Category: Croacia
Recordando Dubrovnik

Explicarle a alguien que uno lleva más de tres años viajando alrededor del mundo, que ya visitamos más de cuarenta países y que planeamos viajar un año más no es algo fácil. Pero si ese alguien, por casualidad, es chino la tarea es tan imposible como limpiar las espinas de un pescado con palitos chinos.

Pero con Drinta fue más fácil. A él también le gusta viajar y al igual que nosotros, sus ambiciones no pasan por el matrimonio y una camioneta 4×4. La conversación venía bien, él preguntaba y nosotros respondíamos. Cada tanto nos quedábamos en silencio contemplando el paisaje. El gran lago Erhai, en la provincia de Yunan al sur de China armonizaba el improvisado encuentro.

¿Y a cuál ciudad volverían? Dijo Drinta.

La pregunta nos desconcertó. En general nos preguntan cómo sostenemos el viaje o cuál es nuestro país favorito. Pero Drinta preguntaba otra cosa ¿A qué ciudad volveríamos?

La mente fue rápida. Empezó a revolver posts, crónicas, encuentros, paisajes, atardeceres.

¡Dubrovnik! ¡Yo volvería a Dubrovnik, en el sur de Croacia!

No sé como Dubrivnik salió tan rápido de mi boca. Habíamos visitado Croacia hace exactamente un año y no había vuelto a pensar en aquel curioso país. Pero el inconsciente me traicionaba y todo indicaba que ahí quería volver.

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Drinta que parecía no saber a que ciudad hacía referencia se quedo mirándome. Esperaba la ampliación o por lo menos los detalles.

“Croacia. Europa. En el mar Adriático.” Nada. No tenia ni idea de que estaba diciendo. Seguí intentando. “Cerca de Italia, se puede ir en barco desde Italia o en cualquier crucero que recorra el Mar Mediterráneo.” “¿Mar Mediterráneo?”. Cuanto ya todo parecía perdido y Drinta parecía no tener ni idea de aquella parte del mapa, se me ocurrió una idea casi milagrosa. “¡Juego de Tronos! Ahí se filmó Juego de Tronos. Drinta, Dubrovnik es Desembarco del Rey”. Y con una leve sonrisa en los labios y con los ojos más achinados que lo común, me dijo que sí. Desembarco del Rey. Sabía de que estábamos hablando.

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Y como quien no quiere la cosa, la charla comenzó a girar en torno a Dubrovik. Le contamos que quedaba al sur de Croacia y que para llegar por tierra, hay que cruzar Bosnia y Herzegovina. Le describimos la ciudad amurallada y las estrechas y laberínticas callejuelas. Los techos de cúpulas y tejas rojas, y los pisos blancos que reflejan el cielo. Las iglesias, las arcadas y los artistas callejeros. Imaginamos juntos el mar azul turquesa contrarrestando con los colores de la ciudad y en el extremo opuesto, la colina de San Sergio. Le contamos de los puestos de suvenires, de la extensa calle Stradun y de los miles de turistas que visitan la ciudad por día. Le contamos de los atardeceres y de los barcitos con vista al mar. La cerveza china tiene mucho que aprender de las cervezas europeas. En el recuerdo caminamos juntos por las murallas y bajamos hasta el puerto, sólo para mojar los pies en el agua. Vimos la ciudad de día y la vimos encenderse a medida que el sol se iba poniendo.

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Le hablamos de la “Bella Ragusa” que tanto enamoraba a Sigmund Freud. Del mestizaje que dejaron los turcos, los eslavos y los italianos en la región. Le presentamos la ex – Yugoslavia y lo desilusionamos al contarle que la ciudad había sido bombardeada por los Serbios.

“Pero tranquilo, Drinta, ahora la ciudad esta como nueva y es una de las más lindas del mundo. Si vas a Dubrivnik no sólo te va a enamorar la ciudad, sino que, además, vas a poder viajar en el tiempo. Y a nosotros, a los que nos gusta viajar alrededor del mundo, viajar en el tiempo es lo que nos apasiona”.

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Info útil

* ¿Qué ver? Si están con ganas de visitar Dubrovnik (o volver, como nosotros) les recomendamos revisar los consejos de los chicos de Imánes de viaje para disfrutar al máximo de la ciudad

* ¿Dónde dormir? Una buena opción es alquilar un departamento cerca de la ciudad amurallada. Les recomendamos revisar las opciones de Wuking. 

