“En más de alguna ocasión,
quisiera hacerme perdiz,
para ver de ser feliz,
en algún pago lejano.
Pero a la verdad, paisano,
¡me gusta el aire de aquí!”
A. Yupanqui

Buenos Aires - 1

Se baja del subte y lo llama. Hace mucho que no se “encuentran”, que no se buscan, ni se llaman, ni se nombran. Él le indica el camino que debe tomar. Con Plaza de Mayo a su espalda y el Cabildo en frente, camina a la izquierda (¿o era a la derecha? Ante la duda pregunta donde está la Av. Corrientes). Cruza casi corriendo, semáforos, muchas personas, todos apurados. Luego, dobla en la peatonal Florida. Los mismos oportunistas de siempre, los “arbolitos”, turistas. Camina despacio buscándolo. Ni las vidrieras, ni los artistas callejeros, ni nada le sorprende. Una manifestación, música, pizza, cualquier detalle que a un viajero le llamaria la atención, hoy pasa desapercibido.

Segundo llamado, Florida los debía interceptar. Ambos estaban en la misma esquina, sin verse. Quizá la diferencia de altura, buscan en distintos planos. Quizá no se reconocieron, quizá la ropa, quizá el pelo.

Se abrazaron, hace mucho que no pasaba; y eso que duermen juntos todas las noches. Él la invita a comer. Le muestra los lugares que frecuenta, una librería, un almacén, una cantina. Se dicen “Nos vemos a la noche”, mirando el reloj, contando las horas que faltan…

Llevamos días, semanas, por no decir meses en Buenos Aires. Nuestros cuerpos están acá. Madrugan, desayunan, van a trabajar, a la facultad, algún que otro curso, aprender, cenar, amigos, mates. La rutina nos encontró antes que nosotros a ella. No avisó, no preguntó, simplemente se impuso. Le abrimos la puerta, y la dejamos pasar. ¿Acaso queríamos quietud?

Todo eso que extrañábamos de Buenos Aires ahora es nuestra cotidianeidad. Y extrañamos eso que antes nos era común. Levantarse, agarrar la cámara, desayunar por ahí, caminar por allá y dormir donde la suerte decida. Hace exactamente 72 días que volvimos, y la cámara de fotos sigue estando en el mismo estante, juntando polvo, guardando historias.

Es difícil tener el cuerpo y la mente en sintonia, eso no es novedad. Es difícil “estar” donde estamos, encontrarnos en esa realidad que antes nos era tan nuestra y ahora es tan de otros. Conversaciónes, preocupaciones, intereses, puntos de desencuentro con casi-todo. Buenos Aires es inmensamente cómoda, pero no termina de acomodarnos (o nosotros a ella).

Términos como “depresión post-viaje”, esa etiqueta que se ponen quienes están en la búsqueda del que hacer tras un largo viaje, nos parece ridículo y obsoleto, tanto como generalizar algo que es tan propio y subjetivo. Cómo rotular psicopatológicamente un momento de transición, de cambio, de adaptación. Pero … ¿Y si lo estamos sufriendo? ¿Será por eso que nunca terminamos de llegar?

Casi como reza Spinetta (“Aunque me fuercen yo nunca voy a decir, que todo tiempo por pasado fue mejor, mañana es mejor”), intentamos convencernos de que estamos donde queremos estar. Ingenuamente, nos recordamos que elegimos volver. ¿Tan difícil es ser contemporáneo a uno mismo? ¿Tan difícil es habitar el presente sin perderse en una infinidad de tiempos verbales?

No se reconocieron fácilmente. Es más, se miraron pero no se vieron. ¿A quién esperaba encontrar? A quién se fue o a quién volvió. Quizá la vio como la primera vez que la invito a cenar, quizá lo vio como cuando la esperaba a la salida del colegio. Quizá pensó que estaba en Bolivia, o en Perú, quizá se confundió con los días de frio en Nueva York. Quizá la busco debajo de una mochila o detrás de una cámara de fotos. O en el desierto, o en la nieve, o en la playa. Quizá lo busco en esa conversación, en esa palabra que dijo la otra vez. Se olvido que, como dice Galeano, somos acumulo de historias. Historias que nos forman y nos destrozan. Que nos mezclan y nos cambia. “Impermanencia” les dijo un lama en Nepal.

Y en una esquina de microcentro, en un mediodía de sol de invierno de Junio, se abrazarón. Se conocieron. Se encontraron. Se dieron cuenta que hace 72 días que estaban buscando a alguien imposible, a alguien inventado, a alguien muerto, a alguien vivo y olvidado. Ilusos ellos que suponían que todo iba a ser igual.
Un mediodía de invierno, llegarón a Buenos Aires contentos de estar acá.

Buenos Aires - 1-3