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Las vueltas de Tayikistán

“Teníamos todo el impulso; estábamos montados en la cresta use una ola alta y hermosa… Y ahora, menos de cinco días después, puedes subir a la cima de una colina empinada y mirar hacia el este, y si sabes mirar con los ojos adecuados, casi podrás ver el punto hasta donde llegó el agua, ese lugar en el que la ola finalmente rompió y comenzó a retroceder.”

EL VIAJE

Afghanistan, very bad” nos dice el viejo mientras señala las montañas del otro lado del valle. Su dedo pulgar se inclina hacia abajo en señal de desapruebo, y luego con gestos no da a entender lo peor: pistolas, barbas largas, fundamentalistas religiosos. Con la otra mano, intenta mantener el volante de su viejo e impecable Lada blanco. Las ruedas patinan, el camino es de barro rojo y hace días que llueve. Las construcciones chinas aun no terminaron esta ruta.

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Tayikistán podría repetir la misma historia que todos los países de la región. Tierras de nómadas, influencia islámica, pueblos pequeños que hacían de base en la Ruta de la seda, conquistas zaristas y dominación soviética. Y en cierto modo la repite, pero con ciertas particularidades. La Tayikistán la lengua tiene la misma raíz que el farsi, como Irán o Afganistán, pero tanto Kazajistán, Kirguistán, Uzbekistán y Turkmenistán tienen una lengua que proviene del turco. Pero al igual que el resto de los países de Asia Central, Tayikistán también fue parte de la URSS y antes del imperio ruso.

Si bien acá es donde culturalmente menos influencia rusa notamos, era un lugar estratégico. Tayikistán era la frontera sur del gran imperio rojo (incluso del imperio zarista). Acá se acababa el comunismo. Del otro lado, los ingleses (en realidad India, siendo colonia Británica). El corredor de Walkhan, en Afganistán, fue el gran tapón imaginario que separó ambos absolutismos, ambas economías, ambos mundos. Los tayikos no se sienten cercanos a Moscú, pese a tener varios veteranos que combatieron en al segunda guerra mundial. Ellos se sienten persas, antes con Afganistán no tenían fronteras. Pero no, ahora es distinto.

Balizas. Un kilómetro de autos detenidos. Un camión volcó hace horas y aún no hay nadie trabajando en la zona. Nos bajamos del auto, a mirar y a esperar. Una hora, dos, cuatro. Nada. Ni una grúa ni nada que pueda solucionar el problema. Unos conductores se ponen a correr piedras y a trazar un camino paralelo en la montaña. Nosotros miramos Afganistán del otro lado del valle.

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Decidimos seguir a pie. La próxima ciudad estaba a quince kilómetros y el camión parecía querer seguir volcado por unas cuantas horas más. En realidad, nuestro destino final era Dusambé, la capital de Tayikistán. Estaba a solo 300 kilómetros, pero lo que pensábamos hacer en seis horas ya parecía imposible.

Intentamos seguir a dedo, pero resulta ser que casi todos los autos acá son taxis y por ende quieren cobrarnos por llevarnos. Algo entendible si tenemos en cuenta que en el país no existe el transporte público. Seguimos intentando hasta que finalmente damos con uno que acepta llevarnos. Nos deja a mitad de camino.

Ya la noche caía sobre nosotros, por lo cual empezamos a buscar un lugar donde poner la carpa. Una señora nos manda a un café. Le decimos que no buscamos dónde comer, sino donde dormir. Ella insiste. Caminamos hacia el café, y nos dicen que podemos dormir ahí mientras nos señala una mesa con sillones al aire libre. Por las dudas, armamos la carpa. No queremos volver a ser devorados por mosquitos.

A la mañana siguiente, arrancamos de nuevo. Por experiencia, sabemos que los 200 kilómetros que nos faltan pueden tomarnos el día entero. Y así fue. Llegamos a Dusambé a las doce de la noche. Mojados, cansados, con ganas de una ducha caliente y de dormir. Dormir después de muchos días en una cama y con almohadas de verdad (nuestra ropa enrollada no cuenta como almohada). Los poco más de 500 kilómetros que teníamos que hacer desde el Pamir hasta Dusambé nos tomaron 40 horas reloj. Rutas en mal estado, coches en mal estado, policía corrupta y muchas montañas. Pero las montañas comenzaron a quedar atrás y ahora el camino es monótono. Campos amarillos, casas de cemento a mitad de camino y cabras pastando al costado de la ruta. Cuanto más cerca estábamos de Dusambé, más gente, más negocios y más tráfico. Mientras mirábamos otro atardecer desde la ventanilla de un auto desconocido nosotros sólo queríamos una sola cosa: llegar.

