación y haciendo Tai-chi. Mucho Tai-Chi, todas las mañanas y en todas las plazas.

  1. Terapia intensiva para los árboles

Eso mismo. Nunca habíamos visto árboles con suero. ¡Todo es posible en China!

  1. Adiós cielo azul

La contaminación en China no es novedad, y así fue como pasamos un mes sin ver un solo cielo azul, mucho menos un rayito de sol. El cielo es gris y las personas utilizan barbijos casi todo el tiempo. Incluyo, muchos chinos utilizan una aplicación de celular para saber que tan contaminado esta el ambiente ese día y en base a eso se preparan para salir o no a la calle.

  1. Fumar en todo lugar

Para muchos la prohibición de fumar en espacios cerrados es obvia, pero en China no. Allá se puede fumar a toda hora y en todo lugar. Los chinos fuman dentro de los vagones de tren, dentro del banco e incluso, dentro del ascensor. Nos pasó de compartir ascensor desde el piso 1 hasta el piso 15 con un señor que se fumo todo su cigarrillo ahí adentro. Por supuesto, la colilla fue al suelo.

Nunca disfrutamos tanto del aire como cuando se abrieron las puertas del ascensor.

  1. ¡Brindemos! ¿Chin-Chin?

En China hay varias normas para tener en cuanta a la hora de tomar alcohol en grupo. Por ejemplo, nadie puede tomar si no brinda con alguien antes y cuando uno brinda, tiene que tomarse todo el vaso de una (fondo blanco). Por lo cual, si alguien quiere tomar, la otra persona esta obligada a tomar también. El brindis se hace al canto del “Gan-bhei”. Razón por la cual, todos terminan borrachos muy temprano.

Más de una vez nos paso de compartir este tipo de escenas con chinos. Con mucha inocencia le contamos que en “Algentina” decimos chin-chin cuando brindamos. Y brindamos, y dijimos chin-chin. Y todos los chinos de la mesa se empezaron a reír y a darse picos. No entendimos nada hasta que uno nos aclaro que “chin-chin” es besarse en chino. En fin, organizamos una secuencia de besos improvisados!

  1. Esa muralla sola que se ve desde un avión…

Los chinos se enorgullecen de su Gran Muralla China. Está presente en todos los menúes de restaurant, en todas los folletos turísticos y en cada casa cuelga un poster de la Murralla China. Para ellos es la obra máxima de la humanidad y es la única construcción realizada por el hombre que se ve desde el espacio. Pero, lamentablemente, tenemos que decirles que es mentira. La Muralla China no se ve desde dado que no es tan ancha y su color es igual al entorno. No por eso se vuelve menos atractiva. Sigue siendo una de las siete maravillas modernas más interesantes.

  1. ¡Segundo hijo más barato!

Las políticas chinas del hijo único son de público conocimiento, pero hace un tiempo el gobierno comenzó a flexibilizarse y a permitir a las familias tener un segundo hijo siempre y cuando el primer hijo sea mujer. Si es primer hijo es hombre, ahí se acaba la cuestión salve que paguen una multa de varios miles de yuanes.

Pero algunos estados, con el afán de recaudar y de que no decrezca la pirámide poblacional comenzaron a hacer descuento y prorrogas para que China siga siendo el país más poblado del mundo. De este modo, nos aseguran chinos para largo rato.

Salir de China

“El viaje normalmente está considerado un desplazamiento espacial. Es una idea inadecuada. Una travesía ocurre al mismo tiempo en el plano espacial, en el temporal y en el de la jerarquía social.”
Claude Lévi-Strauss

Que las personas a las que le preguntás te adviertan y sugestionen acerca del cruce de una frontera tiene un aspecto positivo: uno espera que pase lo peor. Por ejemplo, caminar entre rifles de militares apuntándote y ovejeros alemanes que te ladran. Una inspectora que se acerque a tu mochila con guantes de latex y el olvido de un paquete sospechoso por parte de alguno que haga entrar en pánico a todo el personal fronterizo. Lo que viene a continuación, comparado con eso, es una historia de niños:

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Estábamos en China, en la provincia de Xinjiang, a escasos kilómetros de Kazajistán. Habíamos pasado la noche en un hotel donde el personal no hacía ningún esfuerzo por entendernos pero no se cansaba de ofrecernos servicios privados de señoritas chinas. Bueno, lo de “señoritas” fue lo que entendimos o quisimos creer.

Llegamos a la frontera a las diez de la mañana. A las diez de la mañana de China (hora Beijing), que en realidad eran los ocho de la mañana de Kazajistán. Nos dirigimos hacía la puerta y un policía nos pidió nuestros tickets del micro, que nos llevaría los cinco kilómetros que separan los controles fronterizos. El valor era de cien yuanes cada uno (quince dólares). Le decimos que no tenemos tickets y que no nos queda nada de plata, los poco yuanes que nos quedaban se los dimos a alguien que estaba pidiendo. Nos miró con cara de “no hablo inglés y me importa un carajo, ¿Dónde están sus tickets?”. Le hacemos el gesto de caminar, el dice “ticket”, caminar, “ticket”, caminar, con su peor cara de patovica de boliche bailable chino nos hace señas de que vayamos para atrás y esperemos.

Un kazajo que parecía ser el organizador de un tour de jubilados se nos acercó hablando en ruso, no es que seamos unos grandes parlanchines pero a diferencia del chino, nos pudimos comunicar. Mitad con señas y mitad con palabras sueltas le contamos nuestra situación. Sin saber si nos había entendido se fue a hablar con el chino mala onda que con su cara de enojo nos dice “ok, walk”, y nos dejó pasar.

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Pasamos diez minutos pegados a una reja, esperando que terminen de abrir el puesto fronterizo. Lo de pegados era literal, cada vez había más gente y empujaban más y más suponiendo que así iban a entrar primero. Un policía abrió la reja y los chinos se abalanzaban perdiendo todo tipo de cuidado por las demás personas que aún no sabían ni para donde tenían que caminar. Últimos, entregamos nuestros pasaportes. Lo sellaron rápido, pero por medios de señas nos pidieron permiso para sacarle una foto (¿?) a dos sellos: Bangladesh y las Islas Andamán. Cuando se llevaron nuestro pasaportes ya sellados y nos dejaron solos esperando empezamos a preocuparnos. ¿Para qué quieren los chinos nuestros pasaportes? Los veinte minutos de espera fueron eternos y cada oficial que pasaba no sabía respondernos. Empezamos a perder la calma, a imaginar un pasaporte mutilado, pero finalmente los pasaportes volvieron a nuestras manos sanos y salvos.

Ahora sólo faltaba entrar a Kazajistán. Pero el control fronterizo estaba a cinco kilómetros de distancia. Emprendimos la marcha despacio. Sabíamos que era mucho para caminar pero también confiábamos que un alma caritativa nos iba a liberar del intenso sol que se iba posando sobre nuestras cabezas. Ni cincuenta metros caminamos cuando nos pararon los militares chinos. Por medio de señas y silbatos entendimos que estaba prohibido caminar y ellos mismo se encargaron de hablar con el conductor de una camioneta. El chófer nos dice en ruso:

– ¿Americanos?
– No, de Argentina. (En realidad sí somos americanos pero no como lo entienden ellos).
– Argentina!!! Ahh, fútbol, Maradona, Messi ¿Autostop? Vamos, yo los llevo.

Ese fue el comienzo de un viaje acompañados de un contrabando de víveres chinos que no sólo nos llevó los cinco kilómetros hasta el control fronterizo, sino que otros cuarenta más hasta el primer pueblo kazajo.

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El paisaje cada vez nos alegraba más. De las megas ciudades chinas pasamos a calles en mal estado, a casas de madera y techo de chapa. A carteles en ruso (¡que podíamos leer!) y a miradas más cálidas y amables. Es curioso como cada vez más la simpleza y la humildad de los lugares nos hace sentir más cómodos. Pero estábamos felices de ver pibes jugando en la vereda, señoras haciendo mandados y viejos charlando en las esquinas.

