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Moynaq: La tragedia del Mar Aral

Hay algo de excentricidad y falta de sentido común en lo que hacemos. No puede ser de otra manera en dos personas que deciden viajar sin rumbo por el continente asiático. Pero está vez fue distinto, se trataba de esperar a un argentino que no conocíamos en la ciudad más fea de Uzbekistán para luego terminar haciendo los tres, cien kilómetros por el medio del desierto por donde casi no pasan autos. Así fue como llegamos a Moynaq.

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No recuerdo haberlo estudiado en geografía en la escuela. La primera vez que tuve noción del Mar Aral fue a partir de un capítulo del libro “El Imperio” del escritor polaco Kapuscinski.

Moynar - Mar Aral - Uzbekistán -3Si uno mira en un mapa el sur de Europa y Asia de oeste a este, puede ver cuatro mares: el Mediterráneo, el Negro, el Caspio y el Mar Aral. El problema es que si uno mira un mapa ahora, le va a costar encontrar el cuarto. El Mar Aral se está secando.

Dos ríos largos que cruzan todo Asia Central son los que llegan a este mar. Sobre esos ríos es donde se construyeron todas las ciudades milenarias de la ruta de la seda. El Syr Darya de 2.200 kilómetros de longitud recorre el norte de la región y el Amu Darya de 1.500 kilómetros recorre el sur.

Asia Central es desierto y más desierto. Altas temperaturas en verano y tormentas de arena. Esos dos ríos hacen que cambie el paisaje de la región. Con árboles de nueces y orquídeas, campos cultivados, sandías, uvas, melones y manzanas. Son los verdaderos oasis. En los intensos días de calor de verano el mayor placer que encontramos fue sentarnos bajo la sombra de uno de esos árboles y disfrutar el fresco del atardecer.

Otro cultivo que históricamente creció muy bien en la zona fue el algodón. En la década del sesenta, en plena época soviética, se decidió aumentar la producción de algodón. Para regar los nuevos campos, trajeron topadoras desde todo los rincones del imperio para armar canales a partir de estos dos ríos. La producción de algodón aumentó, pero convirtieron el oasis de Uzbekistán en un desierto.

Especialmente en el desierto, donde el agua escasea, no es muy difícil comprender el frágil equilibrio en que se encuentra el ecosistema. Si alguien saca agua de más, alguno tendrá de menos. Y eso pasó. Bañaron las plantaciones de algodón y el agua ya casi no llegó al Mar Aral.

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En 1990 Kapuscinski había escrito que una tercera parte del mar había desaparecido. Ya en ese entonces se hablaba de catástrofe. Hoy se calcula que más del 80% del mar se secó.

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La alegría que teníamos por haber logrado hacer esos desérticos cien kilómetros a dedo se desvanecieron a poner un pie sobre Moynaq. Antiguamente Moynaq era la principal ciudad pesquera del Mar Aral, una ciudad con playa, puerto y vida, sobretodo. Hoy, en realidad, es un pueblo fantasma, donde reina el silencio. Solo reina el silencio.

El camionero que nos levantó no entendió como nosotros estábamos sacando la cámara para sacarle una foto al cartel que anunciaba la entrada al pueblo. El emblema de la ciudad tenía consistía de un pez saltando sobre un mar plateado. El tipo tampoco entendió por qué le preguntamos por el camino al Mar Aral. Sólo levantó el brazo y nos dijo que caminemos, pero no indicó ninguna dirección.

Entramos a un café, hoy en ruinas. Una señora desalineada nos sirvió té y tres platos de sopa de aceite y carne. Le preguntamos por el camino al Mar Aral. Nos devolvió una mirada tan incomoda como desafiante. Dijo que caminemos, pero está vez su mano señaló una dirección. Teníamos que seguir por la única calle del pueblo, serían unos tres kilómetros.

Empezamos a caminar y las miradas del pueblo se clavaron en nosotros. Las preguntas de cortesía quedan aplacadas. Nadie nos dijo nada. Finalmente llegamos a algún lado. Un cartel anunciaba que llegamos al Mar Aral, pero nosotros no vimos ningún rastro. Sólo más desierto y barcos encallados. De la nada salió un hombre, tenía la cara cansada y las manos curtidas del sol, parecía muy mayor pero no debería tener más de 40 años. Nos señaló un cartel. Se trataba de una explicación mal traducida al inglés dónde se muestra el grado de deterioro del Mar Aral a lo largo de los años.

