Category: Hungría
Lago Balatón: volver a creer en la condición humana

– Hola I, soy L, de Couchsurfing. Ya llegamos al Lago Balatón pero creo que nos bajamos mal. ¿Puede ser que estamos en la estación de Fonyód?
-Si, se pasaron.
Pero no se preocupen, ya voy a buscarlos.

A las cinco minutos un Mazda color bordo puso balizas al lado nuestro. Manejaba un hombre entrado en edad con una tupida barba blanca. La cara bronceada, la piel curtida por el sol y unos ojos azules que llamaban la atención. Un overol verde y gastado, un pullover que supo ser negro con parches en los codos. Olor a trabajo. Él iba a ser quién nos aloje en nuestra estadía en el Lago Balatón. Uno de los lagos más grande de Europa del este.

Carteles raros que vimos mientras lo esperábamos

Carteles raros que vimos mientras lo esperábamos

Subimos a su auto. El baúl tenia desde un bidón con querosén hasta dos sombrillas de playa, pasando por otros bártulos en el medio. El auto tenía telarañas por dentro y por fuera. Pusimos las mochilas como pudimos y arrancamos. Manejaba rápido, cómo si estuviese apurado, y hablaba lento, cómo si tuviese todo el tiempo del mundo. Esos tres kilómetros hasta llegar sirvieron de preámbulo para presentarnos.

60 años, retirado con dos hijos trabajando y estudiando en el exterior. El era operario de fabrica hasta que la fábrica cerró. Su mujer es docente y vive a unos 15 kilómetros de dónde está él. Le contamos que veníamos de Budapest a dedo, no se sorprende, está acostumbrado a recibir viajeros.

Dónde deberíamos habernos bajado.

Dónde deberíamos habernos bajado.

Llegamos, ante nosotros un hotel inmenso. Dos pisos y muchas ventanas. La arquitectura es básica pero tiene cierto encanto. Alrededor del hotel varios metros de pasto y arboles. Mesa de pingpong, reposeras, cañas, kayaks y algún que otro botecito. El lago Balatón viene a ser para los húngaros lo que la costa atlántica es para los argentinos. El destino clásico en época de vacaciones familiares; las parejas hacen escapadas románticas de fin de semana y los adolescentes empiezan a pasar las primeras noches fuera de casa. De julio a septiembre, tres meses de mucho turismo y luego el invierno. El frío y el viento espantan a los turistas, pero I se queda. Dice que es tranquilo y eso a él le gusta.

Era mayo y el hotel estaba casi vacío. La temporada empieza recién en un mes. Rápidamente nos dijo que tenía mucho trabajo que hacer y se puso a cortar el pasto. Y ahí quedamos nosotros dos en un hotel desértico. Aún no entendemos como era que teníamos una habitación privada solo para nosotros. ¿Y si piensa que somos huéspedes del hotel y nos cobra? ¿Si es una trampa? ¿Si es un loco? Verlo pasar por la ventada con un hacha en la mano no era una imagen que ayudara.

Afuera hacia frío y estaba por largarse a llover. El conjunto de elementos que armaban la escena (I, su overol, el hacha, el hotel vacío, más la lluvia) nos recordó al “Resplandor” de Kubrick. Largos pasillos unían las habitaciones del hotel.

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Quedarnos sentados en la cama suponiendo un desenlace dramático no parecía un buen plan. Algo había que hacer. Caminar por al lado del lago no era una opción, tenía mucho oleaje. Era imposible acercarse a la orilla sin terminar salpicados. Buscamos a I, le ofrecimos nuestra ayuda y la rechazó. El plan B era salir a caminar por el pueblo. Quizá caminar nos permitiría entender un poco dónde estábamos.

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Los gatos son furor en el lago

Los gatos son furor en el lago

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Todo el lago se estaba preparando, casas que se abrían después de meses, portones que se pintaban, pasto que se cortaba. Muchos negocios aún permanecían cerrados o en reparaciones.

