Category: Kirguistán
Pamir: Caminos y desierto

Una hora y media esperamos en una ruta desolada. Nada se veía a nuestro alrededor, salvo altísimas montañas que imponían su respeto con sus fríos y blancos picos. La carretera se perdía en las montañas, y a los costados desierto, sequedad y un sol que daba de lleno en todo el paisaje sin que una sola sombra se interponga en su camino. Lo único que se diferenciaba a lo lejos era una yurta de donde salieron dos nenes que a paso lento se nos acercaron. Empezaron a hablar en un idioma ininteligible para nosotros. Se corrían el uno al otro por la inmensidad de la nada y volvían a nosotros, como si fuéramos el punto de descanso, con pequeñas hojas que arrancaban de unos arbustos que parecían pedir agua a gritos.

Pamir - Tayikistán -3

Llegamos a Sari Tash gracias a un camionero kirguiso. Nosotros nos bajamos y él siguió rumbo a China. Desde ahí caminamos cuatro kilómetros hasta la bifurcación. La nada misma. Nuestro permiso para entrar al Pamir empezaba al día siguiente. Si nos encontraba la noche ahí estaba en los planes.

El Pamir es una de las cordilleras más altas del mundo. Si bien la mayoría del cordón montañoso se encuentra en Tayikistán, el Pamir se extiende desde Kirguistán hasta Afganistán. Su fama se debe, en parte, por ser la segunda ruta a más alta del mundo.

Una hora y media esperamos. Habíamos pensado que iba a ser duro, pocos autos, un promedio de 10 autos por día. A lo lejos venía el primero. Lo paramos con señas agónicas. Eran tres personas que trabajaban en el puesto fronterizo del lado de Kirguistán. Les contamos un poco nuestra historia y encantados de Messi, Maradona y Natalia Oreiro nos llevaron

EL COREANO

Llevaba una boina en la cabeza y una pipa en su boca. Sos ojos achinados interrumpían la imagen perfecta del profesor universitario europeo. Tal vez por eso o porque tenía puesto un saco pero sin los parches en los codos. Vino caminando hacía nosotros, que estábamos acomodando las mochilas y pensando donde poner la carpa, y comenzó a preguntarnos entusiasmado por nuestro viaje, por haber llegado hasta acá a dedo y lamentándose de tener que regresar a Bishkek. Nos contó que trabajaba en un noticiero de la televisión coreana y le tocó ir a Argentina a hacer una nota sobre las cataratas del Iguazú. Mientras hablábamos de los actuales impactos ambientales y las diferencias en el tema entre Brasil y Argentina se acercó un hombre panzón vestido con gorro y pantalón militar y una muscula blanca manchada con restos de comida.

EL GRUPO

  • Soy Wolfgang, de Austria. ¿Hablan inglés?

Fue tan rápido que no llegué a entender que me decía, mi respuesta fue un simple “¿qué?” en español

-¿Hablás inglés?
– Sí.
– Me dijeron que los tengo que llevar hasta la otra frontera (del lado tayiko). Apúrense a sellar los pasaportes que ya salimos.

Nuestra intención no era ir a ningún otro lado, a nadie le habíamos preguntando por conseguir un lugar en un auto, sin embargo el viaje nos venía bien. Aún hoy nos queda la duda si esto fue por ayuda del coreano o de los tres tipos que trabajaban en la frontera. Rápidamente fuimos al puesto de control, y en menos de cinco minutos ya habíamos dejado Kirguistán.

– ¿Ustedes también tienen el permiso a partir de mañana? – preguntaron casi los dos al mismo tiempo.

Rubios hasta la ceja, de nacionalidad danesa y sonrisa fácil. Dos chicos tan blancos que contrastaban con aquel paisaje. Al parecer no éramos los únicos que teníamos permisos para el día siguiente. (Además sacaban fotos excelentes, si quieren las pueden ver acá y leer su historia en inglés).

Los daneses viajaban en un cuatriciclo. Habíamos visto viajeros en motos, a bicicleta, incluso uno caminando llevando un carrito, pero nunca un cuatriciclo.

Atamos las mochilas en el techo y nos metimos dentro de una 4×4 junto a Wolfgang y Alma, su amigo kirguiso y también gordo que no hablaba mucho inglés. Atrás llevábamos un tráiler donde había dos motos con patente austríaca.

