Category: Reflexiones
Nostalgia de India

Me levanté en una Barcelona lluviosa y fría. Sola.

L. está en Croacia. Me vestí, comí un poco de fruta y en piloto automático encendí la computadora. Youtube. Ciclo de mantras indios agrupados bajo el título de “Morning Mantras”.

No sé como llegaron esos mantras a nosotros pero los adoptamos como propios, sobretodo mientras estábamos de viaje y teníamos toda nuestra vida circular y rutinaria. Si, nunca tuve más rutina que estando de viaje. Desayunar, escribir, mirar un mapa, decidir que hacíamos ese día.

Lo cierto es desde que nos vinimos a Barcelona (ya casi 9 meses) nunca había escuchado los mantras mañaneros.

Hoy sí. Y sin pensarlo ni planearlo. Y no puedo menos que sentir una enorme nostalgia de India.

El otro día alguien mencionó que habíamos vivido mucho tiempo en Asia. Le dijimos que no, que vivir lo que se dice vivir, no. Vivir en un lugar para mi es comprar en la misma verdulería, conocer al cajero del mercadito y tomar un té siempre en la misma taza. Pero en cierta parte, era verdad, vivimos en Asia. Pasamos más dos años recorriendo el continente asiático. De esos dos año, un año entero fue en India. Si, esa India sucia, caótica, desprolija, pobre pero que a mi (a nosotros) tanto nos gusta.

La primera vez que pisamos el país fue en abril del 2013. No sé porque fuimos a India. Nuestro plan inicial era viajar un año por Argentina. Pedir licencia en el trabajo y volver al poco tiempo. Lo cierto es que nunca volvimos. Tampoco nunca viajamos por Argentina. Un domingo de navidad sacamos el pasaje a India sin tener idea en qué nos metíamos.

Y así llegamos a India. Sin tener idea de en dónde nos metíamos, literal. Claro que al principio no fue fácil. Por su puesto, fue más que difícil adaptarse, al menos, para mi. Ludmila, chica del conurbano. Nunca había visto un mono colgado de un templo. Nunca había visto mujeres con sari y hombres con turbante. Apu de Los Simpson era mi único contacto con la cultura india. No comía picante, no me gustaban los olores y no me acostumbraba a esquivar vacas.

Lloré. Lloré dos días y pasé una semana enferma. Y me encantó. India me encantó. No sé qué, no sé cómo, no sé por qué. No soy yogui, no creo en Shiva ni en dioses azules con cabeza de animales. No creo en el río Ganges ni creo en las castas.

En realidad, si sé porque me gusta India. Porque, en realidad, me gusta como soy yo en India. Y eso que no me visto ni de Ravi Shankar ni mucho menos. Pero me gusta el no ser nadie. En India, fui centro de miradas pero nunca me importaron.

En India, pude pasarme una tarde entera sentada tomando un chai largo e infinito. En India escribía, pintaba, andaba en sandalias de goma y sólo tenia una remera que debería lavar todas las noches para volver a ponérmela limpia. En India soñé, soñamos, en escribir un libro.

India no nos fue indiferente. Y no puedo más que sentir cosquillas en la panza y que se me dibuje una sonrisa en la cara cada vez que nos pienso allá.

El año que pasamos en India no fue de corrido. Por visados, tuvimos que entrar y salir en cinco oportunidades. Las cinco veces que dejé India lo hice contenta de irme, porque India satura. Y las cinco veces, le pedí a Lucas que me haga acordar de mi cansancio y tedio cuando diga que quiera volver.

Pero no funciona. India me exprime la calma, me cachetea, me pega donde me duele, pero a la vez me abraza. India enseña, y hoy…. Una mañana de otoño en una Barcelona que quiere ser independiente, la nostalgia de India se me cuela en las manos. Debería estar escribiendo para terceros, cosa que pasa cuando vuelve al sistema. Pero el ciclo de “morning mantras” sigue sonando en Youtube y tengo muchas ganas de tomarme un chai.

También de retomar el Blog.

La poesía que la tecnología nos ha robado

“Deja tu casa. Ve solo. Viaja ligero. Lleva un mapa. Ve por tierra. Cruza a pie la frontera. Escribe un diario. Lee una novela sin relación con el lugar en el que estés. Evita usar el móvil. Haz algún amigo”.

Paul Theroux.

Recuerdo hace diez años uno de mis primeros grandes viajes, a Bolivia. Me parecía épico lanzarme en aquel entonces a ese totalmente desconocido país para mi. En realidad, todo me parecía épico en aquel entonces. Fuí con dos amigos y muy poca plata; coincidíamos con la primera asunción del presidente Evo Morales. En ese viaje de un mes alternaba alojamientos entre hostels y carpa. Las estaciones de tren o colectivos, bares o plazas eran los sitios ideales para conocer otros viajeros. Desde el día dos del viaje, nuestro grupo de tres se amplió. Amigos que hicimos en la ruta se unían a nuestro viaje, luego se separaban y más tarde los volvíamos a encontrar. Todo se debatía en una sobremesa y la gente de alrededor se unía a la charla. Es cómo si la gente estuviese concentrada en aquí y ahora. “El sábado que viene a las 19:00 horas nos volvemos a encontrar en Plaza Murillo” y funcionaba.

Aquel que tuvo la oportunidad de viajar hace 10 años puede notar el gran cambio que produjo la tecnología en los viajes. Cada persona genera su propio mundo con su móvil, tablet o computadora. Cada vez hay más auriculares y gente que come leyendo su muro de Facebook. Es verdad que en algún punto las redes sociales nos permiten estar más conectados, uno puede enterarse al instante del nacimiento de un sobrino o saludar a un amigo por el cumpleaños, pero también es verdad que se pierden el foco del lugar en el que estamos.

La tecnología incorporó grandes ventajas a los viajes, mapas, referencias y la posibilidad de comprar pasajes online. Pero es muy delgada la línea de no sobrepasar ese límite y terminar creyendo que todo se resume a unas pantallas de algunas pulgadas. El desafío es controlar ese impulso de verificar las notificaciones y dar lugar a las otras relaciones sociales, en carne y hueso. Estar presente aquí y ahora.

Hace un tiempo tuve la suerte de poder recorrer el Desierto de Gobi por poco más de una semana. Lejos de una ducha, un baño occidental o una conexión a internet. Lo viví de alguna forma como un proceso de desintoxicación colectiva, con la gente que me acompañaba ya no mirábamos una pantalla, sino atardeceres, paisajes y a nosotros mismos. Sin lugar a dudas, ese viaje, con conexión a internet no hubiese sido el mismo. Cuando se acaban las palabras nos dimos cuenta que el silencio en la vastedad del desierto no incomoda y que hay veces que une mucho más contemplar el mismo punto del horizonte que hablar banalidades. Y como ese se me ocurren varios momentos más en nuestros viajes, como el Pamir, travesías en barco, campamentos rodeados de hippies o pueblos en India que no aparecen en los mapas. A veces por decisión propia y otras tantas por cuestiones que no manejamos. Pero siempre volvemos a la misma conclusión. Es lindo desconectarse.

Recuerdo también aquella vez en Agra que salimos a caminar buscando un lugar para comer. El calor era insoportable y esa mañana nos habíamos levantando antes del alba para visitar el famoso Taj Mahal. Inesperadamente nos cruzamos un desfile de personas con música y un hombre montado en un caballo. Los seguimos con más curiosidad que otra cosa. Se detienen en un portón y poco a poco van entrando. Como veníamos caminando con ellos nos invitan a entrar. Era una boda, se realizaba en el parque de una casa donde estaban dispuestas mesas y sillas para los invitados. Nosotros dos estábamos ahí, sucios, desprolijos pero contentos. Sin esperarlo, sin planearlo nos invitaron a una boda hindú. Beatriz Sarlo no es para nada una de mis escritoras favoritas, pero cada tanto escribe algo interesante. En su libro viajes dice “Se viaja buscando esa intensidad de la experiencia, algo que asalta de modo inesperado y original, fuera de programa y, por lo tanto, imposible de ser integrado en una serie”. Los mejores viajes incluyen saltos fuera del programa, y por suerte esos saltos todavía no se pueden encontrar en internet o bajar desde una aplicación.

Que cada uno viaje como quiere, que cada uno ponga sus prioridades. Está el viajero que cruza la frontera y se detiene en un negocio de telefonía a comprar un chip de ese país para estar conectado y está, también, el viajero que se dejó el teléfono en su casa porque no le interesa saber nada. Imposible juzgar los modos de viajar, pero si quedara algún nostálgico como yo en alguna ruta del mundo le daría un solo consejo. Que dejemos la tecnología de lado, que no dejemos morir la épica, como la de aquellos viajes eternos que nos maravillaban, y que recuperemos un poco la poesía que el mundo parece perder.

Cortázar y Barcelona: una relación desconocida

Julio Cortázar nació en Bruselas en 1914. En Bélgica ya que era donde su padre trabajaba como funcionario de la Embajada Argentina. Al poco tiempo, y coincidiendo con la primera guerra mundial, la familia Cortázar se trasladó a Barcelona y aquí vivieron dos años. Lo de Cortázar y Barcelona es una relación desconocida quizá como es, también, la relación de Freud con los viajes.

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Desde aquel día y a lo largo de su vida, Cortázar fue perseguido por un sueño reiterativo. Según confesó años más tarde su sueño “trataba de una ciudad con raros edificios, todos coloridos y extrañas cúpulas. También un gran parque, un lugar mágico al cual su madre lo llevaba todas las tardes a tomar sol.” O al menos, ese decía ser el relato del sueño.

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Sesenta años más tarde y sospechando que aquel lugar de sus sueños podía ser el Parque Güell, Cortázar volvió a Barcelona. La sospecha se basaba en unas fotografías que había visto en una revista. Él nunca había asociado su sueño con aquella ciudad casi desconocida en la cual solo residió de muy pequeño. Él solo se debatía entre París y Buenos Aires, Barcelona no tenía lugar en su cabeza. O mejor dicho, en su consciencia.

Cortázar volvió a Barcelona y le pidió a Peri Rossi, su amiga uruguaya, que le acompañara al Parque Güell una tarde de otoño.

Julio Cortázar jugó a ser el detective de su propio sueño. Volvió a Barcelona buscando el origen de su sueño recurrente. Y al llegar a la ciudad se dio cuenta de que sí, que posiblemente aquel parque, aquel colorido Palacio de la Música y aquella ciudad entera era el origen de ese sueño de infancia.

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Dicen que Cortázar se decepcionó. Que su sueño era mucho más pomposo e importante que la ciudad. Él dejó Barcelona decepcionado. Haber descubierto el origen de aquel sueño no importaba tanto, el sueño, su sueño, valía más que la realidad.

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Nosotros por el contrario, de Barcelona nos fuimos a París. Quizá estábamos siguiendo las huellas de Cortázar, quizá el origen de nuestros propios sueños (incluso de los que soñamos despiertos) o, por ahí, solo estábamos yendo a visitar la ciudad más famosa del mundo.

Pero a diferencia de Cortázar, a nosotros Barcelona no nos decepcionó. Por el contrario, nos encantó. En aquel momento, nos fuimos sabiendo que íbamos a volver. Siempre, íbamos a volver.

Si te gusta Julio Cortázar y te apasionan los viajes, quizás quieras leer esta carta inédita que Cortázar escribió luego de visitar India.

 

Volver a escribir

No es fácil y cada día que pasa cuesta más. Los dedos se entumecen, las articulaciones crujen y las palabras comienzan a atolondrarse. Los pensamientos dejan de fluir y todo comienza a estar estanco.

La palabra. Posiblemente eso fue lo que pasó. La palabra desapareció, o mutó, o no sé. Dejó de salir. Y con la palabra también se fue la costumbre, la curiosidad, las ganas, el deseo. Pero no la sonrisa, la sonrisa siempre nos acompaña, por suerte.

Intento hacer memoria ¿Cuándo ocurrió? ¿En qué momento pasó esto? ¿Cómo es que quedó todo tan achanchado, casi abandonado?

Y mientras pienso y hago memoria… las telarañas de los dedos comienzan a aflojarse. Sí, claro. Hace mucho que no escribimos. Ni en nuestros cuadernos, ni en el blog. Intento pensar la causa, las causas, y me cuesta.

