Category: Kazajistán
Cruzar el mar Caspio en un barco carguero

Eran las cuatro de la mañana, no había señales del amanecer ni tampoco del barco carguero que cruzaría el mar Caspio para llevarnos de Kazajistán a Azerbaiyán. Estábamos sentados en el puerto de Aktaú, en la intemperie y en unas sillas improvisadas tomando un té con un joven bielorruso y un viejo turco, conductor de un camión que también estaba esperando para cruzar. Nos perdimos la mitad de la conversación, un poco porque era en ruso, otro poco por el sueño.

Sabíamos que los barcos que cruzan el mar Caspio eran impuntuales, pero imaginamos que podíamos esperar ya a bordo, durmiendo, o en algún cómodo sillón. Pero no, todo está pensado para camioneros. No es un barco de pasajeros. Los camioneros duermen en sus camiones, que son como sus casas donde llevan desde cocina hasta un DVD portátil. Nosotros quedamos a merced de la noche, como el bielorruso. Él tenía la ventaja de poder hablar ruso con los kazajos, pero nosotros, también, teníamos nuestra ventaja. Él no tenía ticket, nosotros sí.

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Recién a las cinco de la mañana llegó el barco. Hicimos migraciones, nos despedimos del bielorruso con la esperanza de verlo arriba del barco y nos metimos en un camarote caluroso para tratar de dormir un poco. Dormimos hasta que casi nos tiraron la puerta abajo para avisarnos que estaba el desayuno. En el medio, había pasado sólo dos horas.

Era un barco que incluía todas las comidas pero lejos estaba de ser un crucero de lujo. Si bien teníamos un camarote para nosotros solos, era precario. El óxido era el principal protagonista de todo. En total éramos alrededor de veinte pasajeros. Dieciséis camioneros turcos, una pareja de franceses y nosotros (el bielorruso finalmente no subió). Lo curioso es que con los únicos que compartíamos un idioma común era con los franceses, pero fue con quienes menos nos comunicamos.

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Las comidas eran sosas, pero las señoras que la servían eran amables. El mayor pasatiempo de los pasajeros era tomar té, jugar a las cartas y fumar. El nuestro pasear por la cubierta, mirar el horizonte y leer.

Para ser sinceros, el camino más fácil para llegar a Azerbaiyán hubiese sido haberse tomado el avión, pero nos inclinamos por otra opción un poco más lenta: cruzar desde Kazajistán a Azerbaiyán en barco. A fin de cuentas, se trata de un medio de transporte que está en peligro de extinción. Los barcos se van dejando de usar. Todo por la necesidad de ser modernos.

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El último barco que nos habíamos tomado fue rumbo las Islas Andamán. En total, cinco días en el Océano Índico marcados por la rutina. Horario de lectura, de comida, de escritura, de más comida, de charlas, de cartas. Mientras eso transcurría sentía estar viviendo la muerte de un medio de transporte. Los barcos para pasajeros van a desaparecer a excepción de los lujosos cruceros.

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Por eso, cuando surgió la posibilidad de ir en barco hasta a Azerbaiyán no lo dudé, le insistí a Ludmila y me dispuse a disfrutar de uno de los placeres que se nos priva bastante. 
Uno de los mayores lujos del barco es disponer de tiempo para dejar que la mente fantaseé y nos lleve por viejos recuerdos y nuevas ideas. Una especie de meditación en altamar para curar los dolores del alma. Una cura simple pero que nadie tiene tiempo de practicarla.

Fue un viaje corto, de 30 horas, pero sirvió para sentir el viento en la cara, ver las gaviotas volar y pensar en lo que todavía queda del viaje.

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La excusa para hablar sobre nosotros

“Twenty years from now you will be more disappointed by the things that you didn’t do than by the ones you did so. So throw off the bowlines. Sail away from the safe harbor. Catch the trade winds in your sails. Explore. Dream. Discover.”

Mark Twain

“Nuestra historia es simple. Podría ser la historia de cualquiera persona acá presente, pero con sólo una única diferencia: Nosotros nos animamos. Nosotros tomamos la decisión y lo hicimos: salimos a cumplir nuestro sueño. Uno de nuestros tantos sueños.”

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Así comenzaba la charla que dimos semanas atrás en Aktau, una ciudad de Kazajistán ubicada a orillas en el Mar Caspio. La charla tenía lugar en la terraza de un hotel cinco estrellas, ubicado frente al mar, desde donde se veía el sol caer como una bola roja sobre la perfección del horizonte.

