Category: Nepal
Lo que Nepal nos dejó

Era agosto, y ya pasaron 4 meses desde que nos fuimos de Argentina. Ya pasamos 4 meses en India, es hora de partir, necesitamos renovar la visa. Es momento de cruzar la frontera. Empezamos a barajar países y Nepal fue el elegido. Estaba cerca, teníamos buenas referencias y en su nombre resonaba algo mágico. Nos llena de misterios, tal vez su geografía, sus montañas, su gente o sus creencias.

4 meses en India hicieron que nos sintiésemos cómodos aquí. Ahora, cruzar la frontera nos llenaba de inquietud. ¿Podría ser de otra manera? No lo creemos. Cruzar una frontera, cualquiera que sea, nos llena de ansiedad y ese le debe pasar hasta al viajero más experimentado. Si hay frontera es porque hay una división, hay una diferencia. De este lado está lo conocido, y el otro lado se presenta como lejano, como otredad, como lugar a descubrir. Pero a su vez las fronteras son “invenciones”. Muchas veces son ocurrencias políticas más que sociales. A veces la geografía ayuda, a veces son conflictivas, pero sea como sea, las fronteras están. Nosotros las creamos.

A fin de cuentas estuvimos un mes en Nepal. No sabemos si fue poco o mucho. Nepal nos dejó confundidos y aturdidos. No estábamos acostumbrados ni a sus ritmos ni a sus precios.

La plaza Durbar

La plaza Durbar

El desafío fue conocerlo a nuestra manera: lento, pausado y en los detalles. A primera vista no pudimos. Solo de Nepal pudimos conocer su capa más superficial: la que le muestran a los turistas. Intentamos salir de los circuitos turísticos pero no era fácil. Nepal nos dejaba la sensación que el único contacto con el turista que buscaba la gente era por el dinero. Pero la última noche en Sauraha nos sirvió para llevarnos una imagen más hospitalaria. Un viejo estadounidense casado con una joven nepalí nos invitaron a cantar a la casa de una familia amiga de ellos. Nadie nos conocía, ni sabía nuestros nombres. Pero todos fueron amables. Nos sigue costando no desconfiar de la gente. Mientras cantábamos cada uno de nosotros pensaba que algo nos iban a pedir a cambio. Quizá porque así nos formaron. Nos enseñaron que la gente es mala, que el pobre te roba y te mata, mientras que el rico es el ejemplo a seguir. Y así andamos por la vida cargados de prejuicios equivocados.

Pero al final no nos pidieron nada, salvo que cantemos alguna canción argentina. Lo mal que nos sentimos al irnos con nosotros mismos. En Nepal adquirimos un caparazón para no dejarnos llevar por las rutas del dinero, pero, la última noche nos enseño que ese caparazón a veces hay que dejarlo de lado y confiar en la gente.

Hoy ya volvimos a India. Septiembre está llegando a su fin. Aquí el otoño asoma y no podemos dejar de pensar en la primavera que llega al sur ¡Qué lejos estamos che!

El otoño nos trajo a India ¿Y de Nepal qué? Dijimos que Nepal no nos dejó mucho, solo algún que otro mal trago. Pero hoy a la distancia nos damos cuenta de que si nos dejó algo. Abrimos nuestro cuaderno y tenemos nuestro diario de viaje lleno de recuerdos, postales, encuentros y flores secas del Himalaya. Hacemos memoria y recordamos todas las plazas de madera, tan de la realeza, que visitamos en el Valle de Katmandú. Nuestras zapatillas todavía llevan el polvo del Himalaya en su suela. Y en nuestras manos, aún tenemos la piel dura y áspera de los elefantes. Nepal nos dejó eso, paisajes, personas, sueños y proyectos.

No podemos decir si vamos o no a volver. Eso solo el destino lo sabrá. Pero de lo que estamos seguros es que Nepal marcó un antes y un después. Nos ubicó en tiempo y espacio como viajeros. Nos mostró cual es nuestro modo de andar. Nos enseñó todo lo que no queremos reproducir como turistas. Quizá eso es aprendizaje.

Nepal nos confrontó con nosotros mismos en nuestra condición humana. Y nos mostró una frontera que nunca debemos pasar: la de nosotros mismos, de nuestros valores y nuestra dignidad. Nos mostró nuestros límites como personas y como viajeros.

