India a veces es incómoda para el viajero. Y lo que supone ser un simple desplazamiento de 120 kilómetros puede convertirse en una odisea.

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Bien temprano dejamos atrás Pondicherry con la esperanza de conseguir algún lugar lindo y barato en Auroville Beach. Un pueblito costero que está sólo a diez kilómetros y recibe ese nombre por Auroville, aquella famosa comunidad formada por europeos en el sur de India con la idea de vivir en paz y armonía, sin plata y así lograr salirse del sistema de consumo masivo.

A las nueve de la mañana, luego de haber conseguido un alojamiento barato (pero no lindo) y de haber desayunado un masala dosa, me despedí de L. y subí al colectivo público rumbo a Chennai. En la misma parada subió una pareja (un nepalí con una francesa) con sus dos hijas. Daba la impresión de que venían de Auroville. No se a que iban a Chennai, pero yo iba a comprar pasajes de barco para ir a las Islas Andamán.

Las tres horas del viaje fueron tranquilas, salvo porque la hija más pequeña de esta pareja lloró casi todo el trayecto. Con el ruido habitual que puede haber en un micro indio, no me había dado cuenta hasta que la madre empezó como si estuviese poseída por un demonia a zamarrearla y gritarle “¿QUÉ TE PASA? ¿QUÉ CARAJO TE PASA?”

Estaba fuera de sí. Como si toda la paz y armonía que pudo haber cultivado en Auroville se le esfumó al subirse al primer colectivo. Hasta los indios se sorprendieron y decidieron parar el colectivo. Así la nena, pero un poco más la madre, pudieron calmarse.

Aproveché para preguntarle al vendedor de boletos (porque en toda India hay al menos dos personas que trabajan en un colectivo: el chofer y el vendedor de boletos) por la estación Broadway (léase brodwei). Se lo habré dicho cinco veces, no me entendió hasta que se lo mostré escrito. “Ahhh, bradwei, yo te aviso”, me respondió.

A la hora, me indicó donde bajarme. Parecía estar en Pampa y la vía. Me crucé con un indio joven caminando que tenía apariencia de saber inglés, y esta vez le pregunté con mi mejor acento indio por bradwei. Me miró extrañado. Le mostré el papel escrito. “Ahh brodwei”.

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Para esa altura era un misterio para mi como se pronunciaba aquel nombre, pero tenía que tomar otro colectivo que paraba a doscientos metros. El desafío de hacerme entender se repitió. Me habían dicho tomate el 6D, el 1A o el 1C. Cuando viene el 24F me hacen señas de que me suba. Parecía que ese también iba. Me senté en el fondo. Al lado de una señora con una bolsa. El colectivo estaba bastante vacío. En la primer parada, la parte trasera se llenó de mujeres que a los empujones me echaron para adelante. Tácitamente el micro tiene una línea imaginaria que divide los asientos de mujeres y los de hombres. En Kerala me acostumbré a subirme al fondo, que era el lugar de los hombres, lo había aprendido. En Tamil Nadu el fondo es de las mujeres.

La ciudad se me presentó enorme, con edificaciones por todo lados, mucho tráfico y un desorden generalizado propio de cualquier ciudad india. El sol del mediodía hacía que cualquier atascamiento convierta al colectivo en un horno. Sólo el movimiento y el aire de las inexistentes ventanillas proporcionaba una oportunidad para refrescarse.

Cuando me bajé, empecé a preguntar a los transeúntes por el lugar que buscaba. Tras recibir tres indicaciones distintas de tres personas distintas y caminar siguiendo un poco mi instinto encontré el lugar. Una oficina que se caía a pedazos donde me hicieron subir dos pisos por un ascensor que te hacía pensar en todas las ventajas físicas la escalera.

A las 13 cerraba la ventanilla. Llegué 13:05. El vendedor todavía estaba ahí, me acerqué rápidamente y le pedí dos boletos. “Tenés que volver a las 14:00”. Miré el reloj, lo volví a mirar a él y me fui.

Al salir habré agarrado el peor callejón de Chennai donde unos mendigos que eran puro hueso me miraron con sus ojos que me parecieron extremadamente grandes. Un grupo de leprosos me pidió unas rupias y me costó definir si un cuerpo tirado al costado y lleno de moscas respiraba aún o no. Unos nenes jugaban descalzos con los pies llenos de barro mientras la madre comía un puñado de arroz con la mano.

La sensación que uno tiene es que la pobreza en India se vive en otra forma. Cortázar alguna vez dijo…entendí que esa gente estaba realizada. No en el sentido vedántico, no en las alturas místicas; los pobres no saben nada de eso, son de una superstición y una ignorancia abominables. Pero están realizados en la medida justa de su ser, y eso es lo que nos falta a nosotros, para nuestra desgracia y nuestra grandeza a la vez. Quiero decir que esa gente está perfectamente calzada en su piel, abarcando el máximo de sus posibilidades de vida, y que eso lo ha alcanzado renunciando a toda ambición barata, a toda pérdida de tiempo.

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Me senté a comer en una cantina de mala muerte dónde tenían una foto de Ganesha, otra de Jesús y la tercera de una mezquita con la medialuna musulmana. Pedí 3 parathas y un omelette, todo por poco más de cincuenta centavos de dólar. Me tomé un chai y volví a la oficina por los boletos.

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Llegué 13:50. El tipo seguía en el mismo lugar. Yo era el único interesado en aquél gran y mal cuidado salón. Me senté adelante, justo en frente y me empecé a leer. Cuando las agujas ya marcaban las dos me llamó y me dio un formulario para completar. Aparecieron cuatro empleados más.