Cuando bajamos de la camioneta, saludamos al buen chofer recordando a Messi y Maradona y nos pusimos rumbo hacia un cajero. Necesitábamos sacar algunos tengues, moneda local. Al preguntar en un almacén chiquito nos dimos cuenta la enorme diferencia con China, una señora nos agarró del brazo y nos dejó en la puerta del banco. Los kazajos tienen mucha más predisposición para ayudarte a pesar de la barrera idiomática. En China, la mayoría de la veces, a cada intento de pregunta, los chinos huían despavoridos ocultando sus rostros tras la pantalla del celular.

Caminamos hasta las afueras del pueblo. Ni llegamos a apoyar las mochilas en el suelo que un señor bastante mayor paró su Moskvich 412 y se ofreció a llevarnos hasta la siguiente bifurcación. Ahí rápidamente nos levantaron dos muchachos que no salían de su asombro y a cada paso que dábamos querían comprarnos bebidas y chocolates. Entre idas y vueltas, nos comentaron su “envidia” por ser de un país tan famoso. “Ustedes dicen Argentina y todos saben algo. Aunque sea, Messi pero algo saben. Nosotros decimos Kazajistán y la gente no tiene ni idea.” Y tiene razón, nadie tiene ni idea del noveno país más grande del mundo.

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Volver a hablar en ruso (si bien existe la lengua kazaja, un 97% de la población habla ruso, y varios aseguran que el kazajo casi no lo hablan) también fue un alivio para nosotros (aunque suene una locura). Y no es que nosotros sepamos ruso, pero el chino nos es casi imposible y rara vez encontrábamos a alguien con la voluntad de entendernos. En cambio en Kazajistán, todo era mucho más simple.

El último auto, el que nos llevó hasta Almaty fue un personaje no menos singular. Un señor de unos 50 años muy cuidado por la estética y con un pañuelo en la cabeza con rodajas de papa. Yo pensaba que era para la migraña, el decía que era para que le vuelva a crecer el pelo. Le preguntamos si conocía a Fabio Zerpa, pero dijo que no. Estamos seguros que ambos tienen muchas cosas en común.

Lo que vamos a decir es totalmente subjetivo y hasta incluso caiga mal, pero estamos más que contentos de dejar China atrás, pero sobretodo por volver a Kazajistán, un país que siempre nos recibió de la mejor manera y del que teníamos los mejores recuerdos.

Llegar a Kazajistán fue un alivio, sobre todo por lo difícil que es viajar por China. Y si a eso le sumamos, que antes de China estuvimos en India… Necesitábamos llegar (volver) a Kazajistán.

Xinjiang, el oeste de China

El viaje en tren fue tedioso. Aunque como adjetivo “tedio” no es suficiente. Se trató de un trayecto de 16 horas, en segunda clase. Asientos rígidos a 90 grados y muchos, muchos, chinos. Más chinos que asientos.

El problema estaba agravado por lo que hacían estos chinos sin asientos: fumar, eructar, tirarse pedos, comer carne de caballo seca, tirar los papeles al piso, volver a eructar, tomar sopa haciendo ruido, fumar y empujar. Todo el tiempo empujándonos. Por suerte la noche llegó temprano y todo el vagón se fue quedando dormido. Como pudimos, intentamos hacer lo mismo pero no hubo forma. La luces del pasillo, los chinos que roncaban, un bebe que lloraba a lo lejos. Pasamos la noche despiertos, mirando por la ventana e intentando ver más allá de la oscuridad.

Estábamos cruzando una de las regiones más interesantes de China. Nos dirigíamos al oeste. Para llegar ahí, además de dos mil kilómetros teníamos que cruzar una de las zonas más desérticas del país.

A lo lejos y con la claridad del amanecer, se veían montañas de tierra colorada, algún que otro árbol solitario sacudido por el viento y alguna que otra piedra. Nada más, era extraño no ver a nadie. A fin de cuentas, son las multitudes de personas el único elemento que acá se repite de provincia a provincia.

El tren avanzaba a unos 150 kilómetros por hora y atrás quedaba la China de Beijing y Shanghái. Las etnias Han, los celulares enormes y brillosos, los caracteres en mandarín, los palitos y el arroz. Delante nuestro, la china del oeste: la provincia de Xinjiang y la minoría étnica de los Uigur, musulmanes descendientes del Turkestán Oriental.

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Muchas veces la naturaleza con su geografía traza la fronteras que la fuerza política se esfuerza por negar. Y este abismo de tierras desérticas que estábamos cruzando era correlativo a la distancia entre la nueva China y su constante dominación para con las etnias que aún intenta subsistir, mantener su cultura y luchar por su independencia en el lejano oeste.

Al igual que en el Tíbet, que visitamos semanas atrás, acá China (el gobierno popular de China) responde de la misma manera: estigmatizando la religión, colonizando la región (enviando más y más chinos Han), reforzando su paternalismo económico y reprimiendo todo acto de “rebeldía”. En el 2009, por ejemplo, el gobierno reprimió y asesinó a 184 personas. Creando un estado de sitio y bloqueando internet.

El paisaje dentro del vagón también comenzó a cambiar. Los chinos comenzaron a bajarse y empezaron a subir otros personajes. Más morochos, con los ojos más redondos y de una contextura corporal más maciza. Muchos lucían chaquetas de pana, fez (gorro islámico) y barba. Las mujeres, ya no eran las flacuchas chinas sino que ahora era señoras corpulentas, con cejas tupidas y muy tetonas. Todas iban con un pañuelo atado en la cabeza. Curiosamente, entre tanto ojo rasgado nos llamó la atención encontrar gente rubia y de ojos redondos, con mucha impronta rusa. Pensamos que se trata de turistas como nosotros, pero no. Ellos eran también de la etnia Uigur. Intuimos que mezclados con soviéticos en los años comunistas. Las estaciones en las que se detenía el tren también cambiaron. Los nombres dejaron de estar en mandarín para comenzar a aparecer en uigur, una lengua persa escrita con caracteres árabes.

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“Estación de Turfán”, decidimos bajarnos ahí. Y lo de bajarnos, esta vez fue literal. Turfán se encuentra en una depresión de 154 metros bajo el nivel del mar. Razón por la cual es un oasis natural en medio del desierto y es una de las zonas más calurosas de China y del planeta.

Para llegar a la ciudad cruzamos una infinidad de viñedos, campos de sandias y de melones. El clima es propicio para todos esas frutas. Caminos de tierra nos llevaron a un barrio de casas de adobe y puestos de pan casero en la vereda.

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El clima tórrido y húmedo se nos hizo imposible. El calor nos obligó a reclutarnos durante el mediodía y sólo pudimos “volver a salir” por la tarde, cuando los niños jugando en la calle y los viejos de barba blanca charlaban en las esquinas. Cerca de las siete decidimos salir a buscar algo para cenar. La costumbre china es comer temprano y a las nueve ya no queda nada abierto. Pero acá eran las ocho y no había rastros de comida por ningún lado. Lo curioso, es que tampoco había señales de atardecer y mucho menos de la noche.

Toda China se rige por la hora de Beijing, a más de 3.000 kilómetros al este. El uso horario acá no tiene ni la más mínima relación con el horario real. A las ocho el sol estaba recién comenzando a marcharse. Se hizo de noche a las diez y a esa hora, se cenó. A las once todavía había algo de claridad a lo lejos.

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Con un amanecer tardío, al día siguiente, decidimos ir a Urumchi. Capital de la región y una de las últimas grandes ciudades de China. Los 200 kilómetros que nos separaban decidimos hacerlo a dedo (autostop). Nos levantó un matrimonio chino. Eran del este, pero vinieron acá en búsqueda de un mejor trabajo. Los sueldos acá son más altos, otra de las sutiles estrategias para seguir metiendo chinos en esta región. Ellos no tenían idea de los Uigur, ni de su cultura ni tradiciones. Sólo dijeron que sus mujeres eran hermosas. Como siempre en China, nos despedimos rápidamente. Nada de abrazos ni palabras dulces.

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La ciudad de Urumchi nos sorprendió y en el mal sentido. Esperábamos encontrar el mismo estilo pueblerino de Turfán. La vida uigur en la calle, las casillas de adobe y con grandes patios internos y las cabras caminando por ahí. Pero no, lo único parecido era el Gran Bazar.

