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Nostalgia de India

Me levanté en una Barcelona lluviosa y fría. Sola.

L. está en Croacia. Me vestí, comí un poco de fruta y en piloto automático encendí la computadora. Youtube. Ciclo de mantras indios agrupados bajo el título de “Morning Mantras”.

No sé como llegaron esos mantras a nosotros pero los adoptamos como propios, sobretodo mientras estábamos de viaje y teníamos toda nuestra vida circular y rutinaria. Si, nunca tuve más rutina que estando de viaje. Desayunar, escribir, mirar un mapa, decidir que hacíamos ese día.

Lo cierto es desde que nos vinimos a Barcelona (ya casi 9 meses) nunca había escuchado los mantras mañaneros.

Hoy sí. Y sin pensarlo ni planearlo. Y no puedo menos que sentir una enorme nostalgia de India.

El otro día alguien mencionó que habíamos vivido mucho tiempo en Asia. Le dijimos que no, que vivir lo que se dice vivir, no. Vivir en un lugar para mi es comprar en la misma verdulería, conocer al cajero del mercadito y tomar un té siempre en la misma taza. Pero en cierta parte, era verdad, vivimos en Asia. Pasamos más dos años recorriendo el continente asiático. De esos dos año, un año entero fue en India. Si, esa India sucia, caótica, desprolija, pobre pero que a mi (a nosotros) tanto nos gusta.

La primera vez que pisamos el país fue en abril del 2013. No sé porque fuimos a India. Nuestro plan inicial era viajar un año por Argentina. Pedir licencia en el trabajo y volver al poco tiempo. Lo cierto es que nunca volvimos. Tampoco nunca viajamos por Argentina. Un domingo de navidad sacamos el pasaje a India sin tener idea en qué nos metíamos.

Y así llegamos a India. Sin tener idea de en dónde nos metíamos, literal. Claro que al principio no fue fácil. Por su puesto, fue más que difícil adaptarse, al menos, para mi. Ludmila, chica del conurbano. Nunca había visto un mono colgado de un templo. Nunca había visto mujeres con sari y hombres con turbante. Apu de Los Simpson era mi único contacto con la cultura india. No comía picante, no me gustaban los olores y no me acostumbraba a esquivar vacas.

Lloré. Lloré dos días y pasé una semana enferma. Y me encantó. India me encantó. No sé qué, no sé cómo, no sé por qué. No soy yogui, no creo en Shiva ni en dioses azules con cabeza de animales. No creo en el río Ganges ni creo en las castas.

En realidad, si sé porque me gusta India. Porque, en realidad, me gusta como soy yo en India. Y eso que no me visto ni de Ravi Shankar ni mucho menos. Pero me gusta el no ser nadie. En India, fui centro de miradas pero nunca me importaron.

En India, pude pasarme una tarde entera sentada tomando un chai largo e infinito. En India escribía, pintaba, andaba en sandalias de goma y sólo tenia una remera que debería lavar todas las noches para volver a ponérmela limpia. En India soñé, soñamos, en escribir un libro.

India no nos fue indiferente. Y no puedo más que sentir cosquillas en la panza y que se me dibuje una sonrisa en la cara cada vez que nos pienso allá.

El año que pasamos en India no fue de corrido. Por visados, tuvimos que entrar y salir en cinco oportunidades. Las cinco veces que dejé India lo hice contenta de irme, porque India satura. Y las cinco veces, le pedí a Lucas que me haga acordar de mi cansancio y tedio cuando diga que quiera volver.

Pero no funciona. India me exprime la calma, me cachetea, me pega donde me duele, pero a la vez me abraza. India enseña, y hoy…. Una mañana de otoño en una Barcelona que quiere ser independiente, la nostalgia de India se me cuela en las manos. Debería estar escribiendo para terceros, cosa que pasa cuando vuelve al sistema. Pero el ciclo de “morning mantras” sigue sonando en Youtube y tengo muchas ganas de tomarme un chai.

También de retomar el Blog.

Opio para los cortadores de cabeza

¿Es justo que los cazadores de cabezas renuncien a sus macabros ritos para dedicarse al más inocuo, pero igualmente inhumano pasatiempo, de pasar horas y horas ante esa caja de ilusiones llamada televisión? ¿Es justo que la luz íntima y cálida de las lámparas de aceite sea sustituida por la llana y azulada de los tubos de neón? ¿Que el vibrante tintineo de las campanillas movidas por la brisa del atardecer en lo alto de una pagoda sea sofocado por el griterío de una discoteca recién inaugurada a la orilla de un lago, en el que las bolsas de plástico y las latas vacías de cerveza importada flotan desvergonzadamente sobre un espléndido manto de flores de loto?

Un adivino me dijo… – Tiziano Terzani

* * *

El agua en la cuchara empezó a hervir. El pedazo de tela que contenía el opio impregnado comenzó a marchitarse y el agua se volvió más oscura. Ese es el momento más importante. El contenido de la cuchara no tiene que quedar ni muy líquido ni muy seco. Nadie hablaba, todos se dedicaban a observar. Cuando alcanzó el punto justo, lo sacó del fuego y el resultado fue una sustancia pegajosa que mezcló con algo que a primera vista me pareció tabaco, pero mirándolo de cerca parecía viruta. Eso lo puso en la pipa y prendiéndolo con una rama empezó a fumar. Primero inhalaba, tragaba el humo y conteniéndolo en sus cansados pulmones agarraba un poco de té, que lo calentaban en una caña de bambú ahuecada, y lo tomaba. Luego largaba el humo. Mientras él repetía el proceso, otro sacaba su cuchara y se preparaba para hacer lo mismo.

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Estábamos en Longwa, una pequeña aldea remota en el remoto estado de Nagaland. Llegar hasta acá no fue sencillo. El viaje consistió de varios días de incomodidad en distintos micros y jeeps que saltaban a la par de los pozos y patinaban con el barro y la lluvia. La mejor forma de moverse en India es en tren, pero a esta parte de Nagaland no llega. Es que en realidad esto no es India; este es un lugar de cristianos de ojos achinados que hablan una lengua parecida al tibetano. Pero también es una aldea que pertenece a dos países, de un lado de la calle es India, del otro Myanmar. Algún fanático enumerador de países seguramente tomará este lugar por partida doble.

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La aldea parece clavada en la montaña y se pierde con las ondulaciones del horizonte. La lluvia y el frío nos obligan a estar al lado del fuego, la única fuente de luz y calor en las largas casas. Cuando la lluvia paró un poco salimos a caminar. Los pocos chicos que nos cruzamos nos gritaban dejando los pulmones en el aliento que salía de sus bocas. Ya de un poco más lejos, nos empezaron a tirar piedras. Tal vez los visitantes occidentales se ganaron esa estigmatización.

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Longwa es hogar de la tribu Konyak. Habitantes que llamaron la atención de los europeos por su práctica de cortar las cabezas. Encontraban la gloria cuando después de la batalla volvían a sus casas con varias cabezas de sus enemigos. Y cuando un hombre le llevaba una cabeza al rey, este lo autorizaba a tatuarse el rostro. El que no lograba llevarle una cabeza al rey, no era considerado un hombre. Todavía hoy se pueden ver a algunos ancianos con el rostro tatuado y con cuernos de animales utilizados como aros.

Pero no fue hasta que llegaron los ingleses que el opio caló hondo en el espíritu de los Konyak. Lo traían desde Myanmar, el segundo productor de opio a nivel mundial y se lo daban a los cortadores de cabezas para hacerlos adictos, dependientes y un poco más pacíficos. Antes que el opio vino el cristianismo que le prohibió sus ropas tradicionales y sus prácticas de cortar cabezas.

Él seguía fumando, tenía los ojos apenas entreabiertos, más achinado que de costumbre. Me contaba que el opio lo traen de Myanmar, y una tela impregnada que la utilizan para 3 o 4 pipas les sale cincuenta rupias (menos de un dólar).

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Antes de que la modernidad terminase de arraigarse en sus vidas, eran un pueblo autosuficiente. Todo lo que consumían lo producían ahí. Hoy el arroz que producen, que es de una calidad mayor lo venden en mercados. Con eso compran arroz más barato y otros vegetales. Pero eso es sólo para los que trabajan el campo.

Los adictos al opio encontraron su veta cuando llegaron los fotógrafos de National Geographic. Ahora muchos se dedican a posar para la foto a cambio de plata. Vestidos con sus ropas típicas, sus aros de cuernos de animales y su cara tatuada. Con sus armas y alguna cabeza de algún animal. Tal es así que la primer pregunta que nos hicieron fue si éramos fotógrafos. Sacarle una foto a alguien tiene un precio.

La otra fuente de ingreso son las artesanías. Desde collares hasta maderas talladas con forma de muñecos. Y todo eso que se vende va a parar a Myanmar a cambio de opio.

Es sorprendente pensar en todo lo que se perdió con la “modernización”. De ser autosuficientes a ser dependientes del opio. De cultivar y criar todos sus alimentos a ser modelos de revistas de viaje que los venden en sus tapas como parte de sus safaris por zoológicos humanos.

Nos dijeron que un tercio de los hombres son adictos al opio y mientras, me invitaban a fumar. Porque saben que si les daba al menos cincuenta rupias podían cruzar la calle, es decir la frontera, y traer la cantidad que necesitan para el día siguiente.

Majuli, la isla de los niños monjes

*Aclaración: El siguiente relato podría ser algo serio (quizá, hasta fastidioso). Podría ser puramente histórico y anacrónico. Podríamos hablar de fechas y de datos. Para no aburrir(nos) decimos escribir pensando en otros lectores. Este relato es para nuestros sobrinos. Posiblemente algunos de las historias que contaremos en la próxima pijamada.

Había una vez una isla mágica que se llama Majuli. Era un lugar muy muy lejos de Argentina. La isla estaba en India, ese país que a los tíos les gusta tanto. Majuli estaba, precisamente, en el estado de Assam. Estado famoso por ser productor de té. Assam es una región bastante remota de India, y está mucho más cerca de Myanmar que de Nueva Delhi.

La isla supo ser una de las más grandes del mundo pero con las inundaciones, y el cambio climático cada vez se va haciendo más chica. Dicen que unas décadas podría desaparecer ¿Será verdad? Ojalá que no.

Para llegar a la isla tuvimos que tomarnos un barco. No saben el miedo que nos dio. El barco era muy viejo y parecía que en cualquier momento se hundía pero por suerte llegamos bien. Eso si, un poco mojados. Entraba agua del piso, de los costados y del techo (¡justo se largo a llover!).

Después de casi dos horas, por suerte, llegamos a la isla. El paisaje era muy sencillo. Calles de tierra, plantaciones de arroz y casas hechas con bambú y hojas del palmeras. Para cocinar prendían fuego con leñas que los nenes juntaban mientras jugaban a correr por ahí. En la Isla Majuli la luz eléctrica es algo nuevo y sólo funciona por algunas horas. No hay televisiones, ni frezzers ni tablets para jugar juegos. ¿Saben qué hace la gente? Charla, se junta a tomar té, juegan a las cartas, caminan, rezan y siguen charlando un poco más. La vida en Majuli es muy distinta a como vivimos nosotros en Buenos Aires.

Pero la isla también tiene algo mágico, y esa es la historia que le queremos contar hoy (o, mejor dicho, la próxima vez que nos veamos). Hace muchos muchos años había un señor llamado Sankardev. Él era poeta, escritor de obras de teatro y músico. Era un artista y estaba muy en contra de las desigualdades sociales. No le parecía bien eso de que unos pocos unos tengan muchos y otros muchos tengan poco. Para él todos tenían que tener los mismos derechos y obligaciones. Para él, que las cosas funcionen por merito solo era correcto cuando todos tenían las mismas condiciones sociales. Sankardev era también muy religioso. En India la mayoría de la población es hinduista y él era, particularmente, muy seguidor del Dios VIshnu. Entonces, un día Sankardev decidió unir sus dos pasiones (las artes y la religión) en un mismo lugar. Fue así que creo la corriente Ekasarana Dharma, una escuela que permite acercarse a Dios a través de la danzas y la música.

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Sankardev empezó a fundar, en la isla de Majuli, satras. Monasterios abiertos para todos los niños y hombres de la isla que querían acercarse a su nueva doctrina religiosa. Los niños comenzaban a vivir en los satras cuando cumplían los seis años. Allí además de tener un lugar dónde dormir y comer, aprendían a leer y escribir, aprendían a hacer música, a bailar e incluso a representar los textos sagrados a partir de danzas contorsionistas. Entonces, ¡la isla se empezó a llenarse de monjes danzarines!

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En la isla llegaron a haber más de sesenta satras. Y en cada uno de ellos, vivían cientos de monjes. Algunos incluso podían casarse y podían elegir cuando y cómo estar en el monasterio. Otros, en cambio, decidían renunciar al mundo exterior y pasar allí toda su vida: rezando, bailando, meditando.

Pero esto fue hace mucho tiempo. Cuando nosotros fuimos sólo quedaban veintidós satras aún en pie y sólo unos pocos abiertos a la comunidad. Así y todo, decidimos quedarnos a dormir en uno de ellos y pasar unos cuantos días con los monjes y los niños que allí estudian. Los vimos bailar, rezar e incluso jugar a la mancha. Los niños eran muy educados y tienen un montón de reglas que cumplir. Por ejemplo, nunca pueden dar la mano a nadie salvo que se hayan lavado las manos en ese mismo momento.

Además de la curiosidad de los satras y de los monjes danzarines, lo más lindo de la isla Majuli fueron los atardeceres y los miles de pájaros que vimos volar por ahí. A un pajarito le dijimos un secreto para que le cuente a ustedes cuando llegue volando a Buenos Aires ¿Lo vieron? Era un pajarito grande como una mano, con un pico rojo y plumas amarillas. ¡Parecía la bandera de España!

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Mientras escribimos esto, los extrañamos mucho más de lo común pero por otro lado nos pone muy contentos seguir recorriendo el mundo. Cada día aprendemos algo nuevo y descubrimos nuevos lugares, dónde la gente vive de un modo muy distinto al que nosotros estamos acostumbrados. Por ejemplo, quien iba a saber que en algún lugar entre India y Myanmar hay una isla mágica habitada por niños monjes danzarines.

