Category: Rusia (Asia)
Mitos y curiosidades sobre Rusia

Si hay algo que sobra en este mundo son prejuicios. Los hay de todos los colores, todas las culturas y todas las religiones. Rusia no es la excepción.

Los medios de comunicación dominantes se encargaron de trillar la cultura y las políticas del país. En Europa sobran remeras con burlas a Putin y todos nos advirtieron del riesgo que corríamos al adentrarnos en tierras que supieron ser soviéticas.

Lo cierto es que Rusia nos encantó y nos pareció uno de los países más hospitalarios que visitamos. Cómo sabemos que tiene muy mala prensa decidimos compartirles algunos mitos y curiosidades para que ustedes también puedan amigarse con esa imagen que los yanquis tanto nos instalaron:

Mitos:
  1. Los rusos son malos.

Desde que llegamos a Europa escuchamos cientos de veces el mismo discurso: “Los rusos son malos”, “Rusia es muy peligrosa”. Nos hablaron de la burocracia de la frontera, de los tanques que tienen ocultos en Kaliningrado, de los controles de la policía. O tuvimos mucha suerte o la imagen de Rusia está muy mal formada, pero en los dos meses que estuvimos cruzando el país nada de esto ocurrió.

Lejos de ser criminales malignos los rusos nos parecieron muy predispuestos a darte una mano. Incluso con la barrera del idioma. De aburridos tampoco tienen nada:

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  1. Los rusos no sonríen.

Otro mito que quedo rondando de la época de la KGB y de los espías secretos. Sonreír es común en Rusia. Más de una vez nos sonrió una “Babushka” (abuela) en el tren, un chico en un restaurant o un nene en una plaza. ¡Vamos los rusos son humanos, no extraterrestres!

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  1. Los rusos se la pasan borrachos tomando vodka con escopetas, osos y balalaikas.

Eso nos daba miedo. Sobre todo a la hora de recorrer el país haciendo dedo (autostop). Pero no. En Rusia está penalizado conducir ebrio como, también, estarlo en la calle. Los pocos borrachos que vimos eran o vagabundos o personas muy mayores. En ningún momento sentimos miedo.

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  1. La plaza roja en Moscú se llama así por los soviéticos.

Eso creíamos pero no. Que la Plaza Roja de Moscú se llame así no tiene que ver ni con los soviéticos ni con las paredes del Kremlin pintadas en ese color. Creímos que el nombre venia de los desfiles de las tropas, de la presencia de Stalin o del mausoleo de Lenin.

Para nombrar el color rojo se utiliza la misma palabra que para el adjetivo hermoso. En realidad, no es Plaza Roja sino Plaza Hermosa

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  1. Los rusos no hablan inglés.

Nos habían dicho que nadie, absolutamente nadie, en el país habla inglés. Que ni en los hostels u hoteles hablaban otra cosa que no sea ruso. Sí bien es cierto que no todos hablan dos o más idiomas son bastante los jóvenes que hablan inglés. Igualmente, siempre es bueno viajar a Rusia con un diccionario sobre todo si no se va a salir de las ciudades más turísticas.

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  1. Los rusos no sufren el frío.

Mentira. Los rusos son friolentos. No les gusta para nada su invierno que oscina entre los -40/-20 grados al sol. ¿Cómo lo combaten? Mucha ropa térmica, un shot de vodka a la mañana y yéndose de vacaciones a zonas más cálidas.

Tanto las calles cómo las casas están preparadas para el invierno. Sistemas de calefacción, dobles puertas y ventanas, métodos varios para que el agua corriente no se congele y para que la nieve no bloquee las calles.

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Curiosidades:
  1. Natalia Oreiro.

En la mayoría de los países que visitamos decir que somos de Argentina viene seguido de la dupla “Messi – Maradona”. Sorprendentemente en Rusia decir Argentina venía seguido de Natalia Oreiro. Las rusas la aman y siguen viendo sus novelas con fanatismo adolescente.Viaja a Rusia todos los años para hacer recitales y parece que sigue siendo furor.

Más de una vez alguna cajera de supermercado nos cantó “Cambio dolor” con acento ruso. Lamentablemente les pinchamos el globo al decirles que ella es uruguaya y no argentina.

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  1. Argentina – Jamaica.

Más de una vez nos pasó de subirnos a un auto y que el conductor automáticamente busque su playlist y comience a sonar esta canción:

Argentina 5 – Jamaica 0. Hace mención a un partido del mundial ’98. La canción es conocida en todo el país. Es de un grupo regaae ruso. Y dice algo así como que lástima, Argentina 5 – Jamaica 0.

  1. Empresas yanquis en cirílico.

El capitalismo llegó a Rusia: Mc Donald’s, Burger King y Subway están en todas las grades ciudades. Lo curioso: el nombre de cada una de estás empresas está en cirílico. Si nos invaden que al menos respeten el idioma, ¿no?

  1. Los rusos se visten con los colores de Rusia.

Los rusos son nacionalista. Amán a la madre rusa y se emocionan hablando de sus conquistas y proezas. El fanatismo no sólo se vive con el corazón sino que se lleva en la ropa.

Los domingos todos se visten con equipos de gimnasia y ropa deportiva con los colores nacionales.

  1. La ensalada rusa.

En Argentina es muy común preparar ensalada rusa para navidad o año nuevo. La ensalada consiste en papas hervidas, zanahoria, arvejas, mayonesa. Se le puede agregar huevo duro, pollo o pedacitos de jamón.

Teníamos duda acerca el por qué del nombre. Lo que no sospechábamos era que los rusos comían ensalada rusa pero que la llamen ensalada francesa.

Más curioso: en Rusia conocimos un francés y nos dijo que en Francia esa misma ensalada se llama ensalada piamontesa.

  1. Las rusas son muy coquetas

Imaginábamos a las rusas con un pañuelos atado en la cabeza, bigotes, olor a humo y cejas estilo Frida Kahlo. Pero no. Las rusas (en su mayoría altas y rubias) son de lo más coquetas. Maquillaje, tacos y ropa entallada. Pero la coquetería no sólo es al andar sino que no hay foto que se saquen sin arreglarse el pelo y posar cómo si fuera para la revista Cosmopolita.

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Si aún les quedan dudas, les dejamos este video para que vean que son personas como en cualquier otra parte del mundo:

Lo sagrado del Lago Baikal

Fue en la ciudad rusa de Irkutsk dónde comenzó está historia. Era un día soleado, de esos que parecen ser excepción en Siberia. Compraron unos galletitas y se fueron a leer el río. No hay placer más grande que leer al sol un día de frío. Ludmila estaba con los últimos capítulos de Bulgákov, Lucas con una colección de cuentos rusos.

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Un tipo se sienta con ellos en el banco. Hablaba un inglés perfecto, pero con un acento raro. No era francés ni alemán, pero sonaba europeo aunque por momentos le salía algo bien sudaca. Tenía los ojos achinados, pero no era coreano ni japonés. Quizá filipino. Lo extraño eran que sus ojos eran azules y sus manos, oscuras. Parecían de otro cuerpo, tal vez era descendiente de africanos.

Los miró un rato y sin mucho preámbulo fue directo al grano. “¿Quiénes son y que hacen?”, dijo. En tiempo de la KGB podrían haber sospechado de un espía encubierto pero eso ya había pasado hace rato. Si bien era una pregunta profunda y difícil de responder la que les hizo, ellos fueron a la respuesta fácil.

– “Somos dos argentinos que decidimos dejar todo en Buenos Aires para irse a viajar por el mundo. Las ansias por saber que había más allá de las fronteras fue más fuerte que todo lo que dejábamos en Buenos Aires. Vendimos lo poco que teníamos y con eso nos fuimos, sin saber cómo ni por qué. De eso pasaron dos años y medio.

Sólo sabíamos que nos esperaban grandes historias y esas historias no se iban a escribir si se quedaban acumulando cosas en Buenos Aires.

– “¿Y ahora?”

En ese momento Ludmila comenzó a sospechar. Quizá por qué en su cabeza se repetía la misma pregunta día a día. “¿Y ahora? ¿Cómo sigue esto?” se repetía a la mañana y en cada regreso al hostel. Ya se le habían acabado las respuestas y ya no se le ocurrían muchas más soluciones.

Quizá la solución tenia que ver con esa casa...

Quizá la solución tenia que ver con esa casa…

Queridos lectores, quizás ustedes tampoco sepan de que se trata. Déjennos introducir la cuestión:

Al comienzo del viaje ellos dos eran niños. Todo era nuevo, asombroso y mágico. Todos los días conocían un color distinto y se iban a dormir pensando en todo lo nuevo que habían conocido y aprendido: personas, palabras, comidas, etc.

Los colores de India, las playas de Tailandia, la selva amazónica. Habían caminado las montañas más altas del mundo, estuvieron en las ciudades más pobres y en las más caras. Tomaron cerveza en Praga y caminaron junto al atardecer en la costa croata. Vivieron la guerra en Polonia y se besaron en Moscú.

El problema de viajar es que abre infinitos mundos. Y al final todo termina siendo conocido. Esa sensación de haber visto todo ya les había pasado en Rusia cuándo decidieron recorrer el país de oeste a este. En algunos de esos 10.000 kilómetros habían encontrado el modo de combatir el asombro: dejar de buscar en los lugares y comenzar a pensar en las personas y sus historias.

Pero con los lugares seguían teniendo problemas. Las ciudades seguían siendo las mismas. Todos los mares les parecían iguales, todos los ríos también. Todos pinos en otoño se teñían del mismo amarillo y todas las montañas les recordaban a otras que ya habían visto. Su mundo de viajes y colores se volvía gris por momentos. Ese era su máximo problema ¿Cómo vivir con asombro los días de viaje y no caer en el acostumbramiento de lo que viven? ¿Su problema tendría solución? ¿Habían visto ya todo? Es curioso ( y afortunado para ellos) que ese sea su único y máximo problema.