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Pasamos horas ahí. Y no sólo conociendo y descubriendo nuevos sabores sino intentando encontrar que era original (es decir, que sobrevivió a la Revolución Cultural) y que era una copia china barata. Encontramos bastantes diferencias y mucho de lo último. Si hay algo en lo que son buenos los chinos es en arrasar todo lo lindo y auténtico que haya en su territorio. Construir autopistas, edificios, rascacielos, parques y volver a arrasar y construir. Es un país que se sostiene por la construcción, y ni Urumchi ni el bazar fueron la excepción. Los minaretes de las mezquitas compiten con un Carrefour y los puestos de pan intentan abrirse paso entre andamios y chapas mal puestas.

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Llegar a Xinjiang fue entrar a otro mundo. Es curioso como esta región, en antaño, punto neurálgico en la Ruta de la Seda fue asediada hace cientos de años por las hordas mongolas de Gengis Khan, para luego convertirse al islamismo que llegaba desde el oeste, para hoy ser una provincia más de China. Pero no es China, no. Allá la cultura está regida por Alá aunque las mezquitas sean silenciosas y austeras. Los mercados sirven naan cocinado al tandori y todos los menús incluyen cordero. Los supermercados intentan ganarle terreno a los bazares pero no pueden, porque los bazares son parte de la cotidianidad de Asia Central.

Señores y señores, nuestro viaje por Asia Central recién acaba de empezar.

El Tíbet de China

“Aunque haya religiones diferentes, debido a distintas culturas, lo importante es que todas coincidan en su objetivo principal: ser buena persona y ayudar a los demás.”

Dalai Lama – Tíbet

Este es el lugar – dijo Tathagata.

Delante nuestro se extendía un gran predio. Varias pequeñas colinas de un color verde amarillento cortaban con ondulaciones el azul intenso del cielo. A los lejos, y sobre las colinas, un puñado de yaks pastaban. Negros y blancos, parecían puntos lejanos; pero de cerca estos bichos eran enormes. Sus largos cuernos y su tupido pelaje intimidaban. Más cerca, un grupo de caballos peleando por lo poco que quedaba de pasto tierno.

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Un buitre pequeño pasó volando y automáticamente los tres recordamos el lugar en el que estábamos.

Entonces, ¿este es el lugar? – Preguntamos.

Tathagata respiró profundo y asintió.

Ven allá. Los cuerpos los depositan desnudos en aquella estructura gris de piedra. Los buitres comienzan a venir, ellos siempre están cerca. Las familias, los amigos y nosotros observamos desde acá. Un lama recita un mantra y todos nosotros repetimos. Nadie llora. ¿Por qué llorar? Ahí ya no hay nada. Es solo un envase vacío. Las almas, con suerte, se fueron mucho antes. Mientras tanto, los buitres comen, pican, chillan y vuelan. Tienen hambre. El proceso es rápido. Los cuerpos ya están desmembrados. Los buitres sólo pican pedacitos de carne y se los llevan. Si se lo comen todo es algo bueno. Si queda carne, en cambio, significa que esa persona fue pecadora. En ese caso, no hay liberación y el ciclo de las reencarnaciones vuelve a comenzar.

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Pero cuidado. Nosotros no tenemos cielo ni infierno como ustedes. Para nosotros, el cielo es esto – Siguió diciendo Tathagata y señaló los picos nevados del Himalaya. – Nuestro cielo es la libertad. El infierno es seguir acá, en la tierra – Y sus dedos, tímidamente, señalaron en dirección a Beijing, a unos 2.500 kilómetros de distancia.

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Tathagata es tibetano. No chino, ti-be-ta-no (lo aclaró tantas veces y tan clarito, que debemos replicarlo). Tathagata, mejor dicho, es un monje tibetano. Tiene 21 años pero parece mucho más grande. Lo conocimos unos días antes mientras caminábamos por el monasterio de Litang. Sin preámbulos, Tathagata nos propuso hacer un trato. El quería practicar su inglés con nosotros y, a cambio, iba a ser nuestro guía. El acuerdo sonaba justo y aceptamos. El cementerio dónde se realizan los funerales a cielo abierto fue la primer parada del recorrido.

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***

A Litang, un pueblo de montaña construido a más de 4.100 metros de altura, llegamos haciendo dedo (autostop). Aunque la altura parezca un impedimento, Litang nos quedaba de paso. Nuestro objetivo fue recorrer los pueblos tibetanos que comienza en Shangri-La y se extienden por la provincia de Sichuan, en la cadena montañosa del Himalaya. En total, 1.300 kilómetros de camino de montaña. Litang, fue la tercer parada de nuestro viaje por el Tíbet. En realidad, por el Tíbet fuera de Tíbet.

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A lo largo de estos 1.300 kilómetros el paisaje se repitió constantemente. Caminos en pésimo estado, picos nevados a lo lejos, pasos de montañas de más de 4.500 msnm, complicidad de camioneros y una hospitalidad de sonrisas grandes y cachetes colorados y curtidos por el sol. Viajamos en autos de lujo, en tractores que llevaban caballos y en camiones. Paramos a comer en carpas improvisadas al costado de la ruta y dormimos en casas de familias.

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Muchos se sorprendieron de ver a dos occidentales por ahí. Los niños nos tenían miedo y los viejos nos miraban con recelo. Pero, como casi siempre, una sonrisa ayuda a diseminar las desconfianzas.

Las palabras no alcanzaban. Ni siquiera aparecieron. Nosotros no hablamos tibetanos y apenas chapuceamos unas pocas palabras en chino. Les mostrábamos una carta dónde en mandarín explica de nosotros y de nuestro viaje, pero ellos se reían. No saben leer chino. Y está perfecto, es su acto revolucionario. Lo poco que pueden hacer.

Pero algunas palabras se dicen igual en todos los idiomas.

¿Lhasa?

Nos preguntan por Lhasa, la capital de Tíbet. Del otro lado de la frontera improvisaba entre Tíbet y el no-Tíbet, está Lhasa. Sus familias quedaron allá, quizá sus casas. Su religión también quedó del otro lado.

Ellos, también tibetanos, no pueden ir. Tampoco pueden salir de China. No tienen documentos, ni pasaportes, ni acceso a determinados derechos. No son de acá, ni son de allá.

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Nosotros tampoco podemos ir a Tíbet. Pero no por una cuestión política sino económica. Para ir a Tíbet se necesitan permisos especiales, guías, reservas de hoteles y agencias de viaje. Una semana en el Tíbet cuesta  alrededor de 1.000 USD.

Pero ellos, los tibetanos, igual preguntan. Las preguntas eran dos: ¿Lhasa? ¿Dalai Lama?

Las imágenes del Dalai Lama, líder espiritual y político del Tíbet, están mal vistas. No se consiguen, y muchas veces, somos los extranjeros los que las traemos a escondidas. Por eso las sonrisas, además de dejar atrás la desconfianza también eran cómplices. Pero nosotros no estuvimos en Lhasa ni teníamos estampitas del Dalai Lama.

***

Poco se sabe del Tíbet, salvo su lejanía y su remota ubicación en el mapa. Nosotros tampoco es que sabíamos mucho más. La primera vez que vimos de cerca su cultura e historia fue en Dharamsala (India). Es allí dónde el gobierno tibetano se asentó luego del éxodo al que se vieron obligados luego de la ocupación china del Tíbet. En Dharamsala, el Tíbet se organiza política y espiritualmente. Las consignas apelan a su libertad, los niños escriben “Free Tibet” es su cuadernos de clases y los viejos añoran con volver a pisar tu tierra natal. Pero no pueden, ya no pueden volver.

En 1950 el Ejercito Popular de Liberación de China entró y tomó posesión de la ciudad-capital de Lhasa. Obedeciendo a la Revolución Roja todo tipo de manifestación religiosa fue considerada enemiga del pueblo. El budismo tibetano quedó proscripto. Desde aquel momento hasta hoy en día, el Tíbet es un limbo. Los tibetanos exiliados apelan a la autonomía política de la región. China, por su parte, cada vez se mete más: llenando las calles de militares, imponiendo el mandarín, poblando la región de chinos, mandando turistas en masas, negando documentos y pasaportes.