Había casi veinte mesas, todas ocupadas. Los kazajos son elegantes y esa terraza invitaba a hacerlo. Todos estaban bien vestidos, tomando una margarita y comiendo quesos franceses.

Ahí estamos nosotros dos, improvisando una charla mitad en inglés, mitad en ruso, en zapatillas. Haciendo lo que más nos gusta, contar historias:

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Somos Lucas y Ludmila, de Buenos Aires, Argentina. Casi treinta años y una carrera universitaria. Vivíamos en un lindo departamento amueblado, teníamos un auto, libros, electrodomésticos y un balcón con muchas plantas. Un día, decimos deshacernos todo. Renunciar a nuestros trabajos, regalar las plantas y donar nuestra ropa. Ese día sacamos dos boletos de avión con destino a Nueva Delhi, India. No teníamos previsto fecha de regreso.

Nuestra familia y nuestros amigos nos trataron de locos. Estábamos equivocados. Estábamos a punto de desperdiciar toda nuestra vida. Teníamos que casarnos, tener hijos, formar una familia, comprar más plantas y conseguir un trabajo mejor. Pero nosotros no queríamos eso para nosotros. Al menos, no en aquel momento. Nosotros queríamos viajar. Conocer el mundo y conocer las personas que habitan el mundo. No queríamos quedarnos sólo con los estereotipos que vemos en televisión ni con los libros de historia, queríamos conocer el mundo de primera mano: a través de nuestros propios ojos y en profundidad.

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Llegar a India no fue fácil. Nosotros también teníamos nuestros propios miedos. Nunca habíamos viajado tan lejos ni a culturas tan distintas. Los primeros cinco minutos en la estación de Nueva Delhi fueron terribles: bocinas, ruido, gente, olores fuertes, vacas, basura, mendigos, niños desnudos pidiéndonos plata. Fue un golpe duro. Una cachetada. De pronto y por arte de magia, habíamos dejado la burbuja en la que vivíamos en Buenos Aires y habíamos llegado a la otra punta del mundo. Una parte del mundo donde pasan cosas, donde estallan bombas, donde la gente tiene hambre y donde las vacas se pasean por las calles. Todo lo que habíamos visto de India en películas y documentales, ahora cobraba vida delante de nuestros ojos.

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Mis pensamientos fueron dos: “Esto es de verdad y yo quiero volver a mi casa”. En ese instante, un grupo de mujeres nos rodeó y empezaron a tirarnos de la ropa y de las mochilas pidiéndonos plata. Yo quería llorar. Como pudimos, conseguimos una habitación en un hotel mugriento. Me pasé una semana enferma. Triste, descompuesta y dudando de haber tomado la decisión incorrecta. Pero ya estábamos ahí. Habíamos volado desde Buenos Aires y no teníamos fecha de regreso. Decidimos tomar coraje y darle una nueva oportunidad a India. Sacamos un boleto de tren hasta Amritsar, la frontera con Pakistán.

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De aquel día pasaron más de tres años. Tres años en los que estuvimos viajando alrededor del mundo. Hasta el momento, recorrimos más de cuarenta países en tres continentes: América, Europa y Asia (nuestro favorito).

presentación - aktau - kazajistan -8Tres años donde conocimos infinidad de personas, de historias, problemáticas sociales, modos de pensar, distintas religiones y distintos modos de vivir. Donde aprendimos historia, geografía, religión pero donde, sobre todo, nos enfrentamos a la cantidad de prejuicios y desconocimiento que tenemos. Pero en estos tres años no solo viajamos de un lugar a otro, de un país a otro, sino que, también, escribimos sobre nuestro viajes. Documentando todo lo que vimos para que quienes no pueden viajar, si lo hagan desde la comodidad de sus casas. Escribimos, también, para achicar distancias culturales. A fin de cuentas, sólo conocemos el mundo a través de los diarios y la televisión y ellos nunca dicen la verdad.

Por ejemplo, de los países en vías de desarrollo recibimos solamente malas noticias. Unas de las cosas buenas de ser escritores de viaje es que podemos dar buenas noticias de lugares como Bangladesh o Bosnia y Herzegovina (que suenan como países terroristas). Ellos son personas como nosotros, amán, sueñan, llorar, ríen, festejan. Las diferencias culturales son algo mínimo pero nos hacen creer que es el todo.

