“Primero hay que saber sufrir 
después amar, después partir 
y al fin andar sin pensamiento.” 
Homero Expósito

Estamos lejos. Tartu, ciudad de Estonia, está a poco más de 12.000 kilómetros de Buenos Aires, y nuestra cabeza y nuestro cuerpo se encuentran yendo y viniendo entre tantos países y océanos. Extrañar, esa es la cuestión. Volar a Argentina, una ilusión que nos mantiene en vilo.

Alguna foto en Facebook de un evento familiar, ver a los sobrinos crecer, amigos que se casan y quedan embarazos, ganas de tomarse un mate calentito e incluso escuchar “Libertango” de Piazzolla en alguna calle de Praga son hechos que estremecen el corazón. Por el tango acá pega fuerte. Sea una milonga en alguna plaza de Zagreb en Croacia o algún tema de Gardel interpretado por músicos callejeros, Argentina nos llama a cada rato.

Milonga de domingo a la noche

Milonga de domingo a la noche

¡Qué complejo el ser humano! Rara vez nos coincide el cuerpo y al mente en un mismo lugar. No es que no queremos estar viajando, pero simplemente estos últimos días nos sentimos más lejos de Buenos Aires que otras veces.

Nos pasa al subirnos a cada auto que nos levanta mientras esperamos en la ruta, basta decir que somos de Argentina para que la magia empiece a fluir. Primero nos miran con extrañamiento y después se vienen todas las asociaciones: qué el asado, que los paisajes, que la gente. Algunos lo asociación con la versión Madonna de Evita, otros con algún programa de Guido Kaczka que vieron en la televisión un domingo a la mañana y la mayoría con la música. Parecería que todos saben que Argentina es grandiosa y que nosotros estamos lejos. Es que sí, Argentina es grandiosa y todos lo saben. La fama ya está hecha.

¿Qué extrañamos? Curiosamente, todo y nada. Nos comeríamos unas buenas empanadas en Tucumán, caminaríamos por los senderos de la patagonía y comeríamos churros en la costa atlántica. Cenaríamos con amigos, e incluso disfrutaríamos de la bocinas cerca del Obelisco. Pero estamos en los Bálticos, encarando para Rusia.

Patagonia -38

Todos nos preguntan por nuestro país. Todos parecen tener ganas de ir en algún momento. Qué decirles… Y ahí nos emocionamos hablando (y más con algunas cervezas encima). Nos pasó con unos amigos de Turquía caminando por Riga, Letonia. Cruzamos la calle, adelante una explanada y dos chicas tocando el violín. Sonaba “Por una cabeza”. La sangre bulle, estando tan lejos escuchar algo tan cercano es casi mágico. Y la emoción surge a flor de piel. Por que los argentinos somos eso, manojos de emociones condensadas. ¡Pobres turcos! Una hora los tuvimos hablando de Argentina, de lo que se puede hacer, de las callecitas, de que comer, de que tomar, de los argentinos, de alguna milonga, de una peña, de asado del domingo, del vino.

Música callejera

Música callejera

Alguien nos preguntó luego de contarle que conocíamos más de 30 países cuál era nuestro favorito. Imagínense ustedes mismo la respuesta…

Cuando uno está de viaje, un encuentro con otro argentino es una alegría enorme. Es hablar rápido, abrazarse, sentir que nos conocemos de toda la vida sólo por extrañar juntos uno buena pizza de Güerrín.

Pero a pesar de extrañar, elegimos seguir viajando. La vuelta a casa está lejos todavía. Mientras, nos refugiamos en nuestro mate, en los tangos que suenan en las calles de Europa y en los encuentros entre argentinos. A fin de cuenta, son puentes invisibles que nos llevan y nos traen de casa una y otra vez. Estar en casa, hemos descubierto, es un estado interior.

lavandas