Estampas croatas: Dubrovnik, Mljet y Split

Casi 3 semanas. Eso llevamos en Croacia. La supuesta ilusión de hacer solo una semana de playa se fue por la borda. Eso es lo bueno de no tener itinerarios, ni reservas, ni fechas que nos condiciones. Tres semanas y Croacia parece seguir siendo un tejido histórico incomprensible por momentos. Retazos fascistas, resentimientos serbios y familias bosnias-croatas que nada quieren saber con su país de origen.

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Empieza el verano en Europa y las manadas de turistas comienzan a llegar. Desde la costa se ven muchísimos cruceros. Uno más grande que el otro y todos tocan tierra por el día. Miles de turistas descienden para inundar las ciudades con una gran marea humana. A la hora señalada vuelven a al crucero. Otra noche a bordo los espera.

Después estamos los que habitamos el continente, que nos quedamos mirando desde algún balcón ese dinámica constante que supone ser viajero.

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Tres semanas y así fue la última:

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La ciudad repite ese mismo escenario ya visto a lo largo de la costa croata: Mar cristalino, ciudad blanca amurallada. Ya lo vimos en Pula, ya lo vimos en Zadar. Antiguos edificios romanos, techos de tejas, iglesias y callejones que simulan ser pasadizos ocultos.

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¿Dónde está la diferencia entonces? ¿Por qué acá es todo mucho más caro y hay tanta gente?

Dubrovnik es la perla turística de Croacia y una extrañeza para los locales. Acá lo que menos hay son croatas.

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Según cuentan, el boom turístico de la ciudad sobrevino después de ser elegida como set de filmación de la aclamada serie Juego de tronos (“Games of thrones” de George Martín). Para quienes la vieron (o leyeron), la ciudad amurallada de Dubrovnik es Desembarco del rey. El furor es tal que ya no solo son remeras ni gorros sino que también se venden tours temáticos de la serie por la ciudad.

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¿Es sólo eso la ciudad? Hace mucho tiempo supo conformar la República de Ragusa, una de las zonas más ricas de la región y cuyo lema era “La libertad no se vende ni por todo el oro del mundo”. Pero los lemas cambian y quienes los pronuncian también. En Ragusa hubo italianos, eslavos y turcos lo que dejó un mestizaje cultural que aún se puede percibir hoy en día.

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Pero Dubrovnik no solo fue escenario de las batallas de George Martin sino que fue una de las ciudades más afectadas en la guerra yugoslava por la independencia. Serbios y montenegrinos bombardearon la ciudad destruyendo buena parte de la misma.

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Mjlet

“Ya en aquel tiempo los que habían podido escapar de una muerte horrorosa estaban en sus hogares, salvos de los peligros de la guerra y del mar; y solamente Ulises, que tan gran necesidad sentía de restituirse a su patria y ver a su consorte, hallábase detenido en hueca gruta por Calipso, la ninfa veneranda, la divina entre las deidades, que anhelaba tomarlo por esposo.” La Odisea – Homero

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A esa isla, dónde Ulises recaló fuimos nosotros. Ya no en busca de continuar La Odisea, sino con la idea de hacer, una vez más, vida de playa. 700 islas tiene Croacia y sólo unas pocas habitadas. En nuestro caso, conocimos sólo una.

Tranquila, calma, llena de pescadores y erizos. Una isla de 1.000 habitantes y 35 km de largo. Con un parque nacional y una cercanía al continente de 45 minutos en ferry.

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No encontramos rastros de la obra de Homero, pero hicimos lo mismo que Ulises en esos siete años que estuvo: dedicarse a la vida de los placeres.

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Split

Segunda ciudad más grande de Croacia y con una ciudadela antigua en sus costas. La ciudadela blanca, amurallada y frente a un mar cristalino funcionó como el palacio de veraneo de algún emperador romano.

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La ciudad se presta para caminar y acá, al igual que Dubrovnik, se filmó Juego de tronos. El camino de la costanera y el mercado de antigüedades son lindos escenarios para detenerse a sacar fotos.