Los refugiados tibetanos en el exterior también se organizan. Marchas, apelación, recursos de amparo, incluso, inmolación a lo bonzo. Nada es suficiente ni nadie sabe bien que pasa.

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Los tibetanos que quedaron en China son exiliados en su propio territorio.

Hoy en día para ir a Tíbet, mejor dicho a la provincia china de Tíbet, se necesita permiso, guía, chofer, una agencia de viajes y dinero.

Pero la verdad, poco tiene que ver Tíbet con las barricadas policiales en la que se convirtió la ciudad de Lhasa. La cultura tibetana, evidentemente, no se rige por los límites políticos sociales.

Nosotros no visitamos el Tíbet “verdadero”, pero podemos decir que ahí estuvimos. Al menos en Litang, al menos esa tarde con Tathagata y con los buitres volando sobre nuestras cabezas.

Volver a China

El sol empezaba a bajar y la puerta de embarque en Colombo, Sri Lanka, estaba llena de chinos. Nosotros éramos los únicos pasajeros no chinos. El atardecer era naranja y las palmeras en el horizonte aumentaban la sensación de trópico. Ningún chino se dignó a contemplarlo, los celulares le absorbían toda su atención. Tampoco, ningún chino se molestó en respetar la fila.

Cuando estaba en medio de la fila de chinos transpirados, que me empujaban, que trataban de ocupar nuestros lugares, que me pegaban codazos y que me eructaban en el oído me pregunté: ¿por qué estamos volviendo a China? Si había atravesado el país viendo una sociedad de hijos únicos malcriados adictos al consumo desenfrenado y preocupados solamente por sus necesidades materiales. Si la China tradicional la destruyeron y no les interesa analizar la historia. Entonces me volvía a preguntar: ¿por qué estamos volviendo a China?

Pero sin embargo había algo del gigante amarillo asiático que nos atraía, desde luego que no eran sus buenos modales, sino que encierra un mundo que no deja de llenarnos de interrogantes, al menos para nosotros. Tal vez por su idioma incomprensible, sus numerosos grupos étnicos o su geografía inmensa.

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China no tiene el misticismo de India ni las playas paradisíacas de Tailandia. Los chinos son sucios, manejan otros parámetros de respeto al prójimo, son torpes y la comunicación cuesta muchísimo. Cada ciudad es enorme y uno se pasa gran parte del tiempo en transportes públicos, incluso en el mes que habíamos estado no vimos el sol, el cielo siempre estaba tapado por una nube de smog.

Mientras viajaba apretujado y sin querer respirar todo el olor a transpiración de los chinos en el bus que nos llevaba hasta el avión noté a alguien que era distinto al resto. Era un monje budista rapado, con su túnica roja y un japa mala en su mano. Movía ligeramente los labios recitando un mantra y su único equipaje de mano era un morral. Él también era chino, o eso decía su pasaporte, pero su comportamiento no lo denotaba.

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Bajamos del colectivo y la horda de chinos se lanzó en carrera contra la escala. Las caras de espanto de las azafatas describían la imagen a la perfección. A pesar de hablar mandarín los chinos no le hacían caso y se empujaban y gritaban. Llegar a nuestros asientos no fue sencillo y acomodar las mochilas tampoco. Atrás nuestro venía el monje y se sentó con nosotros. Seguía con su japa mala y un mantra que salía de sus labios. Todo con una sonrisa.

De alguna manera supimos que eso era lo que íbamos a buscar. No a los chinos hipnotizados por sus enormes pantallas de celulares sin hacer caso de la gente que tienen alrededor, sino a las minoras que todavía conservan una identidad más humana: con sus dioses y la muerte, con sus sonrisas y el anhelo eterno de independencia.

Supusimos que este viaje por China iba a ser distinto. Evitando grandes ciudades y enfocándonos en pequeños pueblos. Muchos caminos de montañas y paisajes rurales. Pero en realidad, también nos dimos cuenta de que no íbamos a China, sino al Tíbet y Turquestán oriental (región que busca independizarse y que se ubica al oeste de China, limítrofe con Kazajistán, Kirguistán, Afganistán y Pakistán). Tal vez por eso el viaje se presentaba como una nueva aventura pero sin nuevos sellos en el pasaporte.

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La guía equivocada de Shanghai

Lo primero que llamó nuestra atención fue el lugar de la cita. En una ciudad inmensa como Shanghai podríamos haber acordado en cualquier otro lado un poco más original o, en todo caso, funcional.

Pero no nos importó mucho, veníamos del frío del norte de China, por lo cual la felicidad del calor y la humedad hacía que todo nos de lo mismo.

A los pocos minutos llegó junto a su amiga Marie. Eso también nos sorprendió. Sabíamos que venía con una amiga pero no imaginábamos que ese fuera su nombre. Las dos son chinas, las dos nacieron en una ciudad no tan grande, las dos hablan inglés perfectamente y las dos vinieron a Shanghai a buscar un mejor pasar. Las dos tienen un apodo occidental y nunca nos quisieron decir su nombre chino. Cenamos en el shopping, en el patio de comidas. Dudaron si comer en McDonald’s, pero nosotros insistimos que preferíamos comida china. Ordenamos sopas para los cuatro.

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Para nosotros, ellas eran dos tesoros en bruto. Muy pocas veces encontrábamos a chinos que hablen bien inglés. Teníamos tantas dudas, tantas preguntas, tantas hipótesis que refutar.

Nos contaron de sus vidas: las dos trabajan para empresas multinacionales, son secretarias de algún gringo y hablan muy bien inglés. Esa es su mayor capacidad laboral. Las dos viajaron fuera de China y las dos sueñan con casarse y tener una linda familia en una casa grande con un perrito, pileta y un auto. Aunque aseguran que si es por ellas preferirían no tener hijos, el cuerpo cambia mucho y el parto es doloroso. Tienen nuestra edad pero estamos los cuatro parados sobre un mundo completamente distinto.

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Más allá de ciertas diferencias, son simpáticas. Seguimos la charla en la sobremesa. No perdimos el tiempo y fuimos al grano. Les preguntamos por la Revolución Cultural que llevó a cabo Mao Zedong. No saben de que estamos hablando. Sospechamos que quizá “cultural revolution” no es el nombre correcto y buscamos su traducción al chino. Afirman que sí, que entienden la pregunta, pero que no saben de que estamos hablando. Contextualizamos.

– “Eso pasó hace mucho tiempo. A nadie le importa ya la historia. Todos los gobiernos se equivocan pero ahora ya estamos mucho mejor. Lo viejo, está pasado de moda.”  – dijeron.

Pedimos la cuenta. Ellas pagan lo suyo con el celular. La mayoría de los chinos lo hacen con Wechat. Una aplicación china mezcla de Whastapp y Facebook, dónde se puede cargar dinero y por medio de un código QR uno puede pagar la gran mayoría de las cosas.

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Volvemos a su casa. Nos van a alojar durante nuestros días en Shanghai. Nos preguntan en que parte de Europa está Argentina ¿Queda más cerca de París o de Londres? Nos fuimos a dormir temprano.

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Aprovechamos el día siguiente para caminar. La ciudad es enorme pero extrañamente tranquila. Las calles tiene nombre, los semáforos funcionan y no hay demasiados ruidos. Caminamos sin rumbo y buscando los lugares que las chicas nos marcaron en el mapa. La mayoría de los sitios eran mercados de diseño independiente, shoppings y zonas de bares con onda. En cada uno de esos lugares había muchísimos occidentales y muchísimos chinos metrosexuales. Casas de alta moda y de diseños que por momentos rozaban lo absurdo. Nosotros estábamos mal vestidos ahí, jean y zapatillas no eran la moda. Nos sentíamos en medio de la película Zoolander. Decidimos guardar el mapa y entrar a tomar un café en una librería. Estamos más cómodos entre libros que en los centros comerciales. La mayor diferencia es que acá somos las únicas dos personas tomando algo.