– “¿Y por eso vinieron a Siberia?”

– “Claro, compramos gorros, guantes, nos pusimos todo el abrigo que tenemos en las mochilas y acá estamos.”

En aquel entonces ya ninguno de los tres hablaba. La conversación se iba desarrollando en solitario. Cada uno hacia una pregunta, imaginaba la respuesta del otro y volvía a repreguntar. Era una gran monologo colectivo y en silencio.

– “Decir Siberia es nombrar las tierras más desérticas, despobladas y extensas del mundo. Necesitan ser más precisos.” – Y de su bolsillo sacó una tarjeta. Ambos leyeron Lago Baikal aunque no reconocieron en que idioma estaba escrito. El extraño se paró y se fue, rápidamente lo perdieron de vista.

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Se quedaron pensando. ¿Valía la pena? ¿Haría mucho frío? Dudaban. Habían oído hablado de este lugar, todos coincidían con que era imponente. Pero ellos ya habían visto todo. Seguramente no sería la gran cosa. Estaban cansados de la decepción. Pecaban de arrogantes. Buscaron fotos en internet y dijeron que se parecía a la isla del sol en el Lago Titicaca en Bolivia o a los lagos del sur en la Patagonia. Leyeron, también, que el Lago Baikal es uno de los más grandes y profundos del mundo. Decidieron darle una chance, además el extraño les había caído bien. Buscaron la Isla Olkhon en el mapa.

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Al poco tiempo estaban en camino. Se subieron a un micro pequeño que surcaba caminos de arena húmeda. Hacía frío, la primavera porteña estaba muy lejos. La mayoría de los pasajeros eran turistas y eso los desanimó. Luego de seis horas, un ferry y unos cuantos saltos dentro del micro, llegaron a la isla. Esperaban ver más de lo mismo. ¿Por qué estaban ahí? ¿Por qué le creyeron a este tipo? ¿Fueron sólo por la foto y por la crónica, por qué todos dicen que vale la pena? Necesitaban juntar más piezas del rompecabezas que supone conocer el mundo entero.

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Pero basta de hablar en tercera persona y hagámonos cargo de lo nuestro. Nos equivocamos. Fuimos dos tontos ¿Qué ya sabíamos lo que íbamos a ver? ¿Qué ya habíamos vistos suficientes lagos? Nadie puede imaginarse lo que es ese lugar. Ni los mejores fotógrafos del mundo logran captar su belleza.

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La inmensidad se hizo presente en nuestros ojos. Y no sólo por el tamaño o la antigüedad del lago, sino por la energía que ahí circula.

El hombre es vanidoso y engreído. Piensa que el mundo es propiedad de uno cuándo, en realidad, es al revés. Piensa que es uno el que encuentra y descubre al mundo cuándo ignora que nosotros somos los sorprendidos y encontrados. A nosotros nada nos pertenece, nosotros somos los que pertenecemos.

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La sorpresa volvió al cuerpo. El asombro volvió, finalmente. Pasamos horas sentados contemplando el agua azul y el cielo celeste. Volvimos a sumergirse en el silencio de la devoción. El agua es tan transparente que parece que el fondo te absorbe. ¡Qué fácil que es quedarse quieto, en silencio, contemplándolo! Era la primera vez que veiamos algo así y quizá la última. No importa ni el frío ni el viento, el lago atrapa.

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El lago Baikal es sagrado, tal vez porque sea el lago más antiguo del mundo y con una profundidad máxima de 1.700 metros. Nosotros lo vimos en los rituales chamánicos que se siguen practicando o en las banderas de plegaría que flamean por toda la isla. Es cierto, no hay nada parecido. Por más que los días en la isla fueron grises volvieron los colores del asombro en la vida viajera.

El lago fue un chispazo de energía. Un recordatorio de que aún nos falta mucho por ver. El último día salió el sol. El lago tomó un color distinto. El lago nos recordó los ojos de aquel tipo que vimos en Irkutsk, aún nos queda la duda sobre quién era.

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40 horas en el Tren Transiberiano

Miro el reloj, recién pasaron dos horas. Ya leí, ya tomé un té, ya comí un sándwich. Hice todo eso y recién van dos horas y aún tenemos 38 más por delante.

La cuestión horaria no es un detalle menor en el Tren Transiberiano. Todos los trenes en Rusia están en hora Moscú por lo cual esa es la hora que indican las estaciones y el reloj del vagón, pero nosotros estamos a 4.000 km de la capital rusa. Mi reloj está adelantado tres horas. La ciudad a la que vamos mantiene cinco horas de diferencia con Moscú, por lo cual el reloj de L. está adelantado dos horas más. Cinco husos horarios conviven en un mismo vagón. Este tren salió de Moscú y termina en Chitá, en el oriente ruso. En el medio, la desértica e inhóspita Siberia.

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Ya llevamos 8 horas, la noche está cayendo. Habremos recorrido cerca de 400 km y cruzamos poquísimos poblados. No me quedan dudas, Siberia es de las zonas más enormes y deshabitadas del mundo. Me cuesta creer dónde estoy.

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Miro por la ventanilla. Nada. Los arboles están amarillos y al pasto poco le queda de verde. Intento imaginar esto con nieve, el paisaje es hermoso y aterrador a la vez. Intento pensar en la historia de este tren, en ese sueño zarista de tener un imperio que se extendiera de oeste a este. Con el afán de conquistar el Mar de Japón comenzó a construirse este tren.

Pienso en el sueño comunista, un imperio soviético que domine al mundo entero. En plena época del Telón de Acero, Siberia no era un lugar más. Acá venían los rebeldes, los sospechosos, los que no se adecuaban al régimen. Siberia era el nombre del infierno para muchos, pero es también el territorio dónde se encuentran los paisajes más bellos del mundo.

La URSS no alcanzó al mundo entero pero si a un 25% del planeta, en aquel entonces era un verdadero monstruo al cual temerle. Los imperios cayeron y el pueblo ruso sigue resistiendo.

Los rusos resistieron la tiranía de sus zares, la ambición de sus dirigentes políticos, la guerra, el hambre, los campos de trabajos, el miedo, los espías, la KGB, el frío. Los rusos resisten Siberia y resisten 40 horas de tren.

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El tren avanza lento. Los pasajeros suben y bajan, todo el tiempo cambian nuestro compañeros de compartimiento. Cuándo comenzamos a entrar en confianza con uno, se tiene que bajar. En el vagón seremos 60 personas, algunos hacen el trayecto completo (cerca de una semana) y otros estamos por algunas horas o días. En las paradas todos salimos a estirar las piernas y los que fuman, aprovechan el momento. De los pasajeros del resto de los vagones no sabemos nada, mucho menos de los que viajan en segunda o en primera clase.

El pueblo ruso se mueve en tren. El viaje es largo, pesado, falta el aire. Por momentos la ventana muestra paisajes de ensueño y por otros, pueblos humildes de 5 casas y 4 cabras. Alguna vez leí que la vida puede resumirse en un viaje en tren. Cada vagón esconde historias, cada asiento un momento distinto de la vida. Si de eso se trata, el Transiberiano y su extensión tanto territorial como temporal lo resume de un modo mucho mejor. Ahí estamos todos, moviéndonos esperando que el final llegue.

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Cada tanto pasa una señora con su hija vendiendo comida casera, cada tanto algún oportunista se sube para vender voldka a escondidas mientras otro vende cadenas de oro. Algunos duermen, leen o ven películas por el celular. Hay olor a comida y a pata. Se oyen ronquidos de las literas cercanas y conversaciones del otro compartimiento.

¿Cómo hubiese sido este mismo viaje unos años atrás? Ya no queda nada del fantasma de los espías encubiertos ni de los borrachos empedernidos con la hoz tatuada en los brazos.

Llegamos a las 12 horas. No puedo ni estirar las piernas. La litera que oficia de cama durante la noche (de día se convierte en dos sillas y una mesa) no debe tener más de un metro sesenta de largo. Peor aún, está al lado del pasillo, en cada estación me despierto con los pasajeros que se suben y bajan en cada estación.

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Todo empezó en Omsk cuando el couchsurfer se ofreció a acompañarme a comprar el boleto de tren. Pensé que podía ser una buena idea ir con alguien que hable ruso. Fuimos. Fue un desastre. Él sabía menos de trenes que yo. Me instaba a tomarme otro tren, porque en este iba a necesitar visa para Kazajistán. Lo convencí de que no era necesario. Se reía. Compró dos boletos, yo los pagué. Me condenó a 40 horas en el lugar más incómodo del tren. Lo peor vino durante la cena, cuando dijo “no se por qué elegiste esos asientos”. ¡Sí yo no los elegí!

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36 horas, sólo quedan cuatro. El tren avanza pero el paisaje sigue inmóvil. ¿Realmente nos estamos moviendo? Por momentos creo que es más el movimiento interno en mi cabeza que los kilómetros que pasan por la ventanilla. La madre rusa, cómo llaman los rusos a su país, es enorme e infinita. Un viaje en tren no es suficiente para conocerla. Por suerte no necesitábamos visa para Kazajistán. El viaje en tren, sus infinitas 40 horas, su mezcla de olor a alcohol con grasa frita, el olor a pata, aquel nene que venía y contaba hasta cinco en inglés y se iba corriendo a su asiento, el provodnitsa (encargado del vagón) que nos quería vender las pantuflas que dan gratis en primera clase como souvenir, el ruso que venia de recorrer Europa del mochilero, el tipo que sacó un pedazo de carne del bolsillo de su campera y un cuchillo del otro e improviso su cena, la pareja de ancianos que prepararon sopa de pescado, la nena que jugaba con sus barbies… Todo, todo a la distancia parece absurdo. ¿Habrá sido un sueño?

