Ocho días y siete noches. Nos íbamos a internar en los caminos secretos de Mongolia. Caminos que no aparecen en los GPS y que sólo son visibles a los ojos nómadas que los cruzan diariamente a caballo o en algún viejo jeep ruso. Adentrarnos en el desierto de Gobi era nuestra meta.

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Íbamos a visitar el infinito desierto y a caminar por la antigua ciudad imperial de Karakórum. Pasaríamos las siete noches durmiendo en campamentos nómadas. Wifi, agua caliente y poder comunicarnos en inglés iban a quedar reservados para la ciudad. Éramos seis turistas y la noche anterior compramos 80 litros de agua, huevos importados y sobrecitos de café instantáneo. Llevamos poco abrigo, toallitas húmedas y teníamos tanta agua cómo base de maquillaje. Éramos ridículos y estábamos ante un gran momento del viaje.

El primer día pasamos ocho horas arriba del jeep (y no sólo porque se había roto) sino porque las distancias son largas. La falta de caminos hace que 300 km se transformen en varias horas. No hay asfalto, no hay indicaciones. No hay nada. Sólo las huellas del vehículo anterior y un rebaño de camellos caminando a la par nuestra. Si cruzamos un poblado son solamente tres gers (carpa circular mongola) y algunas cabras. Nadie sale a saludarnos. No hay pueblos, no hay cultivos, no hay cercos y no hay personas.

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Proceso de armado de un ger

Levanto la vista y veo uno de los cielos más azules qué jamás haya imaginado. No hay ni una sola nube. El sol cae de lleno sobre la tierra. Bajo un poco la mirada y veo una infinidad de tierra, sin ningún obstáculo. Puedo marcar con mis ojos el punto exacto dónde el cielo y la tierra se unen. La soledad del desierto es hermosa, pero también es una realidad dura. A los lejos, un puñado de puntos blancos. Son los gers, las carpas mongolas que hacen de viviendas. Son circulares y un occidental no entra parado. Están cubiertas de pieles de oveja y de cuero. Son abrigadas e impermeables. En el centro tienen una salamandra que hace de estufa y de cocina. La mayoría tienen paneles solares, televisores y una antena satelital. Son parte de una iniciativa social que ofrece el gobierno mongol a 500 euros.

Proceso de armado del ger

Proceso de armado del ger

El periplo transcurría y nuestro viaje se componía de varias horas de andar en jeep por el desierto, haciendo cientos de kilómetros sin demasiadas variaciones en el terreno. Por momentos se volvía monótono. Iba sentado adelante, para no escuchar los charlas de mis compañeros, no había mala relación pero quería aprovechar para leer y pensar. Al desierto siempre le acompaña la sensación de soledad, y a esta la reflexión. “Los tiempos son otros, acá la prisa matanos dijo Mariano.

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Todas las tardes llegábamos a un ger distinto, que iba a ser nuestro hospedaje por la noche. Todos nos hablaron maravillas de la hospitalidad mongola, sólo vimos rostros cansados y curtidos por el sol. Manos llenas de callos que se fueron ablandando de recibir una y otra vez turistas. Nosotros éramos eso, un engranaje en la industria del turismo mongol. Las familias que nos alojaban supieron ser nómades. Hoy el suelo de estos gers tiene una base de cemento.

Yo no encontré la hospitalidad. La única vez que nos convidaron una taza de te salado fue para vendernos un paseo en camello. Están acostumbrado al turista con dólares que paga por la foto del chiquito mongol con el moco seco colgándole de la nariz. Nosotros preferimos darle un pañuelito, pero eso a ellos no le sirve. Igualmente miento. No vimos ni un solo nene en el tour. ¿Los mandaron a alguna ciudad a estudiar? Eso fue lo que entendimos.