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A las 19 nos encontrábamos para cenar. La cita, cómo no podía fallar, fue en un shopping. Esta vez era en el más grande de Shanghai; incluso con una terraza para contemplar los grandes rascacielos y el ancho río que divide a la ciudad en dos. El paisaje es pintoresco aunque pensábamos encontrar muchos más edificios. Se nota que la ciudad creció en los últimos años.

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Les preguntamos por el mundo, por China, por Shanghai. Pero la conversación giraba en falso. Y no era la primera ni última vez que nos pasaba. En China la mayoría de los jóvenes son los únicos que hablan inglés y, aunque suene mal, sus mentes parecen estar atrofiadas. Desconocen del mundo que habitan, desconocen que hay detrás de las fronteras de China. La operación política fue un éxito, lograron tener una generación de idiotas que hacen fila para comprar el nuevo IPhone. La historia pasada no les interesa, es aburrida. La historia presente ni la conocen. No opinan de política, total tienen un solo partido y no pueden votar. No hablan de derechos ni obligaciones. Viven el día a día sin pensarlo.

Al día siguiente decidimos salir a recorrer la ciudad con nuestro mapa subjetivo. Vimos una foto de un jardín chino en una casa de postales y preguntamos dónde quedaba. Nos tomamos el subte en esa dirección. Efectivamente, era un pequeño lago con jardines en pleno corazón de Shanghai. Convivían arboles de Ginko Biloba con los enormes rascacielos. Además de los jardines estaba la casa dónde había vivido cierta dinástica China.

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Pasamos horas ahí hasta que llegó la hora de la cena. La cita era en el mismo escenario, otra vez un shopping. La única diferencia es que ahora los rascacielos tenían la bandera francesa. Habían ocurrido los atentados de París. Les preguntamos si supieron lo que había pasado. Dijeron que sí, que hubo un “accidente” en Francia. Les contamos que fuimos al jardín y según ellas fue una perdida de tiempo. Era viejo, feo y aburrido.

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Cuando le dijimos que teníamos intención de ir a Hong Kong se pusieron contentas por nosotros. Nos aseguraron que allá cada estación de subte esta dentro de un shopping y son mucho más grandes que los de Shanghai.

Nos despedimos con un abrazo. A fin de cuentas nos habíamos encariñado de su inocencia e ingenuidad. Eran unas niñas chinas viviendo en una gran ciudad. No es culpa de ellas, si no de las telaraña en la que se convirtió la China actual.

Antes de irnos les dijimos un secreto: Argentina no está en Europa.

Los condimentos de Xi’an

4 cebollas
4 ajos
2 papas hervidas
1 coliflor
1 pimiento verde
Curd
Semillas de comino
Polvo de garbanzo
Fenogreco
Sal y pimienta
Garam Masala
Cúrcuma

Receta de curry de papa

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Nosotros viajamos lento, y lo hacemos leyendo. No hay nada que nos guste más que visitar lugares donde grandes viajeros estuvieron. Nada de guías de viajes, esas no tienen alma. Te recomiendan ir a tal o cual lugar, dónde comer, dónde dormir. No dicen nada interesante. En cambio viajar con un libro te abre una puerta al pasado, y es un compañero más del viaje. Hubo viajeros extraordinarios y muchos viajan con nosotros. Visitar un mercado del cuál leíste su descripción, sentir los mismo olores o distintos puede ser más interesante que buscar el lugar que recomienda una guía. Si bien el libro acompaña en silencio, lo hace lleno de palabras que tienen la capacidad de transportarte.

Así llegamos a Xi’an. Llenos de literatura. Sabíamos de la ciudad, de la influencia de los musulmanes, la ruta de la seda y sobre sus famosos y recientes guerreros de terracota. Pero el destino nos iba a jugar otra carta.

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Nos quedamos en la casa de Iván, un argentino que conocimos viajando por Leh, India, allá por el año 2013. Profesor de inglés que vivió en Tailandia y ahora en China. Hay veces que nos incomoda quedarnos en los hogares de otras personas, pero otras veces lo disfrutamos mucho. Cada casa es un mundo aparte y es un gran modo de interiorizarse con las culturas. Me encanta ver las casas de los chinos por dentro, y en este caso, de un extranjero viviendo en China.

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Lo primero que noté y me enamoró fue la cocina. Debo admitirlo. Viajando una de las cosas que más extraño es cocinar. Pero no me atrajo su tamaño ni su decoración, sino sus condimentos. Más de una vez le dije a L. que debíamos haber comprado en India y Tailandia todo tipo de especias y llevarlas con nosotros. Y cuando tenemos una cocina a disposición (ya sea en un hostel o en cualquier lado) podemos usarlos libremente. Porque por lo general, los hostels no tienen más que sal y pimienta (con suerte).

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De día paseamos por la pintoresca ciudad. Xi’an es moderna, es mucho más verde que Beijing. Las murallas le dan un aire antiguo y se puede caminar o pedalear sobre ellas. El concurrido y turístico mercado musulmán esconde miles de historias y sabores, con sus carnicerías al aire libre y mezquitas.

El barrio musulman

El barrio musulmán

Y las viejas murallas

Y las viejas murallas

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El ejercito de terracota, descubiertos en 1974, muestra la locura de armar un ejercito en tamaño real, con arqueros, soldados y hasta caballos. Los museos muestran que es una de las ciudades más antiguas. Había mucho para hacer en la ciudad.

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Pero de noche cambiábamos. Todos los días pasábamos por el supermercado, comprábamos lo necesario y con una sonrisa volvíamos a la casa a empezar a cocinar.

Las tres noches que íbamos a estar, al final se convirtieron en cinco. Con un desfile de comida y condimentos de todo el mundo. Disfruté, como hace mucho tiempo que no hacía, de tomar una fría cerveza, poner algo de música y empezar a cortar y cocinar vegetales. Currys indios, currys tailandeses, algo de comida argentina y hasta algún guiso de lentejas.

Si luego me preguntaran que me acuerdo de Xi’an, no van a ser sus guerreros de terracota, sino las noches de charla y cocina en un lugar alejado del centro. No siempre los viajes coinciden con lo  que las guías dicen que hay para ver.

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Las ciudades de Pingyao

Nunca pensamos que podía existir una ciudad dentro de otra. Ideas como realidades paralelas, portales en el tiempo y teletransportación siempre nos sonaron exagerados, incluso en la Ciencia Ficción. Pero lo que vimos en Pingyao nos hizo dudar. Quizá podía tratarse de algo del orden de lo atemporal o de una alteración del espacio. O quizá era el Realismo Mágico de García Márquez hecho ciudad.

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Pero todo eso ocurrió después, al comienzo sólo dudamos si ir o no a Pingyao. Es uno de los lugares más turísticos de China y eso es sinónimo de cientos de turistas occidentales y de miles de turistas chinos. Y la verdad, en China, y en casi todos lados, los sitios turísticos son los que menos nos gustan y menos encanto tienen. Siempre nos dejan gusto a poco.

La idea de ir a Pingyao surgió como una parada intermedia entre Beijing y Xi’an. A ambas ciudades las dividen algo más de mil kilómetros. Una distancia demasiado larga para recorrerla a dedo en un día.

Llegamos cansados y de noche, el alojamiento que conseguimos fue una habitación en una casa de una familia. Queda dentro de la muralla, en la ciudad de adentro de la ciudad. La familia estaba compuesta por una pareja de unos 35 años. El inglés no es su fuerte. Nos comunicábamos por un diccionario del celular, que más de una vez nos hizo quedar en ridículo. Viven con su hijo de dos años. El nene viste unos pantalones que tienen un agujero en la parte de la cola para hacer más sencillo el proceso de ir al baño. Viven, también, con la madre de alguno de los dos. Tienen otro hijo más grande, pero vive en la escuela. Sólo va a su casa los domingos por la tarde. Pero eso no es raro en China, la educación primaria es de lo más severa.

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La casa tenía sólo una planta con un pequeño patio abierto al cual daban las habitaciones, en una vive la familia, otras dos se alquila, otra tiene una ducha de supuesta agua caliente. Al fondo, una puerta y un pozo, ese es el baño. Sin techo ni cadena.