BIENVENIDOS A TAYIKISTÁN

Entre ambos puestos fronterizos hay veinticinco kilómetros de distancia y un paso de montaña más 4.000 m.s.n.m. Todo el trayecto fuimos pensando que hacer después de que nos dejen en la frontera. ¿Poner la carpa por ahí? ¿Pedirle un lugar para dormir a la policía fronteriza? Algo seguramente íbamos a conseguir para avanzar. Tal vez al día siguiente.

Ese trayecto entre ambas fronteras fue una de las partes más lindas del Pamir: la altura, la soledad y el desierto. Mientras, el austríaco nos hablaba de lo vagos que eran los daneses, que venían de una familia adinerada y que eran malcriados. Le contestábamos a cada una de sus ofensivas señalando una montaña, un águila o alguna marmota. Mientras nos preguntábamos y seguíamos sin entender cuál era la relación entre los daneses y el austríaco.

Pamir - Tayikistán -2

Lo que para nosotros resultó un simple sello en el pasaporte, para los que viajaban con vehículo representó una sucesión de oficinas a la espera de una coima. Wolfgang calculó que pagó alrededor de cien dólares de “propinas” entre ambas fronteras, más allá de tener todos los papeles en regla.

Ya con los seis pasaportes en nuestro poder nos invitaron a seguir con ellos. Pero Wolfgang fue en el cuatriciclo y los daneses entraron en el auto. En ese tramo nos enteramos que el austríaco tenía una agencia de turismo un poco improvisada, y otro poco ilegal, y que estos daneses eran sus primeros clientes. Mucho no nos importaba si lograban llevarnos los doscientos kilómetros que separan al pueblo de Murghab desde la frontera. Pero ellos se sentían engañados por lo lento que avanzaban (por el tráiler con las motos) y se quejaban de que era todo espontáneo y no tenían un itinerario definido. No perder su vuelo de regreso era su mayor preocupación. Nosotros escuchábamos y seguíamos señalando picos nevados.

ÁRBITROS A MÁS DE 4.000 MSNM

La altura empezaba a pesar y nos sentíamos como hijos de padres separados que tienen que escuchar las quejas de ambas partes. Alma que iba bastante callado hasta que empezó a vomitar. Paramos.

Mientras Alma vomitaba tratando de contener sus tripas adentro y la noche se aproximaba, Wolfgang empezó a discutir con los daneses sobre cual era el mejor lugar para dormir. Parecía una pelea de pareja. No se pusieron de acuerdo, nos tiraron la pelota a nosotros. “Elijan ustedes”.

Alma seguía vomitando, estábamos a más de 4200 m.s.n.m. (todos amanecimos a 700). Dije lo que me pareció más lógico. “Bajemos lo más posible, al menos hasta el Lago Karakul”. Íbamos a llegar de noche, y tener que elegir los lugares para la carpa a tientas, pero íbamos a poder dormir mejor.

Manejamos algunas horas más y paramos. El lugar no era el ideal, pero las estrellas, el cansancio y el dolor de cabeza no nos permitía seguir mucho más.

Pamir - Tayikistan

Así fue la primer noche

SOL, Y OTRA VEZ

Amaneció como a las seis. El lugar era un idilio, desolado paisaje con un lago azul de fondo y montañas nevadas. A las diez los daneses fueron a un pueblo a veinte kilómetros a comprar pan. A las once nuestro compañero Wolfgang se levantó. Recién a las doce emprendimos la marcha. Nosotros seguíamos con ellos, aunque no éramos parte del tour.

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Pamir - Tayikistán

Y así amaneció

Alma siguió vomitando, los daneses y Wolfgang se turnaban el cuatriciclo mientras discutían un poco y nosotros aprovechábamos para contemplar el paisaje. Así llegamos a Murghab. Otra vez, casi de noche fuimos a buscar un lugar para poner la carpa. Otra vez nos tocó elegir a nosotros.

LA COSTA DE LOS MOSQUITOS

Mientras Alma se arrepentía entre vómitos por haber dejado su Bishkek natal, nosotros divisamos un arroyo con pasto alrededor (Sí, increíblemente había pasto a esas alturas). Parecía ser el lugar ideal, pero con tan sólo bajar del auto una bola, literalmente una bola, de mosquitos se abalanzó sobre nosotros. Igualmente acampamos ahí. No podíamos usar las dos manos porque una tenía que estar libre para espantar a esos diminutos depredadores. Ocupaban cada espacio de piel libre. Tan pronto armamos la carpa nos metimos adentro. Matamos a los que habían entrado y nos fuimos a dormir. La mañana siguiente fue igual pero en sentido inverso. Desarmamos lo más rápido posible para poder huir a otro lugar y desayunar tranquilos.