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El palacio Diocleciano, por más que suene a analgésico, de relajante no tiene nada. Callecitas apiñadas de turistas y un palacio que dejó de funcionar como tal para comenzar a albergar viviendas, mercados, museos y souvenirs de todo tipo.

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El lado B de los viajes: las despedidas

Pero está semana fue particular para nosotros. En Split nos despedimos de Delfina, la sobrina más pequeña de la familia qué no sabemos cuándo y dónde volveremos a encontrar. Delfi tiene no más que 14 meses pero conoce más que países que todos nosotros juntos. Es simpática y charlatana.

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Esta semana, la última en Croacia estuvimos viajando acompañados. No tenemos mucho más para decir de las ciudades que visitamos porque fue momento de familia, de un cumpleaños acompañado, y de tomar mates con pan con dulce de leche. En estos casos, los destinos dónde nos encontremos pasan a un segundo plano y con ello nuestro rol de viajeros. Podía ser Croacia, Buenos Aires o Suiza. La locación es lo de menos cuándo lo que prima es otra cosa. Croacia fue la excusa para encontrarnos y por eso fue que llegamos a este país que nada tenía que ver con nuestro itinerario soviético.

Algo soviético encontramos igualmente...

Algo soviético encontramos igualmente…

Cuándo viajamos solemos encontrarnos curiosos, con una mirada critica y atenta, cámara y cuaderno en mano para tomar nota de lo pasa alrededor nuestro. Pero esta semana tuvimos vacaciones de nosotros mismos.

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Nos despedimos de Croacia, de la familia y de una linda sobrina. Una vez más, lo único que podemos decir es ¡Gracias!

Atardece en Zadar

El atardecer suele ser un momento mágico y es de las pocas cosas que coleccionamos de los viajes. Intentamos juntar etiquetas de cerveza de cada país, imanes o billetes, pero nunca dimos continuidad a ninguna colección. Con los atardeceres, en cambio, sí. Hay tres o cuatro que recuerdo con detalles exactos. El de Zadar es uno de ellos.

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Para muchas religiones el atardecer es uno de los momentos cúlmines del día. Junto al amanecer encuadran ciclos de vida y muerte diarios. Porque el atardecer representa micro-muertes. Un día que se va y con ello tantas otras cosas…

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Me gusta tomarme al menos 5 minutos y contemplar el atardecer. Sea en la montaña, en el mar, o simplemente en mi ciudad cuándo voy a hacer alguna compra de última momento para la cena. Mirar, respirar hondo y dejar que el día se vaya. Intento pensar en qué hice en el día, qué pasó, qué tengo que cambiar.

Cuándo se empieza a poner en sol, va bajando muy despacio. Es difícil darse cuenta de que se movió, pero de pronto desaparece. Oscuridad. El día llego a su fin, y parte de nosotros con él.

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Es difícil ponerle palabras a eso que el atardecer me genera. Para otros será contemplar el mar o mirar al fuego consumirse. No importa lo que sea, pero es algo que nos saca de nosotros y de nuestro barullo de pensamientos. Nos conectan con el mundo circundante y lo que allí pasa. “A veces se me olvida que estamos en un planeta que gira, con ciclos diarios, que empiezan y terminan. Y en mi caso, estamos en Zadar (Croacia). Cerca de cumplir un mes de viaje”. Sonrío, lo miró a L. y le doy un beso en el hombro. ¿Estará pensando en lo mismo que yo?

Estamos sentados en unas escalinatas a orillas del mar Adriático. El sol va bajando, el mate aún está caliente y la gente comienza a llegar. Europeos, japoneses y sudacas. Todos nos vamos acomodando para observar lo que va a suceder. El ambiente obliga al silencio. Al silencio verbal  digamos. Porque cuándo la boca se calla, es la mente la que empieza a correr. El silencio también está obligado por la música.

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Las chicas en primera fila...

Las chicas en primera fila…

Estamos sentados en un “órgano marino”. Debajo nuestro hay nosecuántos tubos de órgano. Con el agua y el viento producen música. Cada oleaje hace que suene distinto. El mar suena, y su música es totalmente armoniosa. Combina con el atardecer.