Annapurna - 3

Chitwan y sus elefantes

Domingo al mediodía, mucho calor. Somos los únicos pasajeros arriba del colectivo. Todos se fueron bajando. Alguno en dirección a su casa, otros, rumbo a una excursión. Quedamos solos. Llegamos a destino: Sauraha. Pueblo cercano al parque natural Chitwan.

Apenas el micro se detiene, sin llegar a agarrar nuestras cosas, tenemos no menos de 10 personas queriéndonos convencer de que vayamos a su hotel. Al bajar, la cantidad se duplicó. En la estación solo estábamos nosotros y los 20 vendedores insistentes. Nos encontrábamos rodeados por un griterío que no nos dejaba pensar. Se peleaban entre ellos. Ante estas situaciones nuestra opción es caminar, para salir del tumulto. Pero hacía tanto calor que era imposible.

Nos alejamos y nos sentamos a la sombra. Los vendedores nos siguieron y nos volvieron a rodear. Pensamos en ignorarlos, pero el barullo era tal que resultaba imposible. Además ellos querían vendernos algo.

Finalmente decidimos irnos con uno que ofreció llevarnos hasta el centro gratis (a unos 3 km aproximadamente). Sabíamos de antemano, aunque nadie lo dijera, que esa ida al centro terminaría en su hotel. No nos importó. Cualquier opción era buena para escapar de tanto ruido.

Nos subimos a un jeep y en todo el corto viaje el hombre (que vestía una camiseta de Brasil y sabía decir alguna que otra frase en “argentino”) no paró de hablar de él y de su hotel. De lo bien que le iba, de que su hotel era el mejor y de las buenas recomendaciones. Llegamos a su hotel, y como habíamos supuesto nos mostró una habitación mientras seguía tirándose flores. No paraba de mirarse el ombligo. El cuarto era lindo y barato, pero su actitud nos hizo salir a buscar otra opción.

Estábamos de nuevo en la calle, con la mochila al hombro, y en un lugar que no conocíamos. Esa situación se repite todo el tiempo, pero esta vez había una diferencia: en la calle, además de autos, motos y niños jugando había elefantes.

En nuestra búsqueda de sombra y habitación nos topamos con varios de estos gigantes mamíferos. Era imposible que no nos llame la atención. Los teníamos al lado. Caminaban con sus grandes orejas, su trompa, su piel arrugada y sus ojos cansados. Vimos decenas de elefantes. La felicidad y la emoción por verlos tan cerca, a un metro, nos dibujaba sonrisas en el rostro. Eran tan grandes, fuertes y pacíficos, pero a la vez, tan débiles y sometidos. ¡Qué animal tan paradójico!

Chitwan 5

En Sauraha a los elefantes se los usa como medio de transporte y de carga. Vimos a un caballo tirando de una carreta, pero que chiquito se veía. Hablando con la gente que vive allí, nos decían que hace 20 años la cantidad de elefantes que se veían en la calle era mayor. El jeep y las motos son nuevas.

Tanta fuerza empleada en servir a otros y a cambio solo recibir maltrato y humillaciones. Qué difícil no vivir esas experiencias sin remordimiento. Será que acaso no es nuestro estilo de viajar ni de acercarnos a la naturaleza.

elefantes, hasta para ir de compras...

Elefantes, hasta para ir de compras…

Una vez en el hotel, empezamos a pensar en que hacer (merece un post aparte, pero como cuesta a veces “no hacer nada”). Estos lugares turísticos se nos presentan con varias contradicciones (ya nos pasó en Perú). Por un lado la emoción de estar en la selva y el contacto con la naturaleza, pero por otro lado, el daño que le hacemos. El turismo deteriora los lugares pero también es una fuente de ingreso para las familias locales. Pero así, es como todo se vuelve  negocio, incluso para el gobierno (o sobre todo).

Nuestro bajo presupuesto no coincide con este tipo de actividades. Todas las excursiones eran caras. Buscamos alternativas, pero hay cosas que nos son imposibles. Primero la entrada al parque cuesta de por sí 15 USD por día por persona. Pero eso no es todo, una vez que comprás la entrada ¿Qué sigue? ¿Entramos a la selva solos? ¿Sin guía? Parece una locura.

Esta foto solo está aquí por que a Ludmila le gustaba. Pero si, no tiene nada que ver.

Esta foto solo está aquí por que a Ludmila le gustaba. Pero si, no tiene nada que ver.