Les mandamos un beso y muchos abrazos,

Los tíos viajeros

Silencio en Nongriat

En Bangladesh, además del conductor en cada colectivo trabajan dos personas más. Uno que cobra boletos y otro que va colgado de la puerta gritando el destino final del colectivo. En un país dónde más del 45% de la población es analfabeta, poner un cartel que indique hacia donde se dirige el colectivo no tendría sentido.

De los tres, ninguno se acordó de avisarnos que nos teníamos que bajar. Sólo un hombre que iba sentado atrás nuestro nos preguntó tímidamente “¿India?” Nos hizo seña de que bajemos y de que volvamos para atrás.

El panorama no era alentador. La calle era puro barro y alrededor nuestro había camiones, grúas y palas mecánicas. Estábamos en medio de una gran cantera a cielo abierto. Emprendimos la marcha preguntando a los obreros “¿India? ¿India?”

Fueron casi tres kilómetros. Llegamos a un kiosco. Era la última oportunidad de cambiar las takas que nos quedaban. Sin pena ni culpa seguimos preguntando “¿India?” Finalmente, adelante nuestro estaba el puesto fronterizo.

Nunca creímos que íbamos a decir algo así, pero dejando atrás Bangladesh, India parecía limpia y ordenada. Incluso más verde, con montañas y cascadas. En el reparto de tierras, Bangladesh salió perdiendo. Pero el idilio duró poco. A nuestro alrededor ya había una cumbre de taxistas ofreciéndonos llevar a algún lado. Apelamos a nuestro mejor recurso, una sonrisa y seguir caminando.

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Un jeep compartido con capacidad para cinco personas, terminó llevando a once mortales hasta Shillong. La capital de estado de Meghalaya. Los paisajes nos tenían prendidos a la ventanilla. Verde, viento fresco, y extrañamente, poca basura acumulada en las esquinas. Fueron instantes, pero la sensación de que querer estar dónde se está fue inmensa.

El noreste tribal de India es una región remota y que poco tiene que ver con las metrópolis de Delhi o Mumbai. Al noreste de India se lo conoce también como “las siete hermanas”. Son, justamente, siete los estados que componen esta región pero el intento de homogeneizar y unificar es totalmente fallido. Son más de cien los grupos étnicos y tribales que componen la región, sumando más de 40 millones de habitantes en total.

Específicamente en Meghalaya, el grupo dominante son los khasis (emparentados con los khmer) y la religión mayoritaria es el cristianismo. No, no tiene ningún sentido.

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Cuando nos dijo su nombre, nuestro rostro se iluminó. “Aires, my name is Aires”. La conocimos en otro de esos jeeps con capacidad para pocos pero con lugar para muchos. A diferencia del anterior, ahora se había habilitado, también, el techo.

Aires

Aires

Nos preguntó a dónde íbamos y se puso colorada cuando le dijimos que íbamos a Nongriat. Viajaba con su mamá y con su sobrino. Ellos también iban para ahí.

El jeep comenzó a dejar la ciudad y empezó a adentrarse en las montañas. Caminos cada vez más estrechos y verdes cada vez más intensos. Aires sonreía, conocía este camino de memoria.

En un pueblo de una sola calle asfaltada, el jeep se detiene y nos bajamos las quince personas que viajamos ahí. La mamá de Aires propone almorzar antes de seguir. Porque sabe que ahora viene la peor parte. Para llegar a Nongriat hay que caminar dos horas. Hay que bajar hasta el final del valle y luego subir, el camino son puramente escalones y puentes que cuelgan entre ríos. Quizá no suene tan grave pero con diecisiete kilos en la espalda, cada escalón cuesta el doble. A diferencia de los locales, nosotros aplicamos la técnica occidental: apurarnos, ir rápido. Ellos, en cambio, iban despacio. Escalón por escalón.

A la media hora nosotros ya estábamos todos transpirados. Las rodillas ardían y las piernas temblaban. Aires se reía de nuestro estado y volvió a ofrecer su ayuda para llevarnos la mochilas. Cada escalón que descendíamos no pesaba tanto como la idea de saber que todo esto luego había que volver a subirlo. Pensamos en abandonar. Volvemos al pueblo de una sola calle y quedarnos con la intriga de que era lo que había en Nongriat. Fue ahí cuando la mamá de Aires, decididamente, nos agarró la mano y nos empujó a seguir bajando.

Una hora. Dos horas. Un puente colgante de metal y bambú que temblaba bastante con nuestro peso. Aires levantó el dedo y señaló la montaña. Allá arriba estaba Nongriat. ¿Por qué bajar tanto si después hay que volver a subir?

El pueblo de Nongriat

El pueblo de Nongriat

Los sadhus dicen que si no llegás a pie a donde querés ir, no vas a ver lo que querés encontrar. Y ahí nos alegramos de no haber abandonado el camino. Debajo de último puente colgante, había una catarata de agua turquesa. El agua cristalina dejaba ver todas las piedras de colores que había abajo. Más allá, palmeras, cuevas y piletones formados naturalmente entre las rocas. Alrededor nuestro volaban mariposas de todos los colores y tamaños.

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Sí, Bangladesh salió perdiendo. Estábamos a cuarenta kilómetros de la frontera y los paisajes no tenían nada que ver.

Al final del puente colgante, un cartel nos da la bienvenida al pueblo de Nongriat. Pueblo de veinte familias y dos puestos de comida. Para un lado, las casas y para el otro, los puentes. Esta parte del mapa se hizo famosa solamente por los puentes vivientes formados por raíces. Es algo difícil de explicar y ni los locales saben desde que momento existen. Es la armonía perfecta entre la naturaleza y el hombre. Un acuerdo implícito dónde cada uno da lo que el otro necesita sin perder ese respeto tácito. La naturaleza es poderosa y los puentes vivientes lo demuestran. Acá los puentes no se hacen, se plantan. Al igual que en Angkor Wat el hombre sólo observa el avance de las raíces, pero ahora utilizándolas a su favor.

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Los puentes colgantes de Nongriat

Aires nos ofreció un cuarto en la casa de su hermana. Nos presentó a sus sobrinos y nos llevó a pasear por el pueblo. Nosotros sólo queríamos zambullirnos en la cascada. Darnos una ducha con el agua fría de deshielo y volver a recuperar la temperatura normal de nuestras piernas.

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El sol se fue poniendo y cuando ya no hubo luz, nos enteramos de que en Nongriat había luz eléctrica, pero es una ilusión eterna que nunca funciona. Iluminados por las estrellas y unos relámpagos lejanos subimos a nuestra habitación. Cuando el sol se pone, los niños dejan de jugar y de andar descalzos cazando bichitos. Las mujeres dejan de lavar ropa y los hombres de cortar leña.

Cuando el sol se ponía, comenzaba en silencio la noche. Nongriat estaba en calma. Los músculos agotados por las escalinatas dormían y la ambición descansaba. Y a lo lejos se escuchaba venir una tormenta. Nuestra habitación nos daba la sensación de que no lo iba a resistir. El techo era de bambú y la ventana no cerraba.

Por la ventana veíamos el reflejo de los relámpagos. Eran constantes y explosivos. Quizá por estar en el valle, todo se magnificaba pero nunca vimos tanta luz en el cielo como hasta ahora. Con esos destellos nos fuimos quedando dormidos hasta que el sol volvió a entrar por la ventanas. Todos nuestros días fueron así, entre tormentas eléctricas por la noche y cascadas durante el día. Y así fue que perdimos la cuenta de cuanto días pasamos en Nongriat.

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El recuerdo de las Islas de Andamán

El entorno nos condiciona. La ciudad nos obliga a caminar rápido, a entumecer el cuerpo y a comprimir los hombros sobre el pecho. Las ciudades indias nos obligan a mirar el suelo. No sea cosa de pisar un puesto de fruta, un mendicante, una vaca descansando o la mierda de la vaca que está descansando. Las ciudad chinas, en cambio, nos obligan a caminar mirando para arriba. Tratando de encontrar el punto exacto en que un edificio termina y toca el cielo con su terraza. Por otro lado, las Islas Andamán nos obligaron a caminar despacio. Total no había a donde ir, tampoco había prisa, tampoco había nerviosismo. Un poco a la fuerza y un poco por voluntad, las islas, como dicen los porteños, te hacen bajar un cambio.

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No había internet, los periódicos llegaban con una semana de tardanza y sólo había electricidad por las noches y algunas horas de la mañana. Los negocios cerraban al mediodía y la siesta se dormía a rajatabla. Todo cerraba los domingos y los sábados a la tarde. Lo único que no se detenía en ningún momento es el mar. A veces furioso, a veces calmo, a veces aburrido, a veces demasiado caliente. Es cierto que el mar no se detenía, pero a veces se iba. Después del mediodía la marea comenzaba a bajar y se retiraba un kilómetro mar adentro. Pero a la noche, volvía. Recargado, contento, frío. Como los habitantes de las islas, el mar tampoco puede irse. Siempre está condenado a volver. Otro elemento constante y encadenado a las islas son los mangos. Todos los días los árboles nos regalaban más y más mangos. Maduros, anaranjados, fibrosos, dulces. Por día comíamos un kilo, más una papaya, una ananá y una sandía. A veces bananas rojas más algún que otro coco.

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En las islas de Andamán el tiempo no cuenta. Y esto es literal. Uno puede guiarse por el reloj pero la información que obtenga será errónea. Por la posición geográfica de las islas deberían tener el mismo uso horario que Tailandia. Pero el afán de India de tener su territorio bajo la misma hora hizo que las islas tengan una hora que nada tiene que ver con lo que realmente corresponde. De este modo, amanecía a las cuatro y el sol se ponía a las cinco de la tarde. Sin reloj al cual mirar, el sol es quien indicaba los diferentes momentos del día. Hora de despertarse, aunque quizá sean las tres y media de la mañana. Hora de desayunar, hora de almorzar, hora de ponerse a la sombra porque el sol está muy fuerte aunque sean las diez de la mañana. Hora de disfrutar del atardecer, hora de sentarse a mirar las estrellas y disfrutar del fresco aunque no sean ni las ocho de la noche.

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El movimiento de la marea, también, nos ayudaba a darnos una idea de la hora y el mar nos ayudaba a comprender a las personas. En las islas sólo hay dos clases de personas que se meten al mar: los pescadores y los turistas. Dentro de los turistas hay dos grupos. Los que se bañan con jean, remera y zapatos, o sea los indios, y los que se bañan en paños menores, los extranjeros. Pero salvo los pescadores, ningún lugareño se mete. La mayoría de los isleños le escapa a la idea del agua salada y no se acerca a las playas salvo para trasladar algunas vacas. No sabemos si rechazan el mar por respeto o por temor (las islas fueron completamente arrasadas con el Tsunami del 2004). En cambio, los pescadores hacen del mar su oficina de trabajo. Su jornada empieza bien temprano, ante de que amanezca. Cuando el mar comienza a bajar, empiezan a volver con la ganancia del día. Ganancia aún viva, los peces permanecen en el agua hasta ser vendidos en el mercado o en los restaurantes para turistas. La mercancía siempre está fresca y la vida es simple. Los tipos pescan, las mujeres venden frutas en el mercado y los niños asisten al colegio. Van caminando, en bicicleta o en el único autobús que recorre la única calle de la isla. Acá basta tomar cualquier camino para salir al mar y cualquiera de las calles asfaltadas para salir al centro. No hay más opciones.

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Marea baja

La vida avanza en una única dirección y no se oyen más ruidos salvo algún coco cayendo en picada contra un techo de chapa. Tampoco hay nubes, ni viento, ni demasiadas olas salvo las que dejan atrás los pocos ferrys que cruzan de una isla a otra. Nuestra rutina también era simple. Levantarnos sin despertador, desayunar fruta, bañarnos en el mar, leer bajo una palmera, escribir, bañarnos y leer de nuevo, almorzar un massala dosa y seguir leyendo. Cuando el sol comienza a bajar, íbamos al mercado. Comprar un pescado para dos, para cuatro o para seis según cuantos éramos para la cena, cocinarlo y volver a la playa a ver las estrellas. Hacer un intento desesperado por encontrar la cruz del sur y volver a dormir recordando que este es otro cielo y que acá las constelaciones son otras. Armar el mosquitero y quedarnos dormidos pensando que al día sólo le faltó una cosa: una ronda de mates.

A diferencia del resto del mundo acá no hay ambición de poder ni la necesidad imperiosa de acumular y progresar económicamente. No hay avaricia ni estado de bienestar. Acá el pescador pesca un pez grande y se da por hecho. Ese día vuelve temprano y duerme la siesta. No existe esa tendencia materialista de pensar que si se queda un rato más puede pescar más peces y ser más rico. No, no hace falta. Con un pez es suficiente, el resto lo da la tierra. Viven con poco y el único patrimonio que tienen se trasmite de generación a generación. La sensación es que el mundo fue creado de una vez y para siempre y que nada se puede cambiar, ni exigir, ni perder. Eso es lo más admirable y tentador. Más de una vez nos invadió la idea de proyectar una vida basada en la autosuficiente económica, vivir de lo que la naturaleza nos da. Pero desistimos, a nosotros nos gusta escribir.

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No todos los habitantes de las islas son originarios de Andamán. Muchas familias refugiadas fueron traídas desde Bangladesh, Bengala y Tamil Nadú para poblar las islas luego de la colonia inglesa. A la par, la población autóctona fue desapareciendo. El intercambio con nuevos habitantes llenó la isla de enfermedades, se los utilizó como mano de obra barata y se los exportó al continente en un intento de integración. Todo fue fallido y ahora la población autóctona está en peligro de extinción como así también sus lenguas y dialectos. Actualmente, la población local se encuentra en áreas restringidas a las cuales los turistas (sean extranjeros o indios) tenemos prohibido el acceso. No es una idea desacertada, los turistas solemos arruinar todo lo que encontramos a nuestro paso. Ensuciamos, nos creemos superiores, alteramos aunque no sea nuestra intención el entorno que nos recibe. Pero por suerte, no muchos turistas llegamos a las Islas Andamán y todavía quedan algunos años de tranquilidad y simpleza. Aún me pregunto ¿En que momento la sociedad occidental se olvidó de que podía vivir con poco a acumular tantos bártulos?