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Si estás planeando un viaje en el Tren Transiberiano o simplemente te da curiosidad conocer un poco más acerca de la linea ferroviaria más larga del mundo quizá te interese leer nuestra Guía del Tran Transiberiano: datos y consejos.

Ekaterimburgo y la sangre derramada

“Decisión del Presídium del Consejo de Diputados, Obreros, Campesinos y Guardias Rojos de los Urales:

En vista del hecho de que bandas checoslovacas amenazan la capital roja de los Urales, Ekaterimburgo, que el verdugo coronado podía escapar al tribunal del pueblo (un complot de la Guardia Blanca para llevarse a toda la familia imperial acaba de ovioer descubierto) el Presídium del Comité Divisional, cumpliendo con la voluntad del pueblo, ha decidido que el ex zar Nicolás Románov, culpable ante el pueblo de innumerables crímenes sangrientos, sea fusilado.

La decisión del Presídium del Comité Divisional se llevó a cabo en la noche entre el 16 y 17 de julio.”

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– Señor despiértese, la ciudad no está tranquila. Vamos a tener que trasladarlo, pero antes le vamos a tomar una foto a todos. Vístanse.

Extrañaba que le dijeran “Su Majestad Imperial”. Pasó tanto tiempo de eso. Hace más de un año que había abdicado y junto a su familia estaban prisioneros. Los iban trasladando de un lado a otro. “No tenemos paz”, pensó.

Mientras Alejandra, con ayuda de una sirvienta se ocupaban de ponerle el corset a las cuatro niñas, Nicolás animaba a Alexei, su heredero. El pequeño extrañaba a Rasputín, quien le ayudo a controlar su hemofilia. Toda la familia Romanov estaba desanimada, el exilio ya parecía ser un sueño lejano y desde que triunfó la revolución de octubre las cosas sólo empeoraban para ellos.

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Toda la familia bajó al sótano para la foto, acompañados del medico leal, el cocinero y la sirvienta. La sala estaba totalmente vacía, oscura y fría a pesar de ser verano.

– ¿Cómo? ¿No hay ninguna silla? ¿Ni siquiera podemos sentarnos? – preguntó la zarina Alejandra.

Inmediatamente trajeron dos sillas. Nicolás se sentó y a upa de él, Alexei. Alejandra uso la otra. Las cuatro chicas y el resto de los acompañantes de pie. Estaban cansados y todavía con sueño. Desde que dejaron atrás su prisión de Tobolsk, en Siberia, no hicieron más que trasladarse de un lado a otro, perdiendo sus comodidades. Ya no los respetaban. Se había acabado el zarismo, ahora en el tiempo de los bolches, no tenían lugar.

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Mientras sólo pensaban en que la foto se acabara lo mas rápido posible, interrumpe en la sala el comandante con una decena de personas armadas.

– Su familiares en Europa continúan la ofensiva contra el gobierno soviético de los campesinos y obreros rusos, por eso el pueblo los condenó a muerte.

– ¿Qué? ¿Cómo? – Mientras decía esto Nicolás II se daba vuelta para mirar a su familia. Anastasia y Alexei empezaron a llorar. El último Zar de Rusia no entendía lo que pasaba. Cuando volvió a mirar al frente una bala le atravesó la cabeza. Alejandra se incorpora de un salto y hace la señal de la cruz. Apenas termina recibe un disparo en la boca. Con el final ya decretado los soldados empiezan a disparar a quema ropa. Las chicas, debido a sus apretados corsets no mueren al instante, y son rematadas a boyonetazos.

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Fue en Ekaterimburgo dónde la familia Romanov llegó a su fin. El sótano de la casa Ipátiev fue su último hogar. Allá llegaron con hambre, sucios y humillados. La época zarista de Rusia llegó a su fin, definitivamente, junto con ellos.

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Tras casi cuatro meses de viaje dejamos Europa atrás. Ekaterimburgo fue nuestra primera ciudad asiática. Seguimos en Rusia, pero cambiamos de continente. El límite en este caso fue una frontera natural: los montes Urales.

Vamos a confesarnos, esperábamos altas montañas, carteles que señalen que Europa quedaba atrás y que ante nosotros se abría el gran continente asiático. Pero no, todo pasó desapercibido. Estar en Asia esa sólo una cuestión sentimental.

La ciudad de Ekaterimburgo

La ciudad de Ekaterimburgo

En Ekaterimburgo no había nada especial, al menos a simple vista. Algunos monumentos modernos (cómo a los Beatles o al teclado Qwerty), iglesias ortodoxas diseminadas por la ciudad y un gran canal dónde el otoño tuvo oportunidad de presentarse con sus mejores ropas.

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Ekaterimburgo podría ser cualquier otra ciudad soviética sino era por un detalle: era la ciudad del asesinato, de la sangre derramada. Hay fue dónde el diablo metió la mano parafraseando a Bulgákov y no justamente porque el diablo sea rojo.

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Muchos mitos comenzaron a circular sobre si realmente habían muerto los Romanov. Sobre Anastasia se construyeron las principales sospechas. En Alemania, Anna Anderson fue la más famosa entre las varias mujeres que afirmaron ser Anastasia. Su parecido físico ayudó a alimentar el mito.

Recién 1979 aparecen los cuerpos de la familia real en una mina cercana de Ekaterimburgo, pero por miedo no lo hacen público hasta 1989. Lo cierto es que los cuerpos de los dos más pequeños, Anastasia y Alexei no estaban. ¿Habían logrado sobrevivir? En 2007 un arqueólogo ruso descubrió los dos cuerpos cerca de los otros. ¿Se destruyeron de una vez por todas las fantasías?

De la casa tampoco quedó nada. En 1977 Yesltin ordenó la demolición por temor a que se convierta en un símbolo del zarismo. Luego de la disolución de la Unión Soviética se construyó ahí mismo la “Iglesia de la sangre derramada”. Hoy es un lugar de peregrinaje para los que quieren honrar la memoria del zar y su familia (hoy considerados santos).

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Info útil

* Alojamiento: El DOBEDO HOSTEL es un lugar perfecto para descansar. La dueña es muy simpática, las habitaciones son grandes y limpias, tiene cocina y está muy bien ubicado.

Cartografía de una ciudad soviética

¿Puede existir un país dónde (casi) todas sus ciudades sean iguales? Un país con kilómetros y kilómetros de tierra desierta, despoblada y con hambruna, pero que hace casi 100 años unos tipos rojos decidieron poblar con fábricas y bloques de viviendas. Así es Rusia, un país marcado por una cartografía soviética.

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El GPS del camión indica que estamos a 30 kilómetros de la ciudad. No importa que ciudad sea, puede ser Omsk, Náberezhnye Chelny o Perm. Realmente no importa, porque ahora da lo mismo. Desde lo lejos se empieza a ver la ciudad y el humo que sale de las usinas industriales. Atrás, en la infinita ruta, sólo vimos una estación de servicio, un motel de carretera y un café con poco pinta. Nos deja en las afueras de la ciudad.

Las ciudades rusas suelen ser enormes, solemnes, cómo todo en este país. Siempre da la misma sensación de sentirse pequeño ante todo. Son ciudades viejas, desalineadas y desatendidas, cómo los rusos. No están a la moda, no respetan muchos criterios arquitectónicos y tienen una capa de polvo que lo cubre todo.

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Fueron ciudades prolija y cooperativamente planeadas: una plaza central, oficinas administrativas, hospital y escuelas. Cuál cinturón urbano la ciudad se va abriendo hacia fuera, primero viene el cordón de las vivienda y a lo último, las fábricas. Después kilómetros de tierra vacía hasta la próxima ciudad. Entre una y otra puede haber 1.000 kilómetros.

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La mayoría de las grandes ciudades además de colectivos tienen tranvías que cruzan la ciudad en varias direcciones. Por alguna extraña razón nos encanta este medio de transporte ya abandonado en Buenos Aires. Acá los transportes son viejos, salvo las grandes ciudades del oeste, en el resto del país sólo quedan vagones viejos y colectivos sin retapizar. Pero funcionan. Una señora mayor vende boletos. En cada parada se ocupa de prestar atención a quienes suben y les cobra. El transporte es barato, con pocos rublos alcanza. A cambio de las monedas, nos entrega un boleto cómo de los antiguos que había en Buenos Aires, esos que la gente coleccionaba si les tocaba uno capicúa.

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La misma señora grita el nombre de la parada seguido de un остановка lease “aftanofca”, a nosotros nos suena a “hasta-nunca”. Es la parada dónde tenemos que bajar.

Caminamos. Corroboramos que es la calle, ahora tenemos que buscar el edificio correcto. En las ciudades rusas edificios de 10 pisos compiten en el cielo con las chimeneas de las fábricas. La mayoría son ciudades que se construyeron en los tiempos soviéticos, otras se remodelaron en los años comunistas y fueron cambiando de nombre sucesivamente. Son ciudades de no más de 80 años, por lo cual son pocas las generaciones que contruyeron su linaje familiar ahí. No más de 3 o 4 generaciones.

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Los rojos hicieron, entre otras cosas, fábricas, hospitales y complejos habitacionales. Por supuesto que no son lindos, ni cool, ni de diseño, son funcionales. Y lejos de ser estéticos, estos edificios son grandes monstruos que aparentan querer devorar a uno. Son grises y sin forma, cubos rectangulares con ventanas colocadas a la misma distancia una de otras. No hay flores ni macetas ni balcones, sólo algunas pocas veces se ve ropa colgada en la ventana.