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A nuestras espaldas la ciudad amurallada. Una más de las tantas ciudades históricas de la costa croata. Blanca, de piedra, demolida en la última guerra y vuelta a reconstruir. Caminar por ahí hace que uno se transporte fácilmente en el tiempo, a la época romana con mercaderes y navegantes. Hoy también hay comerciantes, pero solo con souvenirs para los turistas.

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Volvamos al punto, (es difícil estar aquí y ahora) estoy en Zadar, en Croacia. En 10 minutos el sol desaparece por completo y se encienden uno por uno los planetas del sistema solar que está representado en el suelo. Sólo son unos paneles de energía solar que se encienden de noche pero el efecto es interesante.

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Escalinatas, mate, música y la luz del atardecer que va tiñendo todo de color amarillo azulado. Estoy acá pero a la vez no.

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¿Tienen algo que ver Croacia con India? En el mapa no mucho, pero en ese instante ambas coinciden en mi cabeza. Recuerdo un atardecer en Pushkar. Ghats[1], agua sagrada, música de alguna cítara lejana, mate. Allá éramos varios los que contemplábamos el atardecer, algunos meditaban, otros charlaban y otros intentábamos entender que pasaba alrededor nuestro. Allá la espiritualidad obligaba a detenernos, a vivir el atardecer. Justamente, uno de los mantras más famosos del hinduismo, es recitado en estos dos momentos del día. Una posible traducción podría ser:

Tierra, cielo y paraíso
Ese dios del sol adorable
En su luz de dios medito
Meditando en aquel, nosotros nos entusiasmamos.

Alguna vez dijimos que es casi imposible para nuestra concepción racional materialista abordar una cultura que se levanta recitándole al sol, pero algo hay en nuestras acciones que se parecen. Por más metidos que estemos en nuestros asuntos, la salida y la puesta del sol no pasan desapercibidas.

En Croacia tampoco. Somos poco más de cincuenta personas mirando/mirándonos. Tanto en India como acá, las escenas son similares. Cómo si se tratase de un mismo espejo que va reflejando las distintas realidades que vamos viviendo. El atardecer quizá es eso, sólo un reflejo nuestro.

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El diccionario define al atardecer como la “caída de la tarde”. Cómo ese instante en el cual un astro, en este caso el sol, está por efecto de la rotación de la tierra atravesando el plano del horizonte. Pasando de un plano visible a uno no visible. En ese instante su altura es cero, pasando de positiva a negativa. Eso determina el fin del día. Sólo un instante. Dudo si el atardecer es un fenómeno temporal o espacial. Dudo si se trata sólo de eso…

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[1]Los ghats son las famosas escalinatas de cemento tan comunes en India.

Pula: el mar y el tiempo

El Instante

 ¿Dónde estarán los siglos, dónde el sueño
De espadas que los tártaros soñaron,
Dónde los fuertes muros que allanaron,
Dónde el árbol de Adán y el otro Leño?
El presente está solo. La memoria
Erige el tiempo. Sucesión y engaño
Es la rutina del reloj. El año
No es menos vano que la vana historia.
Entre el alba y la noche hay un abismo
De agonías, de luces, de cuidados;
El rostro que se mira en los gastados
Espejos de la noche no es el mismo.
El hoy fugaz es tenue y es eterno:
Otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.

Jorge Luis Borges

Dos minutos bastaron para que un auto nos levante en un peaje en las afueras de Zagreb y nos lleve hasta Pula. Íbamos en busca de las tan famosas playas croatas. A decir verdad, Croacia no estaba en nuestro plan inicial. Encuentros familiares y la cercanía a dónde estábamos hizo de Croacia un país más en la lista. Las playas tampoco estaban en nuestro itinerario. Salvo en los Bálticos, o en el mar de Japón, pensamos que no íbamos a ver mucho el mar. Pero siempre tiene algo que atrapa e hipnotiza. Más de una vez pensamos que nos gustaría vivir frente al mar.

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El viaje transcurrió sin sobresaltos, una charla amena con el conductor croata y en cada curva que doblábamos estirábamos el cuello para tratar de ver el mar. Lo íbamos a ver por semanas, pero ese primer contacto visual genera ansiedad. Recuerdo la primera vez que vimos el Adriático desde la ruta, fue en Rijeka. Desde ahí ya se percibía un mar calmo, sin olas. Cómo si fuese un mar que tiene paciencia.