Sí, lo primero que aprendimos en estos tres años de viajes es que a los países los hacen las personas que en ellos habitan. Nos pasó en Europa, cuando estábamos a punto de cruzar a Rusia en pleno conflicto con Crimea. Todos nos decía que Rusia era peligroso, que nos iban a secuestrar y a matar. ¡Que no vayamos por nada del mundo!

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En total estuvimos casi tres meses en Rusia; Cruzamos desde San Petersburgo hasta Mongolia. Más de 6.000 kilómetros donde casi exclusivamente hicimos dedo (autostop). Nadie nos mató, ni nos secuestró. Al contrario, el pueblo ruso fue uno de los más hospitalarios. Son buena gente pero con muy mala prensa internacional.

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La gente de los distintos países está dispuesta y orgullosa de mostrarte su cultura. Los niveles de hospitalidad que uno recibe en la ruta son increíbles. Sobre todo en países que están catalogados como “Ahí no hay que ir”.

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Nosotros no viajamos de manera superficial. Tratamos de meternos en cada destino y no somos los únicos. Cada vez es más la gente que se toma el viaje como un estilo de vida y no como un simple plan de vacaciones dos semanas al año. Podemos decir que no viajamos por las fotos, ni para sacarnos una selfie, viajamos para aprender a ser mejores personas.

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Pero no siempre nos va bien en el viajar. Muchas veces nos encontramos en situaciones peligrosas donde tuvimos miedo. Ante cualquier situación complicada o que nos sentimos inseguros siempre tenemos un arma que nos protege y que hasta ahora nos va muy bien: SONREÍR.

También confiar en el instinto. Cuanto más lo usamos, más aprendemos a escucharlo. Viajar es fácil, en lugares remotos no hay que entrar en pánico, simplemente hay que rodearse de buena gente y ver que la gente en todo el mundo va a tratar de ayudarte y no de lastimarte.

En resumen, podemos decir que viajamos para

√ Aprender: Historia, cultura o religión, por ejemplo. Aprendemos de las cosas buenas de cada país y tratamos de implementar en nuestro día a día y también, aprendemos de las cosas malas. Tratando de evitarla y cambiar.

√ Conectarnos: Con nosotros mismos, con la naturaleza, con las personas.

√ Sorprendernos: Viajando descubrimos todo un mundo nuevo del cual no teníamos idea.

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Viajar, por su parte, atenta contra nuestro etnocentrismo. Nos muestra que no somos los únicos, ni los mejores. Que nuestro país no es el ideal, que nuestras políticas internacionales no son buenas, que nuestro empleo es malo, etc. Nos demuestra que las cosas no son como creemos que son. Viajar nos obliga a cambiar el chip básico de la vida. Y para eso la empatía es primordial, conocer al otro, comprenderlo y no juzgarlo sólo por ser distinto.

Durante el viaje hicimos cosas que nunca creímos que íbamos a hacer, conocimos personas que nos cambiaron y vivimos cosas que vamos a recordar por el resto de nuestras vidas.

Mucha gente cuando le contamos de nuestra historia nos dice: “Oh, yo quiero viajar tanto como ustedes”, y la realidad es que la mayoría de nosotros en este recinto, en realidad, puede hacerlo. El mundo no es un lugar peligroso como nuestras familias, los medios y la sociedad nos hace creer. Se necesita tiempo, que es algo que todos tenemos. Y es mentira que se necesita coraje, simplemente un poquito al principio para comenzar. Tampoco se necesita ser millonario ni gastar miles de dólares. Los gastos se resumen en tres grandes grupos. Transporte, comida y alojamiento. Si se lleva esos gastos a un mínimos aceptable (para uno mismo) puede llegar a ser más barato que vivir en tu propia ciudad. Para eso se necesita ingenio: La necesitad es la madre de las invenciones.

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Pero viajar también tiene su parte negativa, por eso no es para todos. Uno a veces extraña, se siente solo (por más que viajemos acompañados), uno se enferma, hace mucho calor o mucho frío. Si uno supera eso y sale a la ruta con ánimos entonces significa que la ruta es el camino.

presentación - aktau - kazajistan -14Los viajes dependen en definitiva de la gente que uno conoce. Playas paradisíacas, fiestas o paisajes increíbles no se disfrutan si uno no conecta con la gente adecuada. La mejor manera de describir un paisaje es a través de la gente que lo habita. Y estas cosas pasan cuando uno deja la comida del sillón, apaga la televisión y empieza a vivir la realidad por si misma.