Volviendo un poco al pasado podría animarme a decir que todo comenzó en Irán. No sé si llamarlo problema, cansancio o malentendidos múltiples con nosotros mismos. Pero desde Irán no escribimos. No pudimos. Perdimos el hábito, las ganas, el motivo. No por que nos hayamos quedado sin historias para contar, pero no pudimos volver a sentarnos a escribir. A disponer del papel en blanco frente a nosotros, de cosquilleo que nos genera una idea en la cabeza o de la textura del teclado bajo nuestros dedos. No, desde Irán no pudimos volver a escribir.

Ahí quedó el blog. Abandonado en Nagorno Karabaj, esa enclave armenio en conflicto. Ese país que buscar ser libre, independiente, reconocido.

Desde que dejamos Irán hasta la fecha pasaron cinco meses y dieciséis países. Visitamos Georgia y Armenia y volamos a Grecia. Luego, Bulgaria, Serbia y Hungría. Nos metimos en Europa Central y volvimos a Austria y República Checa. Y volvimos a la ex-URSS para visitar Ucrania y Moldavia pasando por la extraña región de Transnitria. Y fuimos a Polonia, sólo para tomar un avión a Barcelona. Y nos enamoramos de Barcelona. Y mientras resolvíamos nuestra situación amorosa con la ciudad, visitamos Francia y Portugal. Y seguimos por España, esquivando Barcelona. Hasta que dijimos que no iba más y pisamos África. Nuestra primera vez en el continente negro coincidió con nuestra primera vez en Marruecos. Y volvimos a Barcelona. Y le dijimos que sí, finalmente.

Y entonces, ya por tercera vez en lo que llevan nuestras vidas, volvimos a tomar decisiones. Porque cuando todos nos preguntan cómo es que vivimos así o por qué somos de esta manera y empiezan a calcular la plata y pensar cómo vivimos y lo mal/bien que vivimos, nosotros nos reímos. Durante estos años sólo tomamos decisiones. Quizá ese sea el quid de nuestra vida.

Pero volvamos en nuestro “problema”. Haberle dicho si a Barna (a esta alturas ya somos intimas) fue poner en discusión muchas cosas. La escritura cayó en la volteada. Es cierto que el hábito no hace al monje, pero la escritura era el condimento importante de nuestros viajes. No escribíamos porque viajábamos sino que viajábamos porque escribíamos.

Siempre dijimos que la escritura respondía a nuestro egoísmo. Fue el modo que encontramos para tolerar este mundo tan distinto que nos rodeaba y nos rodea. ¿Por qué egoísta? Escribir fue y es para nosotros exclusivamente. Y ustedes, que nos leen desde siempre o de casualidad, son cómplices de nuestro egoísmo. Escribir es un modo de luchar contra la inmortalidad, de permanecer. De perpetuar el viaje y la existencia.

Pero, en realidad y siendo sinceros, somos tres los que escribimos. Ya no hay Lucas ni Ludmila, existe un él o ella, que se apropia de las palabras y las muestra como propias. Casi como si ese tercero es él que nos dicta que escribir. Él que aparece entre papeles e imágenes, entre las ramas de los árboles, entre rostros desconocidos. Algunos le dicen musa, otros inspiración, nosotros aún no le pusimos nombre. Simplemente lo escuchamos, lo llevamos a caminar y lo tipeamos”.

Pero algo había pasado. Algo se había roto. Ya no había nada que decir. La fuente, las palabras, las historia todo se había secado. Y por eso le dijimos que sí a Barcelona.

Necesitábamos parar. Acomodar sentires e ideas. Recuperar la perspectiva, pisar el suelo firme y dormir más de cinco noches en una misma cama. Las palabras no salían porque no estábamos cómodos. Extrañábamos la idea de casa, de hogar, de llaves propias y de una taza con el té que nos gusta.

Decidimos parar de viajar. Descansar los pies, la vista y las espaldas. Decidimos venirnos a vivir a Barcelona. A probar suerte. Por un tiempo. Un ciclo, una etapa más. Por que como ya descubrimos, nada es para siempre. Ninguna decisión tiene que ser pensada para siempre. Es el hoy. Ahora. Y ahora queremos estar quietos.

Y mágicamente (¿o no) descubrimos que aún nos quedan tantísimas historias por contar. Volvimos al ruedo, pero esta vez desde casa.

¡Y se siente muy lindo! ¡Y sí, es Barcelona, así que seguimos viajando igual!

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La excusa para hablar sobre nosotros

“Twenty years from now you will be more disappointed by the things that you didn’t do than by the ones you did so. So throw off the bowlines. Sail away from the safe harbor. Catch the trade winds in your sails. Explore. Dream. Discover.”

Mark Twain

“Nuestra historia es simple. Podría ser la historia de cualquiera persona acá presente, pero con sólo una única diferencia: Nosotros nos animamos. Nosotros tomamos la decisión y lo hicimos: salimos a cumplir nuestro sueño. Uno de nuestros tantos sueños.”

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Así comenzaba la charla que dimos semanas atrás en Aktau, una ciudad de Kazajistán ubicada a orillas en el Mar Caspio. La charla tenía lugar en la terraza de un hotel cinco estrellas, ubicado frente al mar, desde donde se veía el sol caer como una bola roja sobre la perfección del horizonte.

Había casi veinte mesas, todas ocupadas. Los kazajos son elegantes y esa terraza invitaba a hacerlo. Todos estaban bien vestidos, tomando una margarita y comiendo quesos franceses.

Ahí estamos nosotros dos, improvisando una charla mitad en inglés, mitad en ruso, en zapatillas. Haciendo lo que más nos gusta, contar historias:

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Somos Lucas y Ludmila, de Buenos Aires, Argentina. Casi treinta años y una carrera universitaria. Vivíamos en un lindo departamento amueblado, teníamos un auto, libros, electrodomésticos y un balcón con muchas plantas. Un día, decimos deshacernos todo. Renunciar a nuestros trabajos, regalar las plantas y donar nuestra ropa. Ese día sacamos dos boletos de avión con destino a Nueva Delhi, India. No teníamos previsto fecha de regreso.

Nuestra familia y nuestros amigos nos trataron de locos. Estábamos equivocados. Estábamos a punto de desperdiciar toda nuestra vida. Teníamos que casarnos, tener hijos, formar una familia, comprar más plantas y conseguir un trabajo mejor. Pero nosotros no queríamos eso para nosotros. Al menos, no en aquel momento. Nosotros queríamos viajar. Conocer el mundo y conocer las personas que habitan el mundo. No queríamos quedarnos sólo con los estereotipos que vemos en televisión ni con los libros de historia, queríamos conocer el mundo de primera mano: a través de nuestros propios ojos y en profundidad.

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Llegar a India no fue fácil. Nosotros también teníamos nuestros propios miedos. Nunca habíamos viajado tan lejos ni a culturas tan distintas. Los primeros cinco minutos en la estación de Nueva Delhi fueron terribles: bocinas, ruido, gente, olores fuertes, vacas, basura, mendigos, niños desnudos pidiéndonos plata. Fue un golpe duro. Una cachetada. De pronto y por arte de magia, habíamos dejado la burbuja en la que vivíamos en Buenos Aires y habíamos llegado a la otra punta del mundo. Una parte del mundo donde pasan cosas, donde estallan bombas, donde la gente tiene hambre y donde las vacas se pasean por las calles. Todo lo que habíamos visto de India en películas y documentales, ahora cobraba vida delante de nuestros ojos.

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Mis pensamientos fueron dos: “Esto es de verdad y yo quiero volver a mi casa”. En ese instante, un grupo de mujeres nos rodeó y empezaron a tirarnos de la ropa y de las mochilas pidiéndonos plata. Yo quería llorar. Como pudimos, conseguimos una habitación en un hotel mugriento. Me pasé una semana enferma. Triste, descompuesta y dudando de haber tomado la decisión incorrecta. Pero ya estábamos ahí. Habíamos volado desde Buenos Aires y no teníamos fecha de regreso. Decidimos tomar coraje y darle una nueva oportunidad a India. Sacamos un boleto de tren hasta Amritsar, la frontera con Pakistán.

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De aquel día pasaron más de tres años. Tres años en los que estuvimos viajando alrededor del mundo. Hasta el momento, recorrimos más de cuarenta países en tres continentes: América, Europa y Asia (nuestro favorito).

presentación - aktau - kazajistan -8Tres años donde conocimos infinidad de personas, de historias, problemáticas sociales, modos de pensar, distintas religiones y distintos modos de vivir. Donde aprendimos historia, geografía, religión pero donde, sobre todo, nos enfrentamos a la cantidad de prejuicios y desconocimiento que tenemos. Pero en estos tres años no solo viajamos de un lugar a otro, de un país a otro, sino que, también, escribimos sobre nuestro viajes. Documentando todo lo que vimos para que quienes no pueden viajar, si lo hagan desde la comodidad de sus casas. Escribimos, también, para achicar distancias culturales. A fin de cuentas, sólo conocemos el mundo a través de los diarios y la televisión y ellos nunca dicen la verdad.

Por ejemplo, de los países en vías de desarrollo recibimos solamente malas noticias. Unas de las cosas buenas de ser escritores de viaje es que podemos dar buenas noticias de lugares como Bangladesh o Bosnia y Herzegovina (que suenan como países terroristas). Ellos son personas como nosotros, amán, sueñan, llorar, ríen, festejan. Las diferencias culturales son algo mínimo pero nos hacen creer que es el todo.

Sí, lo primero que aprendimos en estos tres años de viajes es que a los países los hacen las personas que en ellos habitan. Nos pasó en Europa, cuando estábamos a punto de cruzar a Rusia en pleno conflicto con Crimea. Todos nos decía que Rusia era peligroso, que nos iban a secuestrar y a matar. ¡Que no vayamos por nada del mundo!

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En total estuvimos casi tres meses en Rusia; Cruzamos desde San Petersburgo hasta Mongolia. Más de 6.000 kilómetros donde casi exclusivamente hicimos dedo (autostop). Nadie nos mató, ni nos secuestró. Al contrario, el pueblo ruso fue uno de los más hospitalarios. Son buena gente pero con muy mala prensa internacional.

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La gente de los distintos países está dispuesta y orgullosa de mostrarte su cultura. Los niveles de hospitalidad que uno recibe en la ruta son increíbles. Sobre todo en países que están catalogados como “Ahí no hay que ir”.

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Nosotros no viajamos de manera superficial. Tratamos de meternos en cada destino y no somos los únicos. Cada vez es más la gente que se toma el viaje como un estilo de vida y no como un simple plan de vacaciones dos semanas al año. Podemos decir que no viajamos por las fotos, ni para sacarnos una selfie, viajamos para aprender a ser mejores personas.

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Pero no siempre nos va bien en el viajar. Muchas veces nos encontramos en situaciones peligrosas donde tuvimos miedo. Ante cualquier situación complicada o que nos sentimos inseguros siempre tenemos un arma que nos protege y que hasta ahora nos va muy bien: SONREÍR.

También confiar en el instinto. Cuanto más lo usamos, más aprendemos a escucharlo. Viajar es fácil, en lugares remotos no hay que entrar en pánico, simplemente hay que rodearse de buena gente y ver que la gente en todo el mundo va a tratar de ayudarte y no de lastimarte.

En resumen, podemos decir que viajamos para

√ Aprender: Historia, cultura o religión, por ejemplo. Aprendemos de las cosas buenas de cada país y tratamos de implementar en nuestro día a día y también, aprendemos de las cosas malas. Tratando de evitarla y cambiar.

√ Conectarnos: Con nosotros mismos, con la naturaleza, con las personas.

√ Sorprendernos: Viajando descubrimos todo un mundo nuevo del cual no teníamos idea.

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Viajar, por su parte, atenta contra nuestro etnocentrismo. Nos muestra que no somos los únicos, ni los mejores. Que nuestro país no es el ideal, que nuestras políticas internacionales no son buenas, que nuestro empleo es malo, etc. Nos demuestra que las cosas no son como creemos que son. Viajar nos obliga a cambiar el chip básico de la vida. Y para eso la empatía es primordial, conocer al otro, comprenderlo y no juzgarlo sólo por ser distinto.

Durante el viaje hicimos cosas que nunca creímos que íbamos a hacer, conocimos personas que nos cambiaron y vivimos cosas que vamos a recordar por el resto de nuestras vidas.

