Category: Sri Lanka
Una semana en Tangalle

“Primero empezó a subir mucho el mar. Había mucha agua en todos lados. Luego, recién vino la gran ola. Se llevo todo. Todo. Empezamos a correr. Corrimos casi un kilómetro y nos subimos a un árbol. Cuándo ya había pasado un rato, volvimos a nuestra casa. Ya no había nada. Perdimos a mi madre y dos de mis hijos.”

Relato de Mallika.

La oscuridad de nuestra habitación era inmensa, no se podía ver si la mano de uno estaba en frente de la cara. Era densa, pesada, como si estuviera llena de cosas, pero a la vez espaciosa, la distancia hasta la puerta parecía mucho más grande que con la luz prendida. La única alternativa era prender una vela, no había luz en todo el pueblo, pero ya era tarde. No se escuchaba nada, excepto el mar. Estábamos cerca, a unos 30 metros. Las olas rompían unas tras otra.

Tangalle - Sri Lanka

Tangalle - Sri Lanka

Los colores del agua

Esa noche no pudimos dormir bien. Quizá era en cansancio de las 7 horas en tren más una en colectivo, quizá era que habíamos pasado mucho rato bajo el sol o quizá era un poco de miedo.

Tangalle - Sri Lanka

Lo bueno del tren es que iba por la costa

Muchos dicen que el sonido del mar tiene algo de tranquilizador. Pero no en este caso. Todas las playas del sur de Sri Lanka fueron gravemente afectadas por el trágico y famoso tsunami del 2004. Se calcula que cerca de 34.000 esrilanqueses murieron. Nosotros solo vimos marcas en las paredes con una indicación que decía hasta acá llego el agua, y la marca estaba a los 9 metros. También vimos muchos cementerios cerca de la playa. Cuando nos detuvimos a leer las placas muchos eran del 2004, y varios “En memoria de…”. Gente que nunca encontraron.

Tangalle - Sri Lanka

Esta situación a cualquiera lo hace pensar. ¿Qué hago en caso de que el agua empiece a crecer? ¿Para dónde escapo? ¿Si me agarra durmiendo? Dicen que los perros aullaron mucho antes del tsunami y luego se escaparon. Para nosotros cualquier ladrido era una alerta. Ya había pasado más de 9 años, pero la sensación estaba latente. Esa tarde el mar había crecido bastante. Ellos corrieron todas las mesas, reposeras y sillas.

Para nosotros, que nunca vivimos una situación ni remotamente parecida, lo sentimos, nos asustamos. Ellos, que lo sufrieron en carne propia, deben irse a dormir con el doble de fantasmas que nosotros revoloteando en la cabeza.

Pasamos una semana en la casa de Mallika. La playa, la rutina de mate-lectura-crucigrama, los partidos de criquet a la tarde y su amabilidad hicieron que nos sintiéramos cómodos y que nos olvidemos que teníamos que seguir recorriendo Sri Lanka. Éramos niños jugando el mar. Teníamos todo el mar para nosotros, corríamos, saltábamos y salíamos empanados en arena por culpa de la fuerza de las olas. Pero ellos, no se metían. Quizá si hacia mucho calor, se metía al mar alguno de los chicos. Pero sino, éramos los únicos dos. Los demás turistas estaban en la zona de resort y convengamos que Tangalle no es un sitio muy concurrido.

Tangalle - Sri Lanka

Criquet de tarde

¿Por qué volvieron a vivir en el mismo lugar de la tragedia? Esa casa la hicieron nueva, así nos dijo Malika. La construyó con su marido con mucho esfuerzo. Es su lugar en el mundo, claro está, ¿Pero tenían otra alternativa? La playa también invita. Es un paisaje de revista. Con palmeras y arena blanca. Un mar calentito y olas para surfear. No juegan al tejo, pero tienen el criquet. Todas las tardes se armaban partidos. Nunca nos animamos a preguntarles porque volvieron al mismo lugar de la tragedia.

Ellos siguen ahí, enfrentándose a lo que muchos turistas vienen a buscar: el mar.

Mientras, nosotros nos fuimos extraños. Sabiendo que no queríamos irnos, que por unos días también habíamos encontrado nuestro lugar.

Tangalle - Sri Lanka

Las playas de Tangalle

Las montañas de Sri Lanka

Llegamos a Sri Lanka hace unas semanas. No elegimos este destino por casualidad, teníamos algo que hacer aquí: la visa de India por tercera vez en este viaje. Elegimos tramitarla en la ciudad de Kandy, una ciudad de montaña y de las más importantes del país. Importante para los locales y para los turistas también. ¿Por qué? Porque tiene un lago, porque hay un templo que conserva un diente de Buda y porque todas las guías dicen que aquí comienza el “triangulo histórico  o cultural o de oro”… Ya no recordamos el nombre.

