Llegamos a Hong Kong. Por primera vez cruzamos una frontera en subterráneo. Lo hicimos en barco, en avión, en autobuses sucios y llenos de gallinas, lo hicimos a dedo, pero nunca en subte, ni nunca por debajo de la tierra.

Veníamos de China y nuestra visa vencía ese mismo día. Teníamos que dejar el país sí o sí. El viaje en subte fue largo, poco más de dos horas. Del lado chino pagamos cincuenta centavos de dólar y del lado hongkonés casi cinco dólares por la misma distancia. La primera diferencia que sentimos entre ambas regiones (dudamos si hablar de países) fue económica. En Hong Kong todo era diez veces más caro.

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Sabíamos que el autobús era mucho más barato que el metro, y casi tan eficiente como estos. Decidimos completar el viaje en bondi. Lo difícil era encontrar la parada. Por suerte, ahora podíamos volver usar internet sin restricciones. Dimos con el número de colectivo pero no con el lugar exacto donde paraba. Vemos un occidental en la vereda de enfrente y decidimos cruzar a preguntarle. Mientras esperamos que corte el semáforo notamos que no es el único. Está lleno de occidentales e incluso los hongkoneses no parecen tan asiáticos. El suelo tampoco está lleno de escupidas. Apuntamos al gringo que ya teníamos fichado. La costumbre de que en China nadie hablaba inglés nos seguía acompañando, por eso ni consideramos preguntarle a otra persona.

Le preguntamos por el 60X que va a Kowloon. Su respuesta fue desconcertante. En su mano derecha tenia cuatro tiritas de papel, en la izquierda sólo dos. Su vista estaba perdida en la televisión que estaba colgada dentro del local.

– “Si gana Fortuna, los invitó a tomar una cerveza sino, los acompaño a la parada. Es acá a la vuelta. Los argentinos traen suerte” agregó.

Fortuna salió segundo, pero la cerveza la fuimos a tomar igual. Así lo conocimos a Robin. Tiene poco más de 50 años pero con mucha juventud en su existir. Nació en Hong Kong, en la época en que la isla era concesión inglesa. Lo dice con orgullo. Él nació en Reino Unido.

Su madre, una mujer de muy pocos recursos económicos, vino en barco desde Londres. No especificó como llegó pero dio a entender que ganó el pasaje atendiendo a los marineros durante el trayecto en alta mar. En Honk Kong conoció a un viejo chino. Una suerte de cafishio (proxeneta) que trabajaba con jóvenes chinas exiliadas con fines sexuales. Una de las tantas paradojas del Ejercito Popular chino durante la Revolución Cultural: mientras torturaban a los intelectuales abrían prostíbulos en la zona libre de Hong Kong. Según Robin, su madre nunca ejerció como prostituta allí. Se dedicó a ser la señora del dueño del boliche, es decir, de su padre. Los tres vivían en Kowloon, en la isla barata. El estudió en un colegio inglés y confesó no saber hablar en cantonés. Nunca le interesó aprenderlo.

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Fuma y toma a más no poder. Nosotros vamos por la segunda cerveza y él ya se pasó al whisky con hielo. Le preguntamos si se siente más inglés o cantonés. Con su ingles británico nos dice que no se siente parte de nada.

– “All is the same shit” (“Todo es la misma mierda”)

–  ¿Y tú mamá no quiso irse cuándo fue la cesión?

Reino Unido acuerda, en 1997, ceder el territorio de Hong Kong a China siempre y cuando mantenga el libre comercio entre otros privilegios. Comenta que en Inglaterra no tiene nada, ni familia ni amigos. Su madre ya estaba grande para emprender la vuelta y poco les importa la Unión Europea. Así fue que pasaron a ser hongkoneses. Además, con los caballos tenía con que entretenerse.

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El sol comenzó a ponerse mientras la charla transcurría y nosotros teníamos que llegar a destino, desconociendo que la charla con Robín podía ser un destino en sí mismo. Le propusimos caminar un poco. Entre el subte y el bar, queríamos estirar un poco las piernas.