Mucha gente cuando le contamos de nuestra historia nos dice: “Oh, yo quiero viajar tanto como ustedes”, y la realidad es que la mayoría de nosotros en este recinto, en realidad, puede hacerlo. El mundo no es un lugar peligroso como nuestras familias, los medios y la sociedad nos hace creer. Se necesita tiempo, que es algo que todos tenemos. Y es mentira que se necesita coraje, simplemente un poquito al principio para comenzar. Tampoco se necesita ser millonario ni gastar miles de dólares. Los gastos se resumen en tres grandes grupos. Transporte, comida y alojamiento. Si se lleva esos gastos a un mínimos aceptable (para uno mismo) puede llegar a ser más barato que vivir en tu propia ciudad. Para eso se necesita ingenio: La necesitad es la madre de las invenciones.

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Pero viajar también tiene su parte negativa, por eso no es para todos. Uno a veces extraña, se siente solo (por más que viajemos acompañados), uno se enferma, hace mucho calor o mucho frío. Si uno supera eso y sale a la ruta con ánimos entonces significa que la ruta es el camino.

presentación - aktau - kazajistan -14Los viajes dependen en definitiva de la gente que uno conoce. Playas paradisíacas, fiestas o paisajes increíbles no se disfrutan si uno no conecta con la gente adecuada. La mejor manera de describir un paisaje es a través de la gente que lo habita. Y estas cosas pasan cuando uno deja la comida del sillón, apaga la televisión y empieza a vivir la realidad por si misma.

Cruzamos Rusia de punta a punta, estuvimos en el desierto de Gobbi, en la muralla China y en el Tíbet. Descansamos en las playas de Tailandia y tomamos el café más rico del mundo en Vietnam. Nos tomamos un barco por cinco días para ir a las Islas Andamán, estuvimos un año en India viviendo en monasterios y con monjes budistas, nos bañamos con elefantes y aprendimos a comer con las manos en Bangladesh y con palitos chinos en China. Estuvimos tres veces en Kazajistán y recorrimos la ruta de la seda. Estuvimos en Europa, cuatro meses yendo desde Croacia hasta Estonia. Reconstruimos la antigua Yugoslavia, y la ex – Checoslovaquia. Ahora, estamos recorriendo la URSS y luego, Irán. Nos gustan los viajes cargados de historia, de política y nos apasionan los destinos/lugares no comunes. Viajamos por países ricos y por países en desarrollo, viajamos en primera clase de trenes súper rápidos y viajamos a dedo. Dormimos en carpa y en hoteles de cinco estrellas. Comemos con las manos, con palitos chinos y cubiertos de plata. Nos adaptamos, nos flexibilizamos.

Viajar, hoy para nosotros, es sinónimos de vivir. Nuestra vida es el viaje, por que a fin de cuentas, es el modo que encontramos de sentirnos vivos. Y en el peor de los casos, es el modo de juntar una buena cantidad se historias para contarle a nuestros futuros hijos cuando se vayan a dormir.

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Comida instantánea, viajes instantáneos

“Cuando las cosas suceden con tal rapidez, nadie puede estar seguro de nada, de nada en absoluto, ni siquiera de sí mismo.”

La lentitud – Milan Kundera

Ella vuelve a su casa y saca del freezer una bandeja de comida congelada que compró en el supermercado. La pone en el microondas tres minutos y ya tiene la cena lista. Se siente con el plato de comida frente a la computadora y busca “Imperdibles para ver en dos días en Praga”. Decide anotar el nombre de la plaza del reloj astrológico y decide anotar, también, el nombre del Puente Carlos. No sea cosa que se olvide y se pierda de verlo y sacarse su selfie ahí mismo. Esos dos son los “must to see” de la ciudad. Su instinto, aún humano, la lleva a buscar una lapicera y una hoja de papel. Pero se arrepiente. Abre una aplicación de su celular y ahí lo anota. Por las dudas, abre Facebook y pregunta en uno de los tantísimos grupos de viaje, que  es lo que hay para “ver y hacer” en dos días en Praga. Yo le respondería que sentarse a tomar una cerveza en alguno de esos bares viejos perdidos en alguna callejuela lejos del centro, pero se que no me va a escuchar. Ella no quiere perderse absolutamente de nada. Volver del viaje sin su foto, sería bochornoso.

Estos dos momentos, la comida instantánea y las “indispensables” guías de viaje, no parecen hechos relacionados pero lo están. En un mundo donde no hay tiempo de cocinar, seleccionar los ingredientes, saborear la comida, compartir la mesa, charlar, tampoco hay tiempo para preparar un viaje. Quedan pocos valientes que leen un libro o crónica de viaje (ni hablar de un libro de historia) o abren un mapa; la mayoría buscan imprescindibles en internet o miran un video resumido en Youtube. Hoy todo es instantáneo y la preparación de un viaje se condensa en siete consejos y 650 palabras. Los partidarios de la comida rápida son, también, partidarios de las lecturas rápidas. Su estilo “fast food” no incluye lecturas literarias. En todo caso información y sólo con un fin práctico.

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Cuando vivía el Buenos Aires todo me llevaba a correr. Amanecía con la prisa de no llegar tarde a la carrera del frenesí. El viaje, en ese sentido, fue un punto de inflexión.

Fue en una tarde de primavera soleada y fría en el Himalaya, en India. Estábamos varados entre los pueblos de Sonmarg y Kargil. La ruta estaba cortada. Un derrumbe de nieve había caído sobre el camino, hace horas que estábamos ahí esperando a las maquinas para que despejen la ruta.

Bajé del Jeep y empecé a caminar en largas zancadas entre los autos detenidos que esperaban. Cuando llegué el punto exacto del bloqueo, maldiciendo las condiciones de la ruta y de todo el tiempo desperdiciado, vi a familias de indios (nenes, padres y abuelos), jugando con la nieve que obstruía la ruta. Parecía ser el único impaciente. Volví al Jeep y vi a mis compañeros, sentados en el piso con sus ropas abrigadas y gorros de lana tomando té y señalando los picos nevados que nos rodeaban. Ahora, además del único impaciente, parecía ser el único que no se permitía disfrutar de uno de los paisajes más descomunales que tuve en frente. La paciencia y la contemplación no suelen ser práctica habituales.

Vivimos en un mundo instantáneo donde todo tiene un carácter de urgencia. Son muy pocos los que se toman el tiempo para leerle un cuento a sus hijos a la noche, incluso para leer una novela o ver una película de más de noventa minutos. Y esta vida rápida invade todos los aspectos de nuestra existencia y hasta hace que nuestros viajes, también, sean rápidos. Y por rápidos no me refiero necesariamente a la cantidad de días. Da lo mismo que tengas un fin de semana, quince días o un mes. Siempre se corre igual.

Las guías de viaje y los blogs tenemos gran parte de la culpa de eso. “10 cosas imperdibles para hacer un París”, “Lo que no podés dejar de ver en Tokio”, “9 + 2 consejos para ahorrar en tu viajes”. El viajero ya ni siquiera tiene tiempo de pensar o experimentar su viaje. Ni siquiera de darle un significado. Ya no hay lugar para la sorpresa ni para la instantaneidad. Las casillas de correos explotan de mensajes que preguntan sobre cómo recorrer tal ciudad, como volar más barato hasta allá, o donde comer mejor. Y lo peor, lo más terrible, es que todas esas respuestas ya están. Google lo tiene. Lamentablemente, parecería que hoy en día sólo se viaja para decir “yo también estuve ahí” y por supuesto, subir la correspondiente foto a las redes sociales.

En aquella ruta del Himalaya hice algo anacrónico, algo en vías de extinción. Realicé un viaje que no era una carrera con una lista de pendiente por cumplir lo antes posible y volver agotados a nuestras casas alborotándonos de recuerdos completamente olvidables. Un viaje, en realidad, se trata de guardar unos pocos recuerdos inolvidables, esos que todavía hoy podemos oler, escuchar o palpar.

Para eso nada mejor que “viajar lento”, porque es la mejor forma de tener experiencias que son únicas, auténticas, ricas en significado y en detalles. Poder conectar con esas experiencias nos llevará al centro de nosotros mismos en ese lugar. Son experiencias que nunca vamos a poder encontrar en Google.

No es que las guías de viaje sean malas de por sí (nosotros escribimos algunas e incluso son las entradas más vistas), pero reconozcámoslo: no tienen alma, ni poesía, ni sentimientos. Generan viajes repetidos y listas de lugares para ver. En cambio, en el pasado hubo grandísimos viajeros y no hay nada mejor que viajar acompañado de uno de sus libros. Tiziano Terzani decía: “Los libros eran mis mejores compañeros de viaje. Estaban callados cuando quería que estuvieran callados, me hablaban cuando necesitaba que me hablasen. Un compañero de viaje, en cambio, es difícil, porque impone su presencia, sus exigencias. Un libro no, un libro calla, pero está lleno de cosas hermosísimas.”

Por lo tanto, contra la locura universal de la vida rápida, dónde la comida instantánea para microondas va ganando terreno, levanto la bandera en contra. En contra de los “Cinco lugares que sí o sí tenés que ver”, los “Diez consejos necesarios para tu existencia” y “las guías indispensables”. Google está lleno de información desde como preparar una valija, tutoriales de como despacharla en el aeropuerto, hasta videos explicando como subirse a un subte en una ciudad asiática.

Los blogs de viaje estamos creando una generación de lectores vagos y holgazanes que no se detienen a pensar por ellos mismos. Esto hace que los viajes modernos condensen “todo lo que hay para ver” logrando así llenarse de recuerdos olvidables con el tiempo. En vez de buscar aquellos inolvidables, que nunca pero nunca van a aparecer en una guía.

¿Por qué India?

* Aclaración: Si bien este post intenta reflejar nuestras sensaciones y experiencias personales en India. Los motivos acerca de por qué uno decide conocer este destino se pueden hacer extensivo a todos los viajeros que han visitado, o tienen intenciones de visitar, el país. Aclarada la doble lectura del texto, seguimos adelante:

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Desde que decidimos viajar a India sin fecha de regreso esta pregunta dio vueltas en nuestra cabeza. No teníamos en claro porque queríamos ir a ese país, no sabíamos mucho, ni teníamos contacto alguno con su cultura. Tampoco sabemos por qué nos gustó ni por qué terminamos pasando más tiempo de lo que teníamos previsto.

Cuando dejamos India, allá en marzo del 2014, lo hicimos con la promesa de volver. Incluso, desembarcamos en Buenos Aires sabiendo que efectivamente íbamos a volver.

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Dos años después, nuestra promesa se cumplió. Volvimos a India por cuarta vez. En total, contando salidas y entradas, visas que se vencían y pasajes que no podíamos cambiar, pasamos ocho meses en este país. Y ahora venimos por otro tanto.

Y por más que lo intentemos tampoco logramos darle una respuesta a la pregunta de por qué volvimos ¿Por qué India?

¿Qué nos atrae de ese modo de vivir y de pensar? ¿Qué es lo que nos llama la atención de esa cultura? ¿Qué buscamos cuándo decidimos conocer realidades tan distintas?

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India genera misterio. Su mismo nombre abre un sin fin de interrogantes y suena muy prometedor. Un nombre tan ajeno como conocido. Porque lo cierto es que todos tenemos cierta idea y preconceptos sobre el profundo y complejo país. Las vacas en la calle, la basura, el namasté, la pobreza, el esplendor de los palacios, los camellos, las castas, la sociedad patriarcal, la cultura milenaria, los sadhus, la trascendencia. Esto es lo más sorprendente de India: lo absoluto.

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Por supuesto que entre quienes deciden visitar India no se presentan los mismos motivos. Algunos viajan sólo por la foto en el Taj Mahal (en incluso se llevan vestimenta especial para la ocasión). Otros viajan para tomar cursos de medicina ayurvedica o instructorados de yoga. Otros por la curiosidades y por lo exótico. Otros por negocios, a mayor o menos escala la ropa india se vende en cualquier parte del mundo. Otros sueñan con los mercados y los bazares de especias. Otros por la comida. Otros por los económicos y efectivos tratamientos dentales. Otros en búsqueda de la iluminación. Nos sorprendió muchísimo la cantidad de occidentales que renuncian a su vida capitalista para iniciarse en los caminos espirituales. En ese aspecto, India está idealizada. Si bien la espiritualidad se vive en la calle, lo cierto es que la sociedad está creciendo para el otro lado. Los occidentales renuncian al Iphone para acercarse a Dios, los indios renuncian a Dios para acercarse al Iphone. Otros aún nos seguimos preguntando el por qué. Y así vamos y volvemos.

