“Propongo al Congreso el exterminio total de los armenios del Imperio otomano; es necesario aniquilarlos. Para llevar a cabo este propósito hay que actuar, frente a todas las dificultades, absueltos de conciencia, de sentimientos de humanidad, pues la cuestión no es de conciencia ni de sentimientos humanitarios: es sólo de índole política, íntimamente vinculado con el beneficio y futuro de Turquía.
Así terminará inmediatamente la Cuestión Armenia.
El gobierno turco se liberará de la intromisión extranjera en sus asuntos internos.
El país se desembarazará de la raza armenia y así brindará un amplio campo a los turcos.
Las riquezas de los armenios pasarán a ser propiedad del gobierno turco.
Anatolia será territorio habitado exclusivamente por turcos.
Se aplastará el obstáculo más importante para el logro del ideal panturánico.”

Nazim Fehti, secretario general del CUP. 14 de septiembre de 1910

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Pasaron más de cuatro meses desde que visitamos Armenia y en el medio pasaron muchas cosas. Siento que escribir sobre esto no tiene mucho sentido. Pero creo firmemente que escribir, en este caso, es una forma de reclamar justicia y denunciar una situación que millones parecen negar.

Si bien es cierto que Armenia es tierra de vinos, cultura, paisajes montañosos, monasterios y tradición cristiana, para nosotros su mayor atractivo radica en su gente. El pueblo armenio siempre nos llamó la atención. Quizá por tener amigos descendientes de armenios, quizá por la injusta historia y por el poco reconocimiento mundial de su genocidio. Quizá por eso, en nuestro viaje por el país decidimos prestar atención a un sólo detalle en nuestro viaje por el país: sus habitantes.

Genocidio armenio-1

Tras una vuelta por las lindísimas montañas, los increíbles monasterios y el no-reconocido Estado de Nagorno Karabaj, nos propusimos alcanzar Ereván, la capital de Armenia.

La ciudad es pequeña, tal es así que se puede recorrer caminando. Priman los parques, las plazas, iglesias y las construcciones europeas. La ciudad está sobre una colina, por lo cual basta con sólo subir un poco para obtener vistas increíbles.

Desde cualquier esquina se puede ver el Monte Ararat, uno de los picos más altos de la región. El Monte Ararat supo ser el orgullo armenio, pero eso también se lo robaron. Ahora es parte de Turquía.

El Monte Ararat de fondo

El Monte Ararat de fondo

Pero el encanto de Ereván no sólo se ve en sus calles ni en sus habitantes sino, también, en sus alrededores. A pocos kilómetros de acá, está Novavank un monasterio del siglo IX ubicado en el centro de una garganta montañosa. También visitamos Khor Virap, otro monasterio casi al pie del monte Ararat donde se dice que Noé ancló su arca.

Pero en realidad, no quiero enumerar las puntos agradables de la ciudad ni todo lo que el país tiene. En realidad, quiero decir todo lo contrario. Quiero decir lo que falta: justicia.

El Genocidio Armenio, como tantas otras cosas, tampoco lo estudié en la escuela. Menos en la universidad. En realidad, me enteré por una amiga de apellido largo, difícil y que termina en –ian. Y sólo, porque estábamos en el 2015 y se cumplían 100 años del genocidio y ella me dijo que iba a ir a la marcha que se realizaba en Buenos Aires.

Tampoco sabía del genocidio de Camboya en manos de los jemeres rojos, tampoco de los desaparecidos de Stalin en los gulags de Siberia. Supongo que son pocos, también, los extranjeros que saben de los más de 30.000 desaparecidos argentinos. El genocidio perpetuado por Hitler es el más conocido, pero no por ello el único ni el más voraz.

SOBRE EL GENOCIDIO ARMENIO:

El Genocidio Armenio no tuvo otro fin más que borrar de lleno la existencia de la etnia armenia y consistió en la deportación forzosa de entre un millón y medio a dos millones de armenios. Fue llevado a cabo por el Gobierno Otomano de los Jóvenes Turcos entre 1915 y 1923.