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Pero toda la armonía y calma acumulada en la islas tuvo un punto cúlmine. Fue una tarde caminando por alguna de aquellas largas playas de arena finita y blanca minada de cangrejos, ermitaños y caracoles de todos los colores y tamaños. Esa tarde me invadió una sensación atroz. Hoy, quizá, suene tonto pero me dió mucho miedo el poder llegar a olvidarme todo lo vivido y viajado. Miedo de olvidarme de las islas, de su paz, de su calma, de su gente honesta, del verdadero sabor del mango sin conservantes ni cadenas de frío. Me dió miedo enloquecer en la ciudad. Me hubiese gustado grabar el oleaje y el verde de las palmeras, hacerlo mío y no perdelo. Creo que ese es mi mayor desconfianza, que mi memoria me traicione y se quede con todos mis recuerdos. A fin de cuentas, mis experiencias son la única propiedad que tengo a mi nombre. Quizá por eso escribo esto y saqué tantas fotos, para ganar la batalla del olvido.

Travesía en barco rumbo a las Islas Andamán

Imagínese que por los siguientes cinco días usted va a convivir en un barco bastante desvencijado junto a otros seiscientos indios. El barco parte del puerto de Chennai, una de las ciudades más caóticas y feas de India con destino a las fabulosas Islas de Andamán. La hora de partida aún no está confirmada y la fecha aún puede estar sujeta a cualquier tipo de desperfecto técnico o climático. Pero no sea una persona negativa, recuerde cuánto le costó conseguir el dichoso boleto para subir a este barco.

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Su destino final va a ser Port Blair, la ciudad capital de las Islas de Andamán. Pero el trayecto no es directo, debe realizar dos paradas intermedias en las Islas Nicobar. Recuerde que ahí no puede bajar, en esas islas no pueden descender ni los indios. Sólo son habitadas por nativos y el único contacto que tienen con el mundo es a través del cuerpo militar.

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¿Nunca había oído hablar de las Islas de Andamán y Nicobar? No se preocupe, nosotros tampoco. Las islas son parte de India aunque geográficamente están más cerca de Tailandia y Myanmar. Incluso son parte del mismo cordón montañoso que conforman el archipiélago de Indonesia.

Qué sean parte del territorio indio solo fue cuestión del destino y de los ingleses. Fueron ellos quienes las conquistaron y comenzaron a usarlas como zona de destierro y prisión. Las islas fueron la Siberia de la colonia británica. Pero la colonia cayó y pasaron a ser parte de la India independiente. No muchos viajeros la visitan y muchos menos llegan en barco. Nuevamente: siéntase un afortunado y preste atención a la siguientes instrucciones.

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Tras varios controles de seguridad finalmente va a llegar al puerto de Chennai. Allí lo esperara amarrado el MV Campbell Bay. Es un barco grande y moderno aunque el blanco de la pintura compite con bastantes manchas de óxido. También va a notar que de la chimenea sale demasiado humo y que este es demasiado negro, pero no se alarme es uno de los barcos más nuevos de los que realizan este recorrido. Sólo data de la década del ’70. Ya sabe como es India, aunque las cosas sean viejas y estén en un aparente mal estado, funcionan. A diferencia de los grandes cruceros que recorren la costa de mar Mediterráneo o de Brasil este no posee grandes lujos. No hay piscina, ni gimnasio, ni casino a bordo. Tampoco posibilidades de hacer shopping. Sólo hay un salón comedor, una sala de estar y una larga cubierta. Agradezca que hay más de un baño y agua fresca con la cual lavarse la cara todas las mañanas.

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En concordancia con la sociedad india el barco no se desentiende de las cuestiones clasistas y de castas. El barco, respetando la lógica de los trenes indios, está dividido en tres clases. La mayoría de los pasajeros viaja en Bunk Class. Es la clase más barata y la más populosa. Imagínese un gran salón con casi 400 camas y unas pocas paredes de madera que hacen de medianeras y líneas divisorias entre las literas. Bunk Class se ubica en las bodegas del barco y la circulación de aire sólo está dada por un viejo y desvencijado sistema de ventilación. La situación no es mala salvo por los baños. Si bien hay más de uno y están separados entre hombres y mujeres, estos son tierra de nadie. Ya sabe como son los indios, no comparten su mismo parámetro de limpieza. Cualquier agujero es una letrina o escupidera en potencia y de eso no se salvan ni los tachos de basura ni las piletas para lavarse las manos. No voy a entrar en detalles con el olor ni con las imágenes que aún me acompañan en mi memoria, usted solo podrá imaginarlo.

Dos pisos más arriba se encuentra Primera Clase. Camarotes de cuatro camas con un baño propio. Sábanas, cortinas, sillas, escritorios e incluso un armario. Comodidades que no existen en Bunk Class. Luego, Deluxe Class es muy parecida a Primera pero con la única diferencia de que aquí los camarotes son sólo para dos personas.

Y aquí tengo que decirle algo importante. Su boleto es el número 381 en Bunk Class. Los próximos cinco días dormirá en un gran salón junto a otros cuatrocientos indios. Pero eso no es lo peor, su litera está a sólo dos metros de la puerta de baños de hombres. Sí mi querido amigo, lo espera un gran ejercicio de paciencia y autocontrol. Le recomiendo llevarse algún perfume o desodorante e impregnar un pañuelo y tenerlo siempre a mano. Pero no todo es tan grave, usted cuenta con un pequeña armar a su favor a bordo del MV Campbell Bay ¿Aún no lo descubrió?

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Además de la zona de camarotes, el barco tiene otras áreas compartidas: un salón comedor y un área común. A decir verdad no son sólo dos. Hay dos salones comedor, uno para los pasajeros de Bunk Class y otro para los de Primera Clase y Deluxe. También hay dos áreas comunes o de descanso. La de primera clase además de incluir cómodos sillones también cuenta con un televisor en el cual se proyectan a diario dos éxitos de Bollywood (el Hollywood indio). No se sorprenda por el mobiliario, ya sabe la antigüedad del barco y de su inexistente decoración y terminaciones.

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Recuerde que tanto para el salón comedor de Bunk Class o de Primera Clase debe respetar ciertas reglas de etiqueta. Las mismas estarán indicadas en la puerta del salón. Tampoco está permitido escupir dentro del salón, si lo descubren deberá pagar una multa.

Y aquí está un arma a su favor, su mera condición de extranjero le va a permitir asistir al salón comedor de primera clase y a los baños limpios y prolijos del área común. Siéntase dichoso, su presencia le sirve como tarjeta de entrada a todas aquellas zonas circunscriptas a los indios adinerados.

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Hay, además, un tercer espacio y este si es compartido entre todas las clases y es dónde usted más tiempo va a pasar. Se trata de la cubierta. Allá suben quienes quieren fumarse un cigarrillo, tomar aire fresco o hacer un poco de sociales. En cubierta, los indios caminan a diario durante media hora para mantener su estado físico. Desde allá arriba podrá contemplar el azul y tranquilo Océano Índico y con un poco de suerte, encontrarse con algún grupo de delfines o de peces voladores nadando a la par del pesado barco. Desde ahí, también, podrá contemplar increíbles amaneceres y puestas de sol.

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Junto a usted en el barco sólo van a viajar ocho extranjeros más, en su mayoría europeos. El MV Campbell Bay no cuenta con entretenimientos a bordo ni tampoco con internet, como le decía anteriormente. Si está aburrido de mirar el mar, de leer o de escribir puede dedicarse a hacer sociales y a jugar a las cartas. Lamentará que en todo el barco nadie tenga un mazo de barajas españolas para poder jugar al truco. Si no quiere hablar con sus coetáneos extranjeros o con sus vecinos de primera clase que desconocen su condición de infiltrado basta con subir a cubierta y una decena de familias indias harán fila para sacarse una foto con usted. Las preguntas se van a repetir. Le van a preguntar por su país, si le agrada la India y por la clase en la que viaja. Muchos pondrán cara de decepción y desentendimiento cuándo les diga que viaja en Bunk Class. Algunos incluso le pedirán explicaciones por su alocada idea.

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Le recomiendo no encerrarse sólo a hablar con los demás extranjeros y dejarse contagiar por la curiosidad india. Aproveche los encuentros. Conocer más de adentro la cultura fue la razón por la que compró el pasaje en Class Bunk. Eso y los cincuentas dólares de diferencia entre una clase y otra. Si continua con nuestros consejos es probable que se encuentre en la cubierta del barco con militares de alto rango que van a la isla en una misión secreta y que son aficionados al patriotismo hinduista, con biólogos marinos que van a medir la presión del agua en la zona de corales y con familias que se van de vacaciones por primera vez. También hay grupos de jubilados y agentes de turismo que organizan los viajes de los grupos de jubilados.

El grupo de militares liderados por la versión india de Berugo Carámbula

El grupo de militares liderados por la versión india de Berugo Carámbula

Si llega a tener muchísima suerte es probable que a bordo del MC Campbell Bay esté la pequeña Laxjmi junto a sus padres, su tía y sus dos primas. Si por casualidad ella se acerca temerosa a pedirle una foto, no pierda la oportunidad y tómese también una con ella y sus primas. Si ella da por hecho que usted viaja en primera y le pide el favor de llevarla a conocer su camarote no la decepcione. Usted conoce el baño de Bunk Class y la pobre chica sólo quiere una foto del salón de primera clase. Mantenga la confusión (no es una mentira ya que ella nunca le preguntó nada, sólo supuso que viajaba en primera por el hecho de ser de piel blanca). Invítela a ella y a sus primas a ver la película del día, no sabe que contentas se van a poner. Se van a vestir para la ocasión, le van a invitar con galletitas y lo más interesante es que le va a contar parte de su vida. Déjese abrazar en las fotos y deje, si es mujer, que las niñas les pinte las manos con henna y le prueben un sari. Las va a poner muy contentas y van a agradecérselo por el resto del viaje en barco. Según ellas, usted va a ser su primer amiga extranjera. Lo que ellas no entienden es que usted quien más agradecido está.

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Imagine también que el barco representa una pequeña muestra de todos los aspectos de la sociedad india. En altamar la espiritualidad también va a tener su lugar. Por la mañana el barco se va a impregnar de aroma a sándalo, son los hinduistas que realizan sus bendiciones matutinas. A lo largo del día, también, va a ver a los musulmanes desplazándose para realizar sus rezos. Según la orientación del barco La Meca estará en una u otra dirección.

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Si no quiere perder cinco días de su precioso tiempo, si no quiere dejarse adoptar por algunas horas por alguna familia india, sino no quiere comer arroz todos los días infiltrado en el salón comer de primera clase, si no quiere comprobar cuanto tiempo es capaz dejar de respirar por la madrugada para al ir al baño que solo tiene a dos metros de distancia, le recomiendo que se tome el avión. Si quiere tener otra anécdota increíble para contarle a sus hijos o a sus nietos, suba a bordo del MV Campbell Bay. No muchas personas visitan las Islas de Andamán, y mucho menos lo hacen el barco. El trayecto puede llegar a ser tedioso pero le aseguro, y creame, que allá le espera el paraíso.

Un día cualquiera en India

India a veces es incómoda para el viajero. Y lo que supone ser un simple desplazamiento de 120 kilómetros puede convertirse en una odisea.

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Bien temprano dejamos atrás Pondicherry con la esperanza de conseguir algún lugar lindo y barato en Auroville Beach. Un pueblito costero que está sólo a diez kilómetros y recibe ese nombre por Auroville, aquella famosa comunidad formada por europeos en el sur de India con la idea de vivir en paz y armonía, sin plata y así lograr salirse del sistema de consumo masivo.

A las nueve de la mañana, luego de haber conseguido un alojamiento barato (pero no lindo) y de haber desayunado un masala dosa, me despedí de L. y subí al colectivo público rumbo a Chennai. En la misma parada subió una pareja (un nepalí con una francesa) con sus dos hijas. Daba la impresión de que venían de Auroville. No se a que iban a Chennai, pero yo iba a comprar pasajes de barco para ir a las Islas Andamán.

Las tres horas del viaje fueron tranquilas, salvo porque la hija más pequeña de esta pareja lloró casi todo el trayecto. Con el ruido habitual que puede haber en un micro indio, no me había dado cuenta hasta que la madre empezó como si estuviese poseída por un demonia a zamarrearla y gritarle “¿QUÉ TE PASA? ¿QUÉ CARAJO TE PASA?”

Estaba fuera de sí. Como si toda la paz y armonía que pudo haber cultivado en Auroville se le esfumó al subirse al primer colectivo. Hasta los indios se sorprendieron y decidieron parar el colectivo. Así la nena, pero un poco más la madre, pudieron calmarse.

Aproveché para preguntarle al vendedor de boletos (porque en toda India hay al menos dos personas que trabajan en un colectivo: el chofer y el vendedor de boletos) por la estación Broadway (léase brodwei). Se lo habré dicho cinco veces, no me entendió hasta que se lo mostré escrito. “Ahhh, bradwei, yo te aviso”, me respondió.

A la hora, me indicó donde bajarme. Parecía estar en Pampa y la vía. Me crucé con un indio joven caminando que tenía apariencia de saber inglés, y esta vez le pregunté con mi mejor acento indio por bradwei. Me miró extrañado. Le mostré el papel escrito. “Ahh brodwei”.

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Para esa altura era un misterio para mi como se pronunciaba aquel nombre, pero tenía que tomar otro colectivo que paraba a doscientos metros. El desafío de hacerme entender se repitió. Me habían dicho tomate el 6D, el 1A o el 1C. Cuando viene el 24F me hacen señas de que me suba. Parecía que ese también iba. Me senté en el fondo. Al lado de una señora con una bolsa. El colectivo estaba bastante vacío. En la primer parada, la parte trasera se llenó de mujeres que a los empujones me echaron para adelante. Tácitamente el micro tiene una línea imaginaria que divide los asientos de mujeres y los de hombres. En Kerala me acostumbré a subirme al fondo, que era el lugar de los hombres, lo había aprendido. En Tamil Nadu el fondo es de las mujeres.

La ciudad se me presentó enorme, con edificaciones por todo lados, mucho tráfico y un desorden generalizado propio de cualquier ciudad india. El sol del mediodía hacía que cualquier atascamiento convierta al colectivo en un horno. Sólo el movimiento y el aire de las inexistentes ventanillas proporcionaba una oportunidad para refrescarse.