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Los motivos de un viaje a India son múltiples e India parece satisfacerlos todos. Lo único común es el resultado: no deja a nadie indiferente. Podríamos detenernos un buen rato hablando de las expectativas, y la autenticidad que supone viajar a India, pero eso ya lo hicimos en otro lado.

Si tuviésemos que esbozar una respuesta de por qué India podría basarte en nuestros temores. No hay nada más peligroso que la comodidad y, últimamente, estamos muy cómodos viajando.

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Más aún, volvemos a India para seguir adentranos en su mundo y comprender, en la medida que nuestras mentes racionales lo permitan, un poco más su entramado social. Pero también volvemos porque extrañamos. No tanto a India sino a quienes somos nosotros cuando estamos en India

Extrañamos la vida simple del chai (bebida típica a base de té con leche que se sirve en la calle) a media tarde con un paquete de galletitas Parle. Extrañamos el Thali, las calles sin veredas y con cabras, sacarnos las sandalias antes de entrar a cada templo, hogar o negocio, el comer huevos a escondidas en algunos lugares porque está prohibido, lavarnos los pies todas las noches por la cantidad de tierra que juntaron a lo largo del día, buscar lugares que sirvan un desayuno no tan picante, los timos, el regateo, la sonrisas de los niños y la mirada penetrante de los viejos. Extrañamos la escalinatas del río Ganges y la gente que ahí espera la muerte, porque India debe ser el único lugar del mundo dónde la muerte se espera pacíficamente. Extrañamos no entender absolutamente nada de lo que pasa a nuestro alrededor. Extrañamos la humildad, la pasión y la fe.

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El karma. La paradoja constante. El sin sentido, lo absurdo, lo inadmisible. Extrañamos los dualismos: la pobreza extrema y el desarrollo capitalista, la renuncia de los sabios y el aferramiento de los aprendices. India nos hace ir a dormir llorando y levantarnos amando estar vivos. Esas cosas ocurren, por más que suenen imposibles. Extrañábamos la humanidad, por eso volvimos.

Extrañábamos ser y no ser nosotros mismos, porque en India la identidad desaparece. Acá no existen Lucas y Ludmila, no existe la psicología ni SAP, ni nada que conozcamos. Volvemos porque queremos escribir un libro, y esta vez parece que va en serio.

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Tres años de apuntes nómadas

“Ir y venir, seguir y guiar, dar y tener, entrar y salir de fase, amar la trama más que el desenlace”
Jorge Drexler

Hace tres años, precisamente un día entre navidad y año nuevo, decidimos sacar un pasaje a la India sin un itinerario armado. No teníamos idea de lo que eso significaba. Nos era demasiado ajeno y lejano. Para nosotros un salto chico, disimulado, ínfimo. Volar a India, renunciar al laburo, vender todo lo que teníamos. No caíamos en lo que estábamos haciendo. Quizá por eso lo hicimos ¿Fue un instante de lucidez o de locura?

El paso siguiente fue anunciarlo a las familias y abrir este blog. Una suerte de cuaderno virtual, testigo de nuestros pensamientos. Apuntes nómadas. Lo abrimos para la familia y los amigos, también para nosotros. Nos permite ordenar todo lo que vivimos y no procesábamos. Pronto comenzó a leernos más y más gente y nunca dejamos de estar agradecidos por ello. En cierta ocasión le dedicamos unas palabras.

La escritura fue nuestro seva, esa tarea desinteresada que no hacia más que enlazarnos con nosotros. Fue nuestra terapia, nuestro vinculo con el viaje. El modo de tolerar ese mundo tan distinto que nos rodeaba y nos rodea. Escribir fue lo más egoísta que hicimos. Fue y es para nosotros exclusivamente. Y ustedes, que nos leen desde siempre o de casualidad, son cómplices de nuestro egoísmo. Escribir es un modo de luchar contra la inmortalidad, de permanecer. De perpetuar el viaje y la existencia

Extracto de Post #100

Pensamos bastante en el cómo celebrar este aniversario viajero-escritor. Empezamos a recapitular para atrás. Y recién ahí caímos en la cuenta de que nunca habíamos notado cierto detalle. Nunca habíamos reparado en ellos, en quienes hacen que esto de estar lejos y en movimiento nos sea tan ameno. En quienes nos abrazaron sin conocernos, en quienes nos abrieron las puertas de sus casas, en quieres nos cebaron un mate y nos regalaron una sonrisa.

Estos tres años son un agradecimiento al camino y a todas las personas que el camino nos presentó. A los camioneros rusos, a las jóvenes chinas, al viejo de Hungría, a nuestros amigos, a nuestras familias, a las de siempre y a las adoptivas.

Tres años -7

Tres años de viaje y nunca estuvimos solos.

*Spoiler: Este post se puede convertir en el más bizarro de todos. Otros van a contar cosas sobre nosotros que nunca dijimos. Serán quienes fueron nuestros compañeros de viaje (por algunas horas, días o meses) los que toman la palabra en este festejo:


Después de una noche terrible en un colectivo nepalí llenos de borrachos y de música a todo volumen llegamos a la frontera de India. Del otro lado nos esperaba la ciudad de Daarjeling. Volvíamos a aquel país que tanto nos había fascinado. Pero no íbamos a cruzar solos, ahí conocimos al Memo:

Recuerdo que yo salía de Nepal, tomamos el mismo camion que nos llevó hacia la frontera; entramos a la oficina los 3 a que nos sellaran los pasaportes y nos fuimos a Darjeeling. Seguro Lucas va a recordar ese trayecto por los Himalayas en la parte trasera del 4×4, no paraba de vomitar, jajaja, lo siento, Lucas, pero a veces nos toca pasar esos ratos. Al llegar a Darjeeling buscamos un hostal y recuerdo que estaba lindo. Nunca olvidare nuestra visita a los sembradíos de té. Los 3 íbamos con playeras verdes, lo recuerdo bien ese día.

La tarde fue muy bonita, estábamos en un restaurant tomando té, la vista era hermosa en las montañas.

Otro día, fuimos a caminar a un templo lindo, que nos dijeron que desde allí, se veía la 3era montaña más alta del mundo y que si a veces el clima lo permitía, podia verse el Everest. Justo en esa caminata nos dimos cuenta que Lucas y yo, usábamos el mismo tipo de calcetines Nike Dri fit, y claro Lucas traía 2 izquierdos o 2 derechos no recuerdo jajaja.

Por último y no menos importante, recuerdo bien que llegamos a cortarnos el pelo a una peluquería y Lucas, después de 3,4 meses sin rasurarse, decidió rasurarse ahi, me quede impresionado con la técnica del peluquero.

India – 2013

Junto al Memo

Junto al Memo

Ver a un francés con la remera de México y que hable de “chelas”, “no mames güey” y de “cabrones” no pasa todos los días. En Vang Vieng  encontramos uno junto a Bere. Ella sí es mexicana. Ambos escriben sobre viajes y gatos en Sin Destino Fijo.

Estábamos Mat y yo comiendo en un mini restaurante en Vang Vieng, Laos, yo me devoraba un laap tan delicioso con algunas -varias- chelas, cuando una pareja se acerca a nosotros y nos dice:

“¿Vos sos una bloguera de viajes?”

Y ahí comenzó todo. Quedamos de vernos esa tarde para unas chelas, y dando fondo a varias, charlamos de lo más sabroso. Nos encantó su manera distinta de haber vivido India, tan distinta de la nuestra… de la de la mayoría.

A la mañana siguiente nos encontramos por la calle (no es difícil en Vang Vieng), y ahí los vi tal como siempre los volvería a ver en vivo o en recuerdo: con un mate en la mano, caminando tranquilos, juntos, sonriendo….

Son pocos dentro de este gremio tan snob y saturado -los bloggers de viaje- a los que leo, sigo, y admiro. Ludmila y Lucas son parte de esos pocos.

¡Felicidades chamacos! Que los viajes sigan y que nos den para reencontrarnos, y compartir charlas; ustedes con su mate y nosotros con las chelas.

Laos – 2013

Tres años -2

Tren en India, estado de Rajastán. Mediodía, calor. Estábamos viajando con Laura y Álvaro. Apenas nos escuchó hablar se emocionó. El acento río platease se extraña. Varios días estuvimos viajando con Mathias.

Primero que nada contar como nos conocimos…como olvidarlo!! Fue en un vagón de un tren indio casi vacío rumbo a Jodhpur en el Rajastán, yo ya instalado en mi asiento asignado veo que suben 2 parejas de mochileros. Al ver que dentro de todo el vagón vacío les tocan los asientos al lado mío y todavía resultan ser argentinos….ahí es cuando dices.. lo que es el destino locooo!!

Con una de estas dos parejas Alvaro y Laura solo pude compartir algunos días en Jodhpur. Pero tuve la suerte de compartir otros destinos de India junto a estas dos personas maravillosas que son Lucas y Ludmila.

Festejar la Fiesta Holi en Jaisalmer y disfrutar del Safari por el desierto en camello son recuerdos que tengo con ellos que nunca me voy a olvidar. Saber que continúan viajando y han hecho de eso su estilo de vida por 3 años me llena de alegría.

India – 2014

Tres años -3

El verano europeo estaba en su esplendor y nosotros en Zagreb, capital de Croacia. De sólo estar en la calle vendiendo postales conocimos a unos argentinos, que a su vez conocieron a otro. Como una historia en cadena, así llegamos a Matías.

Supe de ellos dos la noche anterior a conocerlos. Yo estaba en Croacia haciendo voluntariados y tocando música en la calle para juntar unos mangos cuando un argentino de por ahí me dijo que había una pareja de argentinos que viajaba rumbo a Rusia y vendían postales, cuadernos y libros. “¿¡Un tipo alto y una chica bastante más bajita!?”, le pregunté. “¡Sí! ¿Cómo sabés?”, me dijo. La noche anterior me había enganchado con un post suyo sobre los países comunistas y me flasheó su ruta de viaje. Por aquel entonces leía varios blogs de viajeros, pero nunca antes había oído de ellos.

¡Qué carajo! Son muy copados, sencillos e interesantes. Fue la primera vez que tomaba unas birras entre argentinos desde hacía un tiempo por decisión propia. Me colaron en su hostel, me convidaron galletitas, me cebaron unos mates con lo poco de yerba que les quedaba y me regalaron mi primer libro aurografiado por sus autores (fue el primer libro que autografiaban, jeje) ¡Ojalá nos volvamos a cruzar y tengan un nuevo libro porque el primero me supo a poco!

Croacia – 2015

Berlín estaba en nuestra ruta del viaje y teníamos un contacto. Virtual por cierto, pero contacto al fin. Uno nunca sabe como pueden terminar esos encuentros, pero teníamos la sospecha de que nos íbamos a llevar bien con Valen y Jasper, escriben en Un poco de sur

A Lucas, Ludmila y a sus mochilas en viaje los conocimos por eso de las casualidades -que son más bien causalidades-, tuvimos la suerte de unirnos a un grupo de bloggers del que ellos también hacen parte. Gracias a ello nos hemos reído virtualmente más de una vez, hemos visto como su proyectos crecen y por cosas de la vida acabamos recibiéndolos en la ciudad a la que ahora llamamos “hogar”. Allí tuvimos el placer de disfrutar de su compañía en carne y hueso por unos pocos días mientras discutimos entre cervezas y solucionamos el mundo.

Se fueron y nos dejaron con imágenes de su paso por la india en libretas hechas a mano donde hoy apuntamos las ideas del próximo viaje con la esperanza de volveremos a cruzar en el futuro en algún otro punto del globo. Nos quedamos con las ganas de conocer al primo de Lucas y doble de Jesper de tomarnos unos mates y algún Fernet -y de seguir solucionando el mundo, claro-.

Igual nos toca en otro continente, que más da, eso si, prometemos no volver a bailar la macarena jamás.

Berlin – 2015

En Varsovia nos alojaron por Couchsurfing Pawel y Eva, una pareja de polacos tomadores de mate y amantes de Argentina.