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Hasta 1914 el pueblo armenio era considerado dhimmi, concepto con el que la ley islámica denomina a judíos y cristianos que habitan en estados islámicos y cuya presencia es tolerada sólo a cambio de un pago de ciertos impuestos y de la aceptación de una posición social inferior. Cabe mencionar que los territorios armenios estaban ocupados por el Imperio Otomano y que el gobierno zarista con sede en Moscú ya comenzaba a tener intereses en esa región.

Pero el 24 de abril de 1915, el gobierno turco consideró que el clima en Armenia ya estaba demasiado caldeado y que era hora de hacer algo. Ese día se ordenó el arresto de 250 armenios intelectuales. Con el correr de los días, la orden de arresto se hizo extensiva a millones de personas. Todos los armenios detenidos fueron confinados a campos de concentración, la mayoría situados cerca de Siria e Irak. Muchos de los armenios nunca llegaron a los campos; murieron por el camino víctimas de las duras condiciones de la marcha, la inanición o los abusos indiscriminados del propio ejército que les “escoltaba”. Los que lograron sobrevivir asumieron la condiciones de refugiados y se exiliaron a otros países.

Es curioso que en 1939 cuando Hitler comienza a dejar traslucir la idea de campos de concentración para judíos menciona en su defensa que “Después de todo, ¿quién habla hoy en día de la aniquilación de los armenios?

En el año 2017, solamente 29 países reconocen el Genocidio Armenio como tal. La Republica de Turquía sigue negando el atropello cometido. No reconocen ni el número de muertos ni las razones de muerte. Argumentan que murieron en combates e incidentes internos. Las relaciones entre ambos países son pésimas y las fronteras terrestres están cerradas. Incluso muchos territorios siguen en conflicto, el bíblico Monte Ararat es un ejemplo de ello.

EL MUSEO DEL GENOCIDIO ARMENIO:

El museo del Genocidio Armenio en Ereván me llamaba mucho la atención. Decidimos ir caminando, sin saber que eso implicaba salirnos de la ciudad y trepar una colina. Y también, por no saberlo, entramos por la parte de atrás; Cruzando el bosque de pinos que celebridades y lideres políticos y culturales plantaron en señal de reconocimiento del holocausto.

Lo primero que vimos fue una gran estructura metálica. En su interior una llama que nunca dejaba de flamear. Alrededor, 12 altísimas paredes de hormigón que lo hacían sentir a uno muy pequeño (cada pared representa una de las 12 provincias perdidas del territorio armenio). A nuestro lado, decenas de armenios llorando. Mujeres, hombres, jóvenes, ancianos, parejas. Llorando a moco tendido, dejando velas y ramos de rosas, cintas con nombres, estampitas y objetos personales. Llorando a sus muertos. ¿Sería la primera vez que pisaban su tierra? ¿Qué sentirían? ¿Cómo es cargar con el sufrimiento de ser expulsado de tu tierra?

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Finalmente ingresamos al museo. Frío, oscuro, silencioso. Repleto de imágenes congeladas y leyendas que dan cuenta del horror: mutilaciones, violaciones, fusilamientos y torturas. Nos recordó mucho nuestra visita a los campos de Auschwitz en Polonia.

Son muchas las comparaciones con el holocausto judío. Cada día son más los historiadores e informes que dejan entrever que Hitler se inspiró en las ideas del Genocidio Armenio.

Lo cierto es que hoy Armenia es un país vacío, sin justicia ni reconocimiento internacional. Lo que no cargaron los turcos, los soviéticos se ocuparon de hacerlo suyo. Armenia hoy solo tiene 3.000.000 de habitantes. Son más los armenios que viven en el exterior que dentro de las fronteras de su país.

Tener memoria y dar voz a las injusticias que encontramos durante el viaje es, una vez más, la única respuesta que podemos encontrar para intentar, al menos desde nuestro lugar, dejar el mundo un poco mejor de lo que lo encontramos. Quizá sólo por eso tenía ganas de escribir y volver a recordar todo lo que sentimos en Armenia.

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