Cruzamos Rusia de punta a punta, estuvimos en el desierto de Gobbi, en la muralla China y en el Tíbet. Descansamos en las playas de Tailandia y tomamos el café más rico del mundo en Vietnam. Nos tomamos un barco por cinco días para ir a las Islas Andamán, estuvimos un año en India viviendo en monasterios y con monjes budistas, nos bañamos con elefantes y aprendimos a comer con las manos en Bangladesh y con palitos chinos en China. Estuvimos tres veces en Kazajistán y recorrimos la ruta de la seda. Estuvimos en Europa, cuatro meses yendo desde Croacia hasta Estonia. Reconstruimos la antigua Yugoslavia, y la ex – Checoslovaquia. Ahora, estamos recorriendo la URSS y luego, Irán. Nos gustan los viajes cargados de historia, de política y nos apasionan los destinos/lugares no comunes. Viajamos por países ricos y por países en desarrollo, viajamos en primera clase de trenes súper rápidos y viajamos a dedo. Dormimos en carpa y en hoteles de cinco estrellas. Comemos con las manos, con palitos chinos y cubiertos de plata. Nos adaptamos, nos flexibilizamos.

Viajar, hoy para nosotros, es sinónimos de vivir. Nuestra vida es el viaje, por que a fin de cuentas, es el modo que encontramos de sentirnos vivos. Y en el peor de los casos, es el modo de juntar una buena cantidad se historias para contarle a nuestros futuros hijos cuando se vayan a dormir.

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Almaty: (no) hables con extraños

Lo que sigue a continuación debería ser la crónica de nuestra visita a la ciudad de Almaty, antigua capital soviética de Kazajistán. Deberíamos detenernos en lo que hay para ver en la ciudad, en su historia, deberíamos poner fotos lindas y dar consejos de dónde dormir y comer o, al menos, eso es lo que se espera de un blog de viajes. Podriamos hablar de los parques soviéticos, de las calles limpias y de los cañoncitos con dulce de leche… Pero el nuestro no siempre es un blog de información útil.

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Lección #1: (no) Hables con extraños

La primera vez que me tomé un colectivo sola tendría 12 años mas o menos. Si bien conocía el trayecto casi de memoria no era lo mismo hacerlo sola que con mi papá. Además de estar atenta a subir al colectivo correspondiente, también tenía que estar atenta al lugar donde bajar. Y no quedarme dormida, ni perderme, ni perder nada. Tenía miedo, era el simbólico pasaje a ser adulta y comenzar a tomarme transportes públicos sola. Aún me acuerdo las indicaciones de mi papá: “… si es el cartel verde no te subas, por las dudas preguntale al chofer si va a la estación de Haedo por Rosales. Tocá el timbre cuando pases el puente, bajate en la estación de servicio y no hables con extraños”. No hables con extraños, eso era la importante y esa era, también, la máxima precaución. Los extraños… un gran colectivo que reúne a gente mala, timadores, violadores seriales, asesinos y viejas pinchadoras de pelotas de futbol. Gente mala que sale en las noticias y en los diarios, de las cuales sabemos todo y a la vez nada.

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Con el viaje, la prohibición a hablar con extraños se fue aflojando. Si no hablara con extraños nunca hubiese sabido de donde salía el barco de Chennai ni dónde estaba el mercado de Beijing. Viajando, estamos obligados a hablar con extraños. Y no sólo a hablar, sino también a dormir en sus casas, subirnos a sus autos, jugar con sus hijos, probar sus mermeladas caseras y comer en sus mesas.

Las tres señoras:

Fue un mediodía de calor agobiante, de esos en que los quince kilos de las mochilas parecen cincuenta. Decidimos hacer una parada. Buscamos un poco de sombra y un almacén para comprar cualquier tipo de bebida, mientras reúna la única condición de estar bien fría.

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Lucas entró y yo me quedé con las mochilas en la calle. Una señora con un carrito de bebé me miró y me dijo algo. Lo único que entendí fue “pazhalusta”, que es como se dice por favor en ruso. La miré con cara de no entiendo.

Pasó otra señora caminando, le dijo algo de lo cual sólo capté el “pazhalusta”. La nueva señora asintió, y saludó al bebé del carrito. La primer señora entró al almacén. Intuí que me estaba pidiendo que mirase al bebé mientras ella entraba a comprar algo.

En eso, pasó una tercera señora que simplemente se detuvo a hablar. Lo curioso es que todas me hablaron como si yo hablase ruso. La tercera señora se percató de que no estaba siguiendo la conversación y comenzó a hablarme en inglés. De dónde somos, cómo es que llegamos tan lejos, que cómo tanto tiempo de viaje, que qué hacemos en Almaty. En eso, Lucas salió con una soda helada.

