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Lo que Laos nos dejó

500 kips, sólo un billete para mucha gente, pero para nosotros no. Ahora no. Internacionalmente representa 1/16 de dólar. Internamente, en Laos, no mucho más. No encontramos nada que valga 500 kips, ni siquiera algo de tantos miles con 500 kips. Pero para nosotros, casi sin saberlo, se convirtió en el más fiel compañero de viaje por ese país.

Lo obtuvimos por allá, en Huay Xai, en nuestro primer día en Laos, apenas cruzamos la frontera. Juntamos los pocos bahts que nos quedaban, fuimos al banco y los cambiamos por kips. Nos dieron unos cuantos miles con 500 kips. Desde ahí el billete se pegó a nuestra billetera y nunca salió, ni siquiera a ver el sol.

A Laos lo recorrimos todo a dedo. En total 1.444 Kms. Fueron 23 autos distintos los que nos levantaron. El billete viajó con nosotros en cada uno de ellos. Nunca se mareo en los caminos de curvas, tampoco paso frío cuándo nos encontraba la noche, tampoco vio al sol. Estaba guardado, nada le afectaba. Nos acompañó en un asado, en un pueblito tranquilo donde, depende de quién lo diga, hay mucho o poco para hacer. Durmió con nosotros en un hotel boutique y se disculpó por el comportamiento de los turistas en Vang Vieng. Se maravilló del paisaje y de la gente. Se contagió de sonrisas, encontró mucha paz y hasta escuchó crecer el arroz. Se metió en cuevas y revivió un poco la historia. Una historia que los libros se olviden de contar, quizá porque 500 kips es solo 1/16 de dólar. También navegó el Mekong. Se dio cuenta de la importancia del río. Para las plantaciones, la pesca y el transporte. Río de vida y de historia.

Contempló atardeceres como estos

Contempló atardeceres como estos

Además celebró con nosotros nuestro séptimo aniversario como novios. Primera vez que lo festejamos fuera del país. Nos vió crecer como pareja.

Río, lloró, se alegró y por momentos, extrañó Argentina con nosotros.

Pero sin embargo esto no es más que un relato de traición, de cómo lo abandonamos y lo tratamos como una cosa cuando en realidad fue un gran compañero. Siempre estuvo ahí, callado, no decía mucho, pero era bueno escuchando. Tiene esa cualidad que tienen los gatos, uno habla con él y es como si al mismo tiempo estuviera hablando solo, y a lo mejor es por eso que uno le cuenta tantas intimidades.

Cruzamos a Vietnam y el seguía con nosotros. ¿Sería la primera vez que salía de su país? No nos sirve de excusa, pero las fronteras no nos gustan. Nos emociona pensar que hay del otro lado, pero las ciudad fronterizas nos aturden. Todo es un poco más turbio y comercial que lo normal. Y en esa confusión cambiamos el billete por poco más de 1.000 Dong vietnamitas. Habíamos oficiado de Judás. Le habíamos puesto precio y lo entregamos. Nos sentimos tan viles. A él, justo a él, que no nos había hecho nada. Que aunque no lo supiéramos siempre estuvo ahí.

Estas palabras no son más que una prueba de nuestro arrepentimiento, no somos inocentes, pero es un humilde homenaje a él, un gran compañero de ruta por un gran país como es Laos. De él, ni siquiera nos quedó una foto.

Sarcasmo en Vang Vieng

Sarcasmo = MODO ON

”Vang Vieng son de esos lugares donde siempre quisimos ir. Alcohol, joda, muchos turistas del primer mundo, no hay posibilidad de aburrirse. Lo comprobamos cuando alquilamos un gomón con forma de rueda y nos fuimos emborrachando en cada lugar que podíamos rodeados de cien gringos más. Cuando estábamos ebrios hasta la médula nos dejamos llevar por el río hasta la ciudad. Una vez que llegamos nos pusimos de pie como pudimos, dejamos el bote tirado (total el depósito son unos pocos dólares) y en cuero y en bikini caminamos hasta la ciudad. Nos importa muy poco que haya carteles pidiendo que la gente se comporte y vista adecuadamente. ¿Nunca vieron una persona en cuero? Que se curtan. Estamos en la era de la globalización, todos tienen que ser como nosotros. Ah, de paso nos compramos la remera que dice “Tubing in Vang Vieng”.

