Hace 325 días bajamos de la mano del avión que nos traía desde Buenos Aires hasta la lejana Nueva Delhi. Llenos de miedos y dudas, y sin más impresiones que el largo abrazo con nuestras familias y amigos durante nuestros últimos días en Argentina.

Hoy (325 días después) nos toca volver, dejar Asia, despedirnos de India. Ese país que por más extraño y contradictorio que sea, se convirtió en nuestro lugar. Un país que dejamos, pero con la sensación de que (pronto) vamos a volver. Un país que nos permitió perdernos para comenzar a encontrarnos.

Toca volver. Un regreso que empezó hace tiempo. Si bien, nuestro cuerpo sigue acá, tomando chai y comiendo curry, nuestra cabeza, nuestros proyectos y nuestras emociones están en el otro lado del mundo. Que la mente y el cuerpo coincidan en la mismo espacio, creemos, es uno de las dificultades más grande que tiene el hombre moderno.

Nuestros cuerpos y nuestras cabezas son una maraña de sensación. Uno toma una punta del ovillo pero pronto se encuentra enredado en el centro. Lloramos, nos malhumoramos, nos sentimos mal, nos abrazamos y sonreímos. Somos cambiantes, impermanentes. Muchas veces soñamos con el regreso, con volver a encontrarnos con nuestros afectos, con ver lo grande que están los chicos, conocer a los nuevos, comer la comida de la abuela. Ese día llegó. Queremos estar en Argentina, pero dejar India nos cuesta.

Llegamos sin planes ni fechas, solo una intención: viajar un año por Asía. Podía ser más, podía ser menos. Teníamos muchos países anotados en nuestra lista. Pero de 12 meses, pasamos 8 en India. Algo nos paso acá, algo que aún no podemos ubicar, pero quizá con la distancia de Buenos Aires, podamos reconocer.

Aprendimos, nos equivocamos, nos conocimos como pareja y como personas, amamos y odiamos. Nos llevamos mucho más de lo que dejamos. Nos vamos con historias, amigos, nuevas prácticas y costumbres, más flacos y con más color encima. Cambiamos la dieta y nuestros horarios. No sumamos meses o destinos de viaje, sumamos experiencias.

Viajando aprendimos a adaptarnos. Nos acostumbramos a despertar cada día oyendo una lengua distinta, a salir a la ruta sin saber dónde íbamos a dormir esa noche, a confiar en nuestra intuición. A elegir, sabiendo que podemos equivocarnos. A ganar, sabiendo que podemos perder. Aprendimos a mirar al otro desinteresadamente, como tanta veces nos ayudaron a nosotros. Aprendimos que no somos nada ni nadie. Que el viaje, la vida, lo que hoy tengo, todo es efímero.

La única verdad con la que volvemos es que estar un año viajando nos devolvió la vitalidad. Nos recordó que estamos vivos, como el viento que nos despeinó todas las veces que viajamos haciendo dedo en el techo de algún camión. Tantos atardeceres, montañas, desiertos, ciudades y playas nos recordaron que el mundo es inmenso. ¿Y si no lo conocemos ahora, cuándo va ser?

Con los ojos un poco llorosos, con la panza en efervescencia y con un cosquilleo en la garganta, pasamos nuestro último día en Delhi. Caminamos por esas calles que hicieron de escenario hace casi un año. Pasamos la tarde en un templo. Sentados, en silencio, mirando. La primera vez que lo visitamos no teníamos ni idea de lo que ocurría. Hoy podíamos reconocer a los dioses, a los gurúes y aunque sigamos sin entenderlo todo, sabíamos lo que la gente iba a buscar. Luego, las calles nos llevaron al mercado. Un sitio que nos impresionó la primera vez, quizá por las carnicerías sin heladeras, la cantidad de personas, vacas, monos y más personas, quizá porque es muy distinto a los mercados que conocemos. Hoy, parecía familiar. Incluso, pudimos reconocer ciertos rostros que la primera vez aquí nos habían llamado la atención. Ellos, estaban igual. Seguían en la mismo posición, vendiendo los mismos productos, en el mismo sitio y con la misma expresión. Como si el tiempo hubiera pasado, pera nada cambiara. La rutina, el hacer siempre lo mismo, el (para algunos) no tener opción. Todo seguía igual ¿Y nosotros?

Nosotros elegimos otra cosa. Elegimos una vida que no es correlativa con la “media normal del S. XXI”. Elegimos viajar, elegimos aprender, elegimos conocer. Un año en Asia nos mostró que es posible. No queremos que pasen los años y sigamos ahí, en la misma posición, en el mismo hacer-siempre-lo-mismo. Hoy comienza la vuelta a Buenos Aires, con una escala de dos semanas en Europa. Volvemos, pero con ojos nuevos.