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No sabíamos que hacer ¿Sacar fotos? ¿Pedirle perdón al pobre hombre? En esos casos, lo mejor es el silencio. Nos quedamos las cuatro sentados debajo de la única sombra que había a la redonda. Nosotros mirábamos para todos lados, el hombre sólo tenía la vista clavada en el horizonte, ahí dónde se debería ver el mar.

Emprendimos la vuelta sin perder el horizonte de vista. Hacíamos el esfuerzo, tratábamos de buscar un poco de agua entre tanta arena, pero no. No se veía nada.

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Un solo colectivo al día sale de Moynaq y nosotros lo habíamos perdido. No teníamos otra opción más que volver como llegamos: a dedo. Le hicimos señas a una camioneta, paró. Eran dos tipos, hablaban un poco inglés y llevaban muchísimas maquinas y equipamientos chinos. Nos contaron que eran científicos. Hace años que vienen trabajando en el “problema” del Mar Aral. “Problema”, así llaman ellos a una de las catástrofes naturales más grandes de la historia. El idioma no nos ayudó pero ellos lograron trasmitirnos su preocupación. El mar se sigue secando, no hay nada para evitarlo. La mayor dificultad, ahora, radica en los altos niveles de sal en la región. Actualmente, cada litro de agua del Mar Aral contiene 150 gramos de sal. La perspectiva es que el año próximo ascienda a 180 gramos. Esto se traduce en una sola cosa: más problemas. Ningún pez puede vivir en ese entorno. El aire queda intoxicado de sal y eso afecta a la salud de los habitantes. Las tormentas de arena también llevan sal por lo cual los pocos cultivos, las pocas casas y las personas que quedan se resienten. En silencio hicimos los últimos kilómetros. Nos despedimos deseándonos lo imposible: suerte.

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Sonreír, más que un acto de cortesía es una falta de respeto y cualquier carcajada parecía ser interpretada como burla. Hoy Moynaq está a más de cien kilómetros de la costa. La mayoría de sus habitantes se fueron a vivir a otros lugares. Los que se quedaron fue porque no tenían adonde ir. Hoy sólo quedan unos cuantos barcos encallados en la arena que le muestran al hombre que tan estúpidos podemos ser.

Las delicias de Samarcanda

“Y ahora, ¡pasea tu mirada sobre Samarcanda! ¿No es la reina de la tierra? Más altiva que todas las ciudades, cuyos destinos tiene entre sus manos.”

Edgar Allan Poe

El codazo se clavó justo en mi costilla. No me lo esperaba. Estaba mirando para el otro lado. Los conductores en Asia Central tienen esa particular costumbre. Al momento de comenzar una oración lanzan un codazo a su derecha, impactando por lo general en mis costillas o en mi brazo. Pero ese último codazo fue el único que valió la pena de todo el viaje de quince horas que nos trajo desde Tayikistán hasta Samarcanda, Uzbekistán. A nuestra derecha, iluminadas y sobresalientes, habían 3 madrazas de color turquesa, el Registán. Los dos con la boca abierta contemplábamos lo increíble de la imagen. Solamente comparable con el Taj Mahal, la Muralla China o Angkor Wat. El taxi nos dejó en el hotel, arrojamos las mochilas en la habitación y salimos corriendo como dos nenes en un parque de diversiones a ver de vuelta aquello que nos había dejado perplejos. Ya no importaba el cansancio del viaje.

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A la mañana siguiente, y más con el correr de los días, nos dimos cuenta que Samarcanda es mucho más espectacular de noche, pero sobre todo si es de luna llena como nos tocó a nosotros. Porque además de no tener que soportar los más de cuarenta grados de la tarde, el suelo se vuelve negro y espeso, y toda la luz es absorbida por las cúpulas y sus azulejos. Y no sólo en el Registán. En toda la ciudad abundan las mezquitas, madrazas o mausoleos de cúpulas azules.

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Samarcanda es una famosa ciudad antigua que estuvo bajo el dominio persa, griego, turco, árabe y hasta fue saqueada por los mongoles. Pero su apogeo (y la construcción de todos estas mezquitas, mausoleos y madrazas) fue durante la dinastía timúrida. Samarcanda fue su capital y Timur su gran líder.