Cuando me bajé, empecé a preguntar a los transeúntes por el lugar que buscaba. Tras recibir tres indicaciones distintas de tres personas distintas y caminar siguiendo un poco mi instinto encontré el lugar. Una oficina que se caía a pedazos donde me hicieron subir dos pisos por un ascensor que te hacía pensar en todas las ventajas físicas la escalera.

A las 13 cerraba la ventanilla. Llegué 13:05. El vendedor todavía estaba ahí, me acerqué rápidamente y le pedí dos boletos. “Tenés que volver a las 14:00”. Miré el reloj, lo volví a mirar a él y me fui.

Al salir habré agarrado el peor callejón de Chennai donde unos mendigos que eran puro hueso me miraron con sus ojos que me parecieron extremadamente grandes. Un grupo de leprosos me pidió unas rupias y me costó definir si un cuerpo tirado al costado y lleno de moscas respiraba aún o no. Unos nenes jugaban descalzos con los pies llenos de barro mientras la madre comía un puñado de arroz con la mano.

La sensación que uno tiene es que la pobreza en India se vive en otra forma. Cortázar alguna vez dijo…entendí que esa gente estaba realizada. No en el sentido vedántico, no en las alturas místicas; los pobres no saben nada de eso, son de una superstición y una ignorancia abominables. Pero están realizados en la medida justa de su ser, y eso es lo que nos falta a nosotros, para nuestra desgracia y nuestra grandeza a la vez. Quiero decir que esa gente está perfectamente calzada en su piel, abarcando el máximo de sus posibilidades de vida, y que eso lo ha alcanzado renunciando a toda ambición barata, a toda pérdida de tiempo.

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Me senté a comer en una cantina de mala muerte dónde tenían una foto de Ganesha, otra de Jesús y la tercera de una mezquita con la medialuna musulmana. Pedí 3 parathas y un omelette, todo por poco más de cincuenta centavos de dólar. Me tomé un chai y volví a la oficina por los boletos.

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Llegué 13:50. El tipo seguía en el mismo lugar. Yo era el único interesado en aquél gran y mal cuidado salón. Me senté adelante, justo en frente y me empecé a leer. Cuando las agujas ya marcaban las dos me llamó y me dio un formulario para completar. Aparecieron cuatro empleados más.

Le entregué el formulario a uno, este se lo dio a un segundo para que lo revise, un tercero abrochó unas fotocopias. Al cuarto le di la plata y el quinto controló el vuelto.

Así son las oficinas de atención pública en India, sea el correo, comprar boletos o en el hospital. Una maquinaria de funcionarios donde el trabajo que pude hacer uno se lo dividen entre cinco y pobre del osado que haga más de lo que le corresponde.

Contento, con mi pasaje en mano y con un licuado de melón en mi panza me tomé el autobús hacía la estación de colectivos. Fue el viaje más placentero del día, iba casi sólo y hasta me dormí en una parte del trayecto. Llegué a la terminal con muchas ganas de ir al baño, me puse en un mingitorio apartado del resto de los indios y me dispongo a hacer lo propio, pero un indio, de alrededor de cuarenta años se puso al lado. No paraba de mirarme la entrepierna. Me inhibió totalmente y mis ganas de orinar se cortaron de inmediato. Y así quedé yo, como un tonto, haciendo fuerzas para terminar el asunto de una vez.

Ya en el colectivo de vuelta le dijo al vendedor:

– Hasta Auroville Beach.
– Este colectivo no va para ahí.
– ¿Y para dónde va?
– Pondicherry

Significa que al llegar tenía que tomarme otro colectivo por diez kilómetros. Y yo ya quería volver. El viaje, más el calor del mediodía, más el caos de la gran ciudad me había dejado aturdido. Saqué mi libro electrónico y me puse a leer. Llama la atención ser una persona más blanquita en un colectivo público, pero llama mucho más la atención si esa persona tiene en la mano un aparato electrónico. Todas las miradas se posaron sobre mi. No pasé ni una página cuando ya me estaban preguntando que era. Siempre trato de explicarles:

– Esto sirve para poder leer libros.
– ¿Es un Iphone?
– No no, sólo para leer. No se puede hacer nada más.
– ¿Y cuál es la diferencia con el iphone?
– Lo otro es un teléfono. Se pueden hacer muchas cosas, llamar, mandar mensajes, internet, sacar fotos, etc. Este aparto sólo sirve para una cosa: leer.

Mis explicaciones no suelen ser muy buenas porque se quedan hablando entre ellos y luego me vuelven a preguntar si es un iphone. La penetración del capitalismo y su necesidad de hacer de cualquier persona un potencial consumidor llegaron a todos lados.

Un chico que está en el asiento adelante mío, vestido de oficinista, pero con sandalias, sacó su Iphone y se lo mostró al público. Se quedaron más tranquilos. Intenté retomar la lectura. Por momentos lo lograba, el tráfico que salía de la ciudad era tal que avanzábamos muy lento. El inconveniente era mi compañero de asiento. Cada tanto cruzaba su brazo y se agarraba de un caño de la no-ventana (donde estaba yo apoyado) interponiéndose, así, entre mis ojos y el libro.

Decidí dejar la lectura para otro momento y contemplar el sol rojo que se iba escondiendo en el horizonte, mientras mi compañero, el que cruzaba la mano me hacía las preguntas de rigor: ¿De dónde sos? ¿A dónde vas? ¿A qué te dedicás?

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Tras un largo traqueteo y con el cansancio acumulado llegamos a un peaje donde mi compañero insiste con que me tenía que bajar ahí. Es el camino más corto para ir a Auroville Beach. No se por qué, no suelo hacerlo, pero le hice caso. Y tenía razón. Era el camino más corto, pero no pasaban colectivos en esa dirección.

Estaba sólo, de noche, con sueño y ganas de una ducha, en una nueva ruta esperando un nuevo colectivo que me lleve a Pondicherry. Lo que pensé que iba a ser una tranquila vuelta no resultó serlo.

En el nuevo colectivo conocí a un hombre que muy pintoresco se peinaba en cada curva. Parecía apurado por llegar. Cuando le comenté mi destino me recomendó bajarme con él, porque el colectivo que iba para donde yo quería pasaba por ahí.

Otra vez, sin haber aprendido la lección anterior, le hice caso. Cuando empezó a preguntar yo empecé a dudar de sus certezas. Me dijo que el colectivo no pasaba por ahí, pero que vayamos juntos en autoriksha a la parada. El lo pagaba, que no me haga problema. Así hicimos. En el trayecto le pregunté dos o tres veces “a la parada de colectivo ¿no?” “sí, sí, sí” me respondía. El se bajó antes, pagó, se despidió y el conductor siguió su marcha. Me extrañó cuando empezó a meterse en el barrio que funciona como gueto para los turistas. Pero cuando estacionó en la puerta de un hotel enloquecí. “¿Y la parada de colectivos?”. No hablaba inglés. Maldiciendo al conductor, al hombre del colectivo, al que me cruzaba el brazo, a Shiva y Ganesha caminé diez cuadras hasta la parada. Esperé con mucha paciencia el último colectivo del día y tras pasarme una parada volví caminando al lugar que hace rato quería llegar.

Este es sólo un ejemplo de todo lo que a uno le puede pasar viajando por estos pagos. Lo bueno es que tenemos pasajes a las Islas Andamán.

Hoy los estímulos abundan, los celulares no paran de sonar y la propagandas no paran de decirnos que comprar. Entonces la mente no tiene paz y el silencio es una quimera. Los pensamientos son cortos, ya no se permiten ideas de más de ciento cuarenta caracteres. Nos vamos a las Islas Andaman a cortar con eso, a desconectarnos. Dicen que el silencio lo vuelve a uno loco. Lo que vuelve a uno loco es el ruido. Y en India, ruido es lo que sobra.

Mientras escribimos el libro (II) – Kodaikanal

-Yo lo que extraño es la comida. Una buena pizza de la calle Corrientes, aceitosa y con mucho queso acompañada de una cerveza bien fría. ¿Qué? ¿No probaron las pizzas en Buenos Aires? Tienen que volver. Por eso sólo tienen que volver.

– Sí, la comida y un buen vino. Pero yo lo que más extraño es esto. Hablar en español, entendernos, el calor latino. Afuera encontrás gente simpática pero son fríos. Siempre marcan una distancia.

-¡Lili, bajá la música que no se escucha nada! Yo aún no sé que extraño de Bogotá, acá estoy tranquilo pero sí, estoy de acuerdo, no es lo mismo.

-Yo, yo lo que más extraño de mis años en Chile es a la Negra Sosa.

Se hizo un silencio y todos nos quedamos mirando a James. Es indio, petiso y con bigotes, es de Chennai y habla un español perfecto. Era sacerdote, vivió casi quince años en Chile en la década de los ochenta. En los años del horror, en la época de los curas tercermundistas y de la opción por los pobres. Dejó los hábitos y hoy es profesor de filosofía en Kodaikanal.

Éramos pocos alrededor de la mesa, seis completos desconocidos pero con algo en común. Todos estábamos lejos de lo que llamamos casa u hogar. Extrañábamos y hablamos español.

Se abrió una nueva botella de cerveza y Lili trajo más papas fritas a la mesa. Me levanté para ayudarla a preparar lo que faltaba. Servimos los pochoclos, el maní y las aceitunas. Con complicidad en la cocina me dijo que no saben cuánto tiempo más van a estar en India. Yo por mi parte le pregunté por las servilletas y por los vasos que faltaban. Hace mucho que no estaba de invitada en una casa ajena ayudando a poner la mesa.

-Uy!, sí. Ídola Mercedes. Yo también la admiro mucho -Dijo el colombiano.

-La canción que me gusta es esa que dice… – James Intenta recordar mientras mueve los dedos buscando la letra en algún lugar de su memoria.

La letra no aparece y empezamos a arriesgar ¿Gracias a la vida? ¿Alfonsina y el mar? ¿Zamba para olvidar? Esa es mi favorita.

Hallazgo.

-Cambia todo cambia – Dijo el indio chileno.

Daniel se pone de pie y busca la computadora. Además el cargador y los parlantes. Youtube. Tipea: Mercedes Sosa Todo Cambia.

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

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Los seis extraños estábamos serios. Mirando la pantalla, y no por la pantalla en sí que sólo mostraba una imagen estática de La Negra sentada con un poncho y un micrófono sino por todo lo que esa computadora evocaba. Daniel abrió otra pestaña y buscó, también en Youtube, paisajes de Argentina. “Para ver algo mientras suena la canción”, aclaró.

Daniel es español y nos conocimos gracias a la magia del Couchsurfing. Le preguntamos si nos podía alojar durante un par de días en Kodaikanal, un pueblo de montaña en el sur de India. Dijo que sí y nos ayudó en la búsqueda de una casa para alquilar. Queríamos buscar algo para estar un mes quietos y escribiendo. La casa no apareció pero si una invitación a un encuentro de latinos en la casa de unos colombianos. Habíamos comprado cervezas y chocolates para llevar.

Cambia el más fino brillante
De mano en mano su brillo
Cambia el nido el pajarillo
Cambia el sentir un amante

Cambia el rumbo el caminante
Aunque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

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-Ese lugar es hermoso. Si vuelven a Argentina tiene que ir a esa parte. San Juan, La Rioja, Catamarca. – Dijo Lucas mientras la pantalla mostraba unas imágenes del Valle de la luna. Tiene que buscarse una peña, escuchar música en vivo, tomarse un buen vino.

Cambia todo cambia
Cambia todo cambia.

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La canción se acabó.

-Che, ponete otro tema.

-¿Cuál?

-Cualquiera de Mercedes Sosa está bien – dije.

-¿Y cómo conoceis esa música? Vosotros sois muy jóvenes. – Dijo el español.

-Por mis viejos – Lucas retoma la palabra- Viajamos mucho por Argentina. El mate y la música nunca faltaron.

Me tocaba responder a mi. Y los sentimientos me jugaron una mala pasada.

-Por mi papá. Tocá la guitarra muy bien. Más de una noche de verano, en el patio de mi abuela, se ponía a tocar y nos acostábamos tarde por escucharlo. Y con un nudo en la garganta me fui a buscar una cerveza a la heladera.

-Poné esta: “Zamba de mi esperanza”. – dijo Gustavo.

-Buscá la versión de Cafrune – agregó Lucas.

El clima había cambiado por completo. ¿De qué parte son? ¿A qué te dedicabas en Colombia? ¿Cuánto tiempo llevan viajando? ¿Te gusta India? Las preguntas de rutina iban quedando atrás. Ahora se tejía otro tramado. Mucho más fino y que tocaba hilos muchos más delicados: el estar lejos.

Las cervezas corrían, la música también. Cada canción habría un cajón más del armario de los recuerdos. Hablábamos de nuestras ciudades, nuestras familias, de todo lo que estaba a más de 15.000 kilómetros y del otro lado del océano. Hablamos del clima, de la diferencia horaria, de las costumbres. De Cristina y de Santos, de Rajoy y de Macri. De la iglesia y del Papá, al cuál Jaime llamaba “Jorge” cariñosamente. Estábamos en India pero ninguno de los seis estaba en el país de los hombres que usan turbante, se dejan crecer el bigote y las vacas caminan por las calles.

Gustavo se levanta y vuelve con una botella. “Me lo regalaron y aún no lo abrí”. La etiqueta amarilla era pintoresca. Se trataba de un whisky de Bután.

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En los mismos vasos de la cerveza que se había acabado sirvieron el whisky. Era muy fuerte. Según el indio chileno se parecía al Jack Daniels. Lucas dijo que tenia razón.

Música, recuerdos perdidos de nuestros días en Buenos Aires y un estar lejos que se hace cada vez más fuerte.

-¿Sabés que tema argentino me gusta a mi? Buscá “Duerme negrito” con la introducción de Atahualpa Yupanqui – Dijo el colombiano, amante de la música argentina.

Y ese fue el golpe bajo para los seis extraños que ya no éramos tan desconocimos. Teníamos bastantes cosas en común, quizá el sueño de una Patria Grande, un legado común, una historia parecida, una sangre sudaca que corré con orgullo. Una familia lejos, un estilo de vida parecido. Un dilema compartido.

Ya era tarde, en breve iba a amanecer. El whisky también se había acabado. Emprendimos el regreso. Nos despedimos con un abrazo. “Mi casa es su casa” nos dijo Gustavo.