La señora número 1 también salió pero con un paquete de fideos y una leche larga vida. Le agradeció a la segunda señora, que también se fue. Por lo cual quedamos solos con la tercera señora.

Ella se mostró cada vez más interesada por nuestro viaje. Nos dijo que se tiene que ir pero que quiere cenar con nosotros y quiere que conozcamos a su familia. Nos dijo de encontrarnos a las 19 en la esquina de Furmanov y Kabanbai. Dijimos que sí, y seguimos caminando bajo el sol.

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La invitación fallida:

A las 18:30 nos entraron las dudas ¿Vamos o no vamos? Lo cierto es que a la señora no la conocíamos, no sabíamos ni el nombre. ¿Y si no ella no va? ¿Y si no la reconocemos? ¿Y si es una trampa? Y el fantasma de “no hables con extraños” volvió a la carga.

Dudamos, se largó a llover, paró, se largó de nuevo. Eran las 19 y seguíamos dudando. Decidimos “hacernos los boludos” y salir a buscar algo para comer. Y ahí fuimos de nuevo ¿Y si nos está esperando? ¿Y si fue con la familia? ¿Y si es un aburrimiento el encuentro?

De una manera infantil decidimos resolver la situación. “Vayamos por la vereda de enfrente, analicemos el lugar y vemos si saludamos o si seguimos de largo”. Además, no sabíamos si la íbamos a reconocer o lo más probable, quizá ella no había ido o fue, pero se cansó de esperarnos.

En el camino al punto de encuentro, nos perdimos y se largó a llover de nuevo. Terminamos llegando al lugar a las 21. Dos horas más tarde. Se trató de un restaurant muy paquete y ahí adentro estaba ella con su familia, esperándonos.

Nos sentimos dos idiotas. A esa altura era mejor seguir de largo que entrar que pedir perdón por el retraso (y por las vacilaciones). Pero no, entramos a saludar. Ellos estaban pidiendo la cuenta. Con toda la vergüenza pedimos perdón, dijeron que no hay problema y ordenaron comida de nuevo. Dijimos que no, pero el mozo ya estaba trayendo ensaladas, pastas, pinches de carne, sopas, jugo, pan y samsas (empanadas de carne). Nos presentamos, aún no habíamos dicho nuestros nombres. Luego de la cena, nos invitaron a tomar algo.

Nos sentíamos mal por el retraso, nos sentíamos mal por no pagar nada (no nos dejaron pagar nada) y nos sentíamos mal por programar una excursión con ellos para el día siguiente.

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La vecina:

A las diez de la mañana ya estábamos en la puerta de la casa de Laziza. Esta vez no llegamos tarde y además llevamos frutillas, cerezas y bebidas para compartir con ellos. Mientras esperábamos a un amigo de ella, que también venía con nosotros, Laziza nos presentó a la vecina. La vecina hablaba algo de español ya que su marido se dedica a la importación de vinos, por lo cual los viajes a Chile y Argentina son algo común para ellos. La vecina nos pidió nuestro teléfono y nos invitó a cenar con ella y su familia.

La excursión con Laziza fue (casi) un éxito. Fuimos a Gran Almaty Lake, un lago de agua turquesas en las afueras de la ciudad. El “casi” fue por que el lago estaba sin agua, algo extraño para esta época del año.

Ya de regreso en la ciudad y luego de una parada obligada en un puesto de Kumús (leche de yegua fermentada) que no pudimos evitar, nos llegó el mensaje de la vecina. A las 19 nos esperaba en su casa para cenar juntos. Eso sí, nos pidió que lleguemos temprano.

18:55 estábamos en la entrada del edificio. La cena consistió en un pedazo de carne de vaca hervida, con papas, cebollas y carne de caballo. Según ella, estábamos flacos y la carne de caballo nos iba a venir bien para recuperar energías. ¿Cómo explicar que no comemos carne de caballo? ¿Cómo no poner cara de impresión? Además, nos dio un kilo de frutos secos para que comamos cuando nos sintamos débiles. Luego de la cena, nos invitaron a pasear por la ciudad. Salimos a tomar un café con una porción de torta. De nuevo lo mismo, no nos dejaron pagar ni las propinas.