Conocimos a Ludmila y Lucas en Julio 2015 cuando vinieron a Varsovia, Polonia. Se nota que son viajeros expertos, con miles de kilómetros y muchos meses recorridos en el mundo, siempre dispuestos a conocer los lugares que visitan y compartir anécdotas de sus viajes. Pasamos un fin de semana juntos, recorriendo la ciudad, charlando, tomando mate y mirando películas rioplatenses. Lo que nos sorprendió en ellos era su gran admiración por Ryszard Kapuscinski, un escritor, reportero, periodista y viajero polaco que les inspiró a viajar y conocer el mundo. Su entusiasmo por la literatura de Kapuscinski los llevó al cementerio de Varsovia donde, como es de costumbre, dejaron biromes en la tumba de ese escritor polaco. Ludmila y Lucas son muy buena onda y siempre muy bienvenidos acá. Los esperamos con unos mates.
Varsovia – 2015

Tres años -4

Esteban, el curioso es un caso aparte. Un loco suelto que aterrizó en Moscú proveniente de Uzbekistán. Juntos estuvimos unos días vendiendo postales, sacando fotos.

Recorriendo el mundo tuve el place de encontrarme con una pareja viajera como pocas. Lo mejor fue compartir unos días en Moscú. Ahí, a unos metros de la Plaza Roja, compartimos mate, venta de postales y muchas charlas con los locales. Una parte de mi viaje que recuerdo con alegría y con el deseo de volver a verlos.
Moscú – 2015

Tres años -8

8 días en el Desierto de Gobi con 6 personas puede ser mucho tiempo. Algunas secuelas dejó. Como este extracto de Lola, la venezolana devenida en mexicana:

En septiembre de 2015 se empezó a escribir el guión de María de La Mongolia, el nuevo bestseller de las telenovelas mexicanas. Por supuesto, era toda una controversia volver a tener a Thalía en un papel protagónico, después de tantos años, así que se barajaron otros nombres, como el de Jackie Bracamontes, y algunas rubias pero localmente impopulares actrices argentinas.

Mientras tanto, la historia iba tomando forma en su tierra raíz: Mongolia. Bajo un nuevo formato audiovisual, 6 viajeros formaban parte de un reality show, bajo la inocente idea de que tomaban un tour rumbo al desierto de Gobi.

Allí conocí a María La Refugiada y a El Terrorista – de nombre desconocido- , los famosos y muy populares – en el futuro – padres de María de La Mongolia. En su alter ego, pensaban que eran blogueros de viajes y (esta es la parte más divertida) que en realidad no tenían hijos.

Lo cierto es que al final María La Refugiada y El Terrorista terminaron envueltos en varias historias oscuras, incluyendo la de las botellas de vodka desaparecidas, algunos temas de diplomacia germano-colombiana y franco-latina, la controversia de la comida para los locales, y otra que incluía el color de las uñas de un vendedor al borde de una carretera.

Estoy segura de que hoy esos dos personajes aman comer cordero con grasa, extrañan desayunar pan con mermelada todos los días del mundo, y dejaron a nuevos antagonistas de novela en Mongolia, además de un pañuelo extraviado en China.

Felices 3 años, Papás Mochilas.
Mongolia – 2015

Tres años -10

O el de Jean-Romain, el franchute que hablaba español con acento raro:

Recuerdo que la primera vez que vi a Lucas, fue en Idre Hostel en Ulanbaatar. Yo estaba buscando compañeros para visitar el país, y preguntaba en los hosteles. Tenía la impresión de estar viendo a un oso con su barba.

La primera cosa que me dijo fue que yo parecía un maricón, perfecto para empezar este viaje. Con suerte, conocí a Ludmila después, y era más amable. Decidí hacer mi viaje con estas dos increíbles personas, además de Claudia de Colombia, María de Mongolia y Markus de Alemania. Juntos, éramos lo que se llama:” La familia de Mongolia”.

Después de 8 días, no era posible olvidar todo lo que pasamos juntos. Ahora debo ver a un psiquiatra dos veces por semana.
Mongolia – 2015

Tres años -9

Tres años -6

Es difícil reunir tres años en un sólo post. Este fue sólo un resumen. Fueron muchísimos nuestros compañeros de viaje. Incluso, hay otros que pasan más desapercibidos, como Messi o Maradona que son la excusa perfecta para comenzar una conversación esta parte del mundo. O nuestras mochileras, sandalias y cuadernos.

No los vamos a aburrir más, simplemente agradecerles a cada uno de ustedes por estar del otro lado. Y si por alguna razón están dudando si irse o no de viaje, tengan ese estado de lucidez y háganlo. Acá va a ver dos argentinos con mate y con ganas de cruzarlos en alguna esquina del planeta.

Abrazos y feliz año.

Extrañando Argentina

“Primero hay que saber sufrir 
después amar, después partir 
y al fin andar sin pensamiento.” 
Homero Expósito

Estamos lejos. Tartu, ciudad de Estonia, está a poco más de 12.000 kilómetros de Buenos Aires, y nuestra cabeza y nuestro cuerpo se encuentran yendo y viniendo entre tantos países y océanos. Extrañar, esa es la cuestión. Volar a Argentina, una ilusión que nos mantiene en vilo.

Alguna foto en Facebook de un evento familiar, ver a los sobrinos crecer, amigos que se casan y quedan embarazos, ganas de tomarse un mate calentito e incluso escuchar “Libertango” de Piazzolla en alguna calle de Praga son hechos que estremecen el corazón. Por el tango acá pega fuerte. Sea una milonga en alguna plaza de Zagreb en Croacia o algún tema de Gardel interpretado por músicos callejeros, Argentina nos llama a cada rato.

Milonga de domingo a la noche

Milonga de domingo a la noche

¡Qué complejo el ser humano! Rara vez nos coincide el cuerpo y al mente en un mismo lugar. No es que no queremos estar viajando, pero simplemente estos últimos días nos sentimos más lejos de Buenos Aires que otras veces.

Nos pasa al subirnos a cada auto que nos levanta mientras esperamos en la ruta, basta decir que somos de Argentina para que la magia empiece a fluir. Primero nos miran con extrañamiento y después se vienen todas las asociaciones: qué el asado, que los paisajes, que la gente. Algunos lo asociación con la versión Madonna de Evita, otros con algún programa de Guido Kaczka que vieron en la televisión un domingo a la mañana y la mayoría con la música. Parecería que todos saben que Argentina es grandiosa y que nosotros estamos lejos. Es que sí, Argentina es grandiosa y todos lo saben. La fama ya está hecha.

¿Qué extrañamos? Curiosamente, todo y nada. Nos comeríamos unas buenas empanadas en Tucumán, caminaríamos por los senderos de la patagonía y comeríamos churros en la costa atlántica. Cenaríamos con amigos, e incluso disfrutaríamos de la bocinas cerca del Obelisco. Pero estamos en los Bálticos, encarando para Rusia.

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Todos nos preguntan por nuestro país. Todos parecen tener ganas de ir en algún momento. Qué decirles… Y ahí nos emocionamos hablando (y más con algunas cervezas encima). Nos pasó con unos amigos de Turquía caminando por Riga, Letonia. Cruzamos la calle, adelante una explanada y dos chicas tocando el violín. Sonaba “Por una cabeza”. La sangre bulle, estando tan lejos escuchar algo tan cercano es casi mágico. Y la emoción surge a flor de piel. Por que los argentinos somos eso, manojos de emociones condensadas. ¡Pobres turcos! Una hora los tuvimos hablando de Argentina, de lo que se puede hacer, de las callecitas, de que comer, de que tomar, de los argentinos, de alguna milonga, de una peña, de asado del domingo, del vino.

Música callejera

Música callejera

Alguien nos preguntó luego de contarle que conocíamos más de 30 países cuál era nuestro favorito. Imagínense ustedes mismo la respuesta…

Cuando uno está de viaje, un encuentro con otro argentino es una alegría enorme. Es hablar rápido, abrazarse, sentir que nos conocemos de toda la vida sólo por extrañar juntos uno buena pizza de Güerrín.

Pero a pesar de extrañar, elegimos seguir viajando. La vuelta a casa está lejos todavía. Mientras, nos refugiamos en nuestro mate, en los tangos que suenan en las calles de Europa y en los encuentros entre argentinos. A fin de cuenta, son puentes invisibles que nos llevan y nos traen de casa una y otra vez. Estar en casa, hemos descubierto, es un estado interior.

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Sobre el viajar y otras yerbas

Este texto intenta arrojar un poco de luz acerca de nuestro modo de viajar y de conocer el mundo. Preguntas cómo ¿Qué es viajar para nosotros?, ¿Por qué lo hacemos?, ¿Qué esperamos del camino? Buscarán alcanzar algún esbozo de respuesta y explicación.

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Sobre el viajar:

Viajar, para nosotros, es sinónimo de transformación y excede la cuestión nómada del asunto. Supone desaprender todo aquello que damos por verdades occidentales para empaparnos del bagaje cultural que encontramos a lo largo del planeta entero.

Viajar no se equipara solamente al desplazamiento geográfico entre un punto y el otro. También supone un movimiento interno acompañado de inquietud y de lectura. Viajar supone conocer la historia y dejarse tomar por esta. Visitar una plaza europea es mucho más rico cuándo uno sabe de las batallas y revoluciones que se libraron sobre esos mismos adoquines.

También supone conversar. Con nosotros mismos, entre nosotros y con todos aquellos personajes que el camino nos va presentando. ¡Qué tan rico puede ser viajar preguntando a las personas sobre su cultura, su historia, sus familias! Incluso, mucha veces esos mismos personajes fueron protagonistas de la mismísima historia reciente: soldados de Tito en Bosnia, sobrevivientes de la guerra de Vietnam, libertarios de la ex-Checoslovaquia, etc.

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Mercado de Zadar, Croacia

Viajar puede ser sinónimo de conocer, pero la cuestión ya no radica en la exteriorización del mismo sino en la incorporación de todo aquello que uno ve y siente. India en eso es maestra de los viajes y de los viajeros. Es una lección de humanidad y eso no se debe perder nunca de vista a la hora de conocer nuevas formas de vivir. Sea en Latinoamérica, en Paris o en Hong-Kong viajando siempre vamos a tener una personas sentada al lado nuestro. No desaprovechemos la oportunidad de conversar y descubrir cuántos verdades (o no) tiene ese otro para decirnos.

Viajar es volver a asombrarse de lo inmenso, lo magnífico y lo temible del mundo en que vivimos. Un mundo que, sin dudas, alberga muchos mundos.

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Indios curiosos en Manikaran, India

Sobre la globalización y los viajes instagrameables:

Dijimos que uno viaja para conocer nuevas culturas. Las imagina exóticas, con otros valores y conocimiento. Pero, ¿Qué pasa cuándo uno se encuentra que esa otra cultura milenaria viste de la misma manera que nosotros y tiene las mismas aspiraciones materiales?

¿En dónde queda la diversidad en tiempos de globalización masiva? Quizá suene egoísta, pero en nuestro caso tanta obturación subjetiva nos desconcierta. Seguimos eligiendo ver a una chola con trenzas y pollera, a una india con sari y henna en sus manos. Pero lo cierto es que, probablemente, ambas prefieren ponerse un jean y zapatillas de lonas.

Queremos, insistentemente, seguir preservando las diferencias (sean en los rasgos, en el lenguaje, en la cultura) que habitan el mundo. Por que en la diferencia está la riqueza. El único modo que encontramos, por ahora, es conocerlas y escribir sobre ellas.

Recolectoras de té en Sri Lanka

Recolectoras de té en Ella, Sri Lanka

No queremos que el mundo moderno siga tapando las singularidades, bloqueando las diferencias y sumergiéndonos en ese caldo de cultivo propio que son las sociedades capitalistas: misma moda, misma ropa, misma música y mismos miedos ante lo otro distinto.

Músico en Mostar, Bosnia y Herzegovina

Músico en Mostar, Bosnia y Herzegovina

Decir que el viajar es un proceso más interno que externo no parece ser novedad. Pero afirmar eso (e intentar vivirlo) en la época de las selfies y las redes sociales es todo un desafío. Por eso intentamos vivirlo de otra manera, buscando la manera de acercarnos a las distintas culturas desde un lugar menos nocivo. Tratando de pasar desapercibidos y de inmiscuirnos lo más posible en la cultura local. Eso requiere más esfuerzo y tiempo de nuestra parte pero creemos que nos da mejor resultado.

No medimos la calidad del viaje en base a los “me gusta” y las veces que se compartió en las redes sociales. Medimos el viaje en base a nuestras experiencia, en nuestros aprendizajes y en nuestros errores. Tampoco viajamos con el famoso palito para las selfies, creemos que más que la foto lo divertido sigue siendo pedirle a alguien que te la saque y de ese modo comenzar una conversación.