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El lago

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Carteles en Kandy

Llegamos, buscamos alojamiento y presentamos todos los requisitos para aplicar la visa. En 9 días estaría lista. Nos alojamos en un sitio que nos habían recomendado, sobre todo por la amabilidad de sus dueños (un matrimonio mayor). Para nuestra sorpresa, no éramos los únicos que llegamos con buenas referencias a dicha casa. Luego descubrimos que estaba entre los alojamientos recomendados en las guías de viajes. El lugar estaba lleno de turistas y los antiguos dueños ahora solo se ocupan de darle de comer al gato y charlar con algún que otro vecino.  El lugar estaba a cargo de su hija, que en una mano tenia su celular y con la otra su billetera.

Ante esta perspectiva, decidimos seguir viaje durante estos 9 días. Como nuestro presupuesto esta ajustado y Sri Lanka presenta actividades para todos los gustos y presupuestos, decidimos inventar nuestro propio triangulo. El mismo nos llevaría a recorrer la zona montañosa de la isla.

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Tren en medio de lluvias y plantaciones de té

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Vista desde la ventanilla

Elegimos viajar en tren, muchos nos dijeron que era lento y que era muy barato (por lo cual estaba lleno de gente). Al igual que en India (y que en todas sus colonias), los ingleses se ocuparon de construir un sistema ferroviario y de montar plantaciones de té. Crearon una ciudad donde refrescarse del calor infernal de la isla en verano. Y también fundaron esa rivalidad entre Sri Lanka y el sur de India (precisamente con los tamiles) por quién era mano de obra más barata.

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Estación de tren

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Después de subir a Adam’s Peak, y con las piernas acalambradas, nos tomamos el tren a Ella, un pueblito que nos llamó la atención, porque al bajar, por las calles que caminamos no encontramos ni una sola casa. Todos lugares para comer y dormir, algunas agencia de viaje y un par de kioscos. Tuvimos que caminar un rato para encontrar casas. Y en una de esas, que tenía un cartel pintado a mano que decía “rooms”, nos quedamos. Julee era la dueña de la casa. Sus hijos se habían ido a Colombo a estudiar asique decidió alquilar sus respectivos dormitorios a turistas. Nos sonreía todo el tiempo, pregunto si Argentina quedaba en Europa y nos contó donde estaba el templo donde iba los domingos a rezar. No supimos si era un templo budista, hinduista o cristiano. Nos cocinaba, nos contaba sus historias y hasta se animó a probar el mate.

En Ella decidimos caminar hasta “Little Adam’s Peak”, para llegar tuvimos que atravesar una plantación de té. Las señoras que cosechaban corrían a saludarnos y preguntarnos si les podíamos sacar una foto. Nos enteramos que la foto tenia un costó de unas 100 rupias. Luego, caminamos hacia “Ella Rock”, sabíamos que para llegar debíamos seguir las vías del tren y en cierto momento doblar a la izquierda y comenzar a subir la montaña. En el camino, al lado de la vía del tren, hacia varios kioscos que vendían bebidas frías para los caminantes. Varios señores, que estaban trabajando la tierra, también nos saludan y nos indicaban que camino era el corrector para ascender hasta el mirador. Nos enteramos, también, que dicha información valía 1000 rupias. Al fin y al cabo, la sonrisa de Julee fue la más legitima. El precio de la habitación era fijo y no tenia gastos por “sonrisas extras”. También nos convidaba galletitas cuando nos venia llegar y nos daba agua antes de salir.

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Camino a “Ella Rock”

Luego, el tren nos llevo a Nuwara Eliya. Capital de la colonia inglesa. Aún queda el campo de polo y de golf. No vimos muchas personas locales practicando alguno de estos deportes. Los taxista se desesperan por llevarnos al hotel donde tienen comisión. Decidimos ir caminando.

En el centro de la ciudad, hay un gran parque. Su nombre es en honor de la reina Victoria. Hace unos años la entrada eran unas 60 rupias, hoy 300. Con el lago paso lo mismo. Primero era gratis, luego 10, hoy 200 rupias.

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Recreo en Nuwara Eliya

¿Los dioses deberían estar enojados? Los pueblos se retuercen gracias y en honor al vil metal. Ese si sabe como entrar y conquistar corazones. Los dioses deberían tratarlo de hereje, condenarlo a la hoguera y suplicar su perdón por tantas almas que se ha robado. Pero no, ya es tarde. Hasta los dioses supo conquistar. Hoy el perdón también se compra.

