De como piensa la gente
a veces la diferencia
es tan grande que parecen
seres de alguna otra tierra

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Szentendre fue lo más al norte que estuvimos en Hungría. Solamente a unos 20 km al norte de Budapest. Pécs fue lo más al sur que estuvimos. A unos 170 km de la capital húngara y a unos 40 km de Croacia. Sencillamente esos fueron nuestros extremos dentro de Hungría y los extremos siempre dan que pensar aunque sean tan aleatorios como la intrascendencia de cual fue la ciudad más al sur y más al norte dónde paramos. Y ahí, en el medio, nos encontramos con los gitanos.

Szentendre

Era lunes de pentecostés y llovía. Ese día, 25 de mayo, allá también era feriado. Un feriado católico que ocurría por primera vez en Hungría. Eva, la chica que nos alojaba, se fue a almorzar con su familia. Nos encontramos solos, con lluvia y con toda una ciudad cerrada. Fuimos a la estación de tren y nos embarcamos rumbo a Szentendre. Un pueblito chiquito en las afueras de Budapest. Sonaba divertido para caminar y sacar fotos. No sabíamos mucho de él, quizá por eso fuimos.

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Hace unos años Szentendre fue la meca de los artistas de Budapest. Pintores, artesanos, escultores y escritores se subían al tren y allá se asentaban. Nos imaginamos cafés bohemios, librerías y artistas pintando a orillas del Danubio.

Al llegar la estación estaba desierta. El instinto nos hizo seguir a la manada que bajaba del tren. Pero a los pocos metros ya se desintegro el grupo. Una húngara nos hizo señas de que crucemos un túnel. El paisaje cambio. De la desierta estación pasamos a callecitas adoquinadas y angostas. Casas bajas pintadas de colores, flores en las ventanas y dónde esperábamos ver el movimiento cultural húngaro nos encontramos con casas de Souvenirs que aún conservaban la etiqueta de “made in Taiwan”.

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La lluvia seguía y éramos varios los que, piloto en mano, recorríamos la ciudad. Nos hizo acordar al puerto de frutos en el Tigre. Local de diseño por acá, cafetería por allá. Puestos de waffles, panqueques y cerveza eran la moda. La gente se apiñaba y consumía. La cultura se mezclaba con lo bizarro: museo de la navidad, museo de mazapán, museo del cristal y también museo de la cerámica. Los museos no superaban los 20 metros cuadrados. La gente caminaba con bolsas. No importa que había que comprar.

Incluso muchos se sumaban a la fiebre de dejar candados sobre ell río

Incluso muchos se sumaban a la fiebre de dejar candados sobre ell río

Nos sentíamos sapos de otro pozo. El sol salió y pudimos sentarnos a mirar el Danubio. El río no hace distinciones de clases ni te ínsita a comprar nada.

La tranquilidad del Danubío

La tranquilidad del Danubío

Desilusionados volvimos a Budapest. Cargamos el termo y el mate y nos fuimos a la plaza a disfrutar de lo que quedaba del día.

Pécs

A Pécs llegamos a dedo. Caminando desde el centro hasta la casa de Daniel, quién nos iba a alojar, había menos de un 1 km pero el calor de mediodía más el peso de las mochilas hizo que llegáramos demasiados transpirados. La soda es un inventó húngaro por lo cual el vaso de soda frio abunda por acá. Necesitamos más de uno para volver a recuperar una temperatura normal.

Pécs es otra de esas ciudades pintorescas. Calles peatonales, de adoquines y gente tomando café en las veredas. Una arquitectura detallista que se entremezcla con locales de comida rápida. El amarillo predomina en Hungría. Lo que varían son los tonos de cada pared.

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En la plaza central, una mezquita de los tiempos de la conquista turca ahora devenida en iglesia católica. Lo ideal hubiese sido demolerla pero cómo no había plata para construir una nueva, la reformaron por dentro. Más allá otra iglesia, esa era de los romanos. Pécs fue parte de ese imperio y aún conserva iglesias y muros de aquella época.

