Se nos acaba el 2014. La pila de cosas que quedaron inconclusas comienza a ser la sombra de la montaña de objetivos que nos planteamos para el 2015. Época de balances, de encuentros y desencuentros. Todo se tiñe de una atmósfera navideña que poco tiene que ver con el espíritu religioso de la navidad.

Para nosotros el 2014 no fue un año más. Comenzamos el año en Malasia, a unos 15.954 kilómetros de Buenos Aires. Prometimos volver para encontrar el modo de poder vivir viajando. Llegamos en abril y desde entonces, varias veces cambiamos de planes. Pensamos en alquilar una casa, en irnos de viaje por Argentina, luego el plan fue por Centroamérica y ahora los planes son otros. Conocimos a los nuevos integrantes de la familia, nos reencontramos con viejos amigos y reímos con los nuevos. Los humanos (y sobre todo los argentinos) somos bichos sociales. No hay domingo donde no haya un asado que no termine en unas pizzas a la parrilla, del mate al vino hay un solo paso, y los abrazos nunca faltan. Eso fue lo que más extrañámos durante los días del viaje.

Durante este tiempo tampoco nos fue fácil seguir manteniendo el blog con vida: escribir, actualizarlo, publicar entradas, responder comentarios, etc. Dudamos si cerrarlo o pedirle un tiempo. Explicarle que Buenos Aires nos enloquece.

Pero estos meses nos permitieron poner en perspectivas muchas cosas. Quizá intentar comprender porque tomamos esa decisión tan osada de desarmar nuestra casa, poner nuestra ropa en cajas, vender algunos objetos e irnos de viaje. Pensar por qué nos fuimos, por qué volvimos, por qué elegimos volver, y por qué estamos por irnos de nuevo.

La temporalidad poca tiene que ver con la cronología y con la sucesión encadenadas de hechos. Las cosas ocurre, la memoria se encarga de ordenarlas. En términos claros, la ficha cae cuándo tiene que caer. En general, uno no es consciente de lo que hace en el mismo momento en que lo está haciendo. Eso ocurre mucho después.

Unos días atrás nos decía una amiga con su bebe de 10 meses en brazos: – Me di cuenta que había tenido un hijo y todo lo que eso implica, la semana pasada, cuándo le dije a P: “Ahora para poder ir al cine vamos a tener que ver con quien dejamos al nene” –

Y no porque ella no deseó ni esperó a ese hermoso bebe, sino porque la ficha cae así, a destiempo.

A mí me paso también. Fue a los cinco meses de viaje, haciendo el trekking del Annapurna en Nepal (unos 220 kilometros entre los picos más altos del Himalaya). El trekking tenía varios puntos de dificultad, pero el más complejo era un pico de 5.400 msnm que había que cruzar. Hasta ese punto el camino era todo en subida, luego todo en bajada. Cada paso que dábamos, costaba. La respiración era entrecortadas, la cabeza embotada. Una sensación de sueño mezclada con mucha sed. Cada paso costaba más que el anterior y estamos a dos días de cruzar el paso. Nunca habíamos estado a tanta altura. Y menos caminando, y menos solos. Caminábamos separados, a unos 300 metros de distancia. Cada uno venia tan enroscado en sus propios pensamientos y cansancio que era difícil internar mantener una conversación. La montaña era interminable. Estábamos rodeándola. Quería llegar a la curva para descansar y tomar agua. El sol estaba fuerte pero el frío seguía presente.

Paso tras paso, llegamos a la curva. Nuestra parada. Allí, un campo llano se abría ante nosotros. Y ahí estaban: quince yaks. Una manada pomposa, impoluta. Con sus cuernos y sus pelos largos. Las campanas titilaban en sus cuellos.

Annapurna - 2

Y sin saber cómo, me puse a llorar. Lagrimas húmedas pero alegres. Estaba ahí porque yo había querido y había podido. Todos esos miedos previos se desvanecieron. Y ahí me di cuenta de todo lo que había dejado atrás. Cien kilómetros caminando, y toda una vida en Buenos Aires. Me di cuenta que extrañaba a mi familia, que quería comer milanesas pero que también quería estar ahí donde estaba, viajando. Experimentando la libertad (o lo que para mí es la libertad). Me di cuenta que el mundo es muy grande, y que nosotros no somos nada. Estar ahí en medio de picos de más 8.000 msnm me recordó todo eso que había leído en tantos seminarios de Lacan: que somos nada. Que somos puro deseo, que eso nos mueve y empuja. Y no ser nada nos permite ser todo. Podemos salir a comernos la cancha, eso solo depende de nosotros.Nos vamos a equivocar, vamos a llorar y a reír hasta que nos duela la panza. Pero vamos a ser felices. No somos nada y eso nos permite ser todo.

Y viajar permite eso. Vivir el día sabiendo que nada depende de uno, pero a su vez de nosotros depende todo. Viajando descubrimos lo que mucho que tenemos y lo que poco que nos falta (y eso que sólo teníamos dos remeras y un libro cada uno). Viajar nos hizo sentirnos enormes, pero también nos hizo sentir muy muy chiquitos. Y eso somos. Pura desestabilidad.

Feliz 2015.

Mochilas en viaje - 1

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Novedades:
Pero aquí estamos, últimos días/horas del año y como verán, el blog se ha renovado. Un cambio de look. Pura facha. El blog ya tiene dos años y sentíamos que era hora de que crezca un poco. También aprovechamos ese lavado de cara para acomodar los más de cien escritos que tenemos publicados.
Fue cuándo nos pusimos a ordenar tantas palabras que nos dimos cuenta que mucha veces lo que escribimos no se encasilla dentro de lo que es un blog de viajes. Más allá de consejos, datos útiles y experiencias, por momentos las palabras se nos escapan, y empezamos a divagar un poco. Decidimos que esos divagues o vuelcos más literarios (uf, que palabra grande) tengan un lugar. Creamos la sección “divagues“.
Nos gusta escribir reflexiones y, también, nos ocupamos de pensarlas según la temporalidad del viaje.
Esos momentos previos, donde todo es duda, ansiedad, temores y unas ganas de terribles de salir a la ruta se engloban bajo la etiqueta “pre-viaje”. Luego, tenemos el momento del viaje propiamente dicho, esas reflexiones que nos surgen al abandonar un país, al empaparnos de una nueva cultura o las 5 horas de estar haciendo dedo y que nadie nos pare.
Y luego el volver, el momento más difícil. El abandonar la rutinas del viaje para volver a la cotidianeidad, el post-viaje.
Y así cerramos el 2014. Contentos por lo que recorrimos, y pensando en todo lo que vendrá.