Prende un sahumerio, lo pone en la planta de tulsi, toma unas hojas y prepara el té. Todos los días espero este momento. Hace tres semanas que estoy en el mismo lugar, pero no me desespera. Hay veces que a uno lo atrapan los lugares, otras veces la gente, y unas pocas se da esa mágica mezcla de ambas.

Mujeres en India

Ella habla mucho, como si el silencio la incomodase. Su inglés es muy fluido. Su rostro es maternal y transmite bondad. Pero es raro ver a una mujer de su edad soltera y sin hijos.

Cada tarde se repite lo mismo, sillas, atardecer, montañas, frío y una tasa de té de tulsi bien caliente. Ella habla y habla, y yo dejo que se exprese. Así está establecida nuestra relación. Siento que a través de ella podemos interpelar una cultura que tiene casi cuatro mil años de historia.

Nos cuenta de sus dioses y sus distintos significados. Sus mitos, sus lenguas y sus creencias. La India es infinitud, en todos los ámbitos de la vida y en todas partes. Abarca a todas las personas, a todas las ideas y sus opuestos. De la manera más natural se mezcla lo terrenal con lo divino, lo místico con lo mundano.

Ella ahondaba en esa forma de pensar milenaria una y otra vez para dejarme sorprendido. Con toda esa telaraña de palabras que tejió, tardé en darme cuenta de que jamás me había hablado de ella. Todo eso era un palabrerío teórico, filosófico y espiritual que sofocaba los pensamientos.

De ella no sabía más que su nombre, Reeta. Sus grandes ojos marrones siempre contrastan con sus coloridos saris. Sus manos pequeñas siempre están cargadas de anillos y pulseras ruidosas. Reeta rié cuando cuenta de su cultura, me enseña palabras en hindí mientras le cuento de la lejana ciudad de Buenos Aires. Ella hablá de la justicia de sus dioses y de sus castigos. Presenta a Shiva, amo y señor del estado de Himachal Pradesh. Un dios relacionado con la destrucción. Ella cuenta que los dioses lo ven todo.  Y cuando uno no hace bien las cosas, realiza malas acciones o tiene malos pensamientos, estos se enojan.

¿Es posible, ya no conocer, si no dimensionar una cultura donde la cantidad de dioses es infinita como así los textos sagrados? ¿Qué se oculta detrás de todo esto? Mis pensamientos se discurrían en la idea de religión como forma de dominación y de cómo muchas situaciones que a nuestros ojos parecen injustas, encuentran su sustento en lo divino.

Pero ella, como si pudiera leer la mente, me dice algo que me saca de contexto, “Para nosotros la persona más importante es siempre la que está al lado”. Me deja pensando. Aquel mundo extraño e inmenso es fascinante pero a la vez es una lección de humildad.

Instantáneamente empecé a pensar en ella y en su vida, que hasta ahora, por increíble que me parezca, era casi desconocida para mi. Cómo si se hubiese ocultado todo este tiempo detrás de esa suave sonrisa y de sus infinitos dioses.

Al cambiar de perspectiva pasé del asombro por la cultura milenaria a recorrer su camino de sufrimiento. Mi mente no paraba de imaginar aquellas lágrimas que derramó una y otra vez cuando todos sus pretendientes la rechazaban. Porque le decían que era fea, porque ella no era alta o porque su familia no tenía plata. Esa familia que venía ahorrando cada centavo para pagar el casamiento y así convencer a la familia del novio. Y ella, derramaba lágrimas por un posible amor no correspondido. Ya no era un sentimiento que le palpitaba en el pecho, sino un sueño y una posibilidad de lo que podía ser una vida al lado de una persona que poco conocía y que sus padres habían seleccionado.

Todas las ilusiones de ella, más todo el esfuerzo y ahorro de los padres se esfumaron. Hoy con más de cuarenta, el casamiento y los hijos pasaron al plano de lo imposible. Se contentaba con sus sobrinos, y con la idea de poder charlar con algún que otro visitante.

Tomé la decisión de seguir viaje, sabiendo que ella se quedaba ahí cargando con su historia condicionada por la realidad en la que nació. Me subí al único colectivo que pasaba. Era pequeño y estaba lleno de gente. Como siempre, al ser distinto a ellos me conviertí en el centro de todas las miradas. Pero a mi, lo que me llamó la atención fue otra cosa: una pareja joven que tenía un hijo en brazos.

El viaje fue incomodo. No sólo porque el bebé no paró de llorar en todo el viaje, sino porque la cara de sus humiildes padres denotaba cansancio, y transmitían angustia. El padre solo miraba con desagrado por la ventana y la madre trataba al pequeño bulto con indiferencia y resignación. Me acordaba de ella y de su “imposibilidad” de armar una familia.

Sentí alivio cuando bajaron y la sinfonía de gritos paró. La mujer que estaba sentada a mi lado fruncio el ceño y miró a los recientes padres con extrañeza. Creí que era por el sonido y la incomodidad de hacer largos trayectos de viaje con un bebe de pocos meses, pero no. Ella me dijo algo así cómo “es pobre, mala vida”.

En el momento no supe entenderlo, pero con el tiempo, y a través de distintas historias, comprendi que probablemente era una niña. Que seguramente tanto la mujer como la joven pareja veía como un problema. ¿Acaso podrían haberle evitarle una vida de sufrimiento? ¿O simplemente la verían como un gasto durante toda su vida? Reeta me había recitado una frase de Tagore que decía “Cada recién nacido nos trae el mensaje de que Dios todavía no pierde la esperanza en los hombres”. Pero parece que los hombres perdieron la esperanza en Dios hace rato.

India me llenó de cachetadas, me cagó a palos. No sólo por la pobreza y la marginalidad, sino también por las cuestiones de género donde las mujeres están condicionadas desde el nacimiento, o incluso antes. Y por eso alguna vez la escuché a ella decir: “Ojalá que en mi próxima vida reencarne en un varón” mientras prende un sahumerio, lo pone en la planta de tulsi, toma unas hojas y prepara el té.