Nuestro hotel estaba listo o por lo menos, era de los mas encaminados a estarlo. Como si siempre lo hubiese estado. Al pasar, I nos pregunta si cenamos los 3. La cita es a las 19, no hacía falta comprar nada.

Viñedos por doquier

Viñedos por doquier

Omellets, quesos y vino blanco húngaro. Las desconfianzas ante la imagen de hotel vacío quedaron atrás. I nos contó del hotel y de su vida. Aprendió inglés de grande para poder comunicarse con los viajeros. Habla moviendo las manos y cada vez que habla de su hotel le brillan los ojos. En la época comunista funcionó como el hotel de los empleados de una fábrica. Con las privatizaciones esa fábrica cerró y el hotel se vino abajo. Él también se quedo sin trabajo cuándo cerraron la fábrica dónde laburaba. Recuerda con añoro cuándo el Lago Balatón era un destino por excelencia. Tantos años de abandono contribuyo al deterioro y hoy a la gente le interesa más viajar al exterior que por su propio país. Insiste en que quiere volver a recuperar el brillo de los años dorados del lago.

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Nos preguntó por el viaje, por India, y por Argentina. Nosotros le preguntamos sobre el comunismo. Preguntar sobre el comunismo en Hungría es un poco tabú. Los jóvenes descreen de su pasado socialista y la derecha toma fuerza. Las guías de turismo parecen haberse puesto de acuerdo para hablar de la época socialista como la peor etapa en la vida de Hungría, peor que los nazis, peor que la pobreza.

I tiene una visión un poco más cercana. Durante la época comunista todos tenían trabajo y nadie pasaba hambre. Hoy hay muchas personas que progresaron y que están mejor que en esos años, pero sólo son algunas. Insiste con que no fue lo mismo vivir el comunismo en la ciudad y en las afueras.

A él ya no le interesa la política, se conforma con viajar poco y cada tanto. Tampoco le interesa llenarse de plata, sino, no se entiende como ofrece habitaciones gratuitas

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En este punto del texto deberíamos estar hablando del lago. De todo lo que se puede hacer, de los hermosos atardeceres, de cómo recorrerlo en bici o de dónde se puede hacer las mejores fotos. Pero no. No podemos despegarnos de I. De su historia, de su encanto, de su cadencia. Es de esa clase de personas que tiñen todo con su propia energía. Que a uno lo llevan a pensar “que lindo sería poder retirarse viviendo de esa manera”. ¿Realmente el mundo es un lugar peligroso? ¿Realmente las personas son malas, egoísta y por ello hay que desconfiar? Una vez más nos sentimos unos idiotas por creer eso. I nos recordó por qué estamos en la ruta para encontrarnos con tipos como él. Necesitamos volver a creer en la condición humana ¿Qué nos queda si no?

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Del Lago Balatón nos quedaron unas cuantas fotos. Pero ahora que ya paso a la categoría de “Recuerdos de viaje” no era el lago lo que allí teníamos que ir a buscar. Al lago lo encontramos en los ojos celeste de I, que aún sigue creyendo que el ser humano es el mejor lugar dónde invertir tiempo.

La última noche cenamos unos fideos con crema. La lluvia había pasado. Pusimos la mesa frente al lago, tres silla, un nuevo vino y las palabras fluían solas mientras el sol se escondía entre las montañas. Ese instante valió más que las horas de autostop, que las caminatas y que el peso de las mochilas. El viaje es eso. Son esos encuentros casuales entre desconocidos que habitan el mundo buscándose. Nos quedaron las ganas de darle un abrazo.

I alquila el hotel para hacerlo su forma de vida. Nueve meses de vida tranquila y veleros y otros tres sin descanso. Durante el verano es hotel, el resto del año está disponible para couchsurfing.

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***

Caminando por Croacia, L me dijo que teníamos que subir algo del Lago Balatón. Sí, era cierto. ¿Qué subimos?