Sarcasmo = MODO OFF

Siphan se sorprende de vernos llegar con las mochilas. Se ve que hace mucho tiempo ningún turista visitaba su hotel. El guest house esta muy bien. Pequeños bungalows, con baño privado y ducha caliente. Además café y bananas para el desayuno. Siphan vive con su mujer. Su casa es una típica casa laosiana: una sola habitación muy grande que hace de dormitorio, comer y sala de estar. La cocina está afuera. Siphan se dedica a su granja. Tiene gallina y unas cuántas parcelas de tierra. Su campo sería mucho más grande de lo que es, sino no hubieran puesto una carretera que pase por el medio. Pero esta bien, con esa indemnización puedo hacer el guest house.

Él no entiende como los turistas no van; Y eso que su guest house tiene salida al río. Pero no, los turistas no van. Todos se quedan en el centro, en el “quilombo” como decimos en Argentina. Nosotros somos la excepción (Una más y van…).

La calle de nuestro guest house

La calle de nuestro guest house

Su guest house es nuestro remanso, podemos pasar horas leyendo y sin ningún ruidos más que alguna gallina con el reloj cambiado. Pero para comer nos toca ir al centro. Bienvenidos al quilombo. Yanquis en musculosa y gorra para atrás, chicas caminando en bikini por la calle y una mina borracha anunciando un 2 x 1 en cervezas. Los laosianos no se quedan atrás. No pierden la oportunidad de tomar ventajas con el vuelto o mirar de más a una señorita que camina semidesnuda por la calle.

Pensamos darle una oportunidad a la naturaleza. En general, no suele fallar. Al día siguiente vamos a una cueva a unos 7 km. Decidimos hacerlo caminando, para poder ir hablando y viendo los detalles. El camino a la cueva cruza granjas y casas de familia. Los niños salen corriendo hacia nosotros, no les dan la manos para saludarnos. Nos piden fotos. Y una vez más: “Money, photo, money”. Les hacemos algún chiste y nos vamos. A los metros una señora nos llama a gritos. No hace el esfuerzo por ser simpática, solo nos quiere vender una cerveza o una Coca-cola. Siphan si es simpático, quizá por eso no entiende como los turistas no van a su guest house. Seguimos caminando a las cascados. Ahora venden pashminas, pero hace 40°C. Y así, 7 kilómetros. Las esperanza de un lugar a nuestro estilo van en picada. Llegamos y encontramos un río con mesas y hamacas y cerveza para todos (y todas).

Unos metros sobre el río pende una rama. Y sobre la rama se montó un espectáculo. Quién hacía la mejor pirueta para entrar al agua. Mortales, mortales para atrás, de cabeza, parejas, de panza, o cualquier forma que resultase exitosa para llamar la atención de los presentes. Como si hubiese un jurado y la cantidad de “oohhh” determinara el ganador. El ser humano le tiene una muy alta estima a su individualidad, se tiene que sentirse diferente a los demás. Incluso a veces mejor. ¿Para qué? Sólo para engañarse un rato. Mañana se levanta, se toma un micro y en el nuevo destino tendrá que demostrar nuevas habilidades para atraer atención. !Pobre de él el día que no lo logre! Sentirá un vacío enorme en su cama a la hora de dormir.

Camino a la cueva, estos dos nenitos nos pararon al grito de "money, money"

Camino a la cueva, estos dos nenitos nos pararon al grito de “money, money”

El agua turquesa del río, muy cerca de la cueva

El agua turquesa del río, muy cerca de la cueva

Celebramos que cada uno decide como hacer su viaje, como pasar sus días y de que forma buscar lo que quiere. Pero debemos apostar a un turismo responsable. Un turismo invisible, que pase desapercibido con el paisaje. Que intente camuflarse. Que intente respetar.

Atardecer

Atardecer

Nenes yendo a la escuela

Nenes yendo a la escuela

Pero no, así somos. Llegamos a los lugares, los destrozamos y nos vamos. Mañana vendrá algún otro que se indigne y escriba sobre esto. También se va a ir. Y así va a seguir la historia. Mientras Siphan se pregunta porque los turistas no llegan a su guest house. Y eso que su guest house tiene salida al río.