Nuestra habitación es sencilla. La cama es una piedra, literalmente, y sobre ella un acolchado que hace las veces de colchón.

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En Pingyao hacía frío, de esos que te hacen estar dentro de la habitación con guantes. Recién era otoño. El clima es seco y con la pesadez fría de la polución de las ciudades chinas. La habitación por suerte tenía una salamandra. La cual prendían con mazorcas secas y carbón. Lo curioso, y en este caso lo mejor, es que el tiraje de la salamandra pasa debajo de la cama de piedra, calentándola. Fue nuestra salvación.

Como en toda casa china hay decoración en las paredes: almanaques, fotografías de paisajes desteñidas y algún poster de la gran muralla. Tampoco faltan los colgantes de buen augurio que se venden como pan caliente en cualquier mercado chino. Al lado de la cama de piedra encontramos una pelela de plástico. Si a uno le da frío ir al baño abierto de noche, puede usar el orinal.

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Muertos de hambre de un largo día sin haber comido nada, salimos a las calle de esta ciudad amurallada tras un poco de arroz. Al sólo salir notamos que sólo hay dos clases de negocios: para comer y para comprar souvenirs.

En 100 metros había 12 lugares distintos para cenar. Elegimos según nuestros dos criterios infalibles: baratos y con gente. Comimos y nos fuimos a dormir.

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Al día siguiente nos levantamos con un sol brillante que entraba por la ventana. Era la primera vez que teníamos tanto sol en China. Extrañamente tuvimos una remembranza de Buenos Aires: pusimos tango, lavamos ropa y desayunamos al sol. Primer síntoma de que algo raro estaba pasando. La alteración espacial estaba comenzado a ocurrir. Cuando se acabo el disco de Edmundo Rivero y ya no quedaban palmeritas para comer, decidimos salir, una vez más, a caminar a la ciudad de adentro de la muralla.

Según el mapa, Pingyao, es bastante chico. Se puede recorrer caminando, pero a esa altura ya no confiábamos en los mapas chinos. Chico y sin gente son dos términos que no aplican por acá.

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Pingyao nos parecía más un Disneylandia que un pueblo típico. En China ya no existen pueblos antiguos ni templos de antaño. La cultura fue arrasada con las últimas revoluciones y en los últimos años se dio un proceso de vuelta a la cultura antigua pero teñida por las aspiraciones del mundo capitalista. Así es que convive un McDonald’s con una estatua de Mao.

Si bien gran parte de Pingyao está reconstruida, a diferencia de otros sitios aún quedan ladrillos originales y eso si es novedoso. Los templos y museos no faltan. El interior de la muralla no es muy grande pero el turismo está aglomerado en las calles principales. Basta agarrar un pasadizo para salir a un jardín con árboles y chinos jugando a las cartas. La ropa se cuelga en la vereda y en algunas casas sale olor a pan caliente.

Quisimos subir a la torre principal pero tenía un gran candando ya oxidado. Nadie supo explicarnos por qué. Subimos a la muralla y contemplamos el atardecer desde ahí. Son pintorescos los techos arqueados, no hay dudas.

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Pero lo curioso e inexplicable de Pingyao es la convivencia de dos ciudades. Adentro, el abarrote de turistas y puestos de comida. Afuera, la ciudad propiamente dicha, sucia, caótica, despelotada, pero muchas más auténtica. Según dicen acá supieron vivir las dinastías Ming y Qing. Con el correr de los años y las revoluciones la ciudadela comenzó a quedar chica y todo comenzó a crecer puertas afuera.

El afuera es enorme y nada tiene en común con el adentro. Afuera las motos, los autos y colectivos enloquecen a cualquiera, hay un gran mercado de comida y las sopas incluyen orejas de gatos. Es más auténtico pero también más impresionable. ¿Pero nosotros no habíamos ido en busca de un lugar tranquilo y legítimo?

Al día siguiente nos íbamos a Xi’an. A fin de cuentas Pingyao había sido una parada en el camino.

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Conquistar la Gran Muralla China

Miré para abajo y sólo vi el precipicio. Traté de respirar profundo y recordar que en la montaña la mente puede más que el cuerpo: un movimiento en falso me depositaba bien abajo, en el fondo del valle. No se si muerto, pero seguro que con muchas fracturas. Tenía miedo y no podíamos fallar. No tenía miedo por mi, me sentía confiado que podía sortear los obstáculos. La altura y cierta práctica me ayudaban, pero temía por mis dos compañeras. De alguna forma me sentía responsable de nuestra aventura por la Gran Muralla China.

Volver no era una opción, no porque seamos orgullosos, sino porque camino abajo era mucho más riesgoso que el que se veía para arriba. Es uno de esos momentos dónde uno se pregunta para que vino.

La historia comenzó en Beijing. Queríamos visitar la Muralla China, no queríamos ir a la parte reconstruida artificialmente y llena de chinos en masa. Queríamos visitar la parte autentica y poco conocida de la muralla. Teníamos información de un camino alternativo que se podía realizar fácilmente. La idea era pasar la noche ahí, sabíamos que iba a hacer frío. Llevábamos abrigos, bolsas de dormir y suficiente comida.

Luego de una larga combinación de colectivos llegamos al punto de inicio. Comimos algo de arroz y empezamos a subir. La muralla se veía allá arriba. Lo que parecía un pequeño sendero por la montaña poco a poco se fue complicando con el correr de los kilómetros. Tal es así que después de caminar un rato tuvimos que seguir escalando en cuatro patas. Las pendientes inclinadas, las piedras resbaladizas y las rocas sueltas hacían que cada paso sea una prueba de fe sin premeditar. Más de una vez confiamos en alguna rama o tronco toda nuestra vida.

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Esas dos o tres horas que teníamos previstas se transformaron en cuatro o cinco.

La última parte antes de llegar a la muralla fue la peor. Como era de esperarse, estaba destruida y el camino era una subida abrupta sobre escombros sueltos. Al riesgo de caerse y resbalarse se le sumaba el riesgo de golpearnos entre nosotros con las piedras que iban cayendo con nuestros pasos. Tuvimos que subir de a uno por vez, no era la última que iba a pasar.

Llegamos con poco tiempo antes del atardecer, las piernas me temblaban, las manos nos sangraban por haberme sujetados de las piedras, pero vi un hermoso atardecer y no puedo hacer otra cosa más que maldecir. Ya estábamos sobre la muralla pero no se veía camino a seguir. Nerviosos, asustados y abrazados vimos los últimos instantes de luz del día. Parecía que nos esperaba a propósito, no hubiésemos podido seguir a oscuras.

Lo primero que vimos una vez arriba

Lo primero que vimos una vez arriba

Preocupados sobre que hacer el día siguiente empezamos a prepararlas las cosas para irnos a dormir. Cenamos pan con pate metidos adentro de las bolsas de dormir.

Fue una noche fría, ventosa y preciosa con luna llena. Queríamos dormir bajo su luz pero el viento era tan fuerte que lo hacia imposible. Decidimos resguardarnos en lo que supo ser una torre de vigilancia. Ahora abandonada y derrumbada, del techo no quedaba mucho y las paradas tenían agujeros por dónde pasaba una persona, pero al menos reparaba un poco el viento.

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La luna nos iluminaba. No queríamos prender la linterna, teníamos miedo de que alguien nos viera. No era muy legal lo que estábamos haciendo. Pero lo cierto es que el camino era tan difícil que pocos se animarían a subir para decirnos algo.

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Además de fría fue una noche tétrica dónde en uno de mis sueños me encontraba con el diablo y todos sus compañeros que describe Bulgakov en “El maestro y Margarita”. Salíamos de fiesta por distintos bares y hacíamos cosas que sólo el diablo puede hacer.

L. asegura haber visto a alguien de blanco caminar por la muralla. Se asustó mucho y no pudo dormir en toda la noche. Según cuenta ella, cada vez que cerraba los ojos veía el precipicio que escalamos y se despertaba sobresaltada. Eso es verdad, muchas veces la escuché angustiada. No sólo el precipicio se le venía a la mente sino que tenía la sensación de que en cualquier momento se derrumbaba arriba nuestro lo poco que quedaba del techo.