Después de caminar y pensar distintas posibilidades nos decidimos por ir a regatear el precio de una excursión que consistía en dos días de caminata en la selva, pasando la noche dentro del parque. Nos atraía, por sobre todo, la posibilidad de ver más animales debido a la poca cantidad de gente que camina por ahí. Pero cuando fuimos a confirmar, nos dijeron que ese día, en ese camino, un rinoceronte mató un guía. Parece ser que el guía se había acercado mucho a la cría del rinoceronte. Nosotros estábamos shockeados. Pero por el grado de naturalidad con que lo contaban, se ve que es algo común. El parque no cerraba por duelo. Compramos otra excursión.

Vivimos un día de circo armado para el turismo. Incluyó caminata en la selva, safari arriba de un elefante y baños con los mismos. Vimos monos, ciervos, serpientes y rinocerontes. También muchas aves. No vamos a decir que no lo disfrutamos, pero nos fuimos diciendo que no vamos a volver a hacer algo de este estilo.

Chitwan

Chitwan

Chitwan 3

Chitwan 2

Quizá no sean conclusiones nuevas, pero es algo que no nos deja de sorprender. Se ve que seguimos buscando una forma distinta de conocer.

Chitwan nos dejó un mal trago, lo mismo que Nepal. ¿Se podrá viajar desde una mirada más humana y ecológica?

Si algo nos regaló Chitwan, fueron hermosos atardeceres

Si algo nos regaló Chitwan, fueron hermosos atardeceres

 

Un día cualquiera en Katmandú

Sábado a la mañana, el día amanece nublado pero cálido. El verano se está yendo, y el otoño comienza a asomar. Por primera vez, Septiembre no nos suena a primavera. Estamos en Katmandú, y nos levantamos con la idea de ir a pasar el día a Bhaktapur, uno de los tantos pueblitos del valle que rodea la ciudad. Queremos ir a un pueblo típico, característico por su arquitectura particular (newari) y por tener gran parte de sus calles libres de tráfico (que no es un detalle menor).

Las angostas calles de Bhaktapur

Las angostas calles de Bhaktapur

Nos dirigimos a la parada del colectivo local. Unos metros antes de llegar advertimos que había una manifestación, o “strike” como le dicen ellos. La misma (que serían unos 30 hombres y una bandera comunista) impedía el tránsito por las calles. Según decía la gente no iban a salir colectivos en todo el día. Igualmente fuimos a la parada a averiguar mejor. Nos encontramos con una familia que quiere ir hacia el mismo lugar que nosotros. Nos dicen que en 15 minutos salía un micro. Seguimos preguntando y nuestro desconcierto fue aún mayor. Algunos aseguraban que ya salían, otros que no iba a haber servicio en todo el día. Nada era claro.

IMG_5814

Al cabo de un tiempo, la familia nos hace señas de que iba a empezar a caminar rumbo a Bhaktapur (13 km), y nos invitan a ir con ellos. Empezamos a caminar. En la primera avenida que nos cruzamos la familia para un taxi. En realidad no es un taxi, es una mezcla de tuk tuk y un auto grande. Un vehículo medio deforme donde viajan por lo menos 10 personas. Se suben todos. No hay lugar para nosotros. Ellos se van y nosotros quedamos ahí, desconcertados, una vez más. Empezamos a parar estas especies de taxis. Ninguno va para donde nosotros queríamos. Seguimos caminando.

Y en eso andábamos cuando vemos que un señor un tanto mayor, cruza la calle casi corriendo en nuestra dirección. Nos para. Nos dice que es periodista y editor. Que tiene una revista y que nos quiere hacer un reportaje. Aceptamos y nos sentamos en un bar a tomar un té y charlar. En eso lo contamos que tenemos un blog. Abre los ojos entusiasmado. Le decimos que es muy sencillo y gratis, que él también puede tener uno. Se salía de sí mismo. 3 veces nos pregunta “¿Puedo poner toda la revista en internet?”. Su revista es del estilo de cualquier revista de barrio que conocemos, notas sencillas, sponsor y alguna que otra entrevista. El señor no deja de sacar ejemplares de su mochila. Nos muestra la sección “Opinión de extranjeros sobre Nepal”. Nos hace algunas preguntas que no registra en ningún lado y nos vuelve a preguntar nuestros nombres, que tampoco anota en ningún lugar. La entrevista no importaba, la urgencia era saber que podía tener toda su revista digitalizada. Nosotros entusiasmamos empezamos a contarle de cómo funciona un blog.