Cosechando

Cosechando

Asado y lluvia haciendo autostop

Nos levantábamos con el ruido de la lluvia sobre el techo. La idea de salir a hacer autostop nos daba pereza, pero peor era quedarse un día más en ese pueblo. Ese pueblo en que nos sentíamos tan incómodos. Un pueblo chiquito, de ruta, pero que vive del turismo que está de paso. Nadie se queda mucho, pero no se hacen querer, no dan ganas. Nosotros tampoco nos hubiésemos quedado sino era porque nos agarró ahí la noche. Queríamos ir a donde sea, pero teníamos que esperar al día siguiente. Incluso Vang Vieng (paraíso de jóvenes que después de juntar un par de dólares en Nueva Zelanda van ahí para emborracharse) parecía una buena opción.

Con apenas un paquete de galletitas para desayunar, y un sabor amargo nos alejamos del pueblo en medio de la lluvia. Nos acompañaban Antoine y Patricia, una pareja franco-española que habíamos conocido el día anterior haciendo autostop. Habremos caminado menos de un kilómetro y parámos bajo un techo. Un techo de chapa que era la entrada de un edificio que parecía oficiar de gubernamental, pero estaba cerrado.

La ruta nos era esquiva. Pero más que por los autos, por nosotros mismos. La condiciones no estaban dadas. Llovía mucho, y el frío se empezaba a sentir.

Saliendo del pueblo.

Saliendo del pueblo

Muchos dicen que el hombre se empezó a diferenciar de los animales porque pudo controlar el fuego. Eso hicimos nosotros: conseguimos algunas maderas, y en un brasero prendimos un fuego para calentarnos la manos. Pedimos todo prestado a la casa vacía. De a poco, el día estaba cambiando para nosotros, porque por más que llovía a cántaros, el simple hecho del fuego nos reconfortaba. El fuego atrapa, entretiene. Deja a las personas en un estado de reflexión exquisita. Donde parece que desde lo más profundo de nuestro ser sale la más linda poesía.

¿Hace cuanto que no improvisábamos algo sacado del libreto? Por lo general cuando nos ponemos un destino en la cabeza lo cumplimos, muchas veces renunciando a otras opciones. Pero está vez no importaba que los autos pasen sin que nadie los parara, estábamos al lado del fuego. Los 4 sentados y las 8 manos calentándose. El cartel escrito en Lao que anuncia nuestro destino quedo esperando al lado de la ruta.

Antoine y Patricia

Antoine y Patricia

De pronto a nosotros dos, se nos vino una imagen a la cabeza, de hace ya más de un año. Estábamos en Gualeguay con una pareja amiga (Tomás y Pía). El frío nos congelaba hasta los huesos. No había abrigo capaz de soportarlo, pero prendimos un fuego y todo cambió. Aquel fuego derivó en un asado. No fue un gran asado, ni el más rico de todos, pero si digno de recordar por el ingenio y la improvisación que utilizamos para hacerlo.

Pero esta vez era Laos, no el litoral argentino, y la carne no es lo mismo. La comunicación nos cuesta. Ellos no saben mucho inglés y nosotros apenas sabemos decir hola, gracias, por favor y los números, ¿Cómo le íbamos a decir dame 2 kilos de vacío? ¿Please, give me 2 kilos of “empty”? Estábamos condenados al no entendimiento por ese camino.

Y se ve que los “españoles-franceses” nos leyeron la mente. Él pregunta por el asado argentino, bah mejor dicho “la barbacoa argentina”. Y nosotros no nos quedamos atrás. Hicimos una increíble exposición que nos dejo a todos con ganas de picar algo.

La casa vacía que nos convido madera, ahora nos mostraba un bolsa de carbón y una parrilla. Si, carbón y una parrilla. Llevábamos dos horas ahí y nunca la habíamos visto. La charla le dio importancia. Y la idea surgió sola: “¿Y si vamos al pueblo a comprar un pollo? Eso hicimos, fuimos al pueblo en busco de un pollo y volvimos con 2 kilos de cerdo, unas papas, berenjenas, algo de sal y limones. Ya teníamos todo. Sólo faltaba el ingenio y la imaginación para cocinarlo.

Las tareas se repartieron solas: avivar el fuego, separar las brasas, limpiar la parrilla, cortar el cerdo  y condimentar.

A trabajar!