De lo que sí estamos seguros es que dos veces en la noche escuchamos los pasos de una persona caminando cerca nuestro. La primera vez pensamos que era el viento, la segunda nos levantamos para ver. No había nada. Ninguno pudo volver a dormir.

La muralla china fue un lugar trágico. Miles de personas murieron en su construcción, otro tanto murió defendiéndola y muchos más queriendo conquistarla. Dicen que es el mayor cementerio del mundo y muchos cuerpos descansan entre las rocas. La energía se sentía y no había que ser muy perceptivo para enterarse de lo que pasaba. Estábamos solos y con frío en algunos de los 21.000 kilómetros de la Muralla China.

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Pero a mi lo que más me preocupaba era como seguir. No se veía camino. No podíamos volver al punto de partida. A lo lejos se veían las luces de un pueblo pequeño o de una base militar, sea lo que fuere para acceder ahí debíamos bajar una pared de 5 metros saltando a las piedras. Tampoco parecía fácil.

Así seguia el camino...

Así seguia el camino…

El amanecer fue el momento más fotogénico de la aventura. Un sol rojo salía desde atrás de la muralla mientras disipaba la bruma de las montañas y la luna iba desapareciendo poco a poco. Dicho encuentro entre el sol y la luna valió la pena. Como la bruma nuestros miedos se fueron despejando poco a poco con la salida del sol. Pudimos relajarnos y disfrutar del paisaje que contemplábamos.

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Me adelanté en el desayuno y escalé una parte muy destruida, tratando de encontrar un camino para seguir. Caminé unos 15 minutos subiendo piedras hasta encontrar algo que podía ser un camino. Volví a buscar al resto.

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Emprendimos el andar de nuevo, primero escalando. La complejidad aconteció cuando había que subir abrazando la montaña con el riesgo de caer unos cuantos metros y con el contrapeso de las mochila que nos tiraban para atrás. Traté de respirar profundo y recordar que en la montaña la mente puede más que el cuerpo: un movimiento en falso me depositaba bien abajo, en el fondo del valle. No se si muerto, pero seguro que con muchas fracturas. Tenía miedo y no podíamos fallar. No tenía miedo por mi, me sentía confiado que podía sortear los obstáculos. La altura y cierta práctica me ayudaban, pero temía por mis dos compañeras.

Muy despacio con las piernas que temblaban y ayudándonos entre nosotros logramos hacerlo. Haber cruzado esa parte ayudó al autoestima y ahora, cualquier otro obstáculo parecía sencillo.

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Poco a poco el camino comenzó a hacerse más fácil. Logramos caminar sobre la muralla, esquivando plantas y troncos, pero ya sin necesidad de trepar ni rezar a algún dios hindú. De a poco también, comenzamos a ver otros turistas que venían en nuestra dirección desde la parte reconstruida de la muralla.

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Ellos venían bien vestidos, limpios y con energía. Nosotros estábamos sucios, llenos de tierra, con la ropa rasgada y con una expresión de sorpresa en nuestros rostros.

Finalmente llegamos a la parte reconstruida. Nada tenía que ver con lo que habíamos visto nosotros 15 kilómetros más atrás. Allá piedras amontonadas tomadas por la naturaleza pero llenas de historia, acá piedras prolijas con miradores y letreros en inglés ¿Era la misma muralla? ¿Cuál era la más legitima?

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Caminamos con los turistas, sacamos fotos, nos relajamos. La noche anterior parecía un recuerdo extraño y lejano. Aunque cada tanto cerraba los ojos y la imagen del precipicio se me representaba a mi también.

Los tres estábamos cansados. Las piernas nos dolían, las rodillas nos pedían descanso. Los brazos estaban arañados y teníamos muchos moretones del día anterior. Decidimos sentarnos y descansar. Necesitábamos contemplar dónde estábamos. Trepar hasta la Muralla China y pasar la noche como polizones no es algo que se hace muy seguido. Pero ¿Por qué la fama de este lugar? ¿Dónde radica el encanto?


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Centenas de contingentes llegaban por hora, es una de las maravillas del mundo moderno y dicen que la única construcción humana que puede ver desde el espacio. Es todo un símbolo pero no dejábamos de pensar en las batallas y muertes que la muralla se cobró. Hoy es un lugar aclamado pero no representa otra cosa más que el mayor mal del hombre: la intolerancia entre los pueblos. La muralla solo sirvió para separar y segregar. La guerra fue más fácil que el entendimiento.

La muralla tiene más de 2.000 años aunque es cierto que se fue construyendo por partes pero hoy sólo el 30% sigue en pie. La muralla fue algo a conquistar y eso fue, precisamente, lo que nosotros hicimos ayer a la noche.

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Perdidos en Beijing

Ninguno de los dos se acordaba el horario de llegada del tren. Fue tan difícil comprar los boletos (ya que nadie hablaba inglés en la estaciones y tuvimos que hacernos a entender a fuerza de dibujos y señas) que el horario de llegada era lo de menos.

Supusimos que sería a las 19 cuándo empezamos a ver las primeras luces y edificios. Pero no, estamos en China y ver luces y edificios es parte del paisaje rural. Desde ese momento pasó casi una hora y media hasta que llegamos a la estación, pero dejamos de ver luces ya que el tren se metió en un túnel y ya no pudimos ver nada más. Los chinos aprovechan hasta el más mínimo metro cuadrado y el espacio que ocupan unas vías de tren podrían dar lugar a centenas de departamentos. Razón por la cual movieron el tren a un nivel subterráneo.

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A las 20:30 llegamos. El altoparlante anuncia que llegamos a la estación central de Beijing. Y ahí comenzó nuestra odisea china. Teníamos que cruzar una de las ciudades más populosas y extensas del mundo. Debíamos llegar al otro extremo de la ciudad sin mapa, sin hablar chino y con un papel que tenia ciertos caracteres (confiábamos que sería la dirección).

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En cualquier parte del mundo podría ser más fácil. Uno muestra la dirección y a la buena voluntad de alguien nos explica como ir. Pero acá no. Los chinos son impenetrables. Cuesta acceder a ellos y el idioma no es el único obstáculo. Muchos no hablan inglés y los que hablan son extremadamente tímidos. Es muy común que cada vez que nos acercamos, algún chino huye despavorido. El que no logró huir se tapa la cara y dice sucesivamente “no, no, no”. No nos dan oportunidad ni de mostrar el papelito que tenemos. Luego de la negativa meten la nariz en sus teléfonos (que son extremadamente grandes) y ahí seguimos nosotros.

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Cada estación de subte tiene 4 salidas y si uno toma la salida equivocada puede tener que caminar hasta 400 metros de más. Necesitamos que alguno de los millones de chinos nos de una mano, pero no. Nos acercamos con nuestro papelito y ellos se van corriendo escupiendo mocos y escupitajos, costumbre que no puede falta en ninguna ciudad china. En ese aspecto, nos recuerda a India ¿Qué les podemos estar preguntando para que huyan así? ¿El valor de pi expresado con 7 decimales? No, sólo un dirección.

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Después nos dimos cuenta de algo, que los chinos no se ubican ni en sus casas. Tienen un templo gigante en frente y no lo reconocen. Igualmente nos cuesta comprenderlos. Tienen actitudes egoístas, como si fuera una gran sociedad con millones de hijos únicos. Pero no es culpa de ellos.

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Un párrafo de contextualización histórica. En 1949 se produce la Revolución China con Mao a la cabeza. Empezó un gobierno comunista con algunas diferencias al soviético. Es una época llena de contrastes. Mao sacó de la pobreza a miles de campesinos chinos, pero también los aleccionó. El primer intento fue el movimiento de las cien flores, donde se promovía la opinión de los intelectuales de cómo China debía ser gobernada. Fue un fracaso. A Mao no le gustó y puso preso a aquel que criticó su poder. El segundo y más sanguinario fue la Revolución Cultural. Persiguió a todos aquel que sea “partidario del camino capitalista”: aquel que consuma artículos extranjeros (como literatura o arte) o incluso a aquel que hable alguna lengua foránea. Los buscó, los persiguió y los condenó a trabajos forzados y a humillaciones públicas. Después de Mao hubo una apertura del mercado, pero no así de la política. En la década del 80 hubo manifestaciones intelectuales, obreras y estudiantiles en busca de una real democracia, pero fueron fuertemente reprimidos y señalados. Les enseñaron a no quejarse, a no tener una actitud crítica, a no tener imaginación. Y eso hoy se sigue viendo.