Julee en cambio, no. Por ahora. Ella espera en su casa. Si algún turista decide caminar más allá de los primeros 10 hoteles pasará por la puerta de su casa y leerá el cartel que escrito a mano alzada dice que ahí hay habitaciones disponibles.

Quizá, en este punto, si es que llegaron hasta el final se estén preguntando por que escribimos esto. ¿Porqué les estamos contando nuestras desventuras y nuestros hallazgos a la hora de buscar alojamiento? Cuándo, en realidad, uno debe escribir sobre los lugares, las cosas que hizo, las experiencias vividas, las anécdotas, etc. No sabríamos bien decir por qué, pero donde dormimos, a quién le decimos buenos días cuándo salimos de la habitación y que tipo de turismo queremos fomentar merece unos reglones en este blog.

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Montañas en Sri Lanka

Amanece en Adam’s Peak

Son las 2 am y suena el despertador. La noche anterior habíamos dejado todo listo. En menos de 15 minutos ya habíamos arrancado a caminar.

El plan: subir hasta “Adam’sPeak”. Un pico famoso en Sri Lanka por ser donde se encuentra una gran huella de Buda, o de Shiva, o del mismísimo Adam, según la religión desde donde se lo mire. Curioso que haya sido Adam el nombre que predominó a lo largo del tiempo, siendo que los cristianos son minoría en Asia.

Son 2:30 am y ya empezamos a entrar en calor. Estamos solos y no hay muchas luces prendidas. El frío que se siente desciende con cada paso que damos. Tenemos más de 5.200 escalones por delante. En kilómetros serían unos 5,5. Queremos ver el amanecer desde ahí arriba, dicen que se llega a ver el mar.

En dos horas ya habíamos subido. Aún faltaba una hora hasta el que salga el sol. Hacia mucho más frio que antes. Ya no estábamos en movimiento y el viento sopla fuerte a esa altura. Una vez escuchamos que la hora anterior al amanecer es el momento más frío del día, ya que es el momento de máxima ausencia del sol.

Adam's peak

Así se veían los primeros rayos

Estábamos todos acurrucados: feligreses, turistas y curiosos. Todos por igual; con frío y descalzos (es un sitio sagrado, por lo cual hay que descalzarse). Los esrilanqueses consideran que al menos una vez en su vida deben subir a “Adam’sPeak”. Había muchos niños, muchos en brazos de sus padres y muchas personas mayores. Los escalones parecen no ser un limitante.
De pronto, los primeros destellos comenzaron a brillar en el horizonte. El cielo, que hasta ese momento era un telón negro con puntos brillantes, comenzó a teñirse de naranja y celeste. Todos mirábamos el horizonte. Todos esperábamos lo mismo: el amanecer.

Adam's peak

El sol quería empezar a salir…

Adam's peak

… y salió

El cielo iba cambiando de color, y luego de media hora, el celeste pasó a ser rojo. Un rojo intenso como el fuego. Los primeros rayos iluminaron nuestros rostros. Una caricia cálida ante el frio que sentíamos.

Por un instante, no importó ser budista, hinduista o curioso, el único amo y señor era el sol. Ya no importaba el cansancio ni los dedos congelados de los pies. El sol ya había salido y debíamos agradecerlo. A fin de cuentas, es lo más leal que tenemos. Día tras día y año tras año nos sigue sorprendiendo. Sale todos los días por el mismo sitio y se va por el otro. No hubo un solo día en que el sol no salió.

Adam's peak

Una celebración se realiza todos los amaneceres

La luz, el teléfono, el agua caliente, los amigos, los trabajos y el dinero a veces están y otras, no. Pero el sol es distinto, siempre está.
Si un día decidiera no salir, ese día no habría vida. No habría nada. Ni siquiera los árboles nos darían sombra, porque hasta la sombra que nos protege del furioso sol en un mediodía de calor es obra de él mismo.

Adam's peak

La sombra de la montaña

El sol se elevaba cada vez más. Esa sensación de frío había dejado de existir. El calor ya era intenso. Hace una hora era de noche, y estábamos tiritando, y ahora guardamos todo el abrigo en la mochila. Como el sol trae vida, también puede convertirse en el peor enemigo. No tardamos en emprender el regreso, sabíamos que cuanto más lo pospusiéramos, más intenso sería el calor.
Comenzamos a bajar. Descubrimos las vistas que teníamos desde esas escalinatas y todas las plantaciones de té que rodean el pico. De noche, en la oscuridad, no habíamos percibido nada de todo esto.