No apto para vegetarianos

Afuera, los autos seguían pasando. El carbón estaba húmedo, y el cerdo tardó más de lo común. El tiempo seguía corriendo. El plan de madrugar para llegar temprano a destino ya no tenía sentido. La lluvia no daba tregua, el cerdo tardaba, y los autos dejaron de pasar.

Trabajo en equipo

Trabajo en equipo

Nuestro almuerzo

Nuestro almuerzo

La cabeza humana va siempre un paso más allá de los hechos. Ya nos imaginamos pasando otra noche en ese pueblo rutero; El plan de sol y río se volvía a posponer un día más. Todavía había que dar vuelta la carne.

Y se nos presento esa frase que tanto escuchamos en estos 7 meses de viaje: “Lo importante no es el destino, si no el camino”. Claro, era eso. No importa llegar ayer, hoy o mañana. Ayer nos sorprendió la noche, hoy llueve, el pueblo es un espanto pero nosotros estamos bajo techo, al lado de un fuego, esperando comer un asado.

La voz de “A comer!” se hace escuchar. Encontramos un plato y con papel higiénico improvisamos servilletas. La comida estaba increíble, o esa era nuestra sensación después de tantos meses de arroz y sopa. Panza llena y corazón contento. Nos faltaba terminar de limpiar y dejar la casa en condiciones.

Sin embargo nuestro plan inicial de llegar a destino seguía estando trunco, ya era mediodía y la lluvia apenas menguaba. Pero, que linda que es la vida que a veces te regala algunos días donde todo sale bien. Primer auto que paramos, frena, nos mira, nos pregunta a donde vamos y nos lleva a los 4 (si, a los 4) hasta Vang Vieng. Llegamos ya sin lluvia, con la panza llena y una anécdota más en la ruta.

Así nos recibió Vang Vieng

Así nos recibió Vang Vieng

La libertad de las mil estrellas

Las situaciones cambian y nosotros nos vamos adaptando al cambio. Cambia, todo cambia. Lo único constante es la adaptación al cambio. En eso estamos mientras viajamos.

Río Mekong

Río Mekong

Lo vivido:

La pick-up que nos acercó a Luang Prabang nos dejó a unos metros del centro. Lo cual nos dió tiempo de pasar por un baño y aunque sea, peinarnos un poco. Llegar al hotel no nos fue fácil, y no justamente por su ubicación. Si no que eran los nervios los que nos ganaban. Un hotel boutique donde la noche valía lo mismo que nuestro presupuesto mensual. Un lugar que no encajaba con nosotros, y nosotros con ellos.

La entrada fue una imagen sacada de una películas. Por un lado nosotros dos, con las mochilas sucias y nuestra ropa curtida de ya tanto viaje. Por el otro un hotel/mansión (la casona había sido parte de la realeza laosiana).
La entrada con su fuente ya nos dejó atónitos. Nos sentamos en la recepción, le dijimos de nuestra reserva y nos trajeron una toalla mojada con aroma a limón (para refrescarse) y jugo de arándanos en una copa de vino. Nos sentíamos bastante raros. Mientras, el recepcionista buscaba “nuestra” reserva en la computadora. Finalmente la encuentra, figuraban nuestros nombres: “Lucas and Ludmila”. Pero antes de mostrarnos la habitación, él tiene que llamar al manager del hotel. Baja un hombre vestido de traje muy elegante. Hablaba muy bien inglés pero se le escapaba el acento francés. Nos da la bienvenida. Todavía no entendíamos que hacíamos nosotros ahí. La pregunta surgió sola. “-¿Qué esperan ustedes de nosotros? -Que escriban, que escriban mucho” esa fue su respuesta.

Agarramos nuestras mochilas y nos fuimos a la habitación. Apenas la abrimos nuestras expresiones fueron de asombro. Se nos debe haber escapado algún uuuuauuu! (como a los niños). Y justamente, como niños nos pusimos a revisar todo: placares, cajones, shampoo, el secador de pelo, la caja fuerte, la heladera, etc. ¡Hasta teníamos un escritorio para poner la computadora y sentarnos a escribir!

Si, éramos niños jugando

Si, éramos niños jugando

Ya que estábamos nos fuimos a la zona de pileta. Para leer un poco y aprovechar para escribir. Y en eso estábamos cuando se acercan a ofrecernos (solo a nosotros) un masaje gratuito de una hora. No solo nos habían recibido en su hotel, si no que nos daban tratos especiales.