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En realidad no íbamos a Pula, habíamos conseguido un lugar en las afueras. En un barrio llamado Stinjan que está a 6 kilómetros de la ciudad. Para nuestra suerte, el pequeño cuarto que nos alojaba tenía balcón con vista al mar. El olor a sal llegaba hasta nuestra ventana. Podíamos pasar horas mirándolo. Sobre todo con ese espectáculo de incesante actividad. Cientos de veleros, yates, motos de agua y cargueros surcaban las aguas. Parte de Croacia se mueve por el mar, nosotros lo desconocemos. Aquello se presenta como otro mundo y nos interesa conocerlo.

Desde la época de los romanos que sus costas son navegadas. Es el comienzo de Mar Adriático y no tan lejos, a unos 100 kilómetros, está el puerto comercial más grande de Croacia, en la ciudad de Rijeka. Croacia tiene más de 700 islas. Todo esto hace que la actividad náutica sea una actividad cotidiana en los costeños.

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Si uno ve un mapa de Croacia parece trazado a mano alzada. Forma de medialuna y un mar ganado dudosamente. Pula esta en el borde izquierdo de la península que se mete en el mar. Istría es el nombre de esa región que se encuentra tan próxima a Italia y Eslovenia, Pula es el nombre de la ciudad que se encuentra enfrentada a Venecia.

Casi como en San Clemente

Casi como en San Clemente

Si bien nosotros hacíamos nos alojábamos en el pequeño Stinjan y allí encontrábamos todo lo que necesitábamos (agua caliente para el mate, playas de aguas cristalinas y una proveeduría dónde comprar frutas y pan) a lo lejos se veía Pula, incrustada en la costa. Dudábamos si ir a conocer o no la ciudad. Teniendo una playa a pocos metros, ¿por qué subirnos a un colectivo para ir a una ciudad de cemento? Los más de treinta grados nos impedían salir del agua con facilidad. Pero algo de la ciudad llamaba nuestra atención. ¿El anfiteatro romano de más de dos mil años? ¿Los callejones adoquinados? ¿Las decenas de iglesias, capillas y demás edificios de antaño?

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Italia es un país al que le tenemos ganas y algo de Pula nos remitía a aquel país vecino. Un coliseo en el medio de la ciudad a cualquiera le haría pensar en Italia. Caminar por su calles es viajar en el tiempo. Sobre todo porque la arquitectura está bien conservada. Igualmente sentíamos que no teníamos que estar ahí, caminando por una ciudad con tantos años de historia, nuestro lugar estaba en otro lado, junto al mar. Intentando entender algo de su misterio. Esa ciudad, a fin de cuentas, es pura reconstrucción. Artilugios que construye el hombre moderno para poder seguir creyéndose dueño de su tiempo, dueño de su historia. Ficciones, como dice Borges. Con los siglos las ciudades desaparecen y la fuerte piedra se transforma en arena. “Sucesión y engaño”.

Replica en miniatura de la ciudad

Replica en miniatura de la ciudad.

¿Tiene sentido intentar reconstruir la historia a través de los viajes? ¿Hasta cuándo seguiremos creyendo en la farsa del tiempo? El mar en cambio… Las aguas no saben nada de temporalidades, solo la luna les marca un ritmo, pero eso no hace a la historia. En todo caso, el único que sabe de tiempos y que fue cómplice del mismo, fue y es el mar. El hombre se equivoca cuándo mira una pared para conocer la historia del lugar, el tipo de roca, el estilo de la construcción, las fracturas por un terremoto, incrustaciones de bala de una guerra. Pero nunca mira al mar. A fin de cuentas, es el único que está desde el comienzo de los tiempos. Sino, pregúntenle a Adán.

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Hemos pasado tres días extraños: el mar nos fue trayendo memorias de otros tiempos. Es curioso, pero al mismo tiempo, junto al mar, vivimos un eterno presente que fue configurando futuros recuerdos. Nostalgias de momentos que todavía no ocurrieron ocupaban nuestros sentimientos. Es el inicio de un lento camino, que dura tres semanas, y tiene al mar y al tiempo como protagonistas.

