Domingo al mediodía, mucho calor. Somos los únicos pasajeros arriba del colectivo. Todos se fueron bajando. Alguno en dirección a su casa, otros, rumbo a una excursión. Quedamos solos. Llegamos a destino: Sauraha. Pueblo cercano al parque natural Chitwan.

Apenas el micro se detiene, sin llegar a agarrar nuestras cosas, tenemos no menos de 10 personas queriéndonos convencer de que vayamos a su hotel. Al bajar, la cantidad se duplicó. En la estación solo estábamos nosotros y los 20 vendedores insistentes. Nos encontrábamos rodeados por un griterío que no nos dejaba pensar. Se peleaban entre ellos. Ante estas situaciones nuestra opción es caminar, para salir del tumulto. Pero hacía tanto calor que era imposible.

Nos alejamos y nos sentamos a la sombra. Los vendedores nos siguieron y nos volvieron a rodear. Pensamos en ignorarlos, pero el barullo era tal que resultaba imposible. Además ellos querían vendernos algo.

Finalmente decidimos irnos con uno que ofreció llevarnos hasta el centro gratis (a unos 3 km aproximadamente). Sabíamos de antemano, aunque nadie lo dijera, que esa ida al centro terminaría en su hotel. No nos importó. Cualquier opción era buena para escapar de tanto ruido.

Nos subimos a un jeep y en todo el corto viaje el hombre (que vestía una camiseta de Brasil y sabía decir alguna que otra frase en “argentino”) no paró de hablar de él y de su hotel. De lo bien que le iba, de que su hotel era el mejor y de las buenas recomendaciones. Llegamos a su hotel, y como habíamos supuesto nos mostró una habitación mientras seguía tirándose flores. No paraba de mirarse el ombligo. El cuarto era lindo y barato, pero su actitud nos hizo salir a buscar otra opción.

Estábamos de nuevo en la calle, con la mochila al hombro, y en un lugar que no conocíamos. Esa situación se repite todo el tiempo, pero esta vez había una diferencia: en la calle, además de autos, motos y niños jugando había elefantes.

En nuestra búsqueda de sombra y habitación nos topamos con varios de estos gigantes mamíferos. Era imposible que no nos llame la atención. Los teníamos al lado. Caminaban con sus grandes orejas, su trompa, su piel arrugada y sus ojos cansados. Vimos decenas de elefantes. La felicidad y la emoción por verlos tan cerca, a un metro, nos dibujaba sonrisas en el rostro. Eran tan grandes, fuertes y pacíficos, pero a la vez, tan débiles y sometidos. ¡Qué animal tan paradójico!

Chitwan 5

En Sauraha a los elefantes se los usa como medio de transporte y de carga. Vimos a un caballo tirando de una carreta, pero que chiquito se veía. Hablando con la gente que vive allí, nos decían que hace 20 años la cantidad de elefantes que se veían en la calle era mayor. El jeep y las motos son nuevas.

Tanta fuerza empleada en servir a otros y a cambio solo recibir maltrato y humillaciones. Qué difícil no vivir esas experiencias sin remordimiento. Será que acaso no es nuestro estilo de viajar ni de acercarnos a la naturaleza.

elefantes, hasta para ir de compras...

Elefantes, hasta para ir de compras…

Una vez en el hotel, empezamos a pensar en que hacer (merece un post aparte, pero como cuesta a veces “no hacer nada”). Estos lugares turísticos se nos presentan con varias contradicciones (ya nos pasó en Perú). Por un lado la emoción de estar en la selva y el contacto con la naturaleza, pero por otro lado, el daño que le hacemos. El turismo deteriora los lugares pero también es una fuente de ingreso para las familias locales. Pero así, es como todo se vuelve  negocio, incluso para el gobierno (o sobre todo).

Nuestro bajo presupuesto no coincide con este tipo de actividades. Todas las excursiones eran caras. Buscamos alternativas, pero hay cosas que nos son imposibles. Primero la entrada al parque cuesta de por sí 15 USD por día por persona. Pero eso no es todo, una vez que comprás la entrada ¿Qué sigue? ¿Entramos a la selva solos? ¿Sin guía? Parece una locura.

Esta foto solo está aquí por que a Ludmila le gustaba. Pero si, no tiene nada que ver.

Esta foto solo está aquí por que a Ludmila le gustaba. Pero si, no tiene nada que ver.

Después de caminar y pensar distintas posibilidades nos decidimos por ir a regatear el precio de una excursión que consistía en dos días de caminata en la selva, pasando la noche dentro del parque. Nos atraía, por sobre todo, la posibilidad de ver más animales debido a la poca cantidad de gente que camina por ahí. Pero cuando fuimos a confirmar, nos dijeron que ese día, en ese camino, un rinoceronte mató un guía. Parece ser que el guía se había acercado mucho a la cría del rinoceronte. Nosotros estábamos shockeados. Pero por el grado de naturalidad con que lo contaban, se ve que es algo común. El parque no cerraba por duelo. Compramos otra excursión.

Vivimos un día de circo armado para el turismo. Incluyó caminata en la selva, safari arriba de un elefante y baños con los mismos. Vimos monos, ciervos, serpientes y rinocerontes. También muchas aves. No vamos a decir que no lo disfrutamos, pero nos fuimos diciendo que no vamos a volver a hacer algo de este estilo.

Chitwan

Chitwan

Chitwan 3

Chitwan 2

Quizá no sean conclusiones nuevas, pero es algo que no nos deja de sorprender. Se ve que seguimos buscando una forma distinta de conocer.

Chitwan nos dejó un mal trago, lo mismo que Nepal. ¿Se podrá viajar desde una mirada más humana y ecológica?

Si algo nos regaló Chitwan, fueron hermosos atardeceres

Si algo nos regaló Chitwan, fueron hermosos atardeceres