DUSAMBÉ (O DUSHAMBE)

Dusambé significa lunes en tayiko. Nunca fue una ciudad muy grande. Incluso, el trajín de la ciudad sólo ocurría los lunes que era el día en que se abría el mercado. Toda la gente del valle bajaba a la ciudad para comercializar. Pero Dusambé fue el lugar que los soviéticos decidieron tomar como capital de su creación: la republica socialista soviética de Tayikistán.

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Esa primer noche no vimos mucho. Buscamos el hotel que teníamos anotado y nos fuimos a dormir. Los días siguientes tampoco vimos mucho. ¿Será que la ciudad no tiene mucho por mostrar? ¿O qué uno se cansa de ver siempre un poco de lo mismo? Le dimos tres días. El tiempo justo que necesitábamos para aplicar a la visa de Turkmenistán. Tres días y no sacamos ni una sola foto.

ISKANDERKUL Y KHOJAND

Nos fuimos al norte. La promesa de estar de nuevo en las montañas, del lago Iskanderkul y del Valle de Ferganá nos mantenía ilusionados con Tayikistán. Pero no dábamos pie con bola. Después del Pamir, cualquier montaña parecía insignificante.

Si en el sur todas las conversaciones giraban en torno a Afganistán, en el norte eran el relación a Uzbekistán. Hasta la ciudad de Khojand llegaron los persas y también Alejandro Magno. Incluso, fue él quien encontró el Lago Iskanderkul mientras conquistaba el cordón de montañas Fan. Pero todo ese pasado histórico les había sido arrebatado cuando los soviéticos dividieron las naciones de Asia Central. Los tayikos reclaman como suyas las ciudad de Samarcanda y Bujará, pero los uzbekos no van a entregar por ninguna razón su turística fuente de ingresos. Los tayikos se conforman con Khojand una ciudad del mismo estilo, que aún conserva minaretes y mezquitas y que fue un eslabón más en la Ruta de la seda. Cuando los tayikos nos preguntaban a nosotros que nos parecía les decíamos que era una ciudad linda, que era muy pintoresco. Pero mentimos, no vimos nada que nos llame la atención. Los más interesante es el mercado: venden fruta barata y los melones más carnosos que hayamos probado.

El cuaderno seguía en blanco y la memoria de la cámara, vacía. No veíamos nada para contar. Quizá fuimos por el camino equivocado, seguíamos buscando los paisajes espectaculares del Pamir, las grandes historias que transcurrieron en la altura y la hospitalidad de las montañas. Nos fuimos de Khojand, como si nada hubiese pasado. Teníamos que volver a Dusambé, a buscar nuestra visa y huir hacia Uzbekistán. La idea original era parar en algunos lugares intermedios, pero decidimos ir de un único tirón. Tayikistán entró en una hipérbola negativa dónde nada tiene encanto. A veces pasa, no todos los lugares nos parecen hermosos ni fantásticos, seguramente por nuestra culpa. ¿Perdimos la oportunidad de penetrar más en su cultura y conocer su modo de pensar? Seguramente.

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Quizá, luego del Pamir el encanto de Tayikistán se centro más en su gente que en sus arquitecturas o paisajes. Gente arrollada por la historia. Por la historia de las invasiones, de las conquistas, de los soviéticos y de los chinos, que vienen a ser rutas para que el viejo del Lada no siga patinando y pueda usar las dos manos para decir que está preocupado por Afganistán, que está del otro lado del valle. Y !Zaz! la ola se rompió. El idilio del Pamir terminó. Era lógico, algo tan magnífico en todas su formas iba a dejar en otra perspectiva el resto del país. Tal vez, cruzar una nueva frontera, renueve las percepciones.

 

Pamir: Caminos y desierto

Una hora y media esperamos en una ruta desolada. Nada se veía a nuestro alrededor, salvo altísimas montañas que imponían su respeto con sus fríos y blancos picos. La carretera se perdía en las montañas, y a los costados desierto, sequedad y un sol que daba de lleno en todo el paisaje sin que una sola sombra se interponga en su camino. Lo único que se diferenciaba a lo lejos era una yurta de donde salieron dos nenes que a paso lento se nos acercaron. Empezaron a hablar en un idioma ininteligible para nosotros. Se corrían el uno al otro por la inmensidad de la nada y volvían a nosotros, como si fuéramos el punto de descanso, con pequeñas hojas que arrancaban de unos arbustos que parecían pedir agua a gritos.