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EN BUSCA DEL CRÁTER

Dudamos si seguir con ellos o separarnos. Murghab era nuestra meta y nos sentíamos en medio de un conflicto de pareja. Por otro lado podíamos aprovechar los lugares libres de la camioneta y recorrer un poco más con ellos. Ir lugares que de otra forma no iríamos. Fuimos, ellos no tenían problemas en llevarnos.

Fueron varios kilómetros por caminos invisibles que surcaban las pequeñas piedras en el gran desierto del Pamir. Nos perdimos, nos llenamos de polvo, vimos tornados y siguieron las peleas, pero Alma ya había dejado de vomitar.

Llegar al cráter fue comprobar que no era más que un pozo relativamente pequeño en una zona rocosa y polvorienta. Si nos remitimos a los datos, el lago Karakul (donde dormimos la primera noche) fue creado por un meteorito y era mucho más interesante.

Pamir - Tayikistán

En el cráter con Wolfgang y Alma

La expedición fue un fracaso, o por lo menos nada emotiva. A la vuelta tuvimos que esperar a Wolfgang que se fue a pasear con el cuatriciclo. Los daneses nos advertían que iba a pedir que les devuelvan el dinero. Nosotros nos queríamos ir. Ya habíamos compartido demasiado tiempo juntos.

VER EL PAMIR POR NUESTRA CUENTA

Caminábamos lentamente saliendo de Murghab, un poco viendo donde poner la carpa y otro poco viendo los autos que pasaban. Ya habíamos dejado a nuestro querido grupo atrás. No muy lejos había un control policial, caminando hacia allá y pensando que no teníamos que dormir otra vez cerca de un arroyo se detuvo un auto al lado nuestro.

  • ¿A dónde van? – Preguntaron dos hombres, uno con un sombrero típico kirguiso y el conductor con un sombrero típico tayiko.
  • A Alichur – Contestamos. Un pueblo del que sólo teníamos pocas buenas referencias.
  • Vamos, los llevamos.

Y así fue como por segunda vez conseguimos un lugar en un asiento de un auto en el medio del Pamir y sin preguntar.

Cronometrado, las frases que aprendimos en ruso nos sirven para hablar los primeros 15 o 20 minutos. Como mucho. Luego todo se vuelve palabras sueltas, gestos y la ayuda del diccionario que tenemos. Para un viaje de dos horas a veces parece poco. Pero teniendo un paisaje tan fácil de contemplar a los costados no era tan terrible.

LA FAMILIA DE ALICHUR

Alichur es un pueblito de cincuenta casas rodeado de montañas nevadas, sacado de un cuento. Con una mezquita y una escuela, todos se conocen. Hacía frío. Dejamos al kirguiso en su casa y el tayiko nos mira por el espejo retrovisor y nos pregunta:

  • ¿Dónde van a dormir?
  • En carpa.
  • Carpa no. En mi casa
  • ¿Ponemos la carpa en tu casa?
  • Carpa no.

Estacionó en la puerta de la casa. Con más vergüenza que otra cosa nosotros bajamos las mochilas, nos sacamos las zapatillas sucias y entramos. Lo seguimos hasta un cuarto grande con todo el piso y las paredes llenas de alfombras. Afuera se hacía de noche, debía ser la noche más fría hasta ahora. Nos sentamos en el suelo.

Al rato entró Lola, la hija mayor, con una bandeja con pan, papas y té. Lola tenía los ojos claros y unos quince años. Aprendió inglés en la escuela, se notaba que hablaba bien pero con nosotros era muy tímida. Le hicimos algunos chistes y se río. Una de las sonrisas más sinceras que nos pareció encontrar en el camino. Tal vez por lo inesperado de la hospitalidad, o por el paisaje que seguía seduciéndonos.

Para comer nos dejaron solos, ellos comieron aparte. Pero luego de la cena vinieron todos. Lola era la intérprete y la madre la más curiosa. Nunca habían tenido un turista en su casa y estaban contentos de tenernos. Nosotros agradecemos que haya gente en el mundo capaz de no sólo llevarte sino también alojarte cuando afuera hacen temperaturas bajo cero.

A la mañana siguiente nos levantamos a las seis y media. Ya era tarde. Estaban todos despiertos y tenían nuestro desayuno listo. A la despedida no pararon de decirnos “vuelvan alguna vez”. No se si lo podremos cumplir, por las dudas anotamos su dirección en un cuaderno.