Le entregué el formulario a uno, este se lo dio a un segundo para que lo revise, un tercero abrochó unas fotocopias. Al cuarto le di la plata y el quinto controló el vuelto.

Así son las oficinas de atención pública en India, sea el correo, comprar boletos o en el hospital. Una maquinaria de funcionarios donde el trabajo que pude hacer uno se lo dividen entre cinco y pobre del osado que haga más de lo que le corresponde.

Contento, con mi pasaje en mano y con un licuado de melón en mi panza me tomé el autobús hacía la estación de colectivos. Fue el viaje más placentero del día, iba casi sólo y hasta me dormí en una parte del trayecto. Llegué a la terminal con muchas ganas de ir al baño, me puse en un mingitorio apartado del resto de los indios y me dispongo a hacer lo propio, pero un indio, de alrededor de cuarenta años se puso al lado. No paraba de mirarme la entrepierna. Me inhibió totalmente y mis ganas de orinar se cortaron de inmediato. Y así quedé yo, como un tonto, haciendo fuerzas para terminar el asunto de una vez.

Ya en el colectivo de vuelta le dijo al vendedor:

– Hasta Auroville Beach.
– Este colectivo no va para ahí.
– ¿Y para dónde va?
– Pondicherry

Significa que al llegar tenía que tomarme otro colectivo por diez kilómetros. Y yo ya quería volver. El viaje, más el calor del mediodía, más el caos de la gran ciudad me había dejado aturdido. Saqué mi libro electrónico y me puse a leer. Llama la atención ser una persona más blanquita en un colectivo público, pero llama mucho más la atención si esa persona tiene en la mano un aparato electrónico. Todas las miradas se posaron sobre mi. No pasé ni una página cuando ya me estaban preguntando que era. Siempre trato de explicarles:

– Esto sirve para poder leer libros.
– ¿Es un Iphone?
– No no, sólo para leer. No se puede hacer nada más.
– ¿Y cuál es la diferencia con el iphone?
– Lo otro es un teléfono. Se pueden hacer muchas cosas, llamar, mandar mensajes, internet, sacar fotos, etc. Este aparto sólo sirve para una cosa: leer.

Mis explicaciones no suelen ser muy buenas porque se quedan hablando entre ellos y luego me vuelven a preguntar si es un iphone. La penetración del capitalismo y su necesidad de hacer de cualquier persona un potencial consumidor llegaron a todos lados.

Un chico que está en el asiento adelante mío, vestido de oficinista, pero con sandalias, sacó su Iphone y se lo mostró al público. Se quedaron más tranquilos. Intenté retomar la lectura. Por momentos lo lograba, el tráfico que salía de la ciudad era tal que avanzábamos muy lento. El inconveniente era mi compañero de asiento. Cada tanto cruzaba su brazo y se agarraba de un caño de la no-ventana (donde estaba yo apoyado) interponiéndose, así, entre mis ojos y el libro.

Decidí dejar la lectura para otro momento y contemplar el sol rojo que se iba escondiendo en el horizonte, mientras mi compañero, el que cruzaba la mano me hacía las preguntas de rigor: ¿De dónde sos? ¿A dónde vas? ¿A qué te dedicás?

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Tras un largo traqueteo y con el cansancio acumulado llegamos a un peaje donde mi compañero insiste con que me tenía que bajar ahí. Es el camino más corto para ir a Auroville Beach. No se por qué, no suelo hacerlo, pero le hice caso. Y tenía razón. Era el camino más corto, pero no pasaban colectivos en esa dirección.

Estaba sólo, de noche, con sueño y ganas de una ducha, en una nueva ruta esperando un nuevo colectivo que me lleve a Pondicherry. Lo que pensé que iba a ser una tranquila vuelta no resultó serlo.

En el nuevo colectivo conocí a un hombre que muy pintoresco se peinaba en cada curva. Parecía apurado por llegar. Cuando le comenté mi destino me recomendó bajarme con él, porque el colectivo que iba para donde yo quería pasaba por ahí.

Otra vez, sin haber aprendido la lección anterior, le hice caso. Cuando empezó a preguntar yo empecé a dudar de sus certezas. Me dijo que el colectivo no pasaba por ahí, pero que vayamos juntos en autoriksha a la parada. El lo pagaba, que no me haga problema. Así hicimos. En el trayecto le pregunté dos o tres veces “a la parada de colectivo ¿no?” “sí, sí, sí” me respondía. El se bajó antes, pagó, se despidió y el conductor siguió su marcha. Me extrañó cuando empezó a meterse en el barrio que funciona como gueto para los turistas. Pero cuando estacionó en la puerta de un hotel enloquecí. “¿Y la parada de colectivos?”. No hablaba inglés. Maldiciendo al conductor, al hombre del colectivo, al que me cruzaba el brazo, a Shiva y Ganesha caminé diez cuadras hasta la parada. Esperé con mucha paciencia el último colectivo del día y tras pasarme una parada volví caminando al lugar que hace rato quería llegar.

Este es sólo un ejemplo de todo lo que a uno le puede pasar viajando por estos pagos. Lo bueno es que tenemos pasajes a las Islas Andamán.

Hoy los estímulos abundan, los celulares no paran de sonar y la propagandas no paran de decirnos que comprar. Entonces la mente no tiene paz y el silencio es una quimera. Los pensamientos son cortos, ya no se permiten ideas de más de ciento cuarenta caracteres. Nos vamos a las Islas Andaman a cortar con eso, a desconectarnos. Dicen que el silencio lo vuelve a uno loco. Lo que vuelve a uno loco es el ruido. Y en India, ruido es lo que sobra.