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Llegamos a Sari Tash gracias a un camionero kirguiso. Nosotros nos bajamos y él siguió rumbo a China. Desde ahí caminamos cuatro kilómetros hasta la bifurcación. La nada misma. Nuestro permiso para entrar al Pamir empezaba al día siguiente. Si nos encontraba la noche ahí estaba en los planes.

El Pamir es una de las cordilleras más altas del mundo. Si bien la mayoría del cordón montañoso se encuentra en Tayikistán, el Pamir se extiende desde Kirguistán hasta Afganistán. Su fama se debe, en parte, por ser la segunda ruta a más alta del mundo.

Una hora y media esperamos. Habíamos pensado que iba a ser duro, pocos autos, un promedio de 10 autos por día. A lo lejos venía el primero. Lo paramos con señas agónicas. Eran tres personas que trabajaban en el puesto fronterizo del lado de Kirguistán. Les contamos un poco nuestra historia y encantados de Messi, Maradona y Natalia Oreiro nos llevaron

EL COREANO

Llevaba una boina en la cabeza y una pipa en su boca. Sos ojos achinados interrumpían la imagen perfecta del profesor universitario europeo. Tal vez por eso o porque tenía puesto un saco pero sin los parches en los codos. Vino caminando hacía nosotros, que estábamos acomodando las mochilas y pensando donde poner la carpa, y comenzó a preguntarnos entusiasmado por nuestro viaje, por haber llegado hasta acá a dedo y lamentándose de tener que regresar a Bishkek. Nos contó que trabajaba en un noticiero de la televisión coreana y le tocó ir a Argentina a hacer una nota sobre las cataratas del Iguazú. Mientras hablábamos de los actuales impactos ambientales y las diferencias en el tema entre Brasil y Argentina se acercó un hombre panzón vestido con gorro y pantalón militar y una muscula blanca manchada con restos de comida.

EL GRUPO

  • Soy Wolfgang, de Austria. ¿Hablan inglés?

Fue tan rápido que no llegué a entender que me decía, mi respuesta fue un simple “¿qué?” en español

-¿Hablás inglés?
– Sí.
– Me dijeron que los tengo que llevar hasta la otra frontera (del lado tayiko). Apúrense a sellar los pasaportes que ya salimos.

Nuestra intención no era ir a ningún otro lado, a nadie le habíamos preguntando por conseguir un lugar en un auto, sin embargo el viaje nos venía bien. Aún hoy nos queda la duda si esto fue por ayuda del coreano o de los tres tipos que trabajaban en la frontera. Rápidamente fuimos al puesto de control, y en menos de cinco minutos ya habíamos dejado Kirguistán.

– ¿Ustedes también tienen el permiso a partir de mañana? – preguntaron casi los dos al mismo tiempo.

Rubios hasta la ceja, de nacionalidad danesa y sonrisa fácil. Dos chicos tan blancos que contrastaban con aquel paisaje. Al parecer no éramos los únicos que teníamos permisos para el día siguiente. (Además sacaban fotos excelentes, si quieren las pueden ver acá y leer su historia en inglés).

Los daneses viajaban en un cuatriciclo. Habíamos visto viajeros en motos, a bicicleta, incluso uno caminando llevando un carrito, pero nunca un cuatriciclo.

Atamos las mochilas en el techo y nos metimos dentro de una 4×4 junto a Wolfgang y Alma, su amigo kirguiso y también gordo que no hablaba mucho inglés. Atrás llevábamos un tráiler donde había dos motos con patente austríaca.

BIENVENIDOS A TAYIKISTÁN

Entre ambos puestos fronterizos hay veinticinco kilómetros de distancia y un paso de montaña más 4.000 m.s.n.m. Todo el trayecto fuimos pensando que hacer después de que nos dejen en la frontera. ¿Poner la carpa por ahí? ¿Pedirle un lugar para dormir a la policía fronteriza? Algo seguramente íbamos a conseguir para avanzar. Tal vez al día siguiente.

Ese trayecto entre ambas fronteras fue una de las partes más lindas del Pamir: la altura, la soledad y el desierto. Mientras, el austríaco nos hablaba de lo vagos que eran los daneses, que venían de una familia adinerada y que eran malcriados. Le contestábamos a cada una de sus ofensivas señalando una montaña, un águila o alguna marmota. Mientras nos preguntábamos y seguíamos sin entender cuál era la relación entre los daneses y el austríaco.

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Lo que para nosotros resultó un simple sello en el pasaporte, para los que viajaban con vehículo representó una sucesión de oficinas a la espera de una coima. Wolfgang calculó que pagó alrededor de cien dólares de “propinas” entre ambas fronteras, más allá de tener todos los papeles en regla.