En medio de ese monumental complejo tenemos que encontrar un departamento. La dirección suele ser el nombre de la calle más el número del edificio. A ese se le suma el número de departamento. Suele haber entre 30 y 50 departamentos por edificio. La puerta de entrada es electrónica, pero más que una puerta hogareña parece la puerta de un manicomio. De metal, pesada y oscura. A veces hay ascensor y a veces no. Las veces que hay, suelen dar miedo. Tienen unos 50 años y así quedaron, pero funcionan. En Rusia todo es viejo, pero funciona.

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El interior de los edificios es siempre igual: paredes despintadas en tonos celestes o verdes claros, papeles de publicidad pegados en las paredes, y olor a basura vieja. A veces está decorado con un símil madera de hule no muy agradable a la vista. Preferimos subir por la escalera. Muchas veces los escalones no respetan la misma altura si, y más de una vez tropezamos. Siempre uno se cruza con alguna señora con un pañuelo en la cabeza y en su mano la bolsa de las compras.

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Finalmente llegamos al departamento en cuestión. Los hay de uno, dos o tres ambientes. Acá, también, la decoración es de varias décadas atrás. Paredes empapeladas, sillones que necesitan retapizarse, juegos de té de vidrio. Dos habitaciones para el baño, en una hay sólo un inodoro y en la otra una bañadera y una pileta para lavarse las manos. En este cuarto suelen estar los caños de agua caliente a la vista, cumpliendo una doble función: calentar el cuarto y hacer de perchero.

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Los departamentos soviéticos suelen recordarnos las casas de nuestros bisabuelos. Todo oscila en los tonos ocres, desde el piso hasta el juego de platos. En las paredes suelen colgar retratos de los miembros de la familia hechos por algún dibujante callejero. También hay imágenes ortodoxas, velas y peluches. Suele haber demasiados objetos en estos departamentos pero lo que nunca faltan son libros.

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Los zapatos se dejan en la entrada. A demás de algún calzador suele haber un gran perchero. En él descansa un gorro de piel y un tapado grueso y pesado. Señal que el invierno está siempre cerca.

Desde alguna terraza pudimos contemplar toda la ciudad y a simple vista no podemos encontrar diferencias entre esta y las otras ciudades. En todas hay una estatua de Lenin señalando el futuro y un busto de él en la estación de tren. Todas las ciudades tienen una calle apodada Carl Marx, ejercito rojo, proletariado y Lenin. Todas. En todas las ciudades se rinde homenaje a los soldados caídos en batalla y se celebra la victoria rusa sobre la Alemania nazi. Da la sensación de que la historia se contó una vez y para todas las ciudades por igual.

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Estatua de Lenin

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Estatua de Stallin con la nariz partida

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Calle 25 de Octubre, supuesto día de la Revolución

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Visitamos más de 10 ciudades soviéticas y cuesta reconocer cual es cual entre las fotos que tenemos. Es que a grandes rasgos son parecidas. Fueron trazadas con el mismo lápiz, la diferencia radica en las personas que las habitan. Y eso hace a que en cada departamento ocurra una novela distinta.

El telón de acero cayó hace 15 años pero el estilo de vida soviético aún se palpa en las calles y en las ciudades meticulosamente planeadas.

Rusia da la sensación de que todo es viejo pero, así y todo, las cosas funcionan.

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Kazán, tierra de tártaros

En frente del bar que parece ser una destilería de vodka hay una mezquita dónde el almuédano, a viva voz, llama a la oración. En la cuadra siguiente una mujer rusa con sus tacos de 10 centímetros pasa por delante de una vidriera de ropa tártara dónde una señora se prueba unos largos aros.

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Este tipo de contrastes se pueden encontrar fácilmente en Kazán, la tercer capital rusa. Rusia actualmente es una federación y está compuesta tanto por provincias (oblast) cómo por repúblicas (que tienen su propio parlamento, presidente y constitución). Kazán es la capital de la República de Tartaristán que representa a una minoría étnica, los tártaros.

Los tártaros son un pueblo que desciende el mismísimo Genghis Kahn y habitan el centro y el este de la parte europea de Rusia, a orillas del río Volga. Son musulmanes (debido a las invasiones turcas) y tienen su propio idioma, con raíces otomanas (nada tiene que ver con el ruso).

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En Tartaristán parecen ser otras las reglas de juego. El “privet” -hola- se transforma en un “Salam”, forma reducida del as-salam alaykum. Las iglesias ortodoxas se mezclan con las mezquitas y el borsch (sopa de remolacha) se sirve con los manjares tártaros.

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Es curioso que cada persona que nos encontramos en Kazán nos aclaran su condición: ser tártaro no es lo mismo que ser ruso. A simple vista, la única diferencia que encontramos es que los rusos son rubios y los tártaros, no tanto.

¿Puede un país existir dentro de otro? Por supuesto. Los tártaros se consideran independientes y tuvieron varios intentos de emancipación. Su ubicación, en el centro de Rusia, no les deja muchas opciones, pero el sentimiento de autonomía se respira en el aire. Si fueran una nación independiente tendrían un solo país limítrofe que lo rodearía todo: Rusia.

Con la disolución de la URSS, el gobierno de Yelstin instó a todas las naciones a reclamar su autonomía. En Tartaristán hicieron un referéndum que ratificaba su deseo de ser una República independiente. En Moscú nunca lo reconocieron. Hoy, se lo asocia al referéndum de Crimea, y se la critica a Rusia por tener una doble moral a la hora de medir. El de Kazán no es válido, pero el de Crimea si. ¿Cuál es el criterio? Nosotros, argentinos, podríamos agregar: para Inglaterra el referéndum de Crimea no es válido, ¿Pero el de Malvinas sí?

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Nuestra llegada a Kazán fue agónica. Pensábamos que no llegábamos. No tanto por la distancia que recorrimos sino porque las rutas están en muy mal estado, y el tráfico es un caos. Las rutas atraviesan varias ciudades, y el tráfico local se mezcla con los que quieren ir más lejos. El último auto nos levantó cuando estábamos pensando en donde podíamos pasar la noche.

En algo hay que creer, siempre.

En algo hay que creer, siempre.

La ciudad es grande, pero parece estar muy compactada en la zona céntrica. Justo dónde el rio Volga pega una curva, y forma una suerte de codo. Bauman, la larga peatonal cruza la ciudad a la par que el largo canal; Ambos terminan (o comienzan) en el Kremlin. Y eso es lo más interesante de la ciudad. Todo esta diferencia cultural entre rusos y tártaros supo encontrar su fusión en el Kremlin. Detrás de las altas paredes y de las anchas torres se condensan los años de historia. El palacio presidencial reside junto a una gran catedral ortodoxa, a escasos metros de ahí la torre torcida, retoño de la época del Zar Pedro. En frente de los iconos rusos, la gran mezquita Kul Sharif. No es la única de la ciudad, pero si la más grande. Totalmente reconstruida hace unos años ya que la religión tampoco sobrevivió a los años rojos.

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El Kremlin

La torre de Pedro I

La torre de Pedro I

La mezquita

La mezquita

La catedral

La catedral

Caminar por el Kremlin, y por Kazán, es volver a creer en la tolerancia. Entre los pueblos, entre las religiones, entre las personas. En un mundo de tanta guerras y fanatismos, los tártaros parecen ser una excepción.

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El viejo y la foto

Estamos en Kazán (Rusia) pero no dejó de pensar en esos pueblitos tibetanos que visitamos al norte de India. Me recuerda a Sikkim o a Darjeeling. Tomar un té verde, la calle peatonal, los días nublados y ventosos, la misma época del año, y un gran ventanal. ¿Puede ser que los lugares se guarden dentro de uno y yo decida cuándo sacarlos afuera y combinarlos entre si?

Quizá por eso las ciudades me recuerdan personas y a otras ciudades. Todo esto está conectado por un única razón: Viajar con el corazón, mirar con el alma.

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Esta es la única explicación que le encuentro al sentirme estar dónde no estoy, a sentirme en otros lugares, a encontrarme con personas que no son.

Ayer tuve un encuentro inesperado y no dejo de pensar en él. Todo ocurrió después de almorzar. Un domingo de frío y viento. El otoño ya llegó a Rusia y ya empiezo a tenerle miedo al invierno en Siberia. Después de almorzar en un bar tártaro decidimos caminar un poco para hacer la digestión. Escuchamos música y cómo moscas atraídas por una lámpara en una noche de verano, fuimos para allá. Nos encontramos con un escenario montado y por todos lados personajes con ropas típicas bailando al ritmo de varias balalaicas y acordeones.

Llegamos tarde, justo cuándo el festival estaba llegando a su fin. La mayoría eran personas mayores que combatían el frío bailando y cantando entre ellos ¿Quién dijo que los rusos son serios? Señoras de polleras y pañuelo en la cabeza bailaban con los muchachos que escondían algunas canas bajo sus sombreros tártaros.

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Entre todo ese espectáculo un único personaje capturó realmente mi atención y sobre él quiero escribir. No pude evitar mirarlo fijamente y quizá ese fue mi error, porque no lo observé con mi mente racional sino con mi corazón. No lo vi a él ni a sus detalles. No repare en sus dientes de oro ni en su prendedor comunista. Sino que vi mucho más y de eso me arrepiento porque cuándo uno mira con el alma no ve ahí un personaje pintoresco para sacarle fotos cuál zoología humana sino lo que ve ahí es una persona, y esas son definiciones distintas.