Notamos cada vez viajeros más individualizados, más pendientes del wifi del hostel que de la conversación que está ocurriendo en la cocina. Notamos los viajes cada vez más como un bien más de consumo, que como la posibilidad de conocer nuevas culturas.

Sobre el modo de viajar:

Podríamos viajar en avión (hay muchas compañías low cost) para llegar a un nuevo país o ciudad pero de ese modo nos perderíamos los cambios en la geografía, en la arquitectura e incluso en los rasgos de las personas. En cambio, viajando por tierra un uno va percibiendo las variaciones.

Imagínense un pueblito tibetano en medio del Himalaya. El acceso por tierra supone 40 horas de viaje en algún tipo de vehículo. La ruta comienza a los 1000 msnm y supone cruzar 4 pasos de más 5.000 msnm en el medio para finalmente llegar al destino a unos 3000 msnm. Toda esa travesía supone un carácter especial en sus habitantes que han recorrido eso a pie, a caballo o en caravanas desde tiempo inmemoriales. Si uno toma un vuelo de una hora no sabe nada de la ruta ni de las condiciones adversas que hay para llegar ahí. Ya tenemos una primera diferencia a la hora de intentar conocer la cultura nueva. Si a eso le sumamos viajar con reservas, con excursiones y con poco tiempo solo lograremos tener imágenes superficiales de los lugares. Pero si al llegar por tierra le sumamos llegar con un camionero o con una familia que nos levanto mientras hacíamos dedo, llegamos con un punto a favor. Llegamos conociendo al menos algo o a alguien. Por ese elegimos viajar por tierra y a dedo, excede lo económico. Viajar a dedo nos permite aproximarnos a las personas. Romper esa barrera entre turista con rasgos occidentales y personas locales.

En algún lugar del Himalaya entre India y Nepal

En algún lugar del Himalaya entre India y Nepal

Es mucho más esfuerzo: tenemos que ver el mapa, evaluar los caminos posibles para llegar, ver dónde pararnos, tener suerte, procurar no dormirnos en el auto, sacar temas de conversación cuándo el idioma está de nuestro lado, ver dónde bajarnos, etc. Tenemos que elegir, sabiendo que podemos ganar o perder en el camino. Si vamos en tren, avión o colectivo sólo tenemos que procurar sacar el boleto y tratar de tener la mochila lista en el horario de partida. Viajar de esta manera implica mucho de nosotros, ya que somos nosotros los que hacemos nuestro viaje. Ninguna secretaria de ninguna agencia de turismo se ocupo de ello. Viajar así cansa, pero lo seguimos eligiendo.

Exige más atención, más decisión, más esfuerzo y sobre todo más tiempo. Ningún itinerario exprés deja lugar a esto. Lo nuestro seria algo así como un “Slow Travel” o viaje lento, muy lento.

Charlando en Tangalle, Sri Lanka

Charlando en Tangalle, Sri Lanka

Sobre escribir y viajar o sobre los personajes de viaje:

Le ponemos el cuerpo al viaje, le ponemos emociones, y le ponemos palabras. Por eso nos gusta tener un blog. Nos gusta describir los lugares a través de la gente que los habita. Dejamos que el viaje nos transforme e intentamos transformarlo nosotros. A veces también, intentamos sacar sonrisas. Aunque sea preguntando “¿Cómo estás?” a las personas que nos miran con cara rara mientras vendemos postales en las calles de Europa.

El blog busca escribirse desde una perspectiva de género. Pero esto ya excede lo femenino y lo masculino, sino que el género que acá buscamos revivir y revalorizar es el género humano en tanto supone personas diversas con emociones y afectos.

Monje tibetano en Leh, India

Monje tibetano en Leh, India

Posiblemente sea una especia en camino a la extinción. Los medios siguen sembrando el odio y las diferencias entre culturas, siguen nombrando la otredad como eso a destruir y reducir. Nosotros por el contrario intentamos construir en base a eso. Las diferencias culturales (y esas no hay que buscarlas en la Indochina, un pibe de González Catán ya supone una otredad para la sociedad porteña de Caballito) son esos reflejos que muestran a la humanidad como tal.

Esas diferencias se exacerban a la hora del viaje. Uno viaja desnudo, sin conocer la lengua, la cultura ni la historia. Pero quizá, cuándo más abismales son las diferencias, mejor. Uno se refleja en un espejo de cuerpo completo y puede dar cuenta de lo majestuosa que es la sociedad humana. Viajando nos medimos, nos conocemos y sabemos de que somos capaces (en lo bueno y en lo malo), como sociedad. Intentando volver a sembrar esas antiguas leyes de la hospitalidad que veían al otro como un ser de saberes dignos de ser conocidos y aprehendidos.

En algún tren de Punjab, India

En algún tren de Punjab, India

Sobre la suerte del viajero:

Mientras viajamos nos sentimos vivos. Así de complejo y así de simple. Tal como suena. Sentimos que ahora estamos haciendo lo que queremos. Aunque sea comer siempre lo mismo, dormir en lugares no muy limpios y extrañar a la familia. Sentimos que somos nosotros verdaderamente.

Viajamos con dos centavos. A dedo, durmiendo en dónde podemos, lavando la ropa a mano cada noche, comiendo fiambre y frutas de algún mercado, caminando demasiado y sonriendo. Porque a pesar de no viajar con lujos, viajamos libremente.

Reflejos de Viena, Austria

Reflejos de Viena, Austria

Festejamos ser los dueños de nuestro tiempo y por ende de nuestra vida. Somos muy afortunados. También lo sabemos. No todos tienen las posibilidades (y eso excede lo monetario) de plantarse un estilo de así. Por eso, nunca dejamos de agradecer. No hay noche dónde no nos detengamos a pensar en dónde estamos y de todo lo que recorrimos. No hay día dónde no nos levantamos agradeciendo por tener un día más de viaje.

Veintiseís

No sé bien como empezar estás líneas. Escribir sobre otros (otras personas, otros lugares) hace las cosas más fáciles, pero escribir sobre uno es un poco más difícil. Supone mostrarse. Es cierto que siempre que escribimos nos mostramos pero nosotros quedamos solapados en la historia que estamos contando. Pero hoy no.

*

Nací un 16 de junio de 1989 en Hurlingham. Veintiséis años atrás. Fue un viernes de invierno. Frio y lluvia o, al menos, eso me dijeron. Muchas veces intente reconstruir estos veintiséis años. Al menos, estos veintiséis 16 de junio. Pero no pude. Son recuerdos fragmentados, cargados de emociones. Me acuerdo de Gelman.

“Yo no veo nada, no sé nada

ni sé en qué día nací.

Conozco la fecha pero no el día en que nací

¿O ese día es este día en que muero por enésima vez?

¿Es este día en que todos los que han muerto

se vuelven a morir conmigo? ¿o yo con ellos?”

 

Niños – Juan Gelman

Ayer, el 16 de junio me encontró en una isla de Croacia de no más de 30 kilómetros ni más de 1000 habitantes. Me encontró junto al mar. Y fue ahí, con los pies en el agua, dónde intenté volver a reconstruir estos veintiséis años. No pude. Me acordé de ciertos cumpleaños de la infancia, con Xuxa y en algún pelotero. Después las meriendas con amigas y las cervezas en algún bar. Me acordé de ciertos regalos, me acordé del festejo en India. Me acordé de las personas que no tenia a mi lado y disfruté de las que si estaban. Pero no podía dar con ese 16 de junio.

Casi siempre festejé mi cumpleaños en invierno. Veinticuatro inviernos, un monzón en India y un verano. Era la primera vez que me tocaba un día de verano con el mar de fondo. Y empecé a pensar en qué es cumplir años ¿Por qué este día vale más que resto? ¿Es acaso el nacimiento de un nuevo año o el velatorio del año que paso? Acierto al pensar que es un ciclo nuevo. Y también es una fecha para pedir: Pedir tres deseos al soplar las velas, pedir que queremos de regalo, pedir que sea un año mejor que el anterior. Pero nunca lo pensamos como la oportunidad de agradecer.

Pensar que es el segundo cumpleaños que me encuentra viajando. Ahí también me equivoqué. Si cada año supone una nueva vuelta alrededor del sol, cada año recorremos 940 millones de kilómetros. Eso multiplicado por veintiséis… Si eso no es viajar ¿Qué es entonces?

Debo confesar que en general no me gusta cumplir años. Es una fecha que me incomoda, que intento tratar de que pase desapercibida. Fueron poquísimos los cumpleaños en los que hice un festejo grande, quizá por eso. Me consuela pensar que ahora mis cumpleaños se van a asociar a cuándo festejé en tan país o en aquella ciudad. Pero ayer fue distinto. Disfruté mucho, de los saludos, de los gestos de cariño, de las sorpresas. Más que pedir me ocupé de agradecer. Pero voy a ser sincera, si pedí algo fue la oportunidad de la teletransportación. Me hubiese gustado brindar con mi papá, abrazar a mi hermano o comer la torta de mi abuela. Pero me conformé con pensar que esta vez mi objetivo no era ese. Tampoco quería seguir cumpliendo años ni recorriendo países. Ahora me divertía más cumplir países y recorrer años.

Dejé veinticinco atrás, un nuevo lustro comienza. Los veintitantos comienzan a promediarse. Sólo quiero decirles gracias. Y no mucho más por que a fin de cuentas todo esto son opiniones y los años siguen pasando.

Sobre la idea del viaje

Tenemos una idea de viaje dando vueltas en la cabeza. Cada vez que nos preguntan a donde vamos nuestra respuesta surge del mapa que tenemos mentalmente dibujado. Un mapa que sólo nosotros nos imaginamos y sólo para nosotros tiene tal sentido. Pero creemos que es injusto no compartirlo. Allí radica la cuestión del escrito, contar que nos imaginamos con este viaje. Esto no quiere decir que vayamos a cumplirlo a rajatabla, pero por lo menos es lo que hoy pensamos y lo que nos gustaría que ocurra.

Primera etapa: Europa central y del este

Incluye los siguientes países:

Europa central y del este

Es una entrada en calor. Volver a ponernos a ritmo con esto del viajar. Países pequeños pero con mucha historia (pasada y reciente). Fronteras que aún no están claras, subjetividades mezcladas y un pasado comunista que aún sigue latiendo. Pensar esta parte de Europa también nos obliga a pensar el viaje en torno más a ciudades (particularmente capitales) que en países.

A partir de Polonia nos metemos en lo que supo ser uno de los imperios más grande de la historia.

Segunda Etapa: Rusia, Mongolia, China

Son exactamente esos tres gigantes países

Rusia, Mongolia, China

Son gigantes. Inabarcables. Las distancia, el idioma, la cultura y la historia, todos parecen ser obstáculos que nos acobardan. Tomaremos carrera y los cruzaremos. Con grandes personajes que supieron conquistan sus vastos territorios (Gengis, Lenin, Mao). Utilizando como medio de transporte el famoso tren transiberiano

En verde las dudas. ¿Dónde pasar el invierno? Filipinas y Bangladesh nos resultan interesantes. Y también está latente la posibilidad de volver a nuestra bien querida India. Sobre la marcha se verá.

Tercera etapa: Asia central

Incluye los siguientes paises:

Central-Asia-Map

Los famosos -stanes de los que sabemos tan poco. Países olvidados en la geografía mundial. Para nosotros también son grandes incógnitas. Todos estos países fueron parte de la URSS.

Cuarta etapa: Medio oriente y Cáucaso

Incluye a los siguientes países:

  • Irán
  • Azerbaiján
  • Georgia
  • Armenia
  • Turquía

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¿La ruta de la seda? Posiblemente. Pero no sólo eso. Historias, guerras, genocidios y disputas que no son tapa de ningún diario. También por aquí pasó la URSS

Quinta y última etapa: Balcanes y Europa del este

Incluye los siguientes países:

  • Bulgaria
  • Macedonia
  • Albania
  • Montenegro
  • Serbia
  • Rumania
  • Moldavia
  • Ucrania
  • Bielorrusia

Balcanes

Volvemos al viejo continente. Planeamos terminar el viaje en Pinsk. Un poco de fanatismo, mezclado con nostalgia. Esa ciudad suena distinta para nosotros.

