La primer vez que oí hablar de Cracovia fue hace más 10 años. No me acuerdo si era invierno o verano, pero estaba jugando con unos amigos a un juego de mesa. Tiró los dados, cae en el color azul. Las preguntas son de geografía, y tiene estrella. Si respondemos bien, ganamos el partido. Aún recuerdo la pregunta con total claridad y no sé porque ese recuerdo perdura entre mis pensamientos.
– ¿Cuál es la capital de Polonia? Si les digo las opciones, pierden la estrella.
No teníamos ni idea. Pedimos las opciones.
– Cracovia, Varsovia y Bratislava.
Tampoco teníamos idea. A los 13 años cuesta tener alguna idea. Cada uno se inclinó por una respuesta distinta. Terminamos diciendo Cracovia. Perdimos.

***

Me levanté con la boca seca. Tal vez porque el día anterior fuimos a Auschwitz y los sueños no fueron más que pesadillas. Tomé todo el agua que teníamos, seguía con la boca seca. Puse la boca bajo la canilla, pensé que nunca podría saciar mi sed. Miré por la ventana, recién estaba amaneciendo. Me cambié sin despertar a L. y salí a la calle.

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Cracovia es una ciudad gris. Todo está en blanco y negro, incluso yo. En este lugar a mis ojos le falta la capacidad de distinguir colores.

La catedral de Cracovia

La catedral de Cracovia

Vago errante saltando entre los rayos de sol, porque las sombras me dan miedo, son muy oscuras. Stare miasto, a esta hora, es un lugar abandonado y decrépito. La gran catedral gris cubre todo de sombras. Decido caminar un poco más hasta el castillo. Quizá la vista al río me ayude un poco.

El castillo de Cracovia

El castillo de Cracovia

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Me siento en un banco de la plaza tratando de componer las ideas. Primero la sed, después los colores. La ciudad me va transformando de a poco en algo, pero no sé en que. Al lado mío se sienta un vagabundo. Huele mal, muy mal. Para colmo enciende un cigarrillo y me tira el humo en la cara. Antes de que puede levantarme para irme me empezó a hablar.

-¿Te molesta el olor?
Sin esperar una respuesta me toca la nariz. Ya no huelo más nada.
– Los sentidos, eso perdí en esta ciudad.- Le dije contento. Cómo si hubiese encontrado algo más que perderlo.
– No, no son los sentidos, es tu mente. Vos ya dejaste de sentir hace rato.
– Es mentira. Esta ciudad me está transformando. Varsovia era diferente, con más color, con más gusto, más olores.
– Era así porque vos quisiste que así fuera. Cracovia, en cambio, nunca te gustó y nunca te va a gustar. A menos que cambies tu mente.
– ¿Qué tengo que hacer para cambiarla?
– Dejar de pensar tanto y empezar a sentir más.
En ese momento veo que le falta una pierna, inmediatamente asocio todo y le grito
Chmielowski, ¿sos vos?
– Te dije que dejes de usar la mente.
Saca una daga y me la clava en el abdomen.
– Todavía no estas listo para esta ciudad. Fue lo último que oí.

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Me despierto de un salto. Me levanto la remera asustado. No tengo ninguna cicatriz, pero siento el pinchazo. Por el movimiento que hago, L. se despierta

– ¿Pasa algo?
– Nada, sólo que últimamente me cuesta dormir

Nos levantamos, la sensación de sed seguía. Tomé todo el agua, salimos juntos, sólo no hubiese podido. A cada paso sentía más dolor en el abdomen, pero trataba de disimularlo lo mejor posible. Mientras L. sacaba fotos, yo me levantaba la remera para comprobar una vez más que no tenia nada. A L. le sonreían y yo me sentía un paria, los perros me ladraban, la gente del mercado vigilaba sus cosas por miedo a que les robe y los vagabundo me proferían insultos.

Incluso Juan Pablo II parecia mirar mal

Incluso Juan Pablo II parecia mirar mal

Fuimos hasta el barrio judío, dónde estuvo el gueto. Ahora se convirtió en un barrio hipster de moda. A la gente no parece importarle tremendo cambio. El paria soy yo.

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Seguimos caminando, sorprende la cantidad de iglesias en tan pocas cuadras, pero para mi, todas son iguales, grises. Con una sonrisa L. me mira:

– Se parece a Praga ¿No?
– Si, en un momento fueron parte del mismo reino.

Con la guerra no fue igual.

Con la guerra no fue igual.

Apenas termino la frase siento un ardor en el abdomen. “No pienses tanto, empezá a sentir más” se repetía una y otra vez en mi mente. Se larga a llover con todo, lo tomo cómo una excusa para volver.

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– Vuelvo al hotel, no me siento bien, pero vos quédate.
– ¿Querés que te acompañe?
– No dejá, no te preocupes.

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Me fui por el sol que comenzaba a asomar tras la tormenta de verano tratando de convencerme que todo fue un mal sueño. Lo repetía una y otra vez para mis adentros. Las cosas lentamente iban volviendo a la normalidad. La sed había desaparecido y los colores empezaban a diferenciarse.

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Me meto en un mleczny bar (comedores polacos populares y baratos, remanentes de la época comunista) para comer algo, me pareció que la última comida había sido hace una eternidad. Pedí unos pierogi y me siento afuera para que el viento me erice la piel. Lo veo a lo lejos venir con sus muletas. De alguna forma lo estaba esperando, ya había pedido dos platos. Se sienta al lado mío en silencio y empieza a comer con una velocidad demencial. Yo ni había probado mi comida. Cuando termina de tragar, y con algunas migas en la barba me pregunta:

– ¿Aprendiste algo en Cracovia?
– Si, que todavía no estoy listo para disfrutar de una ciudad desde los sentidos.

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Si quieren leer una crónica con más color y más tangible les recomendamos leer al colega Pablo García en: Recorriendo Cracovia en 1 día, o mejor en 2… o mejor en 3!