Nos fuimos a acostar angustiados. El whiskey nos había dejado un mal sabor en la boca y en el corazón. La música y sus letras seguían dándome vueltas en la cabeza. La duda existencial por saber si irnos de viaje fue una buena idea me acorralaba. No podía parar de pensar en el egoísmo del estar lejos, en el malestar de los que nos extrañan, en el nuestro que extrañamos el doble, en el deseo de conocer el mundo.

-¿Por qué hicimos todo esto? Le pregunte a Lucas que ya se había quedado dormido.

-“Para salvarnos”. Me respondió con entresueños.

Ahora que lo pienso, creo que faltó un tema más: Nostalgias, el tango de Cadícamo. – Le dije.

Porque cada vez estoy más convencida de que viajamos generando nostalgias a nuestros pasos. Y ese, es un sentimiento mucho más común de lo que se cree. Esa noche sin lugar a dudas nos juntamos con un solo motivo: dejar atrás nuestras nostalgias.

Repitiendo el mal sabor del whiskey nos fuimos quedando dormidos. Supongo que los seis, esa noche, soñamos con nuestras mamás cantándonos “Duerme duerme negrito, que tu mama está en el campo, negrito”.

***

Madurai: Acostumbrarse a India

Sobre nuestros días en Madurai y la compleja pregunta sobre el momento exacto en que India, como una palabra que engloba todo un mundo, se volvió parte de nuestra cotidianidad.

Meenakshi Amman

– “¿En qué momentos nos acostumbramos a esto?” Dije mientras caminábamos por Madurai. No se si lo pensé o si lo dije en voz alta. La falta de respuesta me despertó la duda.

Llevábamos unos cuantos metros caminando hasta que reparé en mis pies y ahí fue cuando surgió la pregunta. Estaba descalza caminando por las calles de una de las ciudades más caóticas de India. Habíamos pasado casi toda la mañana dentro del templo.

Salimos aturdidos. La gente, el olor de las velas ardiendo, el aroma de las sahumerios y los inciensos, el calor, el apretuje humano. Estábamos agotados y ahora teníamos que seguir caminando descalzos.

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Las calles estaban sucias y el pavimento comenzaba a calentarse con la proximidad del mediodía. Faltarían doscientos metros más y si no fue porque algo me pinchó en la planta del pie, no me hubiese dado cuenta que iba descalza. Los pies estaban sucios, hinchados por el calor y con ampollas que le dejaron el lugar a pequeños callos y durezas. Pero eso ya no es novedad, en India aprendimos a andar descalzos. Así y todo, queríamos recuperar nuestros zapatos.

El Meenakshi Amman Temple es el corazón de Madurai. El corazón sagrado y, también, pagano y comercial. El templo se ganó la fama de ser uno de los más impresionantes en el sur de India y muchos lo comparan con el Taj Mahal. Supongo que todos los piropos serán a la arquitectura. Un templo de seis hectáreas, más de 30.000 estatuas y figuras talladas, y doce gopuram, pilares altísimos con todas las deidades hinduistas cinceladas de una antigüedad de casi 2.500 años. Está construido en honor a Meenakshi, diosa con ojos de pez y tres pechos. Ella es un avatar de la diosa Parvati, consorte de Shiva.

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El templo tiene cuatro puertas, una en cada punto cardinal y adentro es un laberinto de salas, salones y puestos de souvenirs. Nos perdimos. Entramos por una entrada y salimos por otra. Teníamos que caminar todo de nuevo en busca de nuestros zapatos.

Gandhi

El sábado a la mañana decidimos ir al museo de Gandhi. Su imagen ya nos es familiar, también su historia, sus mitos y sus detalles. Llegamos temprano. Faltaba media hora para que abra. El calor agobiante hizo que, también, cambie nuestro horario. Amanecemos temprano para tratar de aprovechar el fresco del alba. Para hacer tiempo nos sentamos bajo un árbol a esperar que dieran las diez.

Una familia india esperaba a la par nuestra. Eran tamiles. Su piel es mucho más oscura, sus rasgos mucho más marcados y tenían cierta dureza en sus movimientos. Me llamó la atención el color de nuestra piel. Tan clara y delicada. Casi inexistente. Miraba con detalle y podía observar algunas venas correr por mi antebrazo. Hacía tiempo que no me detenía a observar los diferentes colores. Como si a eso también me hubiera (nos hubiéramos) acostumbrado. Al menos visualmente, ya no me llama la atención saberme blanco entre tanta gente de color.

El museo abre sus puertas. Es chiquito. Las vitrinas están escritas a mano y muestran fotos y momentos de la vida de Gandhi. Las fotos ya las habíamos visto y su historia ya la conocíamos. Sorprendía ver algunos de sus objetos personales: anteojos, sandalias, ropa.

Salimos con gusto a poco. La calle estaba abarrotada de personas, vacas, rickshaws, mendigos y trabajadores callejeros. Caminábamos esquivando paños donde arreglan zapatos, banana aún verdes y perros famélicos. Las bocinas molestaban menos y ya no nos damos vuelta cada dos minutos para ver si corremos riesgo de que nos atropellen.

Volví a preguntar. Esta vez más fuerte y asegurándome de que la pregunta saliera, efectivamente, de mi boca. “¿En qué momentos nos acostumbramos a esto?” Tampoco obtuve respuesta.

El mercado

Gallinas aún vivas, vegetales de los conocidos y de los no conocidos, panes de jabón para lavar la ropa y puestitos de chai y comida callejera. La comida es casi siempre frita y prefiero cuidar un poco la salud. Sólo un chai para mi. En el puesto de al lado vendían flores. Muchos compran como ofrenda para llevar al templo y muchas mujeres compran para ponérselas atadas en el pelo.

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Pasó una familia caminando. Venían del templo. Todos los miembros de la familia tenían la frente marcada. Un punto rojo, una línea blanca y otra línea roja por debajo. La mayoría de la población anda con la frente marcada. Señal de protección y bendición de los dioses. La familia nos miró y movió la cabeza en con ese rápido infinito apaisado que uno no sabe si es un sí, un no, hola o un quizá. Repetimos el movimiento y sonríen. Señal de que dentro de todo nos salió bien.

Iba a volver a preguntarlo pero a lo lejos vi venir una procesión. Todos vestidos de verde, con platos con frutas para ofrendar. Caminan en dirección el templo y los seguí con la mirada.

El barrio

Nos alojábamos en las afueras de la ciudad. Es un barrio sencillo, de casas bajas y gente trabajadora. Ya teníamos nuestra rutina. El señor al que le comprábamos el agua, la señora que vendía bananas coloradas, el boliche que vendía masala dossa por la mañana y porottas por la noches. La nena que estaba siempre en la vereda y cada vez que pasábamos nos gritaba “heeelooooo” y se metía corriendo en la casa.

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Decidimos salir a sacar fotos un rato antes de que el sol se ponga. Ya todos nos conocían y nos saludaban. Aunque para mi sea normal el color de nuestra (su) piel y nuestra (su) ropa a ellos les debe seguir llamando la atención. La nena repitió el largo saludo pero esa vez no pudo echarse a correr. Tenía un carnerito de tres días en el regazo. Le daba leche con una madera. Nos paramos a saludar y le preguntamos su nombre. Su tía, su mamá, su hermano, su abuelo, su otro tío, todos salieron a saludarnos. Nos ofrecieron sillas y una irresistible proposición de tomar un chai. Ahí, con ellos, en la vereda entre la cabra recién nacida y todas las demás. Aceptamos el chai y rechazamos la sillas. Podemos sentarnos en el suelo como ellos.

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Seguimos caminando, una banda de cinco nenes caminaban con nosotros. Un viejo nos hizo señas y nos pidió que le saquemos fotos a su jardín. Eran puras malezas pero el estaba orgullo de sus metros de tierra propia. Antes de posar se acomoda bien su longhi (pollera blanca y atada que usan los hombres).

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Cenamos en el restaurant de un musulmán que vivió un tiempo en Malasia. Le llevamos un ringgit de regalo y comimos el arroz con las manos.

La pregunta volvió a mi cabeza, en realidad no es que volvió, siempre estuvo ahí, desde el día en que llegamos a Madurai. Elegí no pronunciarla ¿Para qué? Nunca obtuve respuesta. Seguí comiendo.

No sé. No sé en que momentos nos acostumbramos a todo esto pero me parece que es de los más normal” me dijo L.

Rameswaram y sus leyendas

Podría decirse que uno se obsesiona con los extremos y con los accidentes geográficos. Suelen ser lugares que prometen escenarios únicos y atardeceres alucinantes. La vez anterior fue Kanyakumari, el extremo sur de India. Luego, Rameswaram un istmo ubicado en el sureste del país. A sólo unos treinta kilómetros de Sri Lanka, también conocida como la lagrima de la India.

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La leyenda:

En la época en que el mundo comenzaba a ser mundo, en la época en que dioses y demonios peleaban sobre la faz de la tierra, en la época en que los cielos eran muy azules y las estrellas muy brillantes, en esa época que nadie sabe muy bien cuándo fue, ocurrió esta extraordinaria historia contada en el Ramanayana.

Rama, el rey y el Dios, fue un avatar (reencarnación) de Vishnu, el Dios de la conservación. Su bella y joven consorte era Sita. Ambos se amaban y podían hacer el amor durante eternos días y noches. Pero, como siempre ocurre, no todos estaban felices con su amor, con su poder y con la herencia.

Es así que Rávana, un malvado demonio de diez cabezas secuestra a Sita y se la lleva consigo a la isla de Lanka, al sur de India. Rama desesperado manda cientos de ejércitos a buscarla pero ninguno puede dar con su bella amada.

Hanuman, el Dios mono y siervo de Rama, se compromete a ayudarlo. Como recompensa a su heroica y leal ayuda lo promovió de sirviente a Dios. Hanuman, que puede volar, descubre que Sita esta en la isla de Lanka. Para llegar a ella necesitan construir un puente que conecte ambas costas. Entonces comienza a recolectar piedras de todo India y las va llevando a Rameswaram, el punto más cerca a la isla. Las piedras son muchas y pesadas. Dicen que algunas se cayeron en el camino y conformaron montañas y paisajes fotogénicos como los de Hampi.

A medida que las piedras se van apilando en Rameswaran el puente comienza a construirse y Sita comienza a estar cada vez más cerca de su amado Rama. Un detalle: gracias a una bendición de Rama las piedras pueden flotar sobre el mar construyendo un puente de piedras flotantes.

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Una vez alcanzada la costa de la isla de Lanka los ejércitos de Rama logran cruzan y el malvado Rávana es asesinado. Rama y Sita se reencuentran y vuelven a hacer el amor durante eternos días y noches.

Dicen que con los años el puente se fue hundiendo pero que se puede ver desde arriba. Durante muchos años el puente fue conocido como Puente de Rama pero luego comenzó a llamarse Puente de Adán. Quizá el cambio de nombre tuvo que ver con los intentos de los católicos de colonizar la zona. Algo parecido pasó con el Pico de Adán en Sri Lanka.

La ciudad:

Llegamos a Rameswaran por la madruga. Aun era de noche y no nos dimos cuenta del largo puente que tuvimos que cruzar para llegar. La isla no es muy grande y la ciudad tampoco. Pero no por eso merece el atributo de tranquila.

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Rameswaran es uno de los Char Dham, moradas de los dioses. Los Char Dhram son los cuatros puntos de peregrinación que todo hinduista debe conocer en su vida. Cada uno se correspondo con un punto cardinal. Rameswaran es el punto sur.

La ciudad vive de y por el turismo espiritual. Los hoteles y restaurantes compiten con la cantidad de templos, ashrams y supuestos gurús. Las calles están repletas de vacas y de personas que venden pasto para que los feligreses alimenten a las vacas y reciban un guiño a Dios. Sí, India también es el país de las profesiones y ocupaciones inventadas.

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La ciudad se organiza en forma circular alrededor del Ramanathaswamy, el templo principal. Lo bueno es que en las calles adyacentes al templo los vehículos están prohibidos y la contaminación sonora disminuye. En las cercanías del templo, la mayoría de los peregrinos andan descalzos y mojados.

El templo es enorme y no se puede entrar ni con celulares ni con cámaras. Adentro es muy fácil perderse. Es un laberinto de largos pasillos y columnas con dioses tallados. Dentro de cada salón hay filas para recibir la bendición de un brahmán y un caramelo que simboliza un modo de incorporar a dios.

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El suelo acá también esta mojado. Se debe a la cantidad de pelegrinos que vienen para tomar baños sagrados. Muchos comparan a esta ciudad con Varanasi y dicen que quién se baña acá purifica su alma y se acerca cada vez al más moshka, la liberación del alma y del ciclo de las reencarnaciones.

Lo cierto es que no podemos recorrer todo el templo. Hay un gran salón dónde el ingreso esta limitado sólo a hinduistas. Ahí adentro se encuentra una de las yiotir linga más veneradas en el país. Se trata de estructuras de piedra con forma fálica que sirven para rendir homenaje a Shiva, Dios de la destrucción.

La ciudad no ofrece mucho, o al menos, mucho que podamos entender. Luego, al final de la calle esta el mar. Un mar azul sin playa dónde decenas de indios se bañan y decenas de brahmanes venden sus servicios para purificar a los creyentes. La playa está sucia, flores, velas, ropa. Restos de ofrendas. Figurita repetida en las playas indias.

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Nuestra leyenda:

La última tarde decidimos ir en busca del famoso puente de piedras flotantes. Dejamos la ciudad en un colectivo publico abarrotado de indios. Si uno mira el mapa puede notar como el istmo se mete en el mar. La extensión total es de unos dieciocho kilómetros y sólo diez están asfaltados. Nos bajamos cuándo el camino se acabó y comenzamos a caminar. La mayoría de los indios se subieron a otro colectivo que oficiaba de todo terreno e iba avanzando por la arena y por el agua.

Éramos los únicos que caminábamos. Mejor. En India el silencio vale y se aprecia mucho más. No teníamos muy en claro que buscar ni que íbamos ver. Queríamos caminar hasta dónde el istmo se acabe. Queríamos ver a Sri Lanka en la otra orilla, a sólo treinta kilómetros.

