“La primera reacción es de miedo, un pavor físico y mental, la sensación de que se ha cambiado de planeta, de que se está entre seres con los cuales es imposible la menor relación. A ese primer choque, sucede uno muy diferente: la paz, la serenidad, por contagio de la manera de ser de los indios. La primera noche, en Bombay, salimos del hotel después de cenar y nos perdimos por las callejuelas del bazar. Casi de inmediato empezamos a ver a la gente tirada en las aceras, durmiendo, rezando, hablando en voz baja. Cientos, miles de hombres tendidos en plena calle, que es su casa permanente. Enormes ojos que lo miran a uno con una serenidad y una calma perfectas. […] Quisiera hablarle mucho más de los mendigos, de los pobres de Bombay, tirados boca a arriba en las aceras, porque eso es la India más profunda, la raíz del ser indio. Me daría asco hacer literatura de esto, y escribo al correr de la maquina; pero créame, Jean, esa noche me marcó para siempre. Medí lo que tantas veces había leído sobre filosofía india, sin tener de ello más que una conciencia intelectual, que casi no es conciencia. Medí esa superación de lo contingente, de lo bajamente humano, del tiempo y el espacio; en los ojos que me miraban desde el suelo, entendí que esa gente estaba realizada. No en el sentido vedántico, no en las alturas místicas; los pobres no saben nada de eso, son de una superstición y una ignorancia abominables. Pero están realizados en la medida justa de su ser, y eso es lo que nos falta a nosotros, para nuestra desgracia y nuestra grandeza a la vez. Quiero decir que esa gente está perfectamente calzada en su piel, abarcando el máximo de sus posibilidades de vida, y que eso lo ha alcanzado renunciando a toda ambición barata, a toda pérdida de tiempo (lo que nosotros llamamos ganar tiempo, por ejemplo). Sé muy bien que un marxista me acusaría de hipócrita, y diría que cuando esos mendigos de Bombay sepan lo que es una heladera, querrán tenerla igual que cualquier pobre de Montevideo. Si, eso ocurrirá si se occidentalizan. Pero mientras sigan siendo indios, es decir, hombres para quienes la vida es clama, es estar cómodamente sentados o acostados, es trabajar el mínimo para lograr el máximo descanso, y además es comunión continua con lo sagrada (desde el pequeño ídolo grosero que hay en las esquinas hasta la especulación más alta de un gurí), mientras no cambien como actitud central, la heladera no significará absolutamente nada para quienes tienen mucho más que eso.”.

Julio Cortázar

En una carta a Juan Barnabé, 22 de diciembre de 1956

Jodhpur - ciudad azul

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