¿Trabando?

¿Trabajando?

El hotel era muy grande y nosotros éramos los más jóvenes. Contingentes de jubilados franceses arribaban todos los días. Claramente no era una guest-house backpacker.

Entre masajes, cerveza al lado de la pileta y desayunos abundantes nosotros nos preguntábamos que mierda estábamos haciendo ahí. Una lata de Coca-Cola costaba más que el presupuesto diario que manejamos.

Beerlao - Cerveza laosina

Beerlao – Cerveza laosina

Por las noches nos “escapábamos” al mercado. Puestitos de comida y un buffet de 10.000K (1,2 USD). Nuestros compañeros de hotel también iban al mercado, pero no a comer ni a charlar. Iban en combi (estaba a unos 400 metros del hotel) y con un guía que les indicaba donde sentarse y hasta donde pisar.

Buffet en el mercado

Buffet en el mercado

Luang Prabang esta llena de templos. Por algo es la capital religiosa de Laos

Luang Prabang esta llena de templos. Por algo es la capital religiosa de Laos

Luang Prabang - 9

Lo previo:

Ya llevábamos más de una semana en Laos y Luang Prabang surge como nuestro próximo destino. No teníamos muchas referencias de la ciudad salvo que es una “ciudad boutique”, patrimonio de la humanidad según la UNESCO. La ciudad es un remanso de la locura asiático, tan colonial y francesa que no parece Asía y mucho menos Laos.

Pero aún no llegamos. Solo estamos viendo el mapa y ver en que ruta nos conviene hacer “autostop”. También buscamos alojamiento en Couchsurfing y no encontramos nadie que nos pudiera alojar. Lo que abrió una nueva posibilidad. ¿Y si le mandamos un mail a los hoteles ofreciéndoles cambiar alojamiento por promoción en las redes sociales? ¿Y por qué no? ¿Qué podíamos perder?

También nos invitaron a pasar el día a un eco-hotel

También nos invitaron a pasar el día a un eco-hotel

Luang Prabang - 12

El resultado:

Increíblemente caminar por los lujosos pasillos del hotel nos hacia sentir bichos raros. En cambio, las calles de los mercados ya nos son habituales. Nos llama más la atención un desayuno con croissant que un huevo frito con sopa a las 9 am. Los días de lujo nos llenaron de contradicciones; nos permitieron encontrarnos con tantísimas comodidades que habíamos dejado en Buenos Aires. Nuestra cara de asombro del primer día se fueron transformando hasta llegar a ser algo chiquito y pasajero. Nada de todo eso que vimos, comimos y tanto disfrutamos es necesario.
El viajar nos enseña eso: que nos enseñan a necesitar y comprar. Nadie necesita un hotel de 300 USD la noche para vivir, nadie necesita un guía para recorrer un mercado local. Nadie necesita dormir bajo 5 estrellas, sobre todo cuándo el universo nos brinda miles de estrellas de manera gratuita.

La vida es cambio y adaptación. También es libertad. Y en eso estamos, un día nos toca un hotel boutique y al otro día, con suerte, volvemos a guest-house backpacker.

¿Será cierto que Ganesha trae suerte?

¿Será cierto que Ganesha trae suerte?

Subjetividad del tiempo en Nong Khiaw

“A nosotros nos encantó, estuvimos días echados frente al río y viendo el tiempo pasar. Solo eso, pasando el tiempo” 

“En Laos estuve dos semanas, y solo visité Luang Prabang y Vientiane” 

“No, ¿Para qué? No hay nada para hacer. Para que voy a perder 3 horas en micro” 

“Si tuviera tanto tiempo como ustedes lo haría. Yo voy 2 días a la capital (no recuerda el nombre), 3 a Luang Prabang, y después ya vuelvo a Tailandia. Laos es aburrido, cierra todo temprano”

¡Es eso! Es el tiempo. Maldito y glorioso tiempo. Tiempo que vuela, tiempo que se detiene, tiempo que no pasa, y tiempo que se nos escapa. Tiempo que se gana y tiempo que se pierde. Tiempo subjetivo. Cada uno lo vive a su modo, para algunos es eterno e inagotable, para otros es efímero: vuela.