¿Habremos podido completar la vuelta? ¿Cuánto tiempo habrá pasado? ¿Seremos lo mismos? ¿Habremos podido encontrar lo que buscábamos?

El objetivo es salirnos de las rutas establecidas, crear nuestros propios mapas, encontrarnos con el comunismo, poner a prueba la historia clásica. Viajar, una vez más.

Las lineas ya están trazadas. Ahora queda en ustedes decidir en que momento del viaje se suman.

Día cero o cómo comienzan los viajes

¿Existe el momento cero del viaje? ¿Ese instante dónde el viaje aún no es pero ya esta ocurriendo? ¿Esa hiancia1 entre decir adiós y entre comenzar a viajar? Puede que ese momento no exista.

¿En que momento comenzó nuestro viaje? Acaso cuándo arribamos a Budapest, acaso cuándo subimos al avión o cuándo nos despedidos en el aeropuerto de nuestras familias.

Sea cómo fuere pasamos 30 horas volando. Atravesamos varios husos horarios e incluso conocimos la lujosa ciudad de Doha, en Qatar. En el avión las comidas se nos mezclaban. Nuestros relojes decían que eran las 9 am pero nos servían pollo con salsa de verduras. La cena fue un café con medialunas y afuera se veía el sol. El tiempo cuándo uno está volando transcurre de una manera extraña.

 Doha

Pero ¿ese limbo que supone estar en el aire a más de no se cuántos pies de altura es ya parte de este viaje? Qué tiene que ver Doha con Rusia, o el chico que teníamos sentado al lado con los países Bálticos.

Finalmente llegamos. Inauguramos cuaderno de viaje (claro, hecho por nosotros). Tenemos la costumbre de tener un diario de viaje compartido y por otro lado, cada uno va con sus cuadernos propios. En nuestro cuaderno de viaje solemos anotar el día del viaje, la fecha y el destino que nos encuentra. Fue ahí dónde surgió la pregunta: ¿Qué día es el día uno en los viajes? Naturalmente la respuesta supuso que el día uno debía coincidir con nuestra llegada a Hungría. Pero que hacer con esas 30 horas de avión, con esas horas en Qatar. Qué hacer con los días previos. ¿Eso no es parte del viaje?

¿Y si nuestro viaje empezó cuándo abrimos el primer mapa de Europa? ¿Y si comenzó cuándo la idea comenzó a gestarse en nuestras cabezas (y en nuestros corazones sobre todo)? El viaje comenzó mucho antes. La llega a Budapest solo hizo coincidir nuestra cabeza y nuestro cuerpo en un mismo lugar físico.

El cuaderno verde (lo nombramos porque creemos que va a cumplir un rol clave en este viaje) comienza en el día cero.

Día 0 (19/05/2015) -> Bs. As./Doha/Budapest

Doha

Sabemos que es mentira. Que el día cero no existe. Pero nos permite ordenarnos temporalmente. Nuestro día cero empezó cuándo volvimos de India. Cuándo volvíamos a Buenos Aires pero sabíamos que íbamos de nuevo. Ahora volvimos, volvimos a viajar. Estamos torpes, cansados, desempolvando el inglés y aprendiendo las primeras palabras en húngaro. Los comienzos de los viajes son así, inciertos.

Szia!


[1] Hiancia traduce el término francés, anticuado y literario, “béance”, que significa “agujero o abertura grande”.

Las despedidas son esos dolores dulces

“Mi gloria es vivir tan libre 
como el pájaro del cielo”
José Hernández

Sentimos la obligación de escribir sobre el irse, mejor dicho, sobre el volver a irse. A su vez, sentimos que no tenemos nada nuevo que decir.

Hace dos años estábamos en esta misma situación. Por salir de viaje con rumbo incierto, con regreso incierto, con el único fin de demostrar(nos) que es posible vivir viajando.

Hoy estamos en la misma. Dejando todo por segunda vez. Renunciar al laburo, poner la ropa en cajas, guardar nuestros libros, dar de baja servicios y tarjetas, y empezando a conectarnos con el “estar de viaje”.

Estar de viaje casi como un estado de ánimo. Dónde todo causa sorpresa, torpeza y extrañeza, dónde uno se asombra, se sonríe, y agradece estar dónde está.

Estamos poniendo fin a nuestras actividades en Buenos Aires y con cada persona que nos encontramos nos despedimos con esos abrazos fuertes que uno no sabe cuándo volverán a repetirse. Quizá en Europa, quizá en India y quizá a nuestra vuelta, aquí en Buenos Aires. Por que lo que tenemos claro es que en algún momento queremos volver.

Todos nos preguntan lo mismo: “¿Y tienen todo listo? ¿Ansiosos?” Es ahí dónde oscilamos. Entre el no tener todo listo, entre la ansiedad propia de la situación y entre la naturalidad. Parecería que irse se volvió “normal” en nosotros. Hace 13 meses que estamos estancos en Buenos Aires pero no nos pesan. Volvimos sabiendo que nos íbamos. A su vez, sentimos que fue poco, que teníamos que haber ido a visitar a ciertos amigos, que tendríamos que haber ido más al teatro y que tendríamos que haber hechos cosas que ya hoy no nos dan los días. Por un lado mejor, excusas para volver.

lavandas

Estamos tranquilos. Confiamos en que el camino provee pero al mismo tiempo somos un manojo de nervios y emociones. Irse y dejar todo es parte de nuestras rutinas pero no deja de ser una situación movilizante.

Oscilamos entre la naturalidad de la situación y la emoción propia del irse.

Ansiedad, nostalgia, pensar en lo que nos perdemos. La incertidumbre propia del viajar que tanto nos atrae. No saber que nos espera, no tener una ruta trazada, no tener el dinero suficiente, no saber que hacer cuándo llegue el invierno son dudas nos acompañan pero también nos empujan a salir, a desafiarla, a desafiarnos.

A fin de cuentas los viajes son una manera de demostrarnos a nosotros mismos que podemos volar alto. Que podemos ser y hacer algo que coincida con lo que deseamos. Y eso, un poco, asusta. Saber que podemos hacer lo que deseamos es sinónimo de comprender que dentro nuestro esta todo lo que necesitamos.

Seguimos esperando. Cómo si este día hubiese sido pactado desde antes y solo era cuestión de permanecer hasta que llegue. Pero no todo es espera pacifica, fluctuamos.

A su vez nuestros cuerpos parecen fragmentados. Nuestros cuerpos estan acá pero nuestra cabeza ya esta allá, recorriendo Europa. Nos es muy difícil ser contemporáneos a nosotros mismos.

Tenemos que armar las mochilas. Aún tienen tierra asiática de nuestro anterior viaje. Abrimos los bolsillos y encontramos cosas en los bolsillos. Hoy son recuerdos que solo tienen sentido por lo que creemos recordar que fueron: Un caracol de Tailandia, un prendedor de Dharamsala, una postal de Laos. Y esas mismas mochilas que estuvieron 13 meses guardadas hoy están aguardando por salir de nuevo. Incluso el mismo acto de armarlas es natural.

Tenemos la sensación de seguir en viaje, de que hoy nos tocan armar las mochilas de nuevo, como si no hubiese pasado nada en el medio. Cómo si Buenos Aires solo fue una parada más en el camino, pero no una parada cualquiera, una parada que nos acaricia el corazón.

Tenemos la necesidad de agradecer. A nuestras familias, a nuestros amigos, a sus charlas, a sus mates, a los pijamas parties con los sobrinos, a los besos, a las miradas complices. Y si hay algo que nos cuesta de los viajes son las despedidas. No podemos evitar moquear un poco. El no saber cuándo nos vamos a ver.

Estamos contentos, estamos nostálgicos, estamos agradecidos.

 Los vamos a extrañar!

flores -   1

Hacia el Imperio

Nos vamos de viaje. Viaje largo de nuevo. Y no sabemos por dónde empezar a escribir (contar). Llegamos a Buenos Aires con la intención de irnos pronto pero ese pronto se alargo. Buenos Aires tiene una sutil comodidad arrabalera que nos cuesta dejar y a la cuál volvimos a acostumbrarnos.

Y eso un poco asusta. Es volver a cambiar el paradigma, la ropa, la atención, el idioma y todos esos detalles que hacen a nuestros días de viaje.

No nos gusta hablar de zona de confort pero creemos que el ser humano se adapta muy fácil a su entorno y cualquier elemento que se presente como ajeno al mismo llena de terror. Y ese miedo es el que no nos deja salir de nuestra comodidad y que nos presenta el afuera (y a quienes habitan ese afuera) como lugares/seres peligrosos.

El plan era viajar por Argentina, a dedo y con mate. Después volamos más lejos e incluimos a Paraguay en el trayecto. Ese era un viaje que teníamos postergado. Argentina fue nuestro primer proyecto de viaje, pero después India apareció en el medio. Ahora Argentina recuperaba su lugar, pero apareció Rusia.

Y cómo hace unos años decidimos (de la nada) irnos a India, hoy decidimos Rusia. En ese aspecto tratamos de dejar que el camino nos lleve. Creemos que el mapa es el que nos va llamando y va armando nuestro itinerario alrededor del mundo.

Rusia -1

¿Porqué Rusia? Aún no está del todo claro. La intención es recorrer los 15 países de la ex – URSS buscando los resabios de uno de los imperios mas grandes (¿La tercera Roma?) Procurando aprender de aquel pasado donde el estado tuvo un rol benefactor y sanguinario al mismo tiempo.

El viaje también incluye algunas zonas aledañas cómo los perdidos caminos del Cáucaso o de la misteriosa Europa del este.

La espera terminó y tenemos pasajes. A fines de mayo volamos a Hungría. Ahora que tenemos fecha y que el viaje se torna una posibilidad “real” surgen las dudas. ¿Será un plan muy ambicioso? ¿Qué buscamos? ¿Y si la plata no alcanza?

Tenemos más ansiedad e incertidumbres que en el viaje anterior ¿Por qué?

El viaje nos encuentra en un momento de transición respecto a la escritura y el blog. Dudamos de publicar el viaje o no ¿Vale la pena hacerlo público? Ustedes, los lectores son nuestros confidentes. Pero, ¿acaso ya no fue todo contado alguna vez? ¿Existe una manera objetiva de hacerlo?

Tampoco sabemos qué queremos contar de este viaje. Si es que optamos por la escritura ¿Qué lugar vamos a ocupar nosotros en nuestras crónicas? ¿Será un diario autobiográfico abierto, nosotros seremos meros actores o, quizá, personajes más en el entramado del relato? Nuestra intención es hablar sobre los otros. Construir su historia a través del paso del tiempo. Contar sobre una época y sus desenlaces posibles.

Estamos a 60 días de viajar pero las dudas son las que comandan nuestros días. ¿Volvemos a ser los de antes?

Tenemos una necesidad propia de viajar lento, de perdernos en los detalles, de desconectarnos del mundo virtual y de la necesidad de hacer todo masivo y público. Queremos aprender, leer, y escribir. Mucho. Queremos volver a ser esos dos con pelo largo, barba y las sandalias con polvo después de haber caminado todo el día. Queremos recuperar esa libertad que nosotros alcanzamos viajando. Queremos ser.

Fichas que caen (el cierre de un año)

Se nos acaba el 2014. La pila de cosas que quedaron inconclusas comienza a ser la sombra de la montaña de objetivos que nos planteamos para el 2015. Época de balances, de encuentros y desencuentros. Todo se tiñe de una atmósfera navideña que poco tiene que ver con el espíritu religioso de la navidad.

Para nosotros el 2014 no fue un año más. Comenzamos el año en Malasia, a unos 15.954 kilómetros de Buenos Aires. Prometimos volver para encontrar el modo de poder vivir viajando. Llegamos en abril y desde entonces, varias veces cambiamos de planes. Pensamos en alquilar una casa, en irnos de viaje por Argentina, luego el plan fue por Centroamérica y ahora los planes son otros. Conocimos a los nuevos integrantes de la familia, nos reencontramos con viejos amigos y reímos con los nuevos. Los humanos (y sobre todo los argentinos) somos bichos sociales. No hay domingo donde no haya un asado que no termine en unas pizzas a la parrilla, del mate al vino hay un solo paso, y los abrazos nunca faltan. Eso fue lo que más extrañámos durante los días del viaje.