Señor: – ¿Y cómo es? ¿La gente paga por entrar?

Nosotros: -No es gratis.

El señor, Ram es su nombre, no entiende como nosotros publicamos gratis. Le parece estúpido e incoherente. Nos pregunta cuánto le cobramos por crear un blog, de nuevo insistimos que es gratis, que cuando quiera nos juntamos en un bar y le explicamos cómo hacerlo. Palabras más, palabras menos nos ofrece su oficina como lugar para dormir a cambio de la creación del blog. Más palabras, menos palabras, nos quiere vender un ejemplar de la revista (4 USD). Le decimos que no, que en otro momento y muy molesto nos hace pagarle el té y se marcha sin siquiera saludar.

Más desconcierto para nosotros. Tanta bondad y hospitalidad en pos de vender un ejemplar de una revista. Claro, idiotas nosotros que publicamos gratis.

Lo bueno es que en ese lapso los colectivos están circulando de nuevo. Una vez más nos pusimos en marcha rumbo a Bhaktapur. Tras unos minutos de espera aparece el colectivo. Estaba lleno. Nepalíes y turistas (chinos), todos apretados y amontonados. Así viajamos los 30 minutos hasta destino.

Finalmente llegamos. Ahí estábamos parados los dos, con cara de perdidos, de no saber para donde caminar y con una mochila vacía cada uno en la espalda. Estamos en plan de viajar livianos, cada vez más, así tanto que no llevábamos nada más que algún cuaderno, un libro y la cámara de fotos.

Comenzamos a seguir a los turistas. Llegamos a la plaza central “Durbar Square”. El valor de ingreso está en dólares, (y después los incoherentes somos nosotros). Nos dedicamos a recorrer, sacar fotos y pasar el día. Como decíamos Bhaktapur da la sensación de estar caminando en un pueblo que se quedó en el tiempo. Donde las construcciones son de otra época y que esté libre de tráfico ayuda mucho. Pero sobran la cantidad de restaurantes con comida occidental y tiendas de recuerdos. Bhaktapur se quedó en el tiempo pero no para adaptarse al turismo.

La plaza Durbar

La plaza Durbar

Una puerta de oro bien custodiada

Una puerta de oro bien custodiada

Otra plaza donde producían y vendían jarrones en arcilla.

Otra plaza donde producían y vendían jarrones en arcilla.

Ya cansados (era la tercer Durbar Square que veíamos en menos de una semana), y con el anochecer que acechaba nos fuimos a tomar un colectivo a nuestro próximo destino. Llegamos a la estación y el colectivo estaba hasta las bolas lleno. Preguntamos a qué hora sale el otro, no había otro, era el último. Pero, nos dicen que podemos viajar en el techo. Nos miramos y no lo dudamos, una hora y media adentro hacinados o en el techo mirando las montañas. No había mucho que pensar, el viento en la cara con lindos paisajes nos sedujo.

Antes de subir, empezamos a hablar con dos bangladesíes. Cuando el micro arrancó le dijimos que suban al techo, nos miraron con cara de desconfianza pero finalmente aceptaron. Los  dos nuevos compañeros resultaron ser periodistas deportivos. En Nepal se están jugando las eliminatorias para el mundial y ellos vinieron a cubrir el evento. Ambos eran fanáticos del fútbol argentino. Estamos acostumbrados a que digan Messi, Maradona y ya. Pero ellos no, conocían más jugadores, técnicos. Incluso a Estudiantes y Verón (Vamos pincha!).

Nos subimos al techo. Ludmila era la única mujer y ese día vestía de pollera. Los 20 pasajeros del techo tenia diversión para rato viéndola malabarear entre sostenerse ella, la pollera y la mochila. Despeinados y con frío llegamos a destino.

1176377_441872115925980_740263303_n

Queríamos pasar la noche en Nagarkot, un pueblito pequeño pero con vistas increíbles a las montañas más altas del mundo. Llegamos en ojotas y manga corta, vestimenta que con la altura no va de la mano. Cenamos y arreglamos ir a ver el amanecer con los bangladesíes por la mañana siguiente. Cómo era de esperarse, amanecimos resfriados. Viajar en el techo de un colectivo con el viento en la cara despeina y resfría, pero vale la pena.