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En el camino cruzamos pueblos fantasmas que fueron abandonados con los últimos ciclones, vías de trenes que ya no pasan, y chabolas sostenidas con hojas de palmeras secas que hacen de hogar para los pescadores y para su familias.

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Caminamos y caminamos. Una hora, dos horas, tres. El mar acompaña a ambos lados. De un lado se oye el oleaje fuerte del mar abierto, del otro las pequeñas olas de la bahía. Intentábamos respirar al ritmo de cada uno de los dos oleajes y ver con cual nos sentíamos más cómodos.

Finalmente el agua deja de estar de costado y comienza a estar, también, en el frente. Corrimos. Habíamos llegado. Ya no estaba Sita esperando del otro lado, tampoco había rastros de reyes ni dioses. Sólo nosotros dos y un mar azul que se extendía a nuestro alrededor. Los extremos y los accidentes geográficos nos gustan. Nos ponen en perspectiva, y nos hacen sentir tan chiquitos y tan grandes como podemos ser. Habíamos conquistado otro fin de India. Y esta vez lo teníamos para nosotros solos.

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Kanyakumari y el fin de India

Estoy escribiendo esto en el Cabo, frente al mar, donde se reúnen tres aguas y proporcionan una vista sin igual en el mundo. Por esto no es un puerto para los buques. Al igual que la diosa, las aguas que rodean son puras.

Gandhi

Cada uno es responsable de lo que le sucede y tiene el poder de decidir lo que quiere ser. Lo que eres hoy es el resultado de tus decisiones y elecciones en el pasado. Lo que seas mañana será consecuencia de tus actos de hoy.

Vivekananda

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Llegamos al fin de India. El punto más austral. Si India tiene forma de triángulo escaleno, nosotros estamos en el vértice sur. Ese lugar donde se juntan tres mares: el Arábigo, el de Bengala y el Índico. Estamos de pie en los acantilados, mirando al sur, el horizonte y sabiendo que no hay nada más. Algún aficionado de los documentales de History Channel dirá que ahí, debajo del mar, está Lemuria. Lo cierto es que no se ve nada más allá, sólo algún barco pesquero y algún otro con pasajeros que los llevan a las pequeñas islas que están en frente. Una es una estatua de Thiruvalluvar, un poeta de Tamil Nadu (el estado dónde nos encontramos ahora) y la otra es un memorial a Vivekananda, aquél famoso gurú que fue discipulo de Ramakrishna y que llevó la filosofía vedanta a occidente por primera vez. Él meditó tres días en aquella roca y la leyenda cuenta que cruzó nadando, luchando contra tiburones hambrientos. El mismo Gandhi también vino acá a meditar y admirarse de la belleza del cabo.

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Un lugar romántico, ideal para escuchar romper las olas, para ver la salida y la puesta del sol desde el mismo punto. Sólo hay que rotar el propio cuerpo en dirección este u oeste, según corresponda. Nuestra estadía coincidía con la luna llena. Estaba todo orquestado para que salga perfecto. Pero (siempre hay un pero) hubo un pequeño gran detalle que nos hizo cambiar completamente la percepción del lugar.

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Si todo lo anteriormente descripto es arrojado en una ciudad india que recibe mucho turismo local, el resultado es una playa llena de mugre, mierda y meo (el orden de los factores no altera el producto), donde el mar juega con las bolsas de plástico y con retazos de ropa o de ofrendas. Las calles son callejones pequeños donde el ruido de los bocinazos de cualquier vehículo aturde exigiendo prioridad. Los empujones son moneda corriente a la hora de hacer cualquier fila, sea para comprar pasajes de tren o para subirse al barco. No se de donde salió el nombre de fila india, seguro que de acá no. Y los vendedores están todo el tiempo persiguiéndote para ofrecerte todo aquello que no necesitás.

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Seguramente cuando Vivekananda y Gandhi vinieron para acá buscando meditar en uno de los lugares que podría ser de los más pintorescos del mundo, no tenían un vendedor de alfombras que les gritaba desde la otra punta.

India es un país totalmente distinto respecto a lo que estamos acostumbrado, y dentro de esas grandes diferencias está también la forma en la que hacen turismo local.

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Esta ciudad, recibe miles de turistas a diario, pero que vienen sólo con un fin religioso. Acá se encuentra un templo dedicado a la diosa Kumari. Tours organizados trasladan a señoras con saris y tipos con bigotes. Los pasean de acá para allá, y a la hora de dormir, esto es lo más curioso, los amontonan en distintos cuartos. Pero cuando decimos los amontonan, es que en una habitación para dos duermen cinco ¿Cómo? Es difícil de explicar, pero hay una habilidad que es propia del habitar un país superpoblado: encontrar lugar dónde no lo hay. Se aprietan, se acuestan en el piso o uno al lado de otro en los colchones. Al día siguiente se suben al micro, también amontonados, y van en búsqueda de otra ciudad sagrada. Para rezar, bañarse y dejar sus ofrendas mugre en el mar.

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Y mientras los indios viene y se van, algunos en el mismo día y otros a la mañana siguiente, nosotros seguimos ahí. Mirando el sur, el horizonte después del cual ya no hay nada. Buscando la ola perfecta en la que coinciden los tres mares. Pensando en las historia que vienen de Bengala, en los amores pendientes que llegan desde Arabia, intentando pescar algo entre el murmullo del oleaje. Y cuándo creíamos que una ola nos traía un cuento de Madagascar, alguien nos toca el brazo:

Cheaper sunglasses, Sir. Original Ray-ban Madam. Good Price, Good quality” Y lo miramos al indio, miramos el mar, se perdió el barullo que escuchábamos. Pegamos la vuelta. Suficiente India por hoy.

Kanyakumari tiene todo el potencial para ser uno de los lugares más increíbles de India (y del mundo), pero está desaprovechado. O al menos, no aprovechado como nosotros lo imaginamos. Kanyakumari es el fin de India en términos geográficos, pero para nosotros, lejos de eso, fue una simple parada en el camino.

Varkala y su mundo

Pusimos el despertador a las 6 am. Un horario muy poco frecuente en nosotros pero queríamos levantarnos temprano. Nos correspondían las dos horas de playa que perdimos ayer. Cargamos el termo con agua caliente, compramos dos panes, uno con canela y el otro con chocolate, y buscamos en el fondo de la mochila la bolsita que tenia lo último que nos quedaba de yerba.

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Llegamos a Varkala ayer, cuándo ya había caído la tarde. Nuestros planes de ir a la playa ni bien llegáramos se fueron desarmando uno a uno cuándo en la estación de Ernakulam avisaron que nuestro tren tenía demoras. Al principio dijeron treinta minutos, luego una hora, luego dos. El tren terminó llegando cinco horas más tarde. Pero en India eso no es problema. La mayoría de los viajes se componen de tiempos muertos y perdidos. India no es la excepción. El tiempo transcurre a otro ritmo. No importa que el tren se demore cinco horas, que el tráfico se atasque porque una vaca no cruza la calle o que un autobús no salga porque al chofer le dieron ganas de tomarse otro chai. Acá el tiempo es un bien material del cual, también, hay que aprender a renunciar.

El tiempo no nos poseé ni nosotros a él, pero que lindo hubiese sido si podíamos meter los pies en el mar ayer a la tarde como habíamos planeado. Mirando el agua desde el vagón y con los últimos rayos del sol llegamos a la ciudad. Ningún autorickshaw (moto-taxi) quería poner el taxímetro para llevarnos y nos pedían un precio desorbitante para hacer cinco kilómetros. Eso podía significar una sola cosa: habíamos llegados a un lugar híper-turístico.

Efectivamente Varkala es uno de los guetos mochileros más populares en India. La ciudad no es muy grande y toda la costa está ocupada por hoteles, guest-house, restaurantes, locales de ropa, de masajes y de alfombras. Acá es mucho más fácil conseguir una pizza que un chai.

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En Varkala hay muchos turistas new age: grupos de occidentales que vienen a la India en busca de una iluminación espiritual. Los hay de todo tipo. El que paga el curso de yoga pero no va porque se queda dormido como el fanático que cada vez que puede va con su colchoneta a realizar sus asanas. Están los que se pasan varías horas hablando de sus éxitos espirituales y están los que se pasan varias horas practicando. Pero hay algo que me resulta raro. Se creó una especie de carrera por alcanzar la espiritualidad, como si fuese un bien más de mercado. Cómo algunos corren detrás del celular y del auto, algunos otros corren detrás de los cursos de yoga y meditación. El que se ilumina primero, gana. Se olvidan del mundo circundante y se meten en ellos mismos, y así van por la vida. Quizá esa es mi mayor crítica. Andan por India sin ver a su alrededor, andan por el mundo sin saber que se está cayendo a bajo. No importa, ellos respiran, exhalan y buscan su nirvana. Yo en cambio soy más visceral. No puedo sentarme a meditar cuándo tengo tres nenes mirándome y pidiéndome plata para comer. Tampoco puedo encerrarme en un ashram cuando el mundo transcurre afuera y necesita de mi cambio y compromiso. El aquí y ahora no debe desconocer el contexto que habitamos. Pienso el proceso al revés, mi interior es un punto de llegada y para llegar tengo que conectarme antes con el suelo que habito. Sino, voy a ir por la vida buscando quien sabe qué.

Lo peor es que intento encontrar el error en mi modo de pensarme y buscó acercarme a ellos. Les sonrío y les pregunto donde toman clases de yoga, (quizá puedo animarme a probar algunas clases) ¿Y qué me dicen? Que no me entienden, con toda su parsimonia y su tono de voz new age. Repito más lento: Where you take yoga classes?. Y-O-G-A. Su respuesta: “Ah, i-oga? La i griega rioplatense es algo que tengo que practicar.

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Nos pasamos toda la mañana viendo como la playa se llena poco a poco y mirándolos a ellos hacer sus rutinas de saludo al sol. Luego, van todos a desayunar al restaurant que la guía Lonely Planet recomendó el año pasado. Los miro y suspiro. Están buscando algo y, al menos, no les hacen mal a nadie. Y ya no nos queda más yerba. Pensamos en ponerla a secar al sol pero creo que con el chai vamos a estar bien, lastima acá que no se consigue.

Así es la rutina de Varkala. Los yoguis caminan con sus colchonetas, los rusos se ponen rojos de tanto sol y los empleados de los locales comienzan a baldear el piso a las 7 am. La mayoría son nepalíes que vienen a hacer temporadas de trabajo. Los sueldos son bajísimos y la ganancia está en las propinas. Pero los viajeros new age no dejan propinas, el dinero siembra la impureza del alma. Bueno, nosotros tampoco dejamos muchas propinas. Me preguntó que sentirá un nepalí al ver el mar todos los días, supongo que debe ser lo mismo que sentirá un boliviano. Con la única diferencia que estos últimos alguna vez lo tuvieron y luego se los arrebataron.

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El mar. Eso fue único que nos trajo hasta acá y lo que nos hizo madrugar. Cuándo uno comienza a viajar y tiene que cambiar de cama cada dos o tres días empieza a buscar objetos que le den a uno cierta idea de cotidianeidad. A mi me pasa con el mar. Cada vez que lo veo siento que de algún modo estoy dónde quiero estar, aunque sea un hogar interno. Cada mar me hace pensar en todos los mares que vi antes. El mar de Tailandia, el de China, el mar Báltico, el mar Adriático, el mar Argentino. Algunos más verdes, otros más fríos, con más o menos olas y otros más sucios. El mar siempre es el mar, más allá de la simpleza de la afirmación. El ruido de las olas cuando rompen, el viento cuándo pega en la cara, los pies que se hunden en la arena. Son pequeños hábitos que se repiten de playa a playa y que me permiten, por momentos, sentirme un poco más en casa. Sentir que algo de mi entorno es mío, es conocido, me pertenece aunque sólo sea por unos días.

Queda agua para un mate más. Lucas quiere meterse al agua y tomárselo cuándo sale. Son los pequeños placeres que nos damos. Luego, empezamos a caminar. A dos kilómetros de la playa new age empieza la playa india. La basura es lo primero que nos llama la atención. Ropa mojada, envoltorios de helado, botellas de plásticos, portarretratos de amores muertos y muchas flores. Los indios vienen a Varkala sólo para visitar un templo y hacer las respectivas ofrendas en el mar. Se meten al agua con sari, jean y camisa, andan por la arena con zapatos de cueros y los guardavidas no dejan que se metan muy hondo. Los indios en el agua son unos aparatos, inocentes y divertidos.

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Seguimos caminando y cada vez hay menos gente. Los indios, los hippies, los oportunistas, los que alquilan las sombrillas, los místicos, todos quedaron allá atrás. Desde acá los acantilados se ven más rojos y la arena parece más dorada. Desde acá los locales de comida parecen puntos de colores y el parapente que sobrevuela la playa parece un gran pájaro. Nos sentamos a descansar. Viajar por India agota los sentidos, la paciencia y la mente.

Con una mirada cómplice elegimos que este va a ser el lugar. Y lo hacemos cuándo el sol comienza a caer sobre el mar. Lucas empieza a preparar el último mate con lo último que nos queda de yerba.

Mientras escribimos el libro (I) – Mulanthuruthy

Cuando vino Gokul estaba concentrado escribiendo sobre el conflicto de Cachemira, su geografía y su gente. Recopilando nuestros viejos escritos, recordando nuestra experiencia, revisando nuestras fotos y leyendo a otros autores. Cómo dice el gran Kapuscinski “Viajar descubriendo, la lectura y la reflexión conforman, todo unido, mis textos. Estas tres profundas raíces de mi escritura son las que persigo simultáneamente. Aparte de eso, me ayudan dos elementos: la poesía y la fotografía.”

Gokul es un chico de unos veinte años, de risa fácil, que trabaja en el lugar dónde nos alojábamos. Siempre viene con una sonrisa y con una oferta irresistible de chai. Aunque esta vez, la oferta del té fue distinta. Al ser nuestro último día en Mulanthuruthy quería que lo vayamos a tomar a su casa. Así nos podía mostrar su cuarto, sus objetos más preciados y sus mascotas. Descubrimos que en India tienen un particular interés y orgullo en mostrarte el lugar donde viven. Este deseo de exhibir su mundo es mucho más fuerte en zonas dónde no suelen frecuentar personas de otras nacionalidades.