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Los nómades:

Sin vueltas preguntamos porque tanto. ¿Por qué tanta hospitalidad? ¿Por qué tanta generosidad con nosotros? Dos argentinos que además de llegar tarde el primer día, no teníamos nada de especiales.

La respuesta fue simple. Los kazajos fueron un pueblo nómade, que recién se asentaron con los soviéticos. Para ellos, el viajero sigue siendo un enviado de Alá y nosotros éramos los verdaderos nómades del siglo XXI.

Almaty fue nuestra segunda visita en Kazajistán. La primera vez sólo vistamos Astaná, la capital, y el norte del país. Ahora, desde China, Almaty era la puerta de entrada a Asia Central y todos esos países de nombre raro pero que terminan en “-stan”.

***

Sí, podríamos haber rellenado estás líneas hablando de los parques con estatuas soviéticas, de las catedrales ortodoxas, de los mercados, las montañas y los miradores. Pero no seria justo. No sería justo con nosotros, con Laziza, con las dos señoras, con su vecina. No sería justo, tampoco, con nuestros miedos.

Sí, hablar con extraños puede ser peligroso pero a veces, la mayoría de las veces, no lo es. El problema es que las buenas personas no tienen prensa, no hay ni medios ni periodistas que lo cubran.

Quizá nosotros viajamos y escribimos para eso. Como dijimos una vez, para volver a creer en la condición humana. Almaty fue ese abrazo y ese mimo que tantas veces necesitamos.

Salir de China

“El viaje normalmente está considerado un desplazamiento espacial. Es una idea inadecuada. Una travesía ocurre al mismo tiempo en el plano espacial, en el temporal y en el de la jerarquía social.”
Claude Lévi-Strauss

Que las personas a las que le preguntás te adviertan y sugestionen acerca del cruce de una frontera tiene un aspecto positivo: uno espera que pase lo peor. Por ejemplo, caminar entre rifles de militares apuntándote y ovejeros alemanes que te ladran. Una inspectora que se acerque a tu mochila con guantes de latex y el olvido de un paquete sospechoso por parte de alguno que haga entrar en pánico a todo el personal fronterizo. Lo que viene a continuación, comparado con eso, es una historia de niños:

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Estábamos en China, en la provincia de Xinjiang, a escasos kilómetros de Kazajistán. Habíamos pasado la noche en un hotel donde el personal no hacía ningún esfuerzo por entendernos pero no se cansaba de ofrecernos servicios privados de señoritas chinas. Bueno, lo de “señoritas” fue lo que entendimos o quisimos creer.

Llegamos a la frontera a las diez de la mañana. A las diez de la mañana de China (hora Beijing), que en realidad eran los ocho de la mañana de Kazajistán. Nos dirigimos hacía la puerta y un policía nos pidió nuestros tickets del micro, que nos llevaría los cinco kilómetros que separan los controles fronterizos. El valor era de cien yuanes cada uno (quince dólares). Le decimos que no tenemos tickets y que no nos queda nada de plata, los poco yuanes que nos quedaban se los dimos a alguien que estaba pidiendo. Nos miró con cara de “no hablo inglés y me importa un carajo, ¿Dónde están sus tickets?”. Le hacemos el gesto de caminar, el dice “ticket”, caminar, “ticket”, caminar, con su peor cara de patovica de boliche bailable chino nos hace señas de que vayamos para atrás y esperemos.

Un kazajo que parecía ser el organizador de un tour de jubilados se nos acercó hablando en ruso, no es que seamos unos grandes parlanchines pero a diferencia del chino, nos pudimos comunicar. Mitad con señas y mitad con palabras sueltas le contamos nuestra situación. Sin saber si nos había entendido se fue a hablar con el chino mala onda que con su cara de enojo nos dice “ok, walk”, y nos dejó pasar.

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Pasamos diez minutos pegados a una reja, esperando que terminen de abrir el puesto fronterizo. Lo de pegados era literal, cada vez había más gente y empujaban más y más suponiendo que así iban a entrar primero. Un policía abrió la reja y los chinos se abalanzaban perdiendo todo tipo de cuidado por las demás personas que aún no sabían ni para donde tenían que caminar. Últimos, entregamos nuestros pasaportes. Lo sellaron rápido, pero por medios de señas nos pidieron permiso para sacarle una foto (¿?) a dos sellos: Bangladesh y las Islas Andamán. Cuando se llevaron nuestro pasaportes ya sellados y nos dejaron solos esperando empezamos a preocuparnos. ¿Para qué quieren los chinos nuestros pasaportes? Los veinte minutos de espera fueron eternos y cada oficial que pasaba no sabía respondernos. Empezamos a perder la calma, a imaginar un pasaporte mutilado, pero finalmente los pasaportes volvieron a nuestras manos sanos y salvos.