Ya con los seis pasaportes en nuestro poder nos invitaron a seguir con ellos. Pero Wolfgang fue en el cuatriciclo y los daneses entraron en el auto. En ese tramo nos enteramos que el austríaco tenía una agencia de turismo un poco improvisada, y otro poco ilegal, y que estos daneses eran sus primeros clientes. Mucho no nos importaba si lograban llevarnos los doscientos kilómetros que separan al pueblo de Murghab desde la frontera. Pero ellos se sentían engañados por lo lento que avanzaban (por el tráiler con las motos) y se quejaban de que era todo espontáneo y no tenían un itinerario definido. No perder su vuelo de regreso era su mayor preocupación. Nosotros escuchábamos y seguíamos señalando picos nevados.

ÁRBITROS A MÁS DE 4.000 MSNM

La altura empezaba a pesar y nos sentíamos como hijos de padres separados que tienen que escuchar las quejas de ambas partes. Alma que iba bastante callado hasta que empezó a vomitar. Paramos.

Mientras Alma vomitaba tratando de contener sus tripas adentro y la noche se aproximaba, Wolfgang empezó a discutir con los daneses sobre cual era el mejor lugar para dormir. Parecía una pelea de pareja. No se pusieron de acuerdo, nos tiraron la pelota a nosotros. “Elijan ustedes”.

Alma seguía vomitando, estábamos a más de 4200 m.s.n.m. (todos amanecimos a 700). Dije lo que me pareció más lógico. “Bajemos lo más posible, al menos hasta el Lago Karakul”. Íbamos a llegar de noche, y tener que elegir los lugares para la carpa a tientas, pero íbamos a poder dormir mejor.

Manejamos algunas horas más y paramos. El lugar no era el ideal, pero las estrellas, el cansancio y el dolor de cabeza no nos permitía seguir mucho más.

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Así fue la primer noche

SOL, Y OTRA VEZ

Amaneció como a las seis. El lugar era un idilio, desolado paisaje con un lago azul de fondo y montañas nevadas. A las diez los daneses fueron a un pueblo a veinte kilómetros a comprar pan. A las once nuestro compañero Wolfgang se levantó. Recién a las doce emprendimos la marcha. Nosotros seguíamos con ellos, aunque no éramos parte del tour.

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Y así amaneció

Alma siguió vomitando, los daneses y Wolfgang se turnaban el cuatriciclo mientras discutían un poco y nosotros aprovechábamos para contemplar el paisaje. Así llegamos a Murghab. Otra vez, casi de noche fuimos a buscar un lugar para poner la carpa. Otra vez nos tocó elegir a nosotros.

LA COSTA DE LOS MOSQUITOS

Mientras Alma se arrepentía entre vómitos por haber dejado su Bishkek natal, nosotros divisamos un arroyo con pasto alrededor (Sí, increíblemente había pasto a esas alturas). Parecía ser el lugar ideal, pero con tan sólo bajar del auto una bola, literalmente una bola, de mosquitos se abalanzó sobre nosotros. Igualmente acampamos ahí. No podíamos usar las dos manos porque una tenía que estar libre para espantar a esos diminutos depredadores. Ocupaban cada espacio de piel libre. Tan pronto armamos la carpa nos metimos adentro. Matamos a los que habían entrado y nos fuimos a dormir. La mañana siguiente fue igual pero en sentido inverso. Desarmamos lo más rápido posible para poder huir a otro lugar y desayunar tranquilos.

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EN BUSCA DEL CRÁTER

Dudamos si seguir con ellos o separarnos. Murghab era nuestra meta y nos sentíamos en medio de un conflicto de pareja. Por otro lado podíamos aprovechar los lugares libres de la camioneta y recorrer un poco más con ellos. Ir lugares que de otra forma no iríamos. Fuimos, ellos no tenían problemas en llevarnos.

Fueron varios kilómetros por caminos invisibles que surcaban las pequeñas piedras en el gran desierto del Pamir. Nos perdimos, nos llenamos de polvo, vimos tornados y siguieron las peleas, pero Alma ya había dejado de vomitar.

Llegar al cráter fue comprobar que no era más que un pozo relativamente pequeño en una zona rocosa y polvorienta. Si nos remitimos a los datos, el lago Karakul (donde dormimos la primera noche) fue creado por un meteorito y era mucho más interesante.

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En el cráter con Wolfgang y Alma

La expedición fue un fracaso, o por lo menos nada emotiva. A la vuelta tuvimos que esperar a Wolfgang que se fue a pasear con el cuatriciclo. Los daneses nos advertían que iba a pedir que les devuelvan el dinero. Nosotros nos queríamos ir. Ya habíamos compartido demasiado tiempo juntos.

