Quilombo:
1. Expresión rioplatense. Situación en la que predomina el desorden y el ruido.
2. Situación o asunto confuso, problemático o difícil de resolver.

Siendo el país más densamente poblado Bangladesh es, también, uno de los menos visitados. Nadie viene, ni por curiosidad ni por algún interés en particular.

El primero en sorprenderse fue quien nos recibió los papeles para tramitar la visa. Si bien en el consultado de Bangladesh de Calcuta había una ventanilla para extranjeros el nuevo uso que le habían dado daba a entender que hacía muchos meses que ningún turistas se asomaba por ahí.

Luego, cada uno de los pasajeros que nos veían embarcar en el famoso Matress express que une Dhaka – Kolkata en unas largas e incómodas doce horas nos miraban sorprendidos y nos preguntaban si realmente estábamos yendo a Bangladesh o nos habíamos confundido de andén. Generando sorpresa en los desconocidos llegamos a Bangladesh.

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Esa mañana, como todas las mañanas, nos levantamos sin despertador. Esa mañana, como todas las mañanas del viaje, nos (me) tomó diez segundo darnos cuenta en dónde estábamos. A veces cuesta más, a veces menos, pero todas las mañanas tenemos que reconocer en que país, en que ciudad, en que casa o habitación de hotel pasamos la noche. Esa mañana fue fácil, quizá por el olor a café que llegaba de la cocina.

Estábamos en la casa de M. Un danés que vive temporalmente acá y que trabaja en la Embajada de Dinamarca en Dhaka. Llegamos a su casa gracias a Couchsurfing.

Esa mañana tuve la extraña sensación de que alguien me había dejado una tarjeta con una consigna en el sillón que use como mesa de luz. La tarjeta invisible decía algo así como “ver todo como si fuese la primera vez”. Me levanté pensado en esa frase y fue el tema de conversación del desayuno. ¿Podría Bangladesh sorprendernos? ¿O sería solo una extensión más de India con un estilo más musulmán?

Ansiosos por conocer una de las capitales más caóticas del mundo salimos del barrio residencial de los diplomáticos. La noche anterior habíamos llegado muy tarde y no habíamos visto más que una pizzería 24 horas que ofició de cena y de punto de encuentro con M.

Bastó caminar doscientos metros para que el paisaje cambie por completo. No teníamos muy claro a dónde ir ni cómo. M. tampoco nos pudo ayudar mucho ya que tenía restringidas sus salidas por la ciudad salvo que vaya acompañado por personal de seguridad por lo cual nunca fue más lejos de la embajada y del supermercado. Tampoco contábamos con consejos o información para conocer Dhaka. Ningún viajero viene y la última guía de viaje se publicó en el año 2012.

Sabíamos que queríamos ir a la parte vieja de la ciudad. Dónde están los mercados, bazares y el río Buriganga. Referirse a esa zona como “Old Dhaka” fue nuestro primer error. Tan absurdo como que un turista nos pregunte en Buenos Aires cuál es el mejor camino para llegar a Flowers o a Eleven. Nadie tenia idea de a dónde queríamos ir. Unos decían que tal autobús iba, otros opinaban que mejor era tomarse un CNG (moto taxi de color verde y que funciona con GNC), los ricksha (bicicletas con carros coloridos que funcionan a energía humana) también nos querían llevar. Todos intentaban ayudarnos pero nadie sabia a dónde queríamos ir. Finalmente, un joven musulmán pareció comprendernos y nos dijo que nos tomemos el autobús número seis. Lo que no nos dijo fue que los autobuses tienen los números anotados en bengalí. La gente comenzaba a rodearnos y a inspeccionarnos cuan ratas de laboratorio. ¿Seríamos los primeros occidentales que veían? Con respeto preguntaban nuestro país y con un abrazo celebraban “Messi, Maradona, Argentina”. No lo podían creer. Nosotros tampoco.

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El semáforo, que no es un semáforo sino un policía con un bastón verde, liberó el trafico y los autobuses volvieron a pasar. Sin frenar del todo, hacían señas de que subamos. ¡Pero si no sabían a dónde queríamos ir! Uno de los que estaban en la parada esperando hizo señas de que ese sí iba. Quizá era el autobús número seis. Subimos y una vez más, las miradas se centraron en nosotros. Las miradas humanas y de todos los insectos que habitaban los asientos. Los autobuses son latas de metal, chocadas, podridas y con vidrios rotos. Normas ISO, seguridad e higiene, VTV, esas son cosas del siglo XXI. En esta parte del mundo se habita otro tiempo, pero así y todo las cosas funcionan.

Teníamos que hacer unos diez kilómetros, media hora más o menos, o eso figuraba en Google Maps. Tardamos dos horas. Quienes relevaron el mapa de Dhaka no vinieron a la ciudad. El transito era imposible. Ni siquiera es que había mucho trafico o un embotellamiento. Nada de eso. Era estar completamente detenidos, a unos escasos centímetros del siguiente vehículo y chocando constantemente. Cuatro veces chocamos al de adelante, tres nos chocaron de costado y perdimos el paragolpes al quinto choque de atrás. Pensamos que hasta que no tuviéramos hijos no íbamos a volver a jugar a los autitos chocadores, pero no. En Bangladesh volvimos a hacerlo.

“Messi, Maradona, Argentina” y la voz se iba corriendo de asiento a asiento. También lo comentaba el chofer del autobús de al lado y el pibe que vendía pochoclos y agua fría.