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Zagreb: el corazón delator

Cuándo le dijimos que íbamos a Zagreb se sorprendió. Era el primer auto que nos levantaba en la ruta. Nosotros estábamos en Pecs, al sur de Hungría. El pronóstico para hacer autostop hasta Zagreb, por parte de los pecsianos, no era favorable. Nos instaban a tomarnos el tren. A muchas personas les cuesta entender que decidimos viajar a dedo por gusto (excede el presupuesto, excede la sobra de tiempo). Igualmente, algo en el tener que cruzar una frontera (la primera en este viaje) a nosotros también nos asustaba un poco.

En los últimos años Croacia creció mucho turísticamente: que sus playas sean catalogadas como una de las mejores del mundo, hizo que miles de europeos decidan venir a pasar sus vacaciones acá. Pero Zagreb, la capital croata, queda exenta de esos itinerarios.

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Lo bueno de Europa es que uno hace unos pocos kilómetros y cambia de país. Lo bueno de llegar a las capitales es que uno puede observar de manera rápida y compacta al país entero, suele estar todo condensado y eso sirve para ponerse en órbita. Las capitales suelen ser un gran laberinto de espejos dónde se ven muchas puertas, a medida que uno se va metiendo en las arterias del país cada puerta comienza a abrirse.

Entre Pecs y Zagreb hay 176 km (en línea recta), pero el camino que íbamos a tomar marcaba 375 km. Salimos a las 10 am. Luego de 5 autos y 6 horas llegamos a Zagreb. Mucho antes y mejor de lo que imaginábamos.

Vista de la ciudad

Vista de la ciudad

Así y todo, al llegar nos encontramos con un problema. Llegamos sin tener ningún alojamiento resuelto, sin una Kuna (moneda croata) y sin tener idea de dónde ir, ni cómo ir a algún lado. Algo que en India nos era tan habitual, pero ahora nos estaba costando acomodarnos. Estábamos faltos de ritmo. Supervivencia viajera: Buscar un wifi abierto, abrir algún mapa y seguir nuestra intuición. El camino provee a los peregrinos.

La catedral en reformas

La catedral en reformas.

El cementerio también es pintoresco

El cementerio también es pintoresco

Varias cosas llamaron rápidamente nuestra atención:

  • La ciudad es muy chica para ser la capital del país.
  • Todos se visten muy elegantes, toman café y fuman a toda hora. Una ciudad muy coqueta dónde la elegancia de la gente nos recodaba a Italia y eso que nunca pisamos tal país. La proximidad física debe haber dejado alguna influencia. Incluso el idioma croata tiene una tonada media tana.
  • ¿Cambiaron la fecha de San Valentín? ¿O estos tipos están obsesionados con los corazones?

Barcitos por doquier, heladerías, grandes casas de ropa, puestos de flores y corazones. Para arriba la parte vieja de la ciudad: Esa primera tarde caminamos por ahí y sentimos que ya habíamos visto todo. Todas las “típicas postales” de Zagreb las teníamos guardadas en la memoria de la cámara ¿Tan chiquita podía ser la ciudad? ¿Tan coquetos y ensimismados son los croatas? Cuando sucede esto lo mejor es dormir y esperar al día siguiente para ver todo desde otra perspectiva.

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Con el correr de los días, nos empezamos a encariñar con los croatas. Lo que sí, en Zagreb, todo nos parecía caro (comparado con Hungría). Queríamos volver a aquel país. No nos terminábamos de acomodar a esta ciudad. ¿Será que tan rápidamente nos adaptamos y ya tomábamos a Hungría como lo conocido y lo demás nos inspiraba rechazo? Somos muy del querer a lo conocido y rechazar lo desconocido.

Río Sava, no es el Danubio.

Río Sava, no es el Danubio.

Pero los corazones seguían ahí, latiendo para nosotros, por doquier. Al igual que el pueblo húngaro, el pueblo croata tampoco la tuvo tan fácil. Guerras recientes y exilios a todas partes del mundo. La capital engloba un poco esos años de historia. Pero no podíamos dejar de compararla con Budapest, quizá porque Zagreb también fue parte del imperio astro-húngaro o quizá por que acá también había dos ciudades separadas (Gradec y Kaptol) que después se unieron en una. Pero a diferencia de Budapest, Zagreb es una ciudad más elegante. Nos costaba creer que acá estuvo Tito, que esto fue Yugoslavia. Algunos dicen que Tito estuvo en Argentina (y era hincha de Estudiantes). Seguimos caminando, intentando entender. Música por acá, espectáculo de circo por allá e incluso una milonga. En Zagreb el arte se festeja en la calle, eso nos gusta.

