Miré para abajo y sólo vi el precipicio. Traté de respirar profundo y recordar que en la montaña la mente puede más que el cuerpo: un movimiento en falso me depositaba bien abajo, en el fondo del valle. No se si muerto, pero seguro que con muchas fracturas. Tenía miedo y no podíamos fallar. No tenía miedo por mi, me sentía confiado que podía sortear los obstáculos. La altura y cierta práctica me ayudaban, pero temía por mis dos compañeras. De alguna forma me sentía responsable de nuestra aventura por la Gran Muralla China.

Volver no era una opción, no porque seamos orgullosos, sino porque camino abajo era mucho más riesgoso que el que se veía para arriba. Es uno de esos momentos dónde uno se pregunta para que vino.

La historia comenzó en Beijing. Queríamos visitar la Muralla China, no queríamos ir a la parte reconstruida artificialmente y llena de chinos en masa. Queríamos visitar la parte autentica y poco conocida de la muralla. Teníamos información de un camino alternativo que se podía realizar fácilmente. La idea era pasar la noche ahí, sabíamos que iba a hacer frío. Llevábamos abrigos, bolsas de dormir y suficiente comida.

Luego de una larga combinación de colectivos llegamos al punto de inicio. Comimos algo de arroz y empezamos a subir. La muralla se veía allá arriba. Lo que parecía un pequeño sendero por la montaña poco a poco se fue complicando con el correr de los kilómetros. Tal es así que después de caminar un rato tuvimos que seguir escalando en cuatro patas. Las pendientes inclinadas, las piedras resbaladizas y las rocas sueltas hacían que cada paso sea una prueba de fe sin premeditar. Más de una vez confiamos en alguna rama o tronco toda nuestra vida.

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Esas dos o tres horas que teníamos previstas se transformaron en cuatro o cinco.

La última parte antes de llegar a la muralla fue la peor. Como era de esperarse, estaba destruida y el camino era una subida abrupta sobre escombros sueltos. Al riesgo de caerse y resbalarse se le sumaba el riesgo de golpearnos entre nosotros con las piedras que iban cayendo con nuestros pasos. Tuvimos que subir de a uno por vez, no era la última que iba a pasar.

Llegamos con poco tiempo antes del atardecer, las piernas me temblaban, las manos nos sangraban por haberme sujetados de las piedras, pero vi un hermoso atardecer y no puedo hacer otra cosa más que maldecir. Ya estábamos sobre la muralla pero no se veía camino a seguir. Nerviosos, asustados y abrazados vimos los últimos instantes de luz del día. Parecía que nos esperaba a propósito, no hubiésemos podido seguir a oscuras.

Lo primero que vimos una vez arriba

Lo primero que vimos una vez arriba

Preocupados sobre que hacer el día siguiente empezamos a prepararlas las cosas para irnos a dormir. Cenamos pan con pate metidos adentro de las bolsas de dormir.

Fue una noche fría, ventosa y preciosa con luna llena. Queríamos dormir bajo su luz pero el viento era tan fuerte que lo hacia imposible. Decidimos resguardarnos en lo que supo ser una torre de vigilancia. Ahora abandonada y derrumbada, del techo no quedaba mucho y las paradas tenían agujeros por dónde pasaba una persona, pero al menos reparaba un poco el viento.

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La luna nos iluminaba. No queríamos prender la linterna, teníamos miedo de que alguien nos viera. No era muy legal lo que estábamos haciendo. Pero lo cierto es que el camino era tan difícil que pocos se animarían a subir para decirnos algo.

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Además de fría fue una noche tétrica dónde en uno de mis sueños me encontraba con el diablo y todos sus compañeros que describe Bulgakov en “El maestro y Margarita”. Salíamos de fiesta por distintos bares y hacíamos cosas que sólo el diablo puede hacer.

L. asegura haber visto a alguien de blanco caminar por la muralla. Se asustó mucho y no pudo dormir en toda la noche. Según cuenta ella, cada vez que cerraba los ojos veía el precipicio que escalamos y se despertaba sobresaltada. Eso es verdad, muchas veces la escuché angustiada. No sólo el precipicio se le venía a la mente sino que tenía la sensación de que en cualquier momento se derrumbaba arriba nuestro lo poco que quedaba del techo.

De lo que sí estamos seguros es que dos veces en la noche escuchamos los pasos de una persona caminando cerca nuestro. La primera vez pensamos que era el viento, la segunda nos levantamos para ver. No había nada. Ninguno pudo volver a dormir.