Por suerte los niños de Nong Khiaw no se enteraron de que el tiempo vuela.

Por suerte los niños de Nong Khiaw no se enteraron de que el tiempo vuela.

El conejo de Alicia no se equivocaba. Es tiempo. “Es tarde, es tarde, es muy tarde”. La oruga tampoco se equivocaba. El tiempo dura lo que lo hacemos durar. Una palabra puede tardar el tiempo que tardemos en pronunciarla, lo mismo un pensamiento, y que tal una respiración ¿o no?

Una bella sonrisa

¿Y una bella sonrisa?

“Nong Khiaw es ideal para sentarte en una hamaca paraguaya y ver el día pasar”

“Es un lugar lindo, tranquilo. No hay mucho para hacer, pero esta bueno para descansar uno o dos días”

“¿A Nong Khiaw, para qué? No hay nada para ver”

“Te aburrís. Es para ir a pasar el día, sacar unas fotos y ya”

“No dejen de ir. Es hermoso y hay varias cosas para hacer: bicis para andar por los alrededores, botes para navegar el río, trekking, muchos pueblitos cerca que solo llegas caminando o en bote. También hay unas cuevas cerca, donde muchos laosianos se refugiaron durante la guerra en Vietnam. Hay muchas cascadas. Sí, tienen que ir, no se van a aburrir”

Las cuevas

Las cuevas

Sea como sea, el tiempo hay que ocuparlo (o eso nos inculcaron). Cada pueblito en el mapa (e incluso los que no figuran en los mapas) es un mundo, y cada persona lo vive de una forma distinta. Durante el viaje uno comparte con otros viajeros, que van o que fueron, sus impresiones de los distintos lugares. No puede ser de otra forma. El viajero es una fuente de consulta inagotable, y esta bien que así sea. Las historias se viven para contarlas. Pero, claro, como era predecible cada lugar se presenta de una manera diferente para cada viajero. Cómo cada instrumento se presenta distinto para cada músico, como cada río para cada pez, como cada parcela de tierra para cada cosechero.

Nong Khiaw es un pequeño pueblo a unos kilómetros de Luang Prabang (esa boutique que habla francés). A Nong Khiaw no llegan muchas personas. No llegan por falta de tiempo, no llegan por falta de bares, no llegan por exceso de paz, no llegan por el río silencioso. No llegan porque (no) hay “nada“. Y la “nada”, en cualquiera de sus representaciones, supera al individuo, lo quiebra. La “nada” no se aguanta. No llegan muchas personas.

... Si supieran lo que se pierde...

… Si supieran lo que se pierde…

¿Y los que llegan? Los que se toman el micro de 3 horas, los que contratan la excursión de un día o los que vienen por una semana, vienen a hacer algo. No existe no hacer “nada” en Nong Khiaw. Sea una actividad extraordinaria como visitar niños semidesnudos que sonríen a cambio de un dólar, o visitar esas cuevas donde tantos laosianos se refugiaron, o actividades más simples como leer un buen libro, caminar por la orilla del río o tomar una foto del atardecer, algo vienen a hacer. La “nada” es inaguantable, dejemos de usar su nombre en vano.

Pero al fin y al cabo, algunos llegamos. Somos pocos, nos vemos la cara todos los días. No nos conocemos, ni nos hablamos, pero somos lo que llegamos.

Ya baja el sol, los 3 restaurantes que hay pronto van a cerrar. Llegamos y cada cual esta en su mesa. Algunos conversan, otros revisan los mails y otros miran. El tercer grupo nos gusta más. Miran para la calle, miran en dirección al rio, miran a la otra mesa, miran sus manos, miran un cubito de hielo derritiéndose dentro del vaso.

Hace calor, hay humedad, pero la temporada de lluvias ya paso, solo son unas cuantas nubes. Todos estamos ahí, cada cual en su mesa.

¿Tendremos algo en común? ¿Habrán llegado a dedo como nosotros? ¿O en auto privado? ¿Seremos tan distintos a fin de cuenta?

Pero están acá, como nosotros. Están acá.

Pero, blah, de que sirve esto. Al fin y al cabo, esto solo es una opinión más.

Ojalá este niño tampoco haya pérfido el tiempo.

Ojalá este niño tampoco haya pérfido el tiempo.