Es curioso el personaje de Timur o también conocido como Tamerlan: famoso en occidente gracias a lo sanguinario de sus campañas, Timur dejó unos de los legados arquitectónicos mas pintorescos de la historia. Un líder que arrasó pueblos pero no su arte. En cada ciudad conquistada capturaba a los artistas y los enviaba a Samarcanda, la ciudad que era su orgullo.

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Así como encabezaba cada expedición militar, también lo hacía con cada obra de arte en la ciudad. Un hombre que fue un conquistador, sanguinario, guerrero pero que, también, tenía una parte sensible capaz de ordenar construir maravillas como las de la ciudad.

Un personaje tan controvertido que hasta Borges escribió un poema con su nombre [1].

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Luego de la separación de la Unión Soviética, Uzbekistán necesitaba un héroe para recuperar su nacionalismo. El elegido fue Timur, y Samarcanda su capital cultural. Por eso cada esquina, monumento o mausoleo sigue evocando su historia.

Pero tenemos un consejo para los que vayan para allá. Samarcanda no se trata solamente de su pasado, sus increíbles construcciones y el nombre de Timur. Si uno se anima a caminar por afuera del centro turístico, verá que hay muchas casas que todavía respetan la arquitectura antigua. Y probablemente lo inviten a uno a sentarse en un patio lleno de sombra por una frondosa vid, le conviden una taza de té (que por ahí lo llaman chai) y por más que no haya idioma que los comunique, recién ahí, en esa muestra de hospitalidad, sentirá uno que está en Samarcanda, famosa ciudad de la antigua ruta de la seda.

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TEMERLAN (1336-1405) – JORGE LUIS BORGES

Mi reino es de este mundo. Carceleros
y cárceles y espadas ejecutan
la orden que no repito. Mi palabra
más ínfima es de hierro. Hasta el secreto
corazón de las gentes que no oyeron
nunca mi nombre en su confín lejano
es un instrumento dócil a mi arbitrio.
Yo, que fui un rabadán de la llanura,
he izado mis banderas en Persépolis
y he abrevado la sed de mis caballos
en las aguas del Ganges y del Oxus.
Cuando nací, cayó del firmamento
una espada con signos talismánicos;
yo soy, yo seré siempre aquella espada.
He derrotado al griego y al egipcio,
he devastado las infatigables
leguas de Rusia con mis duros tártaros,
he elevado pirámides de cráneos,
he uncido a mi carroza cuatro reyes
que no quisieron acatar mi cetro,
he arrojado a las llamas en Alepo
el Alcorán, El Libro de los Libros,
anterior a los días y a las noches.
Yo, el rojo Tamerlán, tuve en mi abrazo
a la blanca Zenócrate de Egipto,
casta como la nieve de las cumbres.
Recuerdo las pesadas caravanas
y las nubes de polvo del desierto,
pero también una ciudad de humo
y mecheros de gas en las tabernas.
Sé todo y puedo todo. Un ominoso
libro no escrito aún me ha revelado
que moriré como los otros mueren
y que, desde la pálida agonía,
ordenaré que mis arqueros lancen
flechas de hierro contra el cielo adverso
y embanderen de negro el firmamento
para que no haya un hombre sólo que no sepa
que los dioses han muerto. Soy los dioses.
Que otros acudan a la astrología
judiciaria, al compás y al astrolabio,
para saber qué son. Yo soy los astros.
En las albas inciertas me pregunto
por qué no salgo nunca de esta cámara,
por qué no condesciendo al homenaje
del clamoroso Oriente. Sueño a veces
con esclavos, con intrusos, que mancillan
a Tamerlán con temeraria mano
y le dicen que duerma y que no deje
de tomar cada noche las pastillas
mágicas de la paz y del silencio.
Busco la cimitarra y no la encuentro.
Busco mi cara en el espejo; es otra.
Por eso lo rompí y me castigaron.
¿Por qué no asisto a las ejecuciones,
por qué no veo el hacha y la cabeza?
Esas cosas me inquietan, pero nada
puede ocurrir si Tamerlán se opone
y Él, acaso, las quiere y no lo sabe.
Y yo soy Tamerlán. Rijo el Poniente
y el Oriente de oro, y sin embargo…