Mulanthuruthy es un pequeño pueblo no muy lejos de Ernakulam, en el estado de Kerala. Nosotros, a su vez, estamos en Karicode, a cuatro kilómetros de Mulanthuruthy, rodeados de cocoteros, vacas y plantaciones de arroz. Es un oasis en medio del vértigo de las ciudades indias. Llegamos acá buscando un lugar tranquilo para escribir. Lo encontramos.

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Con tanta suerte que además participamos de un festival llamado Makar Sankranti: tres días de encuentros y festejos en el templo. La gente nos dio distintas versiones sobre el motivo, por lo que logramos entender es que el sol llegó a su punto más austral, al trópico de capricornio y empieza a moverse hacia el norte, hacía el trópico de cáncer. Dicen que marca el comienzo de la época de cosecha.

En los días de festejo nos transformamos en el centro de atención. Todas las miradas puestas sobre nosotros. Nos pedían fotos y las preguntas de rigor se repetían: “Wich country?”, “Your Name?”, “Profession?”.

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La miradas y las risas cómplices aumentaron cuando tuve que entrar al templo con el torso desnudo, o cuando nos veían comer con la mano, algo en lo que nos falta práctica. Más allá de la curiosidad de algunos, que por momentos se tornaba intensa, disfrutamos de la música, la comida y de ver el esfuerzo de la comunidad por sacar el festival adelante. Lo armaron entre todos. Cada uno poniendo lo que podía. Algunos rupias, otros ofrecían el chai, otros cocinaban.

Una de las mascotas del barrio

Una de las mascotas del barrio

Volviendo a la invitación de Gokul, entrar a una casa ajena nos produce una doble sensación: por un lado teniamos la oportunidad de conocer como realmente viven. Por otro lado, es una situación incómoda. Siempre tenemos la sensación de que vamos con las manos casi vacías y que son ellos los que nos ofrecen toda su hospitalidad. Es una relación despareja. Esta vez no fue la excepción. Lo primero que hizo Gokul fue lamentarse de no poder ofrecernos nada más que un té con galletas. Como si fuese su obligación.

Vive con sus padres. Shiva, el padre, es sordomudo y de corta estatura. Al igual que su hijo, siempre tiene un sonrisa grande que muestra toda la dentadura. La madre fue la que nos sirvió el té y para no desentonar, sonreía también.

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La casa tiene dos cuartos y la cocina a leña, afuera. El primero de los cuartos, el de los padres, es tan grande como la cama. El colchón es casi tan grueso como las sábanas. Las paredes están llenas de dioses y actores de Bollywood. El cuarto de Gokul es el cuarto de un adolescente. Con la ropa desparramada, la guitarra en el ropero y botellas de licores vacías. El no toma, sino que se guarda las botellas que dejan los huéspedes.

Creo que nosotros en nuestras roñosas y destartaladas mochilas cargamos más cosas. En situaciones como estas nos damos cuenta que la simpleza y el minimalismo que intentamos aplicar se quedan cortos.

Antes de irnos nos pidieron que toquemos a la vaca. Para traerle suerte y que este año de un poco más de leche.

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Estamos escribiendo sobre India y es una tarea titánica. Porque India es la sencillez y la hospitalidad. Es los dioses y los festivales. Es las guerras y las zonas ocupadas. Es los timos y regateos. Es la mugre y la mierda. Es veintiún idiomas y cientos de dialectos. Es distintas religiones. Es infinitos sabores y olores. Estoy empezando a pensar que India no existe. Que es todo un invento nuestro.

¿Por qué India?

* Aclaración: Si bien este post intenta reflejar nuestras sensaciones y experiencias personales en India. Los motivos acerca de por qué uno decide conocer este destino se pueden hacer extensivo a todos los viajeros que han visitado, o tienen intenciones de visitar, el país. Aclarada la doble lectura del texto, seguimos adelante:

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Desde que decidimos viajar a India sin fecha de regreso esta pregunta dio vueltas en nuestra cabeza. No teníamos en claro porque queríamos ir a ese país, no sabíamos mucho, ni teníamos contacto alguno con su cultura. Tampoco sabemos por qué nos gustó ni por qué terminamos pasando más tiempo de lo que teníamos previsto.

Cuando dejamos India, allá en marzo del 2014, lo hicimos con la promesa de volver. Incluso, desembarcamos en Buenos Aires sabiendo que efectivamente íbamos a volver.

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Dos años después, nuestra promesa se cumplió. Volvimos a India por cuarta vez. En total, contando salidas y entradas, visas que se vencían y pasajes que no podíamos cambiar, pasamos ocho meses en este país. Y ahora venimos por otro tanto.

Y por más que lo intentemos tampoco logramos darle una respuesta a la pregunta de por qué volvimos ¿Por qué India?

¿Qué nos atrae de ese modo de vivir y de pensar? ¿Qué es lo que nos llama la atención de esa cultura? ¿Qué buscamos cuándo decidimos conocer realidades tan distintas?

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India genera misterio. Su mismo nombre abre un sin fin de interrogantes y suena muy prometedor. Un nombre tan ajeno como conocido. Porque lo cierto es que todos tenemos cierta idea y preconceptos sobre el profundo y complejo país. Las vacas en la calle, la basura, el namasté, la pobreza, el esplendor de los palacios, los camellos, las castas, la sociedad patriarcal, la cultura milenaria, los sadhus, la trascendencia. Esto es lo más sorprendente de India: lo absoluto.

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Por supuesto que entre quienes deciden visitar India no se presentan los mismos motivos. Algunos viajan sólo por la foto en el Taj Mahal (en incluso se llevan vestimenta especial para la ocasión). Otros viajan para tomar cursos de medicina ayurvedica o instructorados de yoga. Otros por la curiosidades y por lo exótico. Otros por negocios, a mayor o menos escala la ropa india se vende en cualquier parte del mundo. Otros sueñan con los mercados y los bazares de especias. Otros por la comida. Otros por los económicos y efectivos tratamientos dentales. Otros en búsqueda de la iluminación. Nos sorprendió muchísimo la cantidad de occidentales que renuncian a su vida capitalista para iniciarse en los caminos espirituales. En ese aspecto, India está idealizada. Si bien la espiritualidad se vive en la calle, lo cierto es que la sociedad está creciendo para el otro lado. Los occidentales renuncian al Iphone para acercarse a Dios, los indios renuncian a Dios para acercarse al Iphone. Otros aún nos seguimos preguntando el por qué. Y así vamos y volvemos.

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Los motivos de un viaje a India son múltiples e India parece satisfacerlos todos. Lo único común es el resultado: no deja a nadie indiferente. Podríamos detenernos un buen rato hablando de las expectativas, y la autenticidad que supone viajar a India, pero eso ya lo hicimos en otro lado.

Si tuviésemos que esbozar una respuesta de por qué India podría basarte en nuestros temores. No hay nada más peligroso que la comodidad y, últimamente, estamos muy cómodos viajando.

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Más aún, volvemos a India para seguir adentranos en su mundo y comprender, en la medida que nuestras mentes racionales lo permitan, un poco más su entramado social. Pero también volvemos porque extrañamos. No tanto a India sino a quienes somos nosotros cuando estamos en India

Extrañamos la vida simple del chai (bebida típica a base de té con leche que se sirve en la calle) a media tarde con un paquete de galletitas Parle. Extrañamos el Thali, las calles sin veredas y con cabras, sacarnos las sandalias antes de entrar a cada templo, hogar o negocio, el comer huevos a escondidas en algunos lugares porque está prohibido, lavarnos los pies todas las noches por la cantidad de tierra que juntaron a lo largo del día, buscar lugares que sirvan un desayuno no tan picante, los timos, el regateo, la sonrisas de los niños y la mirada penetrante de los viejos. Extrañamos la escalinatas del río Ganges y la gente que ahí espera la muerte, porque India debe ser el único lugar del mundo dónde la muerte se espera pacíficamente. Extrañamos no entender absolutamente nada de lo que pasa a nuestro alrededor. Extrañamos la humildad, la pasión y la fe.

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El karma. La paradoja constante. El sin sentido, lo absurdo, lo inadmisible. Extrañamos los dualismos: la pobreza extrema y el desarrollo capitalista, la renuncia de los sabios y el aferramiento de los aprendices. India nos hace ir a dormir llorando y levantarnos amando estar vivos. Esas cosas ocurren, por más que suenen imposibles. Extrañábamos la humanidad, por eso volvimos.

Extrañábamos ser y no ser nosotros mismos, porque en India la identidad desaparece. Acá no existen Lucas y Ludmila, no existe la psicología ni SAP, ni nada que conozcamos. Volvemos porque queremos escribir un libro, y esta vez parece que va en serio.

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India – Holi: Nuestra experiencia (II)

Anteriormente, les contamos sobre el mito, las leyendas, y los porqué de la colorida celebración de Holi en India. También hablamos de los rituales y los distintos momentos de Holi. Si aún no lo hiciste, podes leer la primer parte acá: Holi: El festival de color

Pero, como les prometimos, hoy queremos compartirles nuestra experiencia: cómo lo vivimos nosotros.

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Nuestra experiencia:

Decidimos pasa Holi en la ciudad de Jaisalmer, en Rajasthan. Un poco porque la luna llena nos encontró allí y otro poco porque al ser un lugar pequeño sabíamos que no iba a haber grandes conflictos.

La noche previa a Holi salimos con intención de cenar. Pero nos encontramos con pequeñas fogatas que iban armando en las esquinas. Los hombres cantaban, las mujeres aplaudían y el brahmán recitaba algo en hindí a medida que el fuego iba ganando lugar. Todos parecían lucir su mejor ropa y todos nos invitaban a unirnos a la ceremonia. Nos sentamos con ellos y luego dimos las vueltas alrededor del fuego. ¡Qué poco tienen en común estas festividades religiosas con nuestra Pascua o Navidad! ¡Qué difícil entender eso que allí estaba ocurriendo!

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Al día siguiente salimos a ver como estaba la cosa. Siendo las 9 am y sin haber caminado 5 metros nos encontramos ante el primer grupo armado de colores.

Al son del “Happy Holi” el pelo de Lucas se tiño de verde. A diferencia de lo que imaginamos, no era una batalla campar de colores. El “Happy Holi” viene acompañado de una caricia por la frente, las mejillas y la cabeza. Con respeto le preguntaron a Ludmila si ella también quería. Qué sentido tenía negarse, cada paso que diéramos iba a ser igual.

Llegamos a la esquina ya empolvados. Un muchacho nos regalo su bolsa de polvos para que nosotros tambien pintemos.

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Al principio eramos 5 gatos locos

Y allá estábamos, dos nenes jugando a pintarnos, a tirar polvo al aire, a sonreír y a bailar al compás de los últimos éxitos de Bollywood.

El fuerte de Jaisalmer tiene una suerte de plaza central que hacía de escenario perfecto. El dorado arenisco de las paredes hacia que cada color resalte más. Anteojos, bigotes y saris (ropa femenina típica) todos teñidos por igual. Había mujeres en la calle, pero siempre acompañadas de sus parejas.

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El “Bhang” estaba, pero no era una fuente de peligro. Estaba muy diluido y los niños tomaban. Digamos que solo servía como excitante. Ante la duda, decidimos no probar. Demasiados cosas teníamos que hacer. Pintar, cerrar los ojos cuándo el polvo venia a nuestra cara y tratar de sacar alguna foto en el medio.

Todos fueron muy respetuosos. Nadie nos pintó sin antes pedirnos permiso. A los dos sólo nos tocaron la cara y el pelo.

Estando allá nos acordamos de nuestros carnavales latinoamericanos. De los corsos en Buenos Aires, las comparsas en Entre Ríos, de la chaya riojana, del compadre y la comadre en Jujuy. Recordamos el carnaval en Bolivia.

A lo largo del tiempo, el ser humano se inventa festejos. Sea con una explicación religiosa, que la luna, que la cuaresma, que Krishna o que el tío en Potosí. No importa. Es la excusa. Es volver a jugar, es volver a ser niños, es ensuciarnos, mojarnos, bailar y reír como si el mundo se acabase ahí.

Al menos una vez al año no importan ni las deudas, ni el desamor, ni las castas, ni la reencarnación. Una vez al año celebramos estar vivos.

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Datos y consejos:

Vamos a ser sinceros. Habíamos oído de que en Holi nos podían robar/violar/matar. Que Ludmila, siendo mujer, no podía salir a la calle. Que mejor nos quedemos en el hotel o en las fiestas privadas que los hoteles organizan para que los turistas festejen Holi entre ellos y así evitan salir al terror apabullante que Holi podía suponer. Nada de eso ocurrió.

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No pasamos Holi en Nueva Delhi ni en Calcuta, lo pasamos en un pueblo chico de Rajasthan. No nos vestimos de blanco como el 95% de turistas que pago en dólares una camisola blanca como le dijeron en el local de ropa extranjera que se acostumbra usar en Holi. Ludmila no se puso ropa clara que al mojarse con el agua se le iba a transparentar. Lucas no dejo a Ludmila en medio de 10 indios bailando. Ríanse o no, pero todos los turistas que la pasaron mal en Holi no tuvieron nada de sentido común. Holi no es peligroso, es una fiesta, pero como toda fiesta puede desbandarse en excesos y para eso el sentido común es importante.

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Los únicos de blanco eran los turistas

Vimos a dos gringas corriendo y llamando a la policía, ambas tenían un shorcito blanco que con el agua mostraba la microbombacha negra. Atrás tenían cinco indios pasados de “Bhang”. El sentido común muchas veces es el mejor aliado (aunque no siempre sea el más común de los sentidos). En serio.

En India, y en cualquier lugar que visitemos, tenemos que ser respetuosos de la cultura local. Saber que ahí jugamos de locales. Que las reglas no las ponemos nosotros.

Por eso les recomendamos:

* Si no quieren ser parte de Holi, no salgan del hotel. Salir y decir “no me tires” es el equivalente a “mojame de arriba a abajo”. No se resistan, es peor. Si quieren participar, pero tienen miedo de los indios, averigüen por las fiestas privadas que organizan pura y exclusivamente para turistas.

* Si te animas a salir, que es que lo te recomendamos, no te vistas de blanco. Quedas medio ridículo. Ponete la ropa más fiera que tengas, porque te aseguramos que los polvos NO SALEN de la ropa. No lleves pertenencias. La llave del hotel y 10 rupias para comprarte un agua si tenes sed, nada más. Te vas a mojar, por lo cual no lleves plata ni pasaporte.

