“Wir sind das Volk” (Nosotros somos el pueblo).
Grito más escuchado en la manifestación en Alexanderplatz,
cinco días antes de la caída del muro de Berlín.

Berlín está cargada de emociones. Es una de esas capitales que uno tilda de interesante, sea por la movida cultura, por que tiene onda o por la historia misma. Pero Berlín tiene algo más. Es de esas ciudades que logra perdurar con más tenacidad entre los recovecos de las memorias de un viaje.

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25 años después de la emblemática caída del muro, estábamos llegando a Berlín por primera vez. Veníamos desde Praga en tren y desde el principio me llamó la atención la ausencia de grandes edificaciones. Nos imaginábamos una capital moderna, con torres enormes y rascacielos. Pero desde el tren se veía todo verde,  salvo los últimos 5 minutos, dónde el paisaje se tiño con construcciones bajas.

Aeropuerto abandonado

Aeropuerto abandonado

Todo eran plazas, lagunas, el río Spree, sus canales, árboles y edificios de no más de 3 pisos. Una ciudad demasiado silenciosa para ser una de las capitales más famosas y cosmopolitas. Las construcciones son simples, todo ostenta poco. Es una ciudad que me atrapó desde el primer momento.

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Berlín te da la sensación que toda la ciudad se mueve en bicicleta. En Europa venimos viendo muchas más bicis que en Buenos Aires, pero en Berlín hay muchísimas más. Incluso tienen sus propias señales de tránsito, como carriles especiales para doblar y semáforos. Y casi todas las calles tienen senda exclusiva para las bicicletas. Nos sumamos a la masa critica y alquilamos unas para recorrer la ciudad. Se disfruta mucho desde las dos ruedas, sobre todo con la brisa que despeina. En Berlín todo queda a unos minutos en bici. Fue una medida de tiempo que nos gustó y adoptamos durante unos días.

La isla de los museos

La isla de los museos

La famosa antena de televisión

La famosa antena de televisión

¿Qué sabíamos del muro?

Si bien nosotros nacimos antes de la caída del muro, no tenemos recuerdo alguno de él. Una primera noción de Alemania tiene que ver con el primer mundial del que tengo recuerdos. Es el del ’94 dónde Alemania ya era una sola y le ganó en el partido inaugural a Bolivia 1 a 0 con gol de Klinsmann (juro que esto no lo guglié, lo sé de memoria). Pero del muro sabíamos poco y nada. Cómo mucho, podríamos titubear al decir que era una pared de hormigón y alambre de púa. El muro, en aquel entonces, se presentaba como algo lejano, estático e inerte.

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Recuerdo ya de más grande algún cuento de Bernhard Schlink (El Salto, del libro Amores en Fuga) dónde narra un enredo de traiciones y espionaje entre un tipo de Alemania occidental con una pareja del este. El muro, entonces, empezó a cobrar vida para mi. Separaba a las personas y las condenaba a un sistema político. Ser del este o del oeste ya no daba igual. A veces Moscú o Washington estaban más cerca que el barrio del otro lado del muro. Y otras veces, no. El otro lado podía latir con demasiada fuerza: familias que llevaban hasta ahí a sus bebés recién nacidos para que sus familiares puedan verlos, personas que dejaron su vida intentando cruzarlo, amores que quedaron inconclusos… Cuesta creer que una ciudad, que un país estuvieran divididos por una pared. Cuesta creer en la guerra. ¿Tan absurda puede ser la existencia humana?

Una pintada con demasiado contenido político

Una pintada con demasiado contenido político

Desde 1934 Enrique Santos Discépolo venía afirmando con razón que “el siglo veinte es un despliegue
 de maldad insolente, ya no hay quien lo niegue”. Y caminar por Berlín es una prueba de ello. Desde los bunkers subterráneos de la SS, hasta los museos “del terror”, todo es una muestra de la crueldad y salvajismo del hombre. ¿Realmente eso pasó? ¿Estamos seguros de que no se va a repetir?

Pedaleamos bastante por la ciudad. Fuimos hasta la puerta de Brademburgo, hasta el parlamento con su pintoresca cúpula y recién allá vimos los pocos los edificios modernos. Fuimos hasta el río, hasta el canal, hasta el monumento de guerra soviético, hasta…, hasta…. Pero aún no habíamos visto el muro. Esa visita era de otro orden, de otra solemnidad.

La puerta de Brademburgo

La puerta de Brademburgo

El monumento del holocausto judio

El monumento del holocausto judio

Curioso edificio, no sabemos si es rojo por los comunista o recrea alguna mezquita

Curioso edificio, no sabemos si es rojo por los comunista o recrea alguna mezquita

El Parlamento

El Parlamento

... y la tormenta...

… y la tormenta…

Pensamos que al muro lo íbamos a encontrar nosotros, pero nos encontró él primero. Lo vimos desde el semáforo ¿Podía ser eso el muro de Berlín? Una pared gris, de 3 / 4 metros, media venida a menos. Sin ningún cartel, sin ninguna inscripción, solo un vallado de metal. Al muro lo fuimos viendo en varias partes de Berlín. También lo vimos en los alemanes, en sus comentarios, algunos más comprometidos que otros, algunos con culpa de lo que pasó, otros con vergüenza, otros con resentimiento.

Entre los huecos del muro se puede espiar el otro lado

Entre los huecos del muro se puede espiar el otro lado

Hoy el muro, o lo que queda del muro mejor dicho, es una gran galería, dónde artistas de varios países plasmaron sus dibujos. Una muestra de feroz libertad mezclada con muchas ganas de gritarle al mundo algo nuevo. El muro es estático, no muy alto y trasmite cierta frialdad y violencia. También es escenario de lo absurdo, se puede conseguir una foto con un rifle en la mano o un sello en el pasaporte de que estuviste ahí, además está todo enarbolado de banderitas yanquis.

El muro de Berlín existió. Se puede ver y recorrer. No paramos de pensar en Buenos Aires, que también está llena de muros (no necesariamente de concreto) que separan a las personas. ¿Habremos aprendido la historia?, ¿El muro cayó realmente y se transformó en unidad?

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Berlín nos dejó con miedo: temor de lo que es capaz la mente humana. También nos dejó con esperanzas, el ser humano se transforma. Elegimos creer que el amor puede triunfar.

Lo viejo y lo moderno se cruzan muchas veces

Lo viejo y lo moderno se cruzan muchas veces

Bonus Track

I. Si bien Cambalache no es de sus mejores tangos, Enrique Santos Discépolo lo escribió antes de que ocurriera lo peor del siglo XX. Sin dudas, un verdadero visionario.

II. La prueba de las bicis:

El rídiculo a veces queda bien. Ese día había mucho viento.

El rídiculo a veces queda bien. Ese día había mucho viento.

* En Berlín tuvimos la suerte de conocer a Valentina y Jesper del blog Un poco de sur. Ambos están viviendo allá hace poco más de un año. Les recomendamos este post con 10 cosas gratis que se pueden hacer en Berlín. El más importante es el número 10: Conseguir bicicletas a €3, casi lo mismo que un viaje en metro.