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El interior de una de las iglesias más antiguas

El interior de una de las iglesias más antiguas

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La ciudad está rodeada de colinas y son varias las calles que suben. Llegamos a un mirador y allá estaban de nuevo: los gigantes edificios comunistas. Daniel se pone nervioso, dice que no le gustan que son viejos y feos. Los húngaros reniegan de su historia y de su pasado más socialista. No importa si allí vive gente o no, son feos no deberían estar y menos a la vista de los turistas.

 

El correo

El correo

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Continuamos caminando y descubriendo la dinámica de la ciudad. La misma es sede universitaria por lo cual las calles están repletas de jóvenes que vienen a estudiar acá.

Según los lugareños la ciudad no tiene mucho encanto. Nosotros disfrutábamos del silencio.

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El plan era ir al día siguiente a andar en bicicleta por los alrededores para conocer el verdadero encanto de la ciudad: casas de campo y viñedos por doquier.

Pedaleamos hasta la frontera con Croacia. Este río marca el borde

Pedaleamos hasta la frontera con Croacia. Este río marca el borde

Bajo el sol, acompañados de queso y vino, y empezó la charla.

Los Gitanos (Gypsies)

Salimos con el termo cuán gurises en su tierra y nos adentramos en el “City Garden” de Budapest. La excursión a Szentendre había sido un fiasco para nosotros. Mientras cruzamos la calle notamos que en el parque algo estaba ocurriendo: una vuelta al mundo, calesitas, un escenario con músicos en vivo y muchísimos puestos de feria (de esos dónde uno tiene que derribar latas, patos, o pescar pescaditos). La feria estaba repleta de puestos y de personas. Pochoclos, globos, y adultos jugando como nenes mientras hacían la fila para subirse al zamba. Y ahí estábamos nosotros. Camuflados. Observando como la gente simplemente disfrutaba. Los más grandes estaban sentados comiendo y tomando algo, los jóvenes incursionaban en los primeros coqueteos y los nenes corrían detrás del señor que hacia burbujas.

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Todo este preámbulo viene a colación de otra cosa. Esa feria, ese día en el parque, era cosa de gitanos.

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Los gitanos, gypsies, son una minoría (no tan pequeña) con una identidad propia. Años de historia, de destierros, y de encarnar aquello otro que se intenta invisibilizar, ese lugar ajeno que la sociedad se encarga de segregar.

Se nos vino a la cabeza eso que escuchamos tantas veces decir “ ¡Guarda con los gitanos!, ¡Qué no te agarren de las manos!”, etc. Ser gitano en Europa es bastante cercano a ser villero en Buenos Aires. Ser humilde, con pocos recurso, familias numerosas y la necesidad de ganarse el día de la manera que sea.

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Cuándo bajó el sol volvimos a lo de Eva. Felices le contamos nuestra experiencia. Con cara de pocos amigos nos increpó. ¿Cómo era posible que nosotros hayamos estado compartiendo ahí? Esas cosas a ella no le gustan; los gitanos no son húngaros.

Para Daniel los gitanos tampoco eran húngaros. El gobierno hacia mal en dejarlos estar acá. Para él, los gitanos intentaban a propósito ocupar ese lugar tan violento. Para él, ser gitano los obligaba a tener, al menos, una noche en la cárcel y por eso cometían delitos a propósito. ¿Y si es al revés? ¿Y si es la imagen que la sociedad tiene de ellos lo que usan como reflejo para armar su propia identidad?

Ellos son el blanco. Se los identifica fácil: la piel, la ropa, los gestos y la mirada. A pesar de habitar Europa hace siglos. Eran nómadas que migraron desde India y Pakistán, eran parias, sin casta. Hoy, cientos de años después, siguen intentando armar una identidad. Ni en Szentendre ni en Pécs los vimos, eso era cosa de turistas. No los vimos pero ahí estaban, cómo el río Danubio, ellos habitan Hungría

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