Con una sonrisa disimulada le dije que escribamos sobre él, sobre I. Él representó el Lago Balatón para nosotros. Perdón si no encuentran información sobre hoteles, precios e itinerarios express. El viaje, para nosotros, es otra cosa.

De gitanos: Szentendre y Pécs

De como piensa la gente
a veces la diferencia
es tan grande que parecen
seres de alguna otra tierra

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Szentendre fue lo más al norte que estuvimos en Hungría. Solamente a unos 20 km al norte de Budapest. Pécs fue lo más al sur que estuvimos. A unos 170 km de la capital húngara y a unos 40 km de Croacia. Sencillamente esos fueron nuestros extremos dentro de Hungría y los extremos siempre dan que pensar aunque sean tan aleatorios como la intrascendencia de cual fue la ciudad más al sur y más al norte dónde paramos. Y ahí, en el medio, nos encontramos con los gitanos.

Szentendre

Era lunes de pentecostés y llovía. Ese día, 25 de mayo, allá también era feriado. Un feriado católico que ocurría por primera vez en Hungría. Eva, la chica que nos alojaba, se fue a almorzar con su familia. Nos encontramos solos, con lluvia y con toda una ciudad cerrada. Fuimos a la estación de tren y nos embarcamos rumbo a Szentendre. Un pueblito chiquito en las afueras de Budapest. Sonaba divertido para caminar y sacar fotos. No sabíamos mucho de él, quizá por eso fuimos.

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Hace unos años Szentendre fue la meca de los artistas de Budapest. Pintores, artesanos, escultores y escritores se subían al tren y allá se asentaban. Nos imaginamos cafés bohemios, librerías y artistas pintando a orillas del Danubio.

Al llegar la estación estaba desierta. El instinto nos hizo seguir a la manada que bajaba del tren. Pero a los pocos metros ya se desintegro el grupo. Una húngara nos hizo señas de que crucemos un túnel. El paisaje cambio. De la desierta estación pasamos a callecitas adoquinadas y angostas. Casas bajas pintadas de colores, flores en las ventanas y dónde esperábamos ver el movimiento cultural húngaro nos encontramos con casas de Souvenirs que aún conservaban la etiqueta de “made in Taiwan”.

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La lluvia seguía y éramos varios los que, piloto en mano, recorríamos la ciudad. Nos hizo acordar al puerto de frutos en el Tigre. Local de diseño por acá, cafetería por allá. Puestos de waffles, panqueques y cerveza eran la moda. La gente se apiñaba y consumía. La cultura se mezclaba con lo bizarro: museo de la navidad, museo de mazapán, museo del cristal y también museo de la cerámica. Los museos no superaban los 20 metros cuadrados. La gente caminaba con bolsas. No importa que había que comprar.

Incluso muchos se sumaban a la fiebre de dejar candados sobre ell río

Incluso muchos se sumaban a la fiebre de dejar candados sobre ell río

Nos sentíamos sapos de otro pozo. El sol salió y pudimos sentarnos a mirar el Danubio. El río no hace distinciones de clases ni te ínsita a comprar nada.

La tranquilidad del Danubío

La tranquilidad del Danubío

Desilusionados volvimos a Budapest. Cargamos el termo y el mate y nos fuimos a la plaza a disfrutar de lo que quedaba del día.

Pécs

A Pécs llegamos a dedo. Caminando desde el centro hasta la casa de Daniel, quién nos iba a alojar, había menos de un 1 km pero el calor de mediodía más el peso de las mochilas hizo que llegáramos demasiados transpirados. La soda es un inventó húngaro por lo cual el vaso de soda frio abunda por acá. Necesitamos más de uno para volver a recuperar una temperatura normal.