Milonga de domingo a la noche

Milonga de domingo a la noche

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Pero ahí seguían esos corazones. Ya nos empezaban a incomodar. De jengibre, de porcelana, para llevar, para regalar, por doquier. Incluso declarados patrimonio nacional.

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¿Así que Zagreb es la ciudad de un millón de corazones? Celebran tanto al amor que acá se encuentra el único y primer Museo de las relaciones rotas. Una suerte de homenaje a esas relaciones amorosas que quedaron truncas. Uno puede ir y donar un objeto de su ex–relación con una breve historia para ser expuesto y honrado en el museo. Es una linda manera de decir adiós.

Otra ciudad enamorada de los candados

Otra ciudad enamorada de los candados

Y ahí no pude más. Tuve que volver al hostel y buscar en internet: “Un señuelo, hay algo oculto en cada sensación …Por descuido, fui víctima de todo alguna vez … Un dulce pálpito, la clave intima”. Hacia tres días que estaba caminando por Zagreb y no podía dejar de tararear esas palabras que no sabía a que canción respondían. Cómo un mantra me venían a la cabeza cada vez que vislumbraba un nuevo corazón. Eureka! Era Corazón Delator, de Soda Stereo. Me reí de mi misma, de mi inconsciente. Corazón Delator, en Zagreb.

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Entendí por donde venia la cuestión, alguna jugarreta del destino. ¿Qué era, entonces, eso que latía en Zagreb? ¿Dónde estaba el pulso de la ciudad? Lo teníamos que buscar. Las ciudades remueven recuerdos. Las ciudades (nos) evocan canciones, poemas, películas, personas. Y hacer referencia a ellas es una buena manera escribir sobre ellas.

Entonces, ¿Qué delata el corazón de Zagreb? Si está por doquier es porque algo quiere decir. ¿Croacia late en su capital? Cómo el corazón del muerto debajo de los tablones de Poe, los corazones acá estaban diciendo otra cosa.

Señora del mercado, ¿Usted sabe que delata?

Señora del mercado, ¿Usted sabe que delata?

¿Y ustedes señor?

¿Y ustedes señor?

Un señuelo, hay algo oculto en cada sensación”. Los corazones señalan. Revelan. Y Zagreb esconde la historia de Croacia. Una historia entreverada, reciente y diversa. La arquitectura imperial se mezcla con el socialismo yugoslavo. Esa ruptura reciente de ese gran país todavía deja marcas. Muchos croatas hablan con desprecio de Serbia y de Bosnia. A otros parecen no importarles, es cosa del pasado. Otros tienen familia allá pero ya no se ven. En el ’90 muchos se fueron. Las señoras mayores lucen con orgullo su pañuelo como signo de no dejarse conquistar por H&M ni por las modas italianas.

Monumento socialista I

Monumento socialista I

Monumento socialista II

Monumento socialista II

Monumento socialista III

Monumento socialista III

Haber sufrido una guerra reciente, sobrevivir a la separación de una nación y el esfuerzo por reconstruir un país con mucha historia hacen que Zagreb siga latiendo. Será cuestión, entonces, de seguir buscando esos corazones que laten en las tres semanas que nos quedan recorriendo Croacia.

Y mientras caminábamos por Zagreb, Ceratti sonaba con nosotros, y Alberto Laiseca leía a Poe con la luz apagada. Por que Corazón Delator de Edgar Alan Poe se tiene que leer a oscuras.

Info útil

* Alojamiento: El Hostel Chameleon está en el centro de la ciudad y tiene cuartos compartidos a excelente precio. A nosotros nos gustó mucho.

* La ciudad es muy caminable. Dispongan de sus pies para conocerla mejor.

* Dos visitas interesantes y que no aparecen en los recorridos turísticos son el Cementerio de Zagreb y los monumentos socialista que aún descansan a orillas del río Sava. A ambos se puede llegar caminando.

* El agua es potable. Rellenen sus botellas en las canillas de la calle.