Al día siguiente emprendimos la vuelta. Se celebraba el “Ganesha Chaturdi”, algo así como el cumpleaños del dios hindú con cabeza de elefante. Esta vez volvimos sentados adentro pero rodeamos de muchachas vestidas y maquilladas dirigiéndose al festejo.

Katmandú es una ciudad con muchos atractivos turísticos, muchos templos y palacios antiguos que se prestan para hacer numerosas sesiones de fotos. Pero a nosotros, vamos a decir la verdad, esas cosas no nos terminan de divertir. Pagarle un té a un viejo chamullero, caminar tras una familia de nepalíes y viajar colgados del techo con dos bangladesíes es lo que nos divierte. El viaje lo vivimos en los detalles cotidianos.

Mirando la vida pasar (o el devenir de los días de viaje)

Mirando la vida pasar (o el devenir de los días de viaje)

Los caminos del Annapurna

La razón por la cual no publicamos nada en 12 días es porque estuvimos caminando alrededor del Annapurna. ¿Qué es el Annapurna? Es una de las famosas montañas de más de 8.000 metros que se encuentra dentro del cordón del Himalaya. El Annapurna no es uno, sino varios. Picos altos y nevados, de esos que parecen estar bien cerca del cielo. Por algo Nepal es el techo del mundo ¿no?

12 días caminando, transpirando, calor, frio, ampollas, dolor de pies y espalda. 12 días rodeados de naturaleza: montañas, ríos, lagunas, vacas, gallinas, yaks y mariposas de todos los colores y tamaños. 12 días, 150 km y un paso de 5.416 msnm. Él (o mejor dicho los) Annapurnas no solo fue una experiencia atlética ni aventurera ni de contacto con la naturaleza, sino que fue también un encuentro. Encuentro con otros distintos, con nepalíes de montaña, esos que las guías turísticas denominan “local people”. Nombre genérico, como si todos fueran lo mismo.

Yak posando para nosotros

Yak posando para nosotros

El camino transcurrió entre aldeas que cada vez estaban altas. No queremos aburrirlos con nombres, pero nuestro recorrido empezó a unos 800 msnm. Las primeras aldeas no tardaron en aparecer. Ya el primer día, luego de haber caminado solo 3 horas habíamos cruzado varias. Y esto es algo que se repitió a lo largo del viaje, durante un día de caminata cruzábamos 4 o 5 pueblitos distintos. En todos nos encontramos con la gente levantándose al alba para trabajar en el campo. La vida la dicta el sol. Y cuando te cruzabas con alguien, sin importar lo que estaban haciendo, te saludaban con un “namasté” y una sonrisa. Lo suficiente para transmitir la sensación de que uno es bienvenido.

Esperando el colectivo

Esperando el colectivo

La vida transcurre afuera, en la calle. La familia se agranda, y cada integrante de la aldea oficia de padre y madre de los más pequeños. La vida es comunitaria. Todo se comparte. La propiedad privada es un invento de occidente. La tierra con los cultivos, la leña para hacer fuego, los animales para transportar las cargas. Y lo de la leña no es menor, los inviernos deben ser muy fríos (nosotros fuimos en verano). Con nieve que no te deja abrir la puerta de la casa, tener un poco de madera para calentar el hogar se vuelve fundamental.

Picos nevados

Picos nevados

Pero a su vez cada pueblo era distinto. Las costumbres y los alimentos cambian según la altura a la que nos encontrásemos. En las alturas más bajas veíamos plantaciones de arroz y bananas. A medida que subíamos empezamos a ver manzanas y papas. Las ropas cambian, el clima cambia, y el entorno cambia. Cuanto más alto más, era más seco y frío.

Cada pueblo que cruzamos era singular. Podemos agruparlos como “todos los pueblos que vimos en el Annapurna”, pero le quitaríamos mucho sentido. Cada pueblo era único, comportaba en si un mundo. En ese mundo regían ciertas reglas y normas de convivencia que solo tenían validez dentro del perímetro de ese pueblo. El siguiente pueblo era otro, otro mundo, otra lógica. La otredad se vive en los detalles más mínimos. Y pensar es estos pueblos, iguales pero distintos nos hace pensar en la concepción que tenemos de mundo. ¿Cuál es nuestro mundo? Cómo si nuestro mundo comenzara en nuestro perímetro, en lo que es conocido, y el otro mundo (o el otro pueblo) es lo no-conocido. Y así, un pueblo en medio del Himalaya cree que eso es todo el mundo. Luego conoce otro mundo (o pueblo), el territorio se agranda, aparece el otro, el vecino. Y este vecino tiene a su vez otro vecino, y otro, y otro. Y así se configura este mundo. Cómo dijo el Subcomandante Marcos, vivimos en un mundo donde existen muchos mundos.