La muralla china fue un lugar trágico. Miles de personas murieron en su construcción, otro tanto murió defendiéndola y muchos más queriendo conquistarla. Dicen que es el mayor cementerio del mundo y muchos cuerpos descansan entre las rocas. La energía se sentía y no había que ser muy perceptivo para enterarse de lo que pasaba. Estábamos solos y con frío en algunos de los 21.000 kilómetros de la Muralla China.

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Pero a mi lo que más me preocupaba era como seguir. No se veía camino. No podíamos volver al punto de partida. A lo lejos se veían las luces de un pueblo pequeño o de una base militar, sea lo que fuere para acceder ahí debíamos bajar una pared de 5 metros saltando a las piedras. Tampoco parecía fácil.

Así seguia el camino...

Así seguia el camino…

El amanecer fue el momento más fotogénico de la aventura. Un sol rojo salía desde atrás de la muralla mientras disipaba la bruma de las montañas y la luna iba desapareciendo poco a poco. Dicho encuentro entre el sol y la luna valió la pena. Como la bruma nuestros miedos se fueron despejando poco a poco con la salida del sol. Pudimos relajarnos y disfrutar del paisaje que contemplábamos.

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Me adelanté en el desayuno y escalé una parte muy destruida, tratando de encontrar un camino para seguir. Caminé unos 15 minutos subiendo piedras hasta encontrar algo que podía ser un camino. Volví a buscar al resto.

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Emprendimos el andar de nuevo, primero escalando. La complejidad aconteció cuando había que subir abrazando la montaña con el riesgo de caer unos cuantos metros y con el contrapeso de las mochila que nos tiraban para atrás. Traté de respirar profundo y recordar que en la montaña la mente puede más que el cuerpo: un movimiento en falso me depositaba bien abajo, en el fondo del valle. No se si muerto, pero seguro que con muchas fracturas. Tenía miedo y no podíamos fallar. No tenía miedo por mi, me sentía confiado que podía sortear los obstáculos. La altura y cierta práctica me ayudaban, pero temía por mis dos compañeras.

Muy despacio con las piernas que temblaban y ayudándonos entre nosotros logramos hacerlo. Haber cruzado esa parte ayudó al autoestima y ahora, cualquier otro obstáculo parecía sencillo.

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Poco a poco el camino comenzó a hacerse más fácil. Logramos caminar sobre la muralla, esquivando plantas y troncos, pero ya sin necesidad de trepar ni rezar a algún dios hindú. De a poco también, comenzamos a ver otros turistas que venían en nuestra dirección desde la parte reconstruida de la muralla.

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Ellos venían bien vestidos, limpios y con energía. Nosotros estábamos sucios, llenos de tierra, con la ropa rasgada y con una expresión de sorpresa en nuestros rostros.

Finalmente llegamos a la parte reconstruida. Nada tenía que ver con lo que habíamos visto nosotros 15 kilómetros más atrás. Allá piedras amontonadas tomadas por la naturaleza pero llenas de historia, acá piedras prolijas con miradores y letreros en inglés ¿Era la misma muralla? ¿Cuál era la más legitima?

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Caminamos con los turistas, sacamos fotos, nos relajamos. La noche anterior parecía un recuerdo extraño y lejano. Aunque cada tanto cerraba los ojos y la imagen del precipicio se me representaba a mi también.

Los tres estábamos cansados. Las piernas nos dolían, las rodillas nos pedían descanso. Los brazos estaban arañados y teníamos muchos moretones del día anterior. Decidimos sentarnos y descansar. Necesitábamos contemplar dónde estábamos. Trepar hasta la Muralla China y pasar la noche como polizones no es algo que se hace muy seguido. Pero ¿Por qué la fama de este lugar? ¿Dónde radica el encanto?


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Centenas de contingentes llegaban por hora, es una de las maravillas del mundo moderno y dicen que la única construcción humana que puede ver desde el espacio. Es todo un símbolo pero no dejábamos de pensar en las batallas y muertes que la muralla se cobró. Hoy es un lugar aclamado pero no representa otra cosa más que el mayor mal del hombre: la intolerancia entre los pueblos. La muralla solo sirvió para separar y segregar. La guerra fue más fácil que el entendimiento.

La muralla tiene más de 2.000 años aunque es cierto que se fue construyendo por partes pero hoy sólo el 30% sigue en pie. La muralla fue algo a conquistar y eso fue, precisamente, lo que nosotros hicimos ayer a la noche.

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