Un joven, un poco más chico que nosotros y que no sabemos de dónde salió o en que momento se sentó al lado nuestro, nos preguntó a dónde íbamos. Dijo que debíamos bajar e hizo señas de que lo sigamos. Su inglés era mínimo pero mucho mejor que nuestro Bengalí (o Bangla, como llaman ellos a su idioma). Seguirlo, parecía ser la única oportunidad de alcanzar la parte vieja de la ciudad y ver el río, un brazo del Ganges.

Empezamos a caminar. Cruzar las calles cada vez era más arriesgado. Acá ya no estaba el policía con el palo verde que regulaba un poco el caos, acá era un pacto de vida suicida. Cerrando los ojos, cruzamos casi corriendo y esquivando todo tipo de transporte a energía humana. Carretas para los sacos de arroz, carretillas para la ropa y jaulas de metal enganchadas a una bicicleta para los niños que van al colegio. No nos daban los ojos, las neuronas, la click de la cámara ni el tiempo para ver todo lo que alrededor nuestro pasaba. Mientras tanto nuestro guía de turno nos seguía conduciendo por más y más callejones y callejuelas. No nos decía mucho, salvo preguntarnos si queríamos comer. Cruzamos un puente bajo el cual buscaban un poco de sombra caballos, cabras y trabajadores. Cruzamos mezquitas y muchas muchas muchas personas. El calor también era agobiante.

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Pasaron veinte minutos y seguíamos cruzando la ciudad a pie, metiéndonos cada vez en calles más angostas. ¿Teníamos miedo? Increíblemente no. Un extraño nos estaba conduciendo por lugares impensables en una ciudad musulmana y caótica pero no teníamos miedo. Y si lo teníamos tampoco podíamos hacer mucho. ¿Correr? No sabíamos ni para dónde. ¿Gritar? Nadie nos iba a escuchar ni a entender.

Paramos a almorzar. Paramos a comprar agua y seguimos. El chico cada vez estaba más apurado y caminaba más rápido. Finalmente el olor anunció que estábamos cerca.

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Hay instantes de sorpresa que cuesta describir. Uno fue llegar trepando a la Muralla China y alcanzar toda su extensión en una primer mirada, otro fue este: llegar al río Buriganga. Corazón de Dhaka. El río era negro, de aguas espesas y malolientes y sobre él y sobre sus orillas todo un mundo tenia lugar. Barcos oxidados, pequeños botes de madera que transportaban más de cincuenta pasajeros de pie, cabras, personas transportando frutas en su cabeza, vendiendo arroz con pollo, pescando, mendigos pidiendo, musulmanes asistiendo a la llamada de la mezquita, mujeres con velo, y todos mirándonos. Una verdadera vorágine. La gente quería pasar y tuvimos que movernos. A una esquina, a otra, cruzar la calle, volver. Cada metro cuadrado libre pronto se ocupaba. No había lugar para estar ni de pie mirando todo lo que pasaba.

El muchacho se despidió y nos pidió nuestra dirección postal. Le dijimos que más fácil era mantener contacto por Facebook o por mail pero nos miró extrañado. No sabía de que estábamos hablando.

Nuestro improvisado guía

Nuestro improvisado guía

Empezamos a caminar sin rumbo. No teníamos ni la menor idea de cómo volver. Agarramos un callejón, luego otro. A cada persona que le preguntábamos nos mandaba en una dirección distinta. Cruzamos un mercado de sandías y uno de velos negros para mujeres musulmanas. “–Which Country? –Selfie? –Messi, Maradona, Argentina!”. Luego entendimos que Selfie significaba que nosotros le saquemos una foto a ellos y que el 80% de la población hincha por Argentina en el mundial. La nacionalidad fue nuestra mejor herramienta para conocer Bangladesh.

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Caminábamos sin sentidos. Aceptábamos invitaciones a sentarnos en los negocios y seguíamos invocando a Messi y Maradona y seguíamos sacando selfies. Ya no podíamos más.

Finalmente, cuando parecíamos haber encontrado el camino que nos acercaba al punto en el cual nos habíamos bajado del colectivo empezamos a escuchar varios silbatos atrás nuestro. Era la policía y nos hizo señales de que entremos a la garita. ¿Qué más podía pasar? Ya habíamos pisado mierda, ya nos habíamos resbalado más de dos veces caminando por las rotas e inexistentes veredas, ya no teníamos batería en la cámara ni más ganás de “Messi, Maradona, Argentina”.

Pensamos que habíamos cruzado mal la caótica calle, que andábamos muy ligeros de ropa o que los policías querían revisar nuestro pasaporte y nuestra visa. Pero no, ellos también querían su selfie, invitarnos un té y rememorar juntos el gol de Maradona a los inglés. Nosotros sólo queríamos una cosa: volver, bañarnos y sacarnos toda la transpiración. La propia y la ajena.

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¿Quién nos mandó venir a Bangladesh? ¿Por qué no hicimos como el 99,9% de los viajeros que recorren Asia sin adentrarse en este país? ¿No bastaba con un documental del Discovery Channel? Con todo ese barullo de pensamientos seguíamos buscando la parada de colectivos.

Un hombre de barba naranja y no menos de setenta años nos agarra del hombro y nos pregunta el nombre de nuestro país. Sonríe dejando al descubierto el espacio vacío entre sus rojos y podridos dientes. Con expresión de jubilo nos dice “Gracias por visitar mi país, Bangladesh”, llevándose una mano al corazón. Y ahí nos dimos cuenta de que sí, de que vale la pena ser ese 0,01% que visita el país más allá de las para nada cómodas condiciones.

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