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Y en eso que yo vi, también me vi a mi. Vi mis miedos a la vejez, a la muerte, vi mis fantasmas. Vi la guerra y también sus guerras. Las arrugas de sus manos, el espacio que queda entre los dientes que le faltan, el pelo blanco, sus temblores, su alegría al aplaudir, su pena al estar vivo, su poder ser bailando entre tantos personajes extraños. Lo vi cercano, conocido, mío. Ese es el problema de involucrarse con el mundo.

Le pedí la cámara a L. Debía sacarle una foto, no podía dejarlo pasar. Tenía que registrar eso que veía. Mi espíritu documentalista se mezcla con mi respeto.

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Fue enfocar, disparar y él desapareció. Me sentí muy mal, no debía sacarle una foto. Siempre dudo en esos casos porque no me gusta sacar fotos sin antes preguntar, ya que es tratar al otro cómo un objeto, pero mi timidez hace que nunca pregunte y nunca saque la foto.

Lo dejé pasar, mala mía. Me entretengo fotografíando a las viejas que bailan con sus pañuelos prolijamente atados.

Me tocan el brazo, era él. Me puse muy nerviosa y él empezó a hablarme en ruso. Me señala la cámara. Supuse que me estaba retando por haberle sacado una foto. Me invadió la vergüenza, le explique que no hablaba ruso, le pedí perdón. Le dije que era de Argentina y él, instantáneamente, me abrazo. Así como lo escribo. Me abrazó y se emocionó. Señaló la cámara, se señalo a él y dijo “нет фото” algo así cómo “yo no tengo una foto mía”. Me pedía un retrato y una foto con los músicos. “Por favor” agrego al final.

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La conversación era difícil. Sólo lograba entender palabras aisladas cómo foto, dirección, correo, plata. Quería darnos plata por sacarle una foto y mandársela por correo a su casa. Sacó de uno de sus bolsillos una agendita vieja y una birome sin tinta. Con letra temblorosa comenzó a anotar su dirección en la parte de atrás de un boleto de colectivo. Le di mi cuaderno para que lo use de base y lo sostuve fuerte con mis manos para que tiemble lo menos posible. Nos pidió que por favor se la enviemos. Nos abrazo de nuevo y se emocionó una vez más.

El vive cerca de la frontera con Kazajistán. ¿Cómo llegó a Kazán? ¿Fue real? ¿Por qué me viniste a buscar? ¿Por qué te me apareciste? Pensás que no me di cuenta de quien sos.

Esos seres extraños en Vladimir y Suzdal

“Me acosan unos pensamientos tan extraños y unas sensaciones tan lúgubres , se agolpan en mi cabeza unas preguntas tan confusas, que no me siento ni con fuerzas ni con deseos de contestarlas. No seré yo quien ha de resolver todo esto.”
Fiódor Dostoyevski

Lo que les vengo a contar es la historia de una pareja de argentinos que un buen día decidieron recorrer Rusia de oeste a este. No me voy a detener en la presentación de sus personajes porque intuyo, ustedes ya los conocen. Su único miedo es el invierno. A diferencia de lo que todos piensan, no le temen a los rusos. Descubrieron que es un pueblo hospitalario pero con muy mala prensa.

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Llevaban poco más de 12 días en Rusia cuándo decidieron ir a conocer el Anillo Dorado (Golden Ring, en inglés). Un trayecto circular que reúne ciudades arquitectónicamente pintorescas para el disfrute de los turistas. Allí se mezclan turistas asiáticos y europeos con iglesias ortodoxas y kremlin antiguos. Dónde una mamushka (o matrioshka) vale más de lo que uno se imaginan y los puestos de souvenirs compiten con los restaurantes de “auténtica” comida local. Sí, otro de esos circos armados para el regocijo y confort del turista.

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Habían escuchado varías veces que Moscú y San Petersburgo eran lindos lugares, pero que la verdadera identidad rusa se encontraba fuera de esas dos extensas ciudades. Eso los impulsó a pensar un viaje mucho más pausado y por fuera de los circuitos turísticos. Antes de llegar a Mongolia planifican visitar una docena de ciudades no tan grandes. Vladimir y Suzdal serían de las últimas ciudades dirigidas al turismo en masas.

A poco menos de 200 km de Moscú, está Vladimir. Llegaron con el primer y único auto que los levantó ese día en la ruta mientras hacían dedo, el conductor se desvió unos 40 km para dejarlos en el centro de la ciudad. Al llegar al hostel, Lucas y Ludmila se vieron rodeados por tres rusos que muy curiosos les preguntaban sobre Argentina y sobre el viaje que tenían planeado. Cada vez que le mostraban una foto, o le contaban que habían estado en tal o cual lugar, largaban un ¡Wow! Todos al mismo tiempo. Esto pudo darse sólo gracias a la magia Google Translator. Cuántas cosas más podrían descubrir Lucas y Ludmila si supieran un poco más de ruso. Y eso que todos los días aprenden palabras nuevas, pero no parece ser suficiente.

Los rusos no tardaron en emocionarse con sus historias y empezaron a sacarles fotos, posando de uno a uno con ellos. Pero eso a los argentinos les incomodaba, un poco les hacía acordar a India. Hay gente mucho más interesante para sorprenderse, lo de ellos no era la gran cosa.

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Es curioso que los rusos se sorprendan de unos argentinos que viajan y no de un ratón que se paseaba por el hostel robando comida. Y es curioso, también, que a estos argentinos les interese muchos más hablar con los rusos que salir a ver todo lo que la ciudad ofrece.

Lo que les pasaba era que estaban siendo invadidos por esa sensación de ya haber visto todo. O mejor dicho, que todo era lo mismo. La lógica se venia repitiendo: Ciudad soviética, con un kremlin antiquísimo, una catedral, unas cuantas iglesias ortodoxas, una señora con un pañuelo en la cabeza pidiendo monedas en la puerta de cada iglesia, una tienda de bebidas alcohólicas por cuadra y algún cartel de la Unesco señalando que a eso es a lo que hay que sacarle fotos.

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Lo que se estaba poniendo en juego era su capacidad de viajar descubriendo, y profundizando el asombro. Descubrir algo magnifico en el Taj Mahal está bien, pero el desafío es poder encontrar la belleza en lo cotidiano, o en lo que se transformó en cotidiano. A esta altura les parece normal ver iglesias ortodoxas, o edificios soviéticos, todos bloques iguales de un color gris, uno al lado del otro haciéndolo sentir a uno pequeño.

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Quizá, ellos no estaban ahí buscando la foto del Kremlin ni de esa iglesia blanca con picos azules y dorados. Siendo sincero, creo que a ellos los mueve otra cosa al viajar (y al escribir). Caminaron dos días y dos noches por la ciudad de Vladimir, buscando alguna historia que contar. Ludmila se canso se cubrirse y descubrirse la cabeza a la hora de entrar y salir de una iglesia ortodoxa, Lucas se cansó de explicar el porque de su barba. Comieron en esos buffet soviéticos dónde sirven comida por kilo y tomaron mucho té. Los días rusos transcurrían tranquilos en Vladimir. Una caminata hasta el río, una charla en el supermercado y algún extraño encuentro en el hostel por la noche.

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Al tercer día decidieron aventurarse a Suzdal, a unos 30 km. Era más pequeño, la entrada al pueblo no estaba muy indicada en la ruta y en el colectivo publico nadie hablaba inglés. Así y todo llegaron. Los edificios soviéticos se transformaron en grandes campos verdes y amarillos. Las iglesias se multiplicaron, y ahora no sólo había que cubrirse para entrar, sino también había que pagar. Las calles estaban repletas de micros con turistas que venían por el día desde Moscú. Y ahí, en el medio de ese barullo, ellos comían sanguchitos de jamón y queso. En Sudzal el asombró tampoco acudía a su encuentro. ¿Se habrán cansado de viajar? ¿Rusia fue una decepción? Ellos también se sentían mal con su desenamoramiento.

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Podían volver en el colectivo local que sale cada 20 minutos y cuesta menos de un dólar cada uno, o hacer dedo. Se inclinaron por la última opción y en menos de 10 minutos ya estaban en arriba de un auto. Una nueva historia esperaba por ellos.

Fue en esa mirada que cruzaron en el espejo retrovisor del lado del acompañante que entendieron que estaban haciendo ahí, en ese circulo dorado.

Algunos viajan por las fotos, otros por los imanes y otros por las personas. Lo que ellos buscaban no era el primer Kremlin de la historia ni la última iglesia ortodoxa, lo que buscaban en aquella Rusia inmensa eran personas.

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Los 30 kilómetros fueron una revelación. Lo que a ellos les interesaban no era mucho más ni menos, que los mismísimos rusos. Esa personalidad trillada por los norteamericanos. ¿Acaso todos los rusos son cómo Ivan Drago, aquel enemigo de Rocky Balboa?

Pero a los rusos cuesta describirlos. Tienen algo que los hace únicos, pero a la vez la diferencia es muy sutil. Físicamente son muy europeos, pero los gestos son distintos. Las ropas son otras, pero no cambia tanto de la moda porteña. Nos cuesta realizar una radiografía rusa, por suerte aún tenemos 8.000 km por delante para pensarla. Lo bueno, es que ahora saben lo que vinieron a buscar. Siempre hay que perderse un poco para volver a encontrarse.

Moscú, escaleras del tiempo

Biktor, el camionero que nos trajo desde Veliky Novgorov nos dejó en la estación del metro cerca de las 22:00, la boletera de turno no quería saber mucho con ponerse a explicarnos el valor de los boletos y sólo nos señalaba un cartel en ruso con los nombres de las estaciones. Compramos dos e intentamos ingresar al subte. Lo que no sabíamos era que los molinetes son armas mortales cuándo uno no sabe usarlos. Casi pierdo un brazo, pero ese es motivo de otra historia. Torpemente bajamos las escaleras, nos ubicamos desprolijamente en un vagón y arrancamos. Íbamos contando las estaciones con el dedos de ambas manos, a fin de no pasarnos. Ya estábamos en Moscú. Ahora sólo restaba ascender a la superficie y una nueva historia moscovita comenzaría a escribirse.