Recién ahí veíamos por primera vez la ciudad. Es cierto, los edificios de Shanghai son ínfimos con los que veíamos en Victoria Harbour. Detrás de los edificios, las montañas verdes y frondosas. Ocupan el 70% de Hong Kong.

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Entre la arboleda de las montañas hay casas. Según Robin pueden llegar a costar 15.000 dólares el alquiler mensual. Hong Kong es de las ciudades más caras para vivir. Entre los picos de las montañas, hay uno que se destaca: Victoria Peak. Nos prometimos subir al día siguiente para contemplar la ciudad desde lo alto.

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Caminamos los tres entre rascacielos y centros comerciales. Todo está orientado al consumo. Incluso, una pasadizo para cruzar la calle puede llevarlo a uno a un shopping sin siquiera preguntar o advertir previamente. Todo induce a comprar y todos lo hacen.

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Nos llama la atención la cantidad de mujeres que vemos comiendo sobre cartones y lonas en la entrada de los centros comerciales. Robin nos explica que son empleadas domésticas, que los domingos es su día libre y que lo vienen a pasar acá. No sabemos si el día libre es un favor que sus empleadores les hacen a ella o es la excusa para no tener que cruzarse con sus empleados el día que ellos están en la casa. La mayoría de ellas son de Indonesia, Filipinas o Vietnam. Dejaron a sus hijos en sus países para venir a cuidar a los hijos de otros. Viajan a sus país una vez por año. Le preguntamos si vuelven a dormir y nos dijo que muchas se reincorporan el lunes a la mañana. De sus sueldos no ven nada, los mandan íntegros a sus países. Pasan la noche en la calle mientras dentro de los centros comerciales las carteras y los relojes se venden a 10.000 dólares.

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Al lado, una tienda Apple. Hay una larga fila y es para comprar el nuevo Iphone 6. Igualmente, son los rezagados. El nuevo modelo fue lanzado 3 semanas atrás. Le preguntamos si este contraste no le parece injusto.

– “Esto es armonía” dijo y sonrió.

Hong Kong está dispuesta según las leyes del feng shui, nos explica. Cada edificio, cada ventana, cada planta. Todo fue consultado previamente con especialista en dicha materia. Hong Kong tiene una disposición especial y eso es lo que hace que prospere tan bien. Nos cuenta que durante mucho tiempo se consideraron a las montañas como dragones dormidos. Kowloon, incluso, significa nueve dragones. Por su ubicación, Hong Kong vendría a ser la panza del dragón, su huevo.

– “Es una región custodiada por dragones. Allá está el centro, el corazón” – dice mientras señala adelante.

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Incluso, siguiendo su explicación del feng shui, nos sugiere que siempre dejemos baja la tapa del inodoro ya que por ahí se puede escapar el chi (la energía).

Robín mirá su reloj. Faltan 45 minutos para las carreras y en media hora cierran las taquillas de apuestas. Nos despedimos rápidamente. Él aprovecha para ir a Happy Valley para verlas en directo. No estamos tan lejos.

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Decidimos seguir para poder llegar a destino finalmente. Optamos por tomar el tranvía, caminar en la ciudad con las mochilas es de lo más agotador. Nos quedamos pensando en la armonía. ¿Qué tiene de armonioso 100 mujeres durmiendo en la calle porque no disponen de sus sueldos?

Como si alguien nos leyera la mente vemos venir hacia nosotros a un linyera. No es el primero que vemos pero tiene algo que nos llama la atención.

No pide monedas con las manos, o con un sombrero ni con una lata. Pide monedas con la reluciente caja de una Macbook Pro. Una laptop que vale poco más de 2.000 dólares. Seguramente sacó la caja de algún basurero y le encontró una mejor utilidad.

Armonía. Eso dijo Robín. Quizá la armonía está en la vida abundante de algunos a costa de la injusta de otros. A fin de cuentas puede ser, porque en Hong Kong nadie parece notar el desequilibrio del chi.

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