Pamir - Tayikistán

La familia

EL DESIERTO

Diez minutos pasaron desde que llegamos a la ruta y ya estábamos arriba de dos camiones chinos. Íbamos separados, cada uno en un camión distinto pero de la misma flota. En realidad, los camioneros son de nacionalidad china, pero se sienten más uigures. Sobre todo cuando a mis primeras frases en chino, el tipo me miró perplejo como diciendo quiero tener un viaje en silencio.

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Demoramos diez horas, dos pinchaduras de rueda y doscientos cincuenta kilómetros recorridos. La mayor parte por el medio de un desierto. La otra por la frontera con Afganistán.

Las sensaciones en el desierto son austeras y el calor, el viento, la falta de sombras hacen que las formas se desfiguren. Pero el cielo con sus montañas era envolvente y las nubes se veían mas llenas.

Pareciese que en el desierto la austeridad y la hospitalidad van de la mano y la falta de sensorialidad lleva a la reflexión interna. Todos los grandes profetas de las religiones buscaron retirarse al desierto no huyendo de ellos mismo, sino para encontrarse.

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Habíamos pensado que viajar por el Pamir a dedo iba a resultar difícil, nos preocupamos, nos preparamos y finalmente logramos hacerlo. Pero les aseguro que mucho más difícil es atravesar los desiertos de nuestras mentes.

Kirguistán: Anotaciones al margen

No me consideraba un “as” de la geografía pero solía tener bastante idea de los países y sus capitales. Si bien un mapa de África me puede dejar en off-side, Asia no. Asia era mi fuerte. El continente en el que viaje por casi dos años. Pero no, todo cambio cuando llegamos a Kirguistán.

***

Pero no, cuando L. me propuso viajar por Asia Central y recorrer todas las ex – naciones soviéticas yo asentí sin dudarlo. Después, con el tiempo, cuando empecé a hacer zoom en Google Maps descubrí (y la palabra adecuada es descubrir) un conjunto de países de los que no tenía ni la remota idea. Kirguistán era uno de ellos.

Incluso, Bishkek, su capital, no me sonaba para nada. Incluso su geografía, trazada a mano alzada y de una manera caprichosa y soviética no me sonaba a nada. A Kirguistán llegue así: sin tener idea. De nada.

***

A la frontera de Kirguistán llegamos a dedo (autostop). Tardamos siete horas en camión para hacer los doscientos kilómetros que separan Bishkek de Almaty, al sur de Kazajistán. Viajamos en un camión de esos grandes, con más de veinte ruedas y diez metros de largo. Un camión de esos a los que cuesta subir, sobre todo con las mochilas y con el tiempo y espacio justo que se puede encontrar en una banquina de Asia Central. Un camión que avanzaba lento, con un conductor tímido que no hablaba nada de inglés. Se ve que nos vio cara de hambre porque nos regaló medio salamín, un pan y dos aguas cuando nos despedimos.

Nos dejó a diez kilómetros de la frontera. El cruce para camiones es uno y el de particulares, otro. Diez kilómetros, mucho para caminar y una distancia incomoda para hacer dedo. Lo intentamos y a los veinte minutos le estábamos explicando al oficial fronterizo nuestra extraña situación. Tenemos doble nacionalidad, tenemos pasaporte argentino y pasaporte español. A Kazajistán entramos como argentinos, pero a Kirguistán queríamos hacerlo como españoles así evitábamos la engorrosa visa. No entendía, nos pidió la visa en el pasaporte argentino, nos trató de falsificadores de pasaportes, hizo una llamada a alguien y finalmente nos selló. Estábamos en Kirguistán y yo, al menos, no tenía idea de nada.

Cansados, transpirados y con el todo el polvo que acumulamos en la cabina del camión nos subimos a una marshrutka para hacer los últimos kilómetros. Las marshrutka son traffics privadas que hacen de transporte público, con un recorrido oficial, claro está. Por treinta soms cada uno hicimos los últimos veinte kilómetros hasta el centro de Bishkek.