Pécs es otra de esas ciudades pintorescas. Calles peatonales, de adoquines y gente tomando café en las veredas. Una arquitectura detallista que se entremezcla con locales de comida rápida. El amarillo predomina en Hungría. Lo que varían son los tonos de cada pared.

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En la plaza central, una mezquita de los tiempos de la conquista turca ahora devenida en iglesia católica. Lo ideal hubiese sido demolerla pero cómo no había plata para construir una nueva, la reformaron por dentro. Más allá otra iglesia, esa era de los romanos. Pécs fue parte de ese imperio y aún conserva iglesias y muros de aquella época.

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El interior de una de las iglesias más antiguas

El interior de una de las iglesias más antiguas

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La ciudad está rodeada de colinas y son varias las calles que suben. Llegamos a un mirador y allá estaban de nuevo: los gigantes edificios comunistas. Daniel se pone nervioso, dice que no le gustan que son viejos y feos. Los húngaros reniegan de su historia y de su pasado más socialista. No importa si allí vive gente o no, son feos no deberían estar y menos a la vista de los turistas.

 

El correo

El correo

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Continuamos caminando y descubriendo la dinámica de la ciudad. La misma es sede universitaria por lo cual las calles están repletas de jóvenes que vienen a estudiar acá.

Según los lugareños la ciudad no tiene mucho encanto. Nosotros disfrutábamos del silencio.

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El plan era ir al día siguiente a andar en bicicleta por los alrededores para conocer el verdadero encanto de la ciudad: casas de campo y viñedos por doquier.

Pedaleamos hasta la frontera con Croacia. Este río marca el borde

Pedaleamos hasta la frontera con Croacia. Este río marca el borde

Bajo el sol, acompañados de queso y vino, y empezó la charla.

Los Gitanos (Gypsies)

Salimos con el termo cuán gurises en su tierra y nos adentramos en el “City Garden” de Budapest. La excursión a Szentendre había sido un fiasco para nosotros. Mientras cruzamos la calle notamos que en el parque algo estaba ocurriendo: una vuelta al mundo, calesitas, un escenario con músicos en vivo y muchísimos puestos de feria (de esos dónde uno tiene que derribar latas, patos, o pescar pescaditos). La feria estaba repleta de puestos y de personas. Pochoclos, globos, y adultos jugando como nenes mientras hacían la fila para subirse al zamba. Y ahí estábamos nosotros. Camuflados. Observando como la gente simplemente disfrutaba. Los más grandes estaban sentados comiendo y tomando algo, los jóvenes incursionaban en los primeros coqueteos y los nenes corrían detrás del señor que hacia burbujas.

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Todo este preámbulo viene a colación de otra cosa. Esa feria, ese día en el parque, era cosa de gitanos.

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Los gitanos, gypsies, son una minoría (no tan pequeña) con una identidad propia. Años de historia, de destierros, y de encarnar aquello otro que se intenta invisibilizar, ese lugar ajeno que la sociedad se encarga de segregar.

Se nos vino a la cabeza eso que escuchamos tantas veces decir “ ¡Guarda con los gitanos!, ¡Qué no te agarren de las manos!”, etc. Ser gitano en Europa es bastante cercano a ser villero en Buenos Aires. Ser humilde, con pocos recurso, familias numerosas y la necesidad de ganarse el día de la manera que sea.

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Cuándo bajó el sol volvimos a lo de Eva. Felices le contamos nuestra experiencia. Con cara de pocos amigos nos increpó. ¿Cómo era posible que nosotros hayamos estado compartiendo ahí? Esas cosas a ella no le gustan; los gitanos no son húngaros.

Para Daniel los gitanos tampoco eran húngaros. El gobierno hacia mal en dejarlos estar acá. Para él, los gitanos intentaban a propósito ocupar ese lugar tan violento. Para él, ser gitano los obligaba a tener, al menos, una noche en la cárcel y por eso cometían delitos a propósito. ¿Y si es al revés? ¿Y si es la imagen que la sociedad tiene de ellos lo que usan como reflejo para armar su propia identidad?