* Protege tu cámara de fotos. Cubrila con una bolsa de plástico. Va a servir de impermeable al agua y a los polvos.

* Si se sentis que los indios se están emocionando demasiado, o que empezó algún empujón que no sabes en que puede terminar, andante con sigilo.

* Disfruta, reí y juga. Festejar Holi en India es algo que no vive muy a menudo.

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Holi: El festival de color (I)

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Si pensamos en aquellos recuerdos/momentos que han logrado permanecer en nuestra memoria, Holi es uno. Llegamos a India sin saber mucho sobre esta festividad, mejor dicho, llegamos a India sin saber mucho sobre tantas cosas.

Habíamos oído alguna vez hablar de la famosa fiesta de los colores, de su alcance a nivel mundial (si, incluso en Buenos Aires se celebra pero poco tiene que ver con el festival original). Sabíamos que estaba relacionado con la luna, la primavera y el triunfo del bien sobre el mal. Lo que no sabíamos era el alcance real de este festejo: El segundo país más poblado del mundo se paraliza por completo. Para intentar contarles un poco más de que se trata esta celebración, debemos hacerlo por el comienzo: la historia de Holi.

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 La leyenda:

Con la primera luna llena del mes marzo, en India se anuncia la llegada de la primavera. El invierno ha llegado a su fin. Holi (o Joli) es de las celebraciones hinduistas la que mayor envergadura posee. Si bien en India y Nepal es donde más se celebra, la fiesta se ha expandido al resto de Asia y también, del mundo.

Hay varias versiones sobre el origen del festejo, y dependiendo de a quién se le pregunte será una versión distinta.

Hay quienes dicen que Holi hace referencia a Joliká, la malvada hermana del rey Hiranyakashipu y tía del príncipe Prahlada. El rey en cuestión era muy engreído. Considerándose la única deidad a la que su pueblo debía adorar. Pero su hijo, el príncipe Prahlada, decidió seguir adorando a Vishnu (uno de los dioses máximos del hinduismo). Su padre se enojó muchísimo.

Por más castigos y amenazas, nada cambiaba la postura del hijo. Y aquí aparece la malvada tía Joliká. Para ella la única salida posible al enredo familiar era matar al príncipe. Siendo así llevó a Prahlada frente a una gran fogata. Le dijo que si su dios era realmente Vishnu, él se iba a salvar y ella iba a morir quemada. Si el dios supremo era el rey, ella sobreviviría. Lo que no le dijo es que que llevaba un manto ignífugo que la protegía de las llamas.

Al someterse a la hoguera, el manto cambió de dueño y protegió a Prahlada, que vio como su tía moría abrasada por las llamas. El dios Vishnu, aquel al que adoraba el príncipe, apareció justo en ese instante y mató al rey arrogante. De este modo, Holi celebra el triunfo del bien sobre el mal.

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El trunfo se festeja

Hay otra versión que tiene como protagonista el dios Krishna. Krishna se caracteriza por su color de piel azul. De bebé fue envenado por la demonia Putana, quién lo envenenó mediante la leche materna. En su juventud, Krishna se enamora de la bella Radha. Ambos desesperan al comprobar que él es azul y ella blanca como la leche. Su madre, Yashoda , cansada de la desesperación de su hijo, le permite acercarse a Radha y pintar su cara con el color que a él más le guste. El llena su cara de colores, convirtiéndose en pareja en ese preciso acto. Este juego de colores se conmemora en Holi.

Actualmente, Holi viene a ocupar un lugar social muy importante también. Es un día de fiesta y TODOS lo celebran. Desde los más chiquitos a los más ancianos. Ese día no importan ni la casta, ni las deudas, ni las enfermedades. Ese día se celebra la vida, el triunfo del bien. Ese día se pide perdón y se perdona. Ese día uno libera sus errores y aprende de ellos. Ese día comienza la primavera y con ella, un nuevo año.

El festejo:

Como toda celebración hinduista, Holi está cargado de rituales y ceremonias específicas.

Si bien Holi comienza a celebrarse en la salida de la luna llena de marzo, los festejas comienzan unos días antes. En la calle se ven puestos con pistolas de agua y montañas con distintos polvos de colores. Hay dos clases de polvos: los naturales (hechos con flores molidas y muchos más caros) y los artificiales (más baratos pero con la desventaja que una vez que uno se embadurna de polvo todos pasan a ser de color rojizo). En los días previos, los niños ya comienza a jugar con los polvos de colores, y los grandes salen en moto buscando candidatos a pintar. Los templos comienzan a rebosar de gente, los dioses reciben ofrendas y los adultos se encargan de ir recolectando ramas y maderas para prender fuego.

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El puesto con todo lo necesario para celebrar

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Las primeras víctimas

Pero los festejos oficiales solo comienzan la noche previa a Holi. Una vez que la luna salió se prende una gran hoguera que representa el triunfo del joven príncipe ante su padre y su tía Joliká. Joliká se representa con un pañuelo rojo, una mascara o una estatua que se coloca en lo mas alto de la hoguera. Ante el fuego, la gente se agrupa rezando y cantando. Suele haber un brahmán (sacerdote hinduista perteneciente a la casta más alta) que conduce la ceremonia. Los feligreses caminan alrededor del fuego arrojando dulces como ofrendas. También se pone a quemar bosta de vaca seca que sirve para la combustión y como ofrenda sagrada.

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Preparando la ceremonia

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Vueltas y más vueltas

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A medida que el fuego se va consumiendo el ritual va llegando a su fin. La mañana siguiente será el gran festejo.

El sol salió y los polvos de colores ya comienzan a teñir el aire. India se tiñe de fiesta. Los negocios están cerrados, ni funcionan los servicios de transporte. Desde temprano en la mañana los grupos de niños y adultos comienzan a salir a festejar. Cualquier esquina es un buen punto para bombardear al otro con colores y agua. Eso sí, siempre al grito de “Happy Holi”. Si bien el horario de celebración es al mediodía, desde temprano la calle es pura fiesta.

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Dos rioplatenses infiltrados

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Las mujeres también participan

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Música en vivo, bailes en la calle y polvos. Desde el más niño al más anciano, todos ríen y juegan por igual y sobre todo, bailan bien pegados.

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Polvos en el aire

Un dato curioso, en ese día está permitido y es de público conocimiento el beber “Bhang” (una bebida preparada con leche y cannabis). Se prepara en grandes cacerolas en la calle y se reparten vasos libremente.

Incluso hay locales de venta al publico

Incluso hay locales de venta al publico

Pasado el mediodía, el festejo va llegando a su fin. La gente vuelve a su casa cubierta de todos los colores del arcoíris.

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Los polvos terminan siendo de un solo color: rojo

En cada estado de India, Holi tiene algunas variantes. Por ejemplo, en Mathura (ciudad dónde nació Krisha), el festejo dura semanas. Allí cerca, en Barsana, las mujeres tienen por costumbre pegar con palos de madera a sus maridos ese día. En la zona de Rajasthan es común, también, que el Maharaji local (antiguo titulo de nobleza pero que hoy se acerca a cierto liderazgo político/espiritual) asista al festejo pero él permanece observando sin participar. Así es que una vez pasado el festejo la única persona que luce un blanco impoluto es él. En los estados del sur, se celebra de una manera muy similar pero rindiendo tributo a las representación religiosas que en sur veneran.

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El maharaji y su séquito

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Hasta acá todo muy lindo pero es pura descripción ¿Gusto a poco?
Acá les contamos como vivimos nosotros Holi, dónde, cómo y qué nos paso. A su vez, les regalamos algunos consejos y datos útiles a tener en cuenta –> HOLI (II): NUESTRA EXPERIENCIA

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Sadhus: Los renunciantes hinduistas

Seguramente, más de una vez, habrás visto la imagen de algún hombre barbudo y con rastas que anda semidesnudo caminando por las calles de India. Suelen ir acompañados de su tridente y de una canasta metálica. También habrás notado que llevan la frente (o incluso todo el cuerpo) cubierto de pintura.

Sea en foto, algún video de Discovery Channel o en las mismas calles de Varanasi alguna vez habrás notado la presencia de un Sadhu.

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Para el hinduismo hay cuatro fases de la vida de todo hombre: estudiar (brahmachari), ser padre (grijasta), jubilarse (vanaprastha), y por último la renuncia (saniasi). Esta última es la etapa en la que se encuentran los sadhus, mendigos y vagabundos religiosos. Son personas sagradas que persiguen la iluminación. Desposeídos de casi cualquier pertenencia, se mueven por toda India. Dedican la mayor parte de su tiempo a la meditación y a las prácticas yóguicas.

Pero tal es así que ser sadhu está reconocido por el Estado indio y por toda la sociedad. Son venerados y respetados. La gente se encarga de mantenerlos donándole alimentos y plata. A su vez, el Estado les garantiza la libre peregrinación por el país: pueden viajar en tren gratis.

Nosotros, en un primer momento los veíamos como vagabundos o linyeras. Claro, nuestra mentalidad occidental empañada de materialismo y racionalidad no entendía el concepto de entregarse a la vida espiritual. Tampoco entendíamos porque nos pedían cigarrillos, marihuana o plata desmesuradamente.

Se calcula que hay entre 5 y 10 millones de Sadhus en India. Los mismos tienen como objetivo peregrinar entre las 7 ciudades sagradas del hinduismo. Se los suele encontrar durmiendo en las calles de las grandes ciudades y en zonas naturales como rios y montañas sagradas. Hay varias ramas o agrupaciones dentro de los sadhus. La marca que llevan en su frente indican a que grupo o Dios respetan. Los aghoris forman la rama más extrema siendo famosos por su tributo a la muerte, se dice que son de caníbales. Suelen vivir en las inmediaciónes de los ghats de cremaciones. Se los reconoce por ir cubiertos de cenizas humanas.

Tan sólo un 10% de ellos son mujeres, llamadas sadhvis, quienes se hacen renunciantes después de enviudar, escapando al destierro que supone ser viuda.

Sociedad de Castas en India

India es uno de los países con mayor tasa poblacional (más de 1.200.000.000 de habitantes) y  en pleno S. XXI aún se sigue rigiendo bajo un sistema de organización social bastante particular.

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La sociedad hinduista se organiza bajo el sistema de castas. Es decir, una forma de organización tradicional y religiosa que determina a las personas según su condición al momento del nacimiento. Hablar de “castas” supone un concepto rígido, intransferible y estigmatizador para la gran mayoría de la población. Si bien no son políticamente reconocidas (la constitución del país no reconoce el sistema de castas), sí lo son en el ámbito social (sobre todo afuera de las grandes ciudades). Atención, hablar de castas remite a un concepto religioso que hace referencia a la población hindú. Ser hinduista no es sinónimo de indio, es decir, solo refiere a los creyentes de la doctrina religiosa-filosófica. En otro momento hicimos referencias a las múltiples religiones que conviven en India.

La palabra “casta” proviene del sánscrito y se la asocia con la palabra color. Para el hinduismo, hay 4 grandes grupos.

Pero bien, antes de meternos con esta terrible costumbre vayamos de a poco. ¿De dónde proviene el sistema de castas? Sabemos que el hinduismo es una religión tradicional. Está compuesta por más de 30.000.000 dioses y diosas, pero sólo 3 son los principales. Uno fue el dios Brahma, dios de la creación, fue quien dio origen al cosmos. La leyenda cuenta que los seres humanos fueron creados a partir de las diferentes partes del cuerpo del dios creador. Dependiendo de la parte del cuerpo de la que surgieron, será la casta a la que pertenecerán. La casta determina el estrato social: determina con quién casarse, qué trabajos realizar, qué lugares visitar y cómo vivir. Entonces:

  • Los brahmanes (sacerdotes y maestros) son la casta más alta. Se dice que salieron de la boca de Brahma. Son los amos y señores de la sociedad India.
  • Los chatrías (políticos y militares) salieron de los hombros y brazos del dios.
  • Los vaishias (comerciantes, artesanos y campesinos), se formaron de las piernas de Brahma. Es la clase trabajadora.
  • Los shudrás (esclavos y obreros), provienen de sus pies.
  • Y luego, están ellos, los dalit, su categoría es tan pobre que ni siquiera alcanzaron los pies de sus dioses. Solo pueden realizar actividades denigrantes como limpiar excrementos humanos. No pueden verse de día, por eso les dicen, los invisibles. No pueden tocar a nadie de una casta superior, por eso les dicen, los intocables. No son nada, por eso les dicen, los nadies.

De este modo la sociedad estaría socialmente ordenada. Cada quién sabe qué hacer, dónde y cómo. El apellido de una persona da cuenta de su casta y de su actividad. Por que es cierto que hay miles de sub-casta (jatis). Según su apellido un hombre será cocinero, chofer o vendedor de sedas.

Dijimos que las castas son intransferibles, es cierto. Marcan el status. Nadie puede pasarse a una casta superior. Son hereditarias y es lo que marcará la vida y muerte de una persona. La casta determina la profesión, el estudio, las posibilidades socioeconómicas, como así, también su matrimonio. La unión entre personas de distintas castas no está permitida.

Junto a esto existe otro concepto u otra herramienta de dominación: el karma. Es el destino que afronta toda alma al morir el cuerpo. Dependiendo de su comportamiento, una persona reencarnará en una casta superior o inferior. Para poder, en una próxima vida salir de su casta actual y renacer en una superior, tienen que seguir la senda del deber (dharma). Pero si no lo cumplen, la próxima vida serán de una casta inferior, o incluso un animal.

Hay una alternativa al sistema de castas, que no es la muerte, es la renuncia de toda posesión y afectos para dedicarse a la vida religiosa. Las personas que escogen este camino se llaman sadhus.

Pero las cosas en India están cambiando, por los menos en las grandes ciudades. Las nuevas generaciones parecen romper las tradiciones actuales y para algunas personas, hablar de castas, es un concepto retrógrado y obsoleto.

Pero India es inmensa y las grandes ciudades se cuentan con los dedos de las manos. La mayoría de las personas continúan sometidas a esta pretenciosa tradición. Son objeto de dominación y explotación. Ay India, siempre tan contradictoria.

Jodhpur - ciudad azul

 * Adaptación del articulo publicado en Proyecto Kahlo