En el asiento de adelante se sentó un muchacho, Ruslan. Apenas veinte años, cabello corto y muy prolijo. Rasgos confusos: mitad ruso, mitad kirguiso. Es de Bishkek, es (y con mucho orgullo) kirguiso pero descendiente de rusos. “Nací en el 1992, soy cien por ciento kirguiso, aclara, pero mis abuelos son rusos”. Nos preguntó nuestra edad, nosotros nacimos antes de 1991, antes de que Kirguistán sea independiente. Nosotros dos nacimos cuando la Unión Soviética aún estaba en pie. Ruslan fue de la primer generación de “cien por ciento kirguís“. Así y todo, es el resultado de la mezcla, de las invasiones y de la ocupación soviética en la tierra de los nómadas del centro de Asia. Nos preguntó con curiosidad por Mongolia. Él, al igual que otros tantos kirguisos, preguntan con asombro por Mongolia. Ellos son hijos de aquellas estepas lejanas que alguna vez unió Gengis Khan. Pero Mongolia sólo queda en las palabras, después nos preguntan por Rusia. Su segundo gran referente, tanto política como económicamente. Ruslan, casualmente, se estaba yendo a Rusia a terminar sus estudios. Dijo que le encanta Kirguistán pero que es peligroso y que Rusia le da más garantías. Después descubrimos que no es el único, la mayoría de los jóvenes del norte de Kirguistán sueñan en ruso. Al igual que en Kazajistán, muchos, incluso, no hablan su idioma nacional. Solo ruso e inglés.

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Ruslan nos preguntó a dónde vamos y se ofreció guiarnos hasta nuestro hostel. No sin antes hacer un pequeño city-tour por la ciudad. Nos mostró los mismos elementos que se repiten en cada una de estas ex – capitales soviéticas: monumento a los caídos en la segunda guerra, estatua del soldado desconocido, imagen que representa la libertad, la infaltable estatua de Lenin con la mano derecha levantada, la casa de gobierno, un parque soviético, un bazar y alguna gran avenida llamada Soviet’s, Lenin, Octubre, Marx o Engels. El orden de los factores puede alterarse, pero los elementos son los mismo. A fin de cuentas, estas ciudades fueron hechas por los soviéticos y a ellos se debe la planificación, los parques, escuelas y hospitales que hoy siguen funcionando.

Mientras cruzábamos el centro de la ciudad, Ruslan nos señaló la casa de gobierno y un monumento. El monumento está en el sitio exacto dónde los francotiradores dispararon en revolución del 2010. Intentamos buscar las balas con la mirada pero no vimos ni una, el insistía que aún se veían. Seguimos caminando, no hacía falta evidencias para conocer los no-límites del poder.

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En un momento del paseo le pedimos de parar a descansar. Cargando las mochilas, no nos era fácil seguir su ritmo. Se ofreció a ir a comprarnos algo fresco para tomar. Erróneamente aceptamos y nos trajo dos vasos de Kumus: leche de yegua fermentada.

Nos despedimos de Ruslan sin saber si volveríamos a vernos. Nuestra idea era dejar Bishkek lo antes posible. En un país que tiene un ochenta por ciento de superficie montañosa, el encanto está en la naturaleza y no en las ciudades. Pero no pudimos. Las visas, las embajadas, su burocracia y la comodidad de la ciudad hicieron que pasáramos más de una semana en la capital de Kirguistán.

Finalmente, nos fuimos de Bishkek casi obligándonos. La comodidad nunca es buena amiga del viajero. Invita a estar quietos, a armar una rutina, a quedarse adentro. Y en Bishkek, nosotros, estábamos demasiados cómodos. Ya sabíamos donde comprar fruta barata y dónde vendían los mejores kebabs. Teníamos que arrancar. Volver a la banquina de la ruta, a nuestro mejor estilo Kerouac.

***

Mirando el mapa, al este de Kirguistán se ve un gran lago. Issyk-kul es el segundo lago de montaña de mayor superficie. Bastó con alejarse unos kilómetros de la ciudad para que el paisaje comience a cambiar. Los bloques grises de departamento dieron lugar a enormes descampados coronados de fondo por unas altísimas y nevadas montañas. El horizonte sólo se quebraba cada unos cuantos kilómetros. Los puntos negros eran puestos improvisados de miel, pescado ahumado y los melones y sandias más sabrosos que alguna vez probamos.

Se supone que Issyk-Kul, el lago que jamás se congela, fue un punto clave en la antigua Ruta de la Seda, pero de aquellos tiempos no queda nada. La ruta norte del lago es terreno de resorts y hoteles de varias estrellas. También de familias que alquilan los cuartos libres de sus casas para que los turistas se alojen. Cholpon Ata es tierra de turistas en su mayoría kirguisos, rusos y kazajos. Turistas que vienen con plata y dispuestos a dar lo mejor de sí en sus dos semanas de vacaciones. Lo mejor de sí: emborracharse, comer hasta reventar, comprar remeras mal impresas y alquilar botecitos para recorrer el lago. Lo más destacable: no tienen frío. Con quince grados y lluvia torrencial nadan sin problemas, nosotros abrigados y con campera los mirábamos desde la orilla.