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Todo el tiempo pensaba que nuestra experiencia de una semana en el desierto nada tiene que ver con la vida de la gente que hace esfuerzos increíbles por habitarlo. El sol raja la tierra, pero sin embargo las temperaturas no son tan altas, lo más duro es el frío a la noche. Para combatirla utilizan bosta de caballo o camello. La madera no es algún facil de encontrar. El agua proviene de pozos y la comida (salvo la carne) la tienen que comprar. El suelo de los yermos áridos no permite cultivar ningún vegetal, por eso, se dedicaron a ser nómades.

Al día siguiente cruzamos el primer pueblo y cargamos nafta. El pueblo tiene una única calle principal, también de tierra, dónde hay un banco, un minimercado y un café de paso. Las casillas son de chapa y madera, y al lado de cada una hay un ger. En invierno, estos últimos son más calientes (por eso los mongoles se mudan ahí en invierno).

Pueblo

Pueblo

El paisaje va cambiando, es verdad. De la estepa infinita pasamos a la montaña. A lo lejos vemos dunas y atrás de estas unas cumbres nevadas. Lo único constante es el sol, el cielo azul y despejado. A diferencia de Ulan Bator acá no hay polución.

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Los días acá son repetitivos. Improvisamos desayunos con nuestra cocina de gas y salimos. Vemos cambiar el pasaje desde la ventana de nuestro jeep. También vemos cambiar la posición del sol. Es lo único que nos indica el paso del tiempo. Si no fueron por el sol hubiésemos perdido todo registro.

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La segunda referencia que tenemos es Dauka, el conductor. Tiene 45 años pero parece de 60. Es morocho y menudo. Habla poco inglés pero no es ningún boludo. Hace 10 años que trabaja con turistas y conoce el desierto como el jardín de su casa. Posiblemente nació acá, en un ger. Antes de los soviéticos y la ampliación de la ciudad de Ulan Bator, todo era rural. Ahora Mongolia se divide entre la parte rural y la parte urbana. El desierto es el límite, es como frontera natural y por más intento de ciudad desarrollada, mientras exista el desierto Mongolia va a estar aislada.

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En el día 5 finalmente llegamos a las dunas de arena. Imaginaba algo mucho mas impresionante. No es la primera vez que veo un desierto de arena y posiblemente no sea la última. Dicen que el desierto enseña algo. En mi caso sólo puedo pensar en lo afortunado que soy. Pienso en la condiciones que me tocó vivir y en las posibilidades que eso me dio. No puedo juzgar a los mongoles de oportunistas. Quizá nuestros dólares son la posibilidad de sobrevivir en este lugar, porque en el desierto no se vive, sino que se sobrevive. El desierto de Gobi tiene las condiciones más duras que a uno le puede tocar. A mi me hubiera gustado pasar más tiempo con la gente que nos alojó en sus campamentos, el turismo y el idioma a veces son barreras tan grandes como el mismo desierto.

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Logro escuchar el silencio. Si hay viento también lo oigo y puedo reconocer palabras. Algún camello bala y un cuervo grazna allá a lo lejos. Pero en el desierto las distancias son engañosas y siento que los animales están cerca mío. Salgo varias veces con la linterna para buscar el sonido pero no logro ver nada. Pregunto por la mañana y nadie más lo escuchó.

El desierto es enloquecedor, es peligroso y no es algo a tomar a la ligera. Se necesita mucho más que 80 litros de agua para una semana. El desierto de Gobi es la nada y bajo el cielo estrellado uno se siente mínimo.

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Finalmente, el último día llegamos a antigua capital del imperio de Gengis Khan. El imperio mongol fue de los más terribles de la historia. Llegaba hasta Hungría e Indonesia. Hoy sólo queda un museo y una ciudad polvorienta y destruida. Fueron nómades guerreros, hoy uno de los países más pobres.

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Si hay algo que aprendí del desierto, es que cómo el viento mueve las dunas por la noche, la historia y el destino hacen lo mismo con nosotros.

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Info útil

* Si están por adentrarse en Mongolia les recomendamos la guía que armaron Flor y Juan , de Ruta del mate, sobre el desierto de Gobi.