El partido de truco no faltó

El partido de truco no faltó

Los turistas también venimos con nuestra idea de mundo. Algunos más engreídos que otros. Algunos con actitudes humildes, otros más conquistadores. Sentimos la diferencia con los del “primer mundo”. Teníamos distintas aspiraciones, metas y objetivos. Algunos buscaban el triunfo atlético, otros tildar un objetivo en la lista de costas para hacer, otros buscaban conocer, y así cada uno con su idea de mundo. Los turistas nos reconocíamos a simple vistas. Todos con ropa deportiva, calzado adecuado y bastones de montaña, y los locales, en sandalias. Nos dimos cuenta que la montaña nos es ajena en cierto punto. Nosotros no nacimos allí, lo vivimos de otra manera. En cambio, ellos sí. Las montañas más altas del mundo son el patio de su casa.

Annapurna - 5

Siempre había algo para hacer

Siempre había algo para hacer

El caminar estimula el pensamiento. Tenemos tiempo para observar, estar en los detalles. En los árboles, en los ríos, en las montañas, y sobre todo la gente. Podríamos haber hecho gran parte del trayecto en jeep, pero nos hubiésemos perdido miles de ideas y conversaciones. Nos hubiésemos perdido de conocer a mucha gente en el camino, tanto turistas como gente que vive ahí. Por ejemplo hubo un día (el tercero o cuarto, no importa) que salimos temprano a caminar. Nosotros estábamos parados en una bifurcación, tratarnos de orientarnos, y se nos acercaron dos señoras nepalíes. Iban para el mismo lado que nosotros. Y nos llevaron por un camino no convencional, donde cruzamos la montaña entre medio de escaleras y árboles. Tardamos mucho menos de lo que las guías dicen, pero no porque caminásemos rápido, sino porque el contacto con la gente local nos hizo tomar un camino más corto. Podríamos habernos tomado un jeep, pero cuantas cosas nos hubiésemos perdido ¿no?

Paisajes increíbles donde mires

Paisajes increíbles donde mires

Familia trabajando en las terrazas de arroz

Familia trabajando en las terrazas de arroz

Pero debemos reconocer que tuvimos alguna dificultad, que en realidad fueron varias. Primero las físicas, caminar 15 km todos día, sin ningún día de descanso hizo que cada vez estemos más cansados. También la altura pesa. No es lo mismo caminar a 800 msnm que a 5000. A esa altura ya no podés respirar, y cada paso cuesta el triple. La noche anterior a cruzar el paso dormimos a 4500 msnm, y esa subida de casi 1000 metros nos costó 3 horas y mucho esfuerzo. Por más que no quisiéramos estábamos obligados a detenernos a cada paso a tomar aire. Pero la alegría de lograr el objetivo propuesto (estar a 5416 msnm) hizo que todo el esfuerzo físico valga la pena.

El esfuerzo valió la pena

El esfuerzo valió la pena

Pero la cabeza va por otro lado. Mientras caminábamos, nos pasó muchas veces que nuestros pensamientos y conversaciones no se situaban en el acá y ahora, si no en el pasado y mayormente sobre nuestro futuro. ¿Acaso nos cuesta tanto vivir el presente? Es todo un desafío lograr ser contemporáneo de uno mismo. Poder disfrutar de lo que hoy nos toca (o elegimos) sin estar en lo que voy a hacer mañana o en lo que pasó ayer. Y volviendo al tema anterior, si no hubiésemos caminado tanto, ¿Hubiésemos pensado en todo esto?

Caminar nos hizo encontrarnos con nosotros mismos y con la gente que nos cruzábamos. El esfuerzo físico valió la pena. Pero sobre todo, lo que más ejercitamos fue la cabeza. En síntesis, caminar alrededor del Annapurna, es una actividad completa para el cuerpo, la mente y el alma. Y sin importar lo que sea lo que uno vaya a buscar, en el Annapurna siempre algo vas a encontrar.

A veces el camino a seguir se ve con claridad...

A veces el camino a seguir se ve con claridad…

... y otras no tanto.

… y otras no tanto.