Ellos son el blanco. Se los identifica fácil: la piel, la ropa, los gestos y la mirada. A pesar de habitar Europa hace siglos. Eran nómadas que migraron desde India y Pakistán, eran parias, sin casta. Hoy, cientos de años después, siguen intentando armar una identidad. Ni en Szentendre ni en Pécs los vimos, eso era cosa de turistas. No los vimos pero ahí estaban, cómo el río Danubio, ellos habitan Hungría

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Budapest, impresiones húngaras

Llegamos a Hungría sabiendo poco. Qué este país sea el comienzo del viaje fue obra del destino y de las promociones aéreas. Budapest, su capital, está catalogada cómo una de las más lindas y baratas de Europa. Ambos factores hacen que sea un destino muy explotado en estos últimos años.

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Para nosotros viajar tiene que ver más con el pasar desapercibidos, con el mezclarnos con la cultura local y con el aprender. Pensamos que Budapest no nos iba a ser una ciudad fácil pero con sólo caminar un poco por la ciudad pudimos comenzar a encontrarnos con esos detalles que no figuran en los mapas turísticos.

*

Cuándo la azafata anuncio que estábamos por arribar busqué el río con la mirada. Ahí estaba el Danubio. Largo y ancho surcando un camino entre grandes bloques de árboles. Ciertas construcciones de cemento me llamaron la atención. Debatimos sobre que podrían ser. Quizá paredones de algún castillo o fortalezas de la época imperial.

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Al salir del aeropuerto y ver todas esas palabras inentendibles e impronunciables caí en la cuenta de dónde estábamos.

Totó, me parece que ya no estamos en Kansas“, le dijo Dorothy a su perro al darse cuenta de que su casa había volado por los aires tras el ciclón. Yo no estaba en la tierra de Oz (tampoco de la hoz) pero me di cuenta de que estaba lejos de casa.

Acentos, diéresis, y pocas vocales para tantas consonantes me hacían difícil pronunciar al menos una palabra de todas las que leí. Con nuestro inglés logramos comprar los tickets de colectivo que nos llevarían a la ciudad. Muchos baldíos y grandes edificios bordeaban la autopista. Bloques de edificios de cemento, probablemente retoños del comunismo, desidealizaban esos castillos que creímos ver desde el avión.

La ciudad entera parecía un gran edificio abandonado y recuperado. ¿O quizá una fábrica? Colores que no escapan de la gama de los grises, estaciones de tren oxidadas pintadas con grafittis, y personajes ensimismados en sus mundos. Cuándo el colectivo quedo vacío entendimos que esa era la última parada. Debíamos bajar y combinar con el metro. Esté tenia otro encanto. Era moderno, bien iluminado, y con aire acondicionado. Se notaba que era nuevo. 5 paradas y era nuestro momento de bajar.

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Por suerte los números son los mismos

Por suerte los números son los mismos

No nos costó mucho reconocer el contraste entre las afueras de la ciudad (fabricas, edificios grises y carteles por doquier) y la ciudad en sí. Esa que sale en la revistas y que fue nominada cómo la ciudad más turística según estadísticas del 2014. El mítico parlamento, cruceros, el puente de las cadenas y el palacio de Buda se imponían ante nosotros con muy poca humildad. ¿Era la misma ciudad?

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El parlamento

El parlamento

Para entender este paisaje diverso hay que ir un poco atrás en el tiempo. Entre los años 1944 y 1945 se llevó a cabo el sitio de Budapest para expulsar de la capital Húngara a las tropas Nazis. El resultado fue una victoria Soviética, y con una destrucción del 80% de los edificios. La reparación fue llevada a cabo por la República Popular de Hungría (con un fuerte dominio desde Moscú) en medio de una gran crisis económica post guerra. La forma más rápida y barata de reconstruir la ciudad era construyendo esos bloques de concreto grises. Si bien sirvieron para sacar de la calle a miles de budapenses, hoy se los escucha decir que esos bloques “arruinan el ambiente del lugar”, afean la ciudad. Hablar de comunismo acá es un insulto, los destierros y las torturas de la época soviética siguen presentes.