Adam's peak

Llegamos al pueblo y todavía no eran las 8, pero esos solitarios negocios cerrados a la noche, habían cobrado vida y estaban en su máximo esplendor. Pero eso si, debajo de una sombra, porque al fin y al cabo es el sol el que nos regula.

Adam's peak

Hasta ahí arriba subimos

“Ayubowan Sri Lanka”

El avión aterriza. No nos damos cuenta hasta que sentimos la fricción de las ruedas contra el pavimento. Se sienten los frenos y finalmente, nos detenemos.

Una voz anuncia que estamos en Colombo, que hace 33 grados y que son las 16:15. Fue salir del avión y volver a sentir esa humedad pegajosa. Cómo manadas, todos los que viajábamos en ese vuelo recorrimos el mismo camino: migraciones, pasada por el baño y agarrar el equipaje. Recién ahora nuestros caminos se separaban. A algunos los esperaban sus familias, a otros una agencia de turismo o un hotel. Otros tomaron un taxi. Nosotros seguíamos ahí. Mirando a nuestro alrededor. Reencontrándonos.

El calor se hacia sentir. No habían pasado 10 minutos y nuestras remeras ya estaban empapadas. En las afueras del aeropuerto la gente caminaba descalza, los niños en cuero, las mujeres con polleras y blusas blancas y los hombres con un pañuelo atado como pollera. Comenzamos a caminar en busca de una parada de colectivos. Las personas nos miran, y nosotros a ellos. Cruzamos sonrisas. Sus sonrisas nos atraen, será el contraste entre esos dientes blancos y separados, y esa piel morena lo que le da un toque especial.

Los tuk-tuks nos frenan y preguntan a donde vamos. Finalmente llegamos a la parada de colectivos. El que nosotros buscábamos estaba por salir. Nos subimos y todas las miradas se clavan en nosotros. Somos los únicos blancos. El chofer dice que dejemos las mochilas adelante y una señora le dice a Ludmila que se siente al lado de ella. Todo en cingalés, el idioma oficial. Eso sí, hasta que no se llena, el bondi (colectivo) no arranca.

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El moderno colectivo

Una suerte de emoción recorría nuestro cuerpo. El colectivo viejo y descuidado, los gritos del conductor, una señora vendiendo fruta por la ventana, otra chica que nos miraba y sonreía. Los caminos son de tierra. El polvo rojizo contrasta con la frondosidad verde de la vegetación. Las calles, los caminos, y la gente incluso denotan humildad (que no es lo mismo que pobreza, ni descuido). Acá todo tiene un desorden, pero ese desorden te permite salir del camino. No existen los tours armados, ni hordas de turistas haciendo lo mismo. De alguna extraña manera nos sentíamos en casa.

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Tuk tuk de perfil

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Legado de la colonia: dioses cristianos, hinduistas y budistas

El Sudeste asiático es agradable, playas paradisiacas, comida sabrosa y gente amable. Pero algo le falta. O mejor dicho, le sobra. Le sobra occidentalismo. El turismo penetró y ya quedan pocos lugares auténticos. Y quienes nos leen hace rato, sabrán que eso no es lo que nos interesa.

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Una de las ananaes más ricas que comimos

Acá en cambio parecía distinto. Allá un templo hindú, acá un monje budista, un señor en bicicleta y música sonando. Parecíamos nenes mirando por la ventana del colectivo. Señalando y sacando fotos. Necesitábamos esto: simpleza.

Conseguimos habitación en Negombo, en la casa de una señora. Adelante tiene un restaurant. La habitación son solo dos camas, una mesa, dos sillas y un baño. No tiene agua caliente, total hace calor todo el día. En frente esta el mar azul.

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No son playas paradisiacas, pero tampoco esta tan mal

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Barco pesquero

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Pero Sri Lanka no es India y nos cuesta no comparar. Tiene sus propias costumbres, su propio idioma y su propio turismo. Para nuestra sorpresa nos encontramos con muchas parejas mayores que vienen a esta isla a hacer vida de playa. Nosotros, antes de empezara a planear este viaje, no habíamos escuchado mucho de las playas de Sri Lanka. Pero parece que fue elegido como el destino turístico 2013 según la famosa guía Lonely Planet. Ya esa simple mención le da un toque extra. Resort en construcción y micros con aire acondicionado. Pero, al menos, por ahora son los menos.

Pero, más allá de todo esto, el ambiente es otro, tal vez será porque recién está explotando, pero existe esa desprolijidad, que nos gusta y nos permite por un rato percibir la forma de vida esrilanqués (así se escribe el gentilicio, mire usted).

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Seguimos coleccionando atardeceres