Kirguistán -1

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Decidimos rodear el lago, y volver por la ruta sur. No sin antes parar el Karakol, la ciudad más importante de la zona. Para ellos Karakol es a Issyk Kul, lo que París es a Francia. Ni íbamos a contradecirlos, pero sólo mencionamos al pasar que la ciudad de Karakol ni siquiera está sobre el lago, sino unos cuantos kilómetros más adentro.

Karakol me recordó a la lejana Siberia. Casas de madera, calles de tierra y pibes jugando a tirarse piedras o a correr a las gallinas. La idea era recorrer los alrededores de la ciudad, meternos en las montañas, acampar bajos las estrellas y pasar mi cumpleaños en algún lugar rodeados de naturaleza. Pero no, llovió todos los días.

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Sólo una mañana amaneció apenas nublado y decidimos salir a caminar. Al menos, hasta las montañas que se veían al fondo del pueblo. En el camino, además de saludar a todos los vecinos nos pararon dos tipos. Cada uno con su hoz y su mameluco de trabajo. Nos dijeron que no sigamos subiendo, que había mucho barro. Nos ofrecieron su caballo, iba a ser el mejor modo de subir. Intentamos seguir por nuestra cuenta, pero volvimos. Cuando pasamos de regreso nos pidieron cigarrillos, en su defecto una foto. Al grito de “Messi, Maradona” nos despedimos.

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El día de mi cumpleaños decidimos ir a Yeti Ozgul. Unas curiosas formaciones rocosas a sólo quince kilómetros de Karakol. El chico que trabaja en el hostel insistía en que vayamos en taxi, le dijimos que preferimos ir en transporte público. Dijo que es imposible, que no vamos a poder llegar, que necesitamos un taxi. Le dijimos que vamos a probar de ir en transporte público y volver a dedo. Que no. Le dije que es mi cumpleaños, que llueve, que no quiero un taxi. Con un suspiro largo nos despedimos.

Tenía razón. En la parada de marshrutka nadie nos supo decir cual es la que va. Una señora se prestó a ayudarnos. Ella no hablaba inglés, nosotros chapuceamos ruso. Nos preguntó si hablamos alemán. Es curioso, no es la primera persona adulta que habla alemán. Retoños de la educación de la época soviética. Haciendo un mix entre ruso, inglés y alemán nos entendimos. Nos hizo subir con ella a una marshrutka y luego de bajarse con nosotros a unas cuadras, nos indicó cual es la que va.

Kirguistán -4

Con lluvia caminamos por Yeti Ozgul. Lo único bueno es que el cielo gris realza aún más el color rojizo de las montañas. Decidimos volver a dedo. No llegamos a levantar el pulgar que ya una camioneta estaba poniendo balizas. Se trataba de una familia. Eran cuatro y viven en Cholpon Ata, están de vacaciones por lo cual no tienen problema en llevarnos y practicar inglés. Cuando se enteraron que es mi cumpleaños, pusieron balizas de nuevo. Paramos en un café ¡Había que festejar!

El padre ordenó por los seis. Pinchos de carne, samsas, mantis, ensalada de pepino, té y pan. La mamá no comió. Era Ramadán y ella parece ser la única que respeta las costumbres. De postre, el hijo mayor va a comprar una Coca-Cola. Nos despedimos, una vez más. A quien dijo que los viajes están llenos de encuentros, le canto retruco y le recuerdo que los viajes sólo se componen de despedidas.

***

Nos quedan pocos días en Kirguistán y tenemos que avanzar. Decidimos ponernos rumbos al sur. A la ciudad de Osh, la segunda ciudad más importante del país: la capital del sur, y la capital de Ferganá, de este lado. Esa región que los soviéticos dividieron a ojo formando una extraña espiral entre las recientes naciones de Uzbekistán, Tayikistán y Kirguistán.

Hasta Osh son poco más de seiscientos kilómetros con varios pasos de montaña de más de 3.000 msnm. Decidimos hacerlo en dos tramos, sin saber muy bien donde para a dormir. La consigna es, siempre, avanzar lo más que podamos. Y ahora me acomodo en la silla, por lo que viene a continuación fue lo que más disfruté de estas tres semanas de viaje por Kirguistán.