VER EL PAMIR POR NUESTRA CUENTA

Caminábamos lentamente saliendo de Murghab, un poco viendo donde poner la carpa y otro poco viendo los autos que pasaban. Ya habíamos dejado a nuestro querido grupo atrás. No muy lejos había un control policial, caminando hacia allá y pensando que no teníamos que dormir otra vez cerca de un arroyo se detuvo un auto al lado nuestro.

  • ¿A dónde van? – Preguntaron dos hombres, uno con un sombrero típico kirguiso y el conductor con un sombrero típico tayiko.
  • A Alichur – Contestamos. Un pueblo del que sólo teníamos pocas buenas referencias.
  • Vamos, los llevamos.

Y así fue como por segunda vez conseguimos un lugar en un asiento de un auto en el medio del Pamir y sin preguntar.

Cronometrado, las frases que aprendimos en ruso nos sirven para hablar los primeros 15 o 20 minutos. Como mucho. Luego todo se vuelve palabras sueltas, gestos y la ayuda del diccionario que tenemos. Para un viaje de dos horas a veces parece poco. Pero teniendo un paisaje tan fácil de contemplar a los costados no era tan terrible.

LA FAMILIA DE ALICHUR

Alichur es un pueblito de cincuenta casas rodeado de montañas nevadas, sacado de un cuento. Con una mezquita y una escuela, todos se conocen. Hacía frío. Dejamos al kirguiso en su casa y el tayiko nos mira por el espejo retrovisor y nos pregunta:

  • ¿Dónde van a dormir?
  • En carpa.
  • Carpa no. En mi casa
  • ¿Ponemos la carpa en tu casa?
  • Carpa no.

Estacionó en la puerta de la casa. Con más vergüenza que otra cosa nosotros bajamos las mochilas, nos sacamos las zapatillas sucias y entramos. Lo seguimos hasta un cuarto grande con todo el piso y las paredes llenas de alfombras. Afuera se hacía de noche, debía ser la noche más fría hasta ahora. Nos sentamos en el suelo.

Al rato entró Lola, la hija mayor, con una bandeja con pan, papas y té. Lola tenía los ojos claros y unos quince años. Aprendió inglés en la escuela, se notaba que hablaba bien pero con nosotros era muy tímida. Le hicimos algunos chistes y se río. Una de las sonrisas más sinceras que nos pareció encontrar en el camino. Tal vez por lo inesperado de la hospitalidad, o por el paisaje que seguía seduciéndonos.

Para comer nos dejaron solos, ellos comieron aparte. Pero luego de la cena vinieron todos. Lola era la intérprete y la madre la más curiosa. Nunca habían tenido un turista en su casa y estaban contentos de tenernos. Nosotros agradecemos que haya gente en el mundo capaz de no sólo llevarte sino también alojarte cuando afuera hacen temperaturas bajo cero.

A la mañana siguiente nos levantamos a las seis y media. Ya era tarde. Estaban todos despiertos y tenían nuestro desayuno listo. A la despedida no pararon de decirnos “vuelvan alguna vez”. No se si lo podremos cumplir, por las dudas anotamos su dirección en un cuaderno.

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La familia

EL DESIERTO

Diez minutos pasaron desde que llegamos a la ruta y ya estábamos arriba de dos camiones chinos. Íbamos separados, cada uno en un camión distinto pero de la misma flota. En realidad, los camioneros son de nacionalidad china, pero se sienten más uigures. Sobre todo cuando a mis primeras frases en chino, el tipo me miró perplejo como diciendo quiero tener un viaje en silencio.

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Demoramos diez horas, dos pinchaduras de rueda y doscientos cincuenta kilómetros recorridos. La mayor parte por el medio de un desierto. La otra por la frontera con Afganistán.

Las sensaciones en el desierto son austeras y el calor, el viento, la falta de sombras hacen que las formas se desfiguren. Pero el cielo con sus montañas era envolvente y las nubes se veían mas llenas.

Pareciese que en el desierto la austeridad y la hospitalidad van de la mano y la falta de sensorialidad lleva a la reflexión interna. Todos los grandes profetas de las religiones buscaron retirarse al desierto no huyendo de ellos mismo, sino para encontrarse.

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Habíamos pensado que viajar por el Pamir a dedo iba a resultar difícil, nos preocupamos, nos preparamos y finalmente logramos hacerlo. Pero les aseguro que mucho más difícil es atravesar los desiertos de nuestras mentes.