Ahora sólo faltaba entrar a Kazajistán. Pero el control fronterizo estaba a cinco kilómetros de distancia. Emprendimos la marcha despacio. Sabíamos que era mucho para caminar pero también confiábamos que un alma caritativa nos iba a liberar del intenso sol que se iba posando sobre nuestras cabezas. Ni cincuenta metros caminamos cuando nos pararon los militares chinos. Por medio de señas y silbatos entendimos que estaba prohibido caminar y ellos mismo se encargaron de hablar con el conductor de una camioneta. El chófer nos dice en ruso:

– ¿Americanos?
– No, de Argentina. (En realidad sí somos americanos pero no como lo entienden ellos).
– Argentina!!! Ahh, fútbol, Maradona, Messi ¿Autostop? Vamos, yo los llevo.

Ese fue el comienzo de un viaje acompañados de un contrabando de víveres chinos que no sólo nos llevó los cinco kilómetros hasta el control fronterizo, sino que otros cuarenta más hasta el primer pueblo kazajo.

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El paisaje cada vez nos alegraba más. De las megas ciudades chinas pasamos a calles en mal estado, a casas de madera y techo de chapa. A carteles en ruso (¡que podíamos leer!) y a miradas más cálidas y amables. Es curioso como cada vez más la simpleza y la humildad de los lugares nos hace sentir más cómodos. Pero estábamos felices de ver pibes jugando en la vereda, señoras haciendo mandados y viejos charlando en las esquinas.

Cuando bajamos de la camioneta, saludamos al buen chofer recordando a Messi y Maradona y nos pusimos rumbo hacia un cajero. Necesitábamos sacar algunos tengues, moneda local. Al preguntar en un almacén chiquito nos dimos cuenta la enorme diferencia con China, una señora nos agarró del brazo y nos dejó en la puerta del banco. Los kazajos tienen mucha más predisposición para ayudarte a pesar de la barrera idiomática. En China, la mayoría de la veces, a cada intento de pregunta, los chinos huían despavoridos ocultando sus rostros tras la pantalla del celular.

Caminamos hasta las afueras del pueblo. Ni llegamos a apoyar las mochilas en el suelo que un señor bastante mayor paró su Moskvich 412 y se ofreció a llevarnos hasta la siguiente bifurcación. Ahí rápidamente nos levantaron dos muchachos que no salían de su asombro y a cada paso que dábamos querían comprarnos bebidas y chocolates. Entre idas y vueltas, nos comentaron su “envidia” por ser de un país tan famoso. “Ustedes dicen Argentina y todos saben algo. Aunque sea, Messi pero algo saben. Nosotros decimos Kazajistán y la gente no tiene ni idea.” Y tiene razón, nadie tiene ni idea del noveno país más grande del mundo.

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Volver a hablar en ruso (si bien existe la lengua kazaja, un 97% de la población habla ruso, y varios aseguran que el kazajo casi no lo hablan) también fue un alivio para nosotros (aunque suene una locura). Y no es que nosotros sepamos ruso, pero el chino nos es casi imposible y rara vez encontrábamos a alguien con la voluntad de entendernos. En cambio en Kazajistán, todo era mucho más simple.

El último auto, el que nos llevó hasta Almaty fue un personaje no menos singular. Un señor de unos 50 años muy cuidado por la estética y con un pañuelo en la cabeza con rodajas de papa. Yo pensaba que era para la migraña, el decía que era para que le vuelva a crecer el pelo. Le preguntamos si conocía a Fabio Zerpa, pero dijo que no. Estamos seguros que ambos tienen muchas cosas en común.

Lo que vamos a decir es totalmente subjetivo y hasta incluso caiga mal, pero estamos más que contentos de dejar China atrás, pero sobretodo por volver a Kazajistán, un país que siempre nos recibió de la mejor manera y del que teníamos los mejores recuerdos.

Llegar a Kazajistán fue un alivio, sobre todo por lo difícil que es viajar por China. Y si a eso le sumamos, que antes de China estuvimos en India… Necesitábamos llegar (volver) a Kazajistán.