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Estamos en alguna de las 180 estaciones que hay en Moscú. Esta red de metro es una de las más grandes -recorren más de 300 km- y más profundas -por debajo de los 100 metros bajo tierra- del mundo. Y nosotros estábamos en algunas de esas 180 estaciones, sin saber muy bien en cual.

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Bajamos del metro y ante nosotros una colosal y demencial escalera mecánica, la cual es tan larga que no puedo ver dónde termina. Con cuidado intento poner el pie correctamente.

A medida que vamos ascendiendo puedo ir viendo algo de la ciudad. Miro el horizonte y todo está cubierto de edificios, de todos los tamaños. Millones de personas llaman hogar a este lugar que a mi parece totalmente ajeno. La ciudad está dividida por un rió, el Moscova. Y se organiza radialmente alrededor de un único punto central. Ese centro es la plaza roja. Escenario indiscutible de la historia rusa.

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La plaza roja es el corazón histórico de Moscú. De un lado está el Kremlin y una poco llamativa estructura de mármol, es el mausoleo de Lenin, sitio de peregrinaje para los rojos. Del otro lado una catedral y una gran tienda. El mercado comunista dónde sólo se podía comprar azúcar y harina ahora es un shopping de 24 horas dónde los máximos diseñadores europeos tienen su tienda. Al final de la calle, coronándolo todo está la iglesia de San Basilio: la famosa estructura roja con las torres de colores simulando caramelos. Me cuesta creer lo que veo. Moscu - Portada-1-2

Al igual que el Taj Mahal son iconos del mundo, uno los ve en imágenes, en postales, en películas, pero siempre es más increíble verlo personalmente. Debo confesar que la catedral de San Basilio me parece pequeña. Me la imaginaba mucho más monumental, igualmente así y todo, tiene tantos detalles arquitectónicos, sobre todo sus cúpulas, que hay que tener cuidado de que no te entren moscas en la boca.

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La escalera mecánica avanza tan lento que me permite recorrer la plaza varias veces. Es una pena, pero el centro de la plaza está cercado por un festival y sólo hay un pasillo habilitado para cruzarla. Es tanta la gente que hay tratando se sacarse una foto en la plaza que decido bordear con la mirada las paredes del Kremlin. Estás si que son altas. Del otro lado hay más construcciones, iglesias ortodoxas y museos. Pero lo que más me llama la atención de las paredes del Kremlin es que del otro lado, en alguna parte, está enterrado Stalin.

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Es imposible no observar la plaza roja e ir reviviendo todos los hechos y personajes trascendentales de la Unión Soviética. Es más, fue en tiempo de la URSS cuándo Moscú volvió a ser capital de Rusia y del imperio.

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Esquivando policías y soldados se puede llegar al río. Desde ahí, la vista es impresionante. Un río ancho con salida a 5 mares se envuelve con decenas de cúpulas ortodoxas, carteles luminosos, edificios grises y cuadrados y torres que por momento me recuerdan a Nueva York. Es que entre los caprichos de Stalin estaba construir replicas mejoradas de los edificios norteamericanos. La batalla no sólo era armamentística, también suponía conquistas espaciales y arquitectónicas.

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Sólo de este modo se explica lo que ocurrió con la iglesia de Cristo salvador. Una de las iglesias más espectaculares de Moscú que se derribó 1931 para construir un edificio más grande que el Empire State (edificio más grande en aquella época) y arriba de ese edificio colocar una estatua de Lenin más grande que la estatua de la libertad. Una locura que la guerra no permitió llevar a cabo. Luego quedó abandonado y ahí se construyó una gran pileta pública. Ya con el la disolución de la URSS se decidió reconstruir la iglesia original. Se reinauguró en el año 2000 y es una de las iglesias más inmensa y hermosa de Moscú.

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No sé si Moscú superó a Nueva York, pero lo que sí logró la arquitectura soviética es hacerlo sentir a uno muy muy pequeño en comparación con las imponentes y solemnes construcciones.

La escalera sigue avanzando. No se cuándo más puede faltar para llegar. Desde acá se disfruta la vista pero por momentos da vértigo saber que tan profundo estamos. Dicen que las estaciones se hicieron así para poder ser utilizadas cómo bunkers en caso de guerra. Lo cierto es que son verdaderos obras de arte subterráneas, “Palacio de pobres” cómo les dicen. Arañas dignas de teatros, placas de mármol, bajorelieves de estrellas rojas, soldados luchando en el frente y mujeres trabajando el campo son algunos de los motivos de decoración de las estaciones.

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Intuyo que falta para llegar a la superficie. Decido mirar un poco más. Llego hasta la peatonal calle Arbat. Llena de tiendas de souvenirs, artesanos y músicos callejeros. Tres argentinos se pusieron a tomar mate y a vender postales de sus viajes. Me dan ganas de parar a charlar pero está lleno de rusos que les hacen preguntas y les piden fotos y autógrafos. Me da risa ver la escena. Sigo un poco más y llego al Gorki Park. Dicen que buscó ser una replica del Central Park pero no le encuentro muchos parecidos. Igualmente es un lindo parque. En aquel entonces no sabía que la mayoría de las ciudades iban a tener algún parque o estación apodada “Gorki”. Máximo Gorki fue uno de los pocos escritores que logró salir triunfante -léase, con vida- de la época soviética. Mano derecha de Stalin, eso lo explica todo.

Quiero mirar para arriba para ver cuándo falta, pero sólo veo el túnel blanco con carteles publicitarios a ambos lados. Decido yo también subir corriendo. Arriba nos espera Esteban. Viajero y escritor amigo con el cual compartiremos estos días moscovitas, aunque siento que ya vi casi todo.

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La verdad, no pensé que iba a ser tan difícil llegar a Moscú, tampoco pensé que íbamos a hacer 30 kilómetros en 3 horas, ni tardar 5 días en subir una escalera mecánica. Moscú distorsiona la percepción del verdadero paso de las horas, no hay dudas. Es un auténtico viaje en el tiempo.

Si quieren leer consejos sobre cosas (no tan comunes) para hacer en Moscú, les recomendamos leer a la colega Florencia Swartzman en: 24 cosas para hacer en Moscú

Veliky Novgorod y sus habitantes

N. tiene bastante años, no sé cuantos pero algo me indica presenció el paso del tiempo y de la historia. La juventud quedó atrás para él. No me animo a preguntarle cuándos años tiene, me tendría que haber fijado antes. No lo hice y ahora siento que no tiene sentido hacerlo. Algo en su mirada, en su tono de voz, en el movimiento de sus brazos me dice que es más grande de lo que aparenta.

Quizá son las arrugas que se forman alrededor de sus ojos, su pelo prolijamente cortado con canas ya instaladas hace rato, o esos silencios largos. Demasiado largos.

Caminamos varios kilómetros juntos. No habla, no ríe, se funde en sus pensamientos y cada tanto esboza alguna sonrisa introvertida. Le trato de preguntar cosas, meterme en su mundo, pero siempre me rebota. Nunca hay lugar para la repregunta ni para nada parecido. Decido también caminar en silencio y comenzar a inventar ni propia historia. De alguna manera ya presentía que no iba a lograr mucho más con el correr de los días. Pensé que era algo que tenia que ver con el género, los hombre suelen ser menos expresivos que las mujeres, pero no.

VN. es chiquita, aunque todos la llaman “la grande”. Tan chica que caminando se puede saber bastante de ella. Pero no todo, ella también es demasiado reservada.

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El día está fresco. El sol de verano comienza a dejar lugar al otoño, los arboles pierden algunas hojas y el primer Kremlin de Rusia luce más impresionante en vivo que en las fotos de internet. Buena parte de la historia transcurrió acá. Después del reinado de Yaroslav, el sabio pasaron los rojos, los nazis y los rojos de nuevo.

Esquina del Kremlin

Esquina del Kremlin

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Extrañamente aún se conserva buena parte del patrimonio real. Pero más me sorprende la estatua de Lenin en la plaza central. A ella también le pregunte por su relación con los soviéticos, sólo sonrió. Cómo era de esperar.

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La estatua de Lenin, algo que se repite en cada lugar.

Dentro de la ciudadela está Santa Sofía, la catedral mas vieja de Rusia. También está la gran estatua del Kremlin, dicen tiene guardados más de mil años de secretos. Algunos más aventurados afirman que acá se empezó a hablar de Rusia cómo tal. Pero ni él ni ella nos dicen nada al respecto.

Esa noche, cuándo le dijimos que no entramos a Santa Sofia porque elegimos quedarnos leyendo al sol se enojó. No entendía cómo preferíamos quedarnos afuera en vez de entrar a un recinto con 5 micros repletos de turistas chinos estacionado en la puerta. Además, en N. V. lo que sobran son iglesias ortodoxas.

Catedral Santa Sofía adentro del Kremlin

Catedral Santa Sofía adentro del Kremlin

Personajes de la historia rusa representados en el monumento milenario

Personajes de la historia rusa representados en el monumento milenario

VN. es vieja, vieja cómo el río que la cruza. Cada centímetro suyo condensa el paso del tiempo. Sus calles e intersecciones arman laberintos que desde lo alto simulan un rosto envejecido. Cómo las viejas que nos encontramos en el colectivo; Iban al mercado, llevaban un balde para comprar pescado fresco. Todas llevaban un pañuelo en la cabeza, la cultura ortodoxa así lo dice. ¿Si pudiera verte vos también llevarías un pañuelo, no?