Durante este tiempo tampoco nos fue fácil seguir manteniendo el blog con vida: escribir, actualizarlo, publicar entradas, responder comentarios, etc. Dudamos si cerrarlo o pedirle un tiempo. Explicarle que Buenos Aires nos enloquece.

Pero estos meses nos permitieron poner en perspectivas muchas cosas. Quizá intentar comprender porque tomamos esa decisión tan osada de desarmar nuestra casa, poner nuestra ropa en cajas, vender algunos objetos e irnos de viaje. Pensar por qué nos fuimos, por qué volvimos, por qué elegimos volver, y por qué estamos por irnos de nuevo.

La temporalidad poca tiene que ver con la cronología y con la sucesión encadenadas de hechos. Las cosas ocurre, la memoria se encarga de ordenarlas. En términos claros, la ficha cae cuándo tiene que caer. En general, uno no es consciente de lo que hace en el mismo momento en que lo está haciendo. Eso ocurre mucho después.

Unos días atrás nos decía una amiga con su bebe de 10 meses en brazos: – Me di cuenta que había tenido un hijo y todo lo que eso implica, la semana pasada, cuándo le dije a P: “Ahora para poder ir al cine vamos a tener que ver con quien dejamos al nene” –

Y no porque ella no deseó ni esperó a ese hermoso bebe, sino porque la ficha cae así, a destiempo.

A mí me paso también. Fue a los cinco meses de viaje, haciendo el trekking del Annapurna en Nepal (unos 220 kilometros entre los picos más altos del Himalaya). El trekking tenía varios puntos de dificultad, pero el más complejo era un pico de 5.400 msnm que había que cruzar. Hasta ese punto el camino era todo en subida, luego todo en bajada. Cada paso que dábamos, costaba. La respiración era entrecortadas, la cabeza embotada. Una sensación de sueño mezclada con mucha sed. Cada paso costaba más que el anterior y estamos a dos días de cruzar el paso. Nunca habíamos estado a tanta altura. Y menos caminando, y menos solos. Caminábamos separados, a unos 300 metros de distancia. Cada uno venia tan enroscado en sus propios pensamientos y cansancio que era difícil internar mantener una conversación. La montaña era interminable. Estábamos rodeándola. Quería llegar a la curva para descansar y tomar agua. El sol estaba fuerte pero el frío seguía presente.

Paso tras paso, llegamos a la curva. Nuestra parada. Allí, un campo llano se abría ante nosotros. Y ahí estaban: quince yaks. Una manada pomposa, impoluta. Con sus cuernos y sus pelos largos. Las campanas titilaban en sus cuellos.

Annapurna - 2

Y sin saber cómo, me puse a llorar. Lagrimas húmedas pero alegres. Estaba ahí porque yo había querido y había podido. Todos esos miedos previos se desvanecieron. Y ahí me di cuenta de todo lo que había dejado atrás. Cien kilómetros caminando, y toda una vida en Buenos Aires. Me di cuenta que extrañaba a mi familia, que quería comer milanesas pero que también quería estar ahí donde estaba, viajando. Experimentando la libertad (o lo que para mí es la libertad). Me di cuenta que el mundo es muy grande, y que nosotros no somos nada. Estar ahí en medio de picos de más 8.000 msnm me recordó todo eso que había leído en tantos seminarios de Lacan: que somos nada. Que somos puro deseo, que eso nos mueve y empuja. Y no ser nada nos permite ser todo. Podemos salir a comernos la cancha, eso solo depende de nosotros.Nos vamos a equivocar, vamos a llorar y a reír hasta que nos duela la panza. Pero vamos a ser felices. No somos nada y eso nos permite ser todo.

Y viajar permite eso. Vivir el día sabiendo que nada depende de uno, pero a su vez de nosotros depende todo. Viajando descubrimos lo que mucho que tenemos y lo que poco que nos falta (y eso que sólo teníamos dos remeras y un libro cada uno). Viajar nos hizo sentirnos enormes, pero también nos hizo sentir muy muy chiquitos. Y eso somos. Pura desestabilidad.

Feliz 2015.

Mochilas en viaje - 1

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Novedades:
Pero aquí estamos, últimos días/horas del año y como verán, el blog se ha renovado. Un cambio de look. Pura facha. El blog ya tiene dos años y sentíamos que era hora de que crezca un poco. También aprovechamos ese lavado de cara para acomodar los más de cien escritos que tenemos publicados.
Fue cuándo nos pusimos a ordenar tantas palabras que nos dimos cuenta que mucha veces lo que escribimos no se encasilla dentro de lo que es un blog de viajes. Más allá de consejos, datos útiles y experiencias, por momentos las palabras se nos escapan, y empezamos a divagar un poco. Decidimos que esos divagues o vuelcos más literarios (uf, que palabra grande) tengan un lugar. Creamos la sección “divagues“.
Nos gusta escribir reflexiones y, también, nos ocupamos de pensarlas según la temporalidad del viaje.
Esos momentos previos, donde todo es duda, ansiedad, temores y unas ganas de terribles de salir a la ruta se engloban bajo la etiqueta “pre-viaje”. Luego, tenemos el momento del viaje propiamente dicho, esas reflexiones que nos surgen al abandonar un país, al empaparnos de una nueva cultura o las 5 horas de estar haciendo dedo y que nadie nos pare.
Y luego el volver, el momento más difícil. El abandonar la rutinas del viaje para volver a la cotidianeidad, el post-viaje.
Y así cerramos el 2014. Contentos por lo que recorrimos, y pensando en todo lo que vendrá.

Volver a viajar

Volver a viajar. Por más corto que sea el viaje, por más cerca que esté el destino es volver a ponernos en movimiento. Meter dos remeras en un bolso, cargar el termo con agua caliente, ponernos las zapatillas de montaña y nada más.

Esa ansiedad, producto de la incertidumbre de no saber con que nos vamos a encontrar, nos hace resurgir muchísimos sentimientos que se fueron acomodando en el fondo de nuestros seres. Cómo si la quietud y la cotidianeidad de Buenos Aires nos hayan hecho olvidar de las sensaciones que nos invadían al estar de viaje. Prácticamente ya ni nos acordábamos que se sentía cuando uno viajaba. Teníamos que hacer memoria. Pero no hizo falta más que un par de kilómetros en la ruta para que todo vuelva a fluir.

Mítica ruta 3

Mítica ruta 3

Ruta 3 Argentina Viajar-3

Esta vez viajamos al sur, a la costa atlántica patagónica. Un destino que siempre nos llamó la atención, quizá por su inmensidad o por ser la zona más desértica de nuestro país. El saber que nos íbamos a encontrar con los gigantes del mar también sumaba puntos. Además era un viaje en familia que teníamos proyectado desde hace mucho tiempo.

Para nosotros viajar es sinónimo de adaptación. Viajar supone asombrarnos y adaptarnos al entorno que excepcionalmente nos rodea. Hay tantos modos de viajar como viajeros posibles y cada forma es única y correcta.

Esta vez (y con un poco de ayuda) viajamos en auto. Un hábito que teníamos, también, un poco olvidado. Desplazarnos por tierra siempre nos gustó más que viajar en avión. Será más lento e incluso tedioso pero nos permite ir observando y percibiendo las variaciones de la paisaje, de la gente, de las costumbres e incluso del tiempo y del espacio. Salir de la convulsionada General Paz e ingresar en la infinita ruta 3 fue un transformación que no nos paso desapercibida. Las rutas yendo al sur de Buenos Aires empiezan a mostrar una Patagonia despoblada y vacía. Nada a los costados y miles de kilómetros para adelante. Es una ruta que fácilmente invita a reflexionar. Como si el constante movimientos de líneas blancas en el asfalto determinara un patrón de pensamiento. O quizá fue la falta de estímulos que tanto nos agobian en Buenos Aires

Y viajar, a nosotros, nos permite ponernos en perspectiva. Nos invita a pensar. Cebamos un mate, paramos a sacar una foto y la rutina de Buenos Aires de a poco va quedando atrás. Uno se va conectando con los tiempos del viaje. Tiempos que nos exceden y que nos invitan a dejar llevar por los guiños del destino, por los encuentros espontáneos, por los personajes de la ruta y las apasionantes puestas de sol. Estar en “modo viaje” hace que se active en nosotros un estado de disposición para con el entorno que en Buenos Aires queda relegado.

El viaje nos regalo atardeceres como esté...

El viaje nos regalo atardeceres como esté…

... y almuerzos de todo tipo

… y almuerzos de todo tipo

Volver a la ruta nos recuerda que nuestra estadía en Buenos Aires tiene fecha de vencimiento, que queremos seguir viajando y que Argentina es nuestro próximo país en el mapa.

Decisiones

No la estamos pasando bien. Son minutos determinantes. Tenemos que decidir. El resultado puede llegar a ser trascendental. Estamos acorralados y la misma pregunta no deja de perseguirnos. Nos persigue en los sueños, en el trabajo, en el tren, en las conversaciones con nuestros amigos, e incluso, mientras nos damos un beso. Aparece cuando abrimos un cajón, o cuando cerramos el cierre de la mochila.

Nos ponemos nerviosos, inquietos. Nos quita el hambre y el sueño. Nos hace caminar cuadras de más e incluso perder objetos de importancia, estamos despistados, ofuscados, casi  desconectados. Hoy apareció. Se ve que aprovecho que estábamos solos, que era momento de decidir. Nadie nos podía defender ni interrumpirnos. El cielo se nublo y ella, maldita misma pregunta de siempre, apareció:

“¿Qué van a hacer de sus vidas?”dijo con una sonrisa bella pero traicionera. Y nuevamente nos miramos: “No sé” dijimos entre lagrimas de enojo.

Decisiones

Una vez que se conoce la libertad, es difícil dejarla ir

Quién dijo que uno debe (y tiene) que saber va a ser de su vida, o qué hacer , o cómo, o cuándo. Si hace 10, 5, o 2 años nos hubiésemos preguntado lo mismo, seguramente la respuesta sería errada.

Es una pregunta que nos pesa, no vamos a negarlo. Tampoco sabemos que hacer con este blog ¿Qué sentido tiene mantenerlo? Prácticamente no escribimos acá, no podemos, no queremos, no tenemos tiempo, no tenemos ideas, no nos salen las palabras. Como si no tuviésemos nada que decirle. La ropa de oficina nos resulta incómoda. Cuándo el despertador suena todas las mañanas a las 7:00 am, uno se viste y se lava lo dientes para salir corriendo a tomar un tren que nos dejará en un subte, que nos dejará en el trabajo ¿Qué sentido tiene tener un blog de viajes? Cuándo –casi- todos nuestros afectos preguntar por la casa, por el auto, por el perro y por los hijos ¿Qué sentido tiene tener un blog? Cuándo la rutina y el tiempo acelerado de Buenos Aires nos enreda sin pedir permiso.

Acaso, ¿El viaje fue un final o un comienzo? ¿Fue solamente un paréntesis en nuestras establecidas vidas porteñas? ¿Es hora de decirle adiós a esa vida de sueños, escritura y viajes? Es difícil escribir y trasmitir algo a quién nos lee, más difícil es intentar trasmitir esa mezcla de angustia y ahogo que nos genera esa maldita pregunta. Nos negamos a creer que ya pasó, que fue una locura y ahora es el momento de asentarnos. Qué hacer con tantas fotos, tantas historias, tantos cuadernos, tantos proyectos. ¿Simplemente guardarlos en un cajón y que sean imanes de una heladera? Es cierto que los días de viaje mutaron en días de trabajo, familia y amigos. Ya no estamos en el camino, pero seguimos en el tiempo de viaje. El viaje, y lo allí vivido, sigue produciendo efectos en nosotros. El camino terminó, no podemos negarlo. Por más que tratemos de abrazarnos a recuerdos hoy nuestra realidad es otra.

Llegó el día en que esa pregunta se nos hizo intolerable. Era ella o nosotros. ¿Porqué seguir regalándole dolores de panza, caspa, y malhumores? ¿Quién dijo que una casa es más importante que una experiencia? ¿Quién dijo que quién más tiene, vive mejor? ¿Quién dijo que nuestro viaje terminó?

Por eso, para re-inventarnos y no aburrirnos de nosotros mismos decidimos tomar algunas premisas: ¿Sabés qué? Hoy decidimos comenzar a escribir un libro, nuestro libro ¿Y sabés qué más? Hoy nos pusimos nueva fecha de salida ¿Qué pasará con el blog? No lo sabemos.

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