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Los chinos son robots asiáticos y Beijing es la ciudad dónde todo esto se exacerba. Tecnología por doquier, shoppings y centros comerciales por doquier, y chinos por doquier. Son demasiados. Pero curiosamente en Beijing coinciden rascacielos altos con enormes jardines de árboles y templos budistas. Palacios de la época de las dinastías, una ciudad prohibida y un gran lago que le devuelve a uno la paz que pierde al caminar por las calles.

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Beijing, como toda China, roza lo absurdo a cada instante. Cruzar una calle puede ser aún más difícil que preguntar una dirección. Nos pasó cuándo quisimos visitar el mausoleo de Mao (extrañamente volvieron a rendirle honores hace unos pocos años atrás luego de haberlo acusado de haber sido un gran mal en China). Para ir al mausoleo hay que cruzar la Plaza de Tian’anmen. Hay decenas de calles y túneles subterráneos que desembocan ahí, pero no. Los chinos cierran las calles y ponen controles y barricadas policiales por todos lados. Para alcanzar la plaza tuvimos que caminar tres kilómetros de desvío y no estamos exagerando.

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China es un desafío constante. Un ejercicio de paciencia. Uno debe aprender a convivir con todo los sonidos que un chino puede realizar, tiene que convivir con los olores y con la torpeza de una sociedad que no está preparada para pensar sino para consumir. Y eso es duro. Cuesta creer como tantas años de desarrollos e inventos ahora queda reducido en unas pocas y políticas manos. Los chinos inventaron el papel higiénico, la imprenta, la ballesta, el paraguas, el sismógrafo, la pintura fosforescente, el reloj mecánico, la porcelana, el papel, la brújula y el acero pero parecería que estamos ante dos sociedades completamente distintas.

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Los jóvenes de Beijing son la antítesis de esa China ingeniosa que cultiva y cosecha su propia arroz. Y nosotros seguimos queriendo saber que opinan de la revolución cultural pero la mayoría nos responden que no saben. Exacto, no saben que opinan sobre un tema. Sólo un tipo de 60 años nos dijo algo distinto: “Se que opino pero no puedo decirlo”. Beijing es un desatino.

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Info útil

* En Beijing nos alojamos en Beijing Heyuan International Youth Hostel. Algo así como un hostel con un gran patio con decoración China en el medio de un Hutong (calles angostas y coloridas). Se los recomendamos!

Datong: Primeras impresiones de China

Llegar a China es todo un acontecimiento. No muy a menudo se llega al país más poblado del mundo y mucho menos por primera vez.

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Atrás quedaban los días grises y extraños de Mongolia, por delante teníamos las luces de la ciudad de Datong, nuestra primer parada. Desde la frontera no parecía muy lejos, sólo 400 kilómetros. Considerando las magnitudes de China y el alto grado de desarrollo de sus autopistas se podría cubrir fácilmente. Hicimos dedo (autostop) y casi sin darnos cuenta ya estábamos arriba de un auto. Solamente habíamos cometido el desliz de no tener en cuenta dos detalles:

1. Estaríamos ante algo que jamás volveríamos a ver en este viaje por China: tierra vacía. Estos 400 km cruzan la región de Mongolia Interior (Inner Mongolia) y hasta ahí se extiende el Desierto de Gobi. Es el limite natural y cultural entre China y Mongolia. Estábamos ante kilómetros y kilómetros de tierra yerma e inhóspita pero a diferencia de los desdibujados caminos de Mongolia acá avanzábamos por una autopista de 6 carriles, a los costados veíamos molinos de energía eólica y sobre el suelo llegamos a ver kilómetros de paneles solares alineados uno al lado del otro.

Eso sí, entre tanta tecnología y desarrollo no vimos a un solo chino. Esta es una de las partes más despobladas de China.

Pero poco a poco el camino comenzó a ser más verde y montañoso. Ya estábamos llegando a la región de Shanxi.

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2. El segundo detalle, y ya cuenta como problema, fue el idioma. Tanto en Europa del Este, en Rusia e incluso en Mongolia, nos habíamos comunicado con nuestro poco ruso. Pero ahora eso ya no sirve ni tiene sentido. Fuimos precavidos, llevamos un papel con algunas expresiones o frases en chino pero no pudimos ni usarlo. El equívoco estaba en la pronunciación.

El idioma chino tiene 4 tonos y un mismo vocablo tiene cuatro significados distinto según cómo se pronuncie. Ni siquiera pudimos pronunciar correctamente el nombre de la ciudad a la que íbamos: Datong. El inglés es cosa de minorías acá.

Pero a fuerza de señas y mímica llegamos a Fengzhen, una ciudad que está a 50 kilómetros de Datong. En el mapa la ciudad parecía un pueblito y Datong una ciudad pequeña pero no, en China nada es diminuto. Ese fue el tercer hallazgo del día.

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Desde Fengzhen nos tomamos un taxi compartido. Junto a nosotros llegó la noche y en pocos segundos se encendieron todas las luces de la ciudad. Carteles de neón, letras chinas por doquier, semáforos con músicas, puestos de comida callejera, hombres fumando y jugando a las cartas, motos, bicicletas, edificios feos y muchos carteles y más luces. ¡Sí, estamos en China!

Sí hay un momento que nos encanta de los viajes son esos minutos de “shock cultural” al llegar a un nuevo país. Es ese no entender donde estamos ni que pasa a nuestro alrededor. Lo notable es que en China ese momento se extiende por horas e incluso, días.

Llegamos a Datong cansados, no nos importó. Salimos a ver la ciudad y a buscar un lugar dónde comer. A diferencia de la austera comida mongola acá todos los platos rebozaban vegetales y sabores. Todos los menús estaban en Chino pero con algunas fotos para ayudar la imaginación. Preferimos mirar los platos de los demás comensales y pedir lo que pedía la mayoría, eso nunca falla. La camarera no hablaba inglés pero con la ayuda del traductor de su celular nos ofreció bebidas frías, agua caliente y carne de perro. Con un plato de arroz y verduras nos dimos por satisfechos.

China es increíble. Los olores, colores, sonidos y sabores se superponen todo el tiempo. Cuesta diferenciar que es realidad y que ficción. Es todo lo que nos imaginábamos pero elevado al cubo. Todo es distinto y sorprendente. Hacía rato que no sentíamos tanta ajenidad con un lugar. Todo es extraño pero acá los únicos raros somos nosotros.

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Si bien Datong es parte del circuito turístico de China (cerca de la ciudad hay un monasterio colgante y un sistema de cuevas budistas de lo más interesantes), acá los chinos se siguen sorprendiendo al ver occidentales.

El famoso monasterio que esta colgando de la montaña

El famoso monasterio que esta colgando de la montaña

Datong es una ciudad nueva, como todo en China, aunque tiene más de dos mil años. Además de numerosos edificios de más de 20 pisos, la ciudad alberga una ciudadela amurallada con un casco histórico totalmente reconstruido y un barrio musulman muy interesante. En China, ahora, se demuelen las nuevas construcciones para volver a construir las antiguas o edificios muchos más nuevos y novedosos. China es un país en construcción.

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Datong, además de ser el nombre de la ciudad, es un principio que utiliza el confusionismo para describir una sociedad utópica de la Antigua China.

“El poder del Estado y los partidos políticos llegarán a desaparecer por sí mismos, permitiendo a la humanidad entrar en la era del datong”, dijo Mao.

Pero de eso no vimos nada. A Mao lo vimos en unos afiches viejos que venden como reliquia histórica en el mercado de cosas usadas de los sábados a la mañana.

Al fin llegamos a China. El próximo paso es preguntarles a los chinos por Mao, La Revolución Cultural y por el Movimiento de las Cien Flores.

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