***

De acuerdo a nuestra forma de viajar estamos condenados a que nuestro viaje dependa enteramente de otros. Depende del auto que pone balizas y nos levanta en la ruta, depende de los camioneros, dependemos de la buena predisposición de la gente que nos ayuda cuando estamos perdidos y sin mapas, depende del idioma, dependemos de quienes nos abren las puertas de sus casas y de los hoteles que, a veces, nos reciben. Por supuesto que nosotros somos artífices de nuestro destino, pero déjenme asegurarles que la mayoría de las cosas no dependen de nosotros.

El viaje a Osh no iba a ser la excepción. El primer auto fue un joven que trabaja en la importación de vodka rusos. Nos llevó hasta una rotonda. Desde ahí, un taxista nos llevó “gratis” hasta un peaje. En el camino lo paró una mujer borracha. Con nuestro poco ruso entendimos que le dijo que no tenía plata. También la levantó. La mujer le dijo algo más y el tipo nos hizo bajar. El auto doblo en U y retomó el camino andado. Nos quedaron serias dudas sobre el “cómo” iba a pagar ella el viaje. Almorzamos debajo de un árbol un poco de fruta, pan y queso. Esperamos que pase el calor del mediodía y volvimos a la banquina. Frenó una camioneta. Ellos van hasta Talas, la ciudad de la que es oriundo Manas, el prócer nacional que liberó Kirguistán. Nosotros nos bajamos antes.

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Decidimos pasar la noche en Suusamyr. Un pueblito que está metido a unos trece kilómetros de la ruta principal. No aparece en las guías de viaje y los viajeros no paran ahí. Eso es todo lo queremos escuchar.

Esperamos por el último auto. Una señora, también, esperaba con nosotros pero son pocos los autos que toman el desvió a Suusamyr. Dobló uno pero sólo tenía lugar para una persona. Nos despedimos de la señora y ella se subió. Al rato, paró un camión. Frenó sin que le hagamos señas y a paso lento, nos dejó en el centro de Suusamyr. El centro. La intersección de dos calles de tierra, dónde hay una mezquita diminuta, un almacén y un restaurant que sólo ofrece un único plato: Lagman, fideos con verduras y pedacitos de carne. Desde el restaurant el único movimienro que vimos fue el de los pastores que llevaban y traían a las vacas de las montañas y las señoras que charlaban en la calle. A veces la vida parece muy simple. Sospechosamente, simple.

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El muchacho del almacén que vende desde ropa hasta tornillos nos dijo que preguntemos en la casa de huéspedes. La reconocimos muy fácilmente, tiene el único cartel en inglés de todo un pueblo de veinte casas y dos calles.

Una señora sin mucha simpatía nos hizo pasar. Sin siquiera decir hola nos dijo un número en inglés. No sabíamos de que se trata, era el precio en dólares por dormir ahí. Su casa cotiza en dólares. Ni “qué tal, ni de dónde son”, nada. Plata. Por eso no me gustan los lugares turísticos. La gente se obnubila y el dinero carcome hasta lo indicios más humanos. Le dijimos que es mucha plata. Nos dijo “chau”. Bueno, en realidad su cuerpo dijo “chau”. Se dio media vuelta y nos dejó solos. A todo esto, su hijita de dos años dice en inglés “photo, photo, hello” y empieza a posar.

Con la noche ya casi encima entramos al segundo almacén del pueblo y preguntamos por un lugar en el cual poner la carpa. Si bien tenemos cientos de kilómetros de tierra vacía, siempre creemos que es mejor preguntar. La chica del almacén nos dijo que esperemos. Llamó a su hija, cerró el local con llave y nos hizo señas de que la sigamos.

Cruzamos la calle, le dijo algo a un nene, el nene pegó un grito y salió una señora a recibirnos. Pañuelo en la cabeza, dientes recubiertos en oro, vestido gastado y botas de lluvia. Nos hizo el gesto universal de dormir uniendo las dos manos bajo una oreja y poniendo la cabeza de costado y nos dijo que la sigamos. La siguiente escena pudo haber sido protagonista de una película de Hitchcock. La seguimos por un pasillo totalmente a oscuras, abrió una reja y entramos a una habitación vacía y sucia. Otro pasillo, una puerta con llave, una cocina vacía, otra reja con llave, una habitación con muchísimas fotos, otra puerta con llave y un nuevo pasillo. Abre una cortina y con algo de luz nos señala un cuarto. La habitación era amplia, piso de alfombra y seis camas de no más de 1,50 metros de largo. Las sabanas son de Mickey, las paredes tienen posters de Winnie Pooh y en un baúl un montón de bloques que esperaban ser apilados. La señora nos dijo que pongamos varios colchones en el piso y que durmamos ahí. Nunca supimos si se trató de un jardín de infantes, de un orfanato, si era la municipalidad del pueblo o qué. Pero pasamos la noche ahí.