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Pero para que te pregunto, si no me vas a responder. Cómo mucho me dirás un no sé mientras te encojes de hombros y me esquivas la mirada. El interés no es mutuo. ¿Para qué nos recibiste, entonces, si nada quiere saber de nosotros? ¿Es sólo timidez?

Tengo que confesar que la gente cómo vos me saca de quicio. No te pido que me abraces, sólo que me digas algo, por mínimo que sea. Contame de tu historia. Sé que viviste el comunismo, fuiste madre e hija de la guerra, sé que sabes mucho más de lo que mostrás. Vine de muy lejos para conocerte, pero eso no te importa.

Ahora, trato de pensar por qué vinimos. Ya no lo recuerdo. Tanto sopor y silencio me hizo caer a mi también en ese estado de indecisión e indiferencia ante el mundo. Supongo que fuimos porque necesitábamos hacer alguna parada en el camino. Los 800 km que separaban San Petersburgo de Moscú no eran poco cosa. No era sólo la inmensa distancia que queríamos cubrir haciendo autostop sino que era la necesidad de darnos un respiro entre las dos metrópolis más grandes de Rusia. Conectar San Petersburgo con Moscú por tierra no era poco de pavo. La mente necesitaba hacer un punto y aparte entre tanta información. ¿Habrá sido por eso qué fuimos? ¿O por eso nos fuimos?

Esas noches que compartimos hicieron que algo se trasmitiera. Y ahora me encuentro yo también bajo ese efecto de fluctuación e inseguridad. Ni siquiera puedo decir a ciencia cierta porque fuimos ni si me gustó o no la ciudad. Intento recordar que hicimos, que vivimos, pero nada. Sólo encojo los hombres y con cara de nada, digo no sé.

Muchos dicen que los perros se parecen a sus dueños. Agrego, cada día me convenzo más de que las ciudades se parecen a sus habitantes.

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San Petersburgo, ciudad imperial

Desde que planificamos el viaje, San Petersburgo aparece marcado con rojo en el mapa. Es una de esas ciudades que queríamos visitar. Ya sea por la historia, el legado cultural o por ser la más europeas de las ciudades rusas. Pero había algo que nos atraía. Y teníamos miedo que tantas expectativas puestas nos jueguen en contra.

¿Cómo se escribe acerca de una ciudad que en tan sólo 300 años de vida fue cuna de grandes artistas, zares e historias? ¿Cómo se hace sin escribir centenares de hojas y poder describir todo lo que sentimos?

Iglesia de San Salvador de la sangre derramada.

Iglesia del Salvador sobre la sangre derramada.

¿Cómo se hace para escribir sobre San Petersburgo sin nombrar a Fiodor Dostoievski y los personajes de sus obras, cómo los hermanos Karamazov o el mismísimo Raskólnikov?

Cuándo surgió la idea de visitar Rusia, los libros de Dostoievski comenzaron a surgir de a montones. Aparecieron en la biblioteca, en los cajones y en regalos de navidad. Es imposible no sentir la presencia de Dostoievski en las calle. Quizá lo recordamos por la mirada perdida de ese borracho ahogado en vodka en el bar subterráneo dónde cenamos la segunda noche o quizá, el haber camino varias horas por su barrio hizo que algo de esto se nos contagiara.

Picasso también nos lo recuerda

Picasso también nos lo recuerda

¿Cómo se hace para escribir sobre la última capital zarista sin nombrar a Pedro el Grande?

Él fue el planificador y fundador de la ciudad. Ya hace casi 100 años del asesinato de Rasputín, de la revuelta de octubre y de la caída de Nicolás II (el último Romanov al poder). Sin embargo, San Petersburgo, aún conserva todo el esplendor de aquella época. Hace casi 100 años que Rusia dejó de ser patrimonio de zares y zarinas para pasar a ser del pueblo, o al menos en teoría.

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Río Neva

Río Neva

Palacio de invierno de la familia Romanov

Palacio de invierno de la familia Romanov

El Palacio de Invierno de la familia Romanov lleva con orgullo el águila de dos cabezas cómo escudo, y aún conserva la gran mayoría de los tesoros zaristas en uno de los museos más grandes del mundo. El Hermitage contiene obras de arte de los egipcios, romanos, griegos e incluso originales de Da Vinci, Van Gogh y Picasso, entre muchos otros. Es invaluable la cantidad de oro y plata que hay ahí adentro, y también es inconmensurable la cantidad de turistas que lo visitan a diario.

Original de Van Gogh dentro del museo

Original de Van Gogh dentro del museo

Pero la época zarista también se vislumbra en las calles, en las terminaciones de los edificios, en la gran Iglesia del Salvador sobre la sangre derramada (así se llama), en los canales y en el brillo de los ojos de la personas. Ser de San Petersburgo es un orgullo.

Esa ciudad que Pedro el grande alguna vez soñó y empezó a construir sobre un pantanal con ubicación estratégica ante Europa hoy sigue en pie y parece haber olvidado todos los crímenes que allí se cometieron. “Troya cayó, Roma cayó, San Petersburgo no cayó” dicen por ahí.

Retrato de Pedro, el grande

Retrato de Pedro, el grande

¿Cómo se hace para escribir sobre la ciudad dónde tuvieron lugar las revoluciones rojas que construirían el último imperio sin nombrar a su grandes artífices?

La época zarista llegó a su fin en octubre de 1917. Lenin se hizo del poder, y con ello se supone que el pueblo también.

Con la revolución bolchevique todos los iconos zaristas fueron eliminados uno por uno, incluidos los miembros de la familia real. El águila de dos cabezas fue reemplazada por la hoz y el martillo.

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Otra cosa que cambió fue el nombre de la ciudad. En el inicio de la primera guerra (1914) deciden ponerle un nombre menos alemán y poco mas ruso y San Petersburgo pasó a llamarse Petrogrado. Con la llegada de los rojos, y la muerte del máximo exponente de la revolución deciden cambiarle el nombre zarista por uno más bolchevique. Así pasó a llamarse Leningrado (1924). Nombre que llevó hasta 1991.

Lenin parece ser el único personaje aclamado de aquella época. Bustos, estatuas y estaciones de subte con su nombre abundan por la ciudad. De los demás personajes, no se dice mucho. Incluso el museo de Historia política de Rusia cuenta una adaptación escolar de la trágica historia imperial, y por imperial también incluimos al imperio soviético.

Retrato de Lenin, el único personaje amado de la revolución

Retrato de Lenin, el único personaje amado de la revolución

Por último, ¿cómo se hace para escribir sobre una ciudad que vivió la guerra en carne propia sin nombrar una de las peores masacres de los nazis cómo fue el sitio de Leningrado?

En pleno contexto de la segunda guerra, Leningrado era el blanco que los alemanes anhelaban tomar. Los nazis llegaron a las puertas de la ciudad, pero los soviéticos, antes de eso armaron una defensa que consistió en poner minas subterráneas en toda la ciudad. Si los alemanes la tomaban harían volar todo por los aires, incluida la población local.

A los alemanes no les divertía tomar una ciudad repleta de minas y con más de tres millones de familias con hambre y frio. Optaron por lo no gastar balas y torturarlos de otra forma, sitiar la ciudad. Cortar todo suministro que llegaba del exterior y dejar que la población se muera de hambre y frio. El sitio de Leningrado duró más de 900 días, es decir, durante casi 3 años los peterburgueses (gran gentilicio para una ciudad comunista) debieron intentar sobrevivir en una de las condiciones más adversas que el ser humano puede soportar. Murió más gente en el sitio de Leningrado que en Auschwitz. Según cuentan, ante la desesperación por el hambre, empezó a surgir el canibalismo. El frío fue también una de las mayores causas de muerte. La cifra de muertos haciendo el millón de personas. Hay un diario muy corto y duro de Tatiana Sávicheva escrito en el momento del sitio.

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Pero la ciudad volvió a nacer y a reinsertarse. San Petersburgo recibe cientos de turistas a diario y está galardonada cómo una de las ciudades más lindas de Europa.

Caminar por ahí es caminar entre canales del tiempo y veredas de la historia. Dostoievski, Anastasia, Rasputín, Lenin y Gorvachov. Todos están ahí de alguna u otra forma.

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Rusia sigue conservando sus mejores galas zaristas, su imperio soviético y su alma bohemia y melancólica. El brillo imperial igualmente se mezcla con alguna hoz roja y amarilla, y con algún Mc Donald’s, eso sí, con las carteleras en cirílico (alfabeto local). El imperialismo capitalista también llegó.

Rusia nos encanta y eso ya lo sabíamos. Lo bueno es que esto recién empieza.

Adaptación de Mc Donald's

Adaptación de Mc Donald’s

Istmo de Curlandia de ambos lados

El istmo de Curlandia (Куршская коса en ruso, Kuršių nerija en lituano) es una franja estrecha de arena que separa la laguna de Curlandia del mar Báltico. Esta pequeña franja tiene una longitud de 100 km de largo, 400 m de ancho en su parte más angosta y una antigüedad de más de 5.000 años. El origen se debe a la retirada del mar, quedando el Báltico de un lado y una laguna del otro. Lo curioso es que atraviesa dos países: Rusia (Kaliningrado) y Lituania.

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Atravesamos el istmo haciendo autostop. Lo más raro fue el vehículo que nos llevó a la frontera: un camión militar ruso. Sin hablar inglés nos hizo entender que no podíamos cruzar caminando. Teníamos que esperar que venga un auto y que nos lleve. Pero para nuestra suerte, cuando paró el primer auto, el mismo oficial ruso se ocupó de pedirles que nos lleven. ¿Quién le va a decir que no a un militar en un puesto de frontera? De forma forzada, llegamos a Lituania junto a una pareja de ancianos lituanos que no querían saber nada con llevar a dos viajeros en su auto.