Si uno mira con atención encuentras los edificios que "desentonan" la arquitectura imperial

Si uno mira con atención encuentras los edificios que “desentonan” la arquitectura imperial

Hay un solo monumento comunista en Budapest que recuerda a los húngaros que combatieron en el sitio de Budapest. Está ubicado ante la embajada de Estados Unidos. Curioso.

Hay un solo monumento comunista en Budapest que recuerda a los húngaros que combatieron en el sitio de Budapest. Está ubicado ante la embajada de Estados Unidos. Curioso.

Las tropas nazis tampoco fueron amables acá. Miles de judíos fueron arrojados vivos al río Danubio, los que tuvieron peor suerte fueron enviados a campos de concentración. La ciudad guarda respeto a sus víctimas. Monumentos, museos del holocausto y un barrio judío en el corazón de Pest (la parte moderna de la ciudad, separada de Buda por el río Danubio). Dicen que allí se encuentra la segunda sinagoga más grande del mundo.

Zapatos en la orilla del Danubio cómo memorial del holocausto.

En la orilla del Danubio un memorial del holocausto. Los zapatos recuerdan a los judíos que, obligados a descalzarse, eran tirados al río.

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Llegamos al hotel cansados de 30 horas de vuelo, y para nuestra sorpresa los carteles estaban en dos idiomas, húngaro y alemán. A lo largo de toda la ciudad se pueden ver carteles en alemán. Cómo si fuera un segundo lenguaje. Hungría no sólo fue sometida por los Nazis y los soviéticos, antes también por la Casa de Habsburgo. Y antes todavía por los otomanos, de ahí que los restaurantes y baños turcos están por todos lados.

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Iglesias transformadas en mezquitas y viceversa

A pesar de todos estos dominios y conquistas (también hubo una invasión mongola) la cultura húngara sigue prevaleciendo. Aún quedan muchos vestigios, sobre todo arquitectónicos, de aquel gran imperio dónde su territorio era aún mayor. Dos cosas nos hicieron dar cuenta de su orgullo.

La primera, hablando con una chica rumana oriunda de Transilvania (antes era Hungría), criada en una casa donde se hablaba húngaro, dejó su pueblo natal y se vino a vivir a Budapest, porque al fin y al cabo se sentía más húngara que rumana.

La segunda, es una remera que vimos. Decía: “Idősebb vagyok, mint Szlovákia” (Soy mas viejo que Eslovaquia). Eslovaquia también era parte de Hungría, y la perdida de territorio es una herida que todavía sangra.

Eva, quién nos alojo en su casa, se extrañó (¿enojó?) cuándo le dijimos que pensábamos visitar Bratislava (Capital de Eslovaquia). Nos dijo que cómo íbamos a ir allá, esa ciudad no tiene nada para mostrar.

Parte de ese orgullo nacionalista explica como actualmente en Hungría hay una fuerte (demasiado fuerte) juventud de derecha.

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Una de las pocas capitales europeas con linyeras durmiendo en sus calles

Una de las pocas capitales europeas con linyeras durmiendo en sus calles

Habiendo una gran co-existencia con otras costumbres y realidades, y en un mundo donde muchas culturas tienden a globalizarse, la húngara sigue llevando con orgullo su fuerte impronta. Más allá de los Mongoles, Alemanes, Turcos, Nazis, Soviéticos y de las numerosas perdidas de territorio el pueblo húngaro sigue plantando bandera.

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Cómo un caleidoscopio Hungría supone un conjunto de elementos que se fragmentan y que unen al mismo tiempo. Formando cada tanto una figura distinta, pero siempre sobre un mismo fondo.

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