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A la mañana siguiente no vimos a la señora, el almacén estaba cerrado y no había ningún nene jugando en la calle. Lo único que vimos fue un grupo de señores kirguisos (es fácil reconocerlos por su sombreros blancos de fieltro) borrachos charlando en una esquina.

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Caminamos los trece kilómetros hasta la ruta principal y comenzamos de nuevo, a hacer dedo.

No pasaron ni cinco kilómetros y ya estábamos estrechando una mano al son de “Salam Alekium”. El tipo, un petizo barrigón de cuarenta años iba hasta Jalal-Abad a unos 100 kilómetros de Osh. No tenía problemas en llevarnos.

Hicimos juntos casi quinientos kilómetros parando a almorzar, a sacarnos fotos, a buscar un baño de urgencia y a tomar la bendita leche de caballo fermentada. Cuando estábamos llegando a Jalal-Abad el buen hombre se ofreció a hacer cincuenta kilómetros más para dejarnos en Uzgun. Una ciudad con un inmenso minarete que según él no podíamos no ver. Y luego de sacarnos fotos y despedirnos, volvimos a preguntar por un lugar donde poner la carpa.

Una chica preguntó en el parque y le dijeron que no, nos dice que mejor caminemos hasta las montañas al final del pueblo. Decidimos preguntar en otra almacén y esta vez, la dueña nos invitó a dormir en un cuarto vacío que tiene detrás del local. Nos pidió disculpas por no tener demasiado mobiliario y nos convidó un té. Nos contó que en esa ciudad el setenta por ciento de la población es uzbeca. No nos quedaron dudas, estábamos en el corazón del Valle de Ferganá.

Salimos a caminar por la ciudad y el bazar nos hizo sentir que habíamos cruzado una frontera casi invisible. Nada tenia que ver esta parte del mapa con el resto de país. Volvimos al almacén, la señora nos compartió unos helados y nos quedamos un buen rato charlando en la vereda con ella y con todos los vecinos que se habían enterado que en el pueblo había dos turistas de Argentina y que iban a pasar la noche en el almacén.

Ya cerca de las nueves la señora empezó a cerrar. Contó la recaudación de la caja delante nuestro y nos preguntó a que hora queríamos que venga a abrir el local a la mañana siguiente. Nos despedimos y nos dejó solos, con toda la mercadería. Todo un acto de confianza.

Hay cosas que me cuestan explicar o entender. Y está es una de esas. Para mi es inexplicable que alguien nos levante en la ruta, nos invite a su casa, nos comparta su té. No entiendo la hospitalidad y tampoco entiendo por qué me cuesta entenderlo. Cuando debería ser algo obvio y natural. ¡Vos necesitas ir y yo estoy yendo en la misma dirección con lugar en el auto! ¡Vos necesitas un lugar dónde pasar una noche y el living de mi casa está vació! Pero no, nosotros tenemos miedo. Miedo de que nos roben, de que nos maten, de que nos hagan algo malo o de que nos hagan quedar como unos boludos por ser tan desconfiados. Pero acá no. Acá esto es normal, y la vida vuelve a parecer simple.

Y aunque parezca ilógico a nosotros nos gusta viajar así. Dependiendo, confiando, preguntando en las almacenes de los pueblos. No nos gustan las cosas de turistas ni nos gusta las rutas ya trazados dónde todo es fácil y dónde todos hablan inglés y todo se puede pagar en dólares. A nosotros nos gusta el caldo, meternos de lleno, conocer la vida real y nos las aristas ya preparadas para el turismo occidental.

***

Kirguistán fue una gran ensalada (¿Ensalada rusa quizá?). Kirguizos, uzbecos y rusos. Nómadas, comunistas, revolucionarios, rojos y pro-yanquis. El valle de Ferganá dividido con un crayón y grupos étnicos que aún no saben de que lado de la frontera quedaron. Llegamos sin tener mucha idea y nos fuimos con la misma sensación. Las barreras idiomáticas no ayudaron, viajar por los márgenes, por las rutas secundarias tampoco, quizá por eso las cosas no siempre salen como uno las planea. Es el riesgo de viajar saliéndose de los mapas ya establecidos. Pero lo bueno es que los lugares esperan.

Siempre los lugares esperan.