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La frontera no es sólo una cuestión burocrática de más de media hora, es también el límite entre dos mundos totalmente distintos, dos formas de ver la vida:

  • De un lado nos encontramos con un paisaje rústico, con el pasto sin cortar, los caminos sin marcar y la naturaleza en su estado más salvaje. Médanos de arena enormes y atardeceres de lujo. Del otro, cientos de senderos prolijamente marcados, con carteles indicando cada bifurcación y dónde la naturaleza parecía estar prolijamente ordenada para el disfrute y confort del turista.

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  • De un lado encontramos construcciones viejas, remanentes del esplendor de la URSS. Edificios sin pintar y un poco (bastantes) destruidos. Del otro lado, la modernidad y la tecnología habían llegado. Todo nuevo, todo prolijamente pintado y con oferta de wifi por doquier.
  • De un lado encontramos a gente en la playa vestida con ropa cómoda y un poco desalineados. Del otro lado, la gente era elegante y estaba bastante pendiente de la moda.

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  • De un lado, encontramos a gente ruidosa y alegre que disfrutaban de la playa cómo niños. Del otro lado la gente era seria, más preocupados por no llenarse de arena que por contemplar el paisaje.
Bosque de brujas

Bosque de brujas

  • De un lado encontramos a gente amable y dispuesta a ayudarnos a pesar de la diferencia idiomática. Del otro lado no vimos una sonrisa, la primera vez que le preguntamos cómo estaban nos miraron con desprecio por nuestra condiciones de mochileros.

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  • De un lado encontramos precios muy baratos, del otro lado precios en euros sensiblemente más caros.
  • De un lado encontramos carteles en alfabeto cirílico, del otro en el alfabeto latino.

Los que nos leen saben que lado nos gustó más, pero lo cierto es que mucha gente prefiere el otro lado. No tratamos de hacer una crítica a una de las partes, sino mostrar que se puede disfrutar de ambos países. A pesar de los medios de comunicación, que se ocupan de decir que Kaliningrado no vale la pena, el accidente geográfico es el mismo en ambas partes.

Nos consuela la alegría de ser de los pocos viajeros que lo cruzaron en su totalidad. Nuestra condición de argentinos (no necesitamos visa para Rusia) nos facilitó la cuestión.

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Info útil

Del lado ruso:

* Alojamiento: se puede acampar libremente en la playa. Algunos nos dijeron que en el bosque estaba prohibido, otros que no, pero todos coincidían que en la playa se puede acampar.

* Los argentinos no necesitamos visa para Rusia, ni ningún trámite previo. Con el pasaporte en la frontera es suficiente.

* Kaliningrado es muy pequeño. A 20 km de la ciudad de Kaliningrado ya se encuentra el istmo. El autobús cuesta poco más de un euro por persona.

Del lado lituano:

* Alojamiento: acá la cuestión se encarece un poco. Terminamos acampando en Nida, la ciudad principal del istmo. Ahí sólo había la opción de un camping con cancha de tenis y ducha con agua caliente.

* Al final (o al comienzo) del istmo, del lado lituano, se puede cruzar a Klaipeda. La tercer ciudad más grande del país. Se debe cruzar en ferry ya que no están unidas por tierra.

* Muchos viajaron optan por alquilar bicicletas en Klaipera e ir a recorrer el istmo por el día. También se puede ir en autobús por el día.

Lo esencial de Kaliningrado

-¿Por qué van a ir a Kaliningrado? Es peligroso, no hay nada que ver ahí. Por favor, no vayan.
-No es un lugar turístico, nadie va. Ellos no quieren que nadie vaya ¿Por qué van a ir?
-¿A qué van?, ¿Saben que hay?

(Estos son algunos de los tantos comentarios que recibimos en los días previos a visitar Kaliningrado)

“Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones.” 
Antoine de Saint-Exupéry

En este caso, los niños nos disfrazamos de viajeros trotamundos y elegimos visitar esos lugares que ninguna guía de viajes recomienda. Esos lugares, que se caen del mapa y de los itinerarios, suelen tener encantos extras pero estos al no estar contenidos en ninguna estatua, o monumento, o parque nacional parecen no contar. El encanto de los lugares que no figuran en los mapas radica en la gente que los habita, ese es nuestro secreto.

Al igual que El Principito de Antoine de Saint-Exupéry que cayó en la tierra desde el asteroide B612, nosotros caímos en Kaliningrado desde Europa. Fue cómo aterrizar en un planeta lejano y remoto. Otra lógica, otros valores, otro idioma, otra cultura.

Alfabeto cirílico - Primer lección

Alfabeto cirílico – Primer lección

A pesar de todo lo que nos habían dicho sobre Kaliningrado y los rusos, no teníamos (tanto) miedo a la hora de cruzar la frontera. El Principito aprovechó una migración de pájaros silvestres para evadirse, nosotros el primer auto que nos paró mientras hacíamos dedo en la frontera con Polonia.

A los pocos kilómetros, el puesto fronterizo. Policías con cara de malos, perros adictos a las drogas y un examen exhaustivo a nuestro pasaporte. Estamos en Rusia y Moscú estaba a más de 1000 kilómetros. En el medio, había varias capitales europeas. Las rutas estaban en mal estado, la gente estaba en mal estado. Todos fumaban y olían a transpiración mezclada con alcohol. La ropa era vieja y gastada, y comunicarse era sobre todo una cuestión de voluntades. La ciudad parece haberse quedado en el tiempo, en la época del poderío de la URSS. Las construcciones parecen de hace más de 50 años y todo conserva ese color gris humo apagado. Incluso muchas miradas.

Rusia se quedó con Kaliningrado cómo trofeo después de la segunda guerra, la pobló con inmigrantes y rusos de bajos recursos, y así tal cual es como quedó Kaliningrado 25 años después de la caída del último gran imperio. La mayoría son rusos que nunca estuvieron en Rusia. Para ellos Varsovia o Vilnius, son las capitales cercanas y accesibles. Pero así y todo, son rusos. Podríamos contarles sobre ellos, sobre sus gustos, sus sueños, sus amores, pero eso a nadie le interesa. A las personas mayores les interesan los porcentajes de desempleo, las posibilidades de amenazas y la capacidad bélica de Kaliningrado. La parte humana parece no interesarle a nadie. Para el hombre moderno lo esencial pasa por otro lado.

Ni los chanchos salvajes generan interes

Ni los chanchos salvajes generan interes

Viejo y todo, Kaliningrado era lindo. No por su arquitectura (todo tenía esa impronta soviética de edificios cuadrados y amplias autopistas), no por el centro antiguo de la ciudad ni por la vista desde el puerto en el corazón del mar Báltico. Sino por la gente y por la naturaleza. Pero sí les decimos que ahí presenciamos uno de los atardeceres más mágicos que vimos y que dormimos a orillas del mar Báltico con un cielo de estrellas para nosotros solos, a los hombres modernos no les parecerá válido. Ellos sólo quieren saber si es verdad que hay tanques y militares en todas las esquinas. Ellos sólo quieren saber si Lituana o Polonia corren peligro. Pero nosotros sólo vimos playas vírgenes, bosques de pinos inmensos y personas que sin entendernos nos querían ayudar igual. No podemos decirles cuántos rublos (moneda local) hay invertidos en armas, ni cuál es el sueldo promedio, ni cuál es el edifico más grande, pero podemos darles otros detalles, de esos que a nadie le interesan. Detalles cómo que a los rusos les gustan muchos los dulces o la música argentina.

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El principito se consuela pensando en los atardeceres melancólicos de su pequeño planeta. Basta adelantar su silla un par de metros para volver a contemplar una nueva y mágica puesta de sol. Dice que en un día contempló 42 atardeceres. En Kaliningrado el atardecer también es un consuelo en ese pequeño planeta.

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Todos creen que en Kaliningrado no hay nada que ver. ¿Una puesta de sol no es un espectáculo digno de ver? Claro que sí, incluso verlo 42 veces en un mismo día. El problema de este mundo es la seriedad de los hombres modernos.

Los periodistas hacen mala de prensa de Kaliningrado sin siquiera haberlo visto alguna vez, son cómo los geógrafos que describen montañas sin haber salido de su escritorio. Para ellos, Rusia es peligrosa, es el nuevo mal. El Principito también tenia miedo. En su caso, de los baobabs. Para él, los baobabs eran el mayor peligro podían destruir todo su planeta en sólo unos segundos. Pero lo curioso es que al comienzo un semilla de baobabs no se diferencia de la semilla de una rosa, ambas son simples hierbajos. Quizá los rusos y los europeos tampoco sean tan distintos.

Saint-Exupéry se encontró con la dificultad del principito al hablar con  con personas mayores, nosotros tenemos el mismo problema al hablar de Kaliningrado ante el hombre moderno. Este último descree, tiene miedo, no sabe pensar, solo repite lo que una vez escuchó decir.

Kaliningrado es nuestro secreto, es ese atardecer que contemplamos caminando por la playa buscando un lugar dónde acampar bajo el asteroide B612 que esa noche brilló más fuerte que otras. Si algún día, viajan por Kaliningrado… Si por casualidad pasan por allí, no se apresuren, se los ruego, y deténganse un poco, precisamente a contemplar el atardecer. A fin de cuentas, Saint-Exupéry tenia razón, lo esencial es invisible a los ojos.

Disculpen la falta de fotos, nos las guardamos para nosotros.

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