Astaná, ciudad de contrastes

Estuvimos viviendo cuatro noches en Astaná, en un hostel. Desde ahí hasta la ciudad el camino atravesaba un descampado, desde el cual se veía a lo lejos las grandes edificaciones de una ciudad que creció al ritmo del precio de barril de petróleo. Mezquitas que parecen futuristas, shoppings con formas estrafalarias, edificios que se mezclan con las nubes, autos de alta gama y sobre todo luces, muchas luces, de día y de noche. Pero en el descampado no había luces, sino a lo lejos, en la ciudad.

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Cerca nuestro hay grúas por todos lados, polvo y materiales de construcción desperdigados (tal es así que rompí una zapatilla por culpa de un fierro camuflado en el pasto). La ciudad sigue creciendo. En 10 años será totalmente distinta. Dependerá del petróleo.

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Esto representa un poco el espíritu del norte de Kazajistán (el noveno país más grande del mundo, apenas más chico que Argentina). Una capital moderna que anhela ser la próxima Dubái y los kilómetros que la separan con la frontera rusa son un desierto enorme, con poblados de no más de 15 casas. Astaná poco tiene que ver con el resto del estado. Por momentos dudamos si estamos en el mismo país pero los carteles luminosos nos confirmaban que sí, que estábamos  ahí.

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Pero el contraste no era sólo entre el descampado y la ciudad, sino entre la ciudad y las afuera. A medida que uno se aleja el lujo deja lugar a casas humildes de chapa. Astaná es una promesa de trabajo para varios.

El pueblo kazajo empezó siendo un pueblo nómade y hoy se debate si seguir con sus costumbres o radicarse en la capital en busca de mejores oportunidades.

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El hostel dónde estábamos no era muy grande. Habría lugar para unas 14 personas, pero nunca estuvo lleno. Para nuestra sorpresa, todos nuestros compañeros eran kazajos, que llegaron desde distintos puntos del país para trabajar en Astaná. Y mientras buscan un lugar para alquilar se quedan ahí. Es un hostel con horario de oficina, durante el día, los únicos habitantes éramos nosotros y la recepcionista, una chica joven con cara de rusa que no hablaba inglés, pero a todo respondía con una sonrisa.

Los kazajos no tienen cara de rusos, sino más bien los ojos achinados, pero tampoco tanto. Más parecido a un mongol. Pelo oscuro y cara redonda, pero se también hay algunos descendientes de rusos de ojos claros, nariz alargada y pelo rubio.

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Históricamente Asia Central era un territorio considerado como lejano, exótico e inhóspito. Simplemente un lugar de paso para llegar de Europa a China por la famosa ruta de la seda. Kazajistán no existió como tal, hasta que los soviéticos le dieron forma en 1920. Crearon una nación dónde antes sólo había nómades, con el objetivo de que se asienten y trabajen en granjas.

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El país recién logró su independencia en 1991 con la disolución de la Unión Soviética. Curiosamente, el presidente en aquel entonces se oponía a la ruptura de la URSS, fue la última república soviética en independizarse. Más curioso, es que el presidente de aquella época comunista sigue siendo el mismo hoy. Nursultán Nazarbáyev es el único presidente que tuvo el país en sus jóvenes 24 años de nación.

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No todo Kazajistán se puede visitar. En épocas de la URSS, las pruebas nucleares las realizaban en Semipalátinsk. Hoy el lugar está aislado y con peligro de radiación. Para tomar conciencia y si no son impresionables, acá pueden ver fotos de la herencia del desastre nuclear que provocaron

Kazajistán tiene su propio idioma, el kazajo, que tiene raíces otomanas pero sin embargo, gracias a los soviéticos, cambió su alfabeto al cirílico. A pesar del idioma propio la mayoría habla ruso. La televisión, la radio, los carteles están en ruso. Su religión, también es herencia turca, son musulmanes, aunque se ve alguna que otra iglesia ortodoxa.

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Nos cuesta definir al pueblo kazajo, quizá esa tampoco sea nuestra función. Cuesta definir un pueblo nómade que aún se rige por las leyes de la hospitalidad pero que gracias al petróleo ahora mide los metros cuadrados de los departamentos en dólares. Nos cuesta sobre todo por el respeto que nos brindaron. Para ellos, nuestros compañeros de hostel, nosotros éramos los verdaderos nómades. Nos comparaban con sus antepasados por eso debíamos recibir sus cuidados.

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No quedan dudas, Astaná fue una ciudad de contraste pero en la cual nos sentimos en casa una vez más. Kazajistán es un país al cual vamos